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...Y EL CHÉ HUBIERA CUMPLIDO 80 AÑOS
El recuerdo de la vida rebelde del Ché, su participación en la revolución cubana desde que ingresase en 1955 en el Movimiento « 26 de Julio » liderado por Fidel Castro, sus combates en Sierra Maestra, su época como ministro de Industria en la nueva Cuba castrista, su aspiración a expandir la lucha contra el imperialismo y también contra las dictadures militares que atenazaban a América Latina, su papel como impulsor de las guerrillas de izquierdas en Guatemala, Nicaragua, Perú, Colombia, Venezuela y, sobre todo en su Argentina natal y en Bolivia, han concedido al Ché la aureola de héroe, de mito revolucionario.
A una vida intensa, le sucedió una muerte heroica : su lucha en Bolivia en las filas del ELN contra la dictadura de René Barrientos, el combate de la Quebrada del Yuro y su posterior asesinato con la colaboración de la CIA en la escuela de la aldea de La Higuera forman parte, ya para siempre, de la épica revolucionaria.
Todavía recuerdo cuando hace ya unos cuantos años un joven boliviano, un indio aymara, me hablaba con auténtica veneración de los últimos instantes de la vida del Ché, trasnmitidos de boca en boca por los habitantes de su aldea, de cómo su comunidad recordaba a aquel joven idealista argentino-cubano que encontró la muerte en tierras bolivianas luchando contra la dictadura de Barrientos a la cual, sucedieron infinidad de regímenes militares. Uno de ellos, el del general Hugo Bánzer, expoliador de las comunidades indígenas, años más tarde maquillado como « demócrata », se presentó a las elecciones presidenciales y, tal y como señalaba el joven aymara, comprando cada voto... por una barra de pan. Recordando todo esto sentí que el espíritu rebelde del Ché seguía vivo en Bolivia, en América Latina y en cualquier persona o lugar que repudia la injusticia y que sueña con una sociedad mejor.
Ahora, cuando en este año el Ché hubiera cumplido su 80 cumpleños desde que naciese en 1928 en la ciudad argentina de Rosario, su figura, su vida y su pensamiento son motivo de frecuentes recuerdos y homenajes. Por ello, me gustaría aludir a cómo también el Ché es reivindicado, no sólo desde el ámbito político, sino también desde los sectores cristianos comprometidos con la teología de la liberación. En este sentido, me parecen muy oportunas algunas de las afirmaciones de Carlos Alberto Libanio Christo, más conocido como Frei Betto, dominico brasileño y una de las principales voces de la teología de la liberación en América Latina. Autor de más de 50 libros y con una importante actividad política a sus espaldas (torturado y encarcelado por la dictadura militar brasileña, colaborador de la organización guerrillera Acción Libertadora Nacional) y que, tras su paso por prisión, vivió en las favelas de Sao Paulo, tiempo en el cual conoció a Lula.
Frei Betto plasma su compromiso social como cristiano en hechos : es el impulsor del Proyecto Hambre Cero, es asesor de movimientos sociales como las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra y ha sido también asesor especial del Presidente Lula.
Dicho todo esto, Frei Betto dedicó recientemente un emotivo artículo a la figura del ché Guevara en el cual nos recordaba que sus enemigos no consiguieron matarlo puesto que « hoy está más vivo que en sus cuatro décadas de existencia real » (cuando fue asesinado, tenía 39 años). De hecho, Frei Betto señala cómo, excepción hecha de Mao o Fidel, son raros los casos de revolucionarios que envejecen, ya que « muchos derramaron temprano su sangre para contribuir al proyecto de un mundo en libertad, justicia y paz » como el mismo Jesús de Nazaret, que lo hizo a los 33 años, o los casos de los revolucionarios americanos Sandino y Farabundo Martí (38), Zapata (39) o José Martí (42).
Por ello, frente a quienes quisieron condenar al Ché al olvido, éste resurge cual « Fénix obstinada » pues « las cadenas no aprisionan los símbolos, ni las balas matan los ejemplos ». Y s que, la imagen del Ché, como señala Frei Betto, es un símbolo para quienes « quieren enfatizar que la utopía permanece viva ». Consecuentemente, el dominico brasileño analiza el legado actual del Ché, el cual « nos exige mantener el corazón y los ojos vueltos hacia la preocupante situación de nuestro planeta, donde impera la hegemonía del neoliberalismo » al cual hay que combatir, al igual que a las nefastas consecuencias que genera en las personas : individualismo frente al espíritu comunitario, competitividad frente a solidaridad, o ambición desmedida en lugar de un compromiso firme contra la erradicación de la miseria. Frei Betto es contundente al afirmar que, frente a los que tanto hablan del fracaso cierto del llamado « socialismo real » en el Este de Europa, nunca aluden al « fracaso inevitable del capitalismo para los dos tercior de la humanidad », para los millones de personas que malviven por debajo del umbral de la pobreza.
Ante un mundo tan complejo, injusto y contradictorio, Frei Betto plantea una pregunta directa : « ¿Cuál será la mejor manera de conmemorar los ochenta años del Ché ? ». La respuesta es igualmente directa y contundente, fruto de su profundo compromiso social y emancipador, de una visión cristiana bien distinta de la que ofrecen las jerarquías eclesiásticas de Occidente : « el mejor regalo sería ver a las nuevas generaciones creyendo y luchando por otro mundo posible, donde la solidaridad sea hábito, no virtud ; la práctica de la justicia, una exigencia ética ; el socialismo el nombre político del amor ».
Esto es lo que, desde el retrato que le hizo Alberto Korda y que inmortalizó para siempre el rostro del Ché, parece pedirnos a todos la apasionada e intensa mirada de aquel joven revolucionario llamado Ernesto « Ché » Guevara.
José Ramón Villanueva Herrero.
(Diario de Teruel, 27 julio 2008)
EVO MORALES Y LA NUEVA BOLIVIA
El 22 de enero se cumple un año de la toma de posesión de Evo Morales como presidente de Bolivia. Su llegada al poder al frente del partido Movimiento al Socialismo (MAS), tuvo una significación histórica: por vez primera, un indio aymara llegaba a la Presidencia de la República, lo cual supuso un rayo de esperanza para millones de bolivianos pobres, aquellos que siempre habían sido explotados y marginados, aquellos a los que James Petras aludía como “los indígenas descalzos de los Andes”.
Evo obtuvo en las urnas un apoyo del 53,7 % del electorado y, desde entonces, el país andino vive una apasionante transición política. El programa electoral de Evo es ambicioso: su objetivo es refundar Bolivia con criterios de soberanía nacional, desarrollo solidario y justicia social. Su proyecto de una Nueva Bolivia tiene varios ejes básicos: la elaboración de una nueva Constitución mediante una Asamblea Constituyente, el control de los recursos naturales bolivianos en manos de empresas extranjeras, la puesta en marcha de una profunda reforma agraria, acabar con el secesionismo y el monopolio del poder político de la oligarquía conservadora que históricamente ha dominado el país, así como una política exterior opuesta al imperialismo de los EE.UU.
Tal vez el punto más conocido de la política de Evo Morales sea su pugna por lograr un mayor control estatal de los recursos naturales, tema ésta en el que cuenta con el apoyo de la inmensa mayoría de los bolivianos. Conviene recordar que el 18 de julio de 2004 se aprobó por referéndum que el Estado recuperase la propiedad de los recursos energéticos (hidrocarburos y gas) existentes en el país pero, el anterior presidente, Carlos Mesa, se negó a firmar la Ley de Hidrocarburos (LDH) aprobada en dicho referéndum y por ello convocó elecciones anticipadas. A ellas se presentó Evo con este tema como punto central de su programa electoral y, en diciembre de 2005, obtuvo un resonante éxito electoral. Como señalaba el diario boliviano “La Época”, el pasado 24 de diciembre, “el país necesitaba un sacudón”, y, ciertamente, Evo se lo ha dado
Volviendo a la LDH, hay que dejar claro que, de hecho, esta ley no supone ni una nacionalización ni tampoco una expropiación de los recursos energéticos, como repetidamente se ha dicho, sino que establece unas nuevas condiciones económicas entre el Estado boliviano y las compañías energéticas que operan en el país. De este modo, el objetivo es superar los anteriores contratos, injustos y abusivos, de los que hasta ahora, disfrutaban las multinacionales del sector y que apenas beneficiaban a Bolivia. Tras la firma de los nuevos contratos con las compañías concesionarias el pasado 29 de octubre, Evo dejó clara la postura de su Gobierno: “Queremos socios, no amos”. Por ello, no resulta asumible el discurso, bastante hipócrita por cierto, de Occidente (la Unión Europea y España incluidas) ante el contencioso de los hidrocarburos bolivianos: la actuación del Presidente Morales ha sido coherente, justa y legal frente a los intereses insaciables de las multinacionales (Repsol, entre ellas) para con los países del Tercer Mundo. En consecuencia, es un grave error el que, en este asunto, se pretenda identificar los intereses económicos de una compañía (privada) como Repsol con los intereses nacionales de España en Bolivia.
Otra cuestión de capital importancia es el proyecto de descentralización territorial iniciado por el Presidente Morales. Bolivia es un país dividido en dos zonas contrapuestas desde un punto de vista económico, territorial y social: los altiplanos pobres andinos de Occidente, de mayoría indígena y las ricas llanuras del Oriente, especialmente el Departamento de Santa Cruz, reducto de la oligarquía blanca con sectores de larga tradición golpista y de claro signo racista. Desde que en julio de 2006 se celebró un referéndum para la concesión de autonomías departamentales, el Oriente boliviano, la zona más rica del país, no oculta sus intenciones secesionistas en caso de que la política social de Evo Morales amenace sus seculares privilegios económicos. En este sentido, a la cuestión del mayor control estatal sobre los hidrocarburos existentes en el Oriente cruceño, habría que sumar la aplicación de la Ley de Reforma Agraria en esta zona, la cual supondría la restitución de las tierras a la población indígena, aquellas tierras que, desde 1971, les arrebató la dictadura de Hugo Banzer. Esta reforma, hasta el momento, ha sido saboteada por la oligarquía cruceña que no sólo se opone a la devolución de las tierras expoliadas, sino que pretende llevar a cabo una auténtica limpieza étnica de la población indígena del Oriente boliviano.
Evo Morales es consciente de todas las dificultades a las que tiene que hacer frente para llevar a buen término su programa político. Hace unos días advertía que su “revolución” sufrirá “tropiezos” dado que “la oligarquía no acepta que un indio gobierne” pero, acto seguido manifestaba su convicción en que, desde hace un año, “el pueblo comenzó a liberarse y nadie lo podrá detener”.
En un reciente artículo de Noam Chomsky titulado “Latinoamérica declara su independencia”, este prestigioso intelectual norteamericano recordaba cómo, tras 5 siglos de dominación, se han empezado a construir en dicho continente sistemas democráticos nuevos basados en la participación popular y no en la dominación de las potencias extranjeras o de las oligarquías locales. Ejemplos de ello, además de la Bolivia de Evo Morales, serían los casos de Lula en Brasil, Chavez en Venezuela, Tabaré en Uruguay, Bachelet en Chile u Ortega en Nicaragua. Este proceso emancipador de América Latina, este giro a la izquierda en todos estos países, que tanto disgusta a los EE.UU., y ejemplo del cual son las transformaciones iniciadas por Evo Morales en Bolivia, debe de ser un motivo de alegría para todos los ciudadanos y sectores sociales progresistas puesto que supone un acto de justicia y, consecuentemente, deberíamos brindarle nuestro apoyo solidario.
José Ramón Villanueva Herrero
(Diario de Teruel, 17 enero 2007)
LULA

El 27 de octubre de 2002 accedía a la presidencia de la República Federativa de Brasil Luis Inácio da Silva, “Lula”, tras haber logrado un amplio respaldo electoral de 53 millones de votos. La histórica victoria de Lula, una de las figuras más interesantes de la política internacional, no sólo ha supuesto un cambio de ciclo político y social en Brasil, sino, también, el renacer de una gran esperanza para toda América Latina y la aparición de un referente moral, defensor de los pobres y excluídos en el escenario internacional.Lula sorprende por su carisma de nuevo líder de los países en vías de desarrollo, por sus profundas convicciones que, al igual que le ocurrió a Luther King o Salvador Allende, le impulsa, sin renunciar a sus sueños emancipadores, a una acción política transformadora. Con un lenguaje simple y directo, nos hallamos ante un estadista comprometido con los problemas estructurales que aquejan a nuestro mundo.
En el pensamiento político socialista de Lula convergen su condición de obrero metalúrgico, sus convicciones de veterano sindicalista y fundador del Partido dos Trabalhadores (PT), con una profunda influencia de la teología de la liberación, especialmente debido a su vinculación a los grupos cristianos de base y a su amistad con Pedro Casaldáliga.
Lula, auténtico ejemplo de superación personal y política, ha asumido que, “el compromiso por el cambio”, beneficie, básicamente, a los sectores más humildes y excluídos de la sociedad. De este modo, concede prioridad absoluta al combate contra el hambre y la miseria: en su primer discurso como Presidente afirmaba que, “si para el final de mi mandato, cada brasileño puede comer tres veces al día, habré cumplido con la misión de mi vida”.
Lula no olvida que Brasil, país emergente pero lastrado por profundas desigualdades sociales, necesita de otras muchas reformas: el saneamiento de la economía, la creación de empleo, la universalización de la Sanidad pública (Lula perdió a su mujer y a un hijo por las carencias médicas), la reforma tributaria y, también, una profunda reforma agraria que, aunque de forma gradual y plagada de dificultades, está suponiendo la expropiación (mediante indemnización) de inmensos latifundios del interior de Brasil.
La importancia política de Lula tiene igualmente una proyección internacional que debe ser destacada. De hecho, ha sido el estadista que, en pleno Foro Económico Mundial de Davos, con mayor contundencia ha denunciado la despiadada globalización económica neoliberal, responsable de agudizar la pobreza de la mayor parte de los países del Tercer Mundo. De hecho, Lula se ha convertido en una de las voces que con mayor firmeza claman por un Nuevo Orden Económico Mundial más justo, que sea capaz de elaborar lo que él donomina una “agenda de desarrollo global compartido”, con dos objetivos básicos: erradicar la pobreza y el hambre en el mundo y fomentar unas relaciones internacionales basadas en el comercio justo entre países pobres y ricos.
Lula es consciente de que para acabar con el hambre y la pobreza resulta imprenscindible acometer cambios estructurales mediante un modelo de desarrollo que aune estabilidad financiera, crecimiento económico y, sobre todo, justicia social. Por ello promueve la Alianza contra el Hambre y la Miseria, a través de la cual pretende fomentar “la globalización de la solidaridad y del humanismo”, auténtico soporte de unas relaciones internacionales más justas y, por ello, garantía de la paz internacional, proyecto éste apoyado no sólo por la ONU, sino también por algunos dirigentes socialistas como el chileno Ricardo Lagos o el español Rodríguez Zapatero.
No menos importante es la defensa de un comercio justo, razón por la cual Lula denuncia con energía el proteccionismo comercial de los países ricos y demanda que éstos retiren sus barreras proteccionistas y los subsidios que paralizan las exportaciones, especialmente las agrarias, de los países del Tercer Mundo impidiendo su despegue económico.
En su Agenda de Desarrollo Global compartido, tampoco olvida la imperiosa necesidad de que los descubrimientos científicos y técnicos, por encima de patentes e intereses económicos, deban ser universalizados para que beneficien al conjunto de la humanidad.
Con todo ello, Lula no pide caridad, demanda soluciones estructurales que impulsen el desarrollo de los países pobres y, con ello, se asienten los valores de la justicia social y de la paz internacional.
Ahora, tres años después de la victoria electoral de Lula, confiemos en que esa esperanza democrática de transformar el mundo desde la ética, la justicia y la solidaridad, no se malogre. Porque Lula, por encima de sus posibles errores y de los poderosos intereses de quienes desearían ver fracasar su proyecto político, sigue representando la esperanza para millones de humildes y desposeídos. De ahí su importancia, de ahí su fuerza moral.
José Ramón Villanueva Herrero.
(Diario de Teruel, 31 octubre 2005)