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NOSTALGIAS CLERICALES

Todavía no se han apagado en Zaragoza los ecos de la polémica ciudadana por el hecho de que, a iniciativa del alcalde Belloch, se haya dedicado una calle a San Josemaría Escrivá de Balaguer, inmerecido honor para con el fundador del Opus Dei. Ciertamente, el santo aragonés fue, a lo largo de toda su vida, un ejemplo de actitudes religiosas retrógradas además de sectarias y, también, defensor de un posicionamiento servil para con la dictadura franquista, razón por la cual, la decisión de Belloch sólo sirve para alentar, además de un rechazo cívico, el que, en contraste, se produzca una nueva ola de añoranzas clericales por parte de los sectores más rancios de la derecha política y religiosa.
Mientras el alcalde socialista Belloch ha honrado desmedidamente a Escrivá de Balaguer, a quien Franco le concedió el título nobiliario de “Marqués de Peralta”, la periodista Pilar Urbano, destacada figura del Opus Dei, “acusó” al Presidente Zapatero de ser “masón”, al igual que, en fechas recientes, lo han hecho diversos medios de comunicación de la derecha clerical con Francisco Caamaño, el nuevo ministro de Justicia: para la “caverna” reaccionaria, el ser masón sigue utilizándose como un insulto hiriente y es que, como señalaba Enric Sopena, la masonería “es un filón inacabable para la demagogia conservadora”. En cambio, en una sociedad democrática, este hecho responde a la libertad individual de cada ciudadano y, por ello, respetable y ajena a toda polémica o acusación peyorativa.
La caverna clerical, en su abierta ofensiva contra el Gobierno Socialista de Zapatero, ha empleado todo tipo de metralla y munición, como la campaña contra la legislación sobre el aborto, los matrimonios homosexuales o contra la asignatura de Educación para la Ciudadanía, lo cual es un caso único en la Europa Occidental dado que la Iglesia ha lanzado una auténtica “cruzada” contra esta asignatura que educa en valores cívicos y democráticos. Habría que recordar que esta actitud es bien distinta a la que mantuvo en su día la jerarquía eclesiástica con la nefasta Formación del Espíritu Nacional (FEN) de la dictadura, una asignatura obligatoria al servicio del adoctrinamiento franquista y que el régimen liberticida nos impuso a varias generaciones de españoles.
Las nostalgias clericales no entienden los valores del Estado laico y, por ello, interfieren en el normal y libre desarrollo de la vida pública con harta frecuencia. Por ello, no es cierto que la libertad religiosa se halle amenazada por lo que el cardenal Bertone llamaba “predominio cultural del agnosticismo y del relativismo” y, bien al contrario, se percibe un cierto frenazo por parte del Gobierno a las medidas de impulso del Estado laico como lo serían la aprobación de un Estatuto de Laicidad que supondría, entre otras cosas, la desaparición de los símbolos religiosos en las instituciones y edificios públicos y la ausencia de ritos católicos en los actos oficiales y en los funerales de Estado.
Pero en España, pese al buen trato que, en todo momento ha recibido la Iglesia por parte del poder civil, la jerarquía eclesiástica mantiene una permanente actitud de frontal hostilidad hacia el Gobierno Socialista: ahí están los exabruptos de la Cadena COPE como flagrante evidencia. Con esta actitud, la jerarquía parece añorar pasados tiempos, épocas de preeminencia y poder, tiempos del nacional-catolicismo, aquellos tiempos en que, como ocurrió en diciembre de 1957, esta derecha de sotana y sacristía, quiso, incluso, honrar al general Franco haciéndolo cardenal de la Iglesia Católica. Y, sin embargo, pese a quien pese, la sociedad civil considera que ha llegado el momento de revisar las exenciones fiscales concedidas a la Iglesia en los acuerdos firmados por España con la Santa Sede sobre asuntos económicos de 3 de enero de 1979 y, también, la Ley Orgánica 7/1980, de Libertad Religiosa; que hay que avanzar en las investigaciones biomédicas y que, los matrimonios homosexuales, tienen plena legitimidad en la sociedad civil.
Lejos, muy lejos quedan los tiempos en que un clericalismo asfixiante era el vigilante severo de las vidas y conciencias de los españoles. Hay que recordar el riguroso control que de la moral, tanto individual como social, se abrogaba el clericalismo militante, fiel servidor de la dictadura: ahí están las atribuciones sobre la censura de obras de creación literaria, teatral y cinematográfica por parte de la Iglesia. A modo de ejemplo, resulta curiosa la amonestación episcopal de Fray León Villuendas, obispo de Teruel, quien en 1948 condenó en los más duros términos la proyección de la película “Gilda”, un melodrama pasional protagonizada por Glenn Ford y Rita Hayworth, y en la que la actriz, de origen hispano-judío (su verdadero nombre era Margarita Carmen Cansino), enfundada en un vestido de satén negro y, en actitud insinuante, se quitaba un guante mientras cantaba “Put the Blame On Mame”, escena de una mítica sensualidad que ha pasado a la historia del cine. El texto del obispo Villuendas, publicado en el diario Lucha el 15 de mayo de 1948, decía así:
“Enterados con profundo dolor de nuestra alma de que próximamente se intenta proyectar en nuestra ciudad la película “Gilda”, GRAVEMENTE ESCANDALOSA [sic], en cumplimiento de uno de nuestros más sagrados deberes del oficio pastoral, y como ya lo han hecho muchos de nuestros Venerables Hermanos del Episcopado Español, prohibimos la dicha película cinematográfica “Gilda”, y amonestamos, amadísimos hijos, haciendo saber a los empresarios que no pueden exhibir esta película, y a los fieles que no podrán presenciarla sin GRAVAR SU CONCIENCIA CON PECADO MORTAL [sic].
De la docilidad y religiosidad de nuestros fieles diocesanos esperamos la más fiel obediencia, a esta NUESTRA AMONESTACIÓN EPISCOPAL [sic].
Teruel, 14 de mayo de 1948.
Fr. León, Obispo de Teruel”.
Ciertamente, aquellos eran otros tiempos, unos tiempos que añoran, todavía, quienes defienden las nostalgias clericales de un caduco nacional-catolicismo, el mismo que siempre defendió Escrivá de Balaguer, el mismo que parece mantener todavía firmes seguidores entre los sectores más inmovilistas de la Iglesia Católica en España.
José Ramón Villanueva Herrero
(Diario de Teruel, 14 junio 2009)
LA INVOLUCIÓN VATICANA: LA OFENSIVA

Las nostalgias clericales, o mejor dicho, la involución religiosa propiciada por los teólogos conservadores (los “teocon”), parecen avanzar con paso firme bajo el impulso de Benedicto XVI. Incapaz de asumir la realidad de un mundo complejo y secularizado, reacio a abrirse a la sociedad actual con un mensaje humilde y evangélico como en su día hizo Juan XXIII, el Papa Ratzinger se encierra tras los muros de un clericalismo cada vez más anacrónico y lleno de actitudes preconciliares. Es por ello que, como señalaba recientemente el teólogo progresista italiano Vito Mancuso, la jerarquía de la Iglesia es cada vez más “fría y rígida” ante las exigencias del mundo moderno. El último ejemplo de ello sería la reciente excomunión el pasado 5 de marzo de una madre católica brasileña y del personal médico, administrativo y de mantenimiento de un Hospital universitario por el hecho de haber llevado a cabo el aborto de una niña de 9 años embarazada de mellizos tras haber sido violada por su padrastro.
No es casualidad el que, con Benedicto XVI, los “teocon” cuestionen cada vez más abiertamente el espíritu de renovación surgido del Vaticano II y se hayan producido graves desencuentros no sólo con la sociedad civil, sino con las dos religiones monoteístas (Judaísmo e Islam) que, junto con el Cristianismo, proclaman la creencia en un sólo Dios creador y salvador del ser humano. Si desafortunadas fueron sus frases sobre la religión islámica en su discurso en la Universidad de Ratisbona el 12 de septiembre de 2006 que tanto indignaron al mundo musulmán, no menos preocupante ha sido la tormenta desencadenada en el seno de la Iglesia Católica al levantar Benedicto XVI el pasado 24 de enero la excomunión a cuatro obispos de la integrista y ultraconservadora Fraternidad San Pío X fundada por Marcel Lefébvre y que rompió su obediencia con Roma al negarse a reconocer la renovación que supuso el Concilio Vaticano II y por la defensa a ultranza de los integristas de la liturgia preconciliar en lengua latina. Este es el caso de los obispos lefebvristas Richard Williamson, Alfonso de Galarreta, Bernard Fella y Tissier de Mallarais, excomulgados todos ellos en 1988. De hecho, para algunos teólogos como es el caso de Hans Küng, este hecho resulta especialmente escandaloso puesto que ha tenido lugar coincidiendo con el 50º aniversario del anuncio por parte de Juan XXIII de la celebración del Concilio Vaticano II (enero de 1959) y, sin embargo, Benedicto XVI no ha aprovechado la ocasión para hacer ningún elogio de su antecesor, conocido como “el Papa bueno” y, en cambio ha elegido estas fechas para levantar la excomunión a personas que defienden posiciones contrarias al espíritu del Vaticano II.
Este hecho, ha supuesto una clara cesión ante los sectores más integristas del catolicismo y, su retorno al seno de la Iglesia, ha sido más polémico si cabe debido a que uno de estos obispos, Richard Williamson, dada su condición de “negacionista recalcitrante” de la inmensa tragedia que el Holocausto del pueblo judío (la Shoah) supuso, ha dado lugar a un clamor de indignación no sólo en la comunidad cristiana, sino, también, en el judaísmo internacional. La rehabilitación del integrista Williamson, que mantiene que en la Alemania nazi “no existieron cámaras de gas” y que durante la II Guerra Mundial no murieron 6 millones de judíos sino “tan sólo” 300.000 y “ninguno gaseado”, ha supuesto una auténtica bofetada en la cara del judaísmo. Por ello, el diálogo judeo-cristiano corre un serio riesgo de quedar interrumpido, sino destruido de forma irremediable, por la decisión de Benedicto XVI a favor de rehabilitar al polémico obispo lefebvrista. Consecuencia de ello, el pasado 28 de enero, el Rabinato de Israel rompió relaciones con el Vaticano.
Tal vez, Benedicto XVI, con sus desencuentros con musulmanes, judíos y con los sectores más progresistas del catolicismo (y no digamos con los reductos de la Teología de la Liberación), defienda la idea de una Iglesia entendida como “un pequeño rebaño”, que no le importe perder por el camino a muchos de sus fieles para convertirse en una Iglesia elitista, alejada de los pobres y de la realidad social, cercana a las posiciones e intereses del Opus Dei y de los sectores más conservadores (y cada vez más influyentes) de la jerarquía católica. Si alguna duda cabía, el rehabilitado obispo lefebvrista Bernard Tissier lo dejó claro al afirmar que los integristas que él representa, “no vamos a cambiar nuestras posiciones, sino a convertir a Roma a las nuestras”, ya que “hay que situar al Papa” en la “dirección correcta”, esto es, en posiciones dogmáticas y doctrinales preconciliares.
Hans Küng, el más prestigioso teólogo cristiano crítico con la involución vaticana, el mejor exponente del pensamiento más progresista del catolicismo, ante la creciente deriva eclesiástica de los “teocon”, frente a esta involución (¿irreversible?) del Vaticano, propone toda una serie de medidas valientes que Benedicto XVI debería de asumir e impulsar. Entre ellas, plantea que la jerarquía reconozca que la Iglesia “atraviesa una crisis profunda”; que se permita el acceso a los sacramentos de los divorciados; que se realicen las oportunas correcciones en la encíclica Humanae Vitae (1968) que condena todas las formas de contraconcepción; que el Papa Ratzinger, antiguo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (sucesor de la antigua Inquisición vaticana), rectifique su rígida teología,“que data del concilio de Nicea (en 325)”; que se suprima la ley del celibato para los sacerdotes, que se estudie un nuevo método para la elección de los obispos “en el cual el pueblo tendría una palabra que decir”, así como rehabilitar a los teólogos progresistas y críticos con la involución vaticana a los que se les ha prohibido dedicarse a la enseñanza y la publicación de sus escritos, entre los que figurarían Leonardo Boff, Jon Sobrino, Roger Haigh o el mismo Küng. También apunta Küng la posibilidad de convocar un nuevo Concilio, el Vaticano III, para tratar temas como el celibato eclesiástico, el tema de los métodos para el control de natalidad o una mayor democratización en el seno de la Iglesia. De no romper la dinámica involucionista, Hans Küng advertía en las páginas de Le Monde el pasado 25 de febrero que “la Iglesia corre el riesgo de convertirse en una secta” al alejarse cada vez más de la realidad social y de la esencia del mensaje evangélico. Por ello, de no reconducirse la involución vaticana, Küng, al igual que el también teólogo crítico Herman Häring, pedían la dimisión del Papa Benedicto XVI como un acto de servicio a la Iglesia. Así de contundente, así de claro.
José Ramón Villanueva Herrero
(La Comarca, 24 de marzo de 2009 , Diario de Teruel, 5 abril 2009)
LA CRISIS GLOBAL Y LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN
Días atrás, el teólogo progresista y exjesuíta José María Castillo publicaba un artículo en el cual, bajo el título de "La crisis: el silencio de la Iglesia", denunciaba lo que estaba siendo un clamoroso silencio de la jerarquía eclesiástica ante una cuestión que preocupa a tantas personas de tantos países cual es las consecuencias económicas y sociales de la crisis global que padecemos.
Si bien es cierto que el pasado día 3 de diciembre, Benedicto XVI, aprovechando una audiencia papal a los representantes de un banco italiano señaló que "uno de los objetivos primarios de los bancos es la solidaridad hacia las clases más débiles y el apoyo a la actividad productiva", lo cierto es que apenas ha habido posicionamientos claros de la jerarquía católica, que tan rotunda se manifiesta ante otros temas como el aborto, la eutanasia, el divorcio, la homosexualidad, los anticonceptivos o la asignatura de Educación para la Ciudadanía. De hecho, como señala Castillo, "la gente no tiene ni idea de lo que piensan los obispos" sobre la crisis del sistema financiero, la quiebra de los bancos, la subida de los precios, el paro, las hipotecas basura o la codicia desmedida que está en la raíz de la crisis, una crisis "tan profunda, tan oscura y tan grave", como la define Castillo.
Frente al conformismo de la jerarquía, incapaz de llevar a cabo "la misión profética que tiene que ejercer en defensa de los pobres y las personas peor tratadas por la vida y por los poderosos de este mundo", se halla la actitud de la Teología de la Liberación la cual mantiene una clara actitud de denuncia ante los responsables de esta "economía canalla" (como la definió Loretta Napoleoni) que está arruinando el mundo.
Una de estas voces proféticas y de denuncia es la del teólogo brasileño Leonardo Boff, el cual abandonó la Orden Franciscana en 1992 después de constantes enfrentamientos con el Vaticano y, especialmente con el entonces cardenal Ratzinger. En un brillante artículo titulado "Crisis de Humanidad", Boff nos ofrece unas reflexiones de interés. Comienza señalando que la crisis económico-financiera ("previsible e inevitable"), remite a una crisis más profunda, a una crisis de valores, "de humanidad". Su origen reciente lo sitúa en las políticas impulsadas por Margaret Tatcher y Ronald Reagan que supusieron una absoluta carencia de valores humanos en el proyecto neoliberal y en la economía (desbocada) de mercado que ellos impusieron. Acto seguido, Boff denuncia la codicia de "los gigantes de Wall Street" los cuales, sin regulación alguna, carecen de ética y manejan sin ningún escrúpulo informaciones anticipadas ("insider informations"), las manipulan, divulgan rumores en los mercados, los inducen a "falsas apuestas" obteniendo con todas estas maniobras especulativas grandes lucros, tal y como recientemente se ha puesto de manifiesto con la monumental estafa de Bernard Madoff. Consecuentemente, el reproche moral de Boff frente a las maniobras financieras de este neoliberalismo sin escrúpulos es obvio puesto que, como señala, la confianza y la verdad resultan "sacrificados sistemáticamente en función del beneficio de los especuladores". Se trata, pues, de un sistema económico-financiero que califica de "falso y perverso" y, por ello, tenía que derrumbarse un día u otro…y eso es lo que ha ocurrido. Un dato resulta revelador: mientras el capital financiero-especulativo de los EE.UU. en el último año se estima en 167 billones de dólares, el capital real generado en procesos productivos fue de tan sólo 48 billones de dólares.
La salida a la crisis tiene que basarse en los valores de la ética y la justicia. Es por ello que Boff critica el modelo americano que, hasta el presente, se ha limitado a "injertar mucho dinero en los ganadores para que la lógica continuase funcionando sin pagar nada por sus errores". Por el contrario, y a modo de aviso a navegantes, Boff opta claramente por el modelo europeo, un modelo basado en políticas socialdemócratas que han construido el llamado "Estado de Bienestar". Es precisamente por ello por lo que el papel del Estado, y no del mercado, debe ser determinante para hacer frente a la crisis. Así nos lo advierte Boff:
"los europeos, recordando los vestigios que han quedado del humanismo de las Luces, han tenido más sabiduría. Denunciaron la falsedad, pusieron en el campo del Estado como instancia salvadora y reguladora, y en general como actor económico directo en la construcción, en la infraestructura y en los campos sensibles de la economía. Ahora no se trata de reflotar el neoliberalismo sino de inaugurar otra arquitectura económica sobre bases no ficticias. Esto quiere decir que la economía debe ser un capítulo de la política (la tesis clásica de Marx), no al servicio de la especulación sino de la producción, y de la adecuada acumulación. Y la política deberá regirse por criterios éticos de transparencia, de equidad, de justa medida, de control democrático y dando especial cuidado a las condiciones ecológicas que permiten la continuidad del proyecto planetario humano".
Estas consideraciones de Boff, tan ciertas como contundentes, que, además de teólogo, ha estado implicado siempre en movimientos sociales como las Comunidades Eclesiales de Base (CEB) o el Movimiento de los Sin Tierra (MST) brasileño, son de absoluta actualidad. Estas ideas, aplicadas al caso de España me inducen a una reflexión: nuestra economía, definida constitucionalmente como "social y de mercado", en estos momentos en que el "mercado" y las reglas que lo condicionan se hallan cuestionadas, es cuando el adjetivo "social" debe ganar un protagonismo y un liderazgo político en aras a la defensa de los sectores más desfavorecidos de nuestra sociedad. Es ahora cuando el Estado, esto es, la política, debería redefinir un nuevo modelo económico que haga frente a la codicia de un mercado desregulado, responsable de conducirnos a una crisis global como la que estamos padeciendo. Para ello, es imprescindible reactivar la economía mediante el impulso del gasto público, la inversión en infraestructuras, en educación, en sanidad y en políticas sociales, aunque ello suponga un endeudamiento del Estado puesto que el mito del "déficit cero" en tiempos de crisis no sirve para reactivar la economía ni tampoco para paliar los efectos sociales que ha generado esta "economía canalla", esta crisis global. Ciertamente, estas propuestas van a suponer todo un reto para los partidos socialdemócratas y para los valores que ha defendido históricamente el socialismo democrático.
(Diario de Teruel, 21 diciembre 2008)
SOPLAN VIENTOS PRECONCILIARES EN LA IGLESIA

Durante el pontificado de Benedicto XVI estamos asistiendo, entre la perplejidad, el desconcierto y la decepción, a toda una serie de gestos simbólicos y posiciones doctrinales del Vaticano que parecen retrotraernos a tiempos pasados y que creíamos superados.
Sonados han sido algunos errores de Benedicto XVI que han tenido efectos muy negativos en las relaciones entre la Iglesia Católica, el Islam y el Judaísmo. Todavía resuenan en nuestros oídos las frases pronunciadas por Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona el pasado 12 de septiembre de 2006 en las que, mediante una desafortunada cita del emperador bizantino Manuel II, se atacaba al Islam acusando a sus enseñanzas de “perversas” y “violentas”. Este discurso tuvo consecuencias nefastas en el mundo musulmán: frenó el ecumenismo, crispó a los creyentes moderados y dio argumentos a los islamistas radicales para enarbolar con mayor fuerza su Jihad, su lucha contra el occidente cristiano y sus valores con los efectos de todos conocidos.
Un nuevo error de Benedicto XVI fue el polémico bautismo realizado el pasado Jueves Santo del periodista italiano de origen egipcio Magdi Allam (ahora llamado Magdi Cristiano) al que se le dio una difusión deliberada (en el Vaticano, ante las cámaras de TV) y no en privado y en su parroquia como parecía lógico. Este hecho reavivó la tensión con el mundo musulmán, máxime cuando Magdi Cristiano hizo declaraciones hirientes tales como que “la raíz del mal está escrita en un Islam que es fisiológicamente violento e históricamente conflictivo” y que todo el mundo entendió que eran avaladas tácitamente por Benedicto XVI.
En esta misma línea, no ha sido un error menor el cometido con el Judaísmo al recuperar Benedicto XVI la anacrónica oración (en latín) conocida como “Plegaria por los judíos”, y que se rezaba antiguamente el día de Viernes Santo. Esta oración, abandonada por la Iglesia tras el Vaticano II (1962-1965) está llena de menciones peyorativas para los judíos a los que se califica de “pérfidos” y “pueblo obcecado” cuya “ceguera” por no reconocer a Cristo como Mesías, les hace permanecer en las “tinieblas”. De este modo, Benedicto XVI hacía una concesión a los sectores más ultracatólicos de la Iglesia, a los mismos que en su día se separaron de Roma siguiendo al obispo cismático Marcel Lefebvre y que ahora, agrupados en la Sociedad San Pío X, han retornado a la obediencia vaticana.
Las claves de todos estos hechos, de estos vientos preconciliares que soplan en las más altas jerarquía de la Iglesia, ya los apuntaba con acierto el teólogo progresista aragonés Benjamín Forcano en un esclarecedor artículo titulado “¿Retorno al preconcilio?. Claves de la restauración en la Iglesia Católica”, que tuvo una amplia difusión en América Latina durante el pasado año. Forcano nos recuerda el papel que en esta involución ha desempeñado Benedicto XVI, antiguo Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, encargado de ser el guardián de la ortodoxia católica. Ejemplo de ello serían el que el actual Papa haya autorizado la vuelta a la misa en latín según el ritual tridentino preconciliar para congraciarse a los sectores más tradicionalistas, diversos documentos doctrinales que dificultan el diálogo ecuménico y, lo que es todavía más grave, cuestionar el valor y los resultados del Concilio Vaticano II.
En la concepción teológica de Benedicto XVI subyace la idea de que el Vaticano II fue un hecho desfavorable, en algunos aspectos, una equivocación, que no aportó nada nuevo y que se apartó de la tradición multisecular de la Iglesia. Esta visión dogmática y conservadora cuestiona todo el espíritu renovador del cristianismo surgido del Vaticano II: esto es lo que explica las acciones de Benedicto XVI para recuperar la ortodoxia dogmática, que han conducido a graves errores con otras confesiones religiosas como es el caso del Islam y del Judaísmo. De hecho, Benjamín Forcano se pregunta con inquietud: “Hacia dónde va la Iglesia de Benedicto XVI?”: la respuesta es preocupante puesto que intuye que la deriva hacia posiciones preconciliares resulta evidente ya que el Vaticano está ofreciendo un trato de favor a los sectores eclesiales más neoconservadores, a la vez que se ha puesto en entredicho el diálogo ecuménico y, por si fuera poco, se ha cuestionado desde posiciones confesionales la legítima autonomía de la cultura y la ciencia.
Forcano es rotundo al afirmar que, bajo el pontificado de Benedicto XVI se está asentando un “modelo de Iglesia absolutista, no democrática, con un poder clerical escalonado pero total y omnipresente en la sociedad, acostumbrada a detentar el monopolio cultural, religioso y moral, por encima del poder civil y político”. De este modelo “dogmático y arrogante” de la Iglesia oficial, algo sabemos en España, no sólo por nuestra pasada historia, sino también por la hostilidad visceral de la jerarquía católica y sus medios de comunicación para con el Gobierno legítimo y la legislación emanada del Parlamento durante la pasada legislatura.
Ante esta Iglesia de aires preconciliares, ante la desafección que genera esta Iglesia jerárquica, resulta cada vez más comprensible la tendencia de muchos fieles a considerarse “cristianos sin Iglesia” dado que ésta se ha alejado cada vez más de las personas, de sus problemas y de la realidad social, de una Iglesia que ha preferido el poder (y los poderosos) y que no nos convence a muchos de los que seguimos creyendo en el mensaje liberador de Jesús de Nazaret.
José Ramón Villanueva Herrero
(Diario de Teruel, 22 abril 2008)