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ANNUAL: EL CENTENARIO DE UN DESASTRE

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     Entre el 22 de julio y el 9 de agosto de 1921, hace ahora cien años, se produjo en Marruecos el conocido como “desastre de Annual”, sufrido por el ejército español, una tragedia causada no sólo por las tribus rifeñas lideradas por Abd-el-Krim, sino también por la ineptitud de los mandos, por un impropio afán de gloria y conquista colonial, así como por los intereses económicos de la clase política y militar que sustentaba la monarquía de Alfonso XIII.

    Tras la pérdida en 1898 de los últimos restos del imperio colonial hispano (Cuba, Puerto Rico y Filipinas), los políticos de la Restauración dirigieron su mirada hacia el indómito Marruecos, con la pretensión de revivir allí viejos sueños de potencia colonizadora. Es por ello que, tras la Conferencia de Algeciras (1906) y la posterior creación del Protectorado Franco-Español (1912), las tierras de Marruecos fueron repartidas entre Francia, que se llevó la mayor parte del territorio, y España, a la que le correspondió una pequeña franja, un territorio agreste, habitada por 66 cabilas o tribus, una zona indómita cuyos nativos, en expresión del sargento de Regulares Enrique Meneses, eran “gentes sin civilizar” y para los que “la guerra es su pasión, su diversión favorita”.

    Varias fueron las razones por las cuales los políticos y estamentos militares del momento fijaron su interés en Marruecos. En primer lugar, para intentar “restañar las heridas” ocasionadas por la pérdida de las colonias en 1898; por otra, el deseo del Ejército de dar salida a una oficialidad que, tras el desastre colonial, se había visto privada de 8.000 destinos. Además, la intervención en Marruecos, a la que se le quiso dar un tinte “civilizador”, pretendía en realidad recuperar el prestigio perdido por la clase política y el Ejército en aquella España decadente que, a duras penas, intentaba sobreponerse de las consecuencias del desastre de 1898. Y, a todo ello, habría que añadir los intereses económicos españoles en la zona, esto es, la explotación de los yacimientos de hierro y plomo marroquíes.

   Desde el primer momento, los sectores populares españoles se opusieron a la aventura colonial en Marruecos: recordemos que fue éste precisamente el motivo del estallido de la Semana Trágica de Barcelona en 1909, el mismo año en que se produjo el desastre del Barranco del Lobo cerca de Melilla. No obstante, los sucesivos gabinetes de la época, en gran medida alentados por Alfonso XIII, continuaron con sus pretensiones coloniales en Marruecos. De este modo, a partir de 1919, el Gobierno de Romanones reactivó la campaña militar para hacerse con el control efectivo del territorio del Protectorado asignado a España y que contaba con una población bereber hostil a cualquier dominación extranjera y que culminó con la conquista de Xauén en el otoño de 1920.

    Posteriormente, el protagonismo militar correspondió al general Manuel Fernández Silvestre, cuya impetuosa e insensata actitud, apoyado y protegido directamente por el rey Alfonso XIII, sería el detonante del desastre. Así, fue Fernández Silvestre el responsable del temerario avance hacia la bahía de Alhucemas, “excesivamente osado y falto de consistencia” como señaló el historiador Daniel Macías, lo cual ocasionó graves problemas de comunicación y la imposibilidad de abastecer de material y, sobre todo de agua en el abrasador verano marroquí, a los “blocaos” o posiciones españolas, por otra parte, escasamente dotadas de hombres y armamentos y débilmente fortificadas, tal es así que, Fermín Galán, entonces  un joven oficial destinado en la zona, definía con estas palabras la lamentable situación de los soldados en los blocaos: “Están famélicos, barbudos, no tienen fuerzas, se caen. Están destrozados”.

    El ataque de las cabilas rifeñas, unificadas bajo el mando de Abd-el-Krim, cercó a las tropas españolas de Fernández Silvestre e iniciada la retirada en medio de un caos total, se produjo el desastre: una insurrección general se abatió sobre los soldados, a los que no se les concedió cuartel y que causó la muerte de más de 10.000 militares españoles (entre ellos, el mismo general Fernández Silvestre), muchos de cuyos cadáveres fueron objeto de todo tipo de vejaciones, tal y como ocurrió tras la rendición de las tropas en Monte Arruit.

  El impacto social de la derrota militar fue grande y el gabinete de Manuel Allendesalazar se vio obligado a dimitir. La ciudadanía pidió la depuración de responsabilidades, se crearon comisiones parlamentarias, el general Picasso redactó el informe que lleva su nombre y es que, “el desastre de Annual” como empezó a ser denominado, puso en el punto de mira no sólo al sistema político de la Restauración, sino también la responsabilidad que en el mismo tuvo el rey, al que muchos hacían responsable de lo sucedido.

   Este triste aniversario nos recuerda cómo miles de cadáveres de soldados, la inmensa mayoría pertenecientes a familias humildes que, a diferencia de las más pudientes no pudieron eludir el servicio militar imperante en aquella tierra hostil, fueron el elevado precio que se pagó por trasnochadas e  ilusorias ambiciones coloniales y militaristas, unidas a los intereses de la carcomida clase política sobre la que se sustentaba el trono de Alfonso XIII, una monarquía que, pese al intento desesperado de apuntalarla mediante la dictadura del general Miguel Primo de Rivera durante 1923-1930, había entrado en su declive definitivo.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 19 julio 2021)

 

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19/07/2021 06:59 kyriathadassa Enlace permanente. Memoria histórica No hay comentarios. Comentar.

TIEMPOS POS-PANDÉMICOS

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    En un reciente artículo publicado por Antón Costas en este mismo periódico, titulado “Año 1 después del covid-19”. nos recordaba que la salida de la actual crisis generada por la pandemia universal sería un error plantearla solamente en términos económicos, dado que “no podemos olvidar que además de una recesión económica, estamos sufriendo una recesión social y una recesión democrática que viene del aumento del populismo autoritario”.  Así las cosas, Costas consideraba con acierto que había que dar prioridad a la recuperación social y, para ello, defendía la necesidad de impulsar la mejora de las políticas sociales, elemento esencial del Estado de bienestar tan acosado en la actualidad por las políticas neoliberales. A su vez, apuntaba la idea de que, para lograr la recuperación social se necesitaban políticas e instituciones nuevas que afronten la pobreza infantil y de los jóvenes tales como la universalización de la gratuidad de la enseñanza preescolar de o a 3 años, favorecer el acceso a la vivienda asequible, que se  experimenten nuevas políticas de empleo para que la digitalización y la automatización puedan crear más y mejores empleos de los que destruyen, así como que se actué de forma decidida en la regulación tecnológica y la fiscalidad de los robots y los algoritmos de las plataformas digitales.

    En esta misma línea, Rosa Duarte recordaba que la pandemia actual obligará a revisar el modelo económico y ello pasa, necesariamente, por tomar conciencia de la importancia del sector público (sistemas sanitarios, educativos, asistenciales y tecnológicos) y ello será imprescindible para que la recuperación sea plenamente inclusiva, para que nadie se quede atrás.

   En ese futuro post-pandémico que nos espera, Antón Costas aludía a que el principal reto que tenemos como sociedad es la falta de buenos empleos, por lo cual éste debería de ser el principal objetivo de la recuperación, tanto desde una perspectiva económica y social. Pero el tema del empleo va a ser tan incierto como cambiante y es por ello que Yuval Noah Harari en su célebre libro 21 lecciones para el siglo XXI (2020), afirma de forma rotunda que “No tenemos idea alguna de cómo será el mercado laboral en 2050”, debido a efectos de la automatización y de la inteligencia artificial (IA) sobre el empleo. Pero sí que nos advierte, de forma premonitoria, de que “ningún empleo humano quedará jamás a salvo de la automatización futura, porque el aprendizaje automático y la robotización continuarán mejorando”. Además, augura que, al igual que la industrialización creó la clase obrera, la IA hará emerger una “clase inútil”, laboralmente hablando, en un contexto en el que el beneficio del capital dependa cada vez menos del trabajo asalariado y más de la especulación financiera. Igualmente, ello podría generar una inestabilidad laboral ya que el auge de la automatización y de la IA, hará más difícil organizar sindicatos o conseguir mejoras laborales dado que los nuevos empleos en las economías avanzadas implicarán “trabajo temporal no protegido, trabajadores autónomos y trabajo ocasional, todo lo cual es muy difícil de sindicalizar”.

    Toda esta auténtica revolución del mercado laboral futuro consecuencia del proceso, por otra parte, imparable, de la robotización y de la IA, para reducir su impacto sobre el empleo, debe obligar a los gobiernos a realizar reajustes de sus modelos económicos y sociales. Es por ello que Harari asume el lema de los gobiernos nórdicos de “proteger a los obreros, no los empleos” con objeto de garantizar las necesidades básicas de la población, su nivel social y autoestima. Así, las cosas, si Antón Costas aludía a la implantación de un “Ingreso Mínimo Vital”, Harari propone la necesidad de una “Renta Básica Universal” (RBU) la cual se financiaría grabando a las grandes fortunas y a las empresas que controlan los algoritmos y los robots para utilizar ese dinero para pagar “a cada persona un salario generoso que cubra sus necesidades básicas”. En este sentido, la RBU debe responder a sus dos adjetivos: “básica”, tanto en cuanto debería satisfacer las necesidades humanas básicas, las condiciones objetivas de toda persona (alimentación, educación, sanidad e incluso el acceso a Internet en un mundo globalizado), como “universal”, ya que los impuestos de las grandes compañías, por ejemplo, Amazon o Google, deberían destinarse a personas desempleadas en cualquier lugar del mundo, de ahí el sentido global de la RBU.

     En el futuro post-pandémico, marcado por unos previsibles cambios radicales en lo que al mercado del empleo se refiere, Harari considera que lo deseable sería conseguir combinar “una red de seguridad económica universal con comunidades fuertes y una vida plena”, lo cual enlazaría con la prioridad que apuntaba Antón Costas a la hora de una recuperación social como objetivo prioritario. Y ello, aún contemplado en una perspectiva que no obvia ni minimiza el impacto indudable que va a tener, cada vez más, la automatización robótica y la IA en el mercado laboral tal y como ahora lo conocemos. Pese a este cambio radical, Harari, de forma premonitoria nos advierte de que, “a pesar del desempleo masivo, aquello que debería preocuparnos mucho más es el paso de la autoridad de los humanos a la de los algoritmos, lo que podría acabar con la poca fe que queda en el relato liberal y abrir el camino a la aparición de dictaduras digitales”. Toda una advertencia para los tiempos post-pandémicos que nos esperan en el futuro.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 8 de julio de 2021)

 

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08/07/2021 08:10 kyriathadassa Enlace permanente. Economía global No hay comentarios. Comentar.

PATRIOTISMO CONSTITUCIONAL RENOVADO

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     El franquismo hizo un enorme daño a la idea de España y de lo español al monopolizar estas ideas y sentimientos desde una perspectiva reaccionaria y excluyente, algo que, todavía está lastrando, tras varias décadas de democracia, el sentimiento identitario español, lamentable situación a la que poco ayudan recientes actitudes de las derechas, especialmente en el caso del sectarismo de que hace gala Vox. Y es que, como señalaba Paul Preston, el franquismo se basó en “el mito de la eterna lucha entre España y la anti-España, justificación última de la Guerra civil y única fuente de legitimación de la dictadura” y es por ello que el hispanista británico recordaba cómo Franco insistió “hasta el final de sus días en perpetuar la idea de una España dividida en vencedores y vencidos, Bien y Mal, cristianismo y comunismo, civilización y barbarie, catolicismo y laicismo”, rasgando durante décadas la convivencia y perpetuando la nefasta y cainita idea de  que había una “buena España”, la representada por el franquismo, y una “anti-España” en la cual se encuadraban todos los valores, ideales, ciudadanos y partidos contrarios a la dictadura a la cual había que destruir.

     Frente a esta visión visceral de raíz fascista que pretendió monopolizar el sentido patriótico, fue surgiendo, de forma gradual, otro tipo de nacionalismo español, de innegable carácter progresista y democrático, inspirado por el llamado “patriotismo constitucional”. Este concepto, acuñado a finales de los años 70 en Alemania por Dolf Sternberger y más tarde popularizado por Jürger Habermas, supuso una respuesta cívica al nacionalismo agresivo alemán, de tan fatales consecuencias en la historia reciente de Europa. Por su parte, Habermas sostenía que el patriotismo constitucional era el mejor medio para vertebrar las sociedades democráticas, para proporcionarles beneficios materiales y culturales, un grado de bienestar y cohesión social aceptable y, por ello, pensaba que el único mecanismo viable para la construcción de ese patriotismo constitucional necesario es, en la práctica, el Estado socialdemócrata europeo.

     En el caso de España, según Laborda Martín, fue a partir de los años 90 cuando fueron llegando estas ideas, “cuando los mitos nacionales de democratización, modernización y europeización se hubieron extendido y asentado”, momento que, como apunta Sebastián Balfour, se produjo una “reformulación del nacionalismo español de izquierda”, sobre todo en el ámbito socialista, momento en el cual se emprendió la creación de “un nuevo mito duradero”: esto es, el de la Constitución de 1978, como elemento unificador e integrador de los españoles. Este nuevo patriotismo constitucional partía de la idea de que España era una nación políticamente unida por un “contrato democrático” tal y como fue establecido en la Carta Magna de 1978 la cual sirvió de cimiento para la aparición de un novedoso nacionalismo de izquierdas en forma de patriotismo constitucional, el cual se articula en torno a las ideas de España como país moderno, democrático y europeo. Se trata pues de un patriotismo plenamente cívico, basado en el consenso y que vincula de forma nítida la españolidad con la democracia, todo lo contrario de lo que simbolizaban los nacionalismos étnicos decimonónicos o los patrioterismos de corte fascista.

     Ahora bien, en estos tiempos en que se cuestiona el llamado “régimen del 78”, resulta preciso e inaplazable debatir en torno a las ideas y los valores en que se debe sustentar este patriotismo constitucional para el siglo XXI, una reformulación que resulta inaplazable en las actuales circunstancias, en este tiempo de cambios, y también de incertidumbres, en que nos ha tocado vivir. Esto resulta especialmente urgente dado que el patriotismo constitucional reformado debe servir de dique de contención contra el riesgo de la deriva ideológica de una derecha cada vez más descentrada, que se contagia de ideas reaccionarias, que se alía sin pudor con la ultraderecha, lanzando de forma coordinada un peligroso embate contra los cimientos de nuestra convivencia democrática. Es por todo ello por lo que muchos ciudadanos vemos con pesar cómo, de nuevo, las derechas vuelven a apropiarse con descaro de la idea de España y del sentimiento patriótico, el mismo que también se alberga en muchos de nosotros, de los ciudadanos que creemos en los valores del patriotismo constitucional, en una sociedad tolerante y respetuosa con la diversidad, razón por la cual volvemos a ser calificados como en su día hizo la dictadura, de ser “la anti-España”.

     Así las cosas, frente a los que socavan desde posiciones de ultraderecha nuestros valores democráticos, frente al os que, desde posiciones independentistas, por otra parte, legítimas, consideran plenamente superado el marco constitucional de 1978, hoy más que nunca resulta necesario un patriotismo constitucional español renovado. Consecuentemente, hemos de ser conscientes de que ello implica, sin duda, una profunda reforma de la Constitución de 1978 la cual, inevitablemente debería afrontar cuestiones de gran calado político tales como el definir el modelo de Estado configurado en forma de monarquía o república mediante un referéndum que refleje la libre y soberana voluntad de la ciudadanía. También resulta inaplazable abordar la articulación territorial desde una perspectiva plenamente federalista y solidaria que, tal vez en un futuro, contemplase la unión con Portugal en una República Federal Ibérica como propone el hispanista Ian Gibson, y por último, declarar a todos los derechos económicos y sociales (trabajo, vivienda, educación, sanidad, pensiones y servicios sociales dignos, etc.), tan vulnerados en los últimos años como derechos inalienables garantizados de forma efectiva por la constitución con todas sus consecuencias. Así las cosas, y como señalaba Alejandro Balfour, la lealtad de los ciudadanos a una carta magna asumida y aceptada, “es lo que garantiza no sólo el consenso cívico necesario entre los españoles para convivir en el mismo Estado democrático, sino también la existencia de la patria española, independientemente del origen étnico de sus miembros”.

     Estos podrían ser unos buenos cimientos para asentar de forma sólida el necesario patriotismo constitucional español renovado, pues se lo debemos no sólo a la sociedad actual en la que vivimos, sino también a las generaciones futuras que nos sucederán.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 21 junio 2021)

 

 

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21/06/2021 09:45 kyriathadassa Enlace permanente. Política-España No hay comentarios. Comentar.

LENGUAJES PERVERSOS

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   Primo Levi dejó escrito que “cada época tiene un fascismo: sus señales premonitorias se evidencian por doquier” y esos síntomas son los que, de forma alarmante están apareciendo en la civilizada Europa como consecuencia del resurgir de los movimientos de extrema derecha en sus distintas acepciones. Son síntomas que, como decía Olga Merino, indican que “la democracia se resquebraja y que el mundo, tal y como lo conocíamos, se tambalea”. Sin duda, la impetuosa irrupción parlamentaria de una derecha desacomplejada, reaccionaria y en muchos casos abiertamente fascista, es una seria advertencia de los riesgos que amenazan el futuro de nuestra democracia.

     Estamos asistiendo a un ataque frontal a lo que de forma despectiva Vox califica como “consenso progre”, entendiendo por tal su rechazo al multiculturalismo, a la política de fronteras abiertas y a las ideologías de género, con lo cual pretenden desvirtuar el valor respetuoso y tolerante de la palabra “consenso” por parte de todos aquellos que vocean lenguajes reaccionarios.

    Si algo caracteriza a los fascismos es su apropiación descarada y excluyente del concepto y de la palabra “patria” ya que ellos se consideran los únicos dignos de portarla. Los demás, los que nos oponemos a sus actitudes prepotentes e intolerantes, somos calificados de “antipatriotas”, de ser “la anti-España”, a la que hay que combatir, a la que hay que destruir: y nuestra historia reciente está llena de lamentables ejemplos en este sentido. Este patriotismo reaccionario y excluyente nada tiene que ver con la que de este concepto tenía el P. Feijoo en el s. XVIII para el que esta idea, inspirada en el republicanismo de la antigua Roma, se asociaba al concepto de “amor justo, debido, noble y virtuoso” del ciudadano para con su patria, mientras que condenaba sin paliativos lo que  denominaba “la pasión nacional” y que Feijoo asociaba, negativamente, a la “vanidad” y a la “emulación”, estando por tanto desprovista de las virtudes cívicas del auténtico patriotismo de inspiración republicana. Es por ello que el verdadero patriotismo, y más en estos tiempos difíciles, se demuestra en el grado de honestidad con que cumplimentamos cada año nuestra declaración de la renta, con la transparencia en el pago de los impuestos que nos corresponden, y ello es algo que debe comprometer desde al rey emérito hasta a cualquier trabajador asalariado, empresario, trabajador autónomo o a las profesiones liberales.

    Esta misma utilización perversa del concepto de patriotismo se hace extensiva a esos grupos de militares nostálgicos del franquismo, esos que aparentan defender la democracia española, nunca amenazada por otra parte, y que acusan de forma perversa y demagógica al actual Gobierno de coalición progresista de pretender una “dictadura” asentada sobre el “pensamiento único”, temas éstos, de los cuales, estos militares franquistas tanto saben y tanto añoran.

    Estos grupos reaccionarios pretenden presentarse como adalides del “pueblo”, de ese pueblo puro e inmaculado al que reclaman su apoyo y al que enardecen presentando enemigos a batir, bien sea un Gobierno progresista, los inmigrantes, los nacionalismos periféricos, los grupos de distinta orientación sexual, los movimientos feministas e incluso a los sectores cristianos progresistas, a los que califican “catocomunistas”, ataque reaccionario este último del cual no se libra ni el mismo Papa Francisco. Estos son ejemplos de populismos autoritarios, que instrumentalizan a su favor la crisis sanitaria, la seguridad ciudadana o un creciente anti europeísmo. Así, partidos como Vox, dicen pretender “dar voz a los sin voz”, como si ello no fuera posible, per se, en una democracia avanzada y participativa en la que, por otra parte, no creen.

    También resulta perverso el lenguaje reaccionario cuando pretende defender al “pueblo autóctono”, rechazando la multiculturalidad consustancial a la realidad europea actual, incluso los valores del europeísmo, tal y como hace el Partido Popular danés (DF), o el nacionalismo excluyente de Verdaderos Finlandeses (PS), todos ellos caracterizados por un fuerte componente de populismo antiinmigración. Y es que la bandera del rechazo a la migración, tan demagógicamente utilizada por la extrema derecha, le está reportando a ésta unos preocupantes réditos electorales: ahí están los casos de la Liga Norte de Matteo Salvini, Alternativa por Alemania (AfD), el partido húngaro Fidesz de Víktor Orbán, Lo mismo podemos decir de los alegatos de un ultranacionalismo desacomplejado de Vox en España, el mismo que ha retomado el empleo del término “reconquista” no sólo para “frenar” una supuesta “invasión” de población migrante, sino, también, con la deliberada intención de “liberar” a España de toda “contaminación ideológica” de izquierdas, del separatismo o de los movimientos laicistas o feministas. Este es un nacionalismo excluyente, una actitud nítidamente fascista, que reclama la ilegalización de los partidos nacionalistas periféricos, tan legítimos como cualquier otro, en toda sociedad democrática que se precie de ello.

    Otra variante de este lenguaje perverso es su descarada manipulación de la historia y de la memoria. Como señalaba Christopher Clark en su libro Visiones de la historia. Desde la Guerra de los Treinta Años al Tercer Reich, “los populismos quieren sustituir nuestros futuros con nuevos pasados” y eso es, “falsificar el pasado”. Por eso es tan importante la defensa de la memoria democrática (y antifascista) porque, como señalaba este mismo autor, “si perdemos la memoria hay riesgo de resurgimiento de extremismos”, razón por la cual “hay que estar vigilante ante los que quieren romper el orden democrático”. Y es que, como decía Kierkegaard, “la vida hay que vivirla siempre hacia adelante, pero resulta imposible de entender si no se mira hacia atrás”.

    Así las cosas, y para evitar todos estos síntomas de deriva autoritaria, nuestras democracias deben reconstruir la cohesión social y corregir las desigualdades causadas no sólo por el vendaval neoliberal, sino también, por los devastadores efectos sociales causados por la actual pandemia, para así frenar los vientos ultras que azotan a Europa, para neutralizar, como decía Carles Planas Bou, ese virus que alienta a la extrema derecha, el de “la explotación del miedo al diferente y la obsesión por los culpables externos”.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 7 junio 2021)

 

 

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07/06/2021 07:17 kyriathadassa Enlace permanente. Política-España No hay comentarios. Comentar.

GENOCIDIO EN EL GUETTO DE GAZA

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     En el título de este artículo empleo, de forma deliberada, dos palabras de fuerte y dramático significado: la de “genocidio” y la de “guetto” como forma de hacer mención a las consecuencias de los inaceptables ataques que ha sufriendo la población gazatí por parte de la poderosa maquinaria bélica de Israel durante estos días.

    Lo que está sucediendo en Gaza se está convirtiendo en un auténtico genocidio, entendido por tal la “aniquilación o exterminio sistemático y deliberado de un grupo social por motivos raciales, políticos o religiosos”, algo que nos evoca una de las páginas más negras de la inmensa tragedia que tuvo lugar durante la II Guerra Mundial, con la diferencia de que las víctimas de entonces, la población judía, se han convertido ahora en los verdugos de la política criminal impulsada por el actual gobierno de Israel liderado por Binyamin Netanyahu. Lo que ha ocurrido en Gaza es una situación que se puede calificar de “crímenes de guerra”, razón por la cual la palabra “genocidio” para referirse a esta tragedia no resulta descabellada, con un componente de “limpieza étnica”, la misma que la derecha ultranacionalista y religiosa judía está llevando a cabo en el barrio de Sheikh Jarrah de Jerusalem o en ciudades mixtas como es el caso de Haifa.

     Empleo igualmente la palabra “guetto” para evocar que el sufrimiento de los dos millones de habitantes de Gaza, apiñados en apenas 360 kilómetros cuadrados, uno de los territorios con mayor densidad de población del mundo, se asemeja a los padecimientos de los guettos judíos durante la II Guerra Mundial, pero con la diferencia de los que entonces eran víctimas, parecen no haber aprendido nada de la historia y ahora asumen, sin remordimiento, el papel de verdugos.

    Así las cosas, parecen haberse desatado todas las maldiciones bíblicas sobre la Franja de Gaza. Tras 10 días infernales, el alto el fuego declarado unilateralmente por ambos bandos y que entró en vigor en la madrugada del 21 de mayo, ha dejado un panorama aterrador: los bombardeos israelíes han alcanzado más de 788 objetivos, destruyendo más de 450 edificios, causando 232 víctimas, entre ellas, 65 niños, además de 1.900 heridos, y el desplazamiento interno de 72.000 gazatíes. Además, se ha producido una total devastación causada por estos bombardeos indiscriminados sobre las, ya de por sí, precarias infraestructuras tras 15 años de bloqueo israelí, como lo evidencia la sistemática destrucción escuelas, carreteras, hospitales, incluido el único laboratorio que existía en Gaza para realizar las pruebas del covid-19, así como 33 centros de medios de comunicación, como es el caso de la Torre Al-Jalaa. Tal vez por ello, el intelectual palestino Refaat Alareer aludía con pesar a que “Israel nos está enviando 50 años atrás en el tiempo”.

 

 UNA NAKBA INFINITA

 

    Con la palabra “nakba” se evoca por parte del pueblo palestino a la “catástrofe” que supuso la creación del Estado de Israel en 1948 y la consiguiente expulsión de dicho territorio de la mitad de la población árabe existente en el antiguo Mandato Británico de Palestina y cuya cifra se estimaba en torno a las 700.000 personas.

    En ese mismo año, coincidiendo con los sucesos bélicos que tuvieron lugar como consecuencia de la proclamación del Estado de Israel, la franja de Gaza fue ocupada por el ejército de Egipto, la cual mantuvo bajo su control hasta que fue conquistada por Israel en la Guerra de los Seis Días (1967). Finalmente, tras la firma de los Acuerdos de Paz de Oslo de 1993, Israel entregó el 80% del territorio de la Franja de Gaza a la naciente Autoridad Nacional Palestina (ANP), a pesar de que el Estado hebreo mantuvo en la zona 21 asentamientos. Finalmente, en el año 2005 el entonces Gobierno israelí de Ariel Sharon decidió su retirada definitiva de Gaza mediante el llamado “Plan de Desconexión”, acabando de este modo la presencia hebrea en la franja.

    La agitada historia de Gaza posterior hizo que en 2006 el grupo islamista Hamás ganase las elecciones en la franja con una política que, a diferencia del talante negociador que caracterizaba a la ANP, se ha fundamentado desde entonces, en no reconocer la existencia del Estado de Israel, su rechazo de los Acuerdos de Paz de Oslo (1993) y por no renunciar al empleo de la violencia contra el Estado hebreo, como lo evidencia el lanzamiento de cohetes Qassam sobre Israel.

   Fue en este momento cuando el campo palestino tuvo un grave desgarro en la unidad que lo había caracterizado hasta entonces lo cual desencadenó una guerra civil entre los islamistas de Hamás y los afines a Al-Fatah, el principal grupo integrado en la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) liderada hasta su fallecimiento en el 2004 por Yassir Arafat. El 14 de junio de 2007 Hamás se hizo con el control total de la Franja de Gaza, estableciendo un gobierno de facto que rige en territorio con mano de hierro y que, desde entonces, ya no ha convocado elecciones en Gaza. Años más tarde, hubo intentos de reconciliar las dos formaciones palestinas más importantes, como el llamado “Acuerdo de Reconciliación” de 2017, pero las diferencias siguen siendo patentes y contrapuestas entre las autoridades islamistas de Hamas que controlan Gaza, aislada diplomática y económicamente, y la ANP liderada por Mahmoud Abbas que se mantiene en Cisjordania con el mayoritario apoyo de la comunidad internacional.

   Desde entonces, desgarrado el campo palestino y aislada Hamás en Gaza, convertida la organización islamista en el principal enemigo de Israel, se fue configurando cada vez de forma más asfixiante política y económicamente, el que hemos dado en llamar “guetto de Gaza”. En este contexto, las consecuencias del férreo bloqueo israelí existente desde el año 2006 son evidentes en elementos básicos como los suministros, combustibles y energía, todo lo cual ha ido sumiendo a la población gazatí en el caos y la desesperanza.

    Pese al innegable carácter de autoritario islamismo que caracteriza a Hamás, su prestigio en el campo palestino lo ha logrado por su posición beligerante frente a Israel lo cual, a su vez, ha tenido como consecuencia implacables actuaciones de represalia por parte del poderoso aparato militar hebreo como quedó patente en las sangrientas consecuencias las operaciones militares desencadenadas por las Fuerzas de Defensa de Israel como fue el caso de las denominadas “Plomo fundido” (2009), “Pilar defensivo” (noviembre 2012) y “Margen protector” (2014). Desde esta última, se ha mantenido una tensa tregua entre Hamas e Israel, la cual ha estallado por los aires con los sucesos de estos últimos días que han desencadenado una escalada bélica de consecuencias imprevisibles.

 UN CONFLICTO DIFERENTE

   La situación actual está generando un serio temor a que ésta se convierta en incontrolable, dado que alimenta y extremismo de ambos lados, tanto del palestino, como del ultranacionalismo judío.

    Lamentablemente, mucho deja que desear al ausencia de una eficaz actuación de la comunidad internacional para frenar el conflicto: la ONU ha evitado condenar a Israel gracias al bloqueo de los Estados Unidos que, en este tema, mantiene firmemente su tradicional alianza estratégica con el Estado hebreo en una zona tan convulsa como es el Oriente Próximo, mientras que la Unión Europea (UE) ha dejado patente, una vez más, su irrelevancia en el mapa político internacional, así como tampoco parece probable que la Corte Penal Internacional intervenga para procesar el “nuevo genocidio” que está padeciendo el pueblo palestino. Por su parte, la autoridad moral del Vaticano no ha dudado en calificar la violencia desatada como de “terrible e inaceptable”.

    Pero junto a la situación tan grave como lamentablemente repetitiva con lo ocurrido en otras ocasiones en años anteriores, hay otro aspecto que hace a este conflicto diferente y que resulta especialmente preocupante cual es el estallido de una violencia intracomunitaria en muchas ciudades mixtas de Israel con preocupantes rasgos de guerra civil. Tal es así que se están produciendo una tensión sin precedentes en las ciudades de población mixta (árabe y judía) de Haifa, Akko o Jaffa, que han desembocado en lamentables linchamientos y actos violentos entre vecinos que, hasta ahora, habían convivido sin especiales problemas, una tensión que se ha extendido a otros puntos de la Cisjordania ocupada como es el caso de Hebrón. Teniendo en cuenta que los árabes con ciudadanía israelí suponen el 20% de la población total del Estado hebreo, algunos políticos como Tzipi Livni están alertando del peligro real de que estalle una guerra civil en el interior de Israel, lo cual aumenta, y mucho, la gravedad del conflicto actual.

     UNA SITUACIÓN POLÍTICA ENDEMONIADA

     Para entender la escalada brutal del actual conflicto, hay que tener en perspectiva, el tempestuoso panorama político de Israel, en donde tras cuatro elecciones en apenas dos años, parecía posible que la “era Netanyahu”, caracterizado por su política reaccionaria y ultranacionalista, y pendiente como estaba de ser procesado por corrupción, llegaba a su fin. De hecho, Reuven Rivlin, el presidente de Israel, había encargado al centrista Yair Lapid la formación de un nuevo gobierno que pusiera fin a la actual parálisis política y, de paso, desbancase del poder a Netanyahu. Incluso existía la posibilidad de que, por primera vez, el partido árabe palestino liderado por Mansur Abás apoyase a Lapid si el nuevo gobierno asumía las demandas de la población árabe-israelí. Sin embargo, esta perspectiva política, novedosa y esperanzadora, se ha volatilizado con el estallido de la violencia y la consiguiente brutal reacción de Netanyahu, el cual ha forzado la crisis como forma de continuar en funciones como primer ministro y ganando con ello el respaldo de la cada vez más derechizada sociedad israelí. De hecho, tras 11 años de gobiernos de Netanyahu, como señalaba el prestigioso periodista Ramón Lobo, el país ha sufrido un giro reaccionario indudable, ya que el líder del derechista Likud, “ha conseguido desactivar a la izquierda israelí, moviendo su país hacia la extrema derecha, acabó con los interlocutores moderados al potenciar a Hamás” ya que su objetivo es, y sigue siendo, “impedir cualquier pacto” que avance por el camino de la paz entre palestinos e israelíes. Por todo ello, la escalada bélica alentada por Netanyahu y que incluso se planteó la reconquista militar de Gaza, ha sido utilizada por éste para seguir detentando el poder, ganar votos de cara a unas posibles quintas elecciones, y todo ello arropado por la impunidad que le supone el apoyo permanente de los Estados Unidos. La política genocida y reaccionaria de un Netanyahu resurgido de su declive político y eludiendo su enjuiciamiento, no sólo ha destrozado la más mínima esperanza de paz, sino que está despeñando al abismo a Israel, cada vez más dominado por la extrema derecha política y religiosa, y dinamitado la frágil convivencia social entre los árabes-israelíes y los judíos en el Estado hebreo. Tal vez por todo ello, el célebre director de orquesta Daniel Barenboim declaraba recientemente sentirse avergonzado de ser ciudadano de Israel o que el historiador y activista de los derechos humanos Isral Shahak declarara que “los nazis me hicieron tener miedo de ser judío y los israelíes me hacen tener vergüenza de ser judío”.

     El ultranacionalismo judío alentado durante los años de mandato de Netanyahu ha sido tan evidente como peligroso para la democracia en Israel y la paz en Oriente Medio: ha dinamitado cualquier intento de retomar las negociaciones de paz con la ANP y, por el contrario, ha impulsado la creación de los asentamientos judíos ilegales en los territorios ocupados, además de aspirar a la anexión de facto de una parte de Israel y la aprobación.

     El giro reaccionario de la política en Israel contrasta con el gradual y constante debilitamiento del llamado “campo de la paz” hebreo representado por la asociación Paz Ahora (Shalom Ajshav) así como por el Partido Laborista (Avodá) y el Meretz, el partido representante de la izquierda pacifista israelí. Especialmente significativo ha sido el declive de Avodá, el cual ha pasado de tener 56 diputados en el año 1969, a tan sólo 7 escaños en los comicios de 2021. Por otra parte, “el campo de la paz”, tras el asesinato de Yitzhak Rabin en 1995 o la muerte de Yossi Sarid en 2015, carece de líderes que impulsen de nuevo las negociaciones de paz. Tan sombrío panorama lo corrobora un dato demoledor: según el Israel Democracy Institute, tan sólo un 7% de los israelíes consideran actualmente como prioritarias las negociaciones de paz con los palestinos.

   Tampoco está mejor la situación política en el campo palestino, dividido y enfrentado entre el Gobierno islamista de Hamás que controla la franja de Gaza, y el de la ANP establecido en la ciudad cisjordana de Ramallah presidido por Mahmoud Abbas y su primer ministro Mohammad Shtayeeh, inoperante políticamente, máxime desde el fallecimiento el pasado año de Saeb Erekat, su más brillante y tenaz negociador, una pérdida irreparable para los que anhelamos una paz justa y definitiva entre Palestina e Israel.

 QUÉ FUE DE LOS ACUERDOS DE PAZ

    Lejos quedan en el recuerdo y en la agenda política los anteriores intentos de acordar una paz que pudiera fin a tan prolongado conflicto y, por ello, bueno es recapitular estos esfuerzos, ahora tan sepultados como tantos edificios de la Gaza bombardeada de forma implacable por Israel.

    Habría que recordar en primer lugar los Acuerdos de Oslo de 1993, a los que se llegó como consecuencia de la primera Intifada palestina (1987-1993), la cual forzó a Israel a reconocer y negociar con la OLP. De este modo, y tras aquel primer encuentro que tuvo lugar en la Conferencia de Madrid (octubre 1991), los Acuerdos de Oslo se firmaron en Washington el 13 de septiembre de 1993 por parte del primer ministro israelí Yitzhak Rabin y Yassir Arafat, el líder de la OLP, con su histórico apretón de manos ante la atenta mirada del presidente de los Estados Unidos Bill Clinton. Fue allí donde se empezó a vislumbrar una tenue esperanza de paz para tan enquistado conflicto, donde se produjo el reconocimiento mutuo entre Israel y la OLP, y donde se establecieron las bases de un gobierno palestino interino, la Autoridad Nacional Palestina (ANP), asentada en Gaza y Cisjordania para un período de transición de 5 años durante los cuales se negociaría un tratado de paz final, en el cual se debería dar solución a las cuestiones centrales del conflicto cual eran las fronteras, las colonias judías en territorio palestino ocupado, los refugiados palestinos, el status de Jerusalem y los temas relacionados con la seguridad.

     Los Acuerdos de Oslo, en los cuales desempeñó un importante papel Saeb Erekat, el entonces secretario general de la OLP y principal negociador palestino, generó una ola de optimismo alentado por los planes de Rabin bajo el principio de “tierra a cambio de paz”, a pesar de la oposición de la derecha israelí y de los colonos judíos, así como el rechazo de los islamistas de Hamás y otros grupos palestinos, contrarios a la solución de “dos Estados” conviviendo en paz con fronteras seguras e internacionalmente reconocidas. Por su parte, como señalaba Dan Rothem, es cierto que los Acuerdos de Oslo eran lo único que se podía conseguir en aquel momento, pero el problema fue que lo acordado, en lugar de ser un tránsito hacia un pacto final que nunca se logró, se convirtieron en “una imagen permanente del statu quo de la ocupación”. Es por ello que, lamentablemente, en el año 1999 no se llegó a ningún acuerdo final como contemplaban los Acuerdos de Oslo. Años después, fueron fracasando, una a una, todas las negociaciones posteriores como fueron las de Camp David (2000), Taba (2001), Annapolis (2007), así tampoco se consiguieron avances en el camino de la paz durante las gestiones llevada a cabo por Barak Obama en 2013-2014.

    A este bloqueo negociador se sumó el que, durante esos años, el número de colonos judíos en los territorios ocupados se triplicaba, alcanzando la cifra de los 650.000 y el denominado Plan de Paz impulsado por Donald Trump, totalmente volcado en su apoyo a la política de Israel, complicó más si cabe la situación. De hecho, el presidente norteamericano reconoció a Jerusalem como la capital exclusiva de Israel, lo cual imposibilitaba el que dicha condición fuera compartida por un futuro Estado Palestino y a ello se sumó la decisión de Trump de eliminar la aportación de Estados Unidos a los fondos que gestionar la Agencia de la ONU para los Refugiados (UNRWA), así como de cerrar la oficina de la OLP en Washingon.

     Por todo lo dicho, como señaló ya en el año 2018 el añorado Saeb Erekat, “EE.UU. e Israel quieren pasar de negociar a dictar ..[…]…Están destruyendo a los moderados en los dos lados y la solución de los Estados”…y, lamentablemente, así ha sido.

   También hay que recordar los llamados Acuerdos de Ginebra (1 diciembre 2003) negociados entre Yossi Beilin, ministro de Justicia de Israel, y Yasser Abed Rabbo, exministro de Información de la ANP. Se trataba de un plan de paz no oficial apoyado por políticos e intelectuales tanto palestinos como israelíes que retomaba las cuestiones esenciales pendientes desde los Acuerdos de Oslo: el principio de “paz por territorios” mediante el cual Israel debía devolver el 97,5% de los territorios ocupados en 1967 durante la Guerra de los Seis Días; el desmantelamiento de todos los asentamientos judíos de Cisjordania; el poner bajo soberanía palestina el Monte del Templo y la explanada de las mezquitas, lo cual suponía, de facto, convertir a Jerusalem en capital binacional de Israel y de Palestina y, finalmente, se contemplaba el retorno, siquiera fuera parcial,  de los refugiados palestinos. En ese momento, las propuestas de los Acuerdos de Ginebra contaron con un elevado apoyo ciudadano dado que el 55,6% de los palestinos y el 53% de los israelíes estaban de acuerdo con avanzar hacia la paz asumiendo dichos planteamientos. No obstante, tampoco tuvieron una aplicación y unos resultados en la práctica.

    Una nueva frustración se produjo tras los incumplimientos de la Conferencia de Annapolis (noviembre 2007) en la cual se fijó como objetivo la creación de un Estado Palestino independiente antes de finales del 2008.

     Es por ello que actualmente no queda rastro de las propuestas de dichos acuerdos puesto que las negociaciones están totalmente estancadas por parte de Israel desde 2004 como han evidenciado los sucesivos gobiernos de Ariel Sharon, Ehud Olmert y, sobre todo, Binyamin Netanyahu.

     UN FUTURO INCIERTO

     Hoy, como tantas veces en el pasado, la situación es grave, difícil, y los alegatos de violencia y odio, los programas maximalistas de unos y otros, siguen imposibilitando la ansiada paz. Sólo se abrirá una tenue esperanza a medio plazo si los políticos palestinos e israelíes asumen compromisos y renuncias mutuas, si la sociedad civil deja oír su voz, y si la comunidad internacional (ONU, EE.UU. y UE) desarrollan una auténtica labor de mediación y apoyo. Tal vez así, la paz sea posible.

   Siento con profundo dolor el inaceptable sufrimiento que padece el pueblo palestino, como también la triste realidad que supone el debilitamiento del pacifismo de izquierdas en Israel, movimiento con el cual me identifico, con su permanente esfuerzo en defensa de los valores universales de la paz y la justicia, que son la única forma de resolver los conflictos entre los pueblos enfrentados por la tierra, el odio y la violencia. Y es que la paz no pasa ni pasará nunca por la mano del fundamentalismo islamista ni tampoco por la de los ultranacionalistas judíos, sino por aquellos que tengan el coraje político de tender puentes al diálogo hacia el logro acuerdos negociados pues, como dijo Yitzhak Rabin, “la paz lleva intrínseca dolores y dificultades para poder ser conseguida, pero no hay camino sin esos dolores”.

   Se podrán lograr altos el fuego, treguas, pero el problema definitivo de la paz seguirá sin resolverse pues en la actualidad es triste constatar que no hay interlocutores implicados en desbloquear el conflicto, partiendo de la idea, apuntada por Josep Borrell, de que el fin de la violencia debe ir acompañado de un “horizonte político” que no puede ser otro que el cumplimiento de todas las propuestas pendientes de los acuerdos de paz antes reseñados, única forma de lograr, en expresión de Rabin,  la “paz de los valientes”, un empeño que le costaría la vida, precisamente a manos de un ultra judío contrario al proceso de paz que entonces se iniciaba.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: Compromiso y Cultura, nº 78 (junio 2021), pp. 43-47).

 

 

 

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03/06/2021 15:57 kyriathadassa Enlace permanente. Oriente Medio No hay comentarios. Comentar.

MEMORIA DEL OPROBIO: LOS VOLUNTARIOS DEL PRIMER DÍA

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   Resulta sorprendente y, desde luego inaceptable, la actitud del actual Ayuntamiento de Zaragoza ante sus reiterados incumplimientos a la hora de aplicar la actual legislación en materia de memoria democrática. Ahí está su rechazo a depurar del callejero urbano de la capital aragonesa los nombres que honran a figuras vinculados, sin ningún género de dudas, a la exaltación y legitimación de la pasada dictadura franquista cual es el caso, entre otros, de Gonzalo Calamita Álvarez, Miguel Allue Salvador o del arzobispo Rigoberto Domenech Valls.

  Pero no sólo es preciso suprimir, por un elemental sentido democrático las denominaciones evocadoras de la pasada dictadura, sino que resulta también preciso revocar diversas menciones honoríficas que el Ayuntamiento de Zaragoza concedió durante el franquismo y una de ellas sería la concesión en 1943 de la Medalla de Plata de la Ciudad de Zaragoza a los llamados “Voluntarios del primer día del Glorioso Movimiento Nacional”.

    La referida distinción pretendía premiar a todos aquellos voluntarios civiles que se unieron a los militares sublevados en Zaragoza contra el Gobierno legítimo de la Segunda República el 18 de julio de 1936. De este modo, como señala Ángel Alcalde Fernández en su excelente libro Lazos de sangre. Los apoyos sociales a la sublevación militar en Zaragoza. La Junta Recaudatoria Civil (2010), la corporación zaragozana distinguió a “la fuerza de choque con que contaron los militares golpistas para efectuar el asalto al Estado republicano” y que estaba compuesta por las bases juveniles de la CEDA, sus fascistizadas Juventudes de Acción Popular (JAP) y, sobre todo, por “las genuinamente fascistas de Falange Española y de las JONS, así como por parte de un reducido núcleo de requetés carlistas aragoneses”.

     La función de estos voluntarios del primer día, como señala Ángel Alcalde, era la de “ser fuerza de choque de la sublevación”, así como la de actuar como “un estímulo ideológico en el seno de las unidades militares entre las que fueron distribuidos”. Por otra parte, éstos voluntarios se establecieron en el Cuartel de Castillejos, uno de los puntos neurálgicos del golpe militar en la capital aragonesa, y según relata el diario El Noticiero en su edición del día 25 de julio de 1936, desde allí partían los voluntarios en sus expediciones, que no sólo eran “acciones de guerra”, sino que también actuaron ocupando diversos pueblos de la provincia a los que se extendió la sublevación, custodiando ayuntamientos, realizando patrullas, escoltando expediciones, además de efectuar cacheos y registros en las “barriadas rojas” con objeto, como señalaba dicho diario, de ir “extirpando focos peligrosos marxistas”, expresión inequívoca del papel desempeñado por estos voluntarios en la brutal represión sufrida por aquellos ciudadanos que se habían caracterizado por su lealtad al gobierno legítimo de la República.

    Ángel Alcalde señala cómo el Ayuntamiento de Zaragoza elaboró una lista de 414 nombres, listado recogido en las actas de la Comisión Gestora, en los cuales se anotaron los nombres de quienes, enterados de la concesión, habían presentado avales que demostraban que el 18 de julio “se habían presentado a colaborar en la sublevación”. Dicha concesión de la Medalla de Plata de la Ciudad, tuvo lugar en 1943, siendo alcalde de la ciudad Francisco Caballero, cuando se cumplió el 7º aniversario del alzamiento militar, y de ello quedó testimonio, como señalaba también la historiadora Ángela Cenarro, en las actas municipales del Ayuntamiento de Zaragoza del 15 de julio de 1943 y del 7 de agosto de 1944.

    Por su parte, Ángel Alcalde identifica “con seguridad” a una cincuentena de estos “voluntarios del primer día”. Por sectores, el más destacado es el de afines a Falange, entre los que se cita a Miguel Merino Ezquerro, Pedro Sainz Inglés, Orencio Citoler, Melchor Rocatallada, grupo en el cual habría que incluir igualmente a los componentes del falangista Sindicato Español Universitario (SEU), todos ellos muy jóvenes, como Ramón Martínez Berganza, el estudiante de medicina de 19 años Antonio Zubiri Vidal, a Guillermo Fatás Ojuel, que todavía no había cumplido los 18 años, o a Miguel París Plou, natural de Letux, que tan sólo tenía 16 años y que más tarde combatiría en la División Azul.

  También las JAP aportaron un contingente de jóvenes que se sumaron con entusiasmo a los golpistas, entre ellos, los hermanos Luis y Antonio Blasco del Cacho, Florencio Izuzquiza Galindo, o los también hermanos Agustín, Anselmo y Luis Loscertales Mercadal, hijos de uno de los militares golpistas sublevados en Zaragoza, el teniente coronel Anselmo Loscertales.

    En el referido listado, también hubo un recuerdo para algunos de los “camaradas caídos” en el frente durante la guerra como fue el caso de Baltasar Ostalé, Jesús Marina, o Fermín Ester Moneva, Lo mismo se hizo con Gerardo Oroquieta Arbiol, que se sumó al golpe con 18 años y que luego marchó a la División Azul, donde fue dado por muerto, aunque reapareció tiempo después tras haber estado cautivo en territorio soviético.

   Pero la referida medalla de plata no sólo se concedió a estos jóvenes fascistas o fascistizados, sino que también se hizo extensiva a otras personas adictas al alzamiento como fue el caso del crítico de arte Felipe Bernardos Pérez, del abogado falangista Fausto Jordana de Pozas, director comercial de Talleres Mercier o a Gustavo Freudental, fotógrafo y cónsul de la Alemania nazi en Zaragoza. En esta lista también figuran médicos como Carmelo Navarro Garriga o Mariano Vicente Carceller, el arquitecto Alejandro Allanegui Pérez, así como Raimundo Almudí y Ponce de Leon (propietario del cabaret Elíseos), el comerciante Felipe Lafuente Subirón, o José Luis Arantegui que en la posguerra llegaría a ascender a general de Caballería.

   Esta distinción, esta Medalla de Plata de la Ciudad de Zaragoza a “los voluntarios del primer día del Glorioso Movimiento Nacional”, este anacronismo oprobioso carente de toda justificación en una sociedad democrática, y que incumple flagrantemente la vigente legislación en materia de memoria democrática, debería ser revocado de forma inmediata por el Ayuntamiento de Zaragoza sin dilación.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 11 mayo 2021)

 

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11/05/2021 12:38 kyriathadassa Enlace permanente. Memoria histórica No hay comentarios. Comentar.

LA MANIFESTACIÓN OBRERA DEL 1º DE MAYO DE 1890 EN ZARAGOZA

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     En julio de 1889, coincidiendo con el centenario de la Revolución Francesa, tuvo lugar en París un Congreso obrero del que surgió una nueva Internacional Socialista y en el cual se acordó declarar el 1º de Mayo como la fecha en la cual realizar una manifestación en todos los países destinada a afirmar la acción política y la unidad de la clase obrera. De este modo, el texto del acuerdo indicaba que “Será organizada una gran manifestación de manera que en todos los países y en todas las villas a la vez, el mismo día convenido, los trabajadores emplacen a los poderes públicos ante la obligación de reducir legalmente a 8 horas la jornada de trabajo y de aplicar las demás resoluciones del Congreso Internacional de París”. Entre estas últimas reivindicaciones, además de la citada reducción de la jornada laboral a 8 horas, se reclamaba la prohibición del trabajo a los niños menores de 14 años, la reducción de la jornada a 6 horas para los jóvenes de ambos sexos de 14 a 18 años, la prohibición del trabajo de la mujer en todas las industrias que afecten a su organismo, la supresión tanto del trabajo a destajo por subasta como del pago en especies, así como la exigencia de un descanso ininterrumpido de 36 horas semanales por lo menos para todos los trabajadores.

     De este modo, la primera vez que dicha manifestación obrera internacionalista tuvo lugar, en numerosos países, también en España y, por supuesto en Aragón, fue el 1º de Mayo de 1890. Por lo que al caso aragonés respecta, este acto de reafirmación y reivindicación de la clase obrera, coincide con un telón de fondo caracterizado por una difícil situación de la clase obrera, especialmente en Huesca y Teruel, así como con altas cotas de desempleo en Zaragoza, unido al incremento constante de los precios de los artículos de primera necesidad, todo lo cual generó un profundo malestar social. A ello había que añadir unas precarias condiciones laborales, con jornadas de sol a sol, con la explotación del trabajo infantil, con la total desprotección de la clase obrera, carente de prestaciones por enfermedad, accidente o desempleo y con unos salarios de miseria.

     En los días previos a la manifestación en Zaragoza, la prensa local manifestó su recelo, cuando no su abierto rechazo a la convocatoria de la misma. Así, el conservador Diario de Zaragoza, el 27 de abril de 1890 dejaba patente su preocupación por la posible alteración del orden público, confiando en que las autoridades tomasen las medidas oportunas para “garantizar la seguridad de los amigos del orden y el sosiego público”. Por su parte, el liberal Alianza Aragonesa, pretendió desmovilizar a los obreros al intentar convencerlos de que abandonasen a los que denominaba como “apóstoles de las bienandanzas”, por lo que confiaba en un fracaso de la manifestación por falta de preparación de la clase obrera al señalar, el 23 de abril que “Ni aquí ha arraigado el Socialismo ni en Aragón es posible que tome carta de naturaleza”. Más imparcial fue la posición del periódico republicano La Derecha el cual se hizo eco de la propaganda del gremio de sombrerería a favor de que los obreros zaragozanos se adhiriesen a la propuesta del Congreso de París. Finalmente, el independiente Diario de Avisos, frente a los recelos de los sectores derechistas locales, tenía un alto concepto del obrero aragonés y el carácter pacífico de sus acciones puesto que, como publicó el 28 de abril, “Es erróneo presumir que el socialismo traduce en desastre en Aragón. Este país, generador de sentimientos de libertad, guardador eterno del derecho y los principios de justicia […] Aquí se siente con nobleza, se habla con lealtad y se obra con cordura. Por eso nada hay que temer”.

     Si esta era la visión reflejada en la prensa zaragozana, las autoridades locales también tenían sus recelos ante la convocatoria de la manifestación obrera. De hecho, el gobernador civil, Pedro A. Herrero, tras una inicial negativa, autorizó finalmente una asamblea prevista para el 29 de abril, la cual tenía por objeto “tratar lo más conveniente a los intereses de la clase [obrera] en relación a las manifestaciones proyectadas en otras naciones” (La Derecha, 28 abril 1890).

     La referida asamblea tuvo lugar en un abarrotado Teatro Novedades con más de un millar de asistentes y estuvo presidida por el obrero Mariano Villanova actuado como secretario el labrador José López. En la misma se dejó claro que “Aquí no venimos a dar mueras o vivas que para nada sirven, sino a tratar de un asunto que preocupa a la clase obrera de todo el mundo” y, por ello, los convocados se hicieron eco de los acuerdos de París que recogían las aspiraciones básicas del proletariado en torno al establecimiento de una legislación protectora y eficaz de sus actividades laborales. Consecuentemente, se decidió por aclamación unánime la adhesión al programa de París y la celebración de una “manifestación obrera, pacífica y solidaria”, aunque se generó el debate de sobre si hacerla el 4 de mayo, que era domingo, para que los obreros no perdieran sus jornales o que ésta tuviera lugar el jueves 1º de mayo como estaba convocada por la Internacional Obrera Socialista.

     Desde el primer momento, la prevista manifestación obrera contó con la oposición de la burguesía local, incapaz de ofrecer soluciones efectivas a la cuestión social. Tal es así que Matías Pastor, principal dirigente y fundador del PSOE y la UGT en la ciudad de Zaragoza, denunció la actitud amenazadora de los patronos indicando que, “Si la tiranía patronal exige a ciertos trabajadores la no asistencia a la manifestación, deben ir a ella, sin embargo, confiados en que sus compañeros colectarán para que nada falta a quienes se hallen en tal caso” (Diario de Avisos, 30 abril 1890). En cambio, también es cierto que otros patronos fueron más prudentes y dieron permiso a sus obreros para acudir a ella.

     Finalmente, la manifestación tuvo lugar en la tarde de aquel 1º de mayo de 1890 una vez fue autorizada por el gobernador civil “a condición de que sea disuelta a las siete de la tarde y no se interrumpa el tránsito por las calles”. No obstante, las autoridades tomaron medidas tales como concentrar en la capital aragonesa a las fuerzas de la Guardia Civil existentes en la provincia (a excepción de las existentes en Calatayud y Tarazona), acuartelar a las tropas de la guarnición, o proceder a dar “protección especial” de las principales entidades bancarias y diversas instalaciones como fue el caso de la fábrica de gas, así como la vigilancia de la zona de las afueras de las puertas de la ciudad que, por aquel entonces, todavía se conservaban.

    Por otro lado, mientras grupos de obreros recorrían la ciudad desde la mañana invitando a los obreros “a que dejasen sus ocupaciones”, se cerraban tiendas y mercados y se acaparaban víveres, temiendo desórdenes, por lo cual “la ciudad adquirió, horas antes de la manifestación un aspecto especial” (Diario de Avisos, 1 mayo 1890). Mientras tanto, el Ayuntamiento zaragozano se constituyó, a las 4 de la tarde, en sesión extraordinaria y permanente y el Ejército ocupó las principales plazas de la ciudad (San Pablo, Magdalena, Salamero, San Felipe, del Reino, Pilar y San Lorenzo). Como siempre, las clases dominantes reducían la cuestión social y las demandas laborales a una simple cuestión de orden público.

    Con este ambiente como telón de fondo, la manifestación se inició finalmente, siguiendo el itinerario previsto desde la Plaza de la Glorieta (actual Plaza de Aragón), Teatro Pignatelli, plaza de la Constitución, hasta llegar al Gobierno Civil. Allí, los delegados obreros (Mariano Villanova, Antonio Alberto, Simón Martín e Ignacio Martínez) entregaron una Exposición al gobernador civil para que la hiciese llegar al Presidente del Congreso de Ministros, “en la cual solicitaban la aplicación de las conclusiones aprobadas por el Congreso de París”. Y hecho esto, la manifestación se disolvió pacíficamente.

    No obstante, según señala Sergio Martínez Gil, tras la celebración de este 1º de mayo de 1890 en Zaragoza, parece ser que hubo un paro de 4 días en casi todas las industrias locales como protesta por el despido de varios trabajadores que, por haberse sumado a la manifestación, no habían acudido a su puesto el 1º de mayo, “siendo la capital aragonesa la única ciudad de España donde la huelga estuvo generalizada”.

     Esta fue la primera y única manifestación obrera que tuvo lugar en Aragón aquel 1º de mayo de 1890 ya que no las hubo ni en Teruel ni en Huesca, ni tampoco en Calatayud y Tarazona, pese a que en un principio hubo intentos para llevarlas a cabo. A pesar de tan incipiente principio, el valor histórico y reivindicativo de la fecha del 1º de Mayo sigue teniendo la misma razón de ser, significado y valor para las demandas del movimiento obrero organizado, tanto en aquel lejano origen en el s. XIX como ahora, en nuestro tiempo tan cambiante, convulso y globalizado que se adentra en este incierto siglo XXI.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en El Periódico de Aragón, 1 de mayo de 2021)

 

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UNA INVOLUCIÓN PELIGROSA: LAS POLÍTICAS ILIBERALES

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     En medio de la actual tempestad de euroescepticismo y peligroso auge de diversas derechas populistas radicales, algunas de las cuales no tienen reparos en dejar patente sus afinidades con el fascismo, un nuevo escollo aparece en este agitado mar por el cual pretende navegar la Unión Europea (UE) sin encallar en ninguno de los arrecifes que ante ella se presentan: es el de lo que ha dado en llamarse “democracias iliberales”, también denominadas “parciales” o “de baja intensidad”, que son aquellas que se están abriendo paso de la mano  de los emergentes movimientos de derechas antiliberales.

   Un claro representante de lo que representa esta involución democrática, maquillada con la denominación de “democracia iliberal”, es el caso de la política que lleva a cabo Viktor Orbán y su partido, el Fidesz, en Hungría. De este modo, Orbán, siguiendo el modelo de sus políticos de referencia, que por lo que a su creciente autoritarismo se refiere no son otros que Vladimir Putin o Recep Tayyip Erdogán, se ha convertido en un defensor entusiasta de esta “democracia iliberal”, la cual, según Madeleine Albrigh, “se centra en las hipotéticas necesidades” de la comunidad nacional, “antes que en los derechos inalienables del individuo” y, por ello, “es democrática porque respeta la voluntad de la mayoría”, pero es iliberal tanto en cuanto “ignora las inquietudes de las minorías”.  De este modo, mientras para un demócrata el proceso político es más importante que la ideología, y le preocupa más que haya elecciones libres, justas y transparentes, por encima de quien las gane, para los políticos iliberales, como Orbán y otros similares, el problema surge cuando éstos intentan acrecentar su poder sin importarles que los medios para lograrlo causen daños permanentes, y en ocasiones irreparables, en las instituciones democráticas de sus respectivos países.

    Todos los políticos iliberales, aquellos que debilitan la democracia aunque no acaben con ella como harían los políticos de signo abiertamente fascista que se sitúan a su ya próxima extrema derecha, tienden a desequilibrar el equilibrio e independencia de poderes sobre los que se sustentan los sistemas democráticos y, por ello, maniobran para reforzar el poder ejecutivo, el suyo, a costa del poder legislativo que debería ser su contrapeso, pretenden igualmente controlar al poder judicial, tal y como se pretende por parte del actual Gobierno de Mateusz Morawiecki en Polonia, limitar todo lo que les sea posible el campo de acción de la oposición política y social, así como controlar la mayor parte de los medios de comunicación a su servicio, en la misma medida que neutralizan a los que les son adversos.

     Estas políticas iliberales, no sólo están dejando un rastro patente de degradación de la democracia en la Hungría regida por Orbán, sino que algo similar ocurre en Polonia en donde desde que en el 2015 ganó las elecciones el Partido Ley y Justicia (PiS) de Jaroslaw Kaczynski, se observa un claro deterioro de la democracia, o en el caso de la República Checa, en donde su presidente Milos Zeman se vanagloria de definirse como “el Trump checo” o en las políticas llevadas a cabo por Janez Jansa en Eslovenia. De nada han servido las recriminaciones de la UE ante determinadas y muy cuestionables actuaciones de estos dirigentes políticos, como ocurre por ejemplo en materia de la puesta en práctica de políticas migratorias comunitarias, las cuales ha sido desoídas de forma reiterada por estos políticos cada vez más iliberales, que es tanto como decir cada vez menos demócratas y que explotan con habilidad políticas populistas que, hoy por hoy, les resultan muy rentables electoralmente: no han más que ver el antipatriótico papel que están desempañando las derechas españolas, por muy envueltas que vayan en banderas de España, ante la grave crisis actual causada por la pandemia del Covid-19.

     Las políticas populistas de signo iliberal pueden abrir un camino de no retorno que, en el peor de los casos podría situar a estos países en la antesala de un ambiente todavía peor cual sería el nuevo fascismo emergente. En este punto crítico, la involución democrática no se produce de una forma violenta sino de formas más sutiles, aunque igualmente peligrosas cual son la manipulación de la información, el control de la justicia o defendiendo una nostalgia de un idealizado pasado en el cual el orden social no era cuestionado. Todos estos riesgos se amplifican en tiempos de crisis e incertidumbres como los actuales y, por ello, ante este asalto (gradual) a los valores democráticos que pretenden estos políticos iliberales, Madeleine Albright nos recordaba que Bill Clinton decía que “cuando la gente se siente insegura, es más probable que tenga líderes fuertes y poco acertados que líderes débiles pero atinados”, porque “a lo largo de la historia, los demagogos han demostrado que generan mucho más fervor popular que los demócratas, y en buen medida es porque parecen más decididos y seguros de sí mismos” y ello, vistas sus acciones y pensamientos, resultan muy peligrosos y se convierten en un riesgo cierto para nuestras democracias, pues hemos de ser conscientes que tras ellos se oculta un asalto a los valores democráticos tal y como ahora está ocurriendo en muchos países de nuestro entorno europeo e incluso en la sociedad norteamericana tras la irrupción en la Casa Blanca de un político tan atípico  y peligroso como es Donald Trump. Lo mismo podemos decir en el caso de España, donde los acerados y reaccionarios mensajes políticos de Vox están hiriendo nuestra democracia, máxime cuando el Partido Popular parece ser incapaz de diferenciarse discursivamente de las propuestas antiliberales y autoritarias de la emergente extrema derecha, un riesgo serio que hay que evitar pues nos va en ello buena parte de nuestro futuro.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 14 abril 2021)

 

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14/04/2021 18:55 kyriathadassa Enlace permanente. Política internacional No hay comentarios. Comentar.

EN RECUERDO DE IBN GABIROL

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     En el año 1021, hace ahora un milenio, nacía en Málaga Shlomo ben Yehudah Ibn Gabirol, a quien los cristianos llamaron Avicebrón, el gran poeta y filósofo judío, que tan profunda influencia ejerció en el pensamiento medieval europeo y cuya trayectoria vital estuvo muy vinculada a la Zaragoza musulmana del s. XI. Hagamos un poco de historia.

    En la convulsa época del medievo hispano, la ciudad de Córdoba, capital del emirato musulmán independiente regido por los omeyas, alcanzó un gran florecimiento cultural por lo que llegó a definirse como “la capital intelectual del mundo”, en gran medida ante el impulso del visir judío Hasday ben Isaac Ibn Shaprut. No obstante, el esplendor de Córdoba se apagó tras la muerte de Almanzor y las revueltas internas que pusieron fin al califato dando lugar a que éste se fragmentase en multitud de reinos de taifas independientes.

     Tras el final del califato, se sucedió un período de inestabilidad política y, con ella, la situación para la minoría judía en Al-Andalus se hizo peligrosa, razón por la cual muchos de ellos abandonaron Córdoba. Este fue el caso de Yehuda Ibn Gabirol el cual se refugió en Málaga y allí nació su hijo Shlomo en el año 1021. No obstante, poco tiempo después se trasladó a la taifa de Zaragoza, lugar de refugio para muchos judíos que huían del fanatismo islamista, hecho que destacaba el profesor Millás Vallicrosa al señalar que, “si todos aquellos reyezuelos de taifas se esforzaron en emular a los califas cordobeses en el fausto de la corte y en la protección dispensada a los sabios y literatos, quizás ninguno de ellos eclipsó en este respecto a la corte de Zaragoza, donde la hábil política de Mundir I aseguró para su reino bellos días de paz, y Zaragoza se hizo una gran ciudad que eclipsaba a la decadente y asolada Córdoba”. Es por ello que Zaragoza se convirtió, en aquellos años, en la más importante de las taifas que sustituyeron al antiguo esplendor de la Córdoba califal.

     De este modo, en opinión de Sor Mary Testemalle, religiosa de la Congregación de Nuestra Señora de Sión, orden dedicada al diálogo judeo-cristiano, en Saraqusta, la Zaragoza musulmana del s. XI, fue todo un ejemplo de tolerancia,  pues en ella hallaron refugio filólogos, poetas, talmudistas y filósofos judíos huidos de Córdoba, Málaga y Granada, y en donde “reanudaron los estudios, traducciones y comentarios que tanto brillo habían proporcionado a las escuelas de Córdoba”, un lugar donde, además, los judíos a ella llegados, “pudieron gozar de la posibilidad de vivir en paz su fe religiosa”.

     En aquella Saraqusta musulmana, tolerante y culta, se formó Ibn Gabirol en la importante escuela rabínica que allí existía y en esta ciudad fue donde vivirá los años más fecundos de su actividad creativa, en donde maravilló por sus dotes poéticas, razón por la cual Bahya  Ibn Paquda alude a él como “otro gran hijo de Zaragoza”. No obstante, en torno a los 25 años abandonó la ciudad tras los tumultos ocurridos que supusieron el asesinato de Mundir II y el fin de la dinastía de los tuyibíes. Por entonces, Ibn Gabirol ya gozaba de gran fama en el mundo literario musulmán y judío. Según Moshe Ibn Ezra, que pertenecía a la generación posterior a Ibn Gabirol, refiriéndose a éste, señalaba que, “todos los ojos inteligentes estaban vueltos hacia él y aún los envidiosos le señalaban con gestos de admiración”. Fue entonces cuando emprendió una serie de viajes que le llevaron a residir un tiempo en Granada, pretendió trasladarse a la Tierra de Israel, y, aunque se conoce escasamente este último período de su vida, parece ser que murió en Valencia hacia 1058 con apenas 30 años de edad.

    La figura y la importancia de Ibn Gabirol ha sido ampliamente ensalzada por su profundo legado. Así, la citada Sor Mary Testemalle dice de él que “fue una de las mayores glorias del judaísmo español y esta gloria se debe en parte a los maestros geniales que encontró en la capital de Aragón, que supieron desarrollar sus dones excepcionales”. Por su parte, David Maeso lo define como “altísimo poeta, extraordinario filósofo, insigne científico, místico y moralista”, mientras que Heine dijo que Ibn Gabirol fue “poeta entre los filósofos y filósofo entre los poetas” y, Menéndez Pelayo lo llegó a comparar con Dante y Milton “por la elevación de sus pensamientos, la belleza de las imágenes y la elegancia del estilo”.  Por todo lo dicho, Ibn Gabirol simboliza el esplendor de la cultura judeo-española de la primera mitad del s, XI y su influencia se extendió hasta la escolástica de santo Tomás de Aquino y también hasta el pensamiento de Abraham Abulafia, cabalista judío nacido en Zaragoza.

     Entre las obras de Ibn Gabirol, todas ellas escritas en lengua árabe, el idioma culto de la época, son destacables sus poesías religiosas recogidas en Corona del reino, una síntesis entre las creencias tradicionales judías y la filosofía neoplatónica, cuyos versículos todavía se cantan en la liturgia sefardita; las máximas morales de su Selección de perlas y, sobre todo, La Fuente de la Vida, una obra de profundo contenido filosófico, cuya importancia destacaba la filóloga Natalia Muñoz Molina y que en opinión del medievalista Luis Suárez Fernández, desempeñó un papel esencial en la historia de Europa. Uno de los aspectos más destacables de La Fuente de la Vida es que, con ella, Ibn Gabirol pretendió crear una filosofía universal que, por encima de las diferencias religiosas, pudiera reunir a toda la humanidad en torno a la verdad ya que pensaba que, si la religión había llegado a ser un signo de división, la filosofía podía ser el instrumento para lograr la unidad perdida. Para buscar el acercamiento entre las tres religiones monoteístas, en aquellos tiempos tan convulsos como violentos, la filosofía de Ibn Gabirol se hizo impersonal, aconfesional, dado su convencimiento de que todos los pueblos adoran bajo diversos nombres al mismo Dios.

     Pero Ibn Gabirol no lograría su proyecto de unidad interreligiosa ya que La Fuente de la Vida trascendió durante poco tiempo en la filosofía judía o árabe en España. No obstante, en el s. XII la Escuela de Traductores de Toledo tradujo La Fuente de la Vida al latín y, así, Ibn Gabirol, razón por la cual se dijo de él que “hizo su entrada triunfal entre los cristianos occidentales”, aunque ello fuera a costa de su nombre ya que pasó a ser conocido como Avicebrón, como así lo llamaron los escolásticos creyendo que era cristiano, y no fue hasta el año 1846 en que Salomon Munk dio a conocer la identidad judía de Ibn Gabirol.

    No obstante, sorprende la falta de conocimiento generalizado sobre la vida y la obra de Ibn Gabirol, de su legado poético y filosófico, en España y también en Aragón. Por ello, ahora que se cumple el milenio de su nacimiento, es el momento oportuno para reivindicar su figura más allá de ser judío, dada la transcendencia universal de su poesía y filosofía y un primer paso sería incluir su estudio en los diversos currículos educativos. Además, diversas actividades culturales recordarán a Ibn Gabirol en todas aquellas ciudades vinculadas con su trayectoria vital como fueron Córdoba, Málaga, Granada, Valencia, y, también debería de serlo Zaragoza, dado que sería el momento idóneo para dar a conocer la importancia y transcendencia de la figura de Ibn Gabirol y, por extensión, del legado cultural sefardí.

    Tal vez, ahora que se cumple el milenario del nacimiento de Ibn Gabirol, bien merece un recuerdo, máxime en su Zaragoza de adopción y, en estos tiempos inciertos que nos está tocando vivir, tiempos en que, como en la Zaragoza musulmana del s. XI en la que vivió Ibn Gabirol, resulta más necesario que nunca destacar el valor de la tolerancia y de la multiculturalidad, de la cultura de la paz y el respeto a la diversidad en definitiva, pues, como decía Ibn Gabirol en una de sus máximas, “la paciencia cosecha la paz y la prisa, la pierde”.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 28 marzo 2021)

 

 

 

 

 

 

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29/03/2021 08:25 kyriathadassa Enlace permanente. Mundo Judío No hay comentarios. Comentar.

LA UTOPÍA HUMANISTA

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     Asistimos a un tiempo sembrado de incertidumbres y pesimismo propiciado por una crisis sanitaria de magnitud planetaria, por un virus que ha parado el mundo y de consecuencias dramáticas tanto en el ámbito personal, como social y, desde luego, económico.

     Releyendo estos días a Erich Fromm, psicólogo social que sintetizó con lucidez el método psicoanalista de Freud y el análisis marxista, resultan de candente actualidad sus opiniones plasmadas en su libro “¿Tener o ser?” (1976), el que reivindica el valor del “ser” persona por encima del mero afán de “tener” a que nos aboca la sociedad de consumo y que nos aleja de la auténtica felicidad ya que, como señalaba Fromm, “tener mucho no produce bienestar”.

    No es casual que Fromm inicie su libro analizando lo que él denomina “el fin de una ilusión”, esto es, de “la Gran Promesa de un Progreso Ilimitado” que, convertida en la “nueva religión” de nuestro tiempo, se basaba en ideas tales como el dominio de la naturaleza y la explotación ilimitada de sus recursos, la abundancia material, la felicidad social y la libertad personal sin límites ni amenazas. Pero, esta “ilusión”, surgida tras la revolución industrial, ha fracasado y Fromm nos apunta las causas: el consumismo no produce felicidad; no somos plenamente libres, sino que nos hemos convertido en meros engranajes de una superestructura social que nos manipula; el progreso económico se ha limitado a las naciones ricas generándose un abismo creciente en relación a los países pobres y, finalmente, el progreso técnico ha generado innegables peligros ecológicos y riesgos nucleares.

     En consecuencia, ante una sociedad que ha sacralizado el “tener” en vez de los valores del “ser” personal y de la ética tanto personal como colectiva, dado que el capitalismo “separó la conducta económica de los valores humanos de la ética”, Fromm considera que resulta imprescindible reaccionar. Partidario de lo que él denomina “un socialismo humanista y democrático”, nos insta a retomar los valores que el materialismo ha ido arrumbando en nuestras conciencias para construir una sociedad nueva más justa e igualitaria. Fromm, convertido en abanderado de la que él llama “protesta humanista” que, como ocurrió con el cristianismo primitivo, la Ilustración y el pensamiento marxista, intentó liberar al ser humano del egoísmo y la codicia, considera que sólo un cambio profundo de nuestra actitud vital puede salvarnos de lo que él define como “catástrofe psicológica y económica”.

     Es por ello que en su obra nos ofrece un planteamiento de gran interés sobre cuales deberían de ser las características de la “Sociedad nueva” con la que sueña. El primer paso, y ello está en nuestra mano, debería de ser el orientar la producción en beneficio de un “consumo sano” contrapuesto al consumismo que él califica de “patológico”. Muy interesante resulta su defensa de las “huelgas de consumidores” las cuales considera como una poderosa palanca para introducir cambios en los sistemas productivos, llegando incluso a proponer una huelga de automovilistas en los EE.UU. para hacer frente a la subida de los carburantes y al poder económico de las multinacionales petroleras. En el fondo, lo que Fromm pretende es combatir el consumismo mediante formas de “democracia genuina” (como lo es la organización de los consumidores) para hacer frente a lo que él denomina “fascismo tecnológico”.

     La defensa de una sociedad plenamente democrática y participativa le lleva también a reivindicar un ideal de la izquierda sindical un tanto olvidado últimamente cual es el de la “democracia industrial”, esto es, la participación de los trabajadores en la toma efectiva de decisiones en sus respectivas empresas. No podía olvidar, en esta misma línea, la necesidad de avanzar por el camino de una democracia política participativa basada en dos requisitos esenciales en la que los ciudadanos, para formarse una opinión fundada y libre, cual son el contar con una información adecuada, esto es, libre de toda manipulación interesada y, a la vez, percibir que sus decisiones cuentan, tienen efecto en la sociedad en la que les ha tocado vivir. Defiende igualmente una “descentralización máxima” que fomente la participación activa en la vida política, así como la prohibición de todos los métodos de lavado de cerebro en la publicidad tanto industrial como política.

     La Nueva Sociedad basada en los valores del humanismo no puede lograrse, nos recuerda Fromm, si no se elimina el creciente abismo entre naciones ricas y pobres, si no se introduce “un ingreso anual garantizado” que, convertido en derecho universal apoye a los sectores más desfavorecidos de la sociedad, así como que se logre la plena liberación de la mujer o, también, su muy novedosa propuesta de establecer un llamado Supremo Consejo Cultural encargado de aconsejar a gobiernos, políticos y ciudadanos “en todas las materias en que sea necesario el conocimiento”, idea tras la cual parece subyacer el ideal del papel reservado a los sabios en la República platónica.

    Finalmente, la Nueva Sociedad debe fomentar el desarme nuclear y una investigación científica desvinculada, como nos recuerda Fromm, “de los intereses de la industria y de los militares”.

     La Nueva Sociedad, como ideal utópico, como alternativa humanista frente al consumismo y la pérdida de valores, debe abrirse paso aún siendo conscientes de las muchas dificultades que se encontrará por delante: ahí están los intereses económicos de las empresas, la apatía e impotencia de amplios sectores de la población, los dirigentes políticos “inadecuados” y las latentes amenazas nucleares, ecológicas y climáticas. De hecho, Fromm ya apuntaba, con años de antelación, sobre los riesgos que la sobreexplotación de los recursos y el cambio climático suponen para el futuro de la Humanidad. Y es que, resulta imprescindible “una nueva ética, una nueva actitud ante la naturaleza, la solidaridad y la cooperación humanas” como base de una sociedad humanista.

    Por todo ello, el mensaje final de Fromm, en estos tiempos de incertidumbre, desencanto y pesimismo, resulta más actual que nunca: “La creación de una nueva sociedad y de un nuevo Hombre sólo es posible si los antiguos estímulos de lucro, el poder y el intelecto son reemplazados por otros nuevos: ser, compartir, comprender; si el carácter mercantil es reemplazado por un nuevo espíritu radical y humanista”. Todo un reto, toda una utopía…necesaria.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 1 marzo 2021)

 

 

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03/03/2021 16:10 kyriathadassa Enlace permanente. Economía global No hay comentarios. Comentar.

LA MIGRACIÓN, UN DERECHO

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       En el interesante libro de Yuval Noah Harari titulado 21 lecciones para el siglo XXI (2020) dedica su 9ª lección a tratar el tema de la inmigración, una cuestión de diversas aristas que genera un intenso debate en las sociedades contemporáneas. Ciertamente, como señala este historiador israelí, aunque la globalización ha reducido mucho las diferencias culturales en todo el planeta, a la vez ha hecho a nuestras sociedades mucho más multiculturales, independientemente de la actitud tolerante o de rechazo que, hacia los movimientos migratorios, pueda tener la ciudadanía en cada uno de los países receptores.

   El fenómeno de la migración, entendido como el movimiento de población consistente en dejar el lugar de residencia para establecerse en otro país o región, bien sea de forma temporal o permanente, generalmente debido a causas económicas o sociales tales como la búsqueda de trabajo, seguridad y de un futuro mejor, pone en tensión los sistemas políticos y las identidades colectivas de las opulentas y, en demasiadas ocasiones, excesivamente insolidarias sociedades occidentales.  Ejemplo de ello es el caso de Europa, donde los movimientos migratorios, además de alentar el auge de los movimientos xenófobos y racistas de extrema derecha y cuyos ejemplos nos son sobradamente conocidos, plantea un serio reto para el futuro de las instituciones de la Unión Europea, las cuales, como advierte Harari, “podrían desmoronarse debido a su incapacidad para contener las diferencias culturales entre europeos e inmigrantes” lo cual significaría un dramático punto final, “al gran éxito de Europa en la creación de un sistema multicultural próspero”.

      Es en este contexto en el que se plantea la necesidad de asumir el pacto o debate sobre la migración, el cual, debería plantearse sobre tres condiciones o términos básicos que nos sugiere Harari. En primer lugar, el país anfitrión debe permitir la entrada de inmigrantes en su territorio, máxime cuando las circunstancias humanitarias así lo requieren, tal y como ocurrió con los casos de Alemania o Canadá durante la crisis de los refugiados de 2015 o los constantes naufragios y dramas humanos que se producen en aguas del Mediterráneo. En esta situación, dos posturas se confrontan: las de las posiciones pro-inmigración que, basadas en un profundo sentido humanista, consideran que, en un mundo globalizado, todos los seres humanos tienen obligaciones morales hacia los demás seres humanos, razón por la cual conciben la inmigración como un derecho. En contraposición esta actitud positiva, se encuentran los partidarios de rechazar los movimientos migratorios, entre los cuales algunos de estos detractores no ocultan sus posiciones de abierta xenofobia y racismo, los mismos que piensan que hay que emplear todos los medios necesarios para hacer frente a lo que consideran una nueva “invasión”, los mismos que miran con abierto rechazo al migrante, a quien ven como un delincuente en potencia. Por otra parte, hay que reconocer, desde un punto de vista realista, que los movimientos migratorios de tantas personas que desesperadamente huyen de las guerras, la represión y la miseria que azota a sus países de origen, resulta imposible de frenar y, por ello, es preferible legalizarla como mejor forma de evitar lacras tales como el tráfico de seres humanos en las rutas migratorias o la explotación de los trabajadores ilegales en los países de destino.

     En segundo lugar, el pacto requiere que los migrantes adopten al menos las normas y valores fundamentales del país anfitrión, aunque ello implique abandonar algunas de sus normas o valores tradicionales. Ello comporta, en muchas ocasiones, confrontar las mentalidades patriarcales de sus sociedades de origen con actitudes liberales de las sociedades receptoras, entre los valores religiosos arraigados y el laicismo del mundo desarrollado, o los distintos hábitos de vestimenta o dieta con los imperantes en Occidente. Es aquí cuando la tolerancia adquiere un valor universal y las posiciones pro-migración, defensoras de la diversidad de Europa, son partidarias de que los colectivos inmigrantes tengan tanta libertad como sea posible para que sigan sus propias tradiciones, siempre y cuando éstas no perjudiquen los derechos y libertades de las sociedades que los acogen, obviando, eso sí, todo tipo de actitudes intolerantes, misóginas, homófobas o antisemitas.

    Obviamente, y, en tercer lugar, el pacto debe contemplar el hecho de que, si los migrantes realizan un esfuerzo sincero de integración, en particular adoptando el valor de la tolerancia, el país anfitrión está obligado a tratarles como ciudadanos de primera, esto es, como miembros de pleno derecho de la sociedad. No obstante, como bien señala Harari, cuando se evalúa el pacto de la inmigración, “ambas partes conceden mucho más peso a las infracciones que al cumplimiento” y, por ello, por desgracia, se ve más entre la población migrante a un supuesto terrorista o delincuente antes que a un millón de respetuosos ciudadanos que han arribado a los países occidentales.

    Así las cosas, el debate europeo sobre la migración está abierto y se halla lejos de ser “una batalla bien delimitada entre el bien y el mal” ya que los que están a favor de la inmigración se equivocan al presentar a todos sus rivales como “racistas inmorales”, mientras que los que se oponen se equivocan al retratar a sus oponentes como “traidores irracionales”. Por ello es tan importante defender los valores de la tolerancia hacia la multiculturalidad dado que, en las agitadas aguas en las que se halla inmersa la política internacional, si el proyecto de la Unión Europea fracasa, ello sería tanto como reconocer que “la creencia en los valores liberales de la libertad y la tolerancia no bastan para resolver los problemas culturales del mundo” y para unir a la humanidad ante los graves problemas globales que la amenazan en su conjunto y que reiteradamente recuerda Harari en su libro, cuales son el riesgo de guerra nuclear, el colapso ecológico y la disrupción tecnológica. Y ello sería un fracaso de enorme magnitud que, lamentablemente, todos sufriríamos.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 15 febrero 2021)

 

 

 

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15/02/2021 10:42 kyriathadassa Enlace permanente. Derechos civiles No hay comentarios. Comentar.

EL PODER DE LA FARMACOCRACIA

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      La actuación de las grandes empresas farmacéuticas, fabricantes de las vacunas con las que combatir la pandemia del Covid-19, ha puesto de manifiesto el poder, no sólo económico, sino también de presión sobre los gobiernos, que están demostrando tener, una “farmacocracia” que, en ocasiones, se impone sobre las decisiones soberanas de los estados, sobre la misma democracia.

      Esta situación no es nueva, pues ya por el año 2009, denunció esta situación, con motivo de la campaña de vacunación contra la gripe A la doctora Teresa Forcades que es, también, monja benedictina y teóloga progresista. Entre otras cosas, la Hermana Teresa advertía, en medio del excesivo alarmismo generado en torno a aquella pandemia, de que se desconocían sus efectos secundarios, así como de los grandes intereses económicos que tenían las industrias farmacéuticas en este tema, como era el caso de la comercialización del célebre Tamiflú de la empresa Roche.

    No era la primera vez que la Hna. Teresa Forcades advertía sobre los oscuros intereses que mueven a las grandes corporaciones farmacéuticas mundiales y los inmensos beneficios obtenidos por éstas. Así, en su documentada obra Los crímenes de las grandes compañías farmacéuticas (Edicions Cristianisme i Justícia, 2006), nos ofrece una imagen demoledora de las presiones y negocios de la industria farmacéutica a nivel mundial, hasta el punto de que ésta ha sido capaz de imponerse a las decisiones de los gobiernos, pudiéndose por ello hablar de una “farmacocracia” en determinados sectores de la política y la economía internacional que sufren, sobre todo, los países del Tercer Mundo y que en el caso de los Estados Unidos, el poder de las grandes compañías farmacéuticas las ha convertido en un sector tan estratégico para la economía americana como lo es el petrolífero.

   El extraordinario poder político y económico de las grandes compañías farmacéuticas se incrementó tras la aprobación por el Gobierno Reagan de la Ley de Extensión de Patentes (1984), también conocida como Ley Hatch-Waxman, y la posterior creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) (1994) que, como señala la Hna. Teresa, tenía por objetivo “asegurar que la globalización no atentara contra los intereses del gran capital”.

     Pese a que Médicos Sin Fronteras (MSF) lanzó una campaña internacional para el acceso a las medicinas esenciales a precios asequibles mediante la cual se permitía a determinados países como India, Brasil o Sudáfrica producir genéricos a precios muy bajos para combatir el SIDA en los países del Tercer Mundo, las presiones de la industria farmacéutica, que no estaba dispuesta a renunciar a los inmensos beneficios de sus patentes, truncaron el proceso. De hecho, en los últimos años se ha aumentado la protección sobre las patentes farmacéuticas mediante el Acuerdo sobre Derechos de Propiedad Intelectual vinculados al Comercio (ADPIC) (1995), lo cual ha producido un brutal impacto en la comercialización de los antirretrovirales para combatir el SIDA, enfermedad que causa 3 millones de muertes/año en África. En consecuencia, y por imperativo de los acuerdos de la OMC, se obliga a que, desde 2005,  la comercialización de todos los medicamentos esté sometida al sistema de patentes (aunque sus precios sean abusivos en el Tercer Mundo), impidiendo de éste modo la producción legal de genéricos mucho más baratos: en este sentido, Teresa Forcades alude a que los genéricos producidos en Brasil habían reducido su coste un 79 % o que un producto como el Fluconazol, destinado a combatir el SIDA, elaborado por la farmacéutica Pfizer costaba entre 14-25 euros, mientras que su genérico valía solamente 0,75 euros. Por si esto fuera poco, las grandes compañías se negaron a comercializar en los países pobres los medicamentos que no les aportaban suficientes beneficios (sus márgenes brutos oscilan entre el 70-90 %): este fue el caso del retroviral Kaletra, que no necesitaba refrigeración lo cual lo hacía idóneo en los países del África Subsahariana,  y que dejó de comercializarse porque la empresa Abbott lo consideró “poco rentable”.

    La Hna. Teresa Forcades, que trabajó tres años como médico residente en el Hospital de Buffalo, la segunda ciudad más importante del Estado de Nueva York, era valiente al afirmar que el actual sistema de patentes farmacéuticas favorece los abusivos intereses de la industria a expensas del bien común, siendo especialmente injusto con los países subdesarrollados, los cuales deberían de estar exentos de las obligaciones ligadas a la propiedad intelectual, especialmente en el caso de los medicamentos esenciales, por todo lo cual  resulta cada día más urgente avanzar hacia un nuevo y más justo sistema mundial de patentes.

    Otro de los aspectos importantes denunciados por la Hna. Teresa era cómo la investigación farmacéutica se guía exclusivamente en función del beneficio económico potencial a obtener. Tal es así que en un informe de MSF titulado Desequilibrio fatal (2001) para el estudio de las enfermedades olvidadas, se concluye que “las enfermedades que afectan principalmente a los pobres se investigan poco y las que afectan sólo a los pobres no se investigan nada”. Es lo que se ha denominado “desequilibrio 10/90”, esto es, que sólo el 10 % de la investigación sanitaria mundial está dedicada a enfermedades que afectan al 90 % de los enfermos del mundo (malaria, tuberculosis, enfermedad del sueño (tripanosomiasis africana), enfermedad de Chagas, enfermedad de Buruli, dengue, leishmaniosis, lepra, filariasis, esquistosomiasis). Por el contrario, el 90 % de las investigaciones se dedican a otras “prioridades” mucho más rentables como los tratamientos de impotencia, obesidad e insomnio que afectan al 10 % de la población, esto es, al Primer Mundo. En este sentido, sólo con la píldora Viagra, comercializada por Pfizer, la principal compañía farmacéutica americana, ya en el año 2001 obtuvo unos beneficios anuales superiores a los 1.500 millones de dólares, cantidad que ha seguido aumentando y que convierte a la Viagra en el principal “blockbuster” (medicamento con un volumen de ventas superior a los 1.000 millones dólares/año) del mercado en Occidente.

    Por todo lo dicho, la estrategia farmacéutica de las grandes compañías se basaría en comercializar y hacer propaganda intensa de medicamentos inútiles, nocivos e incluso mortales como el antidepresivo Zoloft (de Pfizer), o los productos anticolesterol Lipoday, Chostat, Staltor (de Bayer) o los antiinflamatorios Vioxx (de Merck) o Bextra y Celebrex (de Pfizer), algunos de ellos ya retirados del mercado por sus nocivos efectos ; explotar al máximo los medicamentos (incluidos los esenciales) en forma de monopolio y en condiciones abusivas que no tienen en cuenta las necesidades objetivas de los enfermos ni su capacidad adquisitiva; reducir las investigaciones de las enfermedades que afectan principalmente a los pobres porque no les resultan rentables y concentrarse en los problemas de las poblaciones de alto poder adquisitivo, aunque no se trate de “enfermedades”, como es el caso de los medicamentos antienvejecimiento y, finalmente,  forzar las legislaciones nacionales e internacionales a que favorezcan sus intereses, aunque sea a costa de la vida de miles de personas. En este sentido el lobby farmacéutico americano, agrupado en PhRMA, que controla el 60 % de las patentes de medicinas mundiales y los 50 medicamentos más vendidos, tiene un papel determinante y se convierte así en una auténtica “farmacocracia”.

    Ante este panorama, la conclusión de Teresa Forcades supone todo un reto para la política y la defensa de una sanidad pública mundial verdaderamente solidaria con las necesidades del Tercer Mundo. Por ello, la industria farmacéutica y sus intereses económicos requieren de una urgente y más justa regulación política que priorice el bien común, esto es, el derecho universal a la salud y no sólo la búsqueda de una rentabilidad económica de unas compañías.

    Al igual que ocurrió en 2009 con la pandemia de la gripe A, la situación ha vuelto a plantearse en la actualidad con la misma crudeza e intensidad a la hora de hacer frente al Covid-19 y, por ello, como entonces nos recordaba Teresa Forcades, una monja benedictina, una doctora comprometida y valiente, resulta un deber moral y político el exigir un mayor control democrático y legislativo internacional que ponga fin a los abusos de la industria farmacéutica.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en Nueva Tribuna, 7 febrero 2021)

 

 

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10/02/2021 10:20 kyriathadassa Enlace permanente. Economía global No hay comentarios. Comentar.

¿QUÉ HACEMOS CON LAS NACIONES?

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He tomado el título de este artículo de un apartado del interesante libro de Daniel Inneratity titulado Política para perplejos (2018) en el cual analiza la cuestión del debate nacionalista, de tan candente actualidad y en el que plantea ideas y cuestiones que bien merecen una reflexión.

     En primer lugar, y sin duda teniendo en mente la cuestión catalana como telón de fondo, nos advierte de diversas actitudes que hacen que estos problemas puedan convertirse en irresolubles y que, por ello, habría que evitar, tales como que éste tema caiga en manos de “quienes los definen de manera tosca y simplificada”, tal y como evidencian las actitudes de la derecha más radicalmente españolista o los sectores más exaltados del independentismo catalán); que el problema se reduzca a cuestiones de “legalidad” y “orden público”; cuando “aparece una idea de legalidad que invita a los jueces a hacerse cargo del asunto”, así como cuando la cuestión se plantea como un enfrentamiento entre un “nosotros” y un “contra ellos”, momento en el cual “se ha eliminado cualquier atisbo de pluralidad”.

     Ante esta problemática Innerarity es rotundo al afirmar que “no tiene la solución al problema territorial del Estado español”, para, acto seguido, dejar constancia de que “las descripciones dominantes son de una simpleza tal que no debemos sorprendernos de que todo se atasque después”. Ante este simplismo, que obvia la complejidad política del problema territorial, tanto en España como en cualquier otro territorio en que existan demandas de nacionalismos periféricos, se impone, por pura lógica, la necesidad de pactos negociados entre las partes en litigio ya que  “lo de las naciones es un verdadero dilema y no tiene solución lógica sino pragmática, es decir, una síntesis pactada para favorecer la convivencia, porque la alternativa es la imposición de unos sobre otros, el conflicto abierto en sus diversas formas”.

    Llegados a este punto, Innerarity demanda una actitud favorable al diálogo y la negociación ya que “debe haber procedimientos para renovar o modificar el pacto que constituye nuestra convivencia política” y es que, descartada por inútil la política de imposiciones de una parte sobre otra, “la única salida democrática es el pacto”. En consecuencia, asumiendo la voluntad (y necesidad) del espíritu pactista tras el cual parece intuirse el eco del pensamiento de Francesc Pi y Margall, lo que Innerarity llama “eje de la confrontación” pasaría de ser entre unos nacionalistas frente a otros, a entre quienes quieren soluciones pactadas frente a los que prefieren la imposición y, por ello, los términos del problema, siempre con la imagen de Cataluña en  perspectiva, ya no sería tanto “elegir entre una nación u otra”, sino “entre el encuentro y la confrontación”, actitudes estas últimas que cuentan con partidarios en ambos bandos. Además, la necesidad del pacto resulta evidente cuando en un mismo territorio “conviven sentimientos de identificación nacional diferentes” y entonces el problema prioritario a resolver no es tanto quién logrará la mayoría social (o electoral) sino cómo garantizar la convivencia para lo cual, como advierte oportunamente a los nacionalistas de ambas orillas, “el criterio mayoritario es de escasa utilidad”. A partir de la voluntad de diálogo y negociación, el pacto se hace imprescindible para encauzar cuestiones claves, vitales para garantizar la convivencia democrática en aspectos tales como el modo de distribuir el poder, qué fórmula de convivencia es la más apropiada, qué niveles competenciales sirven mejor a los intereses públicos o cómo dar cauce a la voluntad mayoritaria sin dañar los derechos de quienes son minoría.

   Y, así las cosas, acto seguido aborda un tema de profundo calado político y emocional cual es la cuestión de la soberanía nacional ya que, en su opinión, “eso de que la soberanía nacional no se discute es un error” en el cual, como apunta, “están sospechosamente de acuerdo los más radicales de todas las naciones”. Y, frente a una visión sacrosanta y monolítica de este concepto, apuesta de forma decidida y valiente por las “soberanías compartidas” argumentando, como la realidad de los hechos demuestran, que las “soberanías exclusivas” son cada vez más una excepción en nuestro mundo globalizado donde son habituales las “ciudadanías múltiples” y ahí tenemos el ejemplo de la Unión Europea, donde se aúnan el sentimiento nacional de cada uno de los países miembros con el de la soberanía compartida que implica el sentirnos, también, ciudadanos europeos.

   Consecuentemente, resulta indispensable “explorar y reformular obligaciones y derechos de manera constructiva”, de lo cual deberían tomar buena nota nuestros dirigentes políticos tales como: ser conscientes de asumir autolimitaciones mutuas en algunos de sus planteamientos maximalistas, entender que el derecho a decidir viene acompañado del deber de pactar y, sobre todo, asumir también lo que él llama “binomio no imponer/no impedir”, por lo que un Estado se compromete a posibilitar todo aquello que haya sido previamente pactado. Es por ello que hay que buscar soluciones “tan imaginativas como dolorosas” y, de este modo propone “hacer un referéndum en toda España preguntando por el derecho de autodeterminación de los catalanes” ya que, como afirma acto seguido, “una pregunta de este tipo da una parte de razón a todos: se acepta que sobre Cataluña puedan decidir todos los españoles, pero se rompe el dogma de que la soberanía española sea incuestionable”.

   Las propuestas de Innerarity demuestran que siempre es “mejor el pacto que la victoria”, máxime cuando se trata de cuestiones básicas de nuestra convivencia y más teniendo en cuenta que los partidarios de una y otra posición “no son abrumadores ni despreciables” en número, tal y como queda patente en Cataluña, donde la ciudadanía se halla fragmentada prácticamente por la mitad entre los partidarios del procés independentista y quienes se identifican con el actual marco constitucional y estatutario. En este sentido, José Andrés Torres Mora afirmaba que lo razonable a la hora de construir un marco de convivencia en una sociedad plural “no es acordar una votación, sino votar un acuerdo”. Y, por todo ello, Innerarity interpela una vez más a los políticos frentistas al recordarles que “contentarse con una victoria cuando podríamos tener un pacto demuestra muy poca ambición política” pero, claro, para eso necesitamos políticos con talla de estadistas y… ¿los tenemos?.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 30 enero 2021)

 

 

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03/02/2021 16:26 kyriathadassa Enlace permanente. Política-España No hay comentarios. Comentar.

EN TORNO AL AUTÉNTICO PATRIOTISMO

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     En estos últimos años en los que las derechas españolistas, aprovechando la tensa situación generada por el conflicto catalán primero, la llegada al poder ejecutivo del gobierno progresista de coalición PSOE-Unidas Podemos en enero de 2020, así como las enormes dificultades generadas para el Gobierno de Pedro Sánchez a la hora de gestionar la devastadora crisis generada a todos los niveles por la Covid19  como telón de fondo, están intentando  monopolizar el sentimiento patriótico de una manera excluyente y como ariete frente a sus adversarios políticos. Es por todo ello que, una vez más, estamos asistiendo a un airear de banderas y voceríos patrioteros que a nada conducen excepto a crispar hasta extremos inaceptables la convivencia cívica y a cuestionar los valores sobre los que se sustenta nuestra democracia.

    He vuelto a releer estos días el libro del añorado político vasco Mario Onaindía Natxiondo (1948-2003) titulado La construcción de la nación española. Republicanismo y nacionalismo en la Ilustración (2002) puesto que en él se nos ofrecen algunas claves, de plena actualidad, para distinguir el verdadero significado de ambos conceptos, tan manidos como instrumentalizados, como son los de “patriotismo” y “nacionalismo”.

    Tal y como nos señala José María Portillo en el Prólogo de dicha obra, Onaindía  nos propone una relectura inédita del período de la Ilustración y por ello nos sumerge de lleno en el s. XVIII y, analizando el pensamiento que subyacía tras ella, “se trata de proponer que la nación puede entenderse como república de personas, de sus libertades y sus derechos, sin reválidas de raza, lengua o historia”[1], algo de lo que deberían de tomar buena nota los exclusivismos nacionalistas, como estamos saturados de comprobar tras el conflicto generado por el “procés” en Cataluña,  bien sean éstos de signo españolista o el que defienden tras las esteladas secesionistas catalanas.

    De entrada, la obra de Onaindía, que es una ampliación de su tesis doctoral titulada La tragedia de la Ilustración española, nos recordaba que la idea de “patria” procede del latín “terra patria”, término que constituye “uno de los conceptos fundamentales de la tradición republicana”, concepto éste que, nos advierte, será tomado por el nacionalismo para otorgarle un sentido muy distinto, ya que aunque el lenguaje corriente considera sinónimos “amor a la patria”, “lealtad a la nación”, “patriotismo” y “nacionalismo”, éstos deben de diferenciarse ya que,

“para los patriotas de inspiración republicana, el valor principal es la República y la forma libre que ésta permite, en cambio, los nacionalistas consideran que los valores primordiales son la unidad espiritual y cultural del pueblo, dejando en segundo término u olvidando totalmente la lealtad hacia las instituciones que garantizan las libertades”[2].

    En consecuencia, esto supone la existencia de actitudes personales bien distintas en ambos casos ya que, como vuelve a señalar Onaindía,

“El patriotismo trata de producir un tipo de ciudadano libre que tiene su esfera de seguridad garantizada por las leyes y por tanto trata de defenderlas porque constituyen una barrera que salvaguarda la seguridad individual, de forma que se establece un equilibrio entre los individuos de la sociedad y los miembros de la comunidad. La cohesión social que busca todo género de nacionalismo, en cambio, genera un individuo que trata de fundirse con la comunidad, de manera acrítica y renunciando a su esfera de autonomía individual”[3].

    Consecuentemente, como recordaba Onaindía, “una buena República” entendiendo por ello la aspiración al bien común, a la “res pública” romana, “no necesita unidad cultural, moral o religiosa; exige otro tipo de unidad, la unidad política, sustentada por el nexo con la idea de República, que consiste en la defensa de la ley, que garantiza la libertad”[4]. De este modo, el concepto de “patria” sería sinónimo de “república” (res pública) y esta, de “bien común”.

    En esta misma línea, Cicerón, en su Tratado de las leyes, ya diferenciaba entre la atracción que se siente hacia la tierra nativa, por ejemplo, la que mueve a Ulises a volver a su añorada Ítaca, del sentimiento que experimenta el ciudadano hacia su patria, entendida ésta como las instituciones que garantizan su libertad, haya nacido o no en ella. Es por ello que, por encima de bandera o símbolos, como señalaba Milton, la patria sería el lugar en donde una persona se siente libre. Esa misma idea de asociar el concepto de “patria” y de “libertad” lo hallamos también en Diderot, para quien “el patriotismo es el afecto que el pueblo siente por su patria”, entendida ésta no como la tierra natal, sino como una comunidad de hombres libres que viven juntos por el bien común.

    En fechas más recientes, estos mismos planteamientos son los que articulan el llamado “patriotismo constitucional” de Jünger Habermas, esto es, el considerar la patria no como el lugar de nacimiento, sino allí donde el ciudadano goza de libertad, allí donde existen unas instituciones y un marco legal que la garantizan. Ello excluye, de facto, todo tipo de patrioterismo propio de mentes e ideologías reaccionarias o abiertamente fascistas, tan proclives a apropiarse en exclusiva del concepto de “patria”, eso sí, vaciándolo de todos los valores de libertad, justicia y convivencia pacífica en la diversidad que le son propios al auténtico ideal patriótico.

     Por todo lo dicho, Onaindía recordaba que, a la altura del s. XVIII, que es el ámbito de estudio de su obra, existía un concepto de “republicanismo”, de defensa de la “res pública”, mucho antes de que surgieran los partidos con esta denominación ideológica. Es por ello que el “republicanismo” del cual habla Onaindía quedaría claramente de manifiesto en su estudio sobre el teatro de la Ilustración dado que en el mismo aparecen ideas tales como la libertad, el amor a la patria, la resistencia a la tiranía o la limitación del poder real. Consecuentemente, en el s. XVIII, el concepto de “república” se asociaba al de un auténtico patriotismo y no tanto con una forma concreta de gobierno como ocurriría posteriormente, y por ello se exalta la defensa del valor de la libertad, de la ausencia de dominación, o el amor a la patria, la cual, insistimos de nuevo en ello, no significaba el lugar de nacimiento sino donde una persona vive en libertad gracias a la ley que se la garantiza.

     De este modo, Onaindía contrapone dos conceptos: el de “patriotismo republicano” que concibe a la nación como un espacio de libertades, de amparo y seguridad de derechos y de participación ciudadana en la política, con el de “nacionalismo”, entendiendo éste como “exaltación estatal de la raza, la lengua y la historia”, esta última siempre concebida (y mitificada) a la medida de intereses políticos concretos. Es por ello, que esta pugna entre el verdadero significado del patriotismo frente al nacionalismo excluyente, le hacía decir a Onaindía, en relación al por aquellos años del sangrante conflicto de convivencia y terrorismo que padecía por aquel entonces la sociedad vasca que,

“el problema de Euskadi no es el enfrentamiento entre dos naciones, vascos y españoles, sino entre dos ideas, de nación o nacionalidad… […]… Para una, la nacionalista, Euskadi y España resultan incompatibles, al igual que el euskera y el castellano o las traineras y los toros. Para otra, en cambio, en la medida que la patria es la ley, la lealtad hacia el Estatuto y el desarrollo de todas sus potencialidades se puede compaginar con la lealtad a la Constitución española y, por supuesto, con el proyecto de construcción europea y la pluralidad”.

    Como vemos, si cambiamos Euskadi por Cataluña, esta misma confrontación resulta evidente que se refleja de nuevo, y por desgracia, en el conflicto secesionista generado desde el independentismo catalán y que ha sido avivado por las torpezas y falta de respuestas imaginativas por parte del Gobierno Central, fundamentalmente, durante el período del Gobierno del Partido Popular.

    Nunca podrá ser un auténtico patriota quien pretenda imponer su supuesto “patriotismo” a costa de derrotar verbal, política o incluso militarmente a una parte del colectivo social de su propia nación. Por ello resulta rechazable y peligrosos ese patriotismo ultramontano y reaccionario de quienes enarbolan banderas del pasado, que se sienten herederos de quienes pretendieron edificar “su España” matando españoles, una reflexión que resulta especialmente oportuna traer a colación en estos días en que se han conocido mensajes de diversos militares en la reserva que tienen a gala su anacrónico patriotismo, aunque para ello preciso fuera fusilar a 26 millones de españoles, a 26 millones de compatriotas, con lo cual vuelven a dar tristemente la razón a Antonio Machado cuando aludía con pesar a cómo recorría las tierras de España “la sombra errante de Caín”, cuya expresión gráfica la plasmó, más de un siglo antes, Francisco de Goya en su grabado “A garrotazos”, ejemplo dramático y flagrante, del endémico cainismo hispano.

    Tampoco responde a un auténtico espíritu patriótico abierto e integrador la posición de quienes reafirman la identidad monolítica de España a costa de negar la aportación a nuestra secular historia colectiva de las comunidades musulmanas o judías a las que la cultura hispánica tanto debe, así como a las que tampoco aceptan los valores positivos derivados de la inmigración y de la riqueza que ello supone para nuestra sociedad, cada vez más multicultural y multiétnica. Consecuentemente, resultan rechazables las alusiones nostálgicas a “Covadonga” o a la “Reconquista de España”, evocaciones de un innegable sesgo reaccionario, sin olvidar tampoco  los brotes xenófobos que, con ocasión de la llegada desesperada de inmigrantes a las costas españolas huyendo de la miseria o de las guerras que azotan a sus países, que son alentados de forma demagógica por partidos reaccionarios, como es el caso de Vox, algo fuera de lugar en el marco del necesario patriotismo constitucional y democrático que precisa nuestra sociedad.

   Los que nos sentimos hastiados por el permanente enfrentamiento entre el nacionalismo españolista, siempre incapaz de comprender la realidad plurinacional de España, y el nacionalismo catalanista, insolidario y excluyente, seguimos pensando que no hay más camino ni solución que el diálogo permanente, un diálogo que debe mantenerse, contra viento y marea, hasta que se alumbre una solución democrática pactada y aceptable, con concesiones por ambas partes, que sea asumible por la mayoría de la ciudadanía, tanto en Cataluña, como en el resto de España. Es difícil, pero tiene que ser posible y, para ello, un buen gesto sería el empezar amnistiando a los políticos actualmente en prisión como consecuencia de su actuación, ciertamente ilegal, durante los sucesos del proceso independentista ocurridos en el año 2017. Y es que la democracia, como el verdadero patriotismo, siempre tiene una dosis de generosidad y tolerancia que la dignifica frente a sus adversarios, esos patrioteros de diverso signo, que siempre están atrapados en las redes del rencor y la intolerancia.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: Nueva Tribuna, 19 enero 2021)

 

 

 



[1] PORTILLO, José María, en el Prólogo de ONAINDÍA, Mario, La construcción de la nación española. Republicanismo y nacionalismo en la Ilustración, Barcelona, Ediciones B, 2002, p. 11.

[2] ONAINDÍA, Mario, La construcción de la nación española. Republicanismo y nacionalismo en la Ilustración, Barcelona, Ediciones B, 2002, p. 101.

[3] Ibídem, pp. 101-102.

[4] Ibídem, p. 102.

 

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20/01/2021 07:42 kyriathadassa Enlace permanente. Política-España No hay comentarios. Comentar.

EL VIRUS TRUMPISTA

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     Los recientes sucesos ocurridos en Washington donde un tropel de simpatizantes con las ideas supremacistas y fascistoides, las mismas que tanto ha alentado sin ningún rubor Donald Trump, asaltaron el capitolio, la sede de la democracia norteamericana, son la prueba patente de la deriva reaccionaria en la que se ha sumido buena parte de la sociedad de aquel país.

    Primo Levi decía que “cada época tiene su fascismo” y es lo que ahora está ocurriendo con el trumpismo. De esta deriva antidemocrática ya nos advirtió Madeleine Albright en su libro Fascismo. Una advertencia (2018) y, en el capítulo titulado “Una doctrina de ira y de miedo”, analizaba con preocupación el riesgo cierto que supone el auge y expansión del fascismo en el mundo en estos últimos años, incluidos los Estados Unidos. Es por ello que nos advierte, tal y como señala la asociación Freedom House que, en la actualidad, “la democracia está asediada y en franco retroceso” en muchos países. Tan contundente afirmación le hace preguntarse “¿por qué en pleno siglo XXI volvemos a hablar de fascismo?”, y su respuesta es igual de contundente: “Lo diré sin tapujos: una de las razones en Donald Trump”, dado que sus actos y declaraciones están “tan en desacuerdo con los ideales democráticos”, y es que, como la actuación durante su mandato presidencial ha demostrado que no ha concedido ninguna importancia, “a la cooperación internacional ni a los valores democráticos” y a ello hay que sumar que Trump ha propiciado un aliento inesperado para las diversas derechas autoritarias, para los fascismos  que emergen en diversos países y que, como una enredadera rebelde, están trepando social y electoralmente.

    Trump ha convertido el desaliento, el temor y los efectos negativos causados por la globalización sobre amplios sectores de la sociedad norteamericana, en un arma de destrucción masiva dirigida contra los pilares de la democracia, utilizando, además, las redes sociales de una forma totalmente demagógica, convertidas éstas, de la mano del trumpismo, en cajas de resonancia a “teorías conspiratorias, a relatos falsos y a visiones ignorantes sobre la religión o la raza”. Así las cosas, la desinformación de noticias falsas, al igual que los twitter de Trump, han contribuido a debilitar la democracia “mediante falacias que llegan por oleadas y azotan nuestros sentidos del mismo modo que las olas marinas se abaten sobre la playa”: baste recordar la sarta de teorías conspirativas y negacionistas sobre la actual pandemia o el empecinamiento de Trump en negarse a reconocer su derrota electoral en la misma medida que cuestionaba la validez del escrutinio de los comicios que lo han desalojado del poder o sus delirantes elucubraciones sobre los supuestos planes “¡comunistas!” que atribuye al presidente electo Joe Biden.

    En este contexto, ya en el 2017, el Índice de Democracia elaborado por el diario The Economist, mostraba “cierto deterioro en la salud democrática de sesenta países” tras evaluar una serie de criterios tales como: el respeto a las garantías procesales, la libertad religiosa y el espacio concedido a la sociedad civil. Y en aquel momento, cuando Trump apenas llevaba un año como inquilino de la Casa Blanca, es cuando ya Albright alertaba de que los EE.UU. no eran una “democracia plena”, sino una “democracia imperfecta” zarandeada por el trumpismo. Por aquel entonces, los estudios de opinión señalaban que cada vez había mayor interés en las sociedades occidentales y, desde luego en la norteamericana, por lo que se calificaba como “alternativas potenciales”, como el hecho de que una de cada cuatro personas tenía “una buena opinión de un sistema en el que un dirigente puede gobernar sin interferencias del parlamento ni los tribunales” o lo que es todavía peor, el que uno de cada cinco ciudadanos “se declara atraído por la idea de un gobierno militar”.

    Hay que evitar que, tras la infección del virus trumpista, se abra la puerta hacia la escalofriante profecía de Oswald Spengler que ya se cumplió en la negra época de los fascismos del s. XX, según la cual “la era del individualismo, el liberalismo y la democracia, del humanitarismo y la libertad está llegando a su fin. Las masas aceptarán con resignación la victoria de los césares, de los hombres fuertes, y los obedecerán”. Y es que, en diversos movimientos de la ultraderecha emergente alentados por el trumpismo, incluido el caso de Vox en España, como señalaba Robert Paxton en su libro Anatomía del fascismo (2005), “se percibe el eco de temas fascistas clásicos” tales como “el miedo a la decadencia y a la descomposición de la identidad nacional y cultural”, el temor a lo que consideran la “amenaza” de los “extranjeros no asimilables” para la nación y para el “buen orden social”, así como la demanda de una mayor autoridad para “resolver” todos estos problemas, todo lo cual hace que en estos partidos, al igual que ocurre con el trumpismo, se perciba lo que el citado Paxton definía como “el penetrante hedor del fascismo”.

    Este es el sustrato ideológico en el que asentó su nefasta presidencia Donald Trump, un demagogo cuyos análisis y actuación política los ha calificado Albright como “preñados de irritación y de tonterías sin sentido, y en sus argumentaciones trata de explotar las inseguridades y de suscitar indignación”. A modo de balance, Albright define  a Trump de forma contundente como “el primer presidente antiamericano que tiene Estados Unidos en su historia moderna” dado que, desde el inicio de su mandato “ha hecho gala de su desdén por las instituciones democráticas, por las ideas de igualdad y de justicia social, por las virtudes cívicas, por el debate con la ciudadanía y, en definitiva, por el país en general”, razón por la cual, añade, “si estuviera en una nación con pocas garantías democráticas, sería un dictador, que es justamente lo que por instinto él desea ser”.

    El próximo 20 de enero se va Trump de la Casa Blanca, pero mucho me temo que continuará su fatal legado por mucho tiempo dado que el trumpismo ha fracturado a la sociedad y la convivencia en los EE.UU. y ese desgarro ha socavado los cimientos de la democracia, un desgarro y unas heridas que serán difíciles de sanar. Y es que, ciertamente, el virus trumpista ha infectado la democracia norteamericana… y alguna más, también.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en El Periódico de Aragón, 16 enero 2021)

 

 

 

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16/01/2021 15:42 kyriathadassa Enlace permanente. Política-EE.UU. No hay comentarios. Comentar.

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