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Kiryat Hadassa: el blog de José Ramón Villanueva Herrero

Política internacional

TRUMP FRENTE A EUROPA

TRUMP FRENTE A EUROPA

 

     Desde el final de la II Guerra Mundial, el eje de la política occidental se articuló, en gran medida, en la llamada “Alianza Transatlántica”, la unión de intereses entre los EE.UU. y los países democráticos de la Europa Occidental. No obstante, esta alianza empezó a resquebrajarse con la llegada a la Casa Blanca en 2016 de Donald Trump y, desde entonces, los desaires, los trump-azos del presidente norteamericano hacia la Unión Europea (UE) han sido constantes: desde su entusiasta apoyo al brexit británico, duro y con portazo incluido, hasta su pretensión de desentenderse gradualmente de la firme alianza defensiva con sus aliados europeos a través de la OTAN en unos momentos, además, en que la Rusia de Vladimir Putin supone un factor de desestabilización en varias zonas del Este de Europa, desde Ucrania hasta los países bálticos.

     Todos estos hechos han generado una creciente preocupación en las instituciones comunitarias, pues como señalaba Federico Steinberg en su interesante trabajo «La UE ante la hostilidad del presidente Trump», “los cimientos sobre los que se sustenta el orden liberal internacional, que ha permitido a los países europeos alcanzar cotas de seguridad y prosperidad sin precedentes, se están tambaleando”. Y es cierto, pues estamos asistiendo en unos momentos en que, coincidiendo con el declive de Europa en el contexto mundial, la América de Trump parece quererla abandonar a su suerte dado que a Washington le interesa más una alianza estratégica con Rusia que con la UE, de igual modo que parece no tener presentes a sus aliados tradicionales para afrontar el auge de China, país al cual considera como la principal y la más seria amenaza para la hegemonía de los EE.UU., puesta en entredicho cada vez con mayor intensidad por el gigante asiático.

     Así las cosas, Trump ha pasado de menospreciar a la UE a lanzarle ataques directos mediante su apoyo a movimientos antieuropeos, xenófobos e iliberales que amenazan con destruir a la UE desde dentro, y ahí están las actuaciones maquiavélicas de Steve Bannon para corroborarlo apoyando y coordinando las actuaciones de los grupos de extrema derecha liderados por Marine Le Pen o Matteo Salvini. Es por ello que Trump es el primer presidente de EE.UU. que ve a la UE como un rival comercial en vez de como un aliado estratégico y, de ahí, su dura política proteccionista y arancelaria para con los productos procedentes de los países de la UE.

    En la situación actual, como indicaba Steinberg, los líderes europeos se sienten “desconcertados, incómodos y vulnerables” ante las formas de Trump y dudan cual es la mejor forma de reaccionar ante los trump-azos que están recibiendo. De este modo, dos hipótesis se abren paso en esta anómala situación. La primera, que Trump sea “un accidente pasajero” y, por ello, intentar capear como mejor se pueda el temporal y las bravuconadas del dirigente americano, manteniendo, a la vez, un diálogo permanente con los sectores americanos partidarios de mantener la alianza transatlántica hasta que un nuevo presidente vuelva a la “normalidad” de las relaciones ahora cuestionadas.

     Una segunda hipótesis resulta más preocupante: que el trumpismo fuera más allá de Trump, lo cual significaría una recalibración del interés nacional de los EE.UU., en un mundo cada vez más multipolar, con una Europa en declive y con unos EE.UU. cada vez más aislacionistas, que irán retirando gradualmente su “paraguas de seguridad” desplegado desde hace 70 años sobre Europa, dado que la prioridad geoestratégica actual de Washington es frenar el auge de China, que sin duda, será el gran enfrentamiento que va a marca el s. XXI. Por ello, Angela Merkel opina que la UE debería de situarse en esta segunda hipótesis, “en el peor escenario posible” y, por ello, optar por buscar una mayor autonomía estratégica, repensar su relación con China y, también, fortalecer sus alianzas con países que comparten sus valores como Canadá, Japón o algunas naciones de América Latina.

     Pero la gran debilidad de la UE es que se trata de un gigante económico pero un enano político, dado que, al no ser un Estado propiamente dicho, carece de una auténtica política exterior y de seguridad común y, por ello, como alguien dijo gráficamente, la UE es “una potencia herbívora en un mundo cada vez más de carnívoros”. La realidad es tozuda y, por ello, los tiempos en que “el amigo americano” protegía a Europa Occidental y no sólo eso, sino que le otorgaba ventajas económicas y fomentaba la integración, ya no van a volver. Por ello, el interesante análisis de Steinberg, concluye recordándonos que el tablero internacional  ha cambiado radicalmente ante un nuevo mapa geoestratégico, un nuevo (des)orden internacional, en el que la UE tiene un papel todavía por definir y en el que hallamos “un EE.UU. más aislacionista, una China más asertiva, una Rusia que seguirá golpeando por encima de su peso durante bastantes años y unas instituciones multilaterales más débiles”, un mundo, además, en el que los países emergentes reclamarán más cotas de poder e influencia que les corresponden por su mayor peso económico y militar. Este es el mundo que ya tenemos en puertas tras el alejamiento político, económico y emocional de EE.UU., a quien hasta hace poco tiempo Europa consideraba como “el amigo americano”.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 7 junio 2019)

 

 

AMENAZAS CONTRA LA UNION EUROPEA

AMENAZAS CONTRA LA UNION EUROPEA

 

     Estamos asistiendo tristemente a un debilitamiento de los valores del europeísmo en unos momentos en que resultan más necesarios que nunca ante los diversos embates que por diversos frentes está recibiendo y que podrían frustrar el futuro de la Unión Europea (UE).

     Las instituciones comunitarias están sufriendo en estos últimos años los efectos del hostigamiento de los movimientos euroescépticos y del auge la ultraderecha. Si ya de por sí era grave la brecha abierta en la línea de flotación de la UE como consecuencia del Brexit, del cual dijo Madeleine Albright que era “toda una demostración de masoquismo económico que los británicos lamentarán durante mucho tiempo”, no menos preocupante es la irrupción en el Parlamento Europeo de los partidos ultraderechistas y xenófobos. Como señalaba Robert Patxon, en su libro Anatomía del fascismo (2005), en todos estos grupos políticos, “se percibe el eco de temas fascistas clásicos” tales como el miedo a la decadencia y a la descomposición, la afirmación de la identidad nacional y cultural propia, la supuesta “amenaza” que suponen los extranjeros no asimilables para esa anhelada identidad nacional y para el “buen orden social”, sin olvidar tampoco lo que ellos consideran como “la necesidad de una mayor autoridad para resolver los problemas”, razón por la cual, en algunos de estos partidos se percibe lo que la citada Madeleine Albright, en su reciente obra Fascismo. Una advertencia (2018), no dudaba en calificar como “el penetrante hedor del fascismo”.

     En este empeño de intentar dinamitar la UE desde dentro, resulta cada vez más preocupante la maquiavélica y desestabilizadora labor de Steve Bannon y su organización “El Movimiento”, así como ñas intenciones de la Alianza de Pueblos y Naciones, germen de una internacional de partidos nacional-populistas y fascistas. No menos grave resulta la involución reaccionaria en países como Italia, Holanda, Austria, Eslovaquia, Hungría, Bulgaria, Polonia, Estonia e incluso en los otrora venerados paraísos progresistas escandinavos como es el caso de Finlandia, Suecia o Dinamarca, donde han arraigado, también, con la fuerza de una hiedra trepadora, movimientos xenófobos y antieuropeos de signo fascista.

     En este contexto, el problema de la migración se ha convertido en uno de los principales arietes del antieuropeísmo de todos estos grupos, especialmente tras la crisis migratoria de 2015 que socavó la necesaria solidaridad intraeuropea dando como consecuencia el cierre unilateral de fronteras por los gobiernos de Hungría, Austria o Bulgaria, así como el alarmante auge electoral de Alianza por Alemania (AfD) que, tras las elecciones germanas de 2017 se convirtió en la tercera fuerza política del Reichtag. Tal es así que resulta lamentable constatar que, los inmigrantes se han convertido en el chivo expiatorio del malestar de una población que ha sufrido los negativos efectos de la globalización y que siente una creciente desafección hacia las instituciones de la UE, temas éstos demagógicamente instrumentalizados por la extrema derecha. Este hecho genera un temor, sin duda infundado, en un determinado sector de la población (y del electorado) proclive por ello a apoyar a los partidos que hacen de la xenofobia uno de sus signos de identidad, esa xenofobia que cierra fronteras, levanta alambradas o pretende construir muros, los mismos que, siguiendo la estela de Trump, reclama Vox para “proteger” Ceuta y Melilla. Este rechazo, alentado por mentiras aireadas intencionadamente por los grupos xenófobos, resulta especialmente injusto dado que, como señalaba Carmen González Enríquez, “los inmigrantes están indefensos ante este ataque”. No obstante, como bien señalaba Albright, si la migración no controlada provoca rechazo social, no es porque muchos de los refugiados sean delincuentes o terroristas, que obviamente no lo son, sino porque “la convivencia con extranjeros exige de nosotros dos cosas muy preciadas: buena voluntad y tiempo” y “ambas son necesarias para fortalecer la confianza y ninguna de ellas está tan extendida como quisiéramos”. Interesante y muy oportuna reflexión.

     Otro de los hilos argumentales de los grupos antieuropeos es su rechazo a lo que ellos consideran excesivo poder de Bruselas y de la burocracia comunitaria cuyas normativas prevalecen sobre las respectivas legislaciones internas de cada país miembro. Tal es así que hay casos como el de la Hungría de Víktor Orbán en que pese a los cuantiosos fondos que percibe de la UE, no tiene ningún reparo en llenar las ciudades magiares de ofensivos carteles bajo el lema de “Paremos a Bruselas” y, de este modo, provocando a la UE, pretende “liberar” a su país de las “imposiciones” de los “burócratas de Bruselas”, lo cual hoy por hoy, le está ofreciendo un considerable rédito electoral.

     En unos momentos decisivos para la historia inmediata de Europa, los resultados que arrojen las elecciones al Parlamento Europeo del próximo 26 de mayo, servirán para valorar el estado de salud de los valores que dan razón de ser a la UE cual son el respeto a la dignidad humana,  la libertad, la democracia, la igualdad y los derechos humanos, así como para evidenciar el grado e intensidad de las amenazas que se ciernen sobre el ideal de esa Europa progresista y solidaria en la que creemos, la misma con la que soñaron Jean Monnet, Robert Schuman o Konrad Adenauer, los impulsores del europeísmo moderno.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 22 mayo 2019)

 

 

EL NUEVO HUMANISMO

EL NUEVO HUMANISMO

 

     Europa salió de los tiempos de tinieblas del Medievo gracias al Humanismo del Renacimiento. Fue entonces cuando, recuperando los valores de la cultura clásica, este movimiento filosófico, intelectual y cultural, reemplazó la visión teocéntrica imperante por el antropocentrismo, esto es, por dar valor y significado al ser humano como medida de todas las cosas, a la vez que impulsaba una moralidad altruista y un anhelo de construir un mundo más justo para el conjunto de la humanidad: ahí están, por ejemplo, las ideas de pensadores como Tomás Moro y su célebre Utopía, obra en la cual plasma el sueño de una sociedad ideal, justa y solidaria.

     Este espíritu humanista, símbolo de modernidad, ha formado parte de la identidad de la cultura europea durante cinco siglos y ha servido también para conformar los valores esenciales de la actual Unión Europea, tal y como recordaba el filósofo holandés Rob Riemen, articulando así un modelo sociedad progresista y solidaria que ha sido capaz de superar la herencia de los dramáticos conflictos armados que, en tiempos pasados, ensangrentaron al continente europeo.

     No obstante, hoy en día parece que este humanismo, que representa lo mejor de los valores que dignifican al ser humano, está siendo ignorado, incluso atacado desde distintos ámbitos, aludiendo a él de forma despectiva como un ingenuo “buenismo”, tal y como se ha puesto de manifiesto en temas tan candentes como la reciente crisis migratoria y la actitud de acogida hacia las personas que llegan a nuestra Europa soñando con construir un futuro mejor alejado de guerras y de miserias. Estos ataques a los valores humanistas provienen tanto de los emergentes movimientos xenófobos, racistas o abiertamente fascistas, como de un rampante y deshumanizado neoliberalismo adorador del “Dios Dinero”, todo lo cual ofrece un panorama preocupante y peligroso, por lo que representan y por el riesgo futuro que tras ellos se intuye. Y es que en estos tiempos los valores humanistas, como señalaba Jorge Riechmann, se hallan “aplastados bajo la avalancha de la basura mediática, el consumismo nihilista y la degeneración de la democracia”.

    Pese a estas amenazas, los valores del Humanismo siguen vivos, afortunadamente, en estos tiempos de crisis e incertidumbres, como lo ponen de manifiesto la labor de multitud de ONGs que, inspiradas en el espíritu de solidaridad, justicia y acogida, intentan paliar infinidad de dramas sociales y personales. Es por ello que se habla de la existencia de un Posthumanismo y éste toma diversas formas tal y como señalaba Rosi Braidotti, pues todas ellas parten de “tradiciones emancipatorias”, entre las que cita el antifascismo, los humanismos socialistas, el feminismo, el pensamiento descolonial y los ambientalismos.

    En este contexto, es donde hay que situar la importancia creciente del Humanismo ecológico, aquel que ve el mundo no como un lugar de saqueo y expolio, sino como un lugar que debemos preservar y en consecuencia, el ser humano deja de ser un dominador del medio ambiente, sino su guardián y celoso administrador para preservarlo para las generaciones futuras. Y dentro del mismo, se hallaría también el Ecosocialismo y el Ecofeminismo, concepto en el cual se englobaría, como señala Carmen Magallón, “la tríada devaluada por la historia”, esto es, la defensa de las mujeres, a la naturaleza y a la paz, cuyos valores reivindica. Ya lo decía Francia Márquez, líder de los derechos medioambientales en Colombia frente a los abusos y destrozos y efectos devastadores de las industrias mineras sobre el medio ambiente en su país al señalar que “somos parte de la naturaleza, no sus dueños”.  Son en estos planteamientos, radicalmente distintos a los de la política dominante, donde la conciencia femenina aporta una visión alternativa, necesaria y progresista, al igual que ocurre con  el Feminismo pacifista desde que se fundase en 1915, en pleno fragor de la I Guerra Mundial, la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad.

   Por todo ello, hoy más que nunca resulta necesario reivindicar un nuevo Humanismo, en sus diversas facetas y enfoques, que haga frente a los principales retos que amenazan a la Humanidad. En esta línea, el teólogo José Ignacio González Faus manifestaba que “una forma de trabajar por la justicia, además de incorporar el feminismo y la ecología a este nuevo Humanismo, sería también “la lucha contra el desafuero del consumismo”. En consecuencia, necesitamos, como apuntaba Roy Scranton, “formas nuevas de pensar sobre nuestra existencia colectiva” y sólo así podremos superar estas amenazas puesto que, como advertía Jorge Riechmann, “nos jugamos que en el futuro del mundo predominen las desigualdades, los autoritarismos y la destrucción de la naturaleza, o por el contrario, la solidaridad, los derechos, la inclusión y la participación”. Todo un reto para el nuevo Humanismo.

 

José Ramón Villanueva Herrero

Publicado en: El Periódico de Aragón, 25 noviembre 2018.

 

 

"TRUMP-AZO" EN IRÁN

"TRUMP-AZO" EN IRÁN

     Entre los múltiples despropósitos y torpezas del presidente norteamericano Donald Trump en materia de política internacional uno de los más graves ha sido la ruptura el pasado 8 de mayo del Acuerdo nuclear con Irán cuyas consecuencias futuras resultan imprevisibles.

     El oficialmente llamado Plan de Acción Integral Conjunto fue firmado en julio de 2015 por Irán junto a otras seis potencias (EE.UU., Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania) tras 12 años de arduas negociaciones con el objeto de reorientar el programa nuclear iraní hacia fines civiles a cambio del levantamiento de las sanciones internacionales que, desde 2006, se estaban aplicando contra el régimen de Teherán.

      El Acuerdo nuclear contaba con el respaldo unánime del Consejo de Seguridad de la ONU (Resolución 2231 de 20 de julio de 2015) y había abierto expectativas de distensión entre Irán y los EE.UU., así como de reformas internas en el régimen de los ayatollahs, y era sensación general que se estaba cumpliendo de forma correcta y así lo avalaban las 10 inspecciones sucesivas que confirmaron el efectivo cumplimiento por parte de Irán en lo referente al control de su programa nuclear. Sin embargo, la decisión de Trump, que rompe de forma brusca con la política conciliadora del anterior presidente Barack Obama, abre ahora todo un espectro de incertidumbres en la política internacional y, de forma especial en el convulso panorama de Oriente Medio.

     La polémica decisión de Trump, alentada con entusiasmo por parte de Arabia Saudí e Israel, obvia que el referido Acuerdo, tal y como señalaba Félix Arteaga, “solucionó alguno de los riesgos inmediatos de proliferación que generaba el programa nuclear y aplazó la solución de otros, incluido el desarrollo de misiles balísticos y la injerencia en asuntos regionales para más adelante a la espera de que el Acuerdo creara las condiciones de confianza necesarias para afrontarlos”.

    Pero la realidad inmediata nos conduce por caminos inciertos. A nivel interno de Irán, aunque el presidente Hassan Rohani se ha mostrado partidario de mantener los Acuerdos, la presión de los sectores más radicales del régimen (el ayatollah Alí Jamenei y los Guardianes de la Revolución) puede hacer que el país retorne (y acelere) a su programa nuclear y, además, sin la supervisión externa de los inspectores internacionales. A ello hay que añadir que la decisión de Trump no perjudica al sector radical iraní, el que sigue viendo a EE.UU. como “el gran Satán”, sino a los reformistas afines al presidente Rohani, aquellos que apostaron por un Acuerdo como elemento de cambio político y social interno.

     Otra deriva de la nueva situación creada por la irresponsabilidad de Trump es la actitud que pueda tomar Washington ante un previsible incremento de la tensión con Teherán y, en este sentido, no debemos olvidar que la Navy tiene, desde 2015, desplegados en la base española de Rota buques antimisiles con objeto de neutralizar un hipotético ataque iraní, hecho éste que pondría a España en la primera línea de un hipotético futuro incidente armado o conflicto con la República Islámica de Irán.

      Pero una de las consecuencias más graves de este “trump-azo” ha sido el negativo impacto que está teniendo en las relaciones transatlánticas como lo pone de manifiesto el creciente desencuentro entre EE.UU. y sus aliados europeos, y en especial en el caso de la Unión Europea (UE), la cual debe mantener una política autónoma frente a la deriva y desconcierto que, con esta decisión, está sumiendo a las relaciones internacionales las bravuconadas del actual y esperpéntico de la Casa Blanca las cuales, por otra parte,  pueden suponer la pérdida del apoyo de sus aliados europeos a los que, por otra parte, tanto desdeña. Este deterioro todavía se acentuará más si Trump lleva a cabo la amenaza de penalizar a gobiernos y empresas europeos que mantengan una relación normalizada con Teherán y no secunden a los EE.UU. en su política de nuevas sanciones contra Irán

     Hay que recordar igualmente que la ruptura unilateral del Acuerdo fue tomada por Trump desoyendo a sus asesores y en contra de la opinión y el consejo del resto de los países firmantes del mismo y supone todo un cúmulo de despropósitos que dinamitan la normalización de las relaciones diplomáticas y al afianzamiento de la necesaria confianza mutua en una región tan inestable como es el Oriente Medio. A ello hay que añadir que Trump, para agitar todavía más la situación internacional, ha anunciado recientemente que está dispuesto a poner fin al Tratado de Armas Nucleares de Rango Medio entre EE.UU. y Rusia, rubricado en 1987 entre los entonces presidentes Ronald Reagan y Mijail Gorbachov. Otra preocupante decisión, un “trump-azo”, que nos retrotrae a los tiempos, que ya teníamos superados, de la Guerra Fría.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 8 noviembre 2018)

 

HIPOCRESÍA POLÍTICA Y NEGOCIOS RENTABLES

HIPOCRESÍA POLÍTICA Y NEGOCIOS RENTABLES

 

    El asesinato del periodista Jamal Ahmad Khashoggi, ha vuelto a poner de actualidad a Arabia Saudí, un país que siempre ha hecho gala de un absoluto y flagrante desprecio por los derechos humanos y en donde las ejecuciones públicas son práctica habitual.

     Como señalaba Jesús Núñez Villaverde, Arabia Saudí, desde su creación en 1932, más que un país es la propiedad privada de la familia reinante, los Al-Saud, la cual controla directamente todas las palancas del poder social, político, económico y militar del reino. A ello contribuye el hecho de que el poder autocrático de tan anacrónica monarquía se sustenta en la ortodoxia religiosa wahabí, una corriente del Islam surgida a mediados del s. XVIII como consecuencia de la alianza entre el predicador Muhammad Ibn Abd al Wahab y el líder tribal Muhammad ibn Saud y que tiene como objetivos purificar la religión, combatir las innovaciones, aplicar estrictamente la ley islámica (sharia), sin olvidar tampoco la obligación de los fieles de acudir a la guerra santa (yihad), no sólo contra los “infieles” cristianos, sino también contra los musulmanes chiíes, a los que el wahabismo considera como “renegados” de la ortodoxia islámica, cuestión ésta que explica el histórico enfrentamiento, no sólo religioso sino también geoestratégico, de Arabia Saudí con el  Irán chiita en todo el Próximo Oriente y de forma especial en el sangriento conflicto del Yemen.

      Además de lo dicho, hay que tener presente que es el wahabismo saudí el que financia a los núcleos del Islam más radicales a lo largo de todo el mundo y el que impone en las mezquitas de muchos países, también en Europa, a imanes wahabíes, lo cual, como proponía Tica Font, directora del Instituto Catalán de la Paz, debería de hacernos replantear la política de amistad con Arabia Saudí, así como la necesidad de suspender la venta de armas al régimen de Riad.

     En este contexto, asistimos a una nueva hipocresía de Occidente, desde la América de Trump a la Unión Europea (UE) y por supuesto también de España pues, siendo conscientes de lo que significa y cómo actúa el régimen dictatorial saudí, muchos gobiernos miran para otro lado para no poner en riesgo cuantiosas inversiones y contratos, bien sea en infraestructuras como el AVE Medina-La Meca, o en suculentos suministros de armas, dado que Arabia Saudí es el tercer país del mundo en  cuanto a gasto en material militar. Es por ello que países como Francia, Reino Unido y también España, olvidan que los fundamentos de la acción exterior de la UE de la cual forman parte se basan en la promoción y la consolidación de la democracia, el apoyo al imperio de la ley, la libertad de expresión y la protección de los derechos humanos, valores éstos que, en este caso, son absolutamente desoídos como si se predicasen en el desierto…saudí. Sólo Suecia ha tenido el coraje de congelar, por estos motivos, la venta de armas al gobierno de Riad, dando una lección de coherencia en la defensa de los valores de la UE. Por el contrario, resulta sonrojante el caso de España a raíz del polémico contrato de la venta de 400 bombas “de precisión” firmado por el anterior gobierno del PP y asumido (y defendido) por el actual ejecutivo del PSOE por medio de unas impropias y muy criticables declaraciones del ministro Josep Borrell, bombas que, a buen seguro, ya estarán ahora empleándose en la guerra del Yemen. Por todo ello, como declaraba Alberto Estevez, portavoz de Armas bajo control, el gobierno de Pedro Sánchez ha perdido la oportunidad de ponerse a la cabeza del mundo en el control de las exportaciones de armamento. Estos hechos demuestran que España ha cedido, una vez más, al chantaje de Arabia Saudí que considera las relaciones comerciales “como un todo” por lo que la cancelación de este contrato podría tener consecuencias en otros acuerdos como el de la construcción de las corbetas encargadas a la empresa Navantia.

    Y es que, todos estos contratos, por muy cuantiosos que sean, unido a la pasividad de tantos gobiernos democráticos ante la constante violación de los derechos humanos en Arabia Saudí, sirven para continuar legitimando a su régimen autocrático y sangriento. Y tan lamentable como todo lo anterior resulta el que deportistas del prestigio de Rafael Nadal y Novak Djokovic se hayan prestado a celebrar un partido de tenis previsto en Jeddah para el próximo 22 de diciembre con el objetivo propagandístico, abiertamente reconocido, de lavar la imagen internacional de la monarquía saudí, más desacreditada, si cabe, tras el asesinato de  Jamal Ahmad Khashoggi, un crimen que en poco tiempo se olvidará ante el poder y los intereses que generan los petrodólares saudíes.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 21 octubre 2018)

 

 

 

POPULISMOS FASCISTAS

POPULISMOS FASCISTAS

 

     Hace unos días, Pedro Luis Angosto escribía que nos hallamos ante uno de los momentos más peligrosos de la historia de la Humanidad desde que acabó la II Guerra Mundial. Tras esta contundente afirmación aludía a los negativos efectos de la globalización, tanto en cuanto ha supuesto un brutal ataque a la democracia, así como al resurgir de actitudes xenófobas y fascistas que, utilizando temas tan sensibles como la migración, y bien que lo constatamos diariamente, están captando adeptos entre una población cada vez más temerosa ante una supuesta e imaginaria "invasión" de nuestra civilizada Europa. Así las cosas, la situación se agrava mientras la derecha democrática coquetea con algunos de los postulados de la ultraderecha fascista y la izquierda europea se halla desarbolada, incapaz de articular un programa social y solidario que recupere los valores esenciales de la democracia y que sirva de dique efectivo ante semejante ofensiva reaccionaria.

     Por todo ello, densos nubarrones se ciernen sobre el futuro de nuestros valores y nuestro modelo de sociedad, amenazados por los que se han dado en llamar "populismos".  Pero el lenguaje no es inocente, y como indicaba con acierto Rosa María Artal, se recurre con frecuencia a "definiciones adaptadas para calificar los viejos fascismos". Este es el caso del empleo del término "populismo", y por ello, esta perversión del lenguaje, a menudo interesada, está vaciando de contenido lo que sin duda es una de las mayores amenazas que nos acechan, que ya las tenemos presentes, cual es lo que Artal califica como "el fascismo y sus asimilados"

     En esta misma línea se halla el pensamiento del filósofo holandés Rob Riemen. Si  su obra La nobleza del espíritu (2009) suponía una defensa de los valores humanos fundamentales, en El retorno eterno del fascismo (2010), ya denunciaba las formas modernas de fascismo, las cuales ya no tienen la parafernalia de los años 30, pero resultan igual de letales para nuestras democracias y, por ello, ponía el ejemplo del Partido de la Libertad holandés de Geert Wilders, paradigma de los nuevos neofascismos emergentes. Este mismo tema ha vuelto a ser tratado por Riemen en su último libro, titulado Para combatir esta era.  Consideraciones urgentes sobre fascismo y humanismo (2018), en el que alerta sobre la amenaza real que supone el fascismo, un fenómeno que "no es del pasado", y ante la cual no hay que utilizar términos o palabras alternativas como "populismo" o "extrema derecha", ya que definir estas actitudes como "populistas", como señala Riemen, "es tan sólo una forma más de cultivar la negación de que el fantasma del fascismo amenaza nuevamente a nuestras sociedades". Es por ello que una de las ideas esenciales del libro es la necesidad de llamar al fascismo por su nombre y así no engañarnos a nosotros mismos y ser plenamente conscientes de esta realidad.

     Resulta lamentable comprobar cómo olvidamos las lecciones trágicas de la historia y ello favorece el eterno retorno del fascismo, pues como señala el filósofo holandés, "los seres humanos somos tan irracionales como racionales y el fascismo es el cultivo político de nuestros peores sentimientos irracionales: el resentimiento, el odio, la xenofobia, el deseo de poder y el miedo". Y el retorno fascista está aquí: ya lo avisó con el auge electoral de Geert Wilders en su Holanda natal, pero luego llegó Trump, Alternativa por Alemania (AfD), un partido "orgullosamente fascista", convertido en la principal fuerza de la oposición en el Bundestag, o el avance de los neofascismos en el seno de la misma Unión Europea, a la cual están minando sus principios democráticos, solidarios y europeístas, tal y como ocurre con Hungría, Polonia, Eslovaquia o Austria, sin olvidar países de la importancia de Italia (recordemos las políticas anti-inmigración y xenófobas contra la población gitana de Matteo Salvini) o en la misma Francia, en donde, no lo olvidemos, uno de cada tres ciudadanos simpatiza electoralmente con el Frente Nacional de Marine Le Pen.

    Y qué decir de España, donde nuestra democracia todavía tiene que soportar ofensas como la concesión del funesto título de Condesa de Franco a la nieta del dictador o la polémica suscitada entre los sectores fascistas (políticos y sociológicos) por la futura exhumación de los restos de Franco de su faraónico panteón del Valle de los Caídos. Tras este tema, late, una vez más, los ecos de la España cainita franquista, apoyado con demasiada frecuencia por la pasividad, cuando no connivencia de sectores de la derecha democrática afines al PP, siempre tan cerril a la hora de impulsar de forma decidida políticas públicas a favor de la memoria democrática y, como ejemplo, ahí quedan las despectivas declaraciones de Rafael Hernando o Pablo Casado en torno a las exhumaciones del las víctimas del franquismo que todavía yacen, a millares, en infinidad de fosas comunes.

     Esta es el panorama general. Tiempo atrás, también José Saramago nos advirtió de las nuevas formas de fascismo emergentes y el escritor luso, con su clarividencia habitual se refería a ellas con estas palabras: "los fascistas del futuro no van a tener aquel estereotipo de Hitler o de Mussolini. No van a tener aquel gesto de duro militar. Van a ser hombres hablando de todo aquello que la mayoría  quiere oír. Sobre bondad, familia, buenas costumbres, religión y ética. En esa hora va a surgir el nuevo demonio, y tan pocos van a percibir que la historia se está repitiendo".  Estas palabras de Saramago que no deben sonar a fatalismo determinista, pues aún podemos garantizar un digno futuro para nuestros hijos si somos conscientes de esta realidad. Ese rayo de esperanza lo exponía Riemen  al señalar que "todavía podemos evitar que la situación política empeore mucho más. Podemos unirnos y tener una nueva cultura que recupere el espíritu de la democracia, que prospere en una nobleza de espíritu. La de Europa es una historia llena de lágrimas, pero también de hazañas. Es un sueño que no se rinde". Una vez más, el dilema es optar entre un futuro regido por la civilización humanista que ha construido Europa o la barbarie fascista, que tantas veces la ha ensangrentado enarbolando las odiosas banderas de los furibundos nacionalismos, siempre excluyentes, siempre totalitarios.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 21 julio 2018)

 

¿QUO VADIS, TURQUÍA?

 

     Muchas cosas han cambiado desde que Mustafá Kemal proclamara en 1923 la República de Turquía, instaurándose así un nuevo sistema político que ponía fin al caduco Imperio Otomano. Fue entonces cuando, mediante una serie de profundas reformas, se pretendió crear un nuevo estilo de ciudadano turco, republicano, nacionalista y secular similar al existente en otros países europeos. Estas reformas supusieron la adopción del alfabeto latino y el calendario gregoriano, los códigos legislativos europeos, se promovió la forma de vestir occidental y también, algo muy importante para un país de mayoría musulmana: la desaparición de la religión del ámbito educativo y de la judicatura. De este modo, la religión se puso bajo el control del Estado y  en 1928 se suprimieron los artículos de la Constitución de 1924 que conferían al islam el título de religión oficial de Turquía. De igual modo, se emancipó el papel social de la mujer, caso inédito en el ámbito musulmán de la época, permitiendo su plena inserción en el sistema educativo y laboral, concediéndole además el derecho al voto en las elecciones municipales en 1930 y para las generales en 1931, antes que muchos países de Europa, incluido el caso de España, donde el derecho al sufragio femenino se lograría en 1933.

     Desde aquellas reformas el país fue abriéndose hacia la democracia, pese a que en su historia reciente sufrió varios golpes de Estado, en concreto, en los años 1960, 1971 y 1982. Tras este último, la Junta Militar, mediante la Constitución de 1982, institucionalizó “la tutela militar del régimen político” para que éste no se desviase de las ideas que impulsaron las reformas laicas del kemalismo y las pusiera a salvo de una hipotética involución de signo islamizante.

     Turquía, que no participó en la II Guerra Mundial, al término de ésta, temerosa de las amenazas expansionistas de la URSS, se alineó decididamente en la órbita occidental durante la Guerra Fría, razón por la que ingresó en la OTAN en 1952, al igual que lo había hecho previamente en la Organización Europea de Cooperación y Desarrollo (OECD) en 1948, además de solicitar un acuerdo de adhesión a la entonces Comunidad Económica Europea (CEE) por primera vez en el año 1959, la cual reiteraría más tarde en 1987 y en 2004.

   Pero todo este proceso de occidentalización de Turquía, país de un valor geoestratégico vital, considerado la “puerta” entre Oriente y Occidente, parece que ha llegado a su fin tras la llegada al poder en 2002 del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), desde entonces liderado por Recep Tayyip Erdogan, así como por la creciente islamización de la sociedad turca, un proceso que se ha ido agudizando gradualmente en los últimos años. En este sentido, durante su primera legislatura de gobierno del AKP (2002-2007), Erdogan se ganó un merecido prestigio internacional como uno de los principales impulsores, junto con el expresidente español Rodríguez Zapatero, de la Alianza de Civilizaciones, aquel bienintencionado proyecto mediante el cual, como señalaba Carmen Rodríguez López, se pretendía “mejorar la comprensión y las relaciones de colaboración entre naciones y pueblos de diferentes culturas y religiones, en particular, entre las llamadas sociedades islámicas y occidentales, y, en el proceso, ayudar a contrarrestar las fuerzas que promueven la polarización y el extremismo”. Pero poco después, lejos de estos ambiciosos objetivos, el gobierno del AKP fue perdiendo impulso en sus reformas democratizadoras y ya, en su tercera legislatura (2011-2015), con Erdogan como presidente de la República desde 2014, se atisbó un viraje hacia actitudes autoritarias. Desde entonces se ha ido restringiendo la libertad de expresión y manifestación, han aumentado los poderes del Ejecutivo para el control de las redes sociales, los medios de comunicación o sobre el Poder Judicial, limitando así la independencia de éste. También resulta preocupante en estos últimos años la agresiva política exterior turca con la intensificación de su presencia militar en Oriente Medio, como lo prueba su intervención armada en Siria, el establecimiento de una base militar en Qatar, sin olvidar tampoco su permanente represión sobre el pueblo kurdo.

    Esta involución democrática y esta agresividad militar, las ha ido intensificando el gobierno turco, cada vez más autoritario, sobre todo tras el fracaso del cruento golpe militar del pasado 15 de julio de 2016. Este suceso, considerado por Erdogan como “un regalo del cielo” para tener el pretexto ideal mediante el cual purgar a sus oponentes políticos, especialmente a los seguidores de Fethullah Gülen, los cuales han sido desde entonces depurados a millares del Ejército, la Administración y de los medios de comunicación. Esta situación ha hecho que el AKP haya roto el tradicional alineamiento pro-occidental de Turquía y, en contraposición, Ankara fuese mejorando sus relaciones con Rusia y con Irán, con la cuestión del conflicto de Siria como telón de fondo. Por su parte, el autoritarismo y los retrocesos democráticos del Gobierno turco, han deteriorado, lógicamente, sus relaciones con la Unión Europea, razón por la cual el Parlamento Europeo suspendió en noviembre de 2016 las negociaciones de adhesión entonces en curso.

   Así las cosas, tras la victoria del AKP en las elecciones presidenciales y parlamentarias del AKP del pasado 24 de junio, que han aupado de nuevo  a Erdogan a la presidencia de Turquía con amplios poderes ejecutivos frente al socialdemócrata Muharren Ince, el candidato del Partido Republicano del Pueblo (CHP), símbolo de la oposición laica, se confirma que el rumbo político del país parece querer dar la espalda a Europa y a la democracia y caminar hacia una creciente (y peligrosa) islamización. Por ello nos preguntamos, ¿Quo vadis, ¿Turquía?, ¿A dónde vas, Turquía?, y es entonces cuando recordamos la afirmación de Kemal Attaturk según la cual “los turcos nos hemos movido siempre y de una manera constante hacia Occidente […] para convertirnos en una nación civilizada, no hay otro camino”, palabras que no debería olvidar Turquía si quiere volver a transitar por la senda de la democracia y del progreso social.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 2 julio 2018)

 

 

EL NEGOCIO (SANGRIENTO) DE ARMAS

EL NEGOCIO (SANGRIENTO) DE ARMAS

 

     En el siempre polémico tema del mercado internacional de armas convergen múltiples intereses, tanto económicos de las industrias fabricantes como geoestratégicos de los Estados que los impulsan. Además, si bien es cierto que, como señalaba Tica Font, directora del Instituto Catalán Internacional para la Paz, el comercio de armas descendió tras el final de la Guerra Fría, también es verdad que, aunque con altibajos como consecuencia de la crisis económica, este suculento mercado se ha reactivado como consecuencia de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la posterior lucha contra el terrorismo internacional.

     En el conjunto de los países productores de armas, aunque EE.UU., la Unión Europea y Rusia acaparan el 85% de la producción mundial y que estas armas son cada vez más tecnológicamente sofisticadas, hay que tener presente que España tiene un importante papel dado que, según datos de 2015, figura como el 7º país en el ranking mundial de exportadores de armas tras EE.UU., Rusia, Alemania, Francia, China y Reino Unido. Además, en este mercado, siempre cuestionable, todos los Gobiernos de España del período democrático, como de nuevo señalaba Tica Font, han evidenciado “un importante grado de secretismo y opacidad” tanto ante el Parlamento como ante la ciudadanía y la opinión pública. Y esta lamentable situación se produce a pesar de que la Junta Interministerial de Material de Defensa y Doble Uso (JIMDDU) es la responsable de autorizar las exportaciones de armas, incluidas las destinadas a algunos países que, como es el caso de Arabia Saudí, Egipto, Turquía o Irak están inmersos en conflictos armados. De este modo, según un informe de Armament Research Services (ARES) de agosto de 2016, se tenía constancia de la presencia en la guerra del Yemen de armas españolas, entre ellas las fabricadas por la empresa zaragozana Instalaza tales como lanzacohetes C-90CR y granadas de mano, así como del empleo de vehículos tácticos todoterreno «Uro Vamtac» fabricados en Santiago de Compostela por la empresa UROVESA.

     Especialmente significativo es el caso de Arabia Saudí con quien España mantiene unos muy cuestionados Acuerdos de Cooperación Militar, país que se ha convertido en los últimos años en el mayor comprador de armas de todo Oriente Medio como lo prueba el hecho de que, entre 2011-2015 ha incrementado en un 275% la adquisición de suministros militares. Dado el carácter represivo de la monarquía saudí, la falta de derechos fundamentales que impone su visión rigorista del islam wahabita, unido a su intervención militar en el conflicto de Yemen, han hecho que, desde distintas instancias, entre ellas, diversas ONGs como Amnistía Internacional, Greenpeace, Intermon Oxfam o Fundipace, se haya pedido la suspensión de las exportaciones de armas a Arabia Saudí, así como a otros países del Golfo Pérsico. Así lo han reclamado, también, el pasado mes de septiembre de 2017 los grupos parlamentarios de Unidos Podemos, ERC y PDeCAT en la Comisión de Defensa del Congreso de los Diputados alegando que en dichos países existía una represión interna e “indicios racionales de violaciones de los derechos humanos”, propuesta que fue rechazada por el PP, C´s y, sorprendentemente, también por parte del PSOE.

    Hay razones de sobra para considerar la ilegalidad de estas exportaciones con arreglo a la legislación española y europea en lo referente al comercio internacional de armas sobre todo, teniendo en cuenta aspectos tales como la inestabilidad existente en Oriente Medio, unida a la influencia de países como Arabia Saudí, Oman, Baréin o los emiratos Árabes Unidos por su apoyo a una de las partes en el conflicto de Siria o a su participación en la coalición suní que combate en Yemen, y no digamos en el caso de Irak, donde la prohibición resulta todavía más obvia dado que el país, continúa, pese los últimos éxitos del Gobierno de Bagdad, sumido en una guerra en su propio territorio.

      Aunque estos contratos de armas resultan suculentos económicamente hablando, como es el caso de las 5 fragatas encargadas por Arabia Saudí a la empresa Navantia, el cual garantizaría a sus astilleros de Cádiz 5 años de actividad y 10.000 empleos durante ese período, o las gestiones que en su día llevó a cabo en su día  la princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein, que estuvo tan íntimamente relacionada con el rey emérito como éste lo está con el régimen despótico de Riad, para la venta de entre 250 y 270 carros de combate Leopard de la empresa Santa Bárbara Sistemas-General Dinamics por un precio estimado  de 3.000 millones de euros, hay valores y principios superiores a los meramente mercantiles. Por ello, como señalaba Joan Olóriz, diputado de ERC, resulta lamentable comprobar que, aunque cambie el color político del Gobierno de España, todos ellos han priorizado la venta de armas “por encima de los derechos humanos y el derecho penal internacional”.

     Dado que ciertamente resulta utópico pensar en la abolición del mercado de armas a nivel global, aspiremos, al menos a lograr un cada vez un mayor control del mismo. Por ello, y en lo que al caso de España respecta, este control debería basarse en aspectos tales como la necesidad de mejorar la información ofrecida al Parlamento sobre las exportaciones de material de defensa, facilitar el control y seguimiento de estas ventas por parte del Poder Legislativo y, desde luego realizar en todos los casos un análisis riguroso del riesgo  que comportan estas exportaciones de desvío a terceros países o grupos armados  en relación a su destino para el cual fueron autorizadas.

     Por todo ello, el control de las exportaciones de armas no sólo es un reto ético y jurídico sino una forma efectiva de impedir que las armas de fabricación española provoquen daños, especialmente entre la población civil, tal y como por desgracia ahora ocurre en las actuales guerras del Yemen y Siria o en cualquier otro conflicto armado de los que ensangrientan tantas vidas y conciencias.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 18 marzo 2018)