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Kiryat Hadassa: el blog de José Ramón Villanueva Herrero

Política internacional

LAS LECCIONES DE WEIMAR

LAS LECCIONES DE WEIMAR

 

    En los actuales procesos de involución democrática alentados por grupos de extrema derecha, ya no se producen golpes de Estado como en otros tiempos, sino que la táctica del neofascismo es la de utilizar las instituciones democráticas para irlas socavando desde dentro. En este sentido, se pueden extraer lecciones (y reflexiones) sobre lo ocurrido en la Alemania de entreguerras, período que coincide con el momento del auge del nazismo hitleriano durante los años de la República de Weimar (1918-1933). Recordemos algunos datos.

     Tras la derrota de Alemania en la I Guerra Mundial y el derrocamiento del káiser Guillermo II, la nueva República alemana, conocida con el nombre de la ciudad de Weimar, lugar donde se reunió la Asamblea Nacional constituyente que elaboró una nueva constitución democrática, pretendió dejar atrás el imperialismo militarista germano, culpable en gran medida de la tragedia de la “Gran Guerra” de 1914-1918. Pese a las esperanzas que despertó, la joven República tuvo que hacer frente a una gravísima depresión económica y a una constante inestabilidad política y social. Por ello, como señalaba Madeleine Albright, el contexto de la República de Weimar no pudo ser más adverso, caracterizado por “una Europa rencorosa, una América indiferente y una ciudadanía herida”.

     A la altura de 1932, la población alemana sufría una brutal crisis económica y social agravada con el asfixiante pago de las reparaciones de guerra exigidas por las fuerzas aliadas vencedoras en la Gran Guerra, temas éstos que serían demagógicamente utilizadas por Hitler para captar un considerable apoyo popular. El semanario socialista zaragozano Vida Nueva se hizo eco por aquellas fechas en diversos artículos de la situación en Alemania, cuya democracia estaba cada vez más amenazada por el nazismo, a la vez que denunciaba con dureza las simpatías de las fascistizadas derechas españolas para con la emergente figura de Hitler y la admiración de éstas con el auge electoral del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP), el partido nazi.

      Por su parte, Hitler era consciente de que, tras el fracaso del golpe de Estado de 1923, si quería conquistar el poder tenía que hacerlo de forma gradual y por la vía legal. Así, en las elecciones federales del 14 de septiembre de 1930, supo canalizar el voto de los descontentos y logró un amplio apoyo entre pequeños empresarios, mujeres, campesinos y jóvenes, lo cual convirtió al NSDAP en el segundo partido del Reichtag, tras los socialdemócratas del SPD y seguido del comunista KPD. Especialmente destacable resulta el hecho de que, tras estos comicios, se diluyó el centro político y, a partir de este momento, la pugna electoral se trasladó al enfrentamiento entre la izquierda (SPD, KPD) contra la extrema derecha nazi (NSDAP) apoyada por otros grupos derechistas.

     El siguiente peldaño del ascenso al poder de Hitler tuvo lugar en las elecciones presidenciales celebradas a dos rondas los días 13 de marzo y 10 de abril de 1932. En ellas, Hitler, respaldado por el NSDAP y todos los grupos nacionalistas de derechas, se enfrentó al anciano mariscal Paul von Hindelburg, y aunque Hitler fue derrotado, logró 13 millones de votos (1/3 del electorado) gracias a su perversa utilización del revanchismo germano y de su negativa a que Alemania pagase las onerosas indemnizaciones de guerra que le habían sido impuestas. Otro factor que favoreció el creciente apoyo político y electoral a Hitler fue la involución política de la derecha parlamentaria alemana, cada vez más escorada hacia el nazismo, lo cual supuso un serio e irreversible debilitamiento de la democracia representada por la República de Weimar.

     En las siguientes elecciones federales del 31 de julio de 1932 se produjo un choque frontal entre el Bloque de la derecha, integrado por el NSDAP nazi y el Partido Popular Nacional Alemán (DNVP) que obtuvieron 267 escaños, frente al Bloque de la izquierda (SPD, KPD), al cual se unió el Zentrum católico (DZP), que logró 317 diputados. Ante una situación políticamente enquistada hubo que convocar nuevas elecciones federales para el 6 de noviembre de 1932, pero éstas dieron unos resultados similares a los de los comicios del pasado julio, pese a lo cual el NSDAP perdió 2 millones de votos, se produjo un auge del KPD y un retroceso del SPD, hecho éste último, consecuencia de la suicida rivalidad entre comunistas y socialistas, táctica alentada por Stalin y que dinamitó la imprescindible unidad de la izquierda para frenar al nazismo. Por su parte, el presidente Hindelburg, tenía un dilema: seguir convocando nuevas elecciones con muy pocas posibilidades de obtener un resultado concluyente, o encomendar la Cancillería a Hitler. Se decidió por esta última opción y el 30 de enero de 1933 Hitler, del que alguien dijo que era “un hombre enfurecido en una época enfurecida”, se convertía en canciller a pesar de no haber ganado una votación parlamentaria, aunque ciertamente lo hizo por medios constitucionales. Como recordaba Madeleine Albright, Hitler, un demagogo delirante caracterizado por “su ambición criminal, su racismo visceral y su absoluta inmoralidad” llegó al poder “tras haber logrado que millones de alemanes se sintieran atraídos por su figura y sus mensajes”.

    Este fue el triste epílogo de la República de Weimar, pues, como señalaba el semanario socialista zaragozano Vida Nueva el 13 de febrero de 1933, “la mayoría del país quiere vivir a la voz de mando del tirano, antes que colaborar como ciudadanos libres en la gran obra de la democracia”. La historia posterior es bien conocida y, tras acabar con la democrática República de Weimar, Hitler implantó una brutal dictadura totalitaria.  Y, para ello, a Hitler y al nazismo les resultó muy útil el empleo demagógico de los desastrosos efectos de la depresión económica, la connivencia y complicidad de las viejas derechas parlamentarias y la suicida división de las izquierdas, incapaces de articular un Frente Popular para contener los zarpazos de la bestia parda nazi. Estas son las lecciones de Weimar que hoy resulta oportuno recordar para estar alerta ante el preocupante auge de los populismos de extrema derecha y de los nuevos fascismos del siglo XXI.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 16 septiembre 2021)

 

UNA INVOLUCIÓN PELIGROSA: LAS POLÍTICAS ILIBERALES

UNA INVOLUCIÓN PELIGROSA: LAS POLÍTICAS ILIBERALES

 

 

     En medio de la actual tempestad de euroescepticismo y peligroso auge de diversas derechas populistas radicales, algunas de las cuales no tienen reparos en dejar patente sus afinidades con el fascismo, un nuevo escollo aparece en este agitado mar por el cual pretende navegar la Unión Europea (UE) sin encallar en ninguno de los arrecifes que ante ella se presentan: es el de lo que ha dado en llamarse “democracias iliberales”, también denominadas “parciales” o “de baja intensidad”, que son aquellas que se están abriendo paso de la mano  de los emergentes movimientos de derechas antiliberales.

   Un claro representante de lo que representa esta involución democrática, maquillada con la denominación de “democracia iliberal”, es el caso de la política que lleva a cabo Viktor Orbán y su partido, el Fidesz, en Hungría. De este modo, Orbán, siguiendo el modelo de sus políticos de referencia, que por lo que a su creciente autoritarismo se refiere no son otros que Vladimir Putin o Recep Tayyip Erdogán, se ha convertido en un defensor entusiasta de esta “democracia iliberal”, la cual, según Madeleine Albrigh, “se centra en las hipotéticas necesidades” de la comunidad nacional, “antes que en los derechos inalienables del individuo” y, por ello, “es democrática porque respeta la voluntad de la mayoría”, pero es iliberal tanto en cuanto “ignora las inquietudes de las minorías”.  De este modo, mientras para un demócrata el proceso político es más importante que la ideología, y le preocupa más que haya elecciones libres, justas y transparentes, por encima de quien las gane, para los políticos iliberales, como Orbán y otros similares, el problema surge cuando éstos intentan acrecentar su poder sin importarles que los medios para lograrlo causen daños permanentes, y en ocasiones irreparables, en las instituciones democráticas de sus respectivos países.

    Todos los políticos iliberales, aquellos que debilitan la democracia aunque no acaben con ella como harían los políticos de signo abiertamente fascista que se sitúan a su ya próxima extrema derecha, tienden a desequilibrar el equilibrio e independencia de poderes sobre los que se sustentan los sistemas democráticos y, por ello, maniobran para reforzar el poder ejecutivo, el suyo, a costa del poder legislativo que debería ser su contrapeso, pretenden igualmente controlar al poder judicial, tal y como se pretende por parte del actual Gobierno de Mateusz Morawiecki en Polonia, limitar todo lo que les sea posible el campo de acción de la oposición política y social, así como controlar la mayor parte de los medios de comunicación a su servicio, en la misma medida que neutralizan a los que les son adversos.

     Estas políticas iliberales, no sólo están dejando un rastro patente de degradación de la democracia en la Hungría regida por Orbán, sino que algo similar ocurre en Polonia en donde desde que en el 2015 ganó las elecciones el Partido Ley y Justicia (PiS) de Jaroslaw Kaczynski, se observa un claro deterioro de la democracia, o en el caso de la República Checa, en donde su presidente Milos Zeman se vanagloria de definirse como “el Trump checo” o en las políticas llevadas a cabo por Janez Jansa en Eslovenia. De nada han servido las recriminaciones de la UE ante determinadas y muy cuestionables actuaciones de estos dirigentes políticos, como ocurre por ejemplo en materia de la puesta en práctica de políticas migratorias comunitarias, las cuales ha sido desoídas de forma reiterada por estos políticos cada vez más iliberales, que es tanto como decir cada vez menos demócratas y que explotan con habilidad políticas populistas que, hoy por hoy, les resultan muy rentables electoralmente: no han más que ver el antipatriótico papel que están desempañando las derechas españolas, por muy envueltas que vayan en banderas de España, ante la grave crisis actual causada por la pandemia del Covid-19.

     Las políticas populistas de signo iliberal pueden abrir un camino de no retorno que, en el peor de los casos podría situar a estos países en la antesala de un ambiente todavía peor cual sería el nuevo fascismo emergente. En este punto crítico, la involución democrática no se produce de una forma violenta sino de formas más sutiles, aunque igualmente peligrosas cual son la manipulación de la información, el control de la justicia o defendiendo una nostalgia de un idealizado pasado en el cual el orden social no era cuestionado. Todos estos riesgos se amplifican en tiempos de crisis e incertidumbres como los actuales y, por ello, ante este asalto (gradual) a los valores democráticos que pretenden estos políticos iliberales, Madeleine Albright nos recordaba que Bill Clinton decía que “cuando la gente se siente insegura, es más probable que tenga líderes fuertes y poco acertados que líderes débiles pero atinados”, porque “a lo largo de la historia, los demagogos han demostrado que generan mucho más fervor popular que los demócratas, y en buen medida es porque parecen más decididos y seguros de sí mismos” y ello, vistas sus acciones y pensamientos, resultan muy peligrosos y se convierten en un riesgo cierto para nuestras democracias, pues hemos de ser conscientes que tras ellos se oculta un asalto a los valores democráticos tal y como ahora está ocurriendo en muchos países de nuestro entorno europeo e incluso en la sociedad norteamericana tras la irrupción en la Casa Blanca de un político tan atípico  y peligroso como es Donald Trump. Lo mismo podemos decir en el caso de España, donde los acerados y reaccionarios mensajes políticos de Vox están hiriendo nuestra democracia, máxime cuando el Partido Popular parece ser incapaz de diferenciarse discursivamente de las propuestas antiliberales y autoritarias de la emergente extrema derecha, un riesgo serio que hay que evitar pues nos va en ello buena parte de nuestro futuro.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 14 abril 2021)

 

TIEMPOS DE PERPLEJIDAD

TIEMPOS DE PERPLEJIDAD

 

     Daniel Innerarity en su libro Política para perplejos (2018), dejaba patente su perplejidad y preocupación ante el impacto que diversos hechos han producido en nuestras sociedades, una perplejidad plagada de efectos negativos y espinosas incertidumbres hacia el futuro.

      El primero de estos hechos fue la elección de Donald Trump en noviembre de 2016 como presidente de los Estados Unidos (EE.UU.), algo que rompía las reglas y los parámetros de la política norteamericana, que renegaba del legado de la anterior presidencia de Barack Obama y que sembraba de dudas y temores las políticas a aplicar por el polémico empresario, convertido en el líder de la (todavía) nación más poderosa del mundo. Ahora, en el cuarto año de su mandato, previo a las elecciones presidenciales del próximo noviembre, la perplejidad ha dado paso a la preocupación. Trump no sólo ha dinamitado las incipientes políticas sociales de la Administración Obama, sino que ha crispado las relaciones internacionales en todos los frentes: desde la política arancelaria y la guerra comercial con China, hasta su apoyo entusiasta al Brexit  británico, debilitando así la alianza transatlántica con los países de la Unión Europea (UE), hasta su actitud beligerante con Venezuela e Iran o el respaldo cerrado que ofrece al gobierno de Benyamin Netanyahu que ha sepultado las escasas esperanzas que aún quedaban de lograr un acuerdo de paz justo al eterno conflicto palestino-israelí.

     Hasta aquí los hechos de todos conocidos, pero ante el temor de una posible reelección de Trump, bueno es recordar las reflexiones que Innerarity nos hacía para explicar cómo una figura tan atípica (y peligrosa) como el magnate americano ha podido llegar a la Casa Blanca. Y es que, como explica el citado catedrático de filosofía política, ello responde a “cambios sociales y políticos insuficientemente advertidos por quien se sorprende ante sus efectos” y que responderían a varias razones. La primera de ellas es la existencia de “una política degradada”, ya que la actividad pública no se concibe como un ejercicio de virtudes públicas, como diría Cicerón, sino como el oficio de “un círculo cerrado de privilegiados que se dedican al ejercicio de la intriga”, tal y como quedó patente en los factores que propiciaron su elección, así como en los datos conocidos durante el proceso de destitución (impeachment) al cual fue sometido.

      La segunda razón es que la irrupción de Trump en la política con su exitoso lema “America fist”, lo ha convertido en un abanderado contra los efectos negativos que la globalización estaba causando en amplios sectores de la sociedad americana. De ahí, su defensa de políticas proteccionistas o el establecimiento de barreras para defender a unos Estados Unidos, que se sentían en decadencia, de sus enemigos reales o imaginarios. Una peligrosa reacción propia de un exacerbado nacionalismo que se ha aprovechado de la angustia de los trabajadores que han sufrido los devastadores efectos de la globalización y de la deslocalización en las zonas industriales deprimidas o en el Medio Oeste agrario y conservador, para aupar al poder la retórica demagógica de Trump.

     Y un tercer factor no menos importante: la reactivación del orgullo de los llamados WASP (White Anglo-Saxon Protestant) norteamericanos, un orgullo de tintes supremacistas y racistas, que rechaza el valor de la multiculturalidad en un país que, como es el caso de los EE.UU., se formó por oleadas de emigrantes de origen diverso, como también lo es, por cierto, la familia de Trump, cuyos orígenes se hallan en Escocia y Alemania. Ello explica su política anti-migración, cuyos ejemplos más duros y patentes son el trato recibido por los inmigrantes ilegales que llegan a EE.UU. y su anhelado proyecto de muro en la frontera con México.

     Otro motivo de perplejidad, tan grave como el anterior,  ha sido el desgarro producido por el Brexit británico que ha agrietado no sólo el proyecto sino también los sentimientos europeístas y cuyo futuro está plagado de incógnitas todavía difíciles de calibrar, un proceso de separación de la UE liderado por otro personaje que nos llena de preocupación cual es Boris Johnson, un Brexit que, en palabras de Innerarity es “uno de los fenómenos en los que el miedo a lo desconocido se traduce en torpeza y pone en marcha una serie de operaciones políticas de dudosa coherencia”.

     Y qué decir de la perplejidad que nos causa el preocupante auge de la extrema derecha en muchos países, también en España, una cuestión ante la que hay que hacer frente con firmeza para lo cual es fundamental reforzar el cordón sanitario como han hecho en Europa Angela Merkel o Macron y no como sucede en España donde el PP y Ciudadanos rinden vasallaje a las órdenes imperativas de Vox y aceptan sumisamente que el partido de Abascal les marque la agenda y les capte su electorado con sus mensajes y propuestas abiertamente reaccionarias. Como decía Pierre Moscovici, “la democracia es un tesoro muy frágil”, pero para preservarla, resulta esencial que los partidos democráticos cierren el paso a los grupos que, bajo diversas denominaciones o maquillajes, defienden posiciones de extrema derecha, y consecuentemente, la derecha democrática tiene que alejarse de cualquier tentación de alcanzar parcelas de poder aliándose o mimetizando posturas y mensajes propios del neofascismo.

    Ante este panorama, ahora agudizado por la perplejidad causada por los dramáticos efectos de la pandemia del coronavirus, como señalaba Ulrich Beck, “las sociedades contemporáneas no pueden atribuir todo aquello que les amenaza a causas externas; ellas mismas producen lo que no desean” y es que, como recordaba Innerarty, “hay que sustituir la inculpación hacia fuera por la reflexión hacia dentro”. Tal vez si logramos superar de forma positiva la perplejidad que en estos últimos años nos han suscitado acontecimientos como los indicados, podremos cambiar el rumbo de nuestra sociedad, una nave que, en estos temas, está surcando unos mares tan inciertos como peligrosos.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 22 septiembre 2020)

 

 

LA UNION EUROPEA EN LA TORMENTA

LA UNION EUROPEA EN LA TORMENTA

 

     En un reciente artículo, y para definir la situación actual de la Unión Europea (UE), el periodista Ramón Lobo empleaba en acertado símil de compararla con “un barco de lujo de gran tonelaje y movimiento lento” cuyo rumbo no es fácil cambiar dado que tiene “27 capitanes en el puente de mando, cada uno con sus intereses nacionales e ideas sobre el futuro de Europa”.

     El barco de la UE, ahora azotado por la tempestad del Covid-19, una situación que algunos han comparado con las secuelas de la II Guerra Mundial, tenía ya, antes de entrar en la actual tormenta que lo zarandea sin piedad, dos profundas brechas abiertas en su casco y que amenazan su línea de flotación: el brexit y la involución antidemocrática de algunos de sus estados miembros como es el caso de Hungría. En este último caso, resulta lamentable la tímida respuesta de la UE ante las decisiones últimamente tomadas por el primer ministro Víktor Orbán de aprovechar la coyuntura propiciada por la pandemia sanitaria para reforzar su régimen autoritario, algo de lo que ya advirtió Dacian Ciolos, el líder de los liberales europeos al señalar que “los acontecimientos en Hungría son una alerta roja para la democracia liberal en Europa y más allá” porque “luchar contra el Covid 19 puede requerir algunas medidas excepcionales pero no debe llevar de ninguna manera al cierre de la democracia y a pisotear el Estado de derecho”. Y, ante esta situación resulta lamentable el silencio de los líderes europeos ante las medidas tomadas por Orbán, lo cual está alentando actitudes involucionistas en otros países como es el caso de la Polonia de Andrzej Duda, a la vez que reforzará el crecimiento de la extrema derecha en nuestras democracias occidentales.

    Ciertamente, la UE se halla ante un inmenso desafío que exige la necesidad de reafirmarse en los valores y principios que le dan razón de ser y, para ello, hoy más que nunca se precisa en el puesto de mando del navío de la UE que estén al timón auténticos estadistas de la talla de Robert Schuman, Konrad Adenauer o Alcide de Gásperi, los añorados padres fundadores de la idea moderna de Europa, y no políticos mediocres aferrados a intereses nacionalistas e insolidarios.

     Pero la realidad es dura e implacable en este embravecido mar en que las olas agitan con fuerza el barco de la UE, en un momento en la cual, en palabras de Juan Manuel Lasierra nos hallamos ante “un panorama social y económico desolador”, porque como señalaba Eliseo Oliveras, “Europa afronta dividida un decisivo reto político, sanitario, socioeconómico y geoestratégico”. Así las cosas, Jacques Delors, quien fuera presidente de la Comisión Europea entre 1985-1995, nos advierte con tono dramático de que la división y la falta de solidaridad son “un peligro mortal” para la UE.

     Tampoco favorece la singladura del barco de la UE en estos tiempos “virus-lentos” el actual escenario multipolar en el cual el peso político de Europa no se corresponde con su potencial económico y en el cual China cada vez está adquiriendo un papel más dominante en las relaciones internacionales, lo cual es favorecido por el aislacionismo en el cual pretende refugiarse la política de EE.UU. impulsada por Donald Trump. Es por ello que hoy más que nunca hace falta “mucha Europa” para suplir la falta de liderazgo de los EE.UU como ha quedado patente en la actual gestión mundial de la pandemia y para evitar que ese vacío sea ocupado no sólo por la China emergente sino por la Rusia de Putin, lo cual requiere que la UE cuente, de verdad, con una auténtica política exterior y de defensa común.

    Pero no sólo es este el único reto al que se enfrenta el futuro de la UE. Hechos recientes han demostrado la urgencia de implantar una armonización fiscal que incluya a países tan privilegiados como insolidarios como Holanda y que avancemos hacia una UE federal de verdad, una UE de los ciudadanos más social y solidaria y menos mercantilista y reducida a la simple libertad de circulación de mercancías como pretenden los opulentos (e insolidarios) países del norte de Europa, una Europa social que, además, acabe de una vez por todas con los paraísos fiscales existentes en el interior de la UE, tal y como ahora ocurre en Holanda, Luxemburgo e Irlanda.

    Así las cosas, bueno sería recordar el texto del Preámbulo de la Constitución Europea (no ratificada) en la que se declara que ésta se inspira en “la herencia cultural, religiosa y humanista de Europa, a partir de la cual se han desarrollado los valores universales de los derechos inviolables e inalienables de la persona humana, la democracia, la igualdad, la libertad y el Estado de Derecho”.

   Siendo conscientes de que la solidaridad europea se debe demostrar en los momentos difíciles como los actuales, y recordando lo que en su día supuso el Acuerdo de Londres sobre la deuda alemana de 1953, mediante el cual se anuló el 62,6 % de las deudas a la entonces República Federal Alemana por parte de los 25 países acreedores, la prueba definitiva que evite el naufragio del ideal europeo  será la forma con la cual los 27 capitanes  aborden desde el puesto de mando el inmenso plan de reconstrucción que inevitablemente requiere la UE para superar el maremoto sanitario, económico y social que ha supuesto el Covid-19 en nuestras sociedades, en nuestras vidas y esperanzas de futuro. Veremos.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 17 julio 2020)

 

 

PUTIN Y LA RUSIA ETERNA

PUTIN Y LA RUSIA ETERNA

 

     Cuando ya pensábamos que los líderes providenciales eran una especie política en vías de extinción, emergió desde las estepas rusas la figura de Vladimir Putin, el nuevo zar de todas las Rusias, poderoso, luchador, implacable con sus adversarios, sin demasiado apego a la democracia y vencedor de varias elecciones en el peculiar panorama político de la Federación Rusa.

     El 1 de enero de 2000 comenzaba el nuevo milenio con una estrella rutilante sobre la inmensa Rusia: Vladimir Putin, el hijo del cocinero de Stalin, el veterano espía de la KGB de la época soviética reconvertido en político, alcanzaba la presidencia de la Federación Rusa  con un doble objetivo: reactivar la economía tras la debacle de los años 90 en que, tras el desmoronamiento de la URSS, durante  la convulsa  transición a la  democracia en tiempos  de Boris Yeltsin, el PIB se redujo  en  un -50%, así como recuperar el prestigio internacional de Rusia, objetivos que en gran medida ha logrado con su política firme y autocrática.

   Tras 20 años de putinismo, en los cuales ha ocupado en tres ocasiones la presidencia del Gobierno y en otra la de Primer Ministro, su poder se ha ido acrecentando: en las últimas elecciones presidenciales celebradas el 18 de marzo de 2018 Putin obtuvo una victoria histórica al lograr el 76,6% de los sufragios, victoria ésta no exenta de denuncias de cientos de irregularidades. En la actualidad, tras la reciente reforma de la Constitución de la Federación Rusa, Putin, cuyo mandato como presidente concluye en 2024, podrá tener nuevas formas de perpetuar su influencia y poder, ya que exime al actual Jefe del Estado de la prohibición de presentarse a la reelección. A pesar de que el referéndum constitucional convocado para tal fin el próximo 22 de abril ha sido aplazado como consecuencia de la pandemia ocasionada por el Covid-19, todo parece indicar que Putin tiene todas las bazas a su favor para perpetuarse en el poder hasta 2036, lo cual le convertiría, de facto, en presidente vitalicio, a pesar de que su índice de popularidad ha descendido por su cuestionable gestión a la hora de combatir el virus en la inmensa Federación Rusa.

    Durante estos años, el poder de Putin se ha ido acrecentado a costa de retirárselo a los gobernadores provinciales, a la Asamblea Legislativa (Duma), a los tribunales de justicia, al sector privado y a la prensa, en un proceso tendente a asentar lo que Putin define como “Estado vertical”. Tal es así que el sistema político ruso se articula en torno a un partido hegemónico, Nuestra Casa Rusia, y una serie de partidos de oposición, la mayoría de los cuales no son más que una pantalla para dar la impresión de que se compite, democráticamente, por el poder. De este modo, las elecciones se han convertido, como señalaba Madeleine Albraight en su libro Fascismo. Una advertencia, en “simples rituales para prolongar el tiempo en el poder de los candidatos privilegiados”, esto es, los que cuentan con el beneplácito del Kremlin. A ello hay que sumar que las cadenas de televisión son meros órganos de propaganda oficial y la escasa oposición interna, como ocurrió con Alekséi Navalny, es descalificada desde el putinismo acusándola de ser meras marionetas manejadas por poderes extranjeros que atentan contra la identidad y el alma de Rusia.

     Siendo cierto todo lo anterior, también lo es que el dirigente ruso ha conseguido no sólo restaurar el Estado centralizado, sino que ha tenido la habilidad de reconciliar las tradiciones de los dos imperios perdidos, el zarista y el soviético, todo ello con el apoyo decidido de la Iglesia Ortodoxa rusa, convertida en entusiasta aliada de Putin, el nuevo zar de todas las Rusias. Consecuentemente, se ha extendido la convicción mayoritaria de que Putin ha devuelto a Rusia el estatuto de gran potencia mundial al mismo tiempo que enarbola la bandera de defensor de los pueblos eslavos y reafirma el nacionalismo ruso tras la anexión de Crimea, así como con su apoyo a los rebeldes del Donetsk y juega fuerte en el tablero internacional confrontando con Occidente, utilizando las redes sociales como arma informática a través de las fake news con el triple objetivo de desacreditar a las democracias occidentales, dividir a Europa, debilitar la colaboración transatlántica euro-norteamericana y, también, atacar a los gobiernos contrarios a Moscú. A todo ello ay que sumar que el auge de la proyección internacional de la Rusia de Putin se evidencia en su participación destacada en conflictos bélicos como el que desangra a Siria en apoyo del dictador Bachar al Assad o el respaldo a la República Bolivariana de Venezuela, como freno a los afanes belicistas de los Estados Unidos sobre dicho país.

    No obstante, lo que ha quedado también patente durante los años en que Putin rige con mano de hierro los destinos de Rusia es la inexistencia de una oposición política sólida y capaz de ofrecer una alternativa a la autocracia instaurada por Putin, el cual fue definido por Madeleine Albraight como “bajo, cetrino y tan frío que parece un reptil”.

     Pese a la cuestionable manera de entender la política, en una gran parte del alma colectiva del pueblo ruso se ha encumbrado el mito de Putin, una sociedad no obstante en la cual el árbol de la democracia y la libertad nunca fue demasiado frondoso, pues de podarlo a conciencia ya se habían encargado en otros tiempos tanto la autocracia zarista como la dictadura soviética de corte estalinista. Y, sin embargo, el poder del dirigente ruso, que en el libro En primera persona se define a sí mismo como “el más puro y brillante ejemplo de una educación patriótica soviética”, parece querer entroncar con ambas tradiciones, la zarista y la de la antigua URSS, a través del mito de la “Rusia eterna”. Es por ello que, como señalaba Mira Milosevich-Juaristi, Putin se presenta a sí mismo como “el salvador” de su pueblo en un doble sentido: en primer lugar, como el restaurador del Estado centralizado ruso que se desmoronó tras la desintegración de la Unión Soviética (1991) y, en segundo lugar, y no por ello menos importante, mediante su hábil alianza de intereses con la Iglesia Ortodoxa. De este modo, la política autocrática de Putin pretende según la citada politóloga Mira Milosevich-Juaristi, “reconciliar dos legados”: la condición de gran potencia de la antigua URSS y la tradición imperial ortodoxa del zarismo y, así retomar en beneficio propio el mito de la Rusia Eterna, de aquella que en tiempos de adversidad fue salvada por grandes líderes providenciales, condición que él mismo se atribuye y que la propaganda oficial se encarga de divulgar.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 24 mayo 2020)

 

LA REVOLUCIÓN PORTUGUESA DEL 25 DE ABRIL DE 1974

LA REVOLUCIÓN PORTUGUESA DEL 25 DE ABRIL DE 1974

 

     En estas fechas se recuerda  la revolución portuguesa del 25 de abril de 1974, la también llamada “Revolución de los Claveles”, aquel estallido de una primavera de libertad y esperanza democrática en nuestro país hermano,  evocamos ahora los acontecimientos que durante aquellos días históricos tuvieron lugar en Portugal, en unos momentos que coincidían, además, con el  tramo final, y también biológico, de la dictadura franquista en España y del general superlativo que la encarnó durante cuatro décadas. Pero para que la primavera llegara, hubo primero que acabar con la dictadura que atenazaba a Portugal desde hacía ya casi medio siglo.

 

EL PORTUGAL SALAZARISTA

 

     Derrocada la monarquía portuguesa en 1910, y tras unos años de agitación política y crisis económica, en 1926 se hizo con el poder el general António Óscar de Fragoso Carmona el cual instauró una dictadura “de base nacional y fuerte”, el llamado “Estado Novo”, del cual será elegido su presidente en 1928. En este mismo año, el general Carmona nombró ministro de Hacienda a António de Oliveira Salazar (1889-1970), un oscuro profesor de Derecho y Economía, cuya trayectoria política marcará la historia de Portugal durante buena parte del s. XX.

     Por aquel entonces, eran los años del ascenso de los movimientos totalitarios en Europa y, Salazar, que en 1932 fue nombrado presidente del Consejo de Ministros, influido por el modelo del fascismo corporativo, estableció en Portugal su propia versión del mismo, y así, la nueva Constitución de 1933, configuraba el Estado Novo, el modelo de fascismo portugués, mediante la cual se reforzaba el poder ejecutivo;  se creaba una Cámara Corporativa, en sustitución de la Asamblea Nacional; se articulaba un sindicalismo vertical estructurado en corporaciones; se disolvían todos los partidos políticos, excepción hecha de la Unión Nacional (UN), el partido único del régimen, a la vez que se restringían todos los derechos y libertades. Surgía así la dictadura salazarista, la de más larga duración de las surgidas en la Europa de entreguerras, la cual se prolongaría hasta la Revolución del 25 de abril de 1974.

    El ideario del Estado Novo lo sintetizó Salazar en su libro Una revolución para la paz (1937), en el que se perfilaba el Estado corporativo fascista portugués, el cual alguien lo definió como “un fascismo gris y chato, sin primavera ni canción”, un régimen que se decía, tenía como señas de identidad “las tres efes”: fado, fútbol y Fátima.

    La dictadura salazarista contaba con un importante aparato represivo y, en este sentido, hay que mencionar a la siniestra Policía Internacional para la Defensa del Estado (PIDE), la cual, articulada por el agente de la Gestapo nazi Kramer en 1941, estaba formada por 22.800 miembros adscritos, entre inspectores, subinspectores, jefes de brigada, agentes funcionarios e informantes. Por ello, en tiempos de la dictadura salazarista se solía decir que “ni las hojas se mueven sin que lo sepa la PIDE”, dado que ésta se hallaba infiltrada en todos los sectores y grupos de la sociedad portuguesa: desde las fuerzas armadas, hasta los sindicatos corporativos, pasando por la Iglesia y hasta en el Partido Comunista. Además, el régimen contaba con diversas fuerzas paramilitares tales como la Legión Portuguesa, la Brigada Naval, la Policía de Seguridad Pública (PSP) y la Guardia Nacional Republicana (GNR). A todo ello habría que añadir la existencia de una férrea censura de prensa, tarea ésta encomendada a la llamada Comisión de Examen Previo.

    La lánguida y autárquica dictadura portuguesa se prolongó tras retirada del poder de Salazar por motivos de salud en 1968, siendo continuada en la figura de Marcelo Caetano. No obstante, por entonces, estaba claro, como señalaba Vicente Talón en su libro Portugal, ¿golpe o revolución? (1974) que “el régimen es un gran parásito instalado sobre el país, al que consume. Un parásito sordo, ciego y voraz al que no queda más solución que eliminar”.

    A esta situación se había llegado no sólo por la absoluta carencia de libertades públicas propia de una dictadura, sino también por una desastrosa situación económica. Así, a la altura de 1973, Portugal soportaba una inflación superior al 20%, los ingresos per cápita eran los más bajos de la OCDE y la sangría migratoria había supuesto la pérdida del 30% de su población activa y, por ello, en 1974, tan sólo en Francia, se contabilizaban casi 500.000 portugueses viviendo en los barrios obreros de las ciudades galas.

    A todo ello hay que sumar la agudización de las guerras por la independencia de las colonias portuguesas de Angola, Mozambique y Guinea-Bissau, iniciadas en 1961, que hicieron que la dictadura destinase el 40% del presupuesto estatal a gastos militares para así hacer frente a estos conflictos y mantener un ejército de 220.000 efectivos, de los cuales 147.000 estaban destinados en ultramar. Hay que tener igualmente presente que la dictadura estableció para los jóvenes portugueses un servicio militar obligatorio de 4 años, de los cuales 2 eran en destinos de la metrópoli y los 2 restantes, en las colonias. Esta situación explicaría el profundo rechazo existente en las fuerzas armadas portuguesas hacia el régimen y, consecuentemente, el que éstas fueran el detonante de la Revolución del 25 de Abril de 1974 que puso fin a medio siglo de dictadura salazar-caetanista y que, en palabras de Miller Guerra supuso “el fin de la dictadura conservadora más antigua del mundo, el fin del último de los imperios coloniales y el fin del aislamiento de Portugal”, de aquella autarquía, de aquel falso orgullo patrio del cual se vanagloriaba Salazar con su lema de “Orgullosamente solos”.

 

EL GOLPE DEL 25 DE ABRIL

 

   Eran las 0:30 horas del 25 de abril cuando en Radio Renascença sonaron las célebres estrofas cantadas por José Afonso: “Grándola, vila morena / Terra da fraternidade / O povo é quem mais ordena / Dentro de ti, ó cidade”. Se desencadenaba a partir de ese momento un amplio movimiento militar, muy bien coordinado por el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA), sobre todo en Lisboa, que se apodera de los puntos neurálgicos de la capital. A su vez, el MFA emite un comunicado por medio de la emisora Rádio Clube Português con un texto histórico: “Se informa al país que las Fuerzas Armadas han desencadenado en la madrugada de hoy una serie de acciones con vistas a la liberación del país del Régimen que desde hace ya largo tiempo lo domina”.

    La resistencia encontrada fue mínima, tan sólo se produjeron unos tiroteos en torno a la sede de la Dirección General de Seguridad y de la PIDE que produjeron 4 muertos y medio centenar de heridos. También hubo leves incidentes frente a los reductos salazaristas del diario Época, de la sede de la Legión Portuguesa y de las oficinas de la Comisión de Examen Previo, encargada de la censura. No obstante, quedó patente el civismo de los portugueses dado que no hubo ajustes de cuentas, ni paseos, ni violencias contra los salazaristas, los cuales, una vez identificados, fueron entregados a las tropas afines al MFA.

    Finalmente, a las 17:45 de aquel histórico día se produce la rendición del Primer Ministro Marcelo Caetano, y poco después lo harían el Presidente de la República, el almirante Americo Thomas, que se hallaba junto algunos exministros salazaristas refugiados en cuarteles que estaban cercados por las tropas del MFA.

 

LA REVOLUCIÓN DE LOS CLAVELES

 

    Mientras todos estos hechos sucedían, quedará para la historia la imagen de los ciudadanos portugueses colocando claveles en las bocas de los fusiles de los soldados del MFA que los han liberado de la dictadura, la “Revolución de los claveles” había triunfado.

    El 26 de abril, se constituye la Junta de Salvación Nacional (JSN), como máximo estamento del MFA cuando los sublevados ya habían asumido el control de todo el país, la cual se fijó como objetivos: garantizar la libertad de expresión y de pensamiento, el establecimiento de una Asamblea Nacional Constituyente y la devolución del poder a las instituciones democráticas surgidas de la Revolución de los Claveles. Además, la JSN, presidida por el general Antonio Spínola, que tiene el poder de facto, impulsó la formación de un Gobierno Provisional en el que, bajo la presidencia del profesor Palma Carlos, formarán parte políticos retornados del exilio como el socialista Mario Soares o el comunista Alvaro Cunhal, junto al liberal Sá Carneiro, todos los cuales desempeñarían posteriormente un importante papel en la nueva etapa que se abría para el Portugal democrático. Además, la JSN cedió a los partidos democráticos las sedes de antiguos edificios del régimen, hasta entonces ocupados por la Legión Portuguesa, la Acción Nacional Popular, el partido único del régimen, continuador de la Unión Nacional salazarista o de Mocidade Portuguesa.

    El mismo 26 de abril, además de la liberación de todos los presos políticos, una gran manifestación, una enorme explosión de alegría democrática inundaba la Plaça del Rossío. Como dijo Mario Soares, las fuerzas armadas “han restituido la voz y la alegría al pueblo portugués” y “su gloria consiste en haberle devuelto la libertad al pueblo y acto seguido haberse quitado de en medio”, esto es, haber devuelto el poder a las nuevas instituciones democráticas.

   Entre las primeras medidas adoptadas tuvo una especial significación el desmantelamiento el 28 de abril del aparato represor de la dictadura, de la PIDE, la Dirección General de Seguridad y demás fuerzas paramilitares. Al día siguiente, la escoba revolucionaria seguía barriendo por doquier el solar de Portugal: se destituye a todos los rectores universitarios afines al salazarismo, así como a los responsables de hospitales, organismos excorporativos y profesionales de la Emisora Nacional, todos ellos afectos a la dictadura; se suprime la censura, se ordena la disolución de Acción Nacional Popular  (ANP), nuevo nombre de la UN, el partido único de la dictadura, y se exonera de sus cargos al Presidente de la República (Americo Thomas), al Presidente del Consejo de Ministros (Marcelo Caetano), así como a los gobernadores civiles y a los gobernadores generales de las colonias de ultramar. Finalmente, el 30 de abril un Decreto retira del mando a los principales jefes militares salazaristas, entre ellos, 5 almirantes, 12 generales del Ejército y 5 de la Fuerza Aérea. Por el contrario, se reintegran en sus funciones todos aquellos portugueses que habían sido separados de sus cargos por razones políticas.

    A todo ello, hay que añadir que, desde diversas fuentes se reclamó la dimisión de todos los obispos portugueses por su connivencia con la dictadura caída. De este modo, un Manifiesto hecho público en estas fechas denunciaba que el episcopado luso, “lejos de hacerse eco de las injusticias sociales, de los abusos de poder y del horror de la guerra colonial, apoyaron al Salazar-caetanismo por medio de declaraciones públicas, de homilías y de pastorales”.

    Finalmente, el 1º de Mayo tuvo lugar un gran acto político y sindical en el Estadio Lisboeta. Con tan emblemática fecha en la historia del movimiento obrero, se cerraba la semana más transcendente de la historia del Portugal moderno, la semana que puso fin a una dictadura que no sólo había arrebatado a nuestro pueblo hermano la libertad, sino, también, el pan y la sonrisa. A partir de aquel momento, el Portugal democrático acometió de forma gradual los tres enormes retos que se le planteaban en el horizonte, las “tres D”, como eran conocidos: la Democracia, la Descolonización y el Desarrollo. Consolidada la democracia, tras las elecciones de 1975 y la aprobación de una nueva Constitución (1976), se logró un proceso de descolonización que desembocó en la independencia de las antiguas colonias de Guinea-Bissau, Angola y Mozambique, así como de las islas de Cabo Verde y Santo Tomé y Príncipe, el desarrollo económico y social recibió un fuerte impulso tras la entrada de Portugal en la entonces llamada Comunidad Económica Europea (CEE) en el año 1985.

    Desde España la revolución portuguesa fue seguida con especial atención. Para el régimen franquista fue un tema inquietante que dinamitaba el caduco Pacto Ibérico firmado en 1942 entre ambas dictaduras por lo que el ministro Laureano López Rodó manifestó su temor de que la Revolución del 25 de abril derivase hacia “una situación frentepopulista o incluso marxista”, y por su parte, el general Franco, con una salud ya tan decrépita como su régimen, llegó no obstante a plantear la posibilidad de invadir Portugal. En cambio, para la oposición antifranquista española lo ocurrido en nuestro país hermano fue todo un rayo de esperanza.  De este modo, Enrique Tierno Galván ensalzó el papel desempeñado por el Movimiento de las Fuerzas Armadas portugués que, a diferencia de lo que ocurría en España donde el Ejército seguía siendo un firme puntal de la dictadura, en Portugal fue quien abrió el camino a la libertad y a la democracia, dignificado por el hecho de “haber devuelto el poder político a quien realmente los debe tener, es decir, al pueblo”.

   Si el poeta Luis de Camoens decía que “Portugal ha dado mundos al mundo”, lo cierto es que la Revolución del 25 de abril de 1974 dio al mundo un ejemplo de dignidad y democracia ya que, juntos, las fuerzas armadas y el pueblo al que se deben, acabaron con la dictadura Salazar-caetanista, la más larga y anacrónica del continente europeo. Por eso hoy, aniversario de la Revolución del 25 de abril, la Revolución de los Claveles, merece nuestro recuerdo y homenaje.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en El Periódico de Aragón, 25 abril 2020)

 

ANSIEDAD COLECTIVA

ANSIEDAD COLECTIVA

 

    Vivimos en un mundo convulso y nuestra sociedad es reflejo de ello, como nos recordaba recientemente Daniel Innerarity en su libro Política para perplejos (2018), en el cual alude a esa “ansiedad colectiva” consecuencia de un mundo que se intuye cada vez más incierto e inseguro. Esta ansiedad tiene un fuerte impacto en nuestras vidas y en nuestras sociedades tanto en cuanto, como señala dicho autor, “desmonta los sueños e ilusiones por un futuro mejor”, y se halla motivada por diversos factores tales como las condiciones laborales cada vez más inciertas y precarias, el desconcierto que producen los cambios causados por la globalización o las dificultades para distinguir entre información veraz y rumorología.

     A todos los temas anteriores habría que añadir la amenaza del terrorismo y sus zarpazos, tan imprevisibles como desgarradores, en un ámbito de actuación que no tiene fronteras. Es por ello que resulta especialmente clarificador el impacto causado por el fenómeno terrorista y la gestión preventiva que se pueda hacer del mismo. Tal es así que este genera, inevitablemente, desconfianza y temor, lo cual nos sumerge en una peligrosa espiral ya que, “la vigilancia incrementa la sospecha y, a su vez, la sospecha impulsa a aumentar la vigilancia”. Es entonces cuando se corre el riesgo de caer en una sospecha generalizada y ello comporta toda una serie de efectos negativos ya que, “borra la diferencia entre la racionalidad y pánico, entre anticipación razonable y ansiedad fuera de control”. Y así las cosas, es cuando debe prevalecer la serenidad pues, como señala Innerarity, ésta “es lo más revolucionario  ante este círculo infernal” de desconfianzas, bien sean estas motivadas por parte de los gobernantes o por la ciudadanía, algo que se debería tener siempre muy presente a la hora de afrontar los efectos de las acciones terroristas, dejando siempre de lado actitudes viscerales y pasionales carentes de la serenidad necesaria para hacerles frente: en este sentido, nos viene inevitablemente a la memoria lo sucedido tras los atentados del 11 de marzo de 2004 y su nefasta gestión por parte del Gobierno de José María Aznar.

   Y es que, ciertamente, vivimos en “sociedades exasperadas”, en las que se multiplican “los movimientos de rechazo, rabia o miedo” como lo evidencian la creciente aversión hacia la clase política, con frecuencia tan arrogante como distante de los problemas reales de la ciudadanía.

     A esta situación añadimos que asistimos, impotentes, a todo un profundo y radical cambio de nuestras formas de vida lo cual hace que reaccionemos con irritación ante ellas, de formas diversas y a la vez antagónicas, bien apoyando los movimientos de los indignados, o lo que es más peligroso, alentando el auge de las ideas y grupos afines a la extrema derecha.

    Así las cosas, el malestar se extiende y se magnifica tanto por los medios de comunicación como por las redes sociales, y la percepción que de ello se deriva nos confirma la idea de que vivimos en una “sociedad irascible”. Ante esta evidencia, Innerarity no considera este hecho como un factor negativo puesto que reivindica “la grandeza de la cólera política”, de esa “voluntad de rechazar lo inaceptable y su insaciable exigencia de justicia, contra la falta de atención que la sociedad de los dominantes presta a los perjudicados”. Pero, acto seguido nos advierte de que no todas las indignaciones son iguales, dado que hay variedad de iras colectivas, desde las que son negativas tanto en cuanto enarbolan las negras banderas de la homofobia o el racismo, hasta otras que defienden los ideales de la lucha contra las desigualdades y la justicia social. Por ello, Innerarity advierte: “Hay que distinguir en todo momento entre la indignación frente a la injusticia y las cóleras reactivas que se interesan en designar a los culpables mientras fallan estrepitosamente cuando se trata de construir una responsabilidad colectiva”. En este cúmulo de indignaciones, más interesadas en denunciar que en construir, es cuando se plantea el problema de “cómo conseguir que la indignación no se reduzca a una agitación improductiva y de lugar a transformaciones efectivas de nuestras sociedades”,  Estas reflexiones nos traen a la memoria el entusiasmo por la aparición del Movimiento 15-M y posteriormente de Podemos, pone sobre la mesa una cuestión que da sentido a esta nueva forma de entender la política y la necesidad de “convertir esa amalgama plural de irritaciones en proyectos transformadores reales” para así “dar cauce y coherencia a esas expresiones de rabia” y, por último, “configurar un espacio público de calidad donde todo ello se discuta, pondere y sintetice”, un proyecto político que, como los hechos posteriores han demostrado, no he respondido plenamente a las expectativas que suscitó en su origen, además de por errores propios, también por la implacable actitud hostil de los partidos nostálgicos del viejo bipartidismo.

     Estamos en una fase de nuestra historia en la que parece que todas las certezas en que creíamos o confiábamos se han desvanecido, en que tenemos la sensación de que en política cualquier cosa puede suceder, “que lo improbable y lo previsible ya no lo son tanto”: y si no, quién nos iba a decir hace un tiempo que el Brexit iba a triunfar en el Reino Unido, que un personaje como Donald Trump iba a llegar a la Casa Blanca o que el auge creciente de la ultraderecha iba a amenazar la línea de flotación  de nuestras sociedades y valores democráticos. Por ello, Innerarity concluye, a modo de reto, con una potente reflexión: “Necesitamos urgentemente nuevos conceptos para entender las transformaciones de la democracia contemporánea y no sucumbir en medio de la incertidumbre que provoca su desarrollo imprevisible”. Tal vez así, la ansiedad que nos ahoga y la indignación que ello nos causa tenga un efecto positivo para nosotros como ciudadanos y para la sociedad que ansiamos transformar en sentido progresista y regida por los valores de la justicia social.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 23 diciembre 2019)

 

 

DESPLUMAR EL POLLO

DESPLUMAR EL POLLO

 

     Resulta significativo que el Informe Anual de Human Rights Watch (HRW) de 2017, que llevaba el título de «El peligroso ascenso del Populismo», ya advertía de los embates que están sufriendo diversos países democráticos por parte de movimientos y partidos marcadamente antiliberales, algunos de los cuales no ocultan sus afinidades con el fascismo, un grave problema que, lejos de decaer, se ha ido agudizando en la actualidad.

     Mussolini, con su habitual bravuconería verbal, decía que, para acumular poder, que es el primer paso para la fascistización de una sociedad, “lo mejor es hacerlo como quien despluma un pollo, pluma por pluma, de manera que cada uno de los graznidos se perciba aislado respecto de los demás y el proceso entero sea tan silencioso como sea posible”. Hoy en día, siguiendo el consejo mussoliniano, determinados partidos pretender el desplume de la democracia, pluma por pluma, para de este modo hacer retroceder el reloj de la historia y arrebatarnos derechos que creíamos consolidados. De este modo, el pollo empieza a ser desplumado cuando algunos gobiernos silencian medios de comunicación, ilegalizan partidos políticos, despojan a una minoría o colectivo social de sus derechos, cuando se desmantelan servicios públicos esenciales como la sanidad y la educación, cuando se cuestiona la viabilidad del sistema de pensiones como forma de solidaridad intergeneracional, cuando se reducen los derechos laborales, cuando se concede un poder arbitrario y sin control a las fuerzas del orden o cuando, como ocurre en determinados países europeos, también en España, la derecha democrática se escora hacia la ultraderecha, de la cual necesita sus votos y su apoyo y actúa mediatizada por los desplumadores neofascistas,  cuyo mensaje pretenden blanquear, socavando así los valores democráticos y constitucionales.

     No hay que olvidar que el camino que se inicia con medidas autoritarias y que en última instancia desemboca en el fascismo, es gradual, pluma a pluma, pero el objetivo final sigue siendo el mismo: dinamitar la democracia. Por eso, como recordaba acertadamente Madeleine Albright en su interesante y revelador libro Fascismo. Una advertencia (2018), el fascismo suele avanzar en nuestras sociedades “paso a paso en lugar de dar saltos gigantescos”. Y a este desplume, al cual también pretenden dedicarse los “cruzados” de Vox, se suman actitudes tales como el descrédito de la democracia y de los políticos como servidores públicos, el fomento del odio y la división social desde ideas intolerantes, o lo que Albright califica como “la apelación a la grandeza de la nación por parte de personas que sólo parecen tener un sentido retorcido de lo que esto significa”, esto es, la demagógica exaltación visceral de los nacionalismos excluyentes, sean éstos del signo que sean. De este modo, cada paso que da el fascismo en nuestras democracias, cada pluma arrancada, no sólo provoca daños a las personas y a la sociedad en su conjunto, sino que prepara la continuación del desplume. Además, hemos de ser conscientes de que estas medidas antidemocráticas son bien recibidas por una parte de la población en un porcentaje variable según los países y, ahí está, por ejemplo, las insolidarias actitudes de rechazo a la inmigración, tan demagógicamente instrumentalizadas por los partidos xenófobos, lo cual explica el auge electoral de éstos, tal y como ha ocurrido con Alternativa por Alemania (AfD), que la ha convertido en el tercer partido en número de escaños del Reichtag.

     Ejemplos de desplumadores de pollos tenemos varios y los más preocupantes son aquellos que detentan el poder político y que están llevando a sus países a una involución de difícil retorno. Todos ellos, emplean tácticas de desplume comunes, entre ellas, la reforma de sus respectivas constituciones para reforzar y ampliar las atribuciones del Poder Ejecutivo, siempre en detrimento del Poder Legislativo; intentar interferir, cuando no controlar abiertamente, al Poder Judicial mediante el nombramiento de jueces afines; neutralizar los medios de comunicación que les son contrarios, o reformular los planes de estudios introduciendo contenidos ultranacionalistas y excluyentes. Ahí está el caso de Recep Tayip Erdogan, embarcado en un proceso de islamización gradual de Turquía, el cual está socavando los cimientos laicos y democráticos de la República instaurada por Kemal Attaturk. Por lo que al interior de la Unión Europea (UE) respecta, resulta paradigmático el caso de Viktor Orbán en Hungría, “un nacionalista xenófobo y antidemocrático con una cruel política antirrefugiados” como lo define Carol Giacomo y, aunque tal vez se exagerado calificarlo de fascista, lo cierto es que su antieuropeísmo y su radical ultranacionalismo, al igual que ocurre con Fidesz, su partido, hacen que difícilmente resulte homologable con actitudes y posiciones de la derecha democrática. Y algo similar podemos decir de las políticas llevadas a cabo en su momento por Matteo Salvini en Italia o de la involución que está sufriendo Polonia desde que en 2015 ganó las elecciones el Partido Ley y Justicia (PiS).

     Ante semejante panorama, el citado libro de Madeleine Albright nos advierte de que “se está creando un público para los demagogos, que saben unir a los humillados y ofendidos para que viertan su cólera sobre los demás” y ello, ciertamente, resulta una grave amenaza para los valores y las instituciones democráticas.

 

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 6 diciembre 2019)