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Kiryat Hadassa: el blog de José Ramón Villanueva Herrero

EL FINAL DE UNA ÉPOCA

EL FINAL DE UNA ÉPOCA

 

      Desde que en el 2008 estalló la crisis global ya nada es igual en nuestras vidas: cambios profundos y retrocesos graves han sacudido la economía, el sistema político y, en consecuencia, nuestra sociedad. Tenemos la sensación de que lo que hasta entonces era nuestro modelo de vida ha entrado en un declive (¿irreversible?) que está resquebrajando el Estado del Bienestar, Y esta situación de desencanto y pesimismo parece mostrarnos un futuro incierto ante lo que hasta ahora eran nuestras evidencias y seguridades, azotadas éstas por un triple vendaval.

      Un primer vendaval tambaleó la economía e impuso una implacable austeridad, un austericidio que, en opinión de Sian Jones ha provocado “un crimen social masivo”, unos recortes que se ensañaron de forma especial con los sectores más débiles de la sociedad y cuyos efectos siguen siendo patentes. Por otra parte, el mercado laboral no ofrece un futuro digno a nuestros jóvenes, las condiciones laborales parecen retrotraernos al s. XIX y los salarios se deterioran hasta el punto de que ha aparecido la figura del “trabajador pobre”, de aquel que pese a tener un empleo, se halla en el límite de la subsistencia dado que, en acertada expresión de Iñaki Gabilondo, los salarios se han “jibarizado”.

      Pese a que desde instancias gubernamentales se diga que “estamos saliendo de la crisis”, lo cierto es que la recuperación no llega a todos los hogares dado que esta crisis ha dejado profundas cicatrices, una fractura social que ha supuesto que la pobreza se haya cronoficado, que el empleo que se crea sea muy precario y que exista una lacerante falta de oportunidades para el futuro de la juventud, hasta el punto de que ya hemos asumido que, lamentablemente, nuestros hijos vivirán peor que nosotros. Por todo ello, se ha producido un vaciado de rentas de la clase media-baja a la alta, un fenómeno inverso de redistribución de la riqueza en beneficio de los poderosos de siempre.

     Un segundo vendaval, consecuencia del anterior, es el que ha producido un profundo y grave descrédito de las instituciones y de la clase política a la hora de enfrentarse a la crisis global dado que éstas no han sabido estar a la altura que las circunstancias requerían. Ello ha supuesto, como señalaba Carlos Taibo, una “pérdida de legitimidad” de nuestros representantes políticos ya que, “la mayoría de las decisiones importantes quedan en manos de poderosas corporaciones financieras” y es por ello que no hay más que recordar la actuación de la Troika o la imposición de la reforma del artículo 135 de nuestra Constitución. Es por ello que Arcadi Oliveres aluda a que vivimos en una democracia formal cada vez más vacía de contenido con atisbos de lo que ha dado en llamarse “fascismo social”, como lo es el hecho de conceder miles de millones a la banca a cambio de recortarlos de la educación, la salud, la dependencia, la vivienda o de obras públicas. Obviamente nos hallamos ante un déficit democrático, o una “democracia de baja intensidad”, como diría Boaventura de Sousa Santos ya que las decisiones importantes no las toman los gobiernos elegidos por la ciudadanía, sino los poderes económicos dominantes. Esta situación coincide con que, tras la caída del Muro de Berlín y el fracaso del llamado “socialismo real”, asistimos, como señalaba Jesús Sanz, a una “crisis de las utopías emancipadoras, lo cual se evidencia en una ausencia de un relato consolidado alternativo y es que, “otro mundo es posible” … pero todavía no hemos llegado a precisar cuál es la ansiada alternativa. Sin embargo, también es cierto que las consecuencias de la crisis global de 2008 han hecho que esté más vivo que nunca el debate en torno a las alternativas al sistema actual.

     Todas estas circunstancias han dado lugar a un tercer vendaval, el de la rebelión social, una rebelión indignada de los sectores que han padecido con mayor crudeza los efectos de la crisis y de ello son ejemplo la defensa de la defensa de la sanidad pública o las pensiones. Por ello, esta rebelión, sobre todo a partir del 15-M, ha abierto el camino para cambiar la situación actual, la cual pasa, necesariamente, por el impulso de una democracia más participativa dado que, como señalaba Amador Fernández Savater, el malestar sirve de combustible para la acción y actúa como energía de transformación social. Ciertamente, nos hallamos, tras estas tres tempestades, ante unos vientos de cambio en un mundo en rápida transformación…pero no sabemos hacia dónde nos conducirán. Esa incertidumbre es el sino de nuestros tiempos.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 20 septiembre 2018)

 

 

 

 

 

EL VERDADERO SIGNIFICADO DE CUELGAMUROS

EL VERDADERO SIGNIFICADO DE CUELGAMUROS

 

     Nos hallamos en pleno debate político y ciudadano en torno a la exhumación del general Franco de la Basílica del Valle de los Caídos, del panteón de Cuelgamuros, edificio del Patrimonio Nacional en el que por espacio de más de 4 décadas se ha seguido honrando la memoria del dictador, un lugar de exaltación ostentosa del franquismo. Por ello debemos manifestar nuestro total rechazo a todos los intentos que, desde diversos ámbitos, han pretendido (y siguen pretendiendo) maquillar el mausoleo del dictador como “un lugar de reconciliación, unidad, paz y hermandad de todos los españoles”, algo tan dañino y falso para nuestros valores democráticos como los intentos de políticos de la vieja y nueva derecha, Pablo Casado o Albert Rivera, que insisten en “pasar página” sobre este tema, un tema de tanta importancia, simbolismo y justicia, por lo que resulta relevante el hecho de que el Gobierno de Pedro Sánchez se decidiera a exhumar (por fin)  los restos del general genocida.

     Pero si queremos conocer el verdadero significado, la auténtica razón de ser de Cuelgamuros, debemos leer con detalle el discurso pronunciado por Franco en la inauguración de tan faraónica obra, inauguración que, simbólicamente, tuvo lugar el 1º de abril de 1959, el “día de la Victoria”, en la terminología del régimen. Pese a haber pasado ya 20 años desde el final de la guerra, el discurso estuvo plagado de toda la retórica fascistoide de la dictadura. Varias ideas aparecen de forma repetitiva de aquel discurso que Franco calificó como lleno de “fuerza” y de “emotividad”.

    En primer lugar, Franco dejaba claro, por si quedaba alguna duda, que la construcción de Cuelgamuros era un homenaje a la memoria permanente de “nuestros Caídos” (con “C” mayúscula), expresión que se repite en varias ocasiones. En consecuencia, el general  tuvo un recuerdo para los combatientes del bando rebelde que murieron “con la sonrisa en los labios”, para los miembros de la Guardia Civil, para los caídos en “las cruentas batallas libradas contra las Brigadas Internacionales”, a las cuales, añade seguidamente, los rebeldes les hicieron “morder el polvo de la derrota”, mencionando igualmente a sus soldados, a aquellos que “sucumbieron a los rigores de los durísimos inviernos” o que “se vieron mutilados al helarse sus extremidades bajo los hielos de Teruel”. Tampoco olvidaba Franco a aquellos otros “caídos” civiles, recordando la “serenidad estoica de los mártires frente al fatídico paredón”, y esto lo decía el dictador obviando que el franquismo llevaba 23 años fusilando sin compasión y con mentalidad genocida, a todos sus adversarios políticos.

     Y junto a los “caídos por la Patria”, Franco aprovechó acto seguido para exaltar la memoria de los “mártires” de la persecución religiosa desatada durante la contienda: a los “sacerdotes martirizados”, a “tantísimas mujeres piadosas que sólo por serlo atrajeron las iras y la muerte de las turbas desenfrenadas” o la zozobra de los perseguidos “arrancados del reposo de sus hogares en los amaneceres lívidos por cuadrillas de forajidos para ser fusilados”. Como vemos, ni una sola mención, 20 años después del final de la guerra, a la reconciliación con la otra mitad de España, la que fue leal a la República, la que fue vencida, reprimida y humillada.

     La segunda idea esencial del discurso de Franco era la de la reafirmación de “la Victoria” (con “V” mayúscula) y la calificación de ésta como “Cruzada”, por lo que la guerra era, para el dictador, un ejemplo de “heroísmo” y “santidad”. Y más aún, Franco, instrumentalizando la religión al servicio del régimen, algo a lo que se sumó la Iglesia con fervoroso entusiasmo, llega a afirmar que sus victorias en el campo de batalla tuvieron mucho de “providencial” y “milagroso”.

    Estas dos ideas (homenaje y memoria a “nuestros Caídos” y rememorar la victoriosa “Cruzada”), son las razones que arguye para dar razón de ser a Cuelgamuros ya que todo ello “justificaría esta obra de levantar en este valle ubicado en el centro de nuestra Patria un gran templo al Señor, que expresase nuestra gratitud y acogiese dignamente los restos de quienes nos legaron aquellas gestas de santidad y de heroísmo”. 

    Como vemos, en el espíritu del dictador no tenía cabida la idea de la reconciliación, máxime cuando el odio acervo hacia los vencidos, hacia los que seguía calificando de la “anti España”, seguía tan intenso como siempre, como si todavía los estuviese combatiendo en los campos de batalla de aquella España cainita que desoyó la petición de “Paz, piedad y perdón” lanzada por el presidente Manuel Azaña en los momentos finales de la agonía de la República. Y más aún, advierte a aquellos que seguían sus consignas con la consabida “adhesión inquebrantable” de que “la anti España fue vencida y derrotada, pero no está muerta” que “la lucha del bien con el mal no termina por grande que sea la victoria”, y ese “mal”, ese “enemigo que no descansa”, llega a ser equiparado con el “diablo”.

    Este fue, en su origen y en el tiempo el verdadero espíritu de Cuelgamuros, el mismo que quieren perpetuar los nostálgicos del franquismo en nuestros días. Este espíritu fascista ni siquiera pudo ser maquillado por el Decreto Ley de 23 de agosto de 1957, mediante el cual se creó la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos y que hizo que fueran llevados a Cuelgamuros los restos de víctimas republicanas (sin el conocimiento ni autorización de sus familias) como símbolo de una pretendida “reconciliación” que nunca fue. Y es que, como señalaba Belén Moreno, esto no fue más que un intento propagandístico del régimen para transmitir una falsa imagen de reconciliación con la cual ganarse la simpatía de las democracias occidentales.

     Por todo lo dicho, nada mejor que recordar este discurso inaugural de Franco para dejar claro que Cuelgamuros, desde su origen, tuvo un claro significado político, cargado de ideología fascista y espíritu revanchista y por ello resulta inaceptable para cualquier democracia que se precie de serlo.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 26 agosto 2018)

 

 

LA CONCIENCIA DE ISRAEL

LA CONCIENCIA DE ISRAEL

 

     Resulta preocupante la aprobación el pasado 19 de julio de la Ley Básica del Estado-Nación Judío por parte del Parlamento de Israel, un ejemplo más de la deriva cada vez más derechista del gobierno de Binyamin Netanyahu, alentado por el apoyo entusiasta que le brindan los EE.UU. de Donald Trump. Y es que tan polémica ley, pretende imponer el predominio del carácter judío del Estado por encima del carácter democrático del mismo y, en consecuencia, supone una inaceptable exclusión para los ciudadanos árabes israelíes (el 21% de la población) y demás minorías no judías como es el caso de los drusos y los cristianos, además de otros aspectos muy negativos como la declaración del hebreo como único idioma oficial, excluyendo de tal condición al árabe, o el apoyo a los asentamientos judíos en territorio palestino, ya que la ley señala expresamente que el Estado los considera como “un valor nacional y actuará para promover su establecimiento y consolidación”, toda una pésima noticia que termina de volatilizar los anhelos de una paz justa entre Palestina e Israel.

     En consecuencia, nos hallamos ante una ley que ha recibido fuertes críticas no sólo de la Autoridad Nacional Palestina o la Liga Árabe, sino también desde la Iglesia Católica, del influyente Congreso Judío de América o desde la misma Unión Europea. También figuras destacadas del mundo de la cultura como Daniel Barenboim reconocía, tras la aprobación de tan polémica ley, que “me siento avergonzado de ser israelí”, dado que esta norma, que tiene rango constitucional, supone para el prestigioso músico, “una clara forma de apartheid”, fruto del nacionalismo y el racismo judío.

    Peso si alguien ha denunciado permanentemente la deriva autoritaria de la política y la sociedad israelí en los últimos años ha sido, sin duda, el escritor Amós Oz. Y es que Oz, pacifista de izquierdas convencido, a sus 80 años tiene todavía el coraje personal e intelectual de lanzar una fuerte crítica contra el fenómeno de la intolerancia que afecta a la realidad política y social de Israel, contra líderes como Netanyahu y los grupos que lo apoyan, los mismos que “reclaman las conquistas de las imaginarias fronteras bíblicas” a costa de negar la posibilidad de llegar a una paz justa y duradera con Palestina y, además, como el riesgo de perder en el camino los valores democráticos sobre los que se debería de sustentar Israel. De este modo, Amós Oz, empeñado en combatir el fanatismo, algo de lo cual en su tierra y, por extensión en todo Oriente Medio, van bien sobrados, como en su día hizo Émile Zola, lanza su particular “Yo acuso” a los políticos hebreos que están llevando al país a lo que, con tristeza, no duda en calificar como “un desastre de amplias dimensiones”.

     Sobre este tema, al cual Amós Oz ya dedicó su libro Contra el fanatismo (2004), vuelve de nuevo con la reciente publicación de su obra Queridos fanáticos (2018), en la que profundiza en las características de la intolerancia, “cuya semilla se cultiva en los campos del radicalismo”, en el germen del fanatismo surgido en actitudes de “profundo desprecio” hacia el prójimo. En contraste, reivindica la diversidad y la riqueza humana y cultural que supone el vivir en vecindad con personas de creencias y culturas diferentes, una cuestión de absoluta actualidad para nuestras sociedades, cada vez más multiculturales y multiétnicas.

     En consecuencia, el escritor, que fue fundador de la asociación pacifista Shalom Ajshav, insiste una y otra vez en que la solución sólo puede ser la búsqueda de la paz basada en la justicia dado que, como nos recuerda, las soluciones violentas no sólo derraman demasiada sangre inocente, sino que han demostrado ser “de una inutilidad escandalosa”, y bien que lo sabemos en aquella atormentada región del Oriente Medio. Es necesaria una respuesta, una alternativa, una creencia atractiva, unas promesas más convincentes”. Es por ello que la mejor forma de combatir el fanatismo es la capacidad de resolver con valentía y visión de futuro, conflictos enquistados como el de Oriente Medio. Amós Oz, que lleva defendiendo desde 1967 la necesidad de crear un Estado Palestino, en un tiempo en que, como recordaba con ironía, los pacifistas israelíes podían celebrar sus mítines y congresos “en una cabina telefónica”, plantea avanzar hacia “zonas de acuerdo”, siquiera sean “de acuerdo parcial”, que permitan llegar a “compromisos dolorosos” los cuales supondrán renuncias por ambas partes y ello pasa, sin duda, por la existencia legal e internacionalmente reconocida de “dos Estados para dos pueblos”, Palestina e Israel, ambos con capital compartida en Jerusalem, la vuelta al mapa de fronteras anteriores a 1967 con la devolución de todos los territorios ocupados por Israel y, por supuesto, el desmantelamiento de todos los asentamientos judíos ilegales en territorio palestino, tal y como se contempla en los Acuerdos de Paz de Ginebra de 2003. La posición valiente de Amós Oz en estos temas ha hecho que los sectores más reaccionarios de la sociedad israelí le califiquen de “traidor” y que incluso haya recibido frecuentes amenazas de muerte. Por esta razón escribió otra de sus obras de título provocador: Judas (2015) ya que, como en alguna ocasión ha reconocido, “es un orgullo que algunos israelíes me llamen traidor por oponerme a la ocupación”.

     Por ello Amós Oz reivindica para Israel una cultura laica, un país en donde la política y la sociedad son cada vez más rehenes de los partidos ultra ortodoxos judíos con el riesgo que ello supone para el futuro ya que advierte de “el peligro de una dictadura orientada por el nacionalismo religioso”. Y es que, el creciente auge de los ultraortodoxos en Israel, unido al nacionalismo reaccionario y belicista de Netanyahu, está propiciando una nueva diáspora, esta vez de los judíos laicos, para los cuales Israel está dejando de ser el ideal democrático con el que soñaron.

     Amós Oz, con palabras no exentas de tristeza reconocía que “Amo a Israel incluso cuando apenas puedo soportarlo…Temo al futuro…hoy muchos aúllan y pocos escuchan”. No obstante, la firmeza y la honestidad personal e intelectual de Amós Oz, han hecho del galardonado escritor israelí, eterno candidato al Premio Nobel de Literatura, que logre el mejor de los títulos, el mejor de los premios que se puede conceder a un intelectual comprometido, el de ser la conciencia ética de su pueblo, la conciencia de Israel.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 13 agosto 2018)

 

POPULISMOS FASCISTAS

POPULISMOS FASCISTAS

 

     Hace unos días, Pedro Luis Angosto escribía que nos hallamos ante uno de los momentos más peligrosos de la historia de la Humanidad desde que acabó la II Guerra Mundial. Tras esta contundente afirmación aludía a los negativos efectos de la globalización, tanto en cuanto ha supuesto un brutal ataque a la democracia, así como al resurgir de actitudes xenófobas y fascistas que, utilizando temas tan sensibles como la migración, y bien que lo constatamos diariamente, están captando adeptos entre una población cada vez más temerosa ante una supuesta e imaginaria "invasión" de nuestra civilizada Europa. Así las cosas, la situación se agrava mientras la derecha democrática coquetea con algunos de los postulados de la ultraderecha fascista y la izquierda europea se halla desarbolada, incapaz de articular un programa social y solidario que recupere los valores esenciales de la democracia y que sirva de dique efectivo ante semejante ofensiva reaccionaria.

     Por todo ello, densos nubarrones se ciernen sobre el futuro de nuestros valores y nuestro modelo de sociedad, amenazados por los que se han dado en llamar "populismos".  Pero el lenguaje no es inocente, y como indicaba con acierto Rosa María Artal, se recurre con frecuencia a "definiciones adaptadas para calificar los viejos fascismos". Este es el caso del empleo del término "populismo", y por ello, esta perversión del lenguaje, a menudo interesada, está vaciando de contenido lo que sin duda es una de las mayores amenazas que nos acechan, que ya las tenemos presentes, cual es lo que Artal califica como "el fascismo y sus asimilados"

     En esta misma línea se halla el pensamiento del filósofo holandés Rob Riemen. Si  su obra La nobleza del espíritu (2009) suponía una defensa de los valores humanos fundamentales, en El retorno eterno del fascismo (2010), ya denunciaba las formas modernas de fascismo, las cuales ya no tienen la parafernalia de los años 30, pero resultan igual de letales para nuestras democracias y, por ello, ponía el ejemplo del Partido de la Libertad holandés de Geert Wilders, paradigma de los nuevos neofascismos emergentes. Este mismo tema ha vuelto a ser tratado por Riemen en su último libro, titulado Para combatir esta era.  Consideraciones urgentes sobre fascismo y humanismo (2018), en el que alerta sobre la amenaza real que supone el fascismo, un fenómeno que "no es del pasado", y ante la cual no hay que utilizar términos o palabras alternativas como "populismo" o "extrema derecha", ya que definir estas actitudes como "populistas", como señala Riemen, "es tan sólo una forma más de cultivar la negación de que el fantasma del fascismo amenaza nuevamente a nuestras sociedades". Es por ello que una de las ideas esenciales del libro es la necesidad de llamar al fascismo por su nombre y así no engañarnos a nosotros mismos y ser plenamente conscientes de esta realidad.

     Resulta lamentable comprobar cómo olvidamos las lecciones trágicas de la historia y ello favorece el eterno retorno del fascismo, pues como señala el filósofo holandés, "los seres humanos somos tan irracionales como racionales y el fascismo es el cultivo político de nuestros peores sentimientos irracionales: el resentimiento, el odio, la xenofobia, el deseo de poder y el miedo". Y el retorno fascista está aquí: ya lo avisó con el auge electoral de Geert Wilders en su Holanda natal, pero luego llegó Trump, Alternativa por Alemania (AfD), un partido "orgullosamente fascista", convertido en la principal fuerza de la oposición en el Bundestag, o el avance de los neofascismos en el seno de la misma Unión Europea, a la cual están minando sus principios democráticos, solidarios y europeístas, tal y como ocurre con Hungría, Polonia, Eslovaquia o Austria, sin olvidar países de la importancia de Italia (recordemos las políticas anti-inmigración y xenófobas contra la población gitana de Matteo Salvini) o en la misma Francia, en donde, no lo olvidemos, uno de cada tres ciudadanos simpatiza electoralmente con el Frente Nacional de Marine Le Pen.

    Y qué decir de España, donde nuestra democracia todavía tiene que soportar ofensas como la concesión del funesto título de Condesa de Franco a la nieta del dictador o la polémica suscitada entre los sectores fascistas (políticos y sociológicos) por la futura exhumación de los restos de Franco de su faraónico panteón del Valle de los Caídos. Tras este tema, late, una vez más, los ecos de la España cainita franquista, apoyado con demasiada frecuencia por la pasividad, cuando no connivencia de sectores de la derecha democrática afines al PP, siempre tan cerril a la hora de impulsar de forma decidida políticas públicas a favor de la memoria democrática y, como ejemplo, ahí quedan las despectivas declaraciones de Rafael Hernando o Pablo Casado en torno a las exhumaciones del las víctimas del franquismo que todavía yacen, a millares, en infinidad de fosas comunes.

     Esta es el panorama general. Tiempo atrás, también José Saramago nos advirtió de las nuevas formas de fascismo emergentes y el escritor luso, con su clarividencia habitual se refería a ellas con estas palabras: "los fascistas del futuro no van a tener aquel estereotipo de Hitler o de Mussolini. No van a tener aquel gesto de duro militar. Van a ser hombres hablando de todo aquello que la mayoría  quiere oír. Sobre bondad, familia, buenas costumbres, religión y ética. En esa hora va a surgir el nuevo demonio, y tan pocos van a percibir que la historia se está repitiendo".  Estas palabras de Saramago que no deben sonar a fatalismo determinista, pues aún podemos garantizar un digno futuro para nuestros hijos si somos conscientes de esta realidad. Ese rayo de esperanza lo exponía Riemen  al señalar que "todavía podemos evitar que la situación política empeore mucho más. Podemos unirnos y tener una nueva cultura que recupere el espíritu de la democracia, que prospere en una nobleza de espíritu. La de Europa es una historia llena de lágrimas, pero también de hazañas. Es un sueño que no se rinde". Una vez más, el dilema es optar entre un futuro regido por la civilización humanista que ha construido Europa o la barbarie fascista, que tantas veces la ha ensangrentado enarbolando las odiosas banderas de los furibundos nacionalismos, siempre excluyentes, siempre totalitarios.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 21 julio 2018)

 

¿QUO VADIS, TURQUÍA?

 

     Muchas cosas han cambiado desde que Mustafá Kemal proclamara en 1923 la República de Turquía, instaurándose así un nuevo sistema político que ponía fin al caduco Imperio Otomano. Fue entonces cuando, mediante una serie de profundas reformas, se pretendió crear un nuevo estilo de ciudadano turco, republicano, nacionalista y secular similar al existente en otros países europeos. Estas reformas supusieron la adopción del alfabeto latino y el calendario gregoriano, los códigos legislativos europeos, se promovió la forma de vestir occidental y también, algo muy importante para un país de mayoría musulmana: la desaparición de la religión del ámbito educativo y de la judicatura. De este modo, la religión se puso bajo el control del Estado y  en 1928 se suprimieron los artículos de la Constitución de 1924 que conferían al islam el título de religión oficial de Turquía. De igual modo, se emancipó el papel social de la mujer, caso inédito en el ámbito musulmán de la época, permitiendo su plena inserción en el sistema educativo y laboral, concediéndole además el derecho al voto en las elecciones municipales en 1930 y para las generales en 1931, antes que muchos países de Europa, incluido el caso de España, donde el derecho al sufragio femenino se lograría en 1933.

     Desde aquellas reformas el país fue abriéndose hacia la democracia, pese a que en su historia reciente sufrió varios golpes de Estado, en concreto, en los años 1960, 1971 y 1982. Tras este último, la Junta Militar, mediante la Constitución de 1982, institucionalizó “la tutela militar del régimen político” para que éste no se desviase de las ideas que impulsaron las reformas laicas del kemalismo y las pusiera a salvo de una hipotética involución de signo islamizante.

     Turquía, que no participó en la II Guerra Mundial, al término de ésta, temerosa de las amenazas expansionistas de la URSS, se alineó decididamente en la órbita occidental durante la Guerra Fría, razón por la que ingresó en la OTAN en 1952, al igual que lo había hecho previamente en la Organización Europea de Cooperación y Desarrollo (OECD) en 1948, además de solicitar un acuerdo de adhesión a la entonces Comunidad Económica Europea (CEE) por primera vez en el año 1959, la cual reiteraría más tarde en 1987 y en 2004.

   Pero todo este proceso de occidentalización de Turquía, país de un valor geoestratégico vital, considerado la “puerta” entre Oriente y Occidente, parece que ha llegado a su fin tras la llegada al poder en 2002 del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), desde entonces liderado por Recep Tayyip Erdogan, así como por la creciente islamización de la sociedad turca, un proceso que se ha ido agudizando gradualmente en los últimos años. En este sentido, durante su primera legislatura de gobierno del AKP (2002-2007), Erdogan se ganó un merecido prestigio internacional como uno de los principales impulsores, junto con el expresidente español Rodríguez Zapatero, de la Alianza de Civilizaciones, aquel bienintencionado proyecto mediante el cual, como señalaba Carmen Rodríguez López, se pretendía “mejorar la comprensión y las relaciones de colaboración entre naciones y pueblos de diferentes culturas y religiones, en particular, entre las llamadas sociedades islámicas y occidentales, y, en el proceso, ayudar a contrarrestar las fuerzas que promueven la polarización y el extremismo”. Pero poco después, lejos de estos ambiciosos objetivos, el gobierno del AKP fue perdiendo impulso en sus reformas democratizadoras y ya, en su tercera legislatura (2011-2015), con Erdogan como presidente de la República desde 2014, se atisbó un viraje hacia actitudes autoritarias. Desde entonces se ha ido restringiendo la libertad de expresión y manifestación, han aumentado los poderes del Ejecutivo para el control de las redes sociales, los medios de comunicación o sobre el Poder Judicial, limitando así la independencia de éste. También resulta preocupante en estos últimos años la agresiva política exterior turca con la intensificación de su presencia militar en Oriente Medio, como lo prueba su intervención armada en Siria, el establecimiento de una base militar en Qatar, sin olvidar tampoco su permanente represión sobre el pueblo kurdo.

    Esta involución democrática y esta agresividad militar, las ha ido intensificando el gobierno turco, cada vez más autoritario, sobre todo tras el fracaso del cruento golpe militar del pasado 15 de julio de 2016. Este suceso, considerado por Erdogan como “un regalo del cielo” para tener el pretexto ideal mediante el cual purgar a sus oponentes políticos, especialmente a los seguidores de Fethullah Gülen, los cuales han sido desde entonces depurados a millares del Ejército, la Administración y de los medios de comunicación. Esta situación ha hecho que el AKP haya roto el tradicional alineamiento pro-occidental de Turquía y, en contraposición, Ankara fuese mejorando sus relaciones con Rusia y con Irán, con la cuestión del conflicto de Siria como telón de fondo. Por su parte, el autoritarismo y los retrocesos democráticos del Gobierno turco, han deteriorado, lógicamente, sus relaciones con la Unión Europea, razón por la cual el Parlamento Europeo suspendió en noviembre de 2016 las negociaciones de adhesión entonces en curso.

   Así las cosas, tras la victoria del AKP en las elecciones presidenciales y parlamentarias del AKP del pasado 24 de junio, que han aupado de nuevo  a Erdogan a la presidencia de Turquía con amplios poderes ejecutivos frente al socialdemócrata Muharren Ince, el candidato del Partido Republicano del Pueblo (CHP), símbolo de la oposición laica, se confirma que el rumbo político del país parece querer dar la espalda a Europa y a la democracia y caminar hacia una creciente (y peligrosa) islamización. Por ello nos preguntamos, ¿Quo vadis, ¿Turquía?, ¿A dónde vas, Turquía?, y es entonces cuando recordamos la afirmación de Kemal Attaturk según la cual “los turcos nos hemos movido siempre y de una manera constante hacia Occidente […] para convertirnos en una nación civilizada, no hay otro camino”, palabras que no debería olvidar Turquía si quiere volver a transitar por la senda de la democracia y del progreso social.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 2 julio 2018)

 

 

EL ESPIRITU SAMURAI DE MILLÁN-ASTRAY

EL ESPIRITU SAMURAI DE MILLÁN-ASTRAY

 

     La figura del general José Millán Astray (1879-1954) ha sido noticia en estas últimas fechas por dos noticias relacionadas con este militar franquista y que han puesto de actualidad, cual, si del retorno de un espectro del pasado se tratara, a quien fue el fundador de la Legion española.

    La primera de ellas se refiere a la denuncia presentada por la Plataforma Patriótica Millán Astray que agrupa a exmiembros de la Legión, y la posterior sentencia del pasado 31 de mayo del Juzgado de lo Contencioso Administrativo nº 7 de Madrid que obligaba al Ayuntamiento de Madrid presidido por Manuela Carmena a mantener la denominación de la calle que recordaba a dicho general y que había sido suprimida por la corporación madrileña con arreglo a la correcta aplicación de la vigente Ley de Memoria Histórica. Dicha Plataforma llegó hasta el punto de presentar una denuncia policial contra la retirada de la placa de dicha calle, hecho éste que calificaba como “un delito de odio” y de “prevaricación”. Sin comentarios.

     La segunda noticia tiene que ver con las amenazas vertidas por la citada Plataforma Patriótica contra Alejandro Amenábar por el rodaje de su película Mientras dure la guerra, en la cual relata los últimos 6 meses de la vida de Miguel de Unamuno, desde el triunfo del golpe militar del 18 de julio de 1936, que inicialmente apoyó, hasta su muerte el 31 de diciembre de aquel trágico año. En dicho período se hace referencia al célebre encontronazo habido entre el intelectual vasco y el general Millán Astray en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de aquel  sangriento “I Año Triunfal” de los rebeldes y en el que, ante el grito de Millán Astray de  “¡Viva la muerte!, ¡Abajo la inteligencia!”, Unamuno, tras definir ese bramido de “necrófilo e insensato grito”, respondió con un premonitorio “Venceréis pero no convenceréis”, incidente éste al que la asociación de ex legionarios no sólo niega su veracidad sino que califica como producto de una “burda propaganda frentepopulista” (¡!),  a la vez que dejaban patente su preocupación de que Amenábar “persista en los viejos topicazos contra el fundador de la Legión”: una vez más, la libertad de expresión se ve amenazada por las presiones y la agresividad verbal de los grupos intolerantes.

     La figura de Millán Astray no cabe duda que está siendo de actualidad, al igual que otros personajes vinculados a la dictadura franquista siguen pesando, como una losa, sobre la memoria y la normalidad democrática española: recordemos la Querella 4591/2010 interpuesta ante los tribunales de justicia de la República Argentina con objeto de investigar los crímenes franquistas y sus responsables sean sancionados penalmente o el caso del torturador Antonio González Pacheco, más conocido como “Billy el Niño”.

     Dicho esto, quisiera hacer mención a un aspecto poco conocido de la biografía de Millán Astray cuál era su admiración por el militarismo japonés. Eran los años en que, tras la victoria militar de los rebeldes franquistas en los campos de batalla y con el mundo sumido en el fragor de la II Guerra Mundial, la euforia delirante del régimen ante las victorias de las potencias del Eje en Europa y más tarde en el Pacífico, le hicieron soñar con seguir la estela triunfal de las potencias fascistas. Y es que la dictadura franquista, y de un modo especial Millán Astray, no sólo admiraban a la Alemania de Hitler y a la Italia de Mussolini, sino, también, al expansionismo nipón en Extremo Oriente. De este modo, tal y como recordaba el historiador Florentino Rodao en su libro Franco y el imperio japonés. Imágenes y propaganda en tiempos de guerra (2002), en el discurso pronunciado por Millán Astray el 1 de enero de 1938 en Salamanca, éste proclamó a los cuatro vientos que no había “camino de salvación” sino en “el despertar de los grandes pueblos donde se yerguen sus Caudillos, los grandes Caudillos de la hora presente”, para nombrar acto seguido, y por este orden, a Mussolini, Hitler, Hiro-Hito, Oliveira Salazar, y el mismo Franco.

     Pero la admiración de Millán Astray por el Japón y su espíritu guerrero le venía de lejos. Cuando se reeditó en España en 1941 el libro de Inazo Nitobe Bushido. El alma de Japon, compendio del código ético de los samuráis que exigía devoción al deber, lealtad y honor hasta la muerte, éste fue prologado por el mismo Millán Astray, que pretendió con ello exaltar la figura del samurai como ejemplo de “entrega a la patria” y, por ello, reconocer que el modelo del mítico guerrero nipón le sirvió de inspiración no sólo en su carrera militar sino también a la hora de fundar la Legión en 1920, razón por la cual escribió en dicho prólogo: “En el Bushido inspiré gran parte de mis enseñanzas morales a los cadetes de infantería en el Alcázar de Toledo […] y también en el Bushido apoyé el credo de la Legión, con su espíritu legionario de combate y muerte, de disciplina y compañerismo, de amistad, de sufrimiento y de dureza, de acudir al fuego”. Y cierto es que el espíritu samurái fue calando en el fundador de la Legión, fuerza de choque que, tanto en la contienda colonial de Marruecos como en la posterior guerra de España de 1936-1939, se caracterizó por su extrema violencia y crueldad, como lo ponen de manifiesto la aceptación de algunas de las ideas del bushido, palabra japonesa que significa “el camino del guerrero”, entre ellas, el entusiasta culto a la muerte  (“el camino del samurái se encuentra en la muerte” recordaba el texto del Bushido). Estas ideas enlazan con la mitificación del “novio de la muerte” legionario, título adoptado como su himno, el mismo que cantaron a coro en la pasada Semana Santa de Málaga, tres de los entonces ministros del Gobierno del Partido Popular: Rafael Catalá, Juan Ignacio Zoido y hasta Íñigo Méndez de Vigo, hecho éste que, cuando menos, resulta una imagen esperpéntica.

     Los espectros del pasado retornan con demasiada frecuencia en nuestra historia de España. Millán Astray y su espíritu samurái es uno de ellos, pero no el único: ahí está, todavía, el faraónico panteón del Valle de los Caídos honrando, después de 40 años de democracia, a un general genocida.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 18 junio 2018)

 

 

HAMBRE DE TIERRAS

HAMBRE DE TIERRAS

 

     Una de las consecuencias derivadas de la crisis global iniciada en 2008 que desató la voracidad insaciable de este neoliberalismo rampante ha tenido efectos perversos en el ámbito del panorama agrario mundial. Así lo denunciaba Paolo de Castro en su libro Hambre de tierras (2012) en el que se indicaba cómo algunos Estados, diversos fondos soberanos y bastantes fondos de inversión e incluso fondos de pensiones, estaban adquiriendo miles de hectáreas en diversos países con criterios meramente especulativos, pensando que una demanda creciente de alimentos generaría altos precios y una rentabilidad notable y segura para sus inversiones. Esto es lo que ha dado en llamarse “acaparamiento de tierras” (land grabbing, en inglés), entendiendo por ello la adquisición de grandes extensiones de tierras, la cual habría sido aprobada sin consultar con la población local y sin la participación de ésta.

     Estas adquisiciones tienen lugar, fundamentalmente, en países del Tercer Mundo donde algunos gobiernos las vendían o alquilaban a multinacionales o fondos de inversión durante décadas y a un precio irrisorio. A modo de ejemplo, en 2008, una multinacional de Corea del Sur cerró un acuerdo con el Gobierno de Madagascar para la utilización exclusiva y a coste cero de 1,3 millones de hectáreas, esto es, la mitad de la superficie cultivable del país, con objeto de producir maíz y aceite de palma durante 99 años. Aunque finalmente dicho acuerdo no se hizo efectivo, puso en evidencia la intención de algunos países de aplicar lo que se conoce como “neocolonialismo agrícola” cuyo objetivo es asegurarse suministros estables y seguros a un coste reducido. Otros casos significativos en este proceso de acaparamiento de tierras se producen en países como Laos, Filipinas, Birmania, Vietnam o Camboya, donde el 70% de las adquisiciones de grandes extensiones agrarias son realizadas por corporaciones empresariales, incluso por fondos de pensiones, que se disputan la madera de los bosque y amplias superficies para la producción de cultivos energéticos (biocombustibles), de azúcar o de caucho natural.

     Todos estos hechos ponen en evidencia que la producción de alimentos y otros productos derivados de estas explotaciones agrarias extensivas se han convertido en un factor geoestratégico. De este modo, cuando se analiza el comercio alimentario mundial, no sólo se tiene en cuenta en términos políticos, aludiendo a las naciones dominan el mercado, sino también en el ámbito económico-comercial, es decir, qué empresas transnacionales son las que dominan el comercio agroalimentario. Tal es así que en el informe del Samsung Economic Research Institute de 2011, ya se hacía mención a que “es cuestión de interés nacional invertir en el incremento de la oferta alimentaria y en la constitución de canales de aprovisionamiento en el extranjero controlados directamente por el Gobierno surcoreano”.

     El acaparamiento de tierras tiene también un componente de inmoralidad, de falta de ética, tanto en cuanto supone que, en muchas ocasiones, estas adquisiciones crean enclaves de monocultivos, de productos agrícolas destinados exclusivamente a la exportación, productos que se cultivan en países donde parte de su población pasa hambre, población que no podrá acceder a ellos y que en consecuencia seguirá siendo víctima de una “inseguridad alimentaria” que, en situaciones extremas, puede poner en riesgo sus vidas.

     Además de lo dicho, esta “hambre de tierras” con las pretensiones indicadas se convierte, también, en un drama para las poblaciones de las zonas afectadas, pero también pueden resultar un pésimo negocio para los gobiernos, multinacionales o fondos de inversión que las acaparan: es que el egoísmo insaciable de éstos últimos genera, en la mayor parte de los casos, la oposición y tensión con la población local, produce repercusiones negativas en términos de reputación para sus promotores y, a todo ello hay que añadir la necesidad de este “neocolonialismo agrícola” de asegurar la producción por medio de medidas de seguridad que, a veces, rozan la “militarización” privada del territorio.

     Esta desmedida “hambre de tierras” supone un gran desafío para un mundo cada vez más globalizado y, también, para la creciente amenaza que supone tanto el cambio climático como la gestión (racional) de los recursos (limitados) naturales. En consecuencia, para evitar estos riesgos, Paolo de Castro considera que debería ser “condición esencial” el hacer una evaluación del impacto social y medioambiental previo a la aprobación de los Gobiernos afectados por estas inversiones: recordemos las brutales deforestaciones que se están produciendo en Indonesia como consecuencia de la expansión de los cultivos de aceite de palma. De este modo, resulta vital buscar un adecuado equilibrio entre la producción agraria y el mantenimiento de los ecosistemas y, para ello es preciso, como apuntan los agraristas conscientes, aumentar los niveles de conocimiento de la gestión eficiente de los recursos, en lo que se conoce con el concepto de “identificación sostenible de la producción”.

     A modo de conclusión, para quienes han seguido la sugerencia de Mark Twain de “comprad tierra, ya no fabrican más”, hay que recordarles que, en estos tiempos de globalización económica, lo importante no es la cantidad de suelo que se adquiere (o acapara), sino cómo se usa éste, qué destino se le da, así como los criterios de respeto medioambiental y ética social que los impulsan. Nos va en ello buena parte de la sostenibilidad de nuestro maltratado planeta Tierra.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 2 junio 2018)

 

 

 

 

A DÓNDE IRÁ IRÁN

A DÓNDE IRÁ IRÁN

 

     De nuevo las noticias trágicas ensombrecen el panorama de Oriente Medio. Al dolor producido por la masacre de palestinos cometida por el Ejército de Israel el pasado día 14 de mayo, unos hechos brutales e inaceptables desde todo punto de vista, también para quienes amamos la historia y la cultura judía, se une la profunda preocupación que en tan convulsa región supone la ruptura por parte de EE.UU. del Acuerdo Nuclear con Irán y la voluntad del presidente Trump de aplicar al régimen de Teherán “el nivel más alto de sanciones económicas”.

     Las consecuencias de tan nefasta decisión no se van a hacer esperar en un Oriente Medio sumido en una espiral de violencia y enfrentamientos sin fin. De hecho, es muy posible que afecte a los conflictos de Yemen, Siria en los cuales las tropas de Irán tienen presencia activa, así como una escalada de incidentes armados con Israel, máxime tras los recientes bombardeos lanzados el pasado 11 de mayo por el gobierno de Netanyahu, cada vez más reaccionario y belicista, contra objetivos iraníes en Siria, con el riesgo cierto de llegar a un enfrentamiento directo entre ambos países de consecuencias imprevisibles. Por otra parte, se incrementarán las fuertes tensiones geopolíticas y religiosas que enfrentan al Irán chiíta con los países musulmanes suníes liderados por Arabia Saudí que temen que tras el creciente potencial militar iraní se intente “restablecer un nuevo Imperio Persa” en Oriente Medio. Así las cosas, asistimos a un vendaval de retórica anti-iraní voceado por EE.UU. así como por Arabia Saudí, el principal adversario musulmán de Irán, el cual, en este tema, coincide con la belicosidad de Israel hacia el régimen de los ayatollahs y sus aliados, tanto en Siria como en el Líbano. Asistimos, pues, a una alianza tácita y funesta para la paz en Oriente Medio que aúna los afanes belicistas de EE.UU., Israel y Arabia Saudí contra la República Islámica de Irán de la cual sólo se pueden esperar fatídicas consecuencias.

     Pero la ruptura del Acuerdo Nuclear también va a tener importantes consecuencias en la política interna persa ya que va a debilitar, cuando no dinamitar de forma definitiva, las esperanzas reformistas depositadas en el presidente Hassan Rohaní, el cual, reelegido para un segundo mandato el 3 de agosto de 2017 con el apoyo popular de 24 millones de votos, pretendía, como señalaba Luciano Zaccara, “una continuidad en el camino de la moderación tanto a nivel interno como externo”, así como una cierta apertura del régimen y un mayor acercamiento a Europa. Por ello, la polémica decisión de Trump, cuando era unánime la opinión de que Irán estaba cumpliendo plenamente el Acuerdo Nuclear al que se llegó con la Administración Obama en 2015, va a propiciar el auge de los sectores más conservadores y anti-occidentales de Irán, contrarios a las reformas de Rohaní lo cual va a suponer una involución de la política persa, tras la cual se halla no sólo el Consejo del Discernimiento, presidido por Mahmud Hashemi Shahrudi, importante institución ejecutiva del régimen que también tiene funciones legislativas y que está controlada por los elementos más conservadores, sino también, la todopoderosa Guardia Revolucionaria (Sepah-e Pasdaran), la cual siempre ha mantenido una tensa relación con el Gobierno reformista de Rohaní.

     Esta radicalización de la política interna iraní va a tener también consecuencias negativas en los intentos, tímidos pero existentes, de democratización interna que abanderan emergentes movimientos populares como el que pretende liberalizar las rígidas normas del islamismo chií, entre ellos,  el de las acciones valientes de las mujeres de los “Miércoles Blancos”, promovidas por la activista Masih Alinejad en protesta por la obligatoriedad de vestir el hijab, así como los intentos de otros colectivos que reclaman  derechos civiles y libertades, tan escasos, todavía, en las tierras persas.

     No menos graves serán las consecuencias de la decisión de Trump para la economía de Irán pues ésta pretende malograr el objetivo de Rohaní de atraer al país inversiones extranjeras, sobre todo en el sector de la industria petrolífera, que mejorasen la situación económica del país y que permitieran crear empleo, una demanda tras la cual se hallaban muchas de las protestas populares de los últimos años. Y es que EE.UU. pretende impedir que las empresas de otros países, como es el caso de la Unión Europea, tengan acceso al mercado iraní, a la vez que, por otro lado, consigue potenciar el los negocios de su industria armamentística americana con acuerdos con países contrarios a Teherán, como es el caso del ratificado el pasado 24 de mayo de 2017 entre el presidente Trump y el rey Salman de Arabia Saudí, un acuerdo militar por valor de 110.000 millones de dólares que, según se dijo, tenía por objeto “frenar la amenaza” que, según ellos, supone Irán para la estabilidad de la región pero que, también, supuso un respaldo militar en toda regla para el régimen despótico saudí.

   Ante tan agitado panorama, pese al enorme error histórico cometido por la irresponsabilidad habitual que caracteriza a Trump, resulta vital mantener la vigencia del Acuerdo Nuclear, pues todas las demás alternativas posibles son radicalmente peores. Para ello es fundamental el papel que debe desempeñar la Unión Europea si es capaz de actuar de forma firme y unida como elemento moderador tal y como han afirmado recientemente tanto Emmanuel Macron como Angela Merkel para evitar que el conflicto se descontrole y así garantizar la estabilidad en la zona. El apoyo europeo resulta también imprescindible para intentar que la esperanza reformista que, todavía, representa Rohaní pueda frenar a los sectores más ultraconservadores y militaristas del régimen. De lo contrario, una vez abierta esta nueva “caja de Pandora”, las consecuencias pueden ser nefastas no sólo para Irán, sino también para la paz y la estabilidad en Oriente Medio y para el contexto geopolítico internacional. Aunque débil, existe aún esperanza. Confiemos.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 21 mayo 2018)