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¿QUÉ HACEMOS CON LAS NACIONES?

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He tomado el título de este artículo de un apartado del interesante libro de Daniel Inneratity titulado Política para perplejos (2018) en el cual analiza la cuestión del debate nacionalista, de tan candente actualidad y en el que plantea ideas y cuestiones que bien merecen una reflexión.

     En primer lugar, y sin duda teniendo en mente la cuestión catalana como telón de fondo, nos advierte de diversas actitudes que hacen que estos problemas puedan convertirse en irresolubles y que, por ello, habría que evitar, tales como que éste tema caiga en manos de “quienes los definen de manera tosca y simplificada”, tal y como evidencian las actitudes de la derecha más radicalmente españolista o los sectores más exaltados del independentismo catalán); que el problema se reduzca a cuestiones de “legalidad” y “orden público”; cuando “aparece una idea de legalidad que invita a los jueces a hacerse cargo del asunto”, así como cuando la cuestión se plantea como un enfrentamiento entre un “nosotros” y un “contra ellos”, momento en el cual “se ha eliminado cualquier atisbo de pluralidad”.

     Ante esta problemática Innerarity es rotundo al afirmar que “no tiene la solución al problema territorial del Estado español”, para, acto seguido, dejar constancia de que “las descripciones dominantes son de una simpleza tal que no debemos sorprendernos de que todo se atasque después”. Ante este simplismo, que obvia la complejidad política del problema territorial, tanto en España como en cualquier otro territorio en que existan demandas de nacionalismos periféricos, se impone, por pura lógica, la necesidad de pactos negociados entre las partes en litigio ya que  “lo de las naciones es un verdadero dilema y no tiene solución lógica sino pragmática, es decir, una síntesis pactada para favorecer la convivencia, porque la alternativa es la imposición de unos sobre otros, el conflicto abierto en sus diversas formas”.

    Llegados a este punto, Innerarity demanda una actitud favorable al diálogo y la negociación ya que “debe haber procedimientos para renovar o modificar el pacto que constituye nuestra convivencia política” y es que, descartada por inútil la política de imposiciones de una parte sobre otra, “la única salida democrática es el pacto”. En consecuencia, asumiendo la voluntad (y necesidad) del espíritu pactista tras el cual parece intuirse el eco del pensamiento de Francesc Pi y Margall, lo que Innerarity llama “eje de la confrontación” pasaría de ser entre unos nacionalistas frente a otros, a entre quienes quieren soluciones pactadas frente a los que prefieren la imposición y, por ello, los términos del problema, siempre con la imagen de Cataluña en  perspectiva, ya no sería tanto “elegir entre una nación u otra”, sino “entre el encuentro y la confrontación”, actitudes estas últimas que cuentan con partidarios en ambos bandos. Además, la necesidad del pacto resulta evidente cuando en un mismo territorio “conviven sentimientos de identificación nacional diferentes” y entonces el problema prioritario a resolver no es tanto quién logrará la mayoría social (o electoral) sino cómo garantizar la convivencia para lo cual, como advierte oportunamente a los nacionalistas de ambas orillas, “el criterio mayoritario es de escasa utilidad”. A partir de la voluntad de diálogo y negociación, el pacto se hace imprescindible para encauzar cuestiones claves, vitales para garantizar la convivencia democrática en aspectos tales como el modo de distribuir el poder, qué fórmula de convivencia es la más apropiada, qué niveles competenciales sirven mejor a los intereses públicos o cómo dar cauce a la voluntad mayoritaria sin dañar los derechos de quienes son minoría.

   Y, así las cosas, acto seguido aborda un tema de profundo calado político y emocional cual es la cuestión de la soberanía nacional ya que, en su opinión, “eso de que la soberanía nacional no se discute es un error” en el cual, como apunta, “están sospechosamente de acuerdo los más radicales de todas las naciones”. Y, frente a una visión sacrosanta y monolítica de este concepto, apuesta de forma decidida y valiente por las “soberanías compartidas” argumentando, como la realidad de los hechos demuestran, que las “soberanías exclusivas” son cada vez más una excepción en nuestro mundo globalizado donde son habituales las “ciudadanías múltiples” y ahí tenemos el ejemplo de la Unión Europea, donde se aúnan el sentimiento nacional de cada uno de los países miembros con el de la soberanía compartida que implica el sentirnos, también, ciudadanos europeos.

   Consecuentemente, resulta indispensable “explorar y reformular obligaciones y derechos de manera constructiva”, de lo cual deberían tomar buena nota nuestros dirigentes políticos tales como: ser conscientes de asumir autolimitaciones mutuas en algunos de sus planteamientos maximalistas, entender que el derecho a decidir viene acompañado del deber de pactar y, sobre todo, asumir también lo que él llama “binomio no imponer/no impedir”, por lo que un Estado se compromete a posibilitar todo aquello que haya sido previamente pactado. Es por ello que hay que buscar soluciones “tan imaginativas como dolorosas” y, de este modo propone “hacer un referéndum en toda España preguntando por el derecho de autodeterminación de los catalanes” ya que, como afirma acto seguido, “una pregunta de este tipo da una parte de razón a todos: se acepta que sobre Cataluña puedan decidir todos los españoles, pero se rompe el dogma de que la soberanía española sea incuestionable”.

   Las propuestas de Innerarity demuestran que siempre es “mejor el pacto que la victoria”, máxime cuando se trata de cuestiones básicas de nuestra convivencia y más teniendo en cuenta que los partidarios de una y otra posición “no son abrumadores ni despreciables” en número, tal y como queda patente en Cataluña, donde la ciudadanía se halla fragmentada prácticamente por la mitad entre los partidarios del procés independentista y quienes se identifican con el actual marco constitucional y estatutario. En este sentido, José Andrés Torres Mora afirmaba que lo razonable a la hora de construir un marco de convivencia en una sociedad plural “no es acordar una votación, sino votar un acuerdo”. Y, por todo ello, Innerarity interpela una vez más a los políticos frentistas al recordarles que “contentarse con una victoria cuando podríamos tener un pacto demuestra muy poca ambición política” pero, claro, para eso necesitamos políticos con talla de estadistas y… ¿los tenemos?.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 30 enero 2021)

 

 

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