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UNA NUEVA (Y MÁS DEMOCRÁTICA) POLÍTICA MUNDIAL

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     Vivimos en un mundo convulso en el que los problemas han adquirido dimensiones internacionales: economía globalizada, movimientos migratorios, cambio climático o amenazas terroristas. A todo ello hay que añadir el riesgo de lo que Benjamín Barber ha llamado “el choque de civilizaciones”, autor que distingue dos modelos arquetípicos y contrapuestos que, de forma significativa denomina “cultura Mc World” y “cultura Jihad”. Así, mientras la “cultura Mc World” representa el materialismo capitalista y consumista que aspira a mercados globales y a la estandarización de gustos y estilos de vida, la “cultura Jihad” agrupa a los movimientos religiosos, nacionalistas y culturales, que, como señala Antoni Comín i Oliveres, “reaccionando defensivamente ante el huracán occidentalizador, se recluyen en el integrismo”. De todo ello el fundamentalismo islámico sería un ejemplo, pero no el único, puesto que Barber incluye bajo esta denominación a los grupos contrarios a la globalización capitalista y a los movimientos nacionalistas que defienden sus respectivos particularismos identitarios. Ambos modelos se combaten y retroalimentan y, como señala con acierto Barber, tan peligroso resulta para nuestros valores democráticos y los derechos de la ciudadanía el integrismo fraccionador como el globalismo capitalista ya que, “el uno mina el Estado para buscar comunidades particulares más pequeñas, mientras que el otro lo socava para promover espacios económicos más grandes”.

     Ante esta situación, no hay otro camino que el diálogo tenaz, el respeto sincero, la convivencia pacífica y el apoyo solidario entre culturas, pueblos y naciones. Y para lograrlo, varios serían los instrumentos. En primer lugar, la ONU, que debe convertirse en el eje central de esta nueva política mundial, con una autoridad moral y un liderazgo efectivo.  Pero, para ello la ONU debe de acometer con urgencia una profunda reforma interior que le permita disponer de un mayor poder para así hacer frente a los grandes retos de la humanidad (económicos, políticos, sociales o medioambientales) impulsado resoluciones de obligado cumplimiento. También debe democratizar su funcionamiento interno: no resulta admisible la existencia del derecho de veto por parte de algunos países, ni que la Asamblea General no aplique el voto ponderado en relación a la población de cada Estado, evitando así que el voto de países pequeños como Andorra tenga el mismo peso que otros superpoblados, como, por ejemplo, la India.

    Otro campo de actuación sería la democratización, superando intereses económicos egoístas, de organismos tales como el FMI, la OMC o el Banco Mundial, así como potenciar aquellos otros que promocionan derechos sociales y culturales (OMS, OIT, UNESCO) o socioeconómicos (FAO). No menos importante resulta potenciar el Tribunal Penal Internacional (TPI) con capacidad de actuar, incluso, contra la voluntad de sus estados miembros (recordemos que EE.UU., Rusia y China no acatan sus sentencias).

    En segundo lugar, la nueva política mundial debería ser potenciada desde las distintas federaciones regionales existentes, tanto económicas como políticas, para permitir un mayor equilibrio geopolítico. Con arreglo a factores de tipo cultural y religioso, Samuel Huntington señala 9 civilizaciones diferenciadas (occidental, ruso-eslava, islámica, budista, china, hindú, latinoamericana, africana y japonesa). El mismo Huntington nos recuerda que, actualmente, en este “mundo de civilizaciones”. no existe ninguna en condiciones de ejercer un liderazgo planetario, esto es, de imponerse a los demás de manera estable. Por ello, frente a pasadas hegemonías imperiales (o imperialistas), el futuro debe basarse en un liderazgo ético compartido entre todas las culturas que conforman la Humanidad. De hecho, algunos políticos han planteado la creación de un nuevo G-8, cuya legitimidad radicaría en representar un liderazgo regional compartido y que, por esta razón, debería de estar integrado por EE.UU., la Unión Europea, Rusia, China, India, América Latina (Mercosur), la Unión Africana y la ASEAN, la federación de países del Sudeste Asiático. A su vez, en un futuro próximo debería surgir un Parlamento Mundial como legítimo foro de diálogo entre las distintas federaciones regionales.

    Frente al espectro del choque de civilizaciones, hay que construir la utopía de un futuro que aspira al desarrollo integral y universal para toda la Humanidad. Por ello, el reto es trabajar desde todos los ámbitos descritos por el noble ideal de lograr la justicia económica, la libertad y la paz entre todas las personas, pueblos, naciones y culturas. La utopía es posible, pero requiere de nuestro esfuerzo individual y colectivo. El futuro de la Humanidad lo merece.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 9 mayo 2022)

 

 

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09/05/2022 13:26 kyriathadassa Enlace permanente. Política internacional No hay comentarios. Comentar.

ALIANZAS FATÍDICAS

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     Los politólogos de la Universidad de Harvard Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en su libro tCómo mueren las democracias (2018) analizan en profundidad el riesgo que, para el modelo democrático, supone la convergencia de intereses entre las derechas democráticas y la extrema derecha autoritaria y filofascista, entente que califican como una “alianza fatídica”.

    De entrada, consideran “un error fatídico” cuando la clase política convencional entrega “voluntariamente las llaves del poder a un autócrata en ciernes”, tal y como la historia nos demuestra que ocurrió en los casos de Mussolini, Hitler, y también de Fujimori o Chaves en fechas más recientes. Este hecho, motivado por la deriva de las derechas democráticas al inhibirse de su responsabilidad en la defensa de los valores y los sistemas democráticos, suele ser el primer paso hacia la autocracia. Se produce entonces una “abdicación colectiva” que permite la transferencia de la autoridad a un líder que amenaza la democracia, y que suele estar provocada por la creencia errónea en que los políticos del sistema pueden controlar a los extremsitas, junto a una “connivencia ideológica”, esto es, cuando el programa de los autoritarios se solapa con el de las derechas políticas del sistema, hasta el punto de que esa abdicación “resulte deseable, o al menos, preferible a las alternativas”.

     Estas “alianzas fatídicas” entre la derecha parlamentaria y los grupos emergentes de extrema derecha, que frecuentemente se producen en tiempos de crisis económica y descontento social, suponen un auténtico “pacto del diablo”. Basándose en el trabajo del Juan Linz La quiebra de las democracias (1978), los citados Levitsky y Ziblatt señalan  cuatro indicadores–clave que nos alertan sobre comportamientos autoritarios: el rechazo, de palabra o mediante acciones de las reglas democráticas ; la negación de la legitimidad de sus oponentes políticos, a los que descalifican como subversivos, antipatriotas o de ser una amenaza para la nación; el tolerar o alentar la violencia y, por último, la voluntad de restringir las libertades civiles de sus opositores, incluidos los medios de comunicación. En conclusión, nos advierten que, “un político que cumple siquiera uno de estos criterios es causa de preocupación” y, por ello, la ciudadanía y los partidos democráticos “deben reaccionar de inmediato con objeto de mantener a los políticos autoritarios al margen del poder”.

    Así las cosas, resulta fundamental que los partidos aíslen  a las fuerzas extremistas que socavan nuestras democracias, una actitud que Nancy Bermeo denomina “distanciamiento” y que los partidos democráticos deben practicar de diversas formas tales como mantener a los líderes potencialmente autoritarios fuera de las listas electorales, “escardar de raíz” a los elementos extremistas existentes en las bases del partido y, sobre todo, como enfatizan los autores citados, “eludir toda alianza con partidos o candidatos antidemocráticos y evitar así la tentación de ganar votos o de formar gobierno”, esto es, lo que conocemos como un “cordón sanitario” o mejor sería decir “cordón democrático”, adoptando medidas para aislar a los extremistas, en lugar de legitimarlos. Y, cuando éstos se conviertan en serios contrincantes electorales, los partidos democráticos deben asumir la necesidad de forjar un “frente común” para derrotar a los autoritarios, ya que “un frente democrático unido puede impedir que un extremista acceda al poder, cosa que, a su vez, puede comportar salvar la democracia” y, consecuentemente, lo principal es defender las instituciones, “aunque ello implique aunar temporalmente fuerzas con los adversarios más acérrimos”. Y de ello tenemos ejemplos recientes: en las elecciones presidenciales de Austria de 2016 el conservador Partido Popular (ÖVP) apoyó a Alexander Van der Bellen, el candidato de izquierdas del Partido Verde, para evitar la victoria de Norbert Hofer, un radical de extrema derecha del FPÖ y, en las recientes elecciones presidenciales de Francia de 2022, todos los partidos democráticos han pedido el voto para Emmanuel Macron para evitar que la ultraderechista Marine Le Pen alcanzara el poder. En ambos casos, políticos de derechas, y también de izquierdas, dieron su apoyo a rivales ideológicos, aún a riesgo de, como señalaban Levitsky y Ziblatt, haber “enojado a gran parte de las bases de sus partidos, pero redireccionando el electorado en número suficiente como para frenar el acceso de extremistas al poder”. Y es que, como dijo Stefan Schmuckenschlager, del católico Partido Popular Austríaco (ÖVP), “a veces hay que dejar de lado la política del poder para hacer lo correcto”.

   Viendo estos ejemplos, y situándonos en el caso de España, con el creciente entendimiento entre el PP y el radicalismo derechista de Vox, tengo serias dudas de que situaciones similares como las citadas fueran posibles para frenar el riesgo cierto de involución democrática que amenaza nuestro horizonte político.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 27 abril 2022)

 

 

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03/05/2022 07:02 kyriathadassa Enlace permanente. Política internacional No hay comentarios. Comentar.

LA ADVERTENCIA DE MADELEINE ALBRIGHT

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    El pasado 23 de marzo de 2022 fallecía la destacada política norteamericana Madeleine Albright. Nacida en Praga, en el seno de una familia judía (su nombre originario era Marie Jana Korbelová), la cual tuvo que huir de su Checoslovaquia natal cuando su país fue invadido por los nazis el 15 de marzo de 1939. Tras un periplo por Hungría, Yugoslavia y Grecia, se estableció, junto a su familia en Londres, en concreto, en el barrio de Notting Hill. Eran los años de la II Guerra Mundial y, en sus recuerdos de infancia, siempre estuvieron presentes los bombardeos lanzados por la Luftwaffe alemana sobre la capital británica en donde su padre, Josef Körbel, trabajaba en la radio al servicio del Gobierno Checo en el exilio.

     Durante el Holocausto, la parte de su familia que quedó en Checoslovaquia, fue víctima de la barbarie nazi, cobrándose la vida de tres de sus abuelos, así como la de “muchos de nuestros tíos, tías y primos”, tal y como ella recordaría más tarde. Con especial emoción aludía al asesinato de su abuela materna Ruzena Speiglova.

     Concluida la Guerra Mundial con la derrota de las potencias fascistas, regresó a Checoslovaquia en 1945, pero, tras la llegada al poder de los comunistas estalinistas y el asesinato del ministro Jan Masaryk, su familia se exilió de nuevo, esta vez en Estados Unidos (1949), donde residiría a partir de entonces y cuya ciudadanía adquirió.

     Su brillante carrera intelectual, iniciada en la Universidad de Columbia, donde se doctoró en 1975 con una tesis sobre “La Primavera de Praga”, continuaría con su trayectoria política en las filas del Partido Demócrata en la cual, ostentó, durante más de 30 años, la vicepresidencia del Instituto Nacional Demócrata para Asuntos Internacionales (NDI). Su amplio conocimiento sobre la política internacional la convertiría en la primera mujer que ocupó la Secretaría de Estado norteamericana entre 1997-2001 bajo la presidencia de Bill Clinton.

      Especialmente revelador fue su libro Fascismo. Una advertencia (2018), escrito junto a Bill Woodward, en el cual alertaba a las sociedades democráticas sobre los riesgos del totalitarismo, fuera este de signo fascista o estalinista. En el mismo, y haciendo mención al título, provocador y alarmante a un tiempo de su libro, decía,

     “Algunas personas consideran alarmista este libro y hasta su subtítulo. Bien, puede que sea así, pero lo que no podemos es no ser conscientes del asalto a los valores democráticos que se está produciendo en muchos países del mundo y que está dividiendo también a Estados Unidos".

     Ante el futuro, hay que evitar la tentación de “cerrar los ojos”, pues se trata de una advertencia que no nos atrevemos a pasar por alto”.

    Ahora que martillean nuestras retinas y nuestras conciencias, la crueldad y el ensañamiento de la invasión rusa de Ucrania propiciada por el delirio belicista de Vladimir Putin, recordemos lo que sobre el autócrata de Moscú, nieto del cocinero de Stalin, decía Albright en dicho libro y al que definía como “bajo, cetrino y tan frío que casi parece un reptil”.

     Albright destacaba la deriva autoritaria de Putin desde su acceso a la presidencia de la Federación Rusa en el año 2000. De hecho, aludía a cómo se ha escudado en la debacle sufrido en los años posteriores a la desaparición de la URSS, “para desacreditar las instituciones democráticas” y, por ello, no duda en afirmar que “Putin no es un fascista en toda regla porque no le hace ninguna falta”. Y es que, su poder se sustenta en un sistema político viciado, con un simulacro de partidos de oposición, unas elecciones más que cuestionables en su transparencia, unos medios de comunicación controlados por el Kremlin y una sociedad civil que, “cuando no está domesticada, se la descalifica diciendo que es una marioneta manejada por extranjeros”, acusación que se lanza contra cualquier disidente político con  la autocracia de Putin, como recientemente hemos podido comprobar en el caso de Alekséi Navalny. De este modo, la acumulación de poder de Putin, la ha ido logrando a base de retirárselo a los gobernadores provinciales, a la Asamblea Legislativa (Duma), a los tribunales de justicia, al sector privado y a la prensa: así ha ido construyendo lo que él denomina “el Estado Vertical”, cuyo rostro más agresivo y amenazante ha evidenciado en la criminal agresión a un estado soberano cual es Ucrania.

    Valgan estas reflexiones sobre la amenaza que supone Putin, al que el disidente Vladimir Kará Murzá define como “el estalinista posmoderno”, para la paz y las relaciones internacionales, tal y como ya intuyó Madeleine Albright, para recordar la memoria de la política norteamericana recientemente fallecida que nos alertó de la amenaza de los fascismos, de todo signo, que ensombrecen nuestro futuro, advertencia que cada vez resulta más premonitoria.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 11 de abril de 2022)

 

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11/04/2022 07:17 kyriathadassa Enlace permanente. Política internacional No hay comentarios. Comentar.

EL ESTADO NECESARIO

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     El historiador Tony Judt señalaba como una de las características del pasado siglo XX “el auge y posterior caída del Estado”, bien fuera ésta en su versión del Estado de Bienestar o bien en los otrora fuertes estados de signo totalitario, tanto en su versión fascista como estalinista. Y es cierto, puesto que, en la actualidad, como afirmaba Judt, “el discurso público estándar”, pretende reducir drásticamente el papel del Estado, presentándolo como “fuente de ineficacia económica e intromisión social que convenía excluir de los asuntos de los ciudadanos siempre que fuera posible”.

     A esta situación se ha llegado como consecuencia de la irrupción imparable de los supuestos dogmas neoliberales, los mismos que propagan el mantra perverso de que hay que reducir los impuestos progresivos convirtiéndolos en impuestos indirectos y regresivos, aquellos que gravan más las compras que la riqueza, lo cual ha reducido proporcionalmente la capacidad económica de los Estados limitando así su necesaria función de impulsar políticas de justicia redistributiva. De igual modo, en estas fechas se ha puesto en cuestión la labor de los Estados en una materia tan sensible como es la salud pública por parte de delirantes actitudes negacionistas ante la pandemia del covid-19 y las campañas de vacunación de la ciudadanía, alegando una “intromisión” estatal en las libertades individuales, una actitud ésta tan reaccionaria como inaceptable.

    Lejos queda aquella imagen del Estado como “un organismo poderoso, con una variedad de recursos a su disposición y con autonomía suficiente para conseguir nuevos recursos en caso de necesidad”. Pero, como señalaba Jesús Rodríguez Barrio, después de varias décadas de políticas neoliberales, con sus sucesivas rebajas de impuestos, con la liquidación de buena parte de la propiedad pública y la externalización de los servicios públicos, se ha colocado al Estado en una situación cada vez más marginal dentro de la actividad económica en nuestro mundo globalizado. Así quedó patente tras el estallido de la crisis financiera de 2008 en la que se evidenció que, para hacerle frente, los Estados carecían de empresas públicas potentes y de que sus ingresos fiscales eran insuficientes para acometer programas de inversión ambiciosos. Y, así las cosas, unos Estados reducidos por las políticas neoliberales a la “impotencia fiscal”, tuvieron que hacer frente a los efectos de la crisis más profunda desde la Segunda Guerra Mundial y, en algunos casos, debieron de hacerlo privados de buena parte de sus instrumentos de política económica. Y, sin embargo, en estas circunstancias, se llegó a la hipocresía de que, como recordaba Jesús Rodríguez Barrio, “hasta los neoliberales más extremos exigieron la intervención de los bancos centrales y los gobiernos para salvar el sistema financiero mundial”.

   Contra estas actitudes, resulta necesario reivindicar la labor del Estado, entendiendo por tal el Estado de bienestar de signo socialdemócrata. Así, según Nicholas Barr, el Estado “es un dispositivo de eficiencia contra los fallos del mercado”, a lo que Judt añade, además que éste es “una forma prudente de atajar los riesgos sociales y políticos que entraña una desigualdad [social] excesiva”. De hecho, observando las consecuencias de la revolución neoliberal aplicada por Margaret Thatcher en Gran Bretaña, Tony Judt se reafirmaba en la idea de que “sólo un Estado es capaz de proporcionar los servicios y condiciones a través de las cuales sus ciudadanos pueden aspirar a una vida buena y plena”, algo que el mercado, y menos el mercado global, nunca sería capaz de lograr.

     Por todo ello, resulta necesario reivindicar el papel y la vigencia del Estado como “institución intermedia” pues, dado que las fuerzas económicas son internacionales, la única institución que puede interponerse eficazmente entre estas fuerzas y los ciudadanos, es el Estado nacional. Y más aún, dado que “el libre flujo de capital amenaza la autoridad soberana de los estados democráticos, resulta necesario reforzarlos para, en opinión de Judt, “no rendirnos al canto de sirena de los mercados internacionales, la sociedad global o las comunidades trasnacionales”. Es por ello que tenía razón cuando Cicerón decía que “el buen ciudadano es aquel que no puede tolerar en su patria un poder que pretenda hacerse superior a las leyes”.

    El Estado necesario debe hacer una defensa cerrada de las políticas sociales para legitimarse en este incierto siglo XXI. De hecho, el Estado de bienestar impulsó las reformas sociales de la posguerra en Europa en buena medida como barrera para impedir el descontento social alentado en los años de entreguerras por los partidos totalitarios de uno u otro signo. Y, por ello, a modo de advertencia hay que recordar que el actual desmantelamiento parcial del Estado de bienestar y de las reformas y avances a él inherentes, no está exento de riesgos y uno de ellos es el aumento de las desigualdades sociales y el deterioro de las condiciones de vida de los sectores y colectivos más vulnerables pues, como muy bien sabían los reformadores sociales del s. XIX, si la “cuestión social” no se aborda, no por ello desaparece, sino que ésta busca respuestas más radicales y desestabilizadoras.

    A modo de conclusión, y aun siendo conscientes de que, ante las actuales crisis globales, bien sean estas económicas, financieras, humanitarias o sanitarias, no valen soluciones exclusivamente nacionales, no por ello el papel del Estado deja de ser necesario, pero siempre y cuando sea capaz de aportar a sus ciudadanos unas condiciones de vida razonables que ofrezcan un futuro de bienestar (servicios públicos amplios, fiscalidad progresiva, pensiones dignas) que lo legitimen, pues ciertamente, en nuestro mundo globalizado, un Estado defensor de políticas sociales y de la justicia redistributiva, resulta más necesario que nunca.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 28 marzo 2022)

 

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28/03/2022 07:27 kyriathadassa Enlace permanente. Política internacional No hay comentarios. Comentar.

EL PATRIOTISMO DE JUAN NEGRIN

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     En su trayectoria vital, Juan Negrín López demostró su talla y coraje político, así como su condición de gran patriota durante la Guerra de España de 1936-1939, defendiendo hasta el final la legalidad republicana frente al fascismo. Y ese mismo sentido patriótico lo evidenció, años después, ya en el exilio, cuando España estaba sometida a la dictadura franquista y en un tema muy controvertido:  su actitud favorable a que España se incorporase al Plan Marshall.

    Concluida la II Guerra Mundial, Estados Unidos lanzó el European Recovery Program (ERP) para la reconstrucción de la devastada Europa occidental, puesto en marcha por el presidente Harry Truman e ideado por George Marshall, su entonces vicepresidente y prestigioso militar, razón por la cual fue conocido por el nombre de su promotor. Este plan supuso la inyección de 14.000 millones de dólares con objeto no sólo de la reconstrucción de los países de la Europa occidental, sino también, en el contexto de la Guerra Fría, con la intención política de sellar una alianza transatlántica para hacer frente al creciente auge de la influencia de la URSS en el continente europeo.

     A principios de 1948 se iniciaron conversaciones para el reparto de los fondos entre los potenciales estados beneficiarios y hasta la España franquista intentó optar a ellos, agobiada como estaba con una economía devastada tras la guerra, la asfixiante autarquía y el aislamiento internacional de la dictadura. Ante esta posibilidad, el ministro británico Mc Neil se opuso, al igual que lo hizo toda la oposición republicana en el exilio puesto que consideraban que dichos fondos servirían para el fortalecer al régimen franquista. En este sentido, el PSOE, por medio de Indalecio Prieto, dejó patente su frontal rechazo confiando en que “la España de Franco no entrará en el Plan Marshall, y si no entra, el régimen de Franco morirá por asfixia económica” (El Socialista, 9 abril 1948) y días después Prieto declaró que la participación de España en dicho plan “equivaldría al fortalecimiento del dictador y revestiría una verdadera traición por parte de los países democráticos” (El Socialista, 16 abril 1948).

     En cambio, y contra de la opinión mayoritaria del exilio republicano, Negrín se atrevió a defender públicamente, por medio de tres artículos publicados en la edición europea del New York Herald Tribune, la inclusión de España en el Plan Marshall, pues pensaba que, de no acceder a esos fondos, “soñar con el restablecimiento de la República a través del hambre y del empobrecimiento de España es un error”, un análisis honesto y guiado por un profundo patriotismo que, sin embargo, cayó como una bomba entre el exilio:  el PCE llegó a calificar a Negrín de “traidor” (Mundo obrero, 15 abril 1948) a la vez que tampoco fue plenamente comprendido por muchos negrinistas, los mismos que, junto a él, habían sido expulsados del PSOE en 1946.

     Negrín sentía un profundo dolor por la exclusión de España, pues como decía en un artículo fechado el 2 de abril de 1948 en el citado periódico, el rechazo “sería causa del aumento de los graves sufrimientos padecidos por el pueblo español desde el final de la guerra”, y en el artículo del día siguiente, Negrín dejaba clara su postura: “contra el régimen caudillista, todo, contra España, nada” y, por ello proponía que “las instituciones de la República de España deben ser reconocidas al mismo tiempo que la admisión de España en el Plan de Reconstrucción Europea”.

      Por su parte, Juan Marichal recoge varias cartas que, con este tema como telón de fondo, cruzó Negrín con Ramón Lamoneda, exsecretario general del PSOE y, expulsado como él del partido y el 1 de abril de 1948 le escribirá diciendo que “Ni con el Plan Marshall se le mantiene [a Franco], ni sin el Plan se le echa”. Días después, el 16 de abril, en una nueva carta Negrín calificaba la exclusión de España como una “monstruosidad legal”, pues, teniendo en mente los cuantiosos fondos destinados a Alemania e Italia, se pregunta: “¿Tiene esto la misión de infligir a España, al país y al pueblo, un castigo que no ha sido impuesto a países culpables de una guerra criminal?”.

    Recordando esta actitud patriótica de Negrín, exenta de intereses partidarios, contrasta con la actuación, ciertamente antipatriótica evidenciada por el PP criticando agriamente la concesión y gestión de los fondos asignados a España procedentes del Plan de Recuperación de la Unión Europea para hacer frente a la devastación causada por la pandemia de la Covid-19. Así es nuestra historia.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 14 marzo 2022)

 

 

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14/03/2022 07:48 kyriathadassa Enlace permanente. Memoria histórica No hay comentarios. Comentar.

AQUELLOS CURAS GUERRILLEROS

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     Tras el triunfo de la revolución cubana en 1959, América Latina estaba en plena ebullición política y los Estados Unidos (EE.UU.), temeroso de que la experiencia castrista se extendiera por el continente, intervinieron de forma constante en los países de la zona combatiendo a las guerrillas fomentadas por el Ché Guevara, o apoyando golpes de Estado y sangrientas dictaduras como ocurrió en los casos de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, República Dominicana, El Salvador, Guatemala, Haití, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú o Uruguay.

     A partir de 1962, el año en que se inició el Concilio Vaticano II, diversos sectores de la Iglesia asumieron un firme compromiso social en aquellos países, maltratados desde siempre por las oligarquías locales y por los intereses políticos y económicos de los EE.UU. Ello tuvo su reflejo en la Teología de la Liberación con figuras como Gustavo Gutiérrez y Helder Cámara y también en los casos de Ernesto Cardenal en Nicaragua o del dominico brasileño Frei Betto que, tras colaborar con la guerrilla opuesta a la dictadura del general Castelo Branco, años después sería asesor del presidente Lula da Silva.

    Pero si hay una figura que encarna el compromiso militante de la Iglesia en América Latina este es la de Camilo Torres (1929-1966), sacerdote colombiano, pionero de la Teología de la Liberación y promotor del diálogo entre el cristianismo y el marxismo, fundador del Frente Unido del Pueblo (1964) y que posteriormente optó por la lucha armada para apoyar, como él decía, “la causa de los pobres y de la clase trabajadora”. Es célebre su Mensaje a los cristianos, escrito en 1965 y en que decía que “es necesario quitarles el poder a las minorías privilegiadas para dárselo a las mayorías pobres”, lo cual sólo podía lograrse mediante un cambio revolucionario y, por ello, “la Revolución no solamente es permitida sino obligatoria para los cristianos que vean en ella la única manera eficaz y amplia de realizar el amor para todos”.  Por todas estas razones, se integró en el Ejército de Liberación Nacional (ELN), muriendo en su primer combate el 15 de febrero de 1966. En la actualidad sigue siendo considerado un mártir oficial del ELN.

    El legado de Camilo Torres tuvo su eco y algunos sacerdotes llegaron a colaborar de forma activa con las guerrillas, entre ellos, tres misioneros aragoneses. Este fue el caso de Domingo Laín Sáenz, natural de Paniza, José Antonio Jiménez Comín, nacido en la localidad turolense de Ariño, y Manuel Pérez Martínez, que lo era de Alfamén. Los tres coincidieron durante sus estudios en el Seminario Menor de Alcorisa y, desde entonces, se hicieron amigos inseparables a lo largo de toda su trayectoria vital. Una vez ordenados, fueron enviados a la República Dominicana, donde a causa de su compromiso social serían expulsados del país y recalaron en Cartagena de Indias (Colombia) donde trabajaron como curas obreros: Domingo Laín lo hizo en una tejería, José Antonio Jiménez en una fábrica de gaseosas y Manuel Pérez como estibador en el puerto.

    Los tres curas aragoneses serían igualmente expulsados de Colombia por participar en política y por enfrentarse a la jerarquía eclesiástica y, tras un breve período de estancia en Francia y España, retornaron a Colombia con pasaportes falsos, pasando a integrarse en la guerrilla del ELN. Dos de ellos encontraron allí la muerte: José Antonio Jiménez como consecuencia de un paro respiratorio en una travesía guerrillera por la selva en 1970, y Domingo Laín, que cayó en combate en 1974. Les sobrevivió Manuel Pérez, el cual llegaría a ser máximo dirigente del ELN y que en marzo de 1990 asumió la comandancia de la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar. Excomulgado por la Iglesia, tuvo una hija con “Mónica”, su compañera, una exmonja también vinculada a la guerrilla, y murió de muerte natural en las montañas del departamento colombiano de Santander el 14 de febrero de 1998.

    La memoria de aquellos curas guerrilleros aragoneses nos recuerda la vigencia de sus ideales, de su compromiso a favor de la justicia social, en estos tiempos en que los gobiernos progresistas de América Latina siguen siendo acosados por el imperialismo, los populismos derechistas y la expansión de las iglesias evangélicas ultraconservadoras, un triple ariete contrario a la emancipación de los sectores sociales más desfavorecidos, aquellos cuya situación se ha visto todavía más deteriorada como consecuencia de la aplicación de políticas neoliberales en nuestro mundo globalizado.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 23 febrero 2022)

 

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23/02/2022 10:47 kyriathadassa Enlace permanente. América latina No hay comentarios. Comentar.

RIESGOS A LA IGUALDAD EN LA ERA DIGITAL

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     El anhelado ideal de la igualdad, emblema de la Revolución Francesa de 1789 y demanda de todos los movimientos políticos y sociales progresistas que por él lucharon a lo largo de los pasados siglos XIX y XX, parece hallarse hoy en día en retroceso, derrotado ante el imparable proceso de globalización que ha transformado radicalmente nuestras sociedades y nuestras vidas.

     El ideal de la igualdad parece cada vez más difuso en las nuevas sociedades tecnológicas. Se habla con frecuencia de la existencia de una “brecha digital” en relación al mayor o menor conocimiento y acceso a las nuevas tecnologías, pero todavía es más grave, la brecha social que estas han generado. En este sentido, Yuval Noah Harari, en su libro 21 lecciones para el siglo XXI (2018), analiza esta cuestión y afirma que “la globalización no ha traído la igualdad” ya que, frente a lo que ocurrió  en el siglo XX, tiempo que “se centró en gran medida en la reducción de la desigualdad entre clases, razas y géneros”, tarea en la cual las políticas socialdemócratas y el Estado del Bienestar desempeñaron un papel relevante, en el siglo XXI, “podrían surgir las sociedades más desiguales de la historia”, lo cual “amenaza con agrandar la brecha entre clases”.

     Hararí, de forma premonitoria, nos advierte de los riesgos que, contra la igualdad está generando la biotecnología, ya que ésta en un futuro no muy lejano podría crear lo que él llama “castas biológicas” y, de este modo, las personas con mayores recursos, los ricos, podrían conseguir mediante el uso de la biotecnología, estar mejor dotados físicamente, ser más creativos y más inteligentes que las personas de escasos medios económicos. Y, sin que estas afirmaciones parezcan ciencia-ficción, la denuncia de Harari apunta a los poderosos, a aquellos que con su dinero, podrían comprarse “un cuerpo y un cerebro mejorado” y, por ello, dividir a la humanidad entre “una pequeña clase de superhumanos y una subclase enorme de Homo Sapiens inútiles”.

     Pero si esto es un riesgo en un futuro impreciso, peor sería que, una perversa utilización de la biotecnología produjera un riesgo mayor:  que el Estado perdiera algunos de sus incentivos para invertir en salud, educación o en favor de los sectores más desfavorecidos de la sociedad, algo que sería tanto como tener la tentación de desmantelar completamente el Estado del Bienestar por considerar “improductivas” y no rentables las inversiones en recursos sociales en estos colectivos, degradados a una calificación de subclase inútil e irrelevante.

     Como una forma posible de detener este proceso amenazante, la propuesta de Harari es evitar a toda costa “la concentración de toda la riqueza y el poder en manos de una pequeña élite” y, por ello, recalca que “la clave es regular la propiedad de los datos”. Y es cierto, pues en la actualidad los poderes hegemónicos se articulan cada vez más en torno a los que poseen y controlan los medios de comunicación y las redes digitales, en una trepidante carrera por poseer los datos, nuestros datos, todos los datos, como evidencia cada día Google o Facebook.

     Así las cosas, la propuesta que lanza Harari es valiente, arriesgada y no exenta de riesgos ya que afirma que “si los gobiernos nacionalizan los datos, se frenará el poder de las grandes empresas”, pero también podrá desembocar en lo que no duda en calificar como “espeluznantes dictaduras digitales”, ya que podría revivirse el espectro del “Gran Hermano” que todo lo ve y todo lo controla, tal y como expuso George Orwell en su obra 1984.  Y esto es un riesgo cierto pues estas amenazantes dictaduras digitales que pudieran surgir en un futuro, no sólo acabarían de facto con las libertades democráticas, sino también con la igualdad al concentrar todo el poder en una pequeña élite al mismo tiempo que terminarían reduciendo a la mayoría de la población, no ya a la explotación y a la alienación, que también, sino a la “irrelavancia” social e histórica.

     Por todo lo dicho, la conclusión final que plantea Harari es obvia: resulta vital para garantizar la democracia y la igualdad en nuestra sociedad presente y futura, el regular la propiedad de los datos, algo que considera “la pregunta más importante de nuestra era”,  un reto que todavía no somos capaces de calibrar en toda su magnitud, Y es que, como él mismo señala, en un mundo inundado de información irrelevante, la claridad es poder.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 8 febrero 2022)

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08/02/2022 07:08 kyriathadassa Enlace permanente. Economía global No hay comentarios. Comentar.

MUJERES JUDÍAS FRENTE AL NAZISMO

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    Conocida es la imagen de los 6 millones de judíos asesinados por el nazismo durante la II Guerra Mundial, pero no lo es tanto la resistencia del pueblo hebreo ante la barbarie nazi. Tal vez el ejemplo más recordado sea el levantamiento del guetto judío de Varsovia (19 abril-16 mayo 1943) hasta el total exterminio del mismo por parte de las tropas hitlerianas. Emociona pensar que una de los lemas de sus defensores fuera “¡Pamietajcie Saragosiee! (Recordad Zaragoza)”, queriendo así emular la defensa de la capital aragonesa durante los Sitios de 1808-1809.

     Pero además de Varsovia, miles de judíos combatieron al nazismo en los países ocupados. Pero, como señalaba Steven Bowman, las mujeres que participaron activamente en los grupos de resistencia, “rara vez han sido mencionadas en la literatura histórica sobre la Segunda Guerra Mundial”, y sólo hasta fechas recientes se ha empezado a estudiar con cierto rigor su papel en la resistencia armada contra el nazismo. Este es el caso de Emily Landau que, a sus 17 años, fue la primera judía muerta en combate en el guetto de Varsovia, o Hannah Szenes (1921-1944), una joven poeta y luchadora judía húngara asesinada en Budapest, pero hubo otras muchas, algunas de las cuales recordamos hoy.

     Violeta Yosifova Yakova (1923-1944) (a) “Ivanka”, una partisana judía búlgara de origen sefardí, militante comunista, que formó parte de un escuadrón de la resistencia que asesinó a varios militares nazis y colaboracionistas, entre ellos, al jefe de la policía búlgara. Tras ser capturada, fue violada y torturada hasta la muerte y tras la liberación, fue declarada “Heroína de Bulgaria”.

    También murió en combate Rita Rosani (1920-1944), judía italiana, que se unió a la resistencia y fundó el Grupo “Aquila”. En el lugar donde fue asesinada se celebra cada año un acto en su memoria y en la sinagoga de Verona, una placa la recuerda con una cita bíblica: “Muchas mujeres han realizado proezas, pero tú las superas a todas” (Proverbios, 31:29).

    Otras jóvenes tuvieron mejor suerte, como fue el caso de Sara Yehoshua Fortis, judía griega de origen sefardí que se convirtió en “andarte”, esto es, en luchadora de la Resistencia griega y, a los 16 años, pasó a integrarse en el Ejército Popular de Liberación de Grecia (ELAS). Sara Fortis lideró un grupo compuesto exclusivamente por mujeres, el cual se convirtió en un valioso aliado para los combatientes masculinos del ELAS: junto a ellos participaron en numerosas misiones, tanto de combate y ataques a objetivos militares, como en la ejecución de colaboracionistas nazis. Tal fue así que los “andartes” masculinos se apropiaron de muchas acciones llevadas a cabo por las partisanas de Sara Fortis puesto que a muchos griegos les resultaba impensable que aquel grupo de aguerridas jóvenes mujeres pudiera llevarlas a cabo. Pese a ello, Sara Fortis, con apenas 18 años, era ya conocida como “kapetenissa (capitana) Sarika” y continuó luchando contra los ocupantes nazis hasta la liberación de Grecia a finales de 1944.

     También podemos citar a Roza Papo (1914-1984), una judía bosnia de Sarajevo de origen sefardí, que, tras la invasión nazi de Yugoslavia, se unió en 1941 a los partisanos de Tito. Médica de profesión, dirigió y coordinó todos los hospitales de campaña de los partisanos, pero también participó en la lucha, adscrita al Batallón de Ataque de Bosnia, siendo herida en combate. Durante la guerra, perdió a sus padres, hermanos y la mayor parte de su familia en la represión llevada a cabo por las milicias fascistas croatas aliadas de los nazis. Tras la liberación, le cabe el honor de haber sido la primera mujer ascendida al rango de generala en el conjunto de los países de la Península Balcánica.

    Un caso especial fue el de Hedy Lamarr (1914-2000), judía de origen checo, que, además de famosa actriz de Hollywood, fue la inventora durante la II Guerra Mundial de un sistema de comunicaciones inalámbricas a larga distancia que permitía guiar por radio los torpedos de los submarinos aliados y que evitaba las interferencias nazis, descubrimiento que sería el antecedente del actual Bluetooth y del WIFI.

     En estos días en los que se cumple el 80º aniversario de la infame Conferencia de Wansee (20 enero 1942) en la que los jerarcas nazis acordaron la “solución final” para el pueblo judío, su exterminio, todas estas heroicas jóvenes judías merecen ocupar un lugar destacado en la historia del antifascismo.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 21 enero 2022)

 

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21/01/2022 16:29 kyriathadassa Enlace permanente. Mundo Judío No hay comentarios. Comentar.

EL FUTURO DE LA UNION EUROPEA

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     En el actual panorama geoestratégico mundial en el cual la hegemonía de los Estados Unidos (EE.UU.) está siendo disputada por China, la Unión Europea (UE), debe encontrar su propio espacio. En este sentido, Carlos Alonso Zaldívar opina con acierto que la UE deberá acomodar su discurso a las nuevas realidades y decidir “hasta qué punto permanece en el área de influencia de EE.UU. como socio subalterno, o si va definiendo y asentando un especio de influencia propio en el nuevo contexto multipolar”. Y, por ello, en materia de política exterior, tras los pasados desgarros y desprecios producidos por Donald Trump para con la tradicional entente de EE.UU. con sus aliados europeos, la UE debe ofrecer “respuestas propias a los problemas más graves del mundo”. Así lo entendió en su momento Angela Merkel y con visión de estadista europeísta afirmaba que “la UE ya no puede depender completamente de otros, debemos tomar nuestro futuro en nuestras manos”.

     Por otra parte, la UE ha quedado debilitada tras el duro golpe que ha supuesto la salida de la misma de Gran Bretaña como consecuencia del Brexit, proceso al que una acertada definición alude como “una negociación para repartir daños en la que ambas partes perderán”. Pero, para garantizar un futuro viable y coherente a la UE hay una serie de caminos, sobradamente conocidos y reclamados reiteradamente. En este sentido, resulta esencial adoptar medidas que relancen la convergencia económica y social de los Estados miembros y un paso en la buena dirección ha sido la puesta en marcha, desde la solidaridad comunitaria, del potente Plan de Recuperación de Europa, toda una serie de acciones y recursos para paliar los efectos devastadores causados por la pandemia del Covid-19 en cada uno de los Estados miembros. También resulta importante asegurar la viabilidad del euro a largo plazo, como elemento de estabilidad económica en la Zona Euro.

    Pero junto a las medidas económicas, la UE debe regirse por los valores de la solidaridad y, en estos tiempos, es más necesario que nunca, aplicar políticas viables de asilo y migración, consecuentes con los ideales en torno a los cuales se cimenta la UE y que, al mismo tiempo, frenen el auge de los movimientos xenófobos y racistas que están rebrotando en su seno. Es por ello que la UE debe de tomarse en serie estos temas, evitando lo sucedido en la crisis de refugiados de 2016 en la que, como señalaba Carlos Alonso Zaldívar, tras la cual, se  “ha renacionalizado la política en el seno de la UE y reactivado la división entre países del Este y del Oeste”.

    Igualmente, en este mundo multipolar, resulta también necesario que la UE sea capaz de generar una política exterior, de seguridad y defensa propia, hablando con una sola voz y sin estar supeditada a los intereses geoestratégicos de los Estados Unidos. Cada vez resulta más evidente, con casos como el conflicto de Ucrania, la crisis nuclear de Irán o Corea del Norte, o la reciente y catastrófica retirada de Afganistán, que la UE no debe ser un peón bajo el área de influencia americana, sino que, dejando claro sus propios planteamientos y tomando la iniciativa, es cuando la política exterior comunitaria, empezará a definir un espacio de influencia propio en el nuevo contexto internacional multipolar. Y, ante el hecho positivo de una UE “a quien nadie teme militarmente”, debe convertir esa debilidad en un potencial en la línea de ser “un centro de iniciativas dirigidas a moderar los ímpetus bélicos de las grandes potencias militares”.

    Aunque durante el pasado mandato de Donald Trump se socavaron los vínculos del tradicional atlantismo que había caracterizado las relaciones entre Estados Unidos y la UE, ahora parece que Joe Biden intenta reconstruir los puentes con sus aliados europeos, pese a la crisis suscitada por la reciente creación de su nueva alianza militar en el Pacífico con Australia y Reino Unido (AUKUS) que tan negativos efectos ha tenido en la UE, especialmente en el caso de Francia.

    Así las cosas, Tony Judt, en su libro Sobre el olvidado siglo XX, consideraba que era esencial reactivar el entente entre ambas orillas del Atlántico, de potenciar lo que él llamaba “euroatlantismo” y daba razones para ello al señalar que, “Occidente debería dejar de lado sus disputas y tratar una forma de trabajar juntos por el bien común antes de que China (y después India) se convierta en una gran potencia y las pequeñas diferencias narcisistas entre Europa y Estados Unidos se vuelvan irrelevantes”. En esta misma línea, Garton Ash, aludiendo a Occidente, advertía que, “en perspectiva histórica, ésta puede ser nuestra última oportunidad de fijar la agenda de la política mundial”. Por su parte, como señalaba Eliseo Oliveras, el objetivo último de este euroatlantismo es “mantener la primacía económica y comercial de Occidente frente a China y evitar que la creciente influencia de Pekin pueda determinar las estándares y reglas tecnológica y comerciales futuras” dado que, en expresión de Valdis Dombrovskis, vicepresidente de la Comisión Europea, “la pugna tecnológica será el nuevo campo de batalla de la geopolítica”.

    La UE, pese al desgarro que supuso el Brexit y el actual desafío provocado por las derivas autoritarias de Polonia y Hungría, debe de mantenerse fiel a sus valores, recogidos en el artículo 2º del Tratado de la Unión Europea y que son: “el respeto a la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías”. Sólo así se tendrá un futuro digno la UE, y eso es lo que deseamos.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en El Periódico de Aragón, 3 enero 2022)

 

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03/01/2022 09:05 kyriathadassa Enlace permanente. Política internacional No hay comentarios. Comentar.

VIRUS ANTIDEMOCRÁTICOS

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     En 2016 los servicios de inteligencia de Estados Unidos (EE.UU.) revelaron que Rusia había utilizado herramientas virtuales para influir en las elecciones norteamericanas y de este modo ayudar a Donald Trump, el candidato favorito de Putin, a entrar en la Casa Blanca. A partir de ese momento, perturbaciones similares tuvieron lugar, como mínimo, en los comicios celebrados en Francia, Italia, Gran Bretaña, los Países Bajos, las repúblicas bálticas, la República Checa, Ucrania, Georgía, y también, en España.

     Estos sucesos han supuesto la irrupción con fuerza de un nuevo virus: el de la desinformación y de las noticias falsas (“fake news”) con intenciones desestabilizadoras en el desarrollo normal y en la práctica política de nuestras democracias. Para lograr estos objetivos, las técnicas utilizadas por la desinformación y el empleo de noticias falsas son diversas, tales como el robo y revelación de correos electrónicos durante las campañas electorales: la elaboración de documentos falsos; el uso en Facebook de identidades encubiertas; la difusión de reportajes “noticiosos” ficticios y a veces hasta difamatorios.

   Todos estos hechos han evidenciado que la ciberseguridad es una nueva herramienta de poder, máxime si tenemos en cuenta el enorme impacto que el virus de la desinformación y las noticias falsas tienen en nuestra sociedad global, donde el público objetivo es más accesible y mucho más amplio: tengamos presente que, en la actualidad, Facebook cuenta con más de 2.000 millones de usuarios activos.

    La desinformación, como señalaba Elena Alfageme, responsable de género de Intered, no es un fenómeno espontáneo y las redes sociales son el entorno perfecto para que suceda ya que se ampara en muchos casos en el anonimato mediante el cual lanzar bulos en las redes, bien sea por motivos económicos o también políticos y sociales, mediante los cuales generar miedo y polarizar la sociedad, como por ejemplo, con discursos de odio o negacionistas, con respecto al covid-19, a la violencia de género o al cambio climático. En expresión de Madeleine Albright, “hoy en día se debilita la democracia mediante falacias que llegan por oleadas y azotan nuestros sentidos del mismo modo que las olas marinas se abaten sobre la playa”.

     Así las cosas, resulta importante contar con herramientas de análisis crítico, con la necesidad de llevar a cabo una labor periodística y de verificación de noticias falsas, que permitan identificar y desmantelar los bulos interesados que proliferan en las redes sociales y así frenar las campañas de desinformación, de las noticias no contrastadas mediante el empleo de los llamados “fact-chequers”.

     A los perversos efectos del virus de la desinformación y las noticias falsas hay que añadir otros que también socavan nuestras democracias: el del autoritarismo y la intolerancia. De este modo, ya en el año 2017 el Índice de Democracia elaborado por The Economist, mostraba un cierto deterioro en la salud democrática de 70 países y se empezó a hablar de que, en ellos, más que en una “democracia plena”, se hallaban en una “democracia imperfecta”. Este fenómeno, que se constató en EE.UU. bajo el mandato de Donald Trump, se hace extensivo a otros países de la UE como queda patente cada día en Hungría, Polonia o Eslovaquia y, no lo olvidemos, también en España, donde la politización de la Justicia parece querer condicionar a las propias instituciones democráticas surgidas de la voluntad de la soberanía nacional.

     Aunque hoy en día cerca de la mitad de los países del mundo pueden considerarse democráticos (sean imperfectos o no), tampoco debemos olvidar que la otra mitad tiende al autoritarismo, algo que está siendo rentabilizado electoralmente por grupos de dudosa o nula calidad democrática. Ello nos advierte, también en nuestra civilizada Europa, del riesgo que supone el cada vez mayor interés en sectores de la ciudadanía en optar por alternativas políticamente autoritarias. De este modo, el anteriormente citado informe señala que una de cada cuatro personas tiene “una buena opinión” de aquellos sistemas en los cuales un dirigente puede gobernar “sin interferencias del Parlamento ni de los tribunales de Justicia” y lo que todavía es más preocupante: uno de cada cinco “se declara atraído por la idea de un gobierno militar”.

    Estos son los virus antidemocráticos a los que hacer frente en la actualidad: el de la proliferación de la desinformación y las noticias falsas, y también el de la creciente ola de autoritarismo e intolerancia que minan nuestros valores democráticos. Como decía Tomás Masaryk, presidente de Checoslovaquia en 1918, “la democracia no es sólo una forma de Estado, no es algo simplemente inscrito en una Constitución; la democracia es una visión de la vida, exige creer en los seres humanos, en la Humanidad”.  Y, por ello resulta imprescindible hacer frente a los virus antidemocráticos.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 16 diciembre 2021)

 

 

 

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16/12/2021 20:57 kyriathadassa Enlace permanente. Política internacional No hay comentarios. Comentar.

LA SOMBRA ACECHANTE DE TRUMP

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    En la campaña electoral a la gobernación al Estado norteamericano de Virginia del pasado 2 de noviembre se produjo la irrupción política de Donald Trump, el cual ha dejado patente su intención de presentarse a las presidenciales previstas para 2024. A pesar de que se niega a reconocer la victoria de Joe Biden que lo desalojó de la Casa Blanca el año pasado, Trump sigue siendo un espectro amenazante en el panorama político dado que mantiene el control sobre el Partido Republicano, unido a su continuo (y perverso) uso de las redes sociales, ahora mediante el lanzamiento de la plataforma Truth Social, creada por su empresa Trump Media Technology Group (TMTG) con la que pretende azuzar el bulo de, según él, “la gran mentira” electoral que lo desalojó de la Presidencia de los Estados Unidos y que puso fin a su nefasto mandato.

    La victoria republicana en Virginia ha supuesto un serio revés para el Partido Demócrata de Joe Biden, otro más, para el inquilino de la Casa Blanca que se halla en caída (electoral) libre sobre todo tras la desastrosa retirada de EE.UU. de Afganistan, tras la cual parece haber dilapidado la esperanza y el crédito político que había generado su victoria electoral demócrata en noviembre del pasado año.

    Recordemos que la victoria de Trump en noviembre de 2016 fue una inesperada y desagradable sorpresa que agitó no sólo el tablero de la política norteamericana, sino que también tuvo muy negativos efectos en las relaciones internacionales durante sus cuatro años de mandato. Y es que Trump, como dijo Nassim Taleb, fue como un “cisne negro”, entendiendo por tal “un acontecimiento de baja probabilidad que no cabía esperar dentro del ámbito de las expectativas regulares, porque nada en el pasado indicaba que era posible, pero que tiene un gran impacto, y que tras suceder tratamos de racionalizarlo para explicarlo y hacerlo predecible”.  Y la explicación de la victoria de Trump se buscó en factores de tipo económico, así como en el descontento de un importante sector de la población y en la búsqueda de candidatos fuera del sistema como consecuencia del rechazo al establishment, a la clase dirigente americana tradicional. A todo ello contribuyó en gran medida el deterioro de las condiciones de vida de la clase trabajadora blanca, la “White working class” (WWC), la cual, tras la crisis económica, la reconversión industrial y la globalización, se estaba convirtiendo en una clase económica marginal y que se halla fuertemente arraigada en la América rural. Así las cosas, Trump supo capitalizar el descontento, miedo y resentimiento de la WWC, actitudes éstas que resultan muy peligrosas a la hora de canalizarlas social y políticamente. El balance de su mandato fue definido de forma rotunda por Madeleine Albright como el de “el primer presidente antidemocrático que tiene Estados Unidos en su historia moderna” ya que, “si estuviera en una nación con pocas garantías democráticas, sería un dictador, que es justamente lo que por instinto él desea ser”.

    El desembarco político de un demagogo como Trump coincidió con una evidente crisis del Partido Demócrata, el cual ha pasado con el tiempo de ser el representante de las clases trabajadoras en la época de Roosevelt a convertirse, tras una creciente desideologización, especialmente desde el mandato de Bill Clinton, en una máquina electoral y un partido de las élites, tal y como señalaba George Packer. Prueba de ello es que el Partido Demócrata no ha desarrollado un programa político coherente a pesar de las alentadoras declaraciones de Joe Biden tras su victoria electoral.

    Por todo lo dicho, ante la reaparición política de peligrosos demagogos como Trump y otros líderes populistas en distintos países, algunos de los cuales que coquetean abiertamente como posiciones y actitudes propias de la extrema derecha, el Partido Demócrata norteamericano y los partidos de izquierda en general se deberían, según Sebastián Royo, dedicarse a “desarrollar un programa económico que se enfoque en la equidad”, dado que “es imprescindible mantener la cohesión social´” y para ello es fundamental seguir invirtiendo en educación, sanidad, servicios sociales y todo los que representa el garantizar la solidez del Estado de Bienestar. Consecuentemente, según este autor, “la izquierda tiene que convencer a sus votantes de que tiene las propuestas para solucionar sus problemas y para crear oportunidades laborales que abran perspectivas de futuro y al mismo tiempo, que va a proporcionar el colchón social que necesitan para protegerles y conseguir más igualdad”, aspectos estos que todavía resultan más importantes en estos tiempos como consecuencia de la crisis derivada de los efectos sanitarios, económicos y sociales causados por el Covid-19.

    Si el triunfo de Trump en 2016 supuso la victoria del miedo, y del revanchismo en contraste con el optimismo con el que se abrió ocho años antes el mandato de Barack Obama, esperemos que esta situación no se repita de nuevo en 2024 porque el posible retorno de Trump produce escalofríos por las consecuencias que ello tendría, no sólo para Estados Unidos, sino para el panorama político y económico de nuestro mundo global.

 

    José Ramón Villanueva Herrero

    (publicado en: El Periódico de Aragón, 30 noviembre 2021)

 

 

 

 

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30/11/2021 17:33 kyriathadassa Enlace permanente. Política-EE.UU. No hay comentarios. Comentar.

EL LEGADO DE TONY BLAIR

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      El 7 de junio de 2001, hace ya 20 años, el Nuevo Laborismo de Tony Blair obtuvo una victoria aplastante en las elecciones británicas frente al conservador William Hague. Se iniciaban así los años en los que el blairismo, un intento de “Tercera Vía” entre el capitalismo y el socialismo clásico, rigió la política de la Gran Bretaña y tuvo una clara impronta en otros partidos socialistas y socialdemócratas, como fue el caso del PSOE o del SPD alemán.

     El historiador Tony Judt, muy crítico con lo que supuso el blairismo, afirma en su libro Sobre el olvidado siglo XX, que la victoria del político británico en las urnas fue posible gracias a la “triple herencia” recibida de los anteriores y nefastos mandatos de Margaret Thatcher, ya que ésta “normalizó el desmantelamiento radical del sector público en la industria y los servicios”, política de la cual Blair cantó “entusiásticas loas”. Además, Thatcher consiguió destruir (políticamente) el antiguo Partido Laborista, facilitando así la tarea de los que luchaban por reformarlo y hacerlo virar hacia el centro, tal y como hizo acto seguido Blair y, finalmente, la “aspereza e intolerancia” de Thatcher  con los críticos de su propio Partido Conservador, dejando a este “en unas condiciones que no le hacen elegible” y ello allanó la rotunda victoria electoral laborista en 2001.

     Dicho esto, Judt reprochaba a Blair su falta de “autenticidad”, algo que consideraba “irritante” y que quedaba de manifiesto en su falta de oposición a las privatizaciones “porque le gustan los ricos”, algo que sería inaceptable en la ideología del laborismo clásico. Era pues evidente el contraste entre las políticas de Blair y el “Viejo Laborismo”, representante de la clase trabajadora, de los sindicatos, la propiedad estatal y las ideas socialistas.

      Blair optó por apoyar su política en las ideas expuestas por Anthony Giddens en su “Tercera Vía”, la cual suponía “un compromiso cuidadosamente elaborado entre la iniciativa privada angloestadounidense y la compasión social de estilo continental”, dejando patente la obsesión de Blair por llevar a cabo un pragmatismo que fusiona el sector público y el beneficio privado. Es por ello que impulsó lo que ha dado en llamarse una “sociedad pospolítica” o “posideológica”, que es aquella que rechaza los debates doctrinales, que sólo quiere lo que funciona y en la que han desaparecido las distinciones entre izquierda/derecha o entre Estado/mercado. Por todo ello, Judt no dudó en reconocer que tenía una “baja valoración” de Blair y de su “legado”.

     Blair defendía el “centrismo radical” dado que su política se basaba, en palabras de nuevo de Judt, en “el exitoso desplazamiento” de la antigua izquierda laborista “por lo que podría denominarse el centro bien-sentant, en el que una economía thatcherista retocada se combina con unos ajustes sociales apropiadamente bienintencionados, tomados de la tradición liberal”, una solución “tentadora”, pero errónea desde posiciones de una izquierda consecuente.

     Así las cosas, las críticas hacia el blairismo no se hicieron esperar. Un ejemplo de las posiciones de la izquierda británica era, y es, el cineasta Ken Loach, el cual denunciaba las políticas llevadas a cabo por el Nuevo Laborismo en contraste con la tradición histórica del laborismo clásico. De este modo, en su película “El espíritu del 45” destacaba lo que supuso, tras el fin de la II Guerra Mundial, la victoria del laborista Clement Attlee sobre el conservador Winston Churchill, tras la cual “se inició una transformación del país, física y psicológicamente, que devolvió a los ciudadanos el timón de sus vidas” y ejemplo de ello fueron la creación del Servicio Nacional de Salud, la colocación de los cimientos del Estado de Bienestar, la nacionalización del transporte, el gas, los muelles, la electricidad o el agua, así como la puesta en marcha de un ambicioso Plan de Vivienda. Pero, todo ello se truncó con el triunfo electoral de Margaret Thatcher en 1979 y, a partir de entonces, su agresivo neoliberalismo hizo que el sector público pasase otra vez a manos privadas, política ésta que continuaría Blair y su “Nuevo Laborismo”. Tal vez por ello, Ken Loach, ya en 2013, clamaba que en Gran Bretaña “necesitamos desesperadamente un partido de izquierdas”.

    Tras Blair, y el período de Jeremy Corbyn, que intentó retomar las posiciones clásicas del laborismo de izquierdas, su actual líder, Keir Starmer, parece querer retornar a la línea centrista que caracterizó al blairismo con el riesgo cierto de cometer los mismos errores políticos que caracterizaron a éste. De todo ello debería tomar buena nota la izquierda europea y, de forma especial Pedro Sánchez, investido con su hiperliderazgo como abanderado de la socialdemocracia, para evitar caer, como ya hizo el PSOE en el pasado, en las redes de un social-liberalismo, tal y como le ocurrió a Tony Blair y su desacreditada “Tercera Vía”, si realmente quiere ser fiel a los valores e ideales del socialismo democrático de Pablo Iglesias.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 12 de noviembre de 2021)

 

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12/11/2021 10:57 kyriathadassa Enlace permanente. Socialismo No hay comentarios. Comentar.

DOS DICTADORES EN HENDAYA

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     El 23 de octubre de 1940 el tren blindado de Hitler llegó a la estación francesa de Hendaya para reunirse con el general Franco y negociar la entrada de España en la II Guerra Mundial al lado de las potencias fascistas del Eje. Del encuentro de Hendaya se han dado visiones contrapuestas que han perdurado hasta nuestros días.

   Franco ambicionaba lograr un “imperio” para España uniéndose a la estela vencedora de la Alemania nazi que, tras derrotar a Polonia, Noruega, Dinamarca, Bélgica, Holanda, Luxemburgo y Francia, había hecho de Hitler el amo de Europa. Este sueño imperial, recogido en el libro Reivindicaciones de España de José María de Areilza, pretendía recuperar Gibraltar y la Cataluña francesa, así como anexionarse amplios territorios en el norte de África, todo ello sin un excesivo esfuerzo militar tras la esperada victoria del Eje. Pero, derrotadas las potencias fascistas al final de la II Guerra Mundial, el encuentro de Hendaya fue interpretado por el franquismo como “uno de los grandes logros de Franco al evitar que España entrara en la guerra” al exigirle a Hitler unas compensaciones territoriales y económicas excesivas y Luis Suárez, en su obra Franco y el III Reich. Las relaciones de España con la Alemania de Hitler, nos presenta a un Franco capaz de oponerse a las exigencias y presiones de Hitler para embarcar a España en la guerra, aún a cambio de promesas de concesiones territoriales.

    Esta visión, exaltadora del papel de Franco en Hendaya, se ha ido desmoronando con el paso del tiempo, y Paul Preston, en su trabajo Franco y Hitler. El mito de Hendaya, señala que Hitler no quería que España entrara en la guerra de inmediato, pues tenía otras prioridades como la de lograr la cooperación de la Francia de Vichy en su lucha contra Gran Bretaña, lo cual vetaba la posibilidad de acceder a las demandas territoriales planteadas por el franquismo. La actitud de Hitler en Hendaya se debió a  los informes que recibió del Reichführer de la SS Heinrich Himmler tras su visita a España para comprobar sobre el terreno la aportación que la España franquista podía prestar a la causa hitleriana. Según Ramón Garriga, en su obra La España de Franco, Himmler “se marchó de España con una idea pesimista dado la situación caótica en la que se encontraba la economía nacional y la gravedad del problema derivado de la guerra civil”, razón por la cual “no podía informar favorablemente a Hitler” y ello “pesó en el ánimo” del dictador alemán, al igual que lo hicieron las opiniones contrarias de otros mandos de la Wehrmacht. Así, como señala Paul Preston, Hitler llegó a declarar que la aportación de la España franquista “costaría más de lo que vale” y, por ello, no supondría una ventaja para los intereses del Eje. En consecuencia, en Hendaya no hubo ninguna presión directa para forzar a Franco para entrar en la guerra y Ludger Mees afirmaba que en Hendaya “Franco no convenció a Hitler de que España debía de abstenerse de entrar en la II Guerra Mundial”, sino que “fue el Führer quien creyó que su colaboración podía ser un lastre”. Se diluye así el mito construido por los apologistas del franquismo sobre la “astucia” y “hábil prudencia del Caudillo” que le permitió resistir las “presiones” de Hitler, evitando así la catástrofe que hubiera supuesto el embarcar a España, recién salida de una guerra fratricida, en una nueva contienda bélica. Este mito, pese a las evidencias históricas, continúa vivo entre los nostálgicos de la dictadura franquista.

    La realidad de los hechos fue bien distinta: Franco, además de soportar los bostezos de Hitler cuando le relataba sus tiempos y experiencia militar en Marruecos, dejó patente su servilismo ante el dictador alemán desde el mismo momento de su saludo inicial en el andén de la estación cuando le dijo balbuceando “Soy feliz de verle, Führer”. En la despedida, según relata César Vidal, Franco aferró con sus dos manos la que le tendía Hitler y le dijo: “A pesar de cuanto he dicho, si llegara un día en que Alemania de verdad me necesitara, me tendría incondicionalmente a su lado y sin ninguna exigencia”, una frase reveladora y que, sin embargo, parece ser que no se le tradujo a Hitler. Acto seguido, César Vidal añade una anécdota significativa sobre la “firmeza” de Franco en Hendaya, el cual, “quizá en un último intento de causar buena impresión a los alemanes, se quedó de pie en la plataforma del vagón, cuadrado militarmente, con la portezuela abierta y saludando a Hitler. Y a punto estuvo de caer cuando arrancó el tren de no haberlo sujetado el general Moscardó, el Jefe de su Casa Militar”. Franco no cayó del tren, como tampoco lo hizo su dictadura tras la derrota de las potencias fascistas al final de la II Guerra Mundial, hecho imputable, en gran parte, a la actitud contemporizadora de las democracias occidentales.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 24 octubre 2021)

 

 

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24/10/2021 08:17 kyriathadassa Enlace permanente. Política-España No hay comentarios. Comentar.

UN MUNDO MULTICENTRICO

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     Como señala Heinrich Kreft, en su estudio titulado Alemania, Europa y el auge de las nuevas potencias emergentes: los desafíos de un mundo multicéntrico, en los últimos años la globalización está modificando de forma paulatina pero inexorable el statu quo geopolítico y económico imperante desde el final de la II Guerra Mundial, desplazándose el centro de gravedad del Norte al Sur y de Occidente a Oriente. Es por ello que vivimos una época de cambios acelerados caracterizado por el ascenso de nuevas potencias emergentes y el relativo declive de Estados Unidos (EE.UU.), Europa y Japón y, en contraposición está surgiendo lo que ha dado en llamarse “un nuevo mundo multicéntrico”.

    La creciente implantación de este multicentrismo en el panorama internacional tiene varios perfiles: por un lado se habla de la “bipolaridad” entre EE.UU. y China, otros autores aluden al “siglo asiático” dado el auge de China e India, a los que habría que añadir, también, a Corea del Sur, Indonesia, Filipinas, Paquistán, Bangla-Desh o Vietnam, países estos últimos que resultan competitivos aunque ello se debe a sus muy bajos salarios y a sus penosas condiciones laborales y, sobre todo, se menciona cada vez más el creciente papel de los llamados “grandes países emergentes”, los llamados BRICS.

    La denominación BRICS es el acrónimo con el que se hace referencia, por este orden, a Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, los países emergentes de mayor pujanza económica y de creciente peso político en el panorama internacional ya que los referidos cinco países, suponen el 43% de la población mundial y el 20%, y subiendo, de la producción generada en nuestro planeta.

    Pero entre los BRICS, además del creciente auge de Rusia, impulsada por los sueños imperiales de Vladimir Putin, merece una mención especial el caso de China, dado que el gigante asiático puede convertirse en pocos años en la mayor economía mundial de un Estado no democrático, superando de este modo al liderazgo de Occidente, esto es, del eje EE.UU. – Unión Europea (UE). El imparable crecimiento de China logrado en estas últimas décadas, es fruto de un modelo de desarrollo y modernización de éxito, basado en su inamovible sistema de gobierno dictatorial y en un capitalismo de rígido control estatal, un modelo que combina el comunismo político con el capitalismo económico y que, los hechos lo demuestran, no tiene entre sus prioridades la democratización y la participación política de su ciudadanía.

     En este contexto cada vez más multicéntrico, la situación de la actual UE, liderada de forma destacada por Alemania, se ha reconfigurado. Y es que resulta indudable que, al igual que le ocurre a los EE.UU., a pesar de lo ocurrido con la reacción nacionalista durante los años del afortunadamente ya concluido mandato de Donald Trump (2016-2020), en el caso de Europa, y en concreto la UE, está perdiendo peso económico y político a nivel mundial, y de ello hay que ser consciente. Tal es así que, como indicaba el citado Heinrich Kreft, “entre las potencias en auge, Europa se percibe menos que nunca como modelo o socio fuerte sino como un continente ensimismado que va envejeciendo y perdiendo poder. Este hecho influye en socios tradicionales en África, América Latina y Asia Central, que se oriental cada vez más hacia China y otros países emergentes”.

    Así las cosas, Europa debe recuperar “sin demora” su capacidad de actuación y, por ello, tiene importantes tareas pendientes, de forma especial en lo que respecta a la UE tales como proseguir su integración política, acabar con sus déficits democráticos, impulsar la unión monetaria que se debe complementar con la unión económica y fiscal, culminar el mercado interior y lograr un mercado laboral más uniforme. En cuanto a la política exterior de la UE, si quiere continuar desempeñando en el futuro un papel configurador en el futuro mundo multicéntrico, necesita una fuerte política exterior y de seguridad común (PESC), una política común de seguridad y de defensa (PCSD) y un fortalecimiento del Servicio Europeo de Acción Exterior. Sólo de este modo, la UE será capaz de impulsar sus valores e ideales que, no lo olvidemos, siempre deben de ser el fomento de la democracia, el pluralismo, la buena gobernanza, el Estado de Derecho y el respeto permanente a los derechos humanos.

    Es verdad que, en la actualidad, nadie es capaz de saber si surgirá en un futuro inmediato un nuevo orden estable a nivel mundial, ni tampoco cuándo aparecerá ni cuáles serán sus características. Tampoco se puede aseverar que los BRICS se conviertan en “un nuevo bloque coherente”, puesto que siendo cierto que estos países emergentes contribuyen en su conjunto al declive del orden mundial surgido tras el final de la II Guerra Mundial y hasta ahora dominado por Occidente, por sus intereses contrapuestos no se hallan en situación, o tal vez no quieran participar de manera constructiva y coordinada, en la configuración del nuevo orden multicéntrico que se atisba en el horizonte.

    Frente a estas incertidumbres, sería deseable, a la vez que necesario, el reactivar el papel de la UE, bandera y garante de la libertad, seguridad y bienestar y su extensión y consolidación sin limitaciones fronterizas de signo nacionalista. Por ello, la política exterior de la UE debería de integrar estos valores en su relación con las nuevas potencias emergentes, valores que deben prevalecer por encima de intereses económicos y mercantilistas a la hora de regir la política exterior de nuestra Europa comunitaria.

 

   José Ramón Villanueva Herrero

   (publicado en: El Periódico de Aragón, 12 octubre 2021)

 

 

 

 

 

 

 

 

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12/10/2021 09:02 kyriathadassa Enlace permanente. Política internacional No hay comentarios. Comentar.

TIEMPO DE INCERTIDUMBRES

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     Vivimos una época llena de incertidumbres, un tiempo en el cual, como señalaba Daniel Inerarity, estamos en “una situación propia de las sociedades en las que el horizonte de lo posible se ha abierto tanto que nuestros cálculos acerca del futuro son especialmente inciertos”. Y es verdad, pues, como este mismo autor señalaba en su libro Política para perplejos (2018), tras la indignación social producida por los efectos de la crisis económica del año 2008, se pasó a una decepción generalizada ante la situación general consecuencia de aquella y, posteriormente, a una fase actual de perplejidad, momento que coincide, como ahora ocurre, “cuando el malestar se vuelve difuso”. Por todo ello, es tan importante entender lo que pasa en estos tiempos convulsos e inciertos con los que hemos iniciado el presente siglo XXI y ello, en palabras de Inerarity, “es una tarea más revolucionaria que agitarse improductivamente, equivocarse en la crítica o tener expectativas poco razonables” hasta el punto en que “nunca fue más liberador el conocimiento, la reflexión, la orientación y el criterio”.

     Pero la realidad resulta bien distinta. De hecho, Tony Judt, en su libro Sobre el olvidado siglo XX (2020), señalaba que una de las características que han marcado el siglo pasado ha sido, precisamente, lo que él denomina el “agotamiento de las energías políticas”, la crisis de las ideas que, hasta entonces eran el motor que había movido la historia de Occidente. Y es que, “aunque no carece por completo de significado la terminología izquierda/derecha, ya no describe lealtades políticas de la mayoría de los ciudadanos”. A ello se une un evidente escepticismo ante objetivos políticos globales como pudieran ser los de “Nación”, “Historia” o “Progreso” mientras que los objetivos colectivos se reducen a términos exclusivamente económicos (prosperidad, crecimiento, PIB, eficacia, producción, tipos de interés, comportamiento del mercado de valores), “como si no fueran medios para alcanzar colectivamente unos fines sociales o políticos, sino fines suficientes y necesarios en sí mismos”.

Así las cosas, Judt considera que nos hallamos en una “época apolítica” y, por ello, nos advierte de forma premonitoria de los riesgos que ello comporta, ya que, “las democracias en las que no hay opciones políticas significativas, en las que la política económica es todo lo que realmente importa y en las que la política económica está en buena parte determinada por actores no políticos (bancos centrales, agencias internacionales o corporaciones transnacionales), o bien dejarán de ser democracias que funcionen o volverán a presenciar la política de la frustración, del resentimiento populista”.

    Pero este “apoliticismo” no es tal puesto que no hay nada más ideológico que los imperantes planteamientos de que “todos los asuntos y políticas, públicas o privadas, deban inclinarse ante la globalización económica, las leyes inevitables y sus insaciables demandas”. De hecho, las políticas, en opinión de Inerarity, “no saben con precisión qué deben hacer, pero cuando lo saben no se arriesgan a la pérdida de poder que eso implicaría”. Tal es así, que, ante el avasallador embate de la globalización neoliberal, este autor considera que muchas políticas evidencian “una mezcla fatal de negación de los problemas, postergación de las soluciones, falsas esperanzas, persistencia de las rutinas, vetos mutuos y cortoplacismo que termina reduciendo al mínimo su capacidad transformadora”.

     En este contexto de incertidumbre, también se abren paso las consecuencias de la “política del miedo”, la cual se ha ido convirtiendo en un ingrediente activo de la vida política en las democracias occidentales, y ello explica la aparición o revitalización de grupos, partidos y programas basados en el miedo, bien sea éste hacia los extranjeros, ante los cambios, ante las fronteras abiertas o frente a la diversidad social y la libertad de expresión. Ante este panorama, dado que “la política de la inseguridad es contagiosa” y que puede socavar nuestras democracias, la posición de Judt es clara y rotunda: resulta imprescindible lograr la cohesión pública y la confianza política necesaria para una prosperidad estable mediante la provisión colectiva de servicios sociales y una política fiscal progresiva, algo que sólo los Estados democráticos tienen los recursos y la autoridad necesarios para gestionarlos y hacerlos efectivos.

    Así las cosas, hoy más que nunca resulta obvio, y necesario, el papel de los Estados democráticos en estos tiempos de globalización puesto que, como señalaba Judt, “una democracia saludable, lejos de estar amenazada por el Estado regulador, en realidad depende de él” ya que, “en un mundo cada vez más polarizado entre individuos aislados e inseguros y fuerzas globales no reguladas, la autoridad legítima del Estado democrático puede ser la mejor institución intermedia concebible”.

     Por su parte Yuval Noah Harari en su libro 21 lecciones para el siglo XXI (2019) nos ofrece otra clave para hacer frente a estos tiempos de incertidumbres, para estos tiempos en los que, según sus palabras, la Humanidad “se enfrenta a revoluciones sin precedentes, todos nuestros relatos antiguos se desmoronan y hasta el momento no ha surgido ningún relato para sustituirlos”. Y, por ello, Harari opta por destacar el valor de la educación, por la enseñanza en las escuelas de “las cuatro ces” (pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad), en las cuales deberían formarse las nuevas generaciones para disipar tantas incertidumbres que nos acosan. Y es que, ya lo dijo Nelson Mandela, “La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo”.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 28 septiembre 2021)

 

 

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28/09/2021 06:29 kyriathadassa Enlace permanente. Política internacional No hay comentarios. Comentar.

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