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Kiryat Hadassa: el blog de José Ramón Villanueva Herrero

Política-EE.UU.

UNA LEY DE ARIZONA

UNA LEY DE ARIZONA

          

En estos días, está siendo noticia el Estado norteamericano de Arizona, una lejana tierra que evoca la época de  la conquista del Oeste, escenas de la desigual lucha entre la población india y los colonizadores blancos, las peleas entre pistoleros en una tierra donde el poder del más fuerte se imponía, de una tierra sin ley.  Y sin embargo, Arizona es ahora noticia por la aprobación de una ley, la conocida como SB 1070, que evidencia un preocupante poso reaccionario, xenófobo y racista.

Con arreglo a la Ley SB 1070, aprobada por el Congreso de Arizona, se permite a  la policía detener a una persona tan sólo por el color de su piel o su aspecto físico bajo la acusación de ser un inmigrante ilegal. Y no sólo eso, sino que los inmigrantes indocumentados ser detenidos, interrogados, encarcelados (hasta 6 meses), multados con hasta 2.500 dólares y posteriormente deportados a sus países de origen sin ninguna garantía jurídica. El hecho de criminalizar a las personas por su sola apariencia física y no por los delitos cometidos, es algo que resulta inadmisible en la legislación de cualquier país civilizado. El espíritu de esta polémica ley, que maltrata a los inmigrantes, recuerda peligrosamente a las tristemente célebres leyes raciales de la Alemania nazi mediante las cuales se perseguía a toda persona que no respondiese al arquetipo racial ario, tan exaltado por el delirio criminal hitleriano.

En el caso de Arizona, el objetivo de este ley es la población inmigrante latinoamericana, especialmente la de origen mexicano, colectivo que en dicho Estado cuenta con 450.000 residentes indocumentados. Digamos igualmente que el volumen total de la población inmigrante procedente de América Latina supone el 10 % de la mano de obra de Arizona (sometida por otra parte a condiciones laborales y salariales degradantes) y que, al igual que ocurre en California, Colorado, Nevada o Texas, uno de cada diez estudiantes de Educación Preescolar y de Primaria, tiene un padre indocumentado.

Ante esta realidad social, en vez de fomentar políticas públicas de integración, se ha optado por la solución más fácil, por penalizar a los sectores más débiles de la opulenta sociedad norteamericana, y éstos son los inmigrantes ilegales latinoamericanos. Por ello,  la Ley SB 1070 supone una muy grave involución respecto al siempre complejo tema de la política inmigratoria de los EE.UU..

Lo preocupante no es sólo la regresión legal que esta ley supone sino también el apoyo ciudadano con el que parece contar. De este modo, los sectores más duros de la derecha americana, vuelven a enarbolar la bandera de la “seguridad” ante potenciales “enemigos”,  que siempre identifican con los colectivos inmigrantes. Y es que, según una encuesta del diario The New York Times y de la Cadena CBS, el 51 % de los americanos consideran esta ley “correcta” y un 9 % más creen que “no es lo suficientemente estricta”. Y no sólo eso:  otros Estados como Pensilvania, Georgia, Carolina del Sur o Michigan, también se plantean el instaurar normativas inmigratorias similares a las de la Ley SB 1070.

Ante esta situación, las reacciones de protesta no se han hecho esperar. No sólo han dado lugar a  airadas quejas por parte de las autoridades de México,  a numerosas manifestaciones de protesta en Los Ángeles, Chicago, Washington, Nueva York, etc., sino que también a que un gran número de asociaciones, entre ellas Amnistía Internacional, hayan pedido su inmediata derogación.

La ley aprobada en Arizona incumple toda la normativa legal según la cual se considera un derecho humano universal la protección contra todo tipo de detención arbitraria recogida en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (art. 9), la Declaración Universal de los Derechos Humanos o el art. 16 de la Convención Internacional sobre protección de los derechos de todos los trabajadores migratorios y sus familias de 1990. Por otra parte, expertos juristas consideran que la criminalización de los inmigrantes indocumentados viola la Constitución de los EE.UU. dado que la 4ª Enmienda prohíbe los registros y las detenciones arbitrarias, además de exigir la obligatoriedad de la existencia de una orden judicial previa a la detención de cualquier persona.

A la campaña de rechazo a esta ley racista se han sumado numerosas organizaciones defensoras de los inmigrantes, entre ellas el Consejo Nacional de la Raza (NCLR), la Liga de Ciudadanos Latinoamericanos Unidos (LULAC) o la Coalición Nacional Puertorriqueña (NPRC) pues este último colectivo se siente también afectado ya que, pese a poseer la ciudadanía estadounidense, pueden ser interrogados y reclamarles la documentación si la policía les oye hablando español en vez de inglés.

Lo que es cierto es que nada podrá detener el deseo de muchos habitantes de América Latina de alcanzar el “sueño americano”. Es algo que sabemos muy bien en España, frontera sur de la Unión Europea, a donde la llegada de inmigrantes, especialmente procedentes de África en muchas ocasiones en condiciones dramáticas, jugándose la vida en precarias pateras, es noticia habitual. Hay que reconocer que es un derecho de todo ser humano el buscar para sí y para sus familias una vida mejor, algo por cierto reconocido por la Constitución de los EE.UU. cuando reconoce como derecho constitucional “la búsqueda de la felicidad”. Ciertamente, se trata de un derecho no sólo inalienable, sino también irrefrenable y esta ansia de una vida mejor, no hay barrera ni muro que la pueda contener.

Lo que está ocurriendo en Arizona resulta toda una advertencia, una señal de alerta pues ideas y propuestas similares pretenden ser implantadas por las derechas en algunos países europeos: recordemos las políticas regresivas en materia migratoria que están empezando a aplicar los gobiernos de Berlusconi en Italia o de Sarkozy en Francia. Todo un síntoma preocupante ante el cual debemos estar vigilantes en España para evitar que el tema de la inmigración, unido a los efectos sociales de la crisis económica,  aviven el caldo de cultivo favorable a los grupos de ultraderecha de corte racista y xenófobo o que el PP enarbole demagógicamente la bandera de la inmigración y la vincule a temas sensibles como es el de la seguridad ciudadana (ahí está lo sucedido con los folletos del PP de Badalona) con el único objetivo de obtener réditos electorales en vez de trabajar por la integración y la cohesión de una sociedad española cada vez más multicultural y multirracial.

José Ramón Villanueva Herrero

(Diario de Teruel, 23 mayo 2010 ; El Periódico de Aragón, 8 junio 2010)

 

 

FUNDAMENTALISMO RELIGIOSO... EN LOS ESTADOS UNIDOS

FUNDAMENTALISMO RELIGIOSO...  EN LOS ESTADOS UNIDOS

     En estos últimos años se ha producido en las esferas del poder económico y político de los EE. UU., una creciente influencia de los sectores religiosos ultraconservadores. Curiosamente, el término “fundamentalismo” surgió a principios del s. XX en los EE.UU. para denominar a los grupos cristianos que fundamentaban su fe (de ahí su nombre), en la interpretación literal de la Biblia, a la cual concedían primacía sobre cualquier tipo de normativa o legislación civil.

     Este fundamentalismo ha llegado, incluso, hasta la misma Casa Blanca. Un presidente tan cuestionado como George Bush, recordando su polémica elección en el año 2000, afirmaba: “siento que Dios desea que sea presidente. No puedo explicarlo, pero siento que mi país va a necesitarme. Algo va a ocurrir....sé que no será fácil para mí ni para mi familia, pero Dios quiere que lo haga”. Por su parte, el general William Boykin, adjunto al Secretario de Defensa, afirmó que Bush fue elegido presidente, porque “Dios lo puso allí” para reconducir la política mundial. Tal es así que Bush, se considera un enviado de Dios, que es quien le indica el camino a seguir. Por ello, no tuvo ningún rubor en manifestarle a Nabil Shaat, ministro de Relaciones Exteriores de la Autoridad Nacional Palestina en junio de 2003 que, “he sido encargado por Dios de una misión. Dios me ha dicho: George, ve y lucha contra esos terroristas en Afganistán.  Lo hice, y entonces Dios me dijo: George, ve y acaba con la tiranía en Irak, y lo hice”. Resulta preocupante pensar cual podría ser la próxima “misión” encomendada a George...

     Este creciente poder e influencia del fundamentalismo religioso en las esferas de poder de los EE. UU. no es un fenómeno nuevo. De hecho, coincidiendo con los años en que el movimiento por los derechos civiles luchaba por abolir la segregación racial en los estados sureños de la Unión, se produjo  una reacción de los sectores ultraconservadores norteamericanos contrarios a la igualdad y a la integración racial alegando para ello supuestas razones religiosas. De este modo, mientras algunos predicadores manifestaban que “mezclar razas no es intención de Dios”, otros, como el reverendo James F. Burks, negaba el reconocimiento de los derechos civiles a la población afroamericana pues, según el, la integración racial sería el preludio del Apocalipsis.

     Esta ofensiva conservadora, o mejor dicho reaccionaria, hizo que desde 1964, año en el que se aprobó el Acta de los Derechos Civiles por la que se acababa legalmente con la segregación racial en los EE.UU., los principales predicadores fundamentalistas optaran abiertamente por vincularse al Partido Republicano. Estos, convertidos en auténticos empresarios de la religión, (“Savonarolas místico- financieros” los denominó Mario Benedetti), consideran que este partido era el mejor garante de sus fortunas e intereses y, también,  de su sesgada visión del cristianismo. Estos influyentes predicadores nunca critican la agresiva política exterior americana, las violaciones de los derechos humanos ni los abusos de las multinacionales, pero hablan, y mucho, del “demonio” (para ellos, sinónimo de comunismo, sida y aborto) y, también, del “pecado”, sobre todo cuando éste tiene nombre de mujer como fue el “caso Mónica Lewinski”, tema éste utilizado por los fundamentalistas contra el presidente demócrata Bill Clinton, que no se había dejado presionar por el poder de los sectores religiosos ultraconservadores. Para ello, abandonando los duros bancos de sus iglesias semivacías, han pasado a utilizar de forma masiva la radio y la televisión para difundir sus mensajes contando para ello con centenares de canales de televisión y varios miles de emisoras locales de radio.

     Excepción hecha de los demócratas Carter y Clinton, la influencia de los predicadores fundamentalistas ha sido determinante en la actuación de algunos presidentes norteamericanos. Este fue el caso de Richard Nixon, que ganó las elecciones con discursos plagados de alusiones a la raza y la religión y que tuvo por asesor y confidente al reverendo Billy Graham. Por su parte, Ronald Reagan estuvo muy influido por famosos predicadores como Pat Robertson, lider de la todopoderosa Coalición Cristiana, el lobby religioso más importante de los EE.UU.,  y Jerry Falwell, los cuales reclamaron contraprestaciones por haberle aportado los votos del electorado ultraconservador. Por ello,  le exigieron la implantación de la oración en las escuelas públicas, la supresión del aborto legal y las restricciones de los derechos de los homosexuales, además de otras medidas contra las minorías étnicas y contra las feministas.

     En temas de política exterior, también han dejado su impronta. Robertson, que dirige la Red de Radioemisoras Cristianas, cuyos beneficios se cifran en 300 millones de dólares anuales y tiene negocios en las minas de diamantes de Liberia en unión del corrupto expresidente Charles Taylor,  fue el que impulsó la alianza de Reagan con las dictaduras latinoamericanas, especialmente con la del general guatemalteco Efrain Ríos Montt, miembro también de la Iglesia Evangélica,  ya que, según el predicador, éste “seguía instrucciones de Dios”.

     Todos estos telepredicadores apoyan con firmeza la alianza de los EE.UU. con Israel. Ello se debe, además de a intereses geoestratégicos en la conflictiva zona del Oriente Medio, también a motivaciones religiosas. En opinión del predicador Pat Robertson, los intentos por parte del mundo árabe de destruir a Israel suponen “un plan de  Satán para prevenir el regreso de Jesucristo” y ello es lo que explica el firme respaldo del lobby evangélico americano a la política proisraelí de los EE.UU. En la actualidad, el fundamentalismo religioso americano abandera la lucha contra el islamismo radical en Afganistán e Irak y fomenta una política belicista contra los países que, como es el caso de Irán o Corea del Norte, George Bush ha situado en el “Eje del Mal”.

     Por todo lo dicho, nada bueno puede esperar la Humanidad de la pugna entre fundamentalismos religiosos: no es tiempo de avivar odios entre religiones y culturas sino de tender puentes de diálogo y cooperación entre civilizaciones. Este es el gran reto que, superando banderas nacionalistas y diferencias religiosas,  debemos asumir en este incierto siglo XXI cuya andadura acabamos de iniciar.

José Ramón Villanueva Herrero.

(Diario de Teruel, 13 abril 2007)