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Kiryat Hadassa: el blog de José Ramón Villanueva Herrero

TRUMP FRENTE A EUROPA

TRUMP FRENTE A EUROPA

 

     Desde el final de la II Guerra Mundial, el eje de la política occidental se articuló, en gran medida, en la llamada “Alianza Transatlántica”, la unión de intereses entre los EE.UU. y los países democráticos de la Europa Occidental. No obstante, esta alianza empezó a resquebrajarse con la llegada a la Casa Blanca en 2016 de Donald Trump y, desde entonces, los desaires, los trump-azos del presidente norteamericano hacia la Unión Europea (UE) han sido constantes: desde su entusiasta apoyo al brexit británico, duro y con portazo incluido, hasta su pretensión de desentenderse gradualmente de la firme alianza defensiva con sus aliados europeos a través de la OTAN en unos momentos, además, en que la Rusia de Vladimir Putin supone un factor de desestabilización en varias zonas del Este de Europa, desde Ucrania hasta los países bálticos.

     Todos estos hechos han generado una creciente preocupación en las instituciones comunitarias, pues como señalaba Federico Steinberg en su interesante trabajo «La UE ante la hostilidad del presidente Trump», “los cimientos sobre los que se sustenta el orden liberal internacional, que ha permitido a los países europeos alcanzar cotas de seguridad y prosperidad sin precedentes, se están tambaleando”. Y es cierto, pues estamos asistiendo en unos momentos en que, coincidiendo con el declive de Europa en el contexto mundial, la América de Trump parece quererla abandonar a su suerte dado que a Washington le interesa más una alianza estratégica con Rusia que con la UE, de igual modo que parece no tener presentes a sus aliados tradicionales para afrontar el auge de China, país al cual considera como la principal y la más seria amenaza para la hegemonía de los EE.UU., puesta en entredicho cada vez con mayor intensidad por el gigante asiático.

     Así las cosas, Trump ha pasado de menospreciar a la UE a lanzarle ataques directos mediante su apoyo a movimientos antieuropeos, xenófobos e iliberales que amenazan con destruir a la UE desde dentro, y ahí están las actuaciones maquiavélicas de Steve Bannon para corroborarlo apoyando y coordinando las actuaciones de los grupos de extrema derecha liderados por Marine Le Pen o Matteo Salvini. Es por ello que Trump es el primer presidente de EE.UU. que ve a la UE como un rival comercial en vez de como un aliado estratégico y, de ahí, su dura política proteccionista y arancelaria para con los productos procedentes de los países de la UE.

    En la situación actual, como indicaba Steinberg, los líderes europeos se sienten “desconcertados, incómodos y vulnerables” ante las formas de Trump y dudan cual es la mejor forma de reaccionar ante los trump-azos que están recibiendo. De este modo, dos hipótesis se abren paso en esta anómala situación. La primera, que Trump sea “un accidente pasajero” y, por ello, intentar capear como mejor se pueda el temporal y las bravuconadas del dirigente americano, manteniendo, a la vez, un diálogo permanente con los sectores americanos partidarios de mantener la alianza transatlántica hasta que un nuevo presidente vuelva a la “normalidad” de las relaciones ahora cuestionadas.

     Una segunda hipótesis resulta más preocupante: que el trumpismo fuera más allá de Trump, lo cual significaría una recalibración del interés nacional de los EE.UU., en un mundo cada vez más multipolar, con una Europa en declive y con unos EE.UU. cada vez más aislacionistas, que irán retirando gradualmente su “paraguas de seguridad” desplegado desde hace 70 años sobre Europa, dado que la prioridad geoestratégica actual de Washington es frenar el auge de China, que sin duda, será el gran enfrentamiento que va a marca el s. XXI. Por ello, Angela Merkel opina que la UE debería de situarse en esta segunda hipótesis, “en el peor escenario posible” y, por ello, optar por buscar una mayor autonomía estratégica, repensar su relación con China y, también, fortalecer sus alianzas con países que comparten sus valores como Canadá, Japón o algunas naciones de América Latina.

     Pero la gran debilidad de la UE es que se trata de un gigante económico pero un enano político, dado que, al no ser un Estado propiamente dicho, carece de una auténtica política exterior y de seguridad común y, por ello, como alguien dijo gráficamente, la UE es “una potencia herbívora en un mundo cada vez más de carnívoros”. La realidad es tozuda y, por ello, los tiempos en que “el amigo americano” protegía a Europa Occidental y no sólo eso, sino que le otorgaba ventajas económicas y fomentaba la integración, ya no van a volver. Por ello, el interesante análisis de Steinberg, concluye recordándonos que el tablero internacional  ha cambiado radicalmente ante un nuevo mapa geoestratégico, un nuevo (des)orden internacional, en el que la UE tiene un papel todavía por definir y en el que hallamos “un EE.UU. más aislacionista, una China más asertiva, una Rusia que seguirá golpeando por encima de su peso durante bastantes años y unas instituciones multilaterales más débiles”, un mundo, además, en el que los países emergentes reclamarán más cotas de poder e influencia que les corresponden por su mayor peso económico y militar. Este es el mundo que ya tenemos en puertas tras el alejamiento político, económico y emocional de EE.UU., a quien hasta hace poco tiempo Europa consideraba como “el amigo americano”.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 7 junio 2019)

 

 

AMENAZAS CONTRA LA UNION EUROPEA

AMENAZAS CONTRA LA UNION EUROPEA

 

     Estamos asistiendo tristemente a un debilitamiento de los valores del europeísmo en unos momentos en que resultan más necesarios que nunca ante los diversos embates que por diversos frentes está recibiendo y que podrían frustrar el futuro de la Unión Europea (UE).

     Las instituciones comunitarias están sufriendo en estos últimos años los efectos del hostigamiento de los movimientos euroescépticos y del auge la ultraderecha. Si ya de por sí era grave la brecha abierta en la línea de flotación de la UE como consecuencia del Brexit, del cual dijo Madeleine Albright que era “toda una demostración de masoquismo económico que los británicos lamentarán durante mucho tiempo”, no menos preocupante es la irrupción en el Parlamento Europeo de los partidos ultraderechistas y xenófobos. Como señalaba Robert Patxon, en su libro Anatomía del fascismo (2005), en todos estos grupos políticos, “se percibe el eco de temas fascistas clásicos” tales como el miedo a la decadencia y a la descomposición, la afirmación de la identidad nacional y cultural propia, la supuesta “amenaza” que suponen los extranjeros no asimilables para esa anhelada identidad nacional y para el “buen orden social”, sin olvidar tampoco lo que ellos consideran como “la necesidad de una mayor autoridad para resolver los problemas”, razón por la cual, en algunos de estos partidos se percibe lo que la citada Madeleine Albright, en su reciente obra Fascismo. Una advertencia (2018), no dudaba en calificar como “el penetrante hedor del fascismo”.

     En este empeño de intentar dinamitar la UE desde dentro, resulta cada vez más preocupante la maquiavélica y desestabilizadora labor de Steve Bannon y su organización “El Movimiento”, así como ñas intenciones de la Alianza de Pueblos y Naciones, germen de una internacional de partidos nacional-populistas y fascistas. No menos grave resulta la involución reaccionaria en países como Italia, Holanda, Austria, Eslovaquia, Hungría, Bulgaria, Polonia, Estonia e incluso en los otrora venerados paraísos progresistas escandinavos como es el caso de Finlandia, Suecia o Dinamarca, donde han arraigado, también, con la fuerza de una hiedra trepadora, movimientos xenófobos y antieuropeos de signo fascista.

     En este contexto, el problema de la migración se ha convertido en uno de los principales arietes del antieuropeísmo de todos estos grupos, especialmente tras la crisis migratoria de 2015 que socavó la necesaria solidaridad intraeuropea dando como consecuencia el cierre unilateral de fronteras por los gobiernos de Hungría, Austria o Bulgaria, así como el alarmante auge electoral de Alianza por Alemania (AfD) que, tras las elecciones germanas de 2017 se convirtió en la tercera fuerza política del Reichtag. Tal es así que resulta lamentable constatar que, los inmigrantes se han convertido en el chivo expiatorio del malestar de una población que ha sufrido los negativos efectos de la globalización y que siente una creciente desafección hacia las instituciones de la UE, temas éstos demagógicamente instrumentalizados por la extrema derecha. Este hecho genera un temor, sin duda infundado, en un determinado sector de la población (y del electorado) proclive por ello a apoyar a los partidos que hacen de la xenofobia uno de sus signos de identidad, esa xenofobia que cierra fronteras, levanta alambradas o pretende construir muros, los mismos que, siguiendo la estela de Trump, reclama Vox para “proteger” Ceuta y Melilla. Este rechazo, alentado por mentiras aireadas intencionadamente por los grupos xenófobos, resulta especialmente injusto dado que, como señalaba Carmen González Enríquez, “los inmigrantes están indefensos ante este ataque”. No obstante, como bien señalaba Albright, si la migración no controlada provoca rechazo social, no es porque muchos de los refugiados sean delincuentes o terroristas, que obviamente no lo son, sino porque “la convivencia con extranjeros exige de nosotros dos cosas muy preciadas: buena voluntad y tiempo” y “ambas son necesarias para fortalecer la confianza y ninguna de ellas está tan extendida como quisiéramos”. Interesante y muy oportuna reflexión.

     Otro de los hilos argumentales de los grupos antieuropeos es su rechazo a lo que ellos consideran excesivo poder de Bruselas y de la burocracia comunitaria cuyas normativas prevalecen sobre las respectivas legislaciones internas de cada país miembro. Tal es así que hay casos como el de la Hungría de Víktor Orbán en que pese a los cuantiosos fondos que percibe de la UE, no tiene ningún reparo en llenar las ciudades magiares de ofensivos carteles bajo el lema de “Paremos a Bruselas” y, de este modo, provocando a la UE, pretende “liberar” a su país de las “imposiciones” de los “burócratas de Bruselas”, lo cual hoy por hoy, le está ofreciendo un considerable rédito electoral.

     En unos momentos decisivos para la historia inmediata de Europa, los resultados que arrojen las elecciones al Parlamento Europeo del próximo 26 de mayo, servirán para valorar el estado de salud de los valores que dan razón de ser a la UE cual son el respeto a la dignidad humana,  la libertad, la democracia, la igualdad y los derechos humanos, así como para evidenciar el grado e intensidad de las amenazas que se ciernen sobre el ideal de esa Europa progresista y solidaria en la que creemos, la misma con la que soñaron Jean Monnet, Robert Schuman o Konrad Adenauer, los impulsores del europeísmo moderno.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 22 mayo 2019)

 

 

EL 8 DE MAYO, UNA FECHA A RECORDAR

EL 8 DE MAYO, UNA FECHA A RECORDAR

 

     El día 8 de Mayo se celebra en varios países europeos el Día de la Victoria en recuerdo del triunfo de las fuerzas aliadas frente a las potencias nazi-fascistas en la II Guerra Mundial. Este mismo hecho, que en la Rusia heredera de la  URSS y en otros países del antiguo bloque soviético se conmemora el día 9, responde al sagrado deber de recordar el significado de la victoria frente al Eje liderado por la Alemania nazi, la encarnación del mal absoluto, la barbarie uniformada, la culpable de conducir a la Humanidad a la más devastadora guerra conocida, la cual ocasionó una inmensa secuela de destrucción y casi 62 millones de muertos.

     El el combate contra el fascismo, los exiliados republicanos españoles escribieron páginas memorables, reanudando la misma lucha que habían iniciado unos años antes en defensa de la República contra el brutal embate de los militares insurrectos. Los llamados « rojos españoles » combatieron en todos los frentes y bajo todas las banderas, sumándose a grupos guerrilleros antifascistas o bien alistándose en los ejércitos aliados. Desde Narvik (Noruega) a Camerún y Níger ; desde Chad hasta los desiertos africanos de Egipto, Libia, Túnez o Argelia en donde lucharon en las unidades del VIII Ejército británico de Montgomery, en la Legión Extranjera de la Francia Libre y hasta en las fuerzas de los EE.UU; desde las playas de Normandía (en donde desembarcaron encuadrados en la División Leclerc) hasta la inmensa URSS, combatiendo en los frentes de Leningrado, Moscú, Stalingrado o el Caúcaso, los españoles lucharon con coraje, enarbolando la bandera republicana, la bandera de la libertad frente al fascismo.

     Pese a todo lo dicho, fue en la vecina Francia, en la Francia derrotada por la máquina militar hitleriana en 1940, donde la actuación de los combatientes republicanos españoles fue más destacada. De hecho, más de 20.000 compatriotas nuestros participaron en la liberación de Francia encuadrados en las Forces Françaises de l’Intérieur (FFI), a través de la Agrupación de Guerrilleros Españoles (AGE) afín al PCE o de los combatientes de la Agrupación Democrática Española (ADE), mayoritariamente anarquistas y socialistas. Además, se estima en unos 60.000 los españoles que participaron de forma activa en la Resistencia : sólo en la ciudad de París, se cifraban en torno a 4.000 el número de los resistentes republicanos antifascistas. Recordemos que los primeros blindados de la famosa IX Compañía del Regimiento del Chad, « la Nueve », mayoritariamente compuesta por españoles, de la II Divisón Leclerc que liberaron París, llevaban las banderas tricolores en sus torretas y los nombres de batallas de nuestra guerra civil pintados en sus blindados como «Teruel », « Belchite », « Madrid », « Jarama », « Ebro », « Gernika », « Guadalajara », « Brunete » o « Don Quijote », este último llamado asi, según Federico Moreno, jefe de sección de « la Nueve », como era conocida popularmente esta unidad militar, « por ser el papel que estamos desempeñando nosotros [los republicanos] desde que salimos de nuestra tierra ».

    Además de la participación de nuestros compatriotas en los combates para la liberación de París, Toulouse, Burdeos, Nantes, Rennes, Saint-Étienne, Lyon, Grenoble o Marsella, debemos recordar el decisivo papel desempeñado por los antifascistas españoles en la liberación del sur de Francia durante el verano de 1944. Fueron ellos los que arrebataron a los nazis toda la zona pirenaica francesa sin necesidad de intervención militar aliada : republicanos españoles fueron los liberadores de multitud de ciudades y pueblos del sur de Francia, en ocasiones, tras derrotar a importantes contingentes de tropas nazis, tal y como ocurrió en la batalla de La Madelaine (22 agosto 1944).

     A modo de ejemplo, aludamos a lo ocurrido en el valle francés de Aspe, que se extiende desde el puerto del Somport hasta la ciudad de Oloron-Sainte Marie. Aunque incialmente se hallaba en el territorio del État Français, el régimen pronazi de Vichy, fue invadido en noviembre de 1942 por las tropas hitlerianas, por lo que quedó integrado en la llamada « área vedada » que discurría a lo largo de la frontera franco-española. En el valle de Aspe, los combates entre petainistas y nazis frente a los maquis españoles fueron constantes durante estos años, logrando de éste modo los republicanos, no sólo liberar las principales poblaciones del valle como Bedous, sino obtener la rendición de la guarnición nazi del Fort du Portalet, en las cercanías de Urdos.

    El heroísmo de los republicanos regó con su sangre la libertad de los valles pirenaicos franceses limítrofes con Aragón. Testigos de todo ello son los monumentos que en honor de los españoles muertos por la libertad de Francia se levantan en Lhées-Athás, Etsaut u Oloron. En esta última población, el Monumento a la Resistencia y a la Deportación está plagado de mártires de la libertad con apellidos españoles como Arbués, Duaso, Galarza, Larraz, Regueiro, Sánchez, Soguero, Fontán o Herrer. Lo mismo podemos decir de los aragoneses que yacen en el cercano cementerio republicano del Campo de Concentración de Gurs, en el de Lurbe-Saint Christau,  o los 17 españoles asesinados por los nazis en Buziet, en el cercano valle de Ossau en julio de 1944, en cuyo memorial tiene lugar todos los años una ceremonia de recuerdo y homenaje. Son sólo unos ejemplos, no todos, del testimonio dejado por nuestros compatriotas en la lucha contra el fascismo en un valle pirenaico francés, al igual que ocurrió a lo largo de todo el territorio galo durante la II Guerra Mundial. Como recordaba Roy-Tanguy, dirigente del PCF, exbrigadista en la Guerra de España y jefe de la insurrección parisina contra la ocupación nazi, en más de 50 departamentos, « los combatientes españoles formaron valerosas unidades de la Resistencia francesa », razón por la cual, añadía, « no hay una gran ciudad en esos departamentos, y en primer lugar en París,  que no tenga una deuda de reconocimiento hacia esos hijos y esas hijas de España ».

      A todos ellos, en estos días en que la fiesta del 8 de Mayo celebra la victoria aliada, debemos también recordarlos pues ello, es otro capítulo más de nuestra memoria histórica colectiva que debemos no sólo recuperar sino, también, dignificar por su ejemplo y sacrificio para las generaciones futuras. A estos combatientes republicanos que lucharon, murieron y yacen en tantos países distintos, José María Valente los recordaba así : « No reivindicaron más privilegio que el de morir, para que el aire fuera más libre en las alturas, y más libres los hombres ». Por ello, en memoria de aquel 8 de Mayo de 1945 que liberó a Europa (que no a España) del fascismo, debemos recordar siempre con emoción, orgullo y dignidad a nuestros compatriotas, a nuestros combatientes republicanos españoles.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en : El Periódico de Aragón, 10 mayo 2019)

 

 

 

 

 

CAMBIO DE ÉPOCA

CAMBIO DE ÉPOCA

 

     Tal vez no seamos plenamente conscientes de que estamos asistiendo a un “cambio de época” con respecto a lo que hacíamos y vivíamos hasta hace bien poco tiempo y para el que todavía no tenemos capacidad de vislumbrar su futuro. Sin embargo, varios rasgos caracterizan a este cambio de época.

    En primer lugar, todo parece indicar que nos hallamos ante el final del llamado “contrato social”, ese pacto tácito entre el capitalismo industrial y el trabajo que dio lugar al llamado Estado del Bienestar. Este pacto, mediante el cual se otorgaba al Estado un papel redistributivo y corrector de las desigualdades generadas por la economía de libre mercado a través de un sistema fiscal progresivo y la aplicación de políticas sociales dirigidas a establecer una serie de derechos sociales considerados de carácter universal, se ha ido resquebrajando con el pretexto de la crisis global que se inició en 2008.

     La otra característica fundamental es, en palabras de Zygmun Bauman, “el divorcio entre el poder y política” y es que, en la actualidad, con la globalización, “el Estado-nación ha sido incapaz de controlar y regular la actividad financiera promovida por los mercados globales”. En consecuencia, se ha producido “una asimetría creciente entre la esfera reguladora del Estado y el marco de actuación del poder financiero” y, por ello, como señalaba el politólogo polaco recientemente fallecido, “hoy el poder ya es global, la política sigue siendo lastimosamente local” y, por ello, la globalización ha facilitado la movilidad de capital y el que las grandes corporaciones busquen mano de obra y costes de producción más baratos, razón que explica el elevado número de deslocalizaciones industriales.

    Finalmente, todo este “cambio de época” se apoya en el arrogante triunfo del pensamiento neoliberal, del cual Margaret Thatcher, una de sus principales impulsoras, dijo en su día que “no hay alternativa” ante el nuevo dogma neoliberal que se resume en tres ideas-clave: individualismo, libertad absoluta de mercado y Estado mínimo.

    Ante esta situación, resulta necesario construir una alternativa de transformación social que implique la confluencia de las fuerzas de izquierda y los movimientos sociales de forma dinámica, flexible y abierta a la construcción permanente. Según Emilio Santiago Muiño esta alternativa debe partir de “una realidad en red viva y muy diversa que entrelaza confluencias y alianzas de una pluralidad de colectivos y actores sociales extremadamente diversos”. Por ello, según Jesús Sanz, una propuesta de emancipación social debe tener presente una apuesta decidida por una sociedad que avance hacia la equidad y la justicia social para evitar así que la desigualdad alcance “niveles escandalosos” y que se base en mecanismos de redistribución social tales como una fiscalidad justa, la lucha contra los paraísos fiscales, servicios públicos de carácter universal y otras medidas tales como la fijación de salarios mínimos y máximos. También son necesarias propuestas que ahonden en la democracia y en la participación ciudadana para así pasar a lo que Boaventura de Sousa Santos considera que debería de ser “una democracia de alta intensidad” que vaya más allá de la elección de gobernantes y que esté asociada, en opinión de Ángel Calle, a la apertura de “procesos de participación y autogobierno sobre la base de bienes comunes y derechos sociales que se fortalecen desde las instituciones sociales”.

     A todo lo dicho se añade la necesidad de dar respuesta al contexto de crisis ecológica y civilizatoria en la que nos encontramos, lo cual pasa por rechazar el crecimiento ilimitado para evitar el colapso ecosocial. Ello supone apostar por una economía al servicio de las personas, que garantice un mínimo vital que permita vivir con dignidad y que iría en la línea de reivindicar una renta básica universal y, también, construir una economía que se ajuste a los límites impuestos por el planeta y que asuma tanto el interesante concepto de la justicia ambiental junto a la justicia social como ámbitos indisolubles.

     En definitiva, ello supone avanzar hacia un modelo de producción económica más justo, democrático y sostenible, que se sustente en los valores de la cooperación, la equidad, la participación y el compromiso con el entorno. A modo de conclusión, Jesús Sanz recoge una nítida percepción de la realidad actual al señalar que, “a pesar de no contar con un relato alternativo muy definido que se contraponga al “no hay alternativa” y a la crisis de las utopías, existe una conciencia de que las cosas no van bien, y cada vez parece haber más partidarios que comparten la necesidad de transitar por caminos diferentes ante la gravedad de la situación actual”. Y es cierto.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 2 mayo 2019)

 

 

 

 

PATRIOTISMO REPUBLICANO

PATRIOTISMO REPUBLICANO

 

     De un tiempo a esta parte estamos asistiendo a cómo las derechas españolistas, aprovechando la tensa situación política generada por el conflicto catalán, intentan monopolizar el sentimiento patriótico de una manera excluyente y como ariete político frente a sus adversarios, con un airear de banderas y voceríos patrioteros que a nada conducen.

     El añorado político vasco Mario Onaindía Natxiondo (1948-2003), en su libro La construcción de la nación española. Republicanismo y nacionalismo en la Ilustración (2002), nos ofrece algunas claves para distinguir el verdadero significado de los conceptos de “patriotismo” y “nacionalismo”, tan manidos como instrumentalizados con harta frecuencia. De entrada, Onaindía nos recordaba que la idea de “patria” procede del latín “terra patria”, el cual constituye “uno de los conceptos fundamentales de la tradición republicana”, entendiendo por tal su acepción latina, la “res publica”, esto es el bien común, concepto éste que, nos advierte, será tomado por el nacionalismo para otorgarle un sentido muy distinto. Aunque el lenguaje corriente considera sinónimos “patriotismo” y “nacionalismo”, éstos deben de diferenciarse ya que, “para los patriotas de inspiración republicana, el valor principal es la República y la forma libre que ésta permite, en cambio, los nacionalistas consideran que los valores primordiales son la unidad espiritual y cultural del pueblo, dejando en segundo término u olvidando totalmente la lealtad hacia las instituciones que garantizan las libertades”. En consecuencia, ello implica actitudes personales distintas ya que, mientras el patriotismo “trata de producir un tipo de ciudadano libre que tiene su esfera de seguridad garantizada por las leyes y por tanto trata de defenderlas porque constituyen una barrera que salvaguarda la seguridad individual”, el nacionalismo busca una cohesión social  que “genera un individuo que trata de fundirse con la comunidad, de manera acrítica y renunciando a su esfera de autonomía individual” un nacionalismo, además,  obsesionado con  la “exaltación estatal de la raza, la lengua y la historia”, esta última siempre concebida (y mitificada) a la medida de intereses políticos concretos. Frente a ello, para Onaindía, el auténtico patriotismo republicano “no necesita unidad cultural, moral o religiosa; exige otro tipo de unidad, la unidad política, sustentada por el nexo con la idea de República, que consiste en la defensa de la ley, que garantiza la libertad”. De este modo, el concepto de “patria” sería sinónimo de “república” (res publica) y esta, de “bien común”.

     En esta misma línea, Cicerón, en su Tratado de las leyes, ya diferenciaba entre la atracción que se siente hacia la tierra nativa, por ejemplo, la que mueve a Ulises a volver a su Ítaca, del sentimiento que experimenta el ciudadano hacia su patria, entendida ésta como las instituciones que garantizan su libertad, haya nacido o no en ella. Y es que, por encima de bandera o símbolos, como señalaba John Milton, la patria sería el lugar en donde una persona se siente libre. Esa misma idea de asociar el concepto de “patria” y de “libertad” lo hallamos también en Diderot, para quien el patriotismo es el afecto que el pueblo siente por su patria, entendida ésta no como la tierra natal, sino como una comunidad de hombres libres que viven juntos por el bien común. Estos mismos planteamientos son los que articulan el llamado “patriotismo constitucional” de Jünger Habermas, que considera a la patria como el lugar donde el ciudadano goza de libertad, allí donde existen unas instituciones y un marco legal que la garantizan. Ello excluye, de facto, todo tipo de patrioterismo propio de mentes e ideologías reaccionarias, tan proclives a apropiarse en exclusiva del concepto de “patria” tras vaciarlo de todos los valores de libertad, justicia y convivencia pacífica en la diversidad que le son propios.

     Por todo lo dicho, el patriotismo republicano  confronta con la actitud de quienes siempre han pretendido imponer su supuesto “patriotismo”,  más bien patrioterismo, por cualquier medio, incluso recurriendo a la violencia: por ello resultan tan rechazables y peligrosos quienes se sienten herederos de los que en el pasado quisieron edificar “su España” matando españoles a lo largo de nuestra agitada y sangrante historia, una reflexión que resulta especialmente oportuna en estos días en que se recuerda el 80º aniversario del final de la Guerra de España de 1936-1939.

     Tampoco responde a un auténtico espíritu patriótico abierto e integrador la posición de quienes quieren reafirmar la imagen de una España integrista a costa de negar la aportación a nuestra secular historia colectiva de las comunidades musulmanas o judías a las que la cultura hispánica tanto debe, así como  la de quienes hoy en día tampoco aceptan los valores positivos derivados de la inmigración y de la riqueza y diversidad que aporta a nuestra sociedad, cada vez más multicultural y multiétnica. Consecuentemente, resultan rechazables las evocaciones nostálgicas a Covadonga, a la Reconquista o a Lepanto, aireadas altaneramente por las derechas, evocaciones fuera de lugar en el marco del necesario patriotismo constitucional y democrático de tradición republicana que precisa nuestra sociedad.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 12 abril 2019)

 

VERDAD Y MEMORIA FRENTE A VISCERALIDAD

VERDAD Y MEMORIA FRENTE A VISCERALIDAD

 

     En los momentos actuales, ante la irrupción en el panorama político de peligrosos populismos derechistas de corte autoritario, cuando no abiertamente fascistas que apelan a las pasiones y a la visceralidad en sus mensajes políticos, resulta más necesario que nunca que los sectores progresistas reafirmen su defensa de los valores de la memoria democrática que, a fecha de hoy, sigue siendo una deuda pendiente para la sociedad española.

    Estamos en unos momentos de especial intensidad política, con un denso calendario electoral en el horizonte inmediato y ante el cual resulta vital hacer frente una creciente ola de involución derechista, como está dejando patente el caso de Vox, que se ha ido rearmando ideológicamente en diversas fuentes doctrinales tales como un autoritarismo de raíces (mal disimuladas) franquistas y también, no lo olvidemos, a través de un revisionismo histórico carente de metodología y objetividad, con el cual pretende inculcar su peculiar, parcial e interesada visión del mundo.

   No es ajena a esta ofensiva neoconservadora la aparición de una tendenciosa reinterpretación de la historia reciente, una descarada tergiversación de la realidad histórica con una carga ideológica profundamente conservadora, por no decir reaccionaria, puesta al servicio, como siempre, de los intereses materiales e ideológicos de los poderosos. Los ejemplos son abundantes: desde el revisionismo histórico enarbolado en su día por historiadores como Luis Suarez, Ricardo de la Cierva o César Vidal, hasta el más recientemente caso de Stanley G. Payne con su última obra titulada La revolución española 1936-1939. Estudio sobre la singularidad de la guerra civil (2019), donde hace una muy cuestionable interpretación de los hechos ocurridos en aquellos años trágicos de nuestra historia reciente, comenzando por negar la condición de golpe de Estado a la rebelión facciosa del 18 de julio de 1936. Y qué decir de otros aprendices de historiador como el polémico Pío Moa o el de Fernando Paz, defensor del negacionismo ante la tragedia del Holocausto, algo que en otros países como Alemania sería un delito, ejemplo último de ese tropel de escritores y polemistas que, como diría el prestigioso politólogo e historiador Alberto Reig Tapia, se dedican a hacer lo que él denomina una “historietografía” de indudable aroma reaccionario.

     En este sentido, la ofensiva de los activistas del revisionismo histórico transciende del ámbito histórico para ir calando en el campo de la clase política conservadora española como es el caso de Pablo Casado cuando desdeña la voluntad del Gobierno de exhumar al general Franco del Valle de los Caídos, o las desafortunadas y ofensivas declaraciones de la senadora del PP Esther Muñoz al criticar el que el Gobierno dedicase fondos para “desenterrar unos huesos”, en alusión a las víctimas del franquismo que yacen, todavía, en las fosas de la infamia, lo cual retrata el interés que suscita en gran parte de la derecha española la cuestión de la memoria democrática. Ante actitudes como las de Casado o Muñoz, me viene a la memoria aquella afirmación de Manuel Azaña que decía que en España arraigaban con mayor fuerza las estupideces que las acacias.

    La carga ideológica que conferimos a las palabras puede, pues, articular el diálogo y la convivencia entre modelos políticos y sociales distintos, pero, cuando se llenan de tendenciosidad y engaño, se convierten en barreras infranqueables, en simas profundas que alejan a las personas, los territorios y los modelos de convivencia social. Por ello es tan importante mantener una actitud abierta, honesta, dialogante y objetiva a la hora de analizar nuestra historia y la necesidad de extraer lecciones positivas que nos sirvan, a todos, para cimentar una sociedad basada en el diálogo cívico, el respeto a la diversidad y no en odios atávicos o en mentiras y falsedades interesadas, especialmente en temas tan sensibles como es el caso de la memoria democrática, una cuestión que, a fecha de hoy, todavía no ha aceptado plenamente la derecha política española y que, por ello, sigue estando bastante descentrada, más aún tras la irrupción y la competencia electoral de Vox, opción política cargada de mensajes reaccionarios y revisionistas desempolvados de un pasado que creíamos superado.

    Por todo ello, el debate profundo de ideas que debe caracterizar a toda sociedad democráticamente madura, no puede quedar desvirtuado por la utilización perversa del lenguaje y de la historia colectiva máxime cuando ello es alentado desde una pasional y demagógica visceralidad y, en consecuencia, hacerle frente supone todo un reto para historiadores, políticos y, desde luego, para el conjunto de todos nosotros, los ciudadanos de esta nuestra España plural.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 26 marzo 2019)

 

 

 

 

 

 

EL ORIGEN DEL 8 DE MARZO

EL ORIGEN DEL 8 DE MARZO

 

    El 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer, se ha convertido en una profunda reivindicación y defensa de los derechos de la mujer en sentido amplio, a la importancia de la misma en la sociedad actual y, en consecuencia, en la lucha contra el machismo y el patriarcado que lastra su plena igualdad de oportunidades, contra la violencia de género, contra las trabas que limitan su acceso al mercado laboral, la indigna brecha salarial existente entre ambos sexos, banderas éstas enarboladas por el movimiento feminista, más importantes hoy, si cabe, ante el actual auge de los movimientos ultraderechistas emergentes.

    Haciendo un poco de historia, el “8 de Marzo” tiene su origen en el seno del movimiento obrero internacional, en relación con varios acontecimientos históricos que conviene recordar. Este es el caso de la marcha de trabajadoras textiles de Nueva York de 1857 en protesta por sus míseras condiciones laborales y, sobre todo, la huelga de las costureras de la Cotton Textile Factory, también de Nueva Cork, del año 1908. Este hecho movilizó a las obreras en demanda de mejoras salariales tales como la reducción de la jornada laboral (entonces era de 12 horas) y por la derogación del trabajo infantil en la industria textil. La huelga tuvo un trágico final puesto que la fábrica fue incendiada por sus propietarios con las obreras en su interior lo cual ocasionó la trágica muerte de 129 de ellas.

    Tras la tragedia de la factoría Cotton y la famosa huelga textil de las 13 semanas en las fábricas neoyorquinas, el entonces pujante Partido Socialista de América, el SPA, decidió celebrar el 28 de febrero de 1909 el “Día de la Mujer”, en el que, junto a demandas específicamente laborales, las socialistas norteamericanas reivindicaban el derecho de sufragio femenino, el cual no se lograría en los EE.UU. hasta 1920.

    El movimiento obrero internacional fue asumiendo las demandas del proletariado femenino y, de este modo, Clara Zetkin, líder del Movimiento Alemán de Mujeres Socialistas, propuso la necesidad de recordar las demandas de las mujeres trabajadoras en una fecha concreta. Así se acordó en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas celebrada en Copenhague en 1910. De este modo, a partir de 1911, empezaron a tener lugar celebraciones promovidas por diversos partidos socialistas en EE.UU., Austria, Alemania, Dinamarca y Suecia, aunque con fechas variables en cada uno de ellos. No fue hasta 1914 cuando, a propuesta de las socialistas alemanas del SPD, se celebró el primer “8 de Marzo” como fecha dedicada internacionalmente a la mujer trabajadora, la cual se consolidó de forma definitiva tras el triunfo de la revolución rusa de 1917.

     En la actualidad, el “8 de Marzo” sirve, también, además de su carácter obrero, para reflexionar sobre las condiciones vitales y laborales de la mujer en nuestra sociedad. Ciertamente, mucho se ha avanzado desde los acontecimientos históricos relatados que dieron origen al “8 de Marzo” y a las reivindicaciones que a ella se asocian. No obstante, estos avances solo se constatan en el mundo desarrollado y, aún allí, tienen sus luces y sus sombras. Recordemos que, en España, lamentablemente, no existe una equiparación de las condiciones salariales entre hombres y mujeres ya que éstas reciben salarios un 25 % inferiores a los de sus compañeros varones por el desarrollo de tareas idénticas. Las carencias en el ámbito fiscal y educativo son obvias: escasas prestaciones y desgravaciones por hijo para las madres trabajadoras en relación con otros países de la Unión Europea, carencias en terrenos tan sensibles como la educación y la formación cultural que permitan erradicar definitivamente los hábitos de discriminación, marginación y violencia de género, etc. Todos estos aspectos se agravan especialmente en el caso de la población femenina inmigrante que convive con nosotros, la cual sufre una doble discriminación laboral debida a su condición de inmigrante y de mujer. Todavía más grave resulta la situación de las mujeres trabajadoras en los países del Tercer Mundo, sometidas a una explotación en algunos casos equiparable al trabajo esclavo… en pleno s. XXI.

     Por todo ello, al igual que demandaban las obreras textiles americanas en 1857, en 1908, o actualmente en cualquier lugar del mundo globalizado, todavía queda mucho por hacer con las diversas discriminaciones padecidas por las mujeres. Ello nos exige a todos, un compromiso individual, colectivo y también institucional, para que la globalización galopante no suponga la perpetuación de la desigualdad en el mundo desarrollado y mucho menos la explotación laboral en el Tercer Mundo, pues ambas son contrarias tanto a la dignidad y derechos de la mujer como a los fundamentos de una sociedad democrática y progresista.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 8 marzo 2019)

 

UN MAR DE BRAMIDOS Y CRISPACIÓN

UN  MAR DE BRAMIDOS Y CRISPACIÓN

 

     En pleno fragor pre-electoral, en estos días en que se recuerda el 80º aniversario de la triste muerte en el exilio de Antonio Machado, nos viene a la memoria aquellos versos del poeta cuando en su célebre «Retrato», aludía a “distinguir me paro las voces de los ecos”. Y es que estamos asistiendo a una agitada ola de bramidos, de visceralidad e insultos que nada construyen, que resquebrajan la convivencia y que ahogan las voces que consideramos necesario el saludable debate libre de ideas y alternativas políticas. Pero, recordando el verso machadiano, priman los ecos de una crispación que, por desgracia, va en aumento y de ello tienen una seria responsabilidad determinados políticos. Ahí tenemos, por ejemplo, el agrio lenguaje y las expresiones despectivas de que hace gala Pablo Casado que, tras su sempiterna sonrisa, siempre tiene en sus labios palabras para el insulto fácil y la descalificación permanente, un lenguaje y actitudes de una ínfima calidad intelectual y política, impropia del líder de un partido tan importante para la democracia española como es el Partido Popular. Y qué decir de la volatilidad ideológica de un Albert Rivera y de C’s, o de los anacronismos reaccionarios de Vox,  que pretende hacer retroceder el reloj de la historia a tiempos pasados (y peores), pues ambos partidos se han sumado con renovados bríos a esta permanente tormenta de bramidos y crispación que tenemos que soportar la ciudadanía.

    La triple alianza de las derechas está utilizando, y previsiblemente lo seguirá haciendo durante todos estos meses jalonados de citas electorales, su más potente artillería verbal no sólo para atacar a la figura de Pedro Sánchez y la gestión del gobierno del PSOE surgido tras la moción de censura del pasado 1 de junio de 2018, sino, por extensión, para destruir o cuando menos limitar, los avances logrados en estos últimos años en materias tan sensibles como las libertades, las políticas sociales y laborales o del desarrollo del Estado Autonómico. La coartada perfecta para esta seria amenaza involucionista, de estas políticas propias de unas derechas sin complejos, se la ha dado el conflicto de Cataluña. Tan espinosa cuestión, azuzada de forma deliberada tanto por los sectores secesionistas catalanes como por el españolismo más centralista, ha dinamitado demasiados puentes de diálogo y convivencia y que tanto va a costar reconstruir.

     Asistimos a un mapa político en el cual una derecha, cada vez más descentrada, ha tocado arrebato a tambor batiente y con las banderas desplegadas, para imponer su concepto de España, ese que tiene perfiles tan rígidos e intolerantes y que por ello no resulta aceptable para amplios sectores de la ciudadanía pues esa imagen, también “en blanco y negro”, sigue siendo incapaz de reconocer y aceptar plenamente la diversidad y la realidad plurinacional de esta “nación de naciones” que es España. Esta involución, que está incluso pidiendo la supresión de las autonomías como hace Vox o la recentralización de algunas competentes transferidas como sugiere el PP, parece retrotraernos a los tiempos de la Transición, cuando la entonces Alianza Popular votó en el Congreso de los Diputados en contra del Título VIII del proyecto constitucional referente a la regulación autonómica del Estado.

    Aunque en su día José María Aznar afirmó, para congraciarse el apoyo parlamentario de las derechas catalanas de Jordi Pujol, que “hablaba catalán en la intimidad”, hay que recordar que uno de los elementos del subconsciente colectivo del pensamiento de la derecha españolista ha sido, y los hechos lo demuestran, su anticatalanismo: así ocurrió durante los debates y aprobación del Estatuto de Cataluña de 1932, la presentación del recurso de inconstitucionalidad contra la reforma del Estatut de 2006 o la torpe gestión del proceso soberanista iniciado a partir de 2012 por parte del Gobierno Rajoy. Mientras el anticatalanismo le siga reportando votos a las derechas en otras comunidades autónomas de la España interior, seguirán agitándolo con la misma ansia y afán con que creen poder acabar con el procés mediante medidas represivas o con la aplicación del artículo 155 de forma permanente como ha prometido Pablo Casado, soluciones que resultan inútiles para resolver el desgarro político y emocional de Cataluña con el resto de España.

   Si algo está claro es que el problema territorial de España sigue pendiente de solucionarse, aunque se cubran plazas y balcones de banderas bicolores o de esteladas. Los problemas políticos requieren de soluciones políticas valientes. Hoy por hoy, tras el intento fracasado de Pedro Sánchez, no parece haberlos ni en el campo del independentismo catalán ni mucho menos en la envalentonada triple alianza de las derechas, lo cual es una desgracia para nuestra democracia.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 24 febrero 2019)