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Kiryat Hadassa: el blog de José Ramón Villanueva Herrero

Política internacional

UNA NUEVA (Y MÁS DEMOCRÁTICA) POLÍTICA MUNDIAL

UNA NUEVA (Y MÁS DEMOCRÁTICA) POLÍTICA MUNDIAL

 

     Vivimos en un mundo convulso en el que los problemas han adquirido dimensiones internacionales: economía globalizada, movimientos migratorios, cambio climático o amenazas terroristas. A todo ello hay que añadir el riesgo de lo que Benjamín Barber ha llamado “el choque de civilizaciones”, autor que distingue dos modelos arquetípicos y contrapuestos que, de forma significativa denomina “cultura Mc World” y “cultura Jihad”. Así, mientras la “cultura Mc World” representa el materialismo capitalista y consumista que aspira a mercados globales y a la estandarización de gustos y estilos de vida, la “cultura Jihad” agrupa a los movimientos religiosos, nacionalistas y culturales, que, como señala Antoni Comín i Oliveres, “reaccionando defensivamente ante el huracán occidentalizador, se recluyen en el integrismo”. De todo ello el fundamentalismo islámico sería un ejemplo, pero no el único, puesto que Barber incluye bajo esta denominación a los grupos contrarios a la globalización capitalista y a los movimientos nacionalistas que defienden sus respectivos particularismos identitarios. Ambos modelos se combaten y retroalimentan y, como señala con acierto Barber, tan peligroso resulta para nuestros valores democráticos y los derechos de la ciudadanía el integrismo fraccionador como el globalismo capitalista ya que, “el uno mina el Estado para buscar comunidades particulares más pequeñas, mientras que el otro lo socava para promover espacios económicos más grandes”.

     Ante esta situación, no hay otro camino que el diálogo tenaz, el respeto sincero, la convivencia pacífica y el apoyo solidario entre culturas, pueblos y naciones. Y para lograrlo, varios serían los instrumentos. En primer lugar, la ONU, que debe convertirse en el eje central de esta nueva política mundial, con una autoridad moral y un liderazgo efectivo.  Pero, para ello la ONU debe de acometer con urgencia una profunda reforma interior que le permita disponer de un mayor poder para así hacer frente a los grandes retos de la humanidad (económicos, políticos, sociales o medioambientales) impulsado resoluciones de obligado cumplimiento. También debe democratizar su funcionamiento interno: no resulta admisible la existencia del derecho de veto por parte de algunos países, ni que la Asamblea General no aplique el voto ponderado en relación a la población de cada Estado, evitando así que el voto de países pequeños como Andorra tenga el mismo peso que otros superpoblados, como, por ejemplo, la India.

    Otro campo de actuación sería la democratización, superando intereses económicos egoístas, de organismos tales como el FMI, la OMC o el Banco Mundial, así como potenciar aquellos otros que promocionan derechos sociales y culturales (OMS, OIT, UNESCO) o socioeconómicos (FAO). No menos importante resulta potenciar el Tribunal Penal Internacional (TPI) con capacidad de actuar, incluso, contra la voluntad de sus estados miembros (recordemos que EE.UU., Rusia y China no acatan sus sentencias).

    En segundo lugar, la nueva política mundial debería ser potenciada desde las distintas federaciones regionales existentes, tanto económicas como políticas, para permitir un mayor equilibrio geopolítico. Con arreglo a factores de tipo cultural y religioso, Samuel Huntington señala 9 civilizaciones diferenciadas (occidental, ruso-eslava, islámica, budista, china, hindú, latinoamericana, africana y japonesa). El mismo Huntington nos recuerda que, actualmente, en este “mundo de civilizaciones”. no existe ninguna en condiciones de ejercer un liderazgo planetario, esto es, de imponerse a los demás de manera estable. Por ello, frente a pasadas hegemonías imperiales (o imperialistas), el futuro debe basarse en un liderazgo ético compartido entre todas las culturas que conforman la Humanidad. De hecho, algunos políticos han planteado la creación de un nuevo G-8, cuya legitimidad radicaría en representar un liderazgo regional compartido y que, por esta razón, debería de estar integrado por EE.UU., la Unión Europea, Rusia, China, India, América Latina (Mercosur), la Unión Africana y la ASEAN, la federación de países del Sudeste Asiático. A su vez, en un futuro próximo debería surgir un Parlamento Mundial como legítimo foro de diálogo entre las distintas federaciones regionales.

    Frente al espectro del choque de civilizaciones, hay que construir la utopía de un futuro que aspira al desarrollo integral y universal para toda la Humanidad. Por ello, el reto es trabajar desde todos los ámbitos descritos por el noble ideal de lograr la justicia económica, la libertad y la paz entre todas las personas, pueblos, naciones y culturas. La utopía es posible, pero requiere de nuestro esfuerzo individual y colectivo. El futuro de la Humanidad lo merece.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 9 mayo 2022)

 

 

ALIANZAS FATÍDICAS

ALIANZAS FATÍDICAS

 

     Los politólogos de la Universidad de Harvard Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en su libro tCómo mueren las democracias (2018) analizan en profundidad el riesgo que, para el modelo democrático, supone la convergencia de intereses entre las derechas democráticas y la extrema derecha autoritaria y filofascista, entente que califican como una “alianza fatídica”.

    De entrada, consideran “un error fatídico” cuando la clase política convencional entrega “voluntariamente las llaves del poder a un autócrata en ciernes”, tal y como la historia nos demuestra que ocurrió en los casos de Mussolini, Hitler, y también de Fujimori o Chaves en fechas más recientes. Este hecho, motivado por la deriva de las derechas democráticas al inhibirse de su responsabilidad en la defensa de los valores y los sistemas democráticos, suele ser el primer paso hacia la autocracia. Se produce entonces una “abdicación colectiva” que permite la transferencia de la autoridad a un líder que amenaza la democracia, y que suele estar provocada por la creencia errónea en que los políticos del sistema pueden controlar a los extremsitas, junto a una “connivencia ideológica”, esto es, cuando el programa de los autoritarios se solapa con el de las derechas políticas del sistema, hasta el punto de que esa abdicación “resulte deseable, o al menos, preferible a las alternativas”.

     Estas “alianzas fatídicas” entre la derecha parlamentaria y los grupos emergentes de extrema derecha, que frecuentemente se producen en tiempos de crisis económica y descontento social, suponen un auténtico “pacto del diablo”. Basándose en el trabajo del Juan Linz La quiebra de las democracias (1978), los citados Levitsky y Ziblatt señalan  cuatro indicadores–clave que nos alertan sobre comportamientos autoritarios: el rechazo, de palabra o mediante acciones de las reglas democráticas ; la negación de la legitimidad de sus oponentes políticos, a los que descalifican como subversivos, antipatriotas o de ser una amenaza para la nación; el tolerar o alentar la violencia y, por último, la voluntad de restringir las libertades civiles de sus opositores, incluidos los medios de comunicación. En conclusión, nos advierten que, “un político que cumple siquiera uno de estos criterios es causa de preocupación” y, por ello, la ciudadanía y los partidos democráticos “deben reaccionar de inmediato con objeto de mantener a los políticos autoritarios al margen del poder”.

    Así las cosas, resulta fundamental que los partidos aíslen  a las fuerzas extremistas que socavan nuestras democracias, una actitud que Nancy Bermeo denomina “distanciamiento” y que los partidos democráticos deben practicar de diversas formas tales como mantener a los líderes potencialmente autoritarios fuera de las listas electorales, “escardar de raíz” a los elementos extremistas existentes en las bases del partido y, sobre todo, como enfatizan los autores citados, “eludir toda alianza con partidos o candidatos antidemocráticos y evitar así la tentación de ganar votos o de formar gobierno”, esto es, lo que conocemos como un “cordón sanitario” o mejor sería decir “cordón democrático”, adoptando medidas para aislar a los extremistas, en lugar de legitimarlos. Y, cuando éstos se conviertan en serios contrincantes electorales, los partidos democráticos deben asumir la necesidad de forjar un “frente común” para derrotar a los autoritarios, ya que “un frente democrático unido puede impedir que un extremista acceda al poder, cosa que, a su vez, puede comportar salvar la democracia” y, consecuentemente, lo principal es defender las instituciones, “aunque ello implique aunar temporalmente fuerzas con los adversarios más acérrimos”. Y de ello tenemos ejemplos recientes: en las elecciones presidenciales de Austria de 2016 el conservador Partido Popular (ÖVP) apoyó a Alexander Van der Bellen, el candidato de izquierdas del Partido Verde, para evitar la victoria de Norbert Hofer, un radical de extrema derecha del FPÖ y, en las recientes elecciones presidenciales de Francia de 2022, todos los partidos democráticos han pedido el voto para Emmanuel Macron para evitar que la ultraderechista Marine Le Pen alcanzara el poder. En ambos casos, políticos de derechas, y también de izquierdas, dieron su apoyo a rivales ideológicos, aún a riesgo de, como señalaban Levitsky y Ziblatt, haber “enojado a gran parte de las bases de sus partidos, pero redireccionando el electorado en número suficiente como para frenar el acceso de extremistas al poder”. Y es que, como dijo Stefan Schmuckenschlager, del católico Partido Popular Austríaco (ÖVP), “a veces hay que dejar de lado la política del poder para hacer lo correcto”.

   Viendo estos ejemplos, y situándonos en el caso de España, con el creciente entendimiento entre el PP y el radicalismo derechista de Vox, tengo serias dudas de que situaciones similares como las citadas fueran posibles para frenar el riesgo cierto de involución democrática que amenaza nuestro horizonte político.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 27 abril 2022)

 

 

LA ADVERTENCIA DE MADELEINE ALBRIGHT

LA ADVERTENCIA DE MADELEINE ALBRIGHT

 

    El pasado 23 de marzo de 2022 fallecía la destacada política norteamericana Madeleine Albright. Nacida en Praga, en el seno de una familia judía (su nombre originario era Marie Jana Korbelová), la cual tuvo que huir de su Checoslovaquia natal cuando su país fue invadido por los nazis el 15 de marzo de 1939. Tras un periplo por Hungría, Yugoslavia y Grecia, se estableció, junto a su familia en Londres, en concreto, en el barrio de Notting Hill. Eran los años de la II Guerra Mundial y, en sus recuerdos de infancia, siempre estuvieron presentes los bombardeos lanzados por la Luftwaffe alemana sobre la capital británica en donde su padre, Josef Körbel, trabajaba en la radio al servicio del Gobierno Checo en el exilio.

     Durante el Holocausto, la parte de su familia que quedó en Checoslovaquia, fue víctima de la barbarie nazi, cobrándose la vida de tres de sus abuelos, así como la de “muchos de nuestros tíos, tías y primos”, tal y como ella recordaría más tarde. Con especial emoción aludía al asesinato de su abuela materna Ruzena Speiglova.

     Concluida la Guerra Mundial con la derrota de las potencias fascistas, regresó a Checoslovaquia en 1945, pero, tras la llegada al poder de los comunistas estalinistas y el asesinato del ministro Jan Masaryk, su familia se exilió de nuevo, esta vez en Estados Unidos (1949), donde residiría a partir de entonces y cuya ciudadanía adquirió.

     Su brillante carrera intelectual, iniciada en la Universidad de Columbia, donde se doctoró en 1975 con una tesis sobre “La Primavera de Praga”, continuaría con su trayectoria política en las filas del Partido Demócrata en la cual, ostentó, durante más de 30 años, la vicepresidencia del Instituto Nacional Demócrata para Asuntos Internacionales (NDI). Su amplio conocimiento sobre la política internacional la convertiría en la primera mujer que ocupó la Secretaría de Estado norteamericana entre 1997-2001 bajo la presidencia de Bill Clinton.

      Especialmente revelador fue su libro Fascismo. Una advertencia (2018), escrito junto a Bill Woodward, en el cual alertaba a las sociedades democráticas sobre los riesgos del totalitarismo, fuera este de signo fascista o estalinista. En el mismo, y haciendo mención al título, provocador y alarmante a un tiempo de su libro, decía,

     “Algunas personas consideran alarmista este libro y hasta su subtítulo. Bien, puede que sea así, pero lo que no podemos es no ser conscientes del asalto a los valores democráticos que se está produciendo en muchos países del mundo y que está dividiendo también a Estados Unidos".

     Ante el futuro, hay que evitar la tentación de “cerrar los ojos”, pues se trata de una advertencia que no nos atrevemos a pasar por alto”.

    Ahora que martillean nuestras retinas y nuestras conciencias, la crueldad y el ensañamiento de la invasión rusa de Ucrania propiciada por el delirio belicista de Vladimir Putin, recordemos lo que sobre el autócrata de Moscú, nieto del cocinero de Stalin, decía Albright en dicho libro y al que definía como “bajo, cetrino y tan frío que casi parece un reptil”.

     Albright destacaba la deriva autoritaria de Putin desde su acceso a la presidencia de la Federación Rusa en el año 2000. De hecho, aludía a cómo se ha escudado en la debacle sufrido en los años posteriores a la desaparición de la URSS, “para desacreditar las instituciones democráticas” y, por ello, no duda en afirmar que “Putin no es un fascista en toda regla porque no le hace ninguna falta”. Y es que, su poder se sustenta en un sistema político viciado, con un simulacro de partidos de oposición, unas elecciones más que cuestionables en su transparencia, unos medios de comunicación controlados por el Kremlin y una sociedad civil que, “cuando no está domesticada, se la descalifica diciendo que es una marioneta manejada por extranjeros”, acusación que se lanza contra cualquier disidente político con  la autocracia de Putin, como recientemente hemos podido comprobar en el caso de Alekséi Navalny. De este modo, la acumulación de poder de Putin, la ha ido logrando a base de retirárselo a los gobernadores provinciales, a la Asamblea Legislativa (Duma), a los tribunales de justicia, al sector privado y a la prensa: así ha ido construyendo lo que él denomina “el Estado Vertical”, cuyo rostro más agresivo y amenazante ha evidenciado en la criminal agresión a un estado soberano cual es Ucrania.

    Valgan estas reflexiones sobre la amenaza que supone Putin, al que el disidente Vladimir Kará Murzá define como “el estalinista posmoderno”, para la paz y las relaciones internacionales, tal y como ya intuyó Madeleine Albright, para recordar la memoria de la política norteamericana recientemente fallecida que nos alertó de la amenaza de los fascismos, de todo signo, que ensombrecen nuestro futuro, advertencia que cada vez resulta más premonitoria.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 11 de abril de 2022)

 

EL ESTADO NECESARIO

EL ESTADO NECESARIO

 

     El historiador Tony Judt señalaba como una de las características del pasado siglo XX “el auge y posterior caída del Estado”, bien fuera ésta en su versión del Estado de Bienestar o bien en los otrora fuertes estados de signo totalitario, tanto en su versión fascista como estalinista. Y es cierto, puesto que, en la actualidad, como afirmaba Judt, “el discurso público estándar”, pretende reducir drásticamente el papel del Estado, presentándolo como “fuente de ineficacia económica e intromisión social que convenía excluir de los asuntos de los ciudadanos siempre que fuera posible”.

     A esta situación se ha llegado como consecuencia de la irrupción imparable de los supuestos dogmas neoliberales, los mismos que propagan el mantra perverso de que hay que reducir los impuestos progresivos convirtiéndolos en impuestos indirectos y regresivos, aquellos que gravan más las compras que la riqueza, lo cual ha reducido proporcionalmente la capacidad económica de los Estados limitando así su necesaria función de impulsar políticas de justicia redistributiva. De igual modo, en estas fechas se ha puesto en cuestión la labor de los Estados en una materia tan sensible como es la salud pública por parte de delirantes actitudes negacionistas ante la pandemia del covid-19 y las campañas de vacunación de la ciudadanía, alegando una “intromisión” estatal en las libertades individuales, una actitud ésta tan reaccionaria como inaceptable.

    Lejos queda aquella imagen del Estado como “un organismo poderoso, con una variedad de recursos a su disposición y con autonomía suficiente para conseguir nuevos recursos en caso de necesidad”. Pero, como señalaba Jesús Rodríguez Barrio, después de varias décadas de políticas neoliberales, con sus sucesivas rebajas de impuestos, con la liquidación de buena parte de la propiedad pública y la externalización de los servicios públicos, se ha colocado al Estado en una situación cada vez más marginal dentro de la actividad económica en nuestro mundo globalizado. Así quedó patente tras el estallido de la crisis financiera de 2008 en la que se evidenció que, para hacerle frente, los Estados carecían de empresas públicas potentes y de que sus ingresos fiscales eran insuficientes para acometer programas de inversión ambiciosos. Y, así las cosas, unos Estados reducidos por las políticas neoliberales a la “impotencia fiscal”, tuvieron que hacer frente a los efectos de la crisis más profunda desde la Segunda Guerra Mundial y, en algunos casos, debieron de hacerlo privados de buena parte de sus instrumentos de política económica. Y, sin embargo, en estas circunstancias, se llegó a la hipocresía de que, como recordaba Jesús Rodríguez Barrio, “hasta los neoliberales más extremos exigieron la intervención de los bancos centrales y los gobiernos para salvar el sistema financiero mundial”.

   Contra estas actitudes, resulta necesario reivindicar la labor del Estado, entendiendo por tal el Estado de bienestar de signo socialdemócrata. Así, según Nicholas Barr, el Estado “es un dispositivo de eficiencia contra los fallos del mercado”, a lo que Judt añade, además que éste es “una forma prudente de atajar los riesgos sociales y políticos que entraña una desigualdad [social] excesiva”. De hecho, observando las consecuencias de la revolución neoliberal aplicada por Margaret Thatcher en Gran Bretaña, Tony Judt se reafirmaba en la idea de que “sólo un Estado es capaz de proporcionar los servicios y condiciones a través de las cuales sus ciudadanos pueden aspirar a una vida buena y plena”, algo que el mercado, y menos el mercado global, nunca sería capaz de lograr.

     Por todo ello, resulta necesario reivindicar el papel y la vigencia del Estado como “institución intermedia” pues, dado que las fuerzas económicas son internacionales, la única institución que puede interponerse eficazmente entre estas fuerzas y los ciudadanos, es el Estado nacional. Y más aún, dado que “el libre flujo de capital amenaza la autoridad soberana de los estados democráticos, resulta necesario reforzarlos para, en opinión de Judt, “no rendirnos al canto de sirena de los mercados internacionales, la sociedad global o las comunidades trasnacionales”. Es por ello que tenía razón cuando Cicerón decía que “el buen ciudadano es aquel que no puede tolerar en su patria un poder que pretenda hacerse superior a las leyes”.

    El Estado necesario debe hacer una defensa cerrada de las políticas sociales para legitimarse en este incierto siglo XXI. De hecho, el Estado de bienestar impulsó las reformas sociales de la posguerra en Europa en buena medida como barrera para impedir el descontento social alentado en los años de entreguerras por los partidos totalitarios de uno u otro signo. Y, por ello, a modo de advertencia hay que recordar que el actual desmantelamiento parcial del Estado de bienestar y de las reformas y avances a él inherentes, no está exento de riesgos y uno de ellos es el aumento de las desigualdades sociales y el deterioro de las condiciones de vida de los sectores y colectivos más vulnerables pues, como muy bien sabían los reformadores sociales del s. XIX, si la “cuestión social” no se aborda, no por ello desaparece, sino que ésta busca respuestas más radicales y desestabilizadoras.

    A modo de conclusión, y aun siendo conscientes de que, ante las actuales crisis globales, bien sean estas económicas, financieras, humanitarias o sanitarias, no valen soluciones exclusivamente nacionales, no por ello el papel del Estado deja de ser necesario, pero siempre y cuando sea capaz de aportar a sus ciudadanos unas condiciones de vida razonables que ofrezcan un futuro de bienestar (servicios públicos amplios, fiscalidad progresiva, pensiones dignas) que lo legitimen, pues ciertamente, en nuestro mundo globalizado, un Estado defensor de políticas sociales y de la justicia redistributiva, resulta más necesario que nunca.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 28 marzo 2022)

 

EL FUTURO DE LA UNION EUROPEA

EL FUTURO DE LA UNION EUROPEA

 

     En el actual panorama geoestratégico mundial en el cual la hegemonía de los Estados Unidos (EE.UU.) está siendo disputada por China, la Unión Europea (UE), debe encontrar su propio espacio. En este sentido, Carlos Alonso Zaldívar opina con acierto que la UE deberá acomodar su discurso a las nuevas realidades y decidir “hasta qué punto permanece en el área de influencia de EE.UU. como socio subalterno, o si va definiendo y asentando un especio de influencia propio en el nuevo contexto multipolar”. Y, por ello, en materia de política exterior, tras los pasados desgarros y desprecios producidos por Donald Trump para con la tradicional entente de EE.UU. con sus aliados europeos, la UE debe ofrecer “respuestas propias a los problemas más graves del mundo”. Así lo entendió en su momento Angela Merkel y con visión de estadista europeísta afirmaba que “la UE ya no puede depender completamente de otros, debemos tomar nuestro futuro en nuestras manos”.

     Por otra parte, la UE ha quedado debilitada tras el duro golpe que ha supuesto la salida de la misma de Gran Bretaña como consecuencia del Brexit, proceso al que una acertada definición alude como “una negociación para repartir daños en la que ambas partes perderán”. Pero, para garantizar un futuro viable y coherente a la UE hay una serie de caminos, sobradamente conocidos y reclamados reiteradamente. En este sentido, resulta esencial adoptar medidas que relancen la convergencia económica y social de los Estados miembros y un paso en la buena dirección ha sido la puesta en marcha, desde la solidaridad comunitaria, del potente Plan de Recuperación de Europa, toda una serie de acciones y recursos para paliar los efectos devastadores causados por la pandemia del Covid-19 en cada uno de los Estados miembros. También resulta importante asegurar la viabilidad del euro a largo plazo, como elemento de estabilidad económica en la Zona Euro.

    Pero junto a las medidas económicas, la UE debe regirse por los valores de la solidaridad y, en estos tiempos, es más necesario que nunca, aplicar políticas viables de asilo y migración, consecuentes con los ideales en torno a los cuales se cimenta la UE y que, al mismo tiempo, frenen el auge de los movimientos xenófobos y racistas que están rebrotando en su seno. Es por ello que la UE debe de tomarse en serie estos temas, evitando lo sucedido en la crisis de refugiados de 2016 en la que, como señalaba Carlos Alonso Zaldívar, tras la cual, se  “ha renacionalizado la política en el seno de la UE y reactivado la división entre países del Este y del Oeste”.

    Igualmente, en este mundo multipolar, resulta también necesario que la UE sea capaz de generar una política exterior, de seguridad y defensa propia, hablando con una sola voz y sin estar supeditada a los intereses geoestratégicos de los Estados Unidos. Cada vez resulta más evidente, con casos como el conflicto de Ucrania, la crisis nuclear de Irán o Corea del Norte, o la reciente y catastrófica retirada de Afganistán, que la UE no debe ser un peón bajo el área de influencia americana, sino que, dejando claro sus propios planteamientos y tomando la iniciativa, es cuando la política exterior comunitaria, empezará a definir un espacio de influencia propio en el nuevo contexto internacional multipolar. Y, ante el hecho positivo de una UE “a quien nadie teme militarmente”, debe convertir esa debilidad en un potencial en la línea de ser “un centro de iniciativas dirigidas a moderar los ímpetus bélicos de las grandes potencias militares”.

    Aunque durante el pasado mandato de Donald Trump se socavaron los vínculos del tradicional atlantismo que había caracterizado las relaciones entre Estados Unidos y la UE, ahora parece que Joe Biden intenta reconstruir los puentes con sus aliados europeos, pese a la crisis suscitada por la reciente creación de su nueva alianza militar en el Pacífico con Australia y Reino Unido (AUKUS) que tan negativos efectos ha tenido en la UE, especialmente en el caso de Francia.

    Así las cosas, Tony Judt, en su libro Sobre el olvidado siglo XX, consideraba que era esencial reactivar el entente entre ambas orillas del Atlántico, de potenciar lo que él llamaba “euroatlantismo” y daba razones para ello al señalar que, “Occidente debería dejar de lado sus disputas y tratar una forma de trabajar juntos por el bien común antes de que China (y después India) se convierta en una gran potencia y las pequeñas diferencias narcisistas entre Europa y Estados Unidos se vuelvan irrelevantes”. En esta misma línea, Garton Ash, aludiendo a Occidente, advertía que, “en perspectiva histórica, ésta puede ser nuestra última oportunidad de fijar la agenda de la política mundial”. Por su parte, como señalaba Eliseo Oliveras, el objetivo último de este euroatlantismo es “mantener la primacía económica y comercial de Occidente frente a China y evitar que la creciente influencia de Pekin pueda determinar las estándares y reglas tecnológica y comerciales futuras” dado que, en expresión de Valdis Dombrovskis, vicepresidente de la Comisión Europea, “la pugna tecnológica será el nuevo campo de batalla de la geopolítica”.

    La UE, pese al desgarro que supuso el Brexit y el actual desafío provocado por las derivas autoritarias de Polonia y Hungría, debe de mantenerse fiel a sus valores, recogidos en el artículo 2º del Tratado de la Unión Europea y que son: “el respeto a la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías”. Sólo así se tendrá un futuro digno la UE, y eso es lo que deseamos.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en El Periódico de Aragón, 3 enero 2022)

 

VIRUS ANTIDEMOCRÁTICOS

VIRUS ANTIDEMOCRÁTICOS

 

     En 2016 los servicios de inteligencia de Estados Unidos (EE.UU.) revelaron que Rusia había utilizado herramientas virtuales para influir en las elecciones norteamericanas y de este modo ayudar a Donald Trump, el candidato favorito de Putin, a entrar en la Casa Blanca. A partir de ese momento, perturbaciones similares tuvieron lugar, como mínimo, en los comicios celebrados en Francia, Italia, Gran Bretaña, los Países Bajos, las repúblicas bálticas, la República Checa, Ucrania, Georgía, y también, en España.

     Estos sucesos han supuesto la irrupción con fuerza de un nuevo virus: el de la desinformación y de las noticias falsas (“fake news”) con intenciones desestabilizadoras en el desarrollo normal y en la práctica política de nuestras democracias. Para lograr estos objetivos, las técnicas utilizadas por la desinformación y el empleo de noticias falsas son diversas, tales como el robo y revelación de correos electrónicos durante las campañas electorales: la elaboración de documentos falsos; el uso en Facebook de identidades encubiertas; la difusión de reportajes “noticiosos” ficticios y a veces hasta difamatorios.

   Todos estos hechos han evidenciado que la ciberseguridad es una nueva herramienta de poder, máxime si tenemos en cuenta el enorme impacto que el virus de la desinformación y las noticias falsas tienen en nuestra sociedad global, donde el público objetivo es más accesible y mucho más amplio: tengamos presente que, en la actualidad, Facebook cuenta con más de 2.000 millones de usuarios activos.

    La desinformación, como señalaba Elena Alfageme, responsable de género de Intered, no es un fenómeno espontáneo y las redes sociales son el entorno perfecto para que suceda ya que se ampara en muchos casos en el anonimato mediante el cual lanzar bulos en las redes, bien sea por motivos económicos o también políticos y sociales, mediante los cuales generar miedo y polarizar la sociedad, como por ejemplo, con discursos de odio o negacionistas, con respecto al covid-19, a la violencia de género o al cambio climático. En expresión de Madeleine Albright, “hoy en día se debilita la democracia mediante falacias que llegan por oleadas y azotan nuestros sentidos del mismo modo que las olas marinas se abaten sobre la playa”.

     Así las cosas, resulta importante contar con herramientas de análisis crítico, con la necesidad de llevar a cabo una labor periodística y de verificación de noticias falsas, que permitan identificar y desmantelar los bulos interesados que proliferan en las redes sociales y así frenar las campañas de desinformación, de las noticias no contrastadas mediante el empleo de los llamados “fact-chequers”.

     A los perversos efectos del virus de la desinformación y las noticias falsas hay que añadir otros que también socavan nuestras democracias: el del autoritarismo y la intolerancia. De este modo, ya en el año 2017 el Índice de Democracia elaborado por The Economist, mostraba un cierto deterioro en la salud democrática de 70 países y se empezó a hablar de que, en ellos, más que en una “democracia plena”, se hallaban en una “democracia imperfecta”. Este fenómeno, que se constató en EE.UU. bajo el mandato de Donald Trump, se hace extensivo a otros países de la UE como queda patente cada día en Hungría, Polonia o Eslovaquia y, no lo olvidemos, también en España, donde la politización de la Justicia parece querer condicionar a las propias instituciones democráticas surgidas de la voluntad de la soberanía nacional.

     Aunque hoy en día cerca de la mitad de los países del mundo pueden considerarse democráticos (sean imperfectos o no), tampoco debemos olvidar que la otra mitad tiende al autoritarismo, algo que está siendo rentabilizado electoralmente por grupos de dudosa o nula calidad democrática. Ello nos advierte, también en nuestra civilizada Europa, del riesgo que supone el cada vez mayor interés en sectores de la ciudadanía en optar por alternativas políticamente autoritarias. De este modo, el anteriormente citado informe señala que una de cada cuatro personas tiene “una buena opinión” de aquellos sistemas en los cuales un dirigente puede gobernar “sin interferencias del Parlamento ni de los tribunales de Justicia” y lo que todavía es más preocupante: uno de cada cinco “se declara atraído por la idea de un gobierno militar”.

    Estos son los virus antidemocráticos a los que hacer frente en la actualidad: el de la proliferación de la desinformación y las noticias falsas, y también el de la creciente ola de autoritarismo e intolerancia que minan nuestros valores democráticos. Como decía Tomás Masaryk, presidente de Checoslovaquia en 1918, “la democracia no es sólo una forma de Estado, no es algo simplemente inscrito en una Constitución; la democracia es una visión de la vida, exige creer en los seres humanos, en la Humanidad”.  Y, por ello resulta imprescindible hacer frente a los virus antidemocráticos.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 16 diciembre 2021)

 

 

 

UN MUNDO MULTICENTRICO

UN MUNDO MULTICENTRICO

 

     Como señala Heinrich Kreft, en su estudio titulado Alemania, Europa y el auge de las nuevas potencias emergentes: los desafíos de un mundo multicéntrico, en los últimos años la globalización está modificando de forma paulatina pero inexorable el statu quo geopolítico y económico imperante desde el final de la II Guerra Mundial, desplazándose el centro de gravedad del Norte al Sur y de Occidente a Oriente. Es por ello que vivimos una época de cambios acelerados caracterizado por el ascenso de nuevas potencias emergentes y el relativo declive de Estados Unidos (EE.UU.), Europa y Japón y, en contraposición está surgiendo lo que ha dado en llamarse “un nuevo mundo multicéntrico”.

    La creciente implantación de este multicentrismo en el panorama internacional tiene varios perfiles: por un lado se habla de la “bipolaridad” entre EE.UU. y China, otros autores aluden al “siglo asiático” dado el auge de China e India, a los que habría que añadir, también, a Corea del Sur, Indonesia, Filipinas, Paquistán, Bangla-Desh o Vietnam, países estos últimos que resultan competitivos aunque ello se debe a sus muy bajos salarios y a sus penosas condiciones laborales y, sobre todo, se menciona cada vez más el creciente papel de los llamados “grandes países emergentes”, los llamados BRICS.

    La denominación BRICS es el acrónimo con el que se hace referencia, por este orden, a Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, los países emergentes de mayor pujanza económica y de creciente peso político en el panorama internacional ya que los referidos cinco países, suponen el 43% de la población mundial y el 20%, y subiendo, de la producción generada en nuestro planeta.

    Pero entre los BRICS, además del creciente auge de Rusia, impulsada por los sueños imperiales de Vladimir Putin, merece una mención especial el caso de China, dado que el gigante asiático puede convertirse en pocos años en la mayor economía mundial de un Estado no democrático, superando de este modo al liderazgo de Occidente, esto es, del eje EE.UU. – Unión Europea (UE). El imparable crecimiento de China logrado en estas últimas décadas, es fruto de un modelo de desarrollo y modernización de éxito, basado en su inamovible sistema de gobierno dictatorial y en un capitalismo de rígido control estatal, un modelo que combina el comunismo político con el capitalismo económico y que, los hechos lo demuestran, no tiene entre sus prioridades la democratización y la participación política de su ciudadanía.

     En este contexto cada vez más multicéntrico, la situación de la actual UE, liderada de forma destacada por Alemania, se ha reconfigurado. Y es que resulta indudable que, al igual que le ocurre a los EE.UU., a pesar de lo ocurrido con la reacción nacionalista durante los años del afortunadamente ya concluido mandato de Donald Trump (2016-2020), en el caso de Europa, y en concreto la UE, está perdiendo peso económico y político a nivel mundial, y de ello hay que ser consciente. Tal es así que, como indicaba el citado Heinrich Kreft, “entre las potencias en auge, Europa se percibe menos que nunca como modelo o socio fuerte sino como un continente ensimismado que va envejeciendo y perdiendo poder. Este hecho influye en socios tradicionales en África, América Latina y Asia Central, que se oriental cada vez más hacia China y otros países emergentes”.

    Así las cosas, Europa debe recuperar “sin demora” su capacidad de actuación y, por ello, tiene importantes tareas pendientes, de forma especial en lo que respecta a la UE tales como proseguir su integración política, acabar con sus déficits democráticos, impulsar la unión monetaria que se debe complementar con la unión económica y fiscal, culminar el mercado interior y lograr un mercado laboral más uniforme. En cuanto a la política exterior de la UE, si quiere continuar desempeñando en el futuro un papel configurador en el futuro mundo multicéntrico, necesita una fuerte política exterior y de seguridad común (PESC), una política común de seguridad y de defensa (PCSD) y un fortalecimiento del Servicio Europeo de Acción Exterior. Sólo de este modo, la UE será capaz de impulsar sus valores e ideales que, no lo olvidemos, siempre deben de ser el fomento de la democracia, el pluralismo, la buena gobernanza, el Estado de Derecho y el respeto permanente a los derechos humanos.

    Es verdad que, en la actualidad, nadie es capaz de saber si surgirá en un futuro inmediato un nuevo orden estable a nivel mundial, ni tampoco cuándo aparecerá ni cuáles serán sus características. Tampoco se puede aseverar que los BRICS se conviertan en “un nuevo bloque coherente”, puesto que siendo cierto que estos países emergentes contribuyen en su conjunto al declive del orden mundial surgido tras el final de la II Guerra Mundial y hasta ahora dominado por Occidente, por sus intereses contrapuestos no se hallan en situación, o tal vez no quieran participar de manera constructiva y coordinada, en la configuración del nuevo orden multicéntrico que se atisba en el horizonte.

    Frente a estas incertidumbres, sería deseable, a la vez que necesario, el reactivar el papel de la UE, bandera y garante de la libertad, seguridad y bienestar y su extensión y consolidación sin limitaciones fronterizas de signo nacionalista. Por ello, la política exterior de la UE debería de integrar estos valores en su relación con las nuevas potencias emergentes, valores que deben prevalecer por encima de intereses económicos y mercantilistas a la hora de regir la política exterior de nuestra Europa comunitaria.

 

   José Ramón Villanueva Herrero

   (publicado en: El Periódico de Aragón, 12 octubre 2021)

 

 

 

 

 

 

 

 

TIEMPO DE INCERTIDUMBRES

TIEMPO DE INCERTIDUMBRES

 

     Vivimos una época llena de incertidumbres, un tiempo en el cual, como señalaba Daniel Inerarity, estamos en “una situación propia de las sociedades en las que el horizonte de lo posible se ha abierto tanto que nuestros cálculos acerca del futuro son especialmente inciertos”. Y es verdad, pues, como este mismo autor señalaba en su libro Política para perplejos (2018), tras la indignación social producida por los efectos de la crisis económica del año 2008, se pasó a una decepción generalizada ante la situación general consecuencia de aquella y, posteriormente, a una fase actual de perplejidad, momento que coincide, como ahora ocurre, “cuando el malestar se vuelve difuso”. Por todo ello, es tan importante entender lo que pasa en estos tiempos convulsos e inciertos con los que hemos iniciado el presente siglo XXI y ello, en palabras de Inerarity, “es una tarea más revolucionaria que agitarse improductivamente, equivocarse en la crítica o tener expectativas poco razonables” hasta el punto en que “nunca fue más liberador el conocimiento, la reflexión, la orientación y el criterio”.

     Pero la realidad resulta bien distinta. De hecho, Tony Judt, en su libro Sobre el olvidado siglo XX (2020), señalaba que una de las características que han marcado el siglo pasado ha sido, precisamente, lo que él denomina el “agotamiento de las energías políticas”, la crisis de las ideas que, hasta entonces eran el motor que había movido la historia de Occidente. Y es que, “aunque no carece por completo de significado la terminología izquierda/derecha, ya no describe lealtades políticas de la mayoría de los ciudadanos”. A ello se une un evidente escepticismo ante objetivos políticos globales como pudieran ser los de “Nación”, “Historia” o “Progreso” mientras que los objetivos colectivos se reducen a términos exclusivamente económicos (prosperidad, crecimiento, PIB, eficacia, producción, tipos de interés, comportamiento del mercado de valores), “como si no fueran medios para alcanzar colectivamente unos fines sociales o políticos, sino fines suficientes y necesarios en sí mismos”.

Así las cosas, Judt considera que nos hallamos en una “época apolítica” y, por ello, nos advierte de forma premonitoria de los riesgos que ello comporta, ya que, “las democracias en las que no hay opciones políticas significativas, en las que la política económica es todo lo que realmente importa y en las que la política económica está en buena parte determinada por actores no políticos (bancos centrales, agencias internacionales o corporaciones transnacionales), o bien dejarán de ser democracias que funcionen o volverán a presenciar la política de la frustración, del resentimiento populista”.

    Pero este “apoliticismo” no es tal puesto que no hay nada más ideológico que los imperantes planteamientos de que “todos los asuntos y políticas, públicas o privadas, deban inclinarse ante la globalización económica, las leyes inevitables y sus insaciables demandas”. De hecho, las políticas, en opinión de Inerarity, “no saben con precisión qué deben hacer, pero cuando lo saben no se arriesgan a la pérdida de poder que eso implicaría”. Tal es así, que, ante el avasallador embate de la globalización neoliberal, este autor considera que muchas políticas evidencian “una mezcla fatal de negación de los problemas, postergación de las soluciones, falsas esperanzas, persistencia de las rutinas, vetos mutuos y cortoplacismo que termina reduciendo al mínimo su capacidad transformadora”.

     En este contexto de incertidumbre, también se abren paso las consecuencias de la “política del miedo”, la cual se ha ido convirtiendo en un ingrediente activo de la vida política en las democracias occidentales, y ello explica la aparición o revitalización de grupos, partidos y programas basados en el miedo, bien sea éste hacia los extranjeros, ante los cambios, ante las fronteras abiertas o frente a la diversidad social y la libertad de expresión. Ante este panorama, dado que “la política de la inseguridad es contagiosa” y que puede socavar nuestras democracias, la posición de Judt es clara y rotunda: resulta imprescindible lograr la cohesión pública y la confianza política necesaria para una prosperidad estable mediante la provisión colectiva de servicios sociales y una política fiscal progresiva, algo que sólo los Estados democráticos tienen los recursos y la autoridad necesarios para gestionarlos y hacerlos efectivos.

    Así las cosas, hoy más que nunca resulta obvio, y necesario, el papel de los Estados democráticos en estos tiempos de globalización puesto que, como señalaba Judt, “una democracia saludable, lejos de estar amenazada por el Estado regulador, en realidad depende de él” ya que, “en un mundo cada vez más polarizado entre individuos aislados e inseguros y fuerzas globales no reguladas, la autoridad legítima del Estado democrático puede ser la mejor institución intermedia concebible”.

     Por su parte Yuval Noah Harari en su libro 21 lecciones para el siglo XXI (2019) nos ofrece otra clave para hacer frente a estos tiempos de incertidumbres, para estos tiempos en los que, según sus palabras, la Humanidad “se enfrenta a revoluciones sin precedentes, todos nuestros relatos antiguos se desmoronan y hasta el momento no ha surgido ningún relato para sustituirlos”. Y, por ello, Harari opta por destacar el valor de la educación, por la enseñanza en las escuelas de “las cuatro ces” (pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad), en las cuales deberían formarse las nuevas generaciones para disipar tantas incertidumbres que nos acosan. Y es que, ya lo dijo Nelson Mandela, “La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo”.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 28 septiembre 2021)