Facebook Twitter Google +1     Admin

RUSIA Y CHINA EN ORIENTE MEDIO

20180306111454-ruisa.jpg

 

     En el siempre inquietante avispero geopolítico de Oriente Medio, azuzado por el eterno conflicto árabe-israelí, la amenaza expansiva del yihadismo y la tragedia de la guerra de Siria, se ha ido abriendo un espacio cada vez mayor la Rusia de Vladimir Putin. Así ha quedado patente, sobre todo, en el decisivo papel que están desempeñando las fuerzas armadas rusas en apoyo del régimen del Bashar Al Assad en Siria. Así, la intervención militar rusa se produjo en respuesta a la petición de ayuda por parte del Gobierno de Damasco en su lucha contra el Estado Islámico y otros grupos de oposición. De este modo, iniciada ésta el 30 de septiembre de 2015, con el decidido apoyo de Putin y su ministro de Defensa, Serguéi Shoigu, para proteger la vital base naval de Tartus, convertida ahora en el pivote de la creciente presencia de la Armada rusa en el Mediterráneo, como señalaba Miguel Ángel Ballesteros,  ha producido un cambio radical en el panorama militar del conflicto sirio dado que la balanza se ha ido inclinando a favor del régimen de Al Assad y en detrimento del Estado Islámico y demás grupos opositores, que actualmente se hallan a la defensiva y perdiendo, uno a uno, sus bastiones y enclaves que habían controlado en los primeros instantes de la guerra en Siria, la cual ya se prolonga por espacio de siete largos años.

     Por todo lo dicho, se ha producido un  significativo vuelco de la situación militar, a costa también de un inmenso coste en vidas humanas de civiles no combatientes (recordemos la masacre que estos días se está produciendo en el enclave de Guta), todo ello, no lo olvidemos, en beneficio del dictador Al Assad que, por otra parte, parece ser visto en Occidente como “el mal menor” frente al riesgo cierto que supone tanto la expansión del yihadismo radical como la desestabilización o desmembración de Siria, país decisivo en el mapa político de Oriente Medio.

    El apoyo diplomático y militar ruso a Damasco, como aceradamente indicaba Natividad Fernández Sola, se debe a una serie de motivos geopolíticos y estratégicos tales como evitar la expansión del Estado Islámico hacia el Cáucaso Sur y Asia Central, el deseo de lograr un acceso al Mediterráneo por parte de Rusia que permita su presencia en el Mare Nostrum,  sin olvidar tampoco el interés ruso por probar equipamientos militares en el campo de batalla y el aspecto no menos importante de realzar el prestigio y proyección internacional de sus fuerzas armadas.

      Pero no sólo en Siria se constata el afianzamiento de Rusia en el ámbito del mundo musulmán ya que lo mismo podemos decir de su creciente influencia en otros países como Argelia, Libia, Egipto o la Turquía de Erdogan, cada vez más islamizada y menos respetuosa con los derechos humanos, que busca el apoyo de Moscú para mantener su papel de potencia regional en la zona, al igual que ocurre en el acercamiento de Rusia a la República Islámica de Irán. Y es que, a diferencia de lo que ocurre con la Unión Europea o los EE.UU., el apoyo que ofrece Rusia a todos estos países, autocráticos y dictatoriales, no tiene como contrapeso la exigencia de gestos significativos en defensa de los derechos humanos y de impulso a procesos de democratización interna.

     Lo mismo podemos decir de China, la otra superpotencia mundial que también está logrando una presencia significativa en Oriente Medio:  la activa política exterior desarrollada por el líder chino Xi Jinping pretende, debido al imparable crecimiento económico del gigante asiático, garantizar de forma estable el abastecimiento de sus crecientes necesidades energéticas, al igual que hace con su presencia, cada vez mayor, en África y América Latina, continentes que le proveen de las materias primas esenciales para su industria.

    Por otra parte, al igual que el caso de Rusia, este interés también responde a intereses geopolíticos concretos. En primer lugar, a la preocupación de Pekín porque el rayo de esperanza que supuso la efímera “Primavera Árabe” tenga un efecto contagio en su territorio. Y, junto a esta preocupación, con el recuerdo de la masacre de la Plaza de Tiananmen de 1989 en la mente, hay que tener presente también la inquietud que en el régimen chino suscita la expansión del nacionalismo islamista promovido por los separatistas uigures de la región turco-musulmana de Xinjiang, situada al sudeste de China. Por esta razón, desde 2016 el Ejército Popular Chino está presente en Siria entrenando a las fuerzas armadas de Damasco, así como dedicado a tareas de inteligencia militar y logística. Además, a finales de 2017 Pekín envió a Siria una fuerza especial, una de sus mejores unidades de élite, conocida como “Los Tigres Nocturnos”, con objeto de luchar contra los milicianos uigures que combaten en las filas rebeldes contra el régimen de al Assad. De este modo, China intenta evitar el regreso de éstos guerreros chino-musulmanes (se estima, según Jacques Neriah que hay 5.000 uigures en territorio sirio) a la provincia separatista de Xinjianj, en la que han prometido “derramar ríos de sangre” para lograr sus propósitos.

    Por todo lo dicho, ante las torpezas diplomáticas (y estratégicas) de la Administración Trump y la lamentable ineficacia de la política exterior de la Unión Europea a cuyo frente se encuentra Federica Mogherini, tanto Rusia como China están proyectando, en su condición de superpotencias, su influencia política y su poderío militar en Oriente Medio, una región que, como el resto del tablero internacional, es cada vez más multipolar y con un futuro más inestable e incierto.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 3 marzo 2018)

 

 

 

 

Comentarios » Ir a formulario

No hay comentarios

Añadir un comentario



No será mostrado.



Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris