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Kiryat Hadassa: el blog de José Ramón Villanueva Herrero

EN MEMORIA DE ERNESTO "CHE" GUEVARA

EN MEMORIA DE ERNESTO "CHE" GUEVARA

 

      La figura del Ernesto “Che”  Guevara (1928-1967) despierta pasiones (a favor o en contra) pero, sin duda, es un símbolo universal de la lucha contra la injusticia social y del idealismo revolucionario. El recuerdo de su participación en la revolución cubana desde que ingresase en 1955 en el Movimiento “26 de Julio”  liderado por Fidel Castro, sus combates en Sierra Maestra, su época como ministro de Industria en la Cuba castrista, su aspiración a expandir la lucha contra el imperialismo y las dictadures militares que atenazaban a América Latina, su papel como impulsor de las guerrillas de izquierdas en Guatemala, Nicaragua, Perú, Colombia, Venezuela y, sobre todo en su Argentina natal y en Bolivia, han concedido al Che la aureola de héroe.

     A una vida intensa, le sucedió una muerte heroica: su lucha en Bolivia contra la dictadura de René Barrientos, el combate de la Quebrada del Yuro y su posterior asesinato un 9 de octubre de 1967, con la colaboración de la CIA, en la escuela de la aldea de La Higuera forman parte, ya para siempre, de la épica revolucionaria. Todavía recuerdo cuando años atrás, un joven boliviano, un indio aymara, me hablaba con auténtica veneración de los últimos instantes de la vida del Che, transmitidos de boca en boca por los habitantes de su aldea, de cómo recordaban a aquel joven idealista argentino-cubano que encontró la muerte en tierras bolivianas luchando contra la dictadura de Barrientos a la cual, sucedieron infinidad de regímenes militares. Uno de ellos, el del general Hugo Bánzer, expoliador de las comunidades indígenas, años más tarde maquillado como ”demócrata”, se presentó a las elecciones presidenciales y, tal y como señalaba el joven aymara, comprando cada voto... por una barra de pan.

     Ahora, cuando se cumplen 55 años de su asesinato, me gustaría aludir a cómo también el Che es reivindicado, no sólo desde el ámbito político, sino también desde diversos sectores cristianos progresistas, como es el caso de Frei Betto, dominico brasileño y una de las principales voces de la teología de la liberación en América Latina, con una importante actividad política a sus espaldas (torturado y encarcelado por la dictadura militar brasileña por su colaboración con la organización guerrillera Acción Libertadora Nacional). Frei Betto plasma su compromiso social como cristiano en hechos : impulsor del Proyecto Hambre Cero, asesor de movimientos sociales como las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra por todo lo cual fue asesor especial de Lula cuando éste fue Presidente de Brasil durante los años 2003-2010.

    Frei Betto dedicó un emotivo artículo a la figura del Che Guevara en el cual nos recordaba que sus enemigos no consiguieron matarlo puesto que ”hoy está más vivo que en sus cuatro décadas de existencia real” (cuando fue asesinado, tenía 39 años). De hecho, excepción hecha de Mao o Fidel, son raros los casos de revolucionarios que envejecen, ya que ”muchos derramaron temprano su sangre para contribuir al proyecto de un mundo en libertad, justicia y paz”  como el mismo Jesús de Nazaret, que lo hizo a los 33 años, o los casos de los revolucionarios americanos Sandino y Farabundo Martí (38), Zapata (39) o José Martí (42).

     Por ello, frente a quienes quisieron condenar al Che al olvido, entre ellos, el actual Ayuntamiento de Zaragoza, éste resurge  pues, como señalaba  Frei Betto, el Che es un símbolo para quienes ”quieren enfatizar que la utopía permanece viva”. Consecuentemente, el dominico brasileño analiza el legado actual del Che, el cual ”nos exige mantener el corazón y los ojos vueltos hacia la preocupante situación  de nuestro planeta, donde impera la hegemonía del neoliberalismo” al cual hay que combatir, al igual que a las nefastas consecuencias que genera: individualismo frente al espíritu comunitario, competitividad frente a solidaridad, o ambición desmedida en lugar de un compromiso firme contra la erradicación de la miseria. Frei Betto es contundente al afirmar que ante  los que tanto hablan del fracaso cierto del llamado ”socialismo real” en el Este de Europa, nunca aluden al ”fracaso inevitable del capitalismo para los dos tercios de la humanidad”, para los millones de personas que malviven por debajo del umbral de la pobreza. Ante un mundo tan complejo, injusto y contradictorio, Frei Betto plantea, como forma de recordar al Che, que ”el mejor regalo sería ver a las nuevas generaciones creyendo y luchando por otro mundo posible, donde la solidaridad sea hábito, no virtud ; la práctica de la justicia, una exigencia ética ; el socialismo el nombre político del amor”.

     Esto es lo que, desde el retrato que le hizo Alberto Korda y que inmortalizó para siempre su rostro rebelde, parece pedirnos a todos la apasionada e intensa mirada de aquel joven revolucionario llamado Ernesto ”Che” Guevara.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en : El Periódico de Aragón, 10 octubre 2022)

 

LA GUERRA QUE NOS CAMBIÓ

LA GUERRA QUE NOS CAMBIÓ

 

     Resulta indudable que, tras el estallido de la guerra de Ucrania aquel fatídico día 24 de febrero, como consecuencia de la brutal agresión de Rusia alentada por los delirios expansionistas de Vladimir Putin, ya nada es igual en el panorama político internacional, con consecuencias imprevisibles sobre la economía y la geopolítico mundial, y también en nuestra actitud ciudadana ante el conflicto.

     Emocionalmente, resulta lógica la solidaridad con la parte agredida (Ucrania) y el rechazo hacia la parte agresora (Rusia), así como la solidaridad con el pueblo ucraniano y el rechazo hacia la implacable capacidad destructiva y la brutalidad de las tropas invasoras enviadas por Moscú y que ha quedado patente en actuaciones criminales como las ocurridas en Bucha o en Izium.

    Esta lucha desigual no sólo se libra en los frentes de combate, sino también en la pugna entre la información veraz de las causas y desarrollo de la contienda frente a la desinformación intencionada con fines propagandísticos. En este sentido, Putin, empecinado en negar el derecho de Ucrania a ser un país independiente y democrático, ha trufado sus alegatos de mentiras flagrantes como que las tropas pretenden “desnazificar” la Ucrania de Volodomir Zelenski, el cual, por cierto, es judío, o que su “operación militar especial” era un ataque preventivo ante una supuesta y, absolutamente irreal, agresión que programaba la OTAN contra Rusia.

   Es evidente que los rusos, recordando la fácil anexión de Crimea en 2014, subestimaron la capacidad de resistencia ucraniana, la valentía y el coraje de un pueblo que lucha por su independencia y libertad, la firmeza de su presidente Zelenski y ello demuestra  que, al tomar la decisión de atacar a Ucrania, Putin vivía fuera de la realidad, pues Ucrania no es Afganistán, donde la catastrófica retirada occidental se produjo en gran medida por la ausencia de las autoridades de Kabul y la nula voluntad de lucha del ejército afgano.

    Considero que la UE ha tenido una implicación correcta en un conflicto, en una guerra en la cual el agredido, Ucrania, merece ser apoyado. No sería comprensible ni aceptable repetir lo ocurrido en el caso de la Guerra de España de 1936-1939 en la cual el gobierno legítimo de la Segunda República quedó abandonado por parte de las democracias occidentales con la actuación hipócrita del Comité de No Intervención frente a la brutal agresión de que estaba siendo objeto, no sólo por parte de los rebeldes franquistas, sino también por el decisivo apoyo que le brindaron la Alemania nazi y la Italia fascista.

    Es probable que esta guerra la gane Putin dada la abismal diferencia de medios militares con que cuenta frente a los que, pese al apoyo occidental, dispone Ucrania. No obstante, también parece obvio que el futuro viable para Ucrania debe pasar porque el país tenga un status de nación neutral y, sin duda, esta es la mejor opción para garantizar su existencia frente a las ambiciones anexionistas rusas, pese a las previsibles pérdidas territoriales que el desenlace del conflicto le suponga. Pero, como señalaba el historiador Niall Ferguson, es muy complicado saber cuáles serán estas pérdidas territoriales, pues no se conoce hasta dónde llegarán los rusos con su aplastante superioridad. Lo que sí está claro es que el objetivo de Putin es el de hacerse con todo el territorio ucraniano posible hasta que las sanciones internacionales hagan mella sensible en la economía rusa (y en los bolsillos de los oligarcas que, hoy por hoy, apoyan al régimen autocrático de Putin). Y, en este sentido, resulta difícil dibujar un escenario futuro de paz en la región.

    Dicho esto, hay que olvidar de forma definitiva cualquier propósito de integrar a Ucrania en la OTAN, idea sólo serviría de coartada justificativa por parte de Putin para atacar a Ucrania, incrementando el terremoto geopolítico causado por dicho conflicto en el continente europeo.

   Tras el final de la guerra, según Niall Ferguson, se configurará un Nuevo Orden Mundial ya que estamos en plena Segunda Guerra Fría, tal y como ya lo calificó años atrás el presidente chino Xi Jinping y, desde el punto de vista geopolítico, se conecta con otros escenarios de la anterior Guerra Fría, la que concluyó en 1991, como lo son el Oriente Medio y el Lejano Oriente, convertido este último en el principal foco de confrontación entre EE.UU. y China. De este modo, junto al realineamiento de Suecia y Finlandia en las filas de la OTAN, en esta ocasión habrá que estar muy pendiente de los pasos que lleve a cabo Pekín en el mapa geoestratégico mundial, en el cual es muy probable que el gigante asiático se convierta en su principal actor y Rusia pase a ser su socio menor. Y, así las cosas, el emergente poder de China planteará, más pronto que tarde, el espinoso tema de la anexión de Taiwan. Y, cuando esta situación se produzca, Pekín contará con el respaldo de Rusia, cobrándose de este modo su apoyo tácito a Moscú en la actual guerra de Ucrania. Veremos.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 28 septiembre 2022)

 

 

 

FRACTURAS DEMOCRÁTICAS

FRACTURAS DEMOCRÁTICAS

 

    Los politólogos de la Universidad de Harvad Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, preocupados por la deriva de Estados Unidos tras la llegada al poder de Donald Trump en 2016, han estudiado en profundidad los fallos de los sistemas democráticos, especialmente en dos períodos concretos : “la muy sombría Europa de la década de 1930”, período que coincide con el auge de los fascismos, así como en la represiva Latinoamérica de la década de 1970”. Fruto de este análisis fue el libro Cómo mueren las democracias (2018), esclarecedor análisis de los procesos de involución antidemocrática a los cuales estamos asistiendo en estos  años en diversos países.

     De entrada, dichos autores nos advierten que, frente a aquellas pasadas épocas de golpes de Estado y de dictaduras flagrantes (y sangrantes), en la actualidad existe otra manera de hacer quebrar una democracia, un medio menos dramático pero igual de destructivo. Las democracias pueden fracasar a manos no ya de generales sublevados, sino de líderes electos, de presidentes o primeros ministros, que subvierten el proceso mismo que los condujo al poder [...] las democracias se erosionan lentamente, en pasos apenas apreciables”. Y es cierto, puesto que desde el final de la Guerra Fría,  estas quiebras democráticas no las han provocado militares, sino los propios gobiernos electos, y ponen ejemplos : Venezuela, Georgia, Hungría, Nicaragüa, Perú, Filipinas, Polonia, Rusia, Sri Lanka o Turquía, razón por la cual Levitsky y Ziblatt son contundentes al afirmar que en la actualidad, el retroceso democrático empieza en las urnas”,  tal y como queda patente en lo ocurrido en los países citados.

    Por ello, hay que estar alerta ante determinadas medidas gubernamentales que subvierten la democracia, a pesar de su imagen de  legalidad”  ya que son aprobadas por el poder legislativo y se venden como formas de  mejorar la democracia alegando que, con ello se combate la corrupción o se pretende sanear el proceso electoral. Y esto ocurre en una aparente normalidad democrática” dado que estas medidas se publican en la prensa (aunque ésta se halle sobornada o al servicio del poder) y la ciudadanía sigue teniendo la sensación de que vive en democracia. Por esto último, advierten de que la paradoja trágica de la senda electoral hacia el autoritarismo” es que los asesinos de la democracia, para liqudarla,  lo hacen de una manera gradual y sutil. En ello siguen el ejemplo de Mussolini que, con su habitual bravuconería verbal, decía que, para acumular poder, que es el primer paso para la fascistización de una sociedad, “lo mejor es hacerlo como quien despluma un pollo, pluma por pluma, de manera que cada uno de los graznidos se perciba aislado respecto de los demás y el proceso entero sea tan silencioso como sea posible”.

    Este proceso de involución, en ocasiones imperceptible, tiene fases que pasan desde el intento de controlar los tribunales de justicia, a la compra o descrédito de sus adversarios políticos, hasta llegar a cambiar las reglas del juego político para que los autócratas puedan afianzarse (y perpetuarse) en el poder, para lo cual no dudan en reformar la Constitución o cambiar el sistema electoral tal y como han hecho, entre otros, Vladimir Putin en Rusia o Viktor Orbán en Hungría.

    Así las cosas, una de las grandes ironías de por qué mueren las democracias es que la defensa en sí misma de la democracia suele esgrimirse por los potenciales autócratas como pretexto para subvertirla. Y, para ello, se escudan en contextos de crisis económica, desastres naturales o amenazas a la seguridad, ya que, como señalan dichos autores, la combinación de un autócrata en potencia y una grave crisis puede, por ende, ser letal para la democracia”  dado que una crisis representa  una oportunidad de empezar a desmantelar los mecanismos de control incómodos y, en ocasiones, amenazantes inherentes a la política democrática”.

     Para evitar esta amenaza, existen dos normas básicas no escritas que garantizan el control y el equilibrio de los sistemas democráticos : en primer lugar, la tolerancia mutua, esto es, el acuerdo de los partidos rivales a aceptarse como adversarios legítimos” evitando estériles enfentamientos  sectarios y, en segundo lugar, la contención”, entendiendo por tal la idea de que los políticos deber moderarse a la hora de su labor institucional para que el ensañamiento y el enfrentamiento visceral no socave los cimientos de la democracia de la cual deben ser garantes.

   A modo de conclusión, Levitsky y Ziblatt lanzan una advertencia : Aislar a los extremistas populistas exige valentía. Pero cuando el temor, el oportunismo ó un error de cálculo conducen a los partidos establecidos a incorporar a extremistas en el sistema general, la democracia se pone en peligro”. Una advertencia de la cual deberían tomar buena nota en el Partido Popular cuando lleva a cabo connivencias y ententes políticos con el extremismo reaccionario de Vox como forma de alcanzar el poder, pues ello, ciertamente,  puede fracturar nuestra democracia.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en : El Periódico de Aragón, 6 septiembre 2022)

 

TOTALITARIOS

TOTALITARIOS

 

    Fue la filósofa Hannah Arendt quien estudió en profundidad el problema del mal que, en el ámbito político asociaba al concepto de “totalitarismo”, término bajo el cual unió el análisis del nazismo y del estalinismo soviético, sobre todo en los rasgos psicológicos y morales que a ambos les son comunes tales como el dominio y el terror que ejercen sobre los ciudadanos. Su libro El origen del totalitarismo (1951) es revelador en este sentido.

    Pese al antagonismo ideológico entre el nazismo y el estalinismo, ambos regímenes totalitarios coinciden, como recordaba Mónica Marcela Guatibonza, en pretender la absoluta obediencia y adoctrinamiento de la ciudadanía, y son el resultado de la deshumanización representada por la ausencia de pensamiento crítico y reflexión. Por su parte, el historiador Tony Judt abunda en esta misma idea al señalar que, pese a sus diferencias, tanto Hitler como Stalin “hablaban el mismo lenguaje, el de la violencia”, razón por la cual “despreciaban los ideales jeffersianos del gobierno popular, el debate razonado, la libertad de expresión, el sistema judicial independiente y las elecciones libres” dado que ambos “aplastaban a sus enemigos sin piedad”.

   En este contexto, Hannah Arendt acuñó el concepto de “banalidad del mal”, entendiendo por tal cuando la persona pierde toda capacidad de pensar y reflexionar sobre los actos a los que se enfrenta, cuando los seres humanos aceptan de forma irreflexiva cualquier criterio, por inhumano que éste sea. Ahí está el ejemplo de la obediencia ciega exigida tanto por el nazismo como por el estalinismo y que condujo a las páginas más trágicas de nuestra historia reciente: el Holocausto (en hebreo, “Shoah”) y las purgas y gulags estalinistas.

    Hannah Arendt introdujo también el concepto de “mal radical”, lo cual supone la perversidad en su máxima expresión, un horror indecible que no puede ser perdonado, y que ella personalizaba en la figura de Adolf Eichmann, el criminal nazi que fue uno de los principales organizadores de la Solución Final que supuso el asesinato de 6 millones de judíos durante la II Guerra Mundial y que Arendt definió, obviando a Hitler y a Stalin, como “el criminal más grande del siglo XX”. Pese a ello, no lo veía como un monstruo o un demonio, sino, y es ahí lo preocupante, como un simple burócrata del régimen nazi que cometió actos objetivamente monstruosos sin motivaciones malignas específicas y lo que es peor, sin sentir ningún remordimiento por ello, tal y como quedó patente tras su captura, juicio, condena y ejecución por parte del Estado de Israel, proceso que Arendt recogió en su obra Eichmann en Jerusalem (1963).  La idea central que destaca  Arendt en este libro es la absoluta “incapacidad de Eichmann para acercarse a una conciencia moral reflexiva” por su participación en la Shoah y que llevó a la muerte de millones de hombres, mujeres y niños, su apariencia “normal” durante el juicio, sin ningún tipo de sentimiento de culpa o responsabilidad moral, al igual que ocurrió, por otra parte, con buena parte de la población alemana, que optó por seguir al partido nazi aceptando sus crímenes, ignorando el genocidio que se estaba cometiendo en aras a delirantes e inhumanas teorías que exaltaban la superioridad racial aria.

    El proceso Eichmann, además de su función pedagógica para alertar a las jóvenes generaciones sobre las fatales consecuencias del totalitarismo nazi, sirvió para que Hannah Arendt plantease cuestiones fundamentales sobre la memoria y la justicia en el mundo de la posguerra.

    Ante todo, y así lo refleja Arendt en sus escritos, resulta clave la necesidad de que la ciudadanía tenga, tengamos, una cultura crítica que nos permita desarrollar una acción política responsable como antídoto contra cualquier tipo de totalitarismo. Y en este sentido es fundamental el papel de los sistemas educativos para formar ciudadanos libres, conscientes y con sentido crítico que los inmunice ante el virus del totalitarismo en sus distintas versiones, el mismo que está rebrotando en nuestro civilizado Occidente de la mano de los neofascismos, al igual que ocurre en el mundo musulmán con el fundamentalismo islamista radical o en las dictaduras de distinto signo existentes en diversos países, incluida la de la todopoderosa China.

    A modo de conclusión, Tony Judt nos recordaba que “vivimos en una crisis política cuya magnitud aún no conocemos completamente y debemos actuar (con ideas y con actos) para minimizar el riesgo de repetir las experiencias del pasado”, esto es, las ocurridas, y sufridas durante el pasado y convulso siglo XX como consecuencia de las derivas políticas totalitarias.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 2 agosto 2022)

 

 

 

 

QUÉ FUE DEL PACIFISMO ISRAELÍ

QUÉ FUE DEL PACIFISMO ISRAELÍ

 

     En el año 2018, Meir Margalit, destacado miembro del Center for Advancement of Peace Iniciative, señalaba con pesar que el pacifismo israelí, del cual él es un activo miembro, estaba “desarticulado”, lo cual atribuía a la convergencia de tres factores: las políticas llevadas a cabo por el binomio Netanyahu-Trump, la impotencia europea y la falta de un liderazgo en la izquierda europea para desatascar las enquistadas y agónicas negociaciones de paz entre Israel y la Autoridad Palestina. A ello habría que añadir el debilitamiento del llamado “Campo de la Paz” israelí, lo cual ha trastocado profundamente el tablero político del Estado hebreo dada la creciente debilidad de los partidos de izquierda, tanto en el caso del laborista Avodá, como del pacifista Meretz y, por otra parte, el auge, peligroso y alarmante, de un nacionalismo fundamentalista religioso judío, profundamente racista e intolerante, que puede llegar a dinamitar la existencia misma de Israel como estado democrático.

     En este sentido, hemos de recordar que el Partido Laborista (Avodá) se halla en declive desde 1993, año de la firma de los Acuerdos de Oslo y del posterior e histórico apretón de manos entre Yitzhak Rabin y Yassir Arafat. Las causas hay que buscarlas, como señalaba Ignacio Álvarez-Ossorio, además de en una evidente crisis de liderazgo, en su falta de definición ante las negociaciones de paz, el apoyo a las políticas derechistas del Likud,  así como su distanciamiento de los postulados socialistas y de su abandono de la agenda social, todo lo cual ha hecho que Avodá haya pasado de los 44 diputados que obtuvo en 1992 bajo el liderazgo de Rabin a tan sólo 7 en las últimas elecciones parlamentarias celebradas en marzo de 2021.

     Tampoco es mejor la situación del partido Meretz, que, si en 1992 tenía 12 escaños cuando estaba liderado por Shulamit Aloni, en la actualidad Nitzan Horowitz ha frenado su declive logrando 6 diputados en el Knesset en los citados comicios del año pasado, y ello pese a ser un firme defensor del establecimiento de un Estado Palestino y de haberse opuesto siempre a la construcción de asentamientos ilegales en Cisjordania. Finalmente, también el otrora pujante movimiento Paz Ahora (Shalom Ajshav) parece hallarse ahora en horas bajas y en declive. Un dato resulta especialmente revelador: según el Israel Democracy Institute, en la actualidad, tan sólo un 7% de los israelíes consideran prioritarias las negociaciones de paz con los palestinos.

    Así las cosas, en los últimos años, el balance de Margalit deja un sombrío panorama para lograr una solución justa al sempiterno conflicto palestino-israelí, por lo que reconocía que “estamos pasando por una de las épocas más turbulentas” de la historia de Israel, debido a “una conjunción de factores estratégicos”: además de que las políticas de Netanyahu y Trump han dado un golpe mortal a las esperanzas de paz en Oriente Medio,  la escalada islamista que azota a los países limítrofes y el que la Unión Europea haya desplazado el tema palestino a un segundo plano. Si a todo ello agregamos la impotencia europea, la falta de liderazgo alternativo en la llamada “izquierda israelí” y la debilidad palestina, producto del conflicto interno entre Fatah y Hamas, podemos entender el motivo por el cual el pacifismo israelí está tan desarticulado.

     Pese a tan sombrío panorama, tras 50 años de activismo pacifista israelí, según Margalit perviven algunos efectos que tampoco conviene minusvalorar, En primer lugar, el evitar que la ocupación se haya convertido en un hecho consumado, a pesar de los esfuerzos de la derecha israelí “por borrar la Línea Verde”, esto es, la frontera existente en 1967. Ello supone que sigue viva la idea de que los territorios conquistados durante la Guerra de los Seis Días no pertenecen a Israel y que, tarde o temprano, habrá que negociar su devolución definitiva. En consecuencia, el análisis de Margalit, plenamente vigente en el contexto actual, reconoce que, desde la perspectiva de la izquierda pacifista israelí, “estamos pasando tiempos difíciles, pero no cabe duda que lo superaremos porque la situación actual es insostenible y la liberación del pueblo palestino es inevitable”.

   Por todo ello, el pacifismo israelí debe articular su acción en socavar los fundamentos del sistema que mantiene la ocupación ilegal de territorios palestinos, así como seguir demostrando que la ocupación atenta contra los fundamentos e intereses de un Israel democrático. Y, por todo ello, concluye Margalit que, la función del debilitado, pero todavía vivo pacifismo israelí debe ser “demostrar que la teoría derechista está basada en una premisa falsa, que por la fuerza no se puede vivir en paz y nuestra función es rebelar esta contradicción interna. Nuestra función es romper este círculo vicioso y estéril de las políticas nacionalistas, destrozar la dialéctica perversa del nacionalismo”. Este es el primer paso para abrir el camino hacia el logro de una paz justa.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 17 julio 2022)

 

 

 

LA MEMORIA DEL 3 DE JULIO EN TERUEL

 

      Durante el verano de 1874, en plena III Guerra Carlista, los partidarios de Carlos VII controlaban la práctica totalidad de las tierras turolenses y solamente resistían su embate los fortificados enclaves liberal-republicanos de Teruel y Alcañiz. Así las cosas, en la noche del 3 de julio, los carlistas intentaron conquistar la ciudad de Teruel, en un asalto muy similar al de la “Cincomarzada” zaragozana de 1838.

     El ataque, iniciado en la zona de la Lombardera y del Arrabal, fue repelido por la Milicia Nacional, al mando de Víctor Pruneda, comandante de la misma y dirigente histórico del republicanismo federal turolense. Pese a ello, los atacantes, en connivencia con algunos carlistas locales, lograron penetrar en el interior del recinto defensivo por el área del corral de Roquillo, de donde fueron desalojados después de 6 horas de combates. Mientras esto ocurría, los carlistas lanzaron otro ataque por la Cuesta de la Jardinera, llegando a colocar escalas sobre la muralla, siendo repelidos por un nutrido fuego de fusilería. Al amanecer, convencidos los atacantes de la imposibilidad de apoderarse de la ciudad, se retiraron no sin antes saquear e incendiar el Arrabal.

    Al mes siguiente, el 4 de agosto de 1874, los carlistas, esta vez al mando del infante Alfonso-Carlos de Borbón-Parma (hermano del pretendiente Carlos VII), intentaron de nuevo conquistar Teruel: la determinación de los defensores, nuevamente comandados por Pruneda, repelió el ataque evitando que la reacción carlista se adueñase de la capital.

     Estas dos fechas memorables, el “3 de julio” y el “4 de agosto”, le valieron a Teruel la concesión de los títulos de “Heroica” y “Siempre Heroica” que hoy ostenta. Además, en memoria de los turolenses caídos en su defensa, unas lápidas recordaban sus nombres en el Ayuntamiento y, en 1895, se erigió en la Plaza de la Libertad, hoy de Fray Anselmo Polanco, el Monumento a los Mártires de la Libertad de Teruel.

    Ambos sucesos pasaron a ser conmemorados anualmente como fiestas cívico-políticas. La celebración se iniciaba a primeras horas de la madrugada con el repique del “campanico del Ángel”, posteriormente un pasacalle-retreta amenizaba al vecindario. El acto central era la “procesión cívica” que, partiendo de la Plaza de la Libertad y a los sones del Himno de Riego, realizaba sendas ofrendas florales en el Corral de Roquillo y en el Monumento a los Mártires de la Libertad. Además, al ser ambas fechas festivas en Teruel, se cerraba el comercio, se engalanaban los balcones, las banderas ondeaba a media asta y, por la tarde, los turolenses salían a merendar a las riberas del Turia, había corrida de toros y una verbena popular en la Glorieta.

   Por todo lo dicho, estas fiestas tenían un profundo significado político, pues simbolizaban la defensa de la libertad contra todo tipo de reacción e intolerancia, lo que explica el entusiasmo con que las celebraban los progresistas turolenses, mayoritariamente republicanos. Por el contrario, como consecuencia de la Guerra de España de 1936-1939 y la posterior dictadura franquista, se prohibió su celebración: la última vez que tuvo lugar fue el 3 de julio de 1936 en un ambiente político muy tenso, y ya durante la contienda, fueron los requetés carlistas quienes demolieron el venerado Monumento a los Mártires de la Libertad.

     Tras la normalización democrática, mientras Zaragoza recuperaba su fiesta de la Cincomarzada, nada se hizo en Teruel para reivindicar, tras años de dictadura y olvido, una de las páginas más memorables de su historia local. La ciudad de Teruel, conocida universalmente por el arte mudéjar o los Amantes, también debería ser identificada como “la ciudad de la Libertad”, la que en 1484 rechazó la implantación de la Inquisición, la que durante todo el s. XIX fue vanguardia de la democracia republicana española, la que en 1874 repelió con valentía a la reacción carlista. Por ello, junto a la recuperación del sentido cívico de estas fechas, casi olvidadas, algún folleto didáctico, alguna mención en los libros de texto, debería de hacerse de esta página de la historia turolense. De igual modo, recordando que el Monumento a los Mártires de la Libertad fue demolido por las fuerzas de la reacción, no estaría de más que algún símbolo recordase su existencia en la antigua Plaza de la Libertad. Sería un hecho de justicia.

    En la actualidad, al evocar la memoria de estos hechos, no olvidamos que son otros los combates que hay que librar para asegurar el futuro y el progreso de Teruel, los mismos que laten con fuerza en la conciencia cívica y en los movimientos ciudadanos que luchan con tenacidad y convicción para que Teruel siga existiendo y tenga un futuro digno.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 5 de julio de 2022)

NICOLÁS REDONDO

NICOLÁS REDONDO

 

     Siempre he considerado a Nicolás Redondo Urbieta, quien fuera secretario general de UGT entre 1973-1994, como un ejemplo de ética, coherencia y compromiso sindical. Es por ello que, ahora, cuando el 16 de junio, cumple sus 95 años, he releído de nuevo el libro escrito por Antonio García Santesmases titulado Nicolás Redondo. Historia, memoria y futuro (1927-2007). Esta obra, que editó la Fundación Francisco Largo Caballero con motivo del 80º cumpleaños del histórico sindicalista, supone un homenaje a Redondo, a quien Cándido Méndez, su sucesor al frente de la UGT, define como una persona “de impecable rectitud, austero, íntegro, firme, coherente en sus convicciones”.

     El libro recoge, a modo de relato biográfico, las conversaciones mantenidas entre García Santesmases y Redondo en torno a cinco etapas de su trayectoria vital. De este modo, se habla sucesivamente de aquel “niño de la guerra”, hijo de los vencidos (su padre, también socialista, sufrió varias condenas por el franquismo); de su condición de socialista vasco; de su labor como reconstructor de la UGT durante la dictadura. Especial interés tiene el capítulo 4º, titulado “Líder de la movilización obrera”, en que se analizan los años del Gobierno de Felipe González, aquellos duros y dolorosos años en que se produjo el desgarro entre el PSOE y la UGT, la ruptura de la familia socialista, enfrentamiento que culminó con la histórica huelga general del 14 de diciembre de 1988. La última parte de la obra alude a la actividad desarrollada por Redondo tras su salida de la secretaría general de la UGT (abril 1994) en la que, como ciudadano comprometido, y pleno de inquietudes, se ha dedicado a analizar el pensamiento socialista, a la relectura continua y actualizada de Prieto y Largo Caballero, y a activo papel en los movimientos cívicos contra ETA y favor de la libertad y la democracia en el País Vasco, compromiso que le obligó a vivir con escolta.

    Son especialmente interesantes las reflexiones de Redondo en torno a la vigencia del pensamiento socialista clásico, sin renuncias, sin adulteraciones neoliberales. Se opone así al sutil calado de las peligrosas ideas social-liberales que priman el mercado sobre el Estado, lo privado sobre lo público, o la empresa sobre el sindicato y los trabajadores. Es por ello que Redondo pretende espolear a la izquierda política para que recupere sus señas de identidad ante la ofensiva de la globalización neoliberal. En este contexto, las ideas de Redondo suponen una reivindicación de la socialdemocracia frente a cualquier pragmatismo o desviación social-liberal. Por ello, es necesario, nos recuerda Redondo, retomar los valores esenciales de la socialdemocracia cuales son: cuestionar el sentido de la propiedad, del modelo de producción y la función del Estado. Hay que priorizar los intereses sociales sobre los económicos y los de los trabajadores sobre las empresas: en definitiva, la defensa permanente de lo sectores más débiles de nuestra sociedad, sin olvidar a la población inmigrante. Redondo es rotundo en este aspecto y por ello reivindica todos los puntos esenciales de la política socialdemócrata, una política que, para lograr la justicia social, debe ser verdaderamente redistributiva. En materia económica debe priorizar el pleno empleo de  calidad, con derechos y respetuoso con el medio ambiente; debería haberse mantenido un sector público empresarial estratégico, hoy lamentablemente desmantelado en España; incentivar una inversión pública adecuada, así como una política fiscal progresista basada en la imposición directa, no en la indirecta y, desde luego, contraria a la reducción de impuestos, lo cual está generando en la actualidad lo que Redondo denominaba un “desarme fiscal generalizado”.

   Finalmente, otros puntos esenciales de la política socialdemócrata serían la existencia de una protección social avanzada que garantice un sistema público de pensiones suficiente, así como la cobertura para las personas dependientes, puntos éstos en los que el Gobierno Zapatero logró importantes avances. Finalmente, frente a las tentaciones privatizadoras y la presión de la derecha, la socialdemocracia debe mantener siempre un sistema educativo y una sanidad públicos, gratuitos y de calidad.

    Redondo, sensible a los cambios actuales, analiza también la globalización, a la cual considera como un hecho irreversible, pero a la cual hay que darle un sentido social para que se convierta en “un instrumento al servicio del bien público y del interés general de la Humanidad”. De este modo, el reto es convertir a la globalización liberal, la de los egoísmos financieros y empresariales, en una nueva globalización de la solidaridad y de la justicia social y, para ello, la socialdemocracia debe retomar sus principios internacionalistas.

   Esta es la tarea presente y futura de la socialdemocracia ya que, como afirma Redondo, “para cambiar el mundo es absolutamente necesario el socialismo” pues su tarea esencial sigue siendo loa defensa de los marginados, de los más pobres, de la clase trabajadora.

    Este libro nos presenta a un Nicolás Redondo coherente y lúcido que, a sus 95 años, mantiene sus convicciones con la misma constancia y tenacidad de siempre y, por ello, sigue siendo un referente válido para los sectores progresistas de nuestra sociedad.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 16 junio 2022)

AQUELLA MONARQUÍA FRANQUISTA

AQUELLA MONARQUÍA FRANQUISTA

 

1.- EL ORIGEN: LA LEY DE SUCESIÓN A LA JEFATURA DEL ESTADO (1947)

 

     El 7 de junio de 1947 las Cortes del régimen franquista aprobaron la Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado mediante la cual el dictador establecía que, España se convertía en reino y que, tras su mandato vitalicio, le sucedería un rey sometido a los principios y leyes fundamentales del régimen franquista.

     Previamente, dicha Ley, una vez aprobada por las Cortes de la dictadura, fue sometido a un referéndum el 6 de julio de 1947 y se desarrolló en un contexto desprovisto de garantías, en el cual fue acallada cualquier voz disidente frente a la campaña propagandística del “sí”, y se coaccionó a los votantes mediante la exigencia de certificados de voto a los trabajadores en empresas y el sellado de las cartillas de racionamiento. Como era previsible, el referéndum refrendó la Ley de Sucesión con unas cifras “oficiales” que pretendían demostrar el abrumador respaldo con que contaba el régimen, todo lo contrario, a la realidad y en un año en el cual la actividad de la guerrilla antifranquista, también en Aragón, resultó especialmente relevante. Pese a ello, los datos ofrecidos por el régimen fueron tan propagandísticos como triunfalistas y fueron los siguientes:

 

RESULTADOS REFERENDUM (6 julio 1947)[1]

ELECCIÓN

VOTOS

%

votantes registrados / participación

17.178.812

88,6 %

abstención

1.959.249

11,40 %

votos afirmativos

14.145.163

93,0 %

votos negativos

722.656

4,7 %

votos en blanco

351.744

2,3 %

total participación

15.219.563

100 %

 

     Como vemos, de un censo de 17.178.812, votaron 15.219.5636 españoles y, de ellos, 14.145.163 lo hicieron de forma afirmativa, lo cual suponía el 93% de los votos emitidos y en cambio, se contabilizaron 722.656 papeletas que rechazaron con su valiente “NO” su oposición a la Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado, mediante la cual se pretendía dar continuidad al régimen tras la desaparición física del general superlativo.

     Un breve repaso al contenido de esta Ley, publicada en el Boletín Oficial del Estado del 27 de julio de 1947, nos perfila las características de aquella monarquía franquista que se pretendía imponer por parte de la dictadura, al margen de la auténtica voluntad democrática de los españoles y que, lógicamente, estaría en vigor hasta que fue derogada por la Constitución de 1978. Veamos el contenido literal de algunos de sus artículos más esenciales:

Artículo 1º: “España, como unidad política, es un Estado católico, social y representativo, que, de acuerdo con su tradición, se declara constituido en Reino”.

     No obstante, hay que tener presente que el régimen no era partidario de restaurar la monarquía en la figura de su sucesor dinástico legítimo, esto es, entronizando a Don Juan de Borbón, el Conde de Barcelona, enfrentado al franquismo desde que éste, mediante el Manifiesto de Lausana de 15 de marzo de 1945 proclamase su voluntad de establecer en España una monarquía constitucional y de talante liberal, algo que resultaba, obviamente, inadmisible por el franquismo. Es por ello que se planteaba la restauración en un futuro de la monarquía en España, aunque, como se señalaba en artículos posteriores, se reconocía a Franco como Jefe de Estado vitalicio (o hasta su renuncia), teniendo éste la facultad de elegir sucesor, rey o regente, y establecer formalmente de nuevo el Reino de España. De hecho, años después, la Ley de Principios de Movimiento Nacional de 17 de mayo de 1958, hacía mención, en su Principio VII, a la recuperación de la monarquía como forma de gobierno al indicar que,

“su forma política [de España] es, dentro de los principios inmutables del Movimiento Nacional y de cuanto determinan la Ley de Sucesión y demás Leyes fundamentales, la Monarquía tradicional, católica, social y representativa”.

Artículo 2º: “La Jefatura del Estado corresponde al Caudillo de España y de la Cruzada, Generalísimo de los Ejércitos don Francisco Franco Bahamonde”.

     Como vemos, el régimen siempre consideró como base de su “legitimidad” su victoria por las armas frente a la legitimidad republicana durante la Guerra de España de 1936-1939.

Artículo 9º: “Para ejercer la Jefatura del Estado como Rey o como Regente se requerirá ser varón y español, haber cumplido la edad de treinta años, profesar la religión católica, poseer las cualidades necesarias para el desempeño de su alta misión y jurar las Leyes fundamentales, así como lealtad a los principios que informan el Movimiento Nacional”.

    Evidentemente, la elección del futuro rey, con los requisitos antes indicados, correspondía, exclusivamente, a la voluntad de Franco, como así fue.

 

2.- LA DESIGNACIÓN DEL PRINCIPE JUAN CARLOS DE BORBÓN.

 

    El general Franco mantuvo aquella monarquía sin rey hasta que, en 1969, 23 después de aprobada la Ley de Sucesión, designó a Juan Carlos de Borbón como sucesor en la Jefatura del Estado a título de Rey. Tal y como se recogía en la Ley 62/1969, de 22 de julio, por la que se provee lo concerniente a la sucesión en la Jefatura del Estado[2].

     La decisión de Franco, como señalaba Paul Preston, tenía por objeto por parte del dictador el establecimiento de una monarquía autoritaria tras su muerte, evitando los derechos dinásticos de Don Juan de Borbón, razón por la cual optó por el hijo de éste, por el príncipe Juan Carlos. Pero la decisión de Franco venía de lejos: recordemos que, en el año 1948, en una reunión celebrada entre Franco y Don Juan a bordo del yate Azor en la bahía de San Sebastián, tal y como señala Robert Álvarez, y “allí acordaron que Juan Carlos se educaría en España y recibiría formación militar en los tres Ejércitos”. A partir de este momento, el régimen fue formando al futro rey dentro de los principios de Movimiento Nacional y de la adhesión al dictador.

 

3.- LA VOTACIÓN.

 

     El 23 de julio de 1969, en una solemne sesión de las Cortes franquistas, el general propuso a los 519 procuradores que las componían, su intención de designar como sucesor al príncipe Juan Carlos de Borbón y Borbón, en aplicación de lo dispuesto en la Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado de 1947. Esta decisión del dictador suponía el descarte definitivo de las aspiraciones al trono de los demás candidatos que tenían pretensiones al mismo, como eran:

- Don Juan de Borbón Battenberg, conde de Barcelona y padre del príncipe Juan Carlos.

- Alfonso de Borbón Dampierre, próximo ideológica y familiarmente al régimen, dado que estaba casado con Carmen Martínez-Bordíu, nieta del dictador. También era el candidato al trono de Francia por la rama legitimista de los Anjou.

- Carlos Hugo de Borbón, candidato de la rama carlista renovada, con planteamientos socialistas y federalizantes.

    La decisión de Franco generó opiniones encontradas entre los procuradores que debían votarla en las Cortes del régimen. De este modo, los que representaban al sector falangista, siendo como eran seguidores del pensamiento de José Antonio Primo de Rivera, ideológicamente eran abiertamente antimonárquicos y defensores de una República sindical a la muerte de Franco, entre ellos, Jesús Suevos Fernández y el general Alfonso García Valdecasas (cofundador de Falange Española), votaron todos en bloque de forma afirmativa para evidenciar así su lealtad al “Caudillo”. También votaron a favor del designio del dictador otros destacados procuradores como Juan Antonio Samaranch, Gregorio Marañón o los periodistas del Jaime Campmany o Emilio Romero. Por el contrario, fueron precisamente los procuradores de filiación monárquica afines a Don Juan de Borbón los que votaron en contra, como así lo hicieron figuras del peso de Torcuato Luca de Tena, director del diario ABC, el general Rafael García Valiño y, también, Manuel Pizarro Indart[3], procurador por la provincia de Teruel, hijo del tristemente célebre general represor Manuel Pizarro Cenjor y padre del político Manuel Pizarro Moreno.

    Por todo lo dicho, el resultado final de la votación en Cortes fue el siguiente:

 

Votación en Cortes de Juan Carlos de Borbón

como sucesor de Franco a título de rey

23 julio 1969

Votos a favor

491

Votos en contra

19

Abstenciones

9

 

     Esta votación, como señala J.F. Lamata[4], esta votación supuso la derrota de las expectativas de los falangistas puros, que tuvieron que renunciar a su ensoñación de instaurar una República sindical de corte fascista, y, también, de los monárquicos juanistas, que defendían una monarquía parlamentaria según el modelo de los países nórdicos. En cambio, los vencedores, fueron los encuadrados en el emergente sector de los llamados “franquistas aperturistas” afines a posiciones demo-cristianas y a los liberales del Opus Dei.

     Por su parte, como sucedió en los días posteriores, toda la prensa tolerada por el régimen apoyó la designación de Franco nombrando su sucesor al príncipe Juan Carlos y, consiguientemente, se congratuló del resultado de la votación que así lo avalaba. Sólo hubo una excepción: la oposición pública manifestada por el diario ABC que siempre dejó claro su posición y apoyo a la figura y a los derechos dinásticos de Don Juan de Borbón.

 

4.- EL JURAMENTO.

 

    Así las cosas, el 23 de julio de 1969, el príncipe Juan Carlos, al aceptar la designación de sucesor a título de rey de la Jefatura del Estado, tuvo que jurar los principios del Movimiento Nacional. La anteriormente citada Ley 62/1969, en su Artículo segundo III, indicaba cómo debía de realizarse el juramento del sucesor, pleno de ideología reaccionaria y fascista, además de una descarada instrumentalización de la religión como elemento legitimador del régimen. Su lectura, es reveladora:

“La fórmula del juramento será la siguiente:

“En nombre de Dios y sobre los Santos Evangelios,

¿juráis lealtad a Su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y demás Leyes Fundamentales del Reino?

El designado sucesor responderá:

“Si, juro lealtad a Su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los principios del Movimiento Nacional, y demás Leyes Fundamentales del Reino”.

Y el Presidente de las Cortes contestará: “Si así lo hiciereis que Dios os lo premie y si no, os lo demande”.

   Y así lo hizo el príncipe Juan Carlos de Borbón cuando aquel 23 de julio de 1969 le tomó juramento Antonio Iturmendi Bañales, el entonces Presidente de las Cortes franquistas.

 

5.- EL DISCURSO.

 

   Tras el juramento, Juan Carlos de Borbón pronunció un discurso pleno de resonancias de adhesión y sintonía con el régimen, cuyo contenido es bueno recordar en detalle. En primer lugar, ratificó su juramento y su lealtad a Franco y a los Principios del Movimiento Nacional, señalado que era “plenamente conscientes de la responsabilidad que asumo”.

    Sus primeras palabras fueron para reconocer la “legitimidad” del régimen surgido del golpe de Estado del 18 de julio y de la victoria militar franquista en la Guerra de España de 1936-1939:

“Quiero expresar en primer lugar, que recibo de Su Excelencia el Jefe del Estado y Generalísimo Franco la legitimidad política surgida del 18 de julio de 1936, en medio de tantos sacrificios, de tantos sufrimientos tristes, pero necesarios, para que nuestra patria encauzase de nuevo su destino”.

    Seguidamente, el ya nominado como Su alteza Real D. Juan Carlos de Borbón, se deshizo en elogios a la llamada “Paz de Franco”, lograda tras la victoria cainita sobre la otra mitad de los españoles y regida férreamente por la dictadura. De este modo, tras aludir a que España, bajo el mando de Franco ha recorrido un “importantísimo camino” y a “los grandes progresos que en todos los órdenes se han realizado”, añade, todo un edulcorado servilismo hacia la figura del dictador, ya que,

“El haber encontrado el camino auténtico y el marcar la clara dirección de nuestro porvenir son la obra del hombre excepcional que España ha tenido la inmensa fortuna de que haya sido, y siga siendo por muchos años[5], el rector de nuestra política”.

    Dicho esto, y tras recordar  que él, tras ser designado como sucesor del dictador, estaba vinculado “por línea directa” con la Casa Real española, obviando de forma deliberada los derechos legítimos al trono que correspondían a Don Juan de Borbón, su padre, del cual estuvo por este motivo distanciado durante años, manifestó sus deseos de “servir a mi país” así como querer “para nuestro pueblo”, lograr “progreso, desarrollo, unidad, justicia, libertad y grandeza, y esto sólo es posible, si se mantiene la paz interior”.

    Por otro lado, el príncipe heredero apunta algunas ideas sobre su visión política, basada en la “concepción cristiana de la vida” y en “la dignidad de la persona humana como portadora de valores eternos”, expresión ésta última que suponía una innegable mención al pensamiento falangista de José Antonio Primo de Rivera y, por ello, puntal ideológico del régimen.

   También hallamos en el discurso una mención a su intento de estar cercano a la juventud, la cual, pese a su rebeldía “que a tantos preocupa”, debido a su militancia antifranquista en amplios sectores de la misma, y, advirtiendo de que, al margen de “sueños irrealizables”, que podemos imaginar cuáles eran, y el primero de ellos, el de acabar con la dictadura, no por ello deja de reconocer que esas nuevas generaciones de jóvenes españoles tienen “la noble aspiración de los mejor para el pueblo”, por lo que manifiesta tener confianza y fe  “en los destinos de nuestra patria”.

     No podía faltar en el discurso de un aspirante al trono de España una defensa de la monarquía como forma de gobierno que, según él, resultaba idónea dado que “puede y debe ser un instrumento eficaz como sistema político si sable mantener un justo y verdadero equilibrio de poderes y se arrraiga en la vida auténtica del pueblo español”. Recordando esta apología cerrada de la monarquía que en aquel lejano 23 de julio de 1969 hizo en entonces príncipe Juan Carlos, es bueno que éste la traicionó dos veces: la primera, ante la dictadura franquista, a la cual había jurado fidelidad tanto a Franco como a los Principios Fundamentales del régimen[6], y la segunda, una vez recuperada la legalidad democrática tras la aprobación de la Constitución de 1978, por sus constantes y sonados casos de falta de ética y ejemplaridad que exige la figura institucional del Rey de España y que, con sus actuaciones, tanto desacreditó, antes y después de su abdicación al trono en el año 2014.

     Otro elemento destacable es la legitimación que hace el príncipe Juan Carlos de las Cortes Orgánicas del franquismo ante las cuales había prestado juramento, las cuales se arrogaban la representatividad del pueblo español a pesar del nulo carácter democrático de las mismas y a las que, sin embargo define el heredero al trono como “representación de nuestro pueblo y herederas del mejor espíritu de participación popular en el Gobierno” y a la vez que señala su deseo de que “El juramento solemne ante vosotros de cumplir fielmente con mis deberes constitucionales [¡!] es cuanto puedo hacer en esta hora de la historia de España”.

    El discurso concluye con una exhortación directa del príncipe ante el anciano general al cual se dirige como “Mi General” y al cual le dice que se ha “comprometido a hacer del cumplimiento del deber una exigencia imperativa de conciencia” y, por ello, a pesar de los “grandes sacrificios” que ello le pueda suponer, señala que “Estoy seguro que mi pulso no temblará para hacer cuanto fuere preciso en defensa de los principios y Leyes que acabo de jurar”.

    La frase final del discurso alude a una petición “a Dios su ayuda”, y con convicción, añade, que “no dudo que Él nos la concederá si, como estoy seguro, con nuestra conducta y nuestro trabajo nos hacemos merecedores a ella”

 

6.- EPÍLOGO.

 

    El 20 de noviembre de 1975 moría el general Francisco Franco y, en aplicación de las disposiciones sucesorias, dos días después, el 22 de noviembre, fue proclamado por las Cortes franquistas Juan Carlos I como rey de España. A partir de este momento, se iniciaba el período de la Transición democrática que, tras la aprobación de la Ley 1/1977, de 4 de enero, para la reforma política, permitió la eliminación de las estructuras de la dictadura franquista desde el punto de vista jurídico, la disolución de las Cortes franquistas, y la convocatoria de elecciones democráticas. Este proceso de transición, con sus luces y sus sombras, culminó con la aprobación de la Constitución democrática de 1978.

   Aquella monarquía franquista, heredada de la dictadura, se reconvirtió, tras la aprobación por medio del referéndum constitucional del 6 de diciembre de 1978, en una monarquía democrática homologable con las existentes en otros países de nuestro entorno europeo. No obstante, como recordaba Eloy Fernández-Clemente, “la propia monarquía fue una herencia impuesta en un referéndum de nula validez pues fue imposible defender en público el no o la abstención”[7].

    Varias décadas después, tras sonados errores y delitos de Juan Carlos I, el monarca emérico, el futuro de la monarquía en España resulta tan incierto como cuestionado por buena parte de la ciudadanía. Consiguientemente, resulta cada vez más evidente que la calidad de la democracia en España requiere que la exigencia de un referéndum sobre la forma de Estado, la elección entre el mantenimiento del modelo monárquico constitucional, o de la alternativa republicana, resulta cada vez más evidente y necesario. El tiempo dirá si existe el suficiente coraje político en los partidos representativos para asumir ese reto, esa demanda ciudadana y, sin duda, muchos de nosotros, no dudaremos en votar por la opción de una República Federal, plenamente democrática y que reconozca la realidad plurinacional de España.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en; Nueva Tribuna, 15 junio 2022)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Fuente: NOBLEN, Dieter; STÖVER, Philip (2010). Elections in Europe: A Data Handbook. Baden-Baden: Nomos. p. 1823

[2] La Ley 62/1969, fue publicada en el Boletín Oficial del Estado nº 175, de 23 de julio de 1969.

[3] Digamos igualmente que, posteriormente, Manuel Pizarro Indart fue también Presidente de la Hermandad de la División Azul de Teruel.

[4] Vid.: https://lahemerotecadelbuitre.com/piezas/franco-designa-a-don-juan-carlos-de-borbon-como-sucesor-en-la-jefatura-del-estado-a-titulo-de-rey/#.Yj15YufMJnK

[5] Recordemos que, en este momento, Franco contaba ya con 77 años de edad.

[6] En este sentido, también cometió perjurio el mismo general Francisco Franco que, tras jurar lealtad a la República, se sublevó en armas contra ella y puso fin de forma sangrienta a la experiencia democrática que supuso la Segunda República española en la historia contemporánea de España.

[7] Vid. FERNÁNDEZ-CLEMENTE, Eloy, en La España que fuimos, p. 19