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ECOS DE LA GUERRA DE GAZA ( y II)

Si en un artículo anterior recordaba el debate moral generado en la sociedad israelí tras la brutalidad del ataque lanzado por las FDI contra Gaza, ahora querría aludir a algunas cuestiones sobre este conflicto que se han producido en el entorno del mundo árabe.
En primer lugar, durante los días de la guerra, ha resultado muy significativa la actitud de diversos países árabes de la zona. Y es que, al margen de la retórica panarabista habitual, no debemos olvidar que existe una pugna abierta entre los grupos y partidos islamistas emergentes (como es Hamas) y los regímenes árabes laicos y moderados afines a Occidente. En consecuencia, se ha puesto de manifiesto que, pese a la dureza del ataque israelí, en general, la reacción de los países árabes, salvo excepciones, ha sido “discreta”, hecho éste que ha sorprendido negativamente a la dirección política de Hamas. Y es que los islamistas radicales no sólo son un peligro para la existencia de Israel, sino también para la estabilidad de otros países de la zona como Egipto, Jordania, Siria, Turquía e incluso Arabia Saudí. Tal vez por ello, Shimon Peres, Presidente de Israel, declaró días atrás que, “en privado, los árabes nos piden que acabemos con Hamas” como forma de frenar el auge de sus propios movimientos fundamentalistas.
Enlazando con la idea anterior, resulta un ejemplo evidente el caso de Egipto, especialmente interesado en frenar a Hamas para evitar el resurgimiento de los Hermanos Musulmanes, su equivalente político-religioso en el país del Nilo. De hecho, el presidente Hosni Mubarak declaró públicamente que “no se debe permitir a Hamas que gane su guerra con Israel”. Por su parte, Omar Suleiman, jefe de los servicios secretos egipcios, nada más iniciarse el ataque israelí a Gaza, hizo unas declaraciones a la prensa árabe de Londres en las que, significativamente, señalaba que “hay que darle una buena lección a Hamas”. Finalmente, no resulta casual que, en la página web oficial del Ministerio de Defensa de Egipto, se califique a Hamas como “enemigo nacional”.
Algo similar ocurre con Jordania, donde el islamismo integrista está en auge con el riesgo que ello supone para el trono del rey Abdallah II.
Consecuentemente, se percibe un entente tácito entre Israel, Egipto y Jordania, al que habría que unir el papel mediador desempeñado por Turquía en el conflicto de Gaza, para frenar en Oriente Medio la expansión del fundamentalismo islamista el cual, no lo olvidemos, está alentado por un Irán camino de convertirse en potencia nuclear, ya que el régimen de Mahmud Ahmadineyad está respaldando a partidos como Hezbolláh en Líbano, Hamas en Gaza o los Hermanos Musulmanes en Egipto.
El problema de Hamas es que, como otros grupos terroristas, tendrá que optar algún día por priorizar sus posiciones políticas sobre cualquier otro tipo de estrategia violenta para empezar a ser un interlocutor válido no sólo ante Israel (cuya existencia no reconoce y cuya destrucción proclama), sino también con la propia sociedad palestina, aceptando que una parte importante de la misma, rechaza el integrismo y prefiere un modelo social y político de corte nacionalista, laico y democrático.
Mientras tanto, cuando una frágil tregua intenta abrirse paso, Hamas ha iniciado en Gaza una serie de represalias y ejecuciones contra militantes de Al-Fatah, el partido liderado durante décadas por Yasser Arafat y que ahora rige el presidente Mahmud Abbas: se tiene constancia de que 35 de ellos han sido tiroteados en las piernas por los milicianos de Hamas y varios más han sido asesinados. Ciertamente, en el conflicto civil soterrado que desgarra al pueblo palestino, Hamas ha conseguido establecer en Gaza un régimen de terror el cual sufren, también, muchos veteranos e históricos militantes nacionalistas palestinos de Al-Fatah.
Ante una situación como la descrita, para el problema de Oriente Medio poco valen las soluciones militares, razón por cual la política debe recuperar su protagonismo a la hora de reconducir la situación. En este sentido, resulta prioritario el que la población palestina se libere de lo que se ha dado en llamar “la espiral suicida de Hamas” y, para ello, es imprescindible reforzar el gobierno de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) del presidente Abbas el cual debería de recuperar el control efectivo sobre Gaza, el cual perdió de forma violenta a manos de Hamas en junio de 2007. Igualmente, habría que establecer mecanismos de supervisión internacional que se hiciesen cargo del control de la frontera de Gaza, especialmente en el caso de la llamada “franja Filadelfia” que separa este territorio de Egipto para evitar el contrabando de armas y el lanzamiento de cohetes Qassam y Grad sobre Israel.
El intelectual israelí Meir Shalev recordaba hace unos días que, en una manifestación celebrada en Tel Aviv contra la guerra en Gaza, se podía leer en una pancarta: “Si queréis acabar con Hamas, dad esperanza a los palestinos y no guerra”. Ciertamente, el único camino de futuro para ambos pueblos pasa por la reapertura de las negociaciones de paz entre una reforzada ANP y un gobierno de Israel que esté dispuesto a hacer concesiones históricas. Para ello, la actitud de la nueva Administración de Barack Obama puede ser determinante. Además, como reclamaba Eytan Bentsur, exdirector general del Ministerio de Relaciones de Exteriores de Israel, en su artículo “Volver a Madrid” (Haaretz, 26 enero 2009), una salida a la actual situación en Oriente Medio sería “reactivar el Proceso de Madrid de 1991”, esto es, una nueva conferencia de paz que continuase la labor iniciada por la que tuvo lugar en aquel año en la capital de España y que generó la apertura de un diálogo sin precedentes que permitió dar los primeros pasos hacia la construcción de un nuevo Oriente Medio: inicio negociaciones directas palestino-israelíes, firma de la paz entre Jordania e Israel, primeras iniciativas de cooperación regional, etc.
Tal vez, en medio de tanta tragedia y dolor, la esperanza pueda abrirse paso. Tiempo al tiempo.
José Ramón Villanueva Herrero
(Diario de Teruel, 1 de febrero de 2009)
ECOS DE LA GUERRA DE GAZA (I)

Tras la campaña “Plomo duro” desencadenada por el Tzahal, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), y después de 22 días de un ataque de una potencia devastadora, una frágil tregua se mantiene en Gaza.
Todas las guerras, además de una tragedia en sí mismas, suponen un dilema moral. En este caso, el derecho legítimo a la defensa y seguridad de Israel ha quedado en un segundo plano ante la dureza y crueldad de la campaña militar desencadenada por las FDI, una campaña desproporcionada, con un elevado número de víctimas civiles y contraria al derecho internacional.
De la tragedia de Gaza se pueden extraer algunas reflexiones. La primera de ellas es que al margen del objetivo militar de acabar con Hamas, siglas del Movimiento de Resistencia Islámica, que domina Gaza desde junio de 2007 y que ataca al sur de Israel, la dureza de las imágenes de la guerra ha tenido un efecto indudable en la opinión pública mundial. De hecho, ha supuesto una victoria mediática para Hamas, que tras utilizar a la población civil como escudos humanos, ha instrumentalizado en beneficio de sus intereses el dolor ocasionado por tantas víctimas inocentes por la brutalidad del ataque israelí.
En contraposición, la guerra ha supuesto para Israel no sólo el descrédito y la reprobación internacional, sino, también, una derrota moral para los sectores de la izquierda pacifista hebrea que siguen trabajando por lograr una solución política para el eterno conflicto palestino-israelí. A ello se une, además, el que la sociedad civil de Israel tiene el deber ético, como descendientes del Holocausto (Shoah) de, en memoria de las víctimas asesinadas por el nazismo, no cometer jamás sobre otros pueblos los horrores y sufrimientos que ellos, como pueblo judío, sufrieron a lo largo de su atormentada historia. Ello hace todavía más inaceptable la magnitud y la dureza de la campaña militar lanzada contra Gaza a pesar de que sea éste un territorio gobernado por una entidad terrorista como es Hamas, que siempre ha proclamado abiertamente su intención de destruir a Israel.
Dicho todo esto, me ha resultado muy interesante la lectura durante los últimos días de la guerra de Gaza de la prensa israelí contraria a la campaña militar desatada por el gobierno de coalición de Ehud Olmert. En este sentido, el prestigioso diario Haaretz, cercano a la izquierda pacifista, publicó diversos artículos en los que manifestaba no sólo su oposición a la campaña de Gaza, sino en los que también incidía en las consecuencias morales que, para la democracia israelí, se derivaban de aquella. Este fue el caso de periodistas como Gideon Levy que, el 15 de enero denunciaba con dureza los ataques de las FDI contra las escuelas de la ONU y el hecho de que un tercio de las víctimas civiles fueran niños y “esto es una proporción demasiado grande para cualquier norma ética y humanitaria”, lo cual era el efecto de “un gran ejército luchando contra una población indefensa y débil”. Al día siguiente, el mismo Gideon Levy titulaba su crónica “Alguien tiene que parar la locura desenfrenada de Israel en Gaza” en el que, junto a la “arrogancia intolerable” del gobierno de Olmert al incumplir las resoluciones de la ONU y no acatar los acuerdos de su Consejo de Seguridad, escribía: “las calles de Gaza parecían campos de muerte”, frase tras la cual parecía subyacer el subconsciente colectivo judío de la Shoah. El balance de Levy sobre la campaña era rotundo y contundente: “No hemos logrado nada en la guerra, sólo la sed de sangre y el ansia de venganza”.
Por su parte, otro periodista tan prestigioso como Ari Shavit escribía en las páginas de Haaretz sobre la derrota moral que esta campaña significaba para Israel: “la operación de Gaza puede ser la destrucción de Hamas, pero es la destrucción del alma de Israel” (17 enero). Recordando el elevado número de víctimas civiles y que Israel había violado toda la legalidad internacional, no dudaba en afirmar que, “un ataque de este tipo no es más que locura” ya que, “sin una sólida base moral, cualquier victoria de Israel resulta pírrica”.
A modo de balance, tras el inicio de la tregua, el ya citado Gideon Levy, señalaba en Haaretz el 22 de enero que “la guerra terminó con un completo fracaso para Israel” pues, al igual que ya había señalado Ari Shavit, había supuesto un “profundo fracaso moral” para la democracia israelí. Además, el desprestigio de Israel por los efectos mediáticos de la campaña era evidente ya que como señalaba Levy, “el mundo entero vio las imágenes, que conmovieron a todas las personas que las vieron” ya que “esta guerra, además de cientos de muertos, heridos y mucha destrucción” ha supuesto “el deterioro de la imagen de Israel”. Por si todo ello fuera poco, para Levy la campaña no había logrado ninguno de los objetivos previstos, cuales eran: evitar el lanzamiento de cohetes Qassam y Grad sobre Israel, impedir el contrabando de armas a Gaza, desmantelar a Hamas, restaurar el prestigio de las FDI, debilitar el apoyo popular al fundamentalismo islamista y, finalmente, reforzar a la Autoridad Nacional Palestina (ANP) del presidente Mahmud Abbas y a su partido Al-Fatah, de corte nacionalista y laico, como interlocutor político para retomar el estancado proceso de paz.
Por su parte, Aurora, un periódico israelí editado en castellano en Jerusalem, publicó un interesante editorial el pasado 16 de enero en el que, bajo el título de “El fin y los medios”, recordaba la imperiosa necesidad de no perder la proporcionalidad y la justicia en la lucha contra el terrorismo de Hamas por parte de Israel ya que pese a todo, el Estado hebreo sigue siendo la único país democrático de la zona. De este modo, una vez más, se planteaba el eterno dilema moral entre los fines y los medios necesarios para alcanzarlos, un dilema que sigue abierto hasta la solución justa del conflicto palestino-israelí.
José Ramón Villanueva Herrero
(Diario de Teruel, 31 de enero de 2009)
CONTRA EL FANATISMO
Si el texto del Manifiesto Comunista escrito por Marx y Engels en 1848 comenzaba con la conocida frase “Un espectro se cierne sobre Europa: el espectro del comunismo”, que tanto alarmaba al orden establecido de la época, hoy en día se dibujan en el horizonte nuevos espectros, estos bien distintos al anhelo de transformación social marxista, como son el fundamentalismo y los fanatismos emergentes, aquellos que atacan nuestros valores de civilidad, respeto y convivencia democrática como a partir del 11-S quedó grabado para siempre en nuestras retinas y en nuestro corazón.
Sobre el tema del fanatismo resultan muy interesantes (y oportunas) las reflexiones de Amos Oz, escritor y relevante intelectual de la izquierda pacifista israelí recogidas en su libro Contra el fanatismo (Madrid, Siruela, 2003), en el que reúne los textos de tres de sus conferencias (“Sobre la naturaleza del fanatismo”, “Sobre la necesidad de llegar a un compromiso y su naturaleza” y “Sobre el goce de escribir y el compromiso”).
Amos Oz nos recuerda que “no es lo mismo perseguir a un puñado de fanáticos por las montañas de Afganistán que luchar contra el fanatismo”, razón por la cual intenta ofrecer una reflexión sobre la naturaleza de las distintas formas de este espectro amenazador. Para entender lo que significa la vieja lucha entre la civilidad y el fanatismo, hay que recordar que el germen de este mal no es patrimonio exclusivo de nadie y que puede brotar en cualquier lugar ya que, “el fanatismo es más viejo que el Islam, que el cristianismo, que el judaísmo. Es más viejo que cualquier ideología o credo del mundo”. Ello me recuerda que, Shlomo Ben Ami, historiador, destacado miembro del Partido Laborista de Israel (Avodá) y antiguo embajador de su país en España y actual vicepresidente del Centro Internacional de Toledo por la Paz (CIT), suele decir que toda persona llevamos dentro de nosotros, latente, a “un enano fundamentalista” que, en determinadas circunstancias, puede aflorar y apoderarse de nuestro pensamiento y conducta.
La semilla del fanatismo brota siempre que se adopta una actitud de superioridad sobre los demás, siempre que se exige la total adhesión a unas ideas o creencias determinadas. De ello se derivan características (bien conocidas) comunes a todos los fanáticos cuales son: el culto a la personalidad, la idealización de líderes políticos o religiosos y, también, “la adoración de individuos seductores”, los nuevos ídolos de la sociedad actual. Las consecuencias de todo ello resultan nefastas ya que propician, la aparición de “regímenes totalitarios, ideologías mortíferas, chovinismo agresivo, formas violentas de fundamentalismo religioso” y lo que el escritor israelí llama “la idolatría universal”, la cual rinde culto a los nuevos ídolos musicales, deportivos, etc.
Oz, que se define como “experto en fanatismo comparado” dada su condición de judío nacido en Jerusalem, nos describe sus diversos tipos, que coexisten y se manifiestan diariamente a nuestro alrededor. El fanatismo no sólo son gritos histéricos y actitudes violentas, sino que también adquiere “modales más silenciosos”: con mordaz ironía, alude a algunos no fumadores que nos quemarían vivos, a algunos vegetarianos que nos comerían o a algunos pacifistas que matarían en caso de no aceptar sus posiciones, actitudes y modelos de vida cuando ésta adquiere tintes fundamentalistas.
La esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar sus modos de vida o pensamiento. En este sentido, el ejemplo de Bin Laden resulta revelador. En la mente del líder de Al-Qaeda su fanatismo parte de la idea de que los valores occidentales habían debilitado seriamente al Islam. Por ello, para defenderlo, Bin Laden considera que no sólo es necesario golpear fuerte a Occidente (ahí está la tragedia del 11-S para demostrarlo), sino que hay que “convertir” a nuestra sociedad secularizada y laica. Amos Oz resume con claridad el objetivo final del islamismo radical: “Sólo prevalecerá la paz cuando el mundo se haya convertido no ya al Islam, sino a la verdad más rígida, feroz y fundamentalista del Islam. Será por nuestro bien, Bin Laden nos ama esencialmente. El 11 de septiembre fue un acto de amor. Lo hizo por nuestro bien, quiere cambiarnos, quiere redimirnos”.
Semejante afirmación no debe sorprendernos si pensamos que el fundamentalismo islámico del s. XXI no difiere en nada respecto al fanatismo cristiano del medievo europeo. La idea de “redención” esgrimida por Al-Qaeda es la misma que la utilizada por la Inquisición, que, con sus prácticas bárbaras, consideraba que torturando o quemando en la hoguera a infieles y herejes, éstos, en caso de arrepentirse, lograrían la salvación eterna de sus almas.
Frente al espectro del fanatismo irracional, se hacen necesarias actitudes y soluciones sólidas y eficaces. Los conflictos internacionales que fomentan actitudes fanáticas sólo se resuelven con un profundo sentido de la justicia y la solidaridad, lejos de toda dominación económica o paternalismo político. Ciertamente, una forma de combatir el fanatismo es la capacidad para resolver con valentía y visión de futuro conflictos enquistados como el de Oriente Medio. Oz, que lleva defendiendo desde 1967 la existencia de un Estado Palestino, en un tiempo en que los pacifistas israelíes podían celebrar sus mítines y congresos “en una cabina telefónica”, plantea avanzar hacia “zonas de acuerdo”, siquiera sean “de acuerdo parcial”, que permitan llegar a “compromisos dolorosos”, pues supondrán renuncias por ambas partes. No existen fórmulas milagrosas para resolver este conflicto pero el camino es claro: existencia legal e internacionalmente reconocida de “Dos Estados para dos pueblos”, vuelta al mapa anterior a 1967 con la devolución de todos los territorios ocupados por Israel, y disposiciones especiales para los casos de Jerusalem y los Santos Lugares, como se apuntan en los Acuerdos de Ginebra de 2003. En un futuro, Amos Oz plantea un horizonte de colaboración mutua con la creación de un Mercado Común de Oriente Medio, idea apuntada años atrás por Ben Ami quien defiende una posible Confederación entre Israel-Palestina y Jordania. En este sentido, la ONU, la Unión Europea y la naciente Alianza de Civilizaciones tienen mucho que decir…y que hacer.
Frente al fanatismo religioso, político, étnico o territorial, Amos Oz nos convoca a la imperiosa necesidad de combatir la injusticia, de intentar abrir tenazmente caminos a la esperanza para que la vida, la razón y la justicia prevalezcan frente a todo tipo de fanatismos.
José Ramón Villanueva Herrero
(La Comarca, 20 junio 2008)
(Diario de Teruel, 22 junio 2008)
AMOS OZ, LITERATURA Y COMPROMISO

Confieso que siempre me ha interesado la figura de Amós Oz, uno de los escritores israelíes más importantes de la narrativa hebrea contemporánea y, a la vez, uno de los intelectuales más comprometidos con el proceso de paz en Oriente Medio.
Amós Oz (Jerusalem, 1939) ingresó con 15 años en el kibutz Julda (1954) , momento desde el cual está vinculado a la izquierda política israelí. Tras participar en la Guerra de los Seis Días (1967) y la del Yom Kippur (1973), se convirtió en uno de los fundadores en 1978 del movimiento pacifista Shalom Ajshav (Paz Ahora). Enamorado del desierto del Néguev, en la actualidad es profesor de literatura en la Universidad Ben Gurión de Be’er Sheva.
Su obra literaria, iniciada en los años 60, se concreta en 18 libros publicados, por lo que ha sido propuesto en varias ocasiones al Premio Nobel de Literatura, obteniendo entre otros, los premios Israel (1988), Goethe (2005) el Príncipe de Asturias (2007) o el Stefan Heym (2008), concedido en Alemania para honrar a escritores "valientes y críticos" y que se involucran en los debates sociales.
Junto a su actividad literaria, me interesa destacar el importante papel desempeñado por Oz, siempre desde posiciones de izquierda y pacifistas, a favor de la resolución del dramático conflicto árabe-israelí. Su papel como intelectual comprometido le ha convertido en una voz crítica con todos los gobiernos que se han sucedido en Israel desde hace cuarenta años a los cuales siempre les ha reprochado su falta de valentía y visión política para lograr la paz definitiva con los palestinos y el mundo árabe. Oz, como muchos israelíes progresistas, defiende la existencia de dos estados, Israel y Palestina, conviviendo pacíficamente pese a los intentos de extremistas de una y otra parte para impedir este ideal. Considera que la paz definitiva hay que cimentarla sobre valores democráticos y la existencia de lo que él denomina "un núcleo de sociedad civilizada", una sólida clase media. Por ello, esta lenta labor de diálogo y convivencia, le hace rechazar cualquier intento de "imponer la democracia con pistolas", razón por la cual considera como un error "colosal" la invasión por los EE.UU. de Irak, la cual ha reactivado el radicalismo islámico a nivel planetario.
Lejos de caer en el desánimo que en demasiadas ocasiones impone la realidad, Oz pasa a la acción y se compromete en la búsqueda de soluciones pues cree que la labor ética del intelectual de izquierdas resulta fundamental para concienciar a la ciudadanía. Es por ello que reprocha con dureza a la intelectualidad europea el que, con excesiva frecuencia, prefiere tomar partido por la causa palestina antes que aportar ideas constructivas para ambas partes en conflicto. Oz desea que Europa se implique de una forma cada vez más intensa en la búsqueda de soluciones para la explosiva situación de Oriente Medio. Además, Oz recuerda la deuda moral que en este tema tiene Europa, dado que fue ella la históricamente responsable del drama que se vive en esta zona: así lo recordaba en su hermoso discurso pronunciado en la concesión del Premio Príncipe de Asturias ya que, "árabes y judíos fueron víctimas de los europeos de maneras distintas" y ello hace que los dos "tienen algo en común: ambos han sufrido en el pasado bajo la pesada y violenta mano de Europa". Este duro reproche resulta bien cierto si recordamos que el mundo árabe ha sido víctima del imperialismo, del colonialismo, la explotación y la humillación de Occidente, mientras que los judíos han sufrido persecuciones, discriminación, expulsiones y, "al final, el asesinato de un tercio del pueblo judío" durante la Shoá, el Holocausto. Es por ello por lo que Oz pide a Europa ayuda y no actitudes de condena, indignación o paternalismo que a nada conducen.
Frente a quienes opinan que lo prioritario es lograr la confianza como paso previo a la consolidación de una paz estable, Oz tiene una visión radicalmente inversa: considera que lo primero es firmar un acuerdo "con los dientes apretados" por ambas partes y, después, "construir la confianza" ya que, cuando ésta existe, ya no son necesarios tratados ni acuerdos de paz. Para hacer efectivo lo firmado y dada la lógica existencia de recelos mutuos, se necesita la garantía de mediación que un tercero debe ofrecer a las partes, una labor que, según Oz, puede desempeñar mejor Europa que los EE.UU., pues éstos últimos están desacreditados ante el mundo árabe dada su permanente alianza estratégica con Israel.
Una solución de compromiso, la única viable a corto plazo, exige concesiones y ello, Israel debe mantener una actitud valiente y generosa (la famosa "paz por territorios"), y apoyar al desarrollo económico de Palestina para evitar que la miseria sea fermento de radicalismos presentes o futuros. Frente a las posiciones de la derecha nacionalista israelí, Oz les recuerda que el precio de la paz será el "conformarse con un hogar reducido" . Ciertamente, no hay otra solución para dos estados, Israel y Palestina, que habitan sobre un mismo territorio en litigio.
La acción cívica del movimiento Paz Ahora, que en estos días acaba de cumplir 30 años, ha colaborado a que Israel lograse la paz con Egipto y Jordania, y se retirara de Líbano y Gaza, pero todavía queda llevar a la práctica efectiva la idea de "dos Estados para dos pueblos" consolidando el Estado Palestino, la evacuación de todos los asentamientos del Golán y Cisjordania y, desde luego, alcanzar la paz con Siria y Líbano.
Tal vez algún día los ideales de Amós Oz, ese intelectual comprometido, esa voz que cual nuevo profeta clama desde su querido desierto del Néguev, ese activista de Paz Ahora, se vean cumplidos y la paz, cimentada sobre la justicia, sea una sólida realidad entre palestinos e israelíes.
José Ramón Villanueva Herrero
(Diario de Teruel, 4 mayo 2008)
ANNAPOLIS, UNA ESPERANZA LEJANA
El próximo 27 de noviembre se inicia en la ciudad americana de Annapolis la Conferencia de Paz sobre Oriente Medio. Una vez más, pese a las muchas dificultades que nadie ignora, se pretende reabrir un proceso que permita sentar las bases para resolver el eterno conflicto entre Israel y Palestina.
Patrocinada por los EE.UU., la Conferencia tiene como objetivo ser el punto de partida para la creación de un Estado Palestino independiente antes de finales del 2008. A tan importante encuentro están invitados 38 países (21 de ellos musulmanes): los más importantes miembros de la Liga Árabe, los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, el G-8, así como otros diversos países, entre ellos España. En cuanto a las instituciones, además de la ONU, la Liga Árabe y la Unión Europea, asistirán el FMI y el Banco Mundial como observadores. Por otra parte, la Conferencia se prevé articularla en torno a tres partes temáticas: “Desarrollo económico”, “Reformas de instituciones y construcción de capacidades” y “Paz completa”.
Ciertamente, el escepticismo de los analistas políticos y de la población, tanto palestina como israelí, parecen presagiar que Annapolis va a tener, por lo menos a corto plazo, muy escasos resultados. Tras los frustrados Acuerdos de Oslo (2000) y el estancamiento de la Hoja de Ruta impulsado por los EE.UU. durante los últimos años, una leve esperanza de paz puede ahora abrirse paso. Desencantada la población civil palestina, lo cual ha producido un auge del fundamentalismo islámico, obsesionada la ciudadanía israelí con la seguridad y el terrorismo, titubeantes los políticos a la hora de afrontar con valentía concesiones mutuas sobre las que cimentar una paz justa, bueno es recordar algunas propuestas surgidas de la sociedad civil, harta de padecer desde hace 60 años este sangriento conflicto.
En primer lugar recuerdo la tenaz labor llevada a cabo por el movimiento pacifista israelí Paz Ahora (Shalom Ajshav) desde su fundación en 1978. Esta asociación, de la que forma parte activa el escritor Amós Oz, ejemplo de compromiso militante con la izquierda pacifista, lleva tres décadas demandando negociaciones directas de paz y denunciando la injusticia que supone la ocupación de los territorios palestinos cuya devolución, incluido el Golán, siempre ha exigido. Por ello, pese a las incomprensiones de unos y otros, Paz Ahora, al igual que el partido Meretz-Yachad, socialdemócrata y pacifista, apoyan posiciones, no siempre conocidas suficientemente, de un judaísmo comprometido con la justicia y con la paz.
En este contexto, bueno sería también tener presente las propuestas del casi olvidado Acuerdo de Ginebra del 1 de diciembre de 2003. Este, pese a no tener carácter oficial, fue firmado por un grupo de intelectuales y políticos tanto israelíes como palestinos y al cual se llegó tras mas de dos años de discretas negociaciones entre ambas partes, lideradas por Yossi Beilin, dirigente de Meretz-Yachad y el político palestino Yassef Abed Rabbo. En la práctica, supone un plan alternativo al proceso de paz en Oriente Medio, más avanzado y con mayor concreción que la Hoja de Ruta. Sin embargo, los Acuerdos de Ginebra no han sido respaldados por el Gobierno de Israel ni por el Consejo Legislativo palestino, a la vez que sus firmantes eran acusados frecuentemente de “traidores” por sus respectivos países y, no obstante, ofrecen ideas dignas de tener en consideración.
En primer lugar, con arreglo al principio “paz por territorios”, Israel reconoce la creación de un Estado Palestino, a la vez que se compromete a devolver el 97,5 % de los territorios ocupados en 1967, desmantelar todos los asentamientos de Cisjordania (en Gaza ya lo hizo en 2005), que el monte del Templo y la explanada de las mezquitas queden bajo soberanía palestina, lo cual supone aceptar la división de Jerusalem, la cual pasaría a convertirse en la capital de los dos estados. A cambio, Palestina reconocería la existencia del Estado de Israel, lo cual, todavía, no ha hecho de forma oficial.
Otro compromiso-clave en el Acuerdo de Ginebra es el derecho al retorno de los refugiados palestinos. En este aspecto, Palestina renuncia al retorno de estos varios millones de refugiados a Gaza y Cisjordania, pudiéndolo hacer sólo una parte de ellos y con derecho a recibir indemnización por parte de Israel.
En este tema, frente al liderazgo mundial ejercido por los EE.UU, el papel de la Unión Europea (UE) debe ser cada vez más activo. Es por ello que se está ultimando un amplio plan de ayuda política y económica por parte de la UE para facilitar el éxito de las negociaciones de paz. Este Plan, diseñado por Javier Solana, Alto Representante para la Política Exterior y de Seguridad de la UE, y la Comisión Europea, pretende canalizar la ayuda europea a Palestina que ésta consolide sus instituciones y frene el radicalismo islámico. Teniendo en cuenta que la ANP recibió de la UE durante este año 2007 la cifra récord de 1.000 millones de euros, se pretende ahora incentivar la actividad económica en Palestina (formación, créditos, facilidades comerciales), la mejora de los servicios públicos (Sanidad, Educación, Justicia), el establecimiento de una fuerza policial democrática y la continuidad de todos los proyectos humanitarios y para los refugiados actualmente vigentes.
La situación es difícil, los programas maximalistas, imposibles. La tenue esperanza de paz que Annapolis simboliza puede ser viable a medio plazo si los políticos israelíes y palestinos asumen compromisos y renuncias mutuas, si la sociedad civil deja oír su voz y si la UE y los EE.UU. desarrollan una auténtica labor de mediación y apoyo. Tal vez así, la paz sea posible en la sufrida tierra de Palestina, en la sagrada y sangrante Tierra de Israel.
José Ramón Villanueva Herrero
(Diario de Teruel, 27 noviembre 2007)
¿REQUIEM POR UN MONARCA SAUDÍ?
La muerte del rey Fahd ben Adbul-Aziz al Saud ha producido situaciones sorprendentes: adulado por dirigentes políticos, se han declarado días de luto oficial, Marbella lo ha nombrado “hijo predilecto”, etc. Está claro que el monarca saudí tenía “buena imagen” en Occidente. Pero las palabras huecas y los elogios falsos no pueden ocultar la dura realidad: el rey Fahd representaba un régimen tiránico cuya existencia debería indignar al mundo civilizado. Pero el pragmatismo político y los intereses económicos consiguen el prodigio de convertir a reyes déspotas en buenos amigos de Occidente, a gobernantes criminales en políticos clarividentes...y este es el caso del monarca fallecido. Recordemos algunos datos.
El Reino Unido de Arabia Saudí surgió en 1932 tras la unificación de varias monarquías feudales de la Península Arábiga por parte de Abdelaziz ibn Saud. Desde entonces, la familia Saud ha gobernado con mano de hierro al reino que lleva su nombre. Una interpretación rigorista del Islam en su versión wahabita, la aplicación de la Sharia o ley islámica y el asfixiante control de la Policía Religiosa (Al Mutawa’een) sobre la vida y costumbres de los saudíes, nos retrotrae a los tiempos más oscuros de las monarquías feudales del Medievo. En el país del rey Fahd no existen derechos ciudadanos ni libertades públicas: no hay elecciones libres, los partidos políticos, sindicatos y organizaciones de derechos humanos están prohibidos ; los medios de comunicación sufren la más rigurosa censura, el sistema penal saudí, basado en la Sharia, recurre con frecuencia a la tortura (amputaciones, flagelación, etc) y, según Amnistía Internacional, es el tercer país que más aplica la pena de muerte (por decapitación pública).
Especialmente grave es la situación de las mujeres que, como ocurría en el régimen talibán de Afganistán, carecen de todo tipo de derechos y libertades (incluso el de conducir un vehículo). Un suceso ocurrido el 11 de marzo de 2002 evidencia con toda crudeza la situación de las mujeres saudíes. En esa fecha, 14 niñas murieron y decenas más resultaron heridas al incendiarse su colegio de La Meca: la Al Mutawa’een impidió que escaparan del fuego... porque no llevaban el pañuelo para cubrirles la cabeza y no haber ningún familiar varón para recogerlas ; tampoco se permitió a los equipos de rescate entrar en el colegio...porque eran hombres y, por tanto, no podían “mezclarse” con las niñas que se estaban quemando. Aterrador.
Tampoco debemos olvidar que la monarquía saudí lleva años financiando la construcción de mezquitas en países occidentales, al frente de las cuales impone a imanes wahabitas, mucho más rigoristas que los hachemitas o alauitas. Y son estos clérigos quienes con sus prédicas, en ocasiones incendiarias, no ayudan precisamente al necesario diálogo y entendimiento entre el Islam y Occidente.
Todo esto parece olvidarse ya que los inmensos recursos petrolíferos de Arabia Saudí (1/4 de las reservas del planeta y primer exportador mundial), le permiten ejercer un papel principal en el sistema económico mundial y en la OPEP. Así, desde que en 1945 concedió a los Estados Unidos el monopolio de la explotación de su petróleo, unido a su permanente alineamiento junto a las potencias occidentales en la conflictiva zona de Oriente Medio, hacen que el reaccionario régimen saudí sea aceptado y visto con simpatía por el mundo civilizado democrático. Le ocurre lo mismo que a la España de Franco en los tiempos de la Guerra Fría: los intereses geoestratégicos de los EE.UU. obviaron su carácter dictatorial para convertir al régimen en “el vigía de Occidente”...igual que, ahora, Arabia Saudí es “el vigía de Oriente” (y de su petróleo). De hecho, la alianza militar entre Arabia Saudí y los EE.UU. se mantiene inalterada desde 1951: desde entonces, la monarquía saudí, anacrónica, feudal y corrupta hasta el extremo, ha mantenido su posicionamiento prooccidental.
Aunque inversiones millonarias han pretendido convertir al país en un “islote de modernización”, la realidad es tan falsa como los espejismos de sus desiertos. La riqueza ha podido crear infraestructuras, adormecer la conciencia de sus súbditos, pero no les han traído la libertad. Y es que la monarquía del rey Fahd ha tenido la rara habilidad de aunar la más retrógrada interpretación del Islam con todos los vicios, lujos y corrupciones del capitalismo salvaje.
Al margen de hipocresías políticas e intereses económicos, la muerte del rey Fahd supone la desaparación de un tirano, al cual le sucederá otro tirano: su hermanastro Abdalá, igual que el rey fallecido sucedió en 1982 a su también hermanastro (y también tirano) el rey Jaled: y todo con el beneplácito de las democracias occidentales.Por todo lo dicho, no siente pesar por la muerte del rey Fahd. En todo caso, el réquiem no habría que entonarlo por el monarca fallecido sino por la situación de los derechos humanos existente en Arabia Saudí. Y en ello, Occidente y su bienestar, tiene, tenemos, una gran responsabilidad moral.
José Ramón Villanueva Herrero.
(Diario de Teruel, 18 agosto 2005)