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EL VIRUS TRUMPISTA

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     Los recientes sucesos ocurridos en Washington donde un tropel de simpatizantes con las ideas supremacistas y fascistoides, las mismas que tanto ha alentado sin ningún rubor Donald Trump, asaltaron el capitolio, la sede de la democracia norteamericana, son la prueba patente de la deriva reaccionaria en la que se ha sumido buena parte de la sociedad de aquel país.

    Primo Levi decía que “cada época tiene su fascismo” y es lo que ahora está ocurriendo con el trumpismo. De esta deriva antidemocrática ya nos advirtió Madeleine Albright en su libro Fascismo. Una advertencia (2018) y, en el capítulo titulado “Una doctrina de ira y de miedo”, analizaba con preocupación el riesgo cierto que supone el auge y expansión del fascismo en el mundo en estos últimos años, incluidos los Estados Unidos. Es por ello que nos advierte, tal y como señala la asociación Freedom House que, en la actualidad, “la democracia está asediada y en franco retroceso” en muchos países. Tan contundente afirmación le hace preguntarse “¿por qué en pleno siglo XXI volvemos a hablar de fascismo?”, y su respuesta es igual de contundente: “Lo diré sin tapujos: una de las razones en Donald Trump”, dado que sus actos y declaraciones están “tan en desacuerdo con los ideales democráticos”, y es que, como la actuación durante su mandato presidencial ha demostrado que no ha concedido ninguna importancia, “a la cooperación internacional ni a los valores democráticos” y a ello hay que sumar que Trump ha propiciado un aliento inesperado para las diversas derechas autoritarias, para los fascismos  que emergen en diversos países y que, como una enredadera rebelde, están trepando social y electoralmente.

    Trump ha convertido el desaliento, el temor y los efectos negativos causados por la globalización sobre amplios sectores de la sociedad norteamericana, en un arma de destrucción masiva dirigida contra los pilares de la democracia, utilizando, además, las redes sociales de una forma totalmente demagógica, convertidas éstas, de la mano del trumpismo, en cajas de resonancia a “teorías conspiratorias, a relatos falsos y a visiones ignorantes sobre la religión o la raza”. Así las cosas, la desinformación de noticias falsas, al igual que los twitter de Trump, han contribuido a debilitar la democracia “mediante falacias que llegan por oleadas y azotan nuestros sentidos del mismo modo que las olas marinas se abaten sobre la playa”: baste recordar la sarta de teorías conspirativas y negacionistas sobre la actual pandemia o el empecinamiento de Trump en negarse a reconocer su derrota electoral en la misma medida que cuestionaba la validez del escrutinio de los comicios que lo han desalojado del poder o sus delirantes elucubraciones sobre los supuestos planes “¡comunistas!” que atribuye al presidente electo Joe Biden.

    En este contexto, ya en el 2017, el Índice de Democracia elaborado por el diario The Economist, mostraba “cierto deterioro en la salud democrática de sesenta países” tras evaluar una serie de criterios tales como: el respeto a las garantías procesales, la libertad religiosa y el espacio concedido a la sociedad civil. Y en aquel momento, cuando Trump apenas llevaba un año como inquilino de la Casa Blanca, es cuando ya Albright alertaba de que los EE.UU. no eran una “democracia plena”, sino una “democracia imperfecta” zarandeada por el trumpismo. Por aquel entonces, los estudios de opinión señalaban que cada vez había mayor interés en las sociedades occidentales y, desde luego en la norteamericana, por lo que se calificaba como “alternativas potenciales”, como el hecho de que una de cada cuatro personas tenía “una buena opinión de un sistema en el que un dirigente puede gobernar sin interferencias del parlamento ni los tribunales” o lo que es todavía peor, el que uno de cada cinco ciudadanos “se declara atraído por la idea de un gobierno militar”.

    Hay que evitar que, tras la infección del virus trumpista, se abra la puerta hacia la escalofriante profecía de Oswald Spengler que ya se cumplió en la negra época de los fascismos del s. XX, según la cual “la era del individualismo, el liberalismo y la democracia, del humanitarismo y la libertad está llegando a su fin. Las masas aceptarán con resignación la victoria de los césares, de los hombres fuertes, y los obedecerán”. Y es que, en diversos movimientos de la ultraderecha emergente alentados por el trumpismo, incluido el caso de Vox en España, como señalaba Robert Paxton en su libro Anatomía del fascismo (2005), “se percibe el eco de temas fascistas clásicos” tales como “el miedo a la decadencia y a la descomposición de la identidad nacional y cultural”, el temor a lo que consideran la “amenaza” de los “extranjeros no asimilables” para la nación y para el “buen orden social”, así como la demanda de una mayor autoridad para “resolver” todos estos problemas, todo lo cual hace que en estos partidos, al igual que ocurre con el trumpismo, se perciba lo que el citado Paxton definía como “el penetrante hedor del fascismo”.

    Este es el sustrato ideológico en el que asentó su nefasta presidencia Donald Trump, un demagogo cuyos análisis y actuación política los ha calificado Albright como “preñados de irritación y de tonterías sin sentido, y en sus argumentaciones trata de explotar las inseguridades y de suscitar indignación”. A modo de balance, Albright define  a Trump de forma contundente como “el primer presidente antiamericano que tiene Estados Unidos en su historia moderna” dado que, desde el inicio de su mandato “ha hecho gala de su desdén por las instituciones democráticas, por las ideas de igualdad y de justicia social, por las virtudes cívicas, por el debate con la ciudadanía y, en definitiva, por el país en general”, razón por la cual, añade, “si estuviera en una nación con pocas garantías democráticas, sería un dictador, que es justamente lo que por instinto él desea ser”.

    El próximo 20 de enero se va Trump de la Casa Blanca, pero mucho me temo que continuará su fatal legado por mucho tiempo dado que el trumpismo ha fracturado a la sociedad y la convivencia en los EE.UU. y ese desgarro ha socavado los cimientos de la democracia, un desgarro y unas heridas que serán difíciles de sanar. Y es que, ciertamente, el virus trumpista ha infectado la democracia norteamericana… y alguna más, también.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en El Periódico de Aragón, 16 enero 2021)

 

 

 

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