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Kiryat Hadassa: el blog de José Ramón Villanueva Herrero

PROCESOS SOCIALES LIBERADORES

PROCESOS SOCIALES LIBERADORES

 

     En este año que está a punto de concluir, se han recordado dos acontecimientos de transcendental importancia para el devenir de la historia mundial: el quinto centenario de la reforma protestante iniciada por Martín Lutero en 1517, y el centenario de la Revolución Rusa de octubre de 1917. Junto a ellos, también es digno de mencionar el centenario del nacimiento de Oscar Arnulfo Romero (1917-1980), obispo de San Salvador, decidido defensor de los derechos humanos y de la justicia social, razón por la  que  fue asesinado el 24 de marzo de 1980 por los Escuadrones de la Muerte de la extrema derecha salvadoreña.

     El obispo Oscar Romero solía decir que “una Iglesia que no se une a los pobres, a fin de hablar desde el lado de los pobres, en contra de las injusticias que se cometen con ellos, no es una verdadera Iglesia de Jesucristo”, en plena coherencia con el verdadero mensaje cristiano, por lo que se granjeó el odio de la oligarquía reaccionaria de El Salvador, la misma que había saqueado vidas y haciendas, la misma que había monopolizado el poder desde siempre en su país. Por estas razones  Romero criticaba con firmeza “la idolatría de la violencia y de un tipo de justicia absolutizada, dentro del sistema capitalista, de la propiedad privada, que justifica el poder político de los regímenes de seguridad nacional”, críticas éstas que propiciaron su posterior asesinato.  De igual modo, Óscar Romero, nos recordaba la necesidad de dignificar la política (“la gran política”, decía) para luchar por el bien común, para “escuchar el clamor de los oprimidos”, sin olvidar tampoco la defensa de modelos de producción más justos y sostenibles.

     Romero, como Ignacio Ellacuría, que sería asesinado junto a otros 5 jesuitas y dos mujeres el 16 de noviembre de 1989 en la Universidad Centroamericana de San Salvador, son el testimonio de todos aquellos cristianos que, en América Latina “luchan por la verdad, la paz y la justicia” y que murieron asesinados por su compromiso social cristiano. Nos vienen a la memoria de forma especial el recuerdo de estos crímenes en estos días en que el juez de la Audiencia Nacional Manuel García Castelló ha iniciado el procesamiento del excoronel salvadoreño Inocente Montano, responsable de dichos asesinatos tras ser extraditado a España desde los EE.UU.

     Por otra parte, mucho se ha hablado de los cambios políticos y de los movimientos progresistas que en estos últimos años se han producido en América Latina, dentro de lo que ha dado en llamarse “Socialismo del siglo XXI”, cuya pujanza y aires de renovación de la izquierda contrasta con el grave declive de la socialdemocracia en Europa. No obstante, en fechas recientes asistimos a retrocesos en lo que había sido un exitoso ciclo progresista en América Latina como los ocurridos tras la muerte de Hugo Chávez, reemplazado con escasa fortuna por Nicolás Maduro, la defenestración del Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil  tras los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Rousseff, o la reciente derrota de la izquierda en las elecciones presidenciales de Chile y, pese a ello, siguen siendo modelos que han propiciado importantes cambios y transformaciones sociales que no siempre han sido valorados en su justa medida desde este lado del Atlántico

     En este “Socialismo del siglo XXI” es destacable el hecho de que cuenta con el apoyo de los sectores cristianos progresistas vinculados a la Teología de la Liberación. Como señala el teólogo brasileño  Marcelo Barros, “en este camino a un nuevo tipo de Socialismo, un elemento característico es la participación de grupos espirituales, cristianos y de otras tradiciones religiosas, comprometidos con la transformación social del mundo”. En este sentido, hay que recordar la participación, desde los años 60, de los cristianos progresistas en lo que ha dado en llamarse “procesos sociales liberadores”: ahí está el ejemplo de Helder Cámara, Pedro Casaldáliga, Jon Sobrino, Leonardo Boff o los ya citados Oscar Romero e Ignacio Ellacuría, compromiso social que éstos dos últimos pagaron con su vida. Tampoco olvidamos a Frey Betto, dominico brasileño que ejerció una importante influencia en las políticas sociales desarrolladas por Lula, así como diversos ecos  de la teología de la liberación que se perciben en algunos aspectos de la acción política desarrollada por Evo Morales en Bolivia, Fernando Lugo en Paraguay, Rafael Correa en Ecuador o el mismo Hugo Chávez en Venezuela.

     Como señalaba el sociólogo marxista Lucien Goldman, las ideas socialistas y el cristianismo que defiende la Teología de la Liberación en América Latina tienen en común “su rechazo al individualismo  y la superación de la cultura burguesa, así como la búsqueda de valores transindividuales”. En esta misma línea, Michael Lowly señalaba que, desde los orígenes del cristianismo, muchos creyentes comprendieron que el mensaje evangélico exigía “el combate histórico en pro de una comunidad humana más libre, igualitaria y fraterna”. Por ello, a partir del s. XIX muchos cristianos entendieron, entendemos, que ese futuro comunitario era el socialismo. Por lo dicho, el citado Marco Barros alude a “una espiritualidad socialista para el s. XXI”, retomando las ideas de Ignacio Ellacuría en defensa de los humildes, de los explotados, de lo que él llamaba  “el pueblo crucificado”. Esta teología se fundamenta pues en asociar la imagen del Cristo crucificado a la del pueblo crucificado, metáfora central de la teología de la liberación: la un pueblo sufriente, golpeado por las injusticias y la opresión de los poderosos, como lo recuerda la historia de la trágica matanza  ocurrida en la localidad chilena de Santa María de Iquique en 1907 y que inmortalizó en una célebre Cantata la música del grupo Quilapayún.

     A modo de conclusión, el Socialismo del Siglo XXI y los movimientos cristianos progresistas de América Latina afines a la  Teología de la Liberación parecen unir sus fuerzas para hacer realidad el noble ideal de Simón Bolívar, el cual soñaba con “unir a todos los pueblos de esta inmensa patria grande y poder hacer bien al mundo todo”.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 24 diciembre 2017)

 

 

UNA GUERRA CIVIL EN EL ISLAM

UNA GUERRA CIVIL EN EL ISLAM

 

      Entre las numerosas “líneas de conflicto” que fracturan el ya de por sí convulso panorama de Oriente Medio, Marc Lynch destaca de forma especial “el enfrentamiento geopolítico y de concepciones del Islam” entre Irán, de mayoría chiita y Arabia Saudí, de confesión sunita. Es por ello que estamos asistiendo a una despiadada y cruel lucha por el liderazgo político y religioso en Oriente Medio, a una sangrienta guerra civil en el seno del mundo musulmán.

     Este conflicto tiene diversas motivaciones y, entre ellas, en primer lugar, las de signo religioso, cual es la secular pugna entre suníes, apoyados por la monarquía saudita y los chiitas, que cuentan con el respaldo de la República Islámica de Irán, enfrentamiento que se ha agudizado en estos últimos años. Junto a estas motivaciones religiosas, esta guerra abierta entre musulmanes se explica, como señalaba Álvarez Osorio, por motivos geopolíticos y por el antagonismo ideológico existente entre ambos países en su búsqueda por lograr el predominio político-religioso en Oriente Medio, tal y como nos recuerda la politóloga Fátima Dazy-Héni.

     El conflicto se ha agudizado debido a la creciente influencia de Irán en la zona, favorecida como consecuencia de la invasión de EE.UU. y sus aliados de Irak y el posterior derrocamiento del dictador Saddam Hussein en 2003, lo cual hizo que Teherán y los grupos chiíes que le eran afines lograran una mayor implantación en Irak. A ello habría que añadir el efecto que tuvo el Acuerdo sobre el Programa Nuclear iraní con EE.UU., lo cual generó un profundo malestar  y fuertes críticas por parte de Arabia Saudita y las monarquías del golfo Pérsico, países que constituyen el “bloque suní” liderado por la monarquía saudí, hacia los EE.UU. y en particular hacia el expresidente Obama.

     Como reacción al creciente poderío de Irán, la decrépita y anacrónica monarquía de Riad, ha optado por intensificar el sectarismo religioso, esto es, el fundamentalismo islámico de signo wahabita, no sólo en su reino, sino en el conjunto de Oriente Medio. De este modo, se ha producido una división de la población saudí, “subrayando la brecha confesional” entre la mayoría suní y la minoría chií, a los cuales se les acusa, además, de ser una especie de “quinta columna” desestabilizadora del reino, llegando al punto de ejecutar el clérigo Sheik Nimr al Nimr, líder de la minoría chií en Arabia Saudí. El odio visceral a los chiíes, a los que se denominan despectivamente como “rafidíes”,  queda patente en palabras de Abu Musab al Zarqawi, máximo dirigente yihadista de Al Qaeda en Mesopotamia, según el cual “los chiíes son el obstáculo insuperable, la serpiente al acecho, el escorpión astuto y malicioso, el enemigo espía y el veneno penetrante… son el peligro que se avecina y el verdadero desafío. Ellos son el enemigo. Cuidado con ellos. Luchad contra ellos”.

     Pero donde con mayor nitidez se observa esta guerra que convulsiona al mundo musulmán es en los conflictos de Siria y Yemen tras los cuales se halla la larga mano y los intereses geoestratégicos contrapuestos de Irán y Arabia Saudí. De este modo, en el caso de Siria, el régimen de Bachar al Asad, además de la ayuda militar rusa, cuenta con el decisivo apoyo de Irán y de los diversos grupos chiitas afines a Teherán como es el caso de las milicias libanesas de Hezbolláh o de los combatientes iraquíes entrenados por la Guardia Revolucionaria iraní. Frente a ellos, Arabia Saudí respalda a los grupos rebeldes contrarios a Damasco, especialmente aquellos que son de orientación salafista. Este apoyo a los rebeldes responde al interés prioritario de la política exterior saudí: el contener la expansión de Irán y, por ello, del chiismo, en la zona. Por ello, los grupos salafistas y yihadistas se han movilizado en Siria, con el apoyo saudí, en opinión de Álvarez Osorio, por “la necesidad de hacer frente a una supuesta conspiración iraní para hacerse con el control de Oriente Medio y establecer un Estado que abarque los actuales Irán, Irak, Siria y Líbano”. Además, el conflicto sirio tiene lugar en un momento en el cual Irán ha normalizado sus relaciones diplomáticas internacionales y ha retornado a la geopolítica regional como “gran potencia chií” mientras que Arabia Saudí aparece ante la opinión pública mundial, en palabras de Natividad Fernández Sola, como una “monarquía absolutista y cerrada” que, además, apoya el terrorismo fundamentalista.

     La otra línea de conflicto irano/saudí, como señalaba Jorge Dezcallar, es la guerra del Yemen en la que la coalición suní liderada por Riad ha intervenido apoyando a los yihadistas que combaten a las milicias chiíes para hacer frente a la revuelta de los huzíes, tras la cual está “la larga mano de Irán”, conflicto que se ha agudizado tras el reciente asesinato del expresidente Ali Abdala Saleh.

     En consecuencia, los conflictos de Siria y Yemen evidencian de forma dramática lo que Kristina Kausch considera “un vigoroso resurgimiento de la rivalidad irano-saudí”.  A modo de conclusión, a los ya endémicos enfrentamientos que ensangrientan desde hace décadas a Oriente Medio, la actual guerra civil en el seno del mundo musulmán, alentada por rivalidades religiosas y geoestratégicas entre Irán y Arabia Saudí, nos ofrece un panorama muy preocupante ya que, según indicaba Fernando Martín, “es en la actualidad muy complejo, desilusionante y violento, con tendencia a perpetuarse, si no a empeorar, en un proceso de colapso regional”. Pese a todo, esperemos que tan negro vaticinio no llegue a cumplirse.

 

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 10 diciembre 2017)

 

 

 

DESINFORMACION

DESINFORMACION

 

     En estas últimas fechas han aparecido con frecuencia noticias sobre la posible ingerencia rusa en relación a temas que afectan a los países occidentales. Ahí está el caso de los ataques cibernéticos atribuidos a Rusia durante la campaña presidencial de los EE.UU. de noviembre de 2016 con objeto de facilitar la victoria de Donald Trump, desprestigiar a Hillary Clinton y desacreditar el sistema político norteamericano. Casos similares de interferencias por parte de Rusia han sido denunciados también por Reino Unido o Alemania y España tampoco ha sido ajena a esta situación: prueba de ello han sido diversas manipulaciones informativas en relación a la crisis política de Cataluña seguidas atentamente por parte del Centro Criptográfico Nacional dependiente del CNI, así como el intento de penetración en los ordenadores del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación (MAEC) atribuido al BSUR, los servicios secretos de la Federación Rusa, “uno de los más agresivos” según Fernando Rueda, de los que actúan en nuestro mundo globalizado.

     Estas son las prácticas de lo que se ha dado en llamar “desinformación”, término éste que la Real Academia de la Lengua define como “dar información intencionadamente manipulada al servicio de ciertos fines” y también como “dar información insuficiente u omitirla”. De hecho, la desinformación es la práctica utilizada por Moscú como táctica de lo que Mira Milosevich-Juaristi define como “método militar asimétrico e indirecto de la guerra híbrida que Rusia libra en Europa y EE.UU.” para mediante ella “engañar y desorientar al oponente, influir en sus decisiones y socavar su eficiente política, económica y militar”.

     La desinformación se ha convertido en  uno de los instrumentos principales  de la estrategia rusa de influencia política en Occidente. Es por ello que se trata de una de las “medidas activas” heredadas por Rusia de la estrategia militar de la antigua URSS durante la Guerra Fría, la cual tenía por objeto “desacreditar o debilitar a los oponentes y distorsionar su percepción de la realidad”. En consecuencia, ello supone según el citado Mira Milosevich, una “militarización de la información”, algo habitual en la estrategia militar rusa desde siempre, esto es, desde el zarismo, el posterior régimen soviético y la actual autocracia, maquillada de democracia, de Vladimir Putin. Todo ello recuerda aquella frase de Lenin que decía que “la información es un arma no muy diferente de las bombas”.

     La Rusia actual, en lo que a la desinformación se refiere, se basa en la doctrina de la llamada “Guerra de Nueva Generación” (NGW) consistente en una “estrategia de influencia, no de fuerza bruta”, dado que su objetivo es “romper la coherencia interna del sistema del enemigo, y no de aniquilarle”. En consecuencia, según la Visión Conceptual del Ministerio de Defensa de Rusia de 2011, los objetivos de esta guerra informativa serían: “socavar el sistema político, económico y social, adoctrinar a la población  para desestabilizar la sociedad y el Estado y forzar a los Estados a tomar decisiones favorables a los intereses de sus oponentes”. Por ello, la esencia de la desinformación, tengámoslo claro, es engañar, pero es muy difícil demostrar esta “intención” de mensajes concretos, así como identificar la desinformación si previamente no se hace un análisis contrastado de las fuentes de donde proceden dichos mensajes.

     Dicho esto, la táctica de la desinformación rusa tiene tres tipos y objetivos diferentes: la doméstica (orientada a los ciudadanos de Rusia), la dirigida a los vecinos (compatriotas y ex ciudadanos de las ex repúblicas soviéticas) y la que se presenta como “punto de vista alternativo” destinada a los ciudadanos de la Unión Europea (UE) y de los EE.UU. En este último caso, que es el que nos afecta directamente, se canalizan mensajes por distintas vías los cuales pretenden subrayar tres ideas básicas: la disfuncionalidad el sistema político, económico y social de la democracia liberal, propiciando así una visión distorsionada de las realidad de los países occidentales ; desacreditar las instituciones democráticas y la alianza transatlántica euro-americana y, por último, profundizar en la desunión y en los problemas internos de los países de la UE, tema al cual la cuestión de Cataluña no es ajeno.

     En este contexto hay que situar los ataques cibernéticos denunciados por diversos países tras los cuales se intuye la larga mano de Rusia. Por ello, Ivan Krastev alude al “factor Putin”, al cual considera “un riesgo para la UE” dada su pretensión por debilitar y desunir a Europa. Ante este riesgo potencial se han activado diversas medidas defensivas, entre ellas, el acuerdo UE-OTAN (diciembre 2016) que incluye 40 medidas para avanzar conjuntamente en la lucha contra la desinformación, los ataques cibernéticos y otras causas de desestabilización.

     A modo de conclusión, el factor distorsionante que supone la desinformación intencionada, de lo que también ha dado en llamarse la “posverdad”, tanto en cuento tras ella se halla una dosis de  mentira o falsedad, es un problema de creciente gravedad. En este mundo globalizado, donde la “verdad” es siempre discutible y su búsqueda siempre azarosa y difícil, es lógico que existan distintas “percepciones” de la misma y todas ellas merecen un respeto, también en el caso de los “puntos de vista alternativos” que subyacen tras los mensajes de la desinformación rusa, aunque éstos cuestionen constantemente nuestros valores y los cimientos de nuestra democracia. Pero, pese a este respeto y defensa de la pluralidad informativa, debemos estar alerta ante unas tácticas de desinformación como las descritas que, con la labor de determinados hackers a su servicio, han convertido a éstos en actores invisibles e importantes que pueden influir en los procesos electorales y en las decisiones políticas. Todo ello plantea la cuestión del uso ético, honesto y veraz de la información a través de las nuevas tecnologías,  un reto  que no debemos de obviar.

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 26 noviembre 2017)

EN RECUERDO DE HANNAH SZENES

EN RECUERDO DE HANNAH SZENES

 

     Siempre he admirado a los intelectuales y poetas que tuvieron (y tienen) el coraje de bajar de sus torres de marfil e implicarse, comprometerse, con la realidad política y social de su tiempo, por muy adversos que éstos sean, por muy fuertes que soplen los vientos. Esto me ocurrió al conocer la historia de Hannah Szennes (1921-1944), una joven poetisa judía húngara, heroína de la lucha antifascista y, por ello, víctima de la barbarie hitleriana. Para mí, fue una historia tan desconocida como emotiva, un testimonio de valor y sacrificio del cual en estas fechas se ha cumplido el 73º aniversario de su asesinato.

     Hannah Szenes había nacido en Budapest en 1921, en el seno de una familia judía asimilada, culta y de clase media, un año después de la llegada al poder del dictador  Miklós Horthy, que, entre 1920 y 1944 estableció en Hungría un régimen ultranacionalista, antisemita y profundamente anticomunista. Estudió en un colegio protestante en el cual los católicos tenían que pagar el doble del coste de los estudios y los judíos, el triple. No fue hasta los 17 años cuando se reafirmó en su olvidada identidad judía y empezó a estudiar hebreo, momento que coincide con los sangrientos sucesos de la Kristallnacht en la Alemania nazi (1938).

     Bien pronto sintió la discriminación a la que eran sometidos los judíos y, ante el auge del antisemitismo en Hungría, se convirtió en una joven sionista y, por ello, estaba firmemente convencida que la emigración a la tierra de Israel, entonces la Palestina bajo Mandato británico, era la única solución de futuro para su pueblo amenazado en Europa por la negra y sangrienta sombra del fascismo. De este modo, en septiembre de 1939, unos días después de que estallase la II Guerra Mundial, emigró a Palestina (“Estoy en casa”, escribirá en su Diario). Allí estudia y trabaja  en la Escuela Agrícola de Nahalal y en el kibutz Sdot Iam en Cesarea, tiempo en el que inició su poemario en hebreo en el que plasmó su profundo amor por las tierras y paisajes de Palestina.

     Pero el Próximo Oriente no era ajeno a la tempestad bélica que incendiaba toda Europa a pesar de que el avance nazi-fascista de las tropas de Rommel había sido frenado en las tierras egipcias de El Alamein. Los judíos residentes en Palestina eran conscientes del riesgo cierto de aniquilamiento que pesaba sobre sus hermanos atrapados en la Europa ocupada por la barbarie hitleriana. En consecuencia, un grupo de ellos se ofrecieron como voluntarios a las autoridades británicas para ser entrenados con objeto de ser lanzados en paracaídas sobre Italia, Rumanía, Eslovaquia, Yugoslavia y Hungría y así infiltrarse tras las líneas enemigas, ayudar a la Resistencia, organizar sabotajes y proporcionar información a los aliados. Y la joven Hannah fue una de las voluntarias, su compromiso personal los resumía así en su Diario: “somos los únicos que podemos ayudar y no tenemos siquiera el derecho de dudar […] Es mejor morir con la conciencia tranquila que volver a casa sabiendo que no intentamos nada”. La joven poetisa, solidaria con el holocausto que estaba sufriendo su pueblo, no dudó en dar un paso adelante para combatir de frente al nazismo, encarnación del mal absoluto. En una carta dirigida a Yehuda Braminski, le confiesa: “Me voy con alegría, por mi libre voluntad y siendo totalmente consciente de las dificultades. Veo mi partida como un privilegio y también como un deber”.

     Finalmente, en marzo de 1944, Hannah y su grupo de combatientes judíos fueron lanzados en paracaídas sobre los bosques de Yugoslavia. Allí se unieron a los partisanos de Tito y combatieron a las tropas nazis de ocupación. Durante esta época, en los bosques de Srebrenica trágico lugar donde ocurrieron las matanzas de varios miles de bosnios musulmanes en 1995 durante la reciente guerra de la exYugoslavia,  Hannah escribió uno de sus más combativos poemas, “Bendita la llama”, en el que animaba a los judíos de la Europa ocupada a rebelarse contra los opresores nazis.

     En junio de 1944, desoyendo las advertencias de sus amigos guerrilleros, Hannah decidió pasar a su Hungría natal con la intención de salvar al mayor número posible de judíos, entre ellos, a su madre y a su hermano. Pero, tras ser traicionada por un informador, fue detenida y torturada por la policía fascista húngara y por la Gestapo nazi, a pesar de lo cual nunca obtuvieron de ella ninguna información relevante. Tras un simulacro de juicio en el que se negó a pedir clemencia, el 7 de noviembre de 1944 fue fusilada en su Budapest natal: como señala Jordi Font, que ha estudiado su vida y su obra, se negó a que le vendaran los ojos y prefirió ver la cara de sus asesinos hasta el último momento. Tenía 23 años.

     Hannah, poetisa y combatiente, murió al igual que 700.000 judíos húngaros deportados al campo de exterminio de Auschwitz. Su madre y su hermano se salvaron, al igual que los cinco millares de judíos que deben la vida a la valiente actitud de Ángel Sanz Briz, aquel joven diplomático zaragozano, entonces destinado en la embajada española de Budapest. Hannah asumió su fatal destino con coraje y, durante su encarcelamiento, escribió un poema que emociona: “Ahora, en julio, cumpliría veintitrés años / Escogía número en un juego arriesgado / El dado rodó. He perdido”.

     En estos días en que se ha cumplido el aniversario de su asesinato, su ejemplo de compromiso y valor tiene un especial significado, ahora que la amenaza sombría y negra del fascismo pretende resurgir en Hungría, en donde avanza el partido fascista Jobbik y la derecha autoritaria magiar pretende rehabilitar el legado político del dictador Horthy, cuando el Gobierno de Viktor Orbán y su partido Fidesz, impulsar políticas de claro signo reaccionario y xenófobo.. El sacrificio de Hannah Szennes nos recuerda a todos una lección, la misma que plasmó en otro de sus poemas: “Y sabed que el precio del camino / de la justicia y el valor / no es bajo”. Y es cierto, siempre es duro defender la justicia y la dignidad ante enemigos tan poderosos y brutales. Pero es imprescindible, ayer, hoy y siempre.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 12 noviembre 2017)

 

 

EL NAUFRAGIO DE EUROPA (y II)

EL NAUFRAGIO DE EUROPA (y II)

 

     Una vez desplazada la frontera europea a Turquía para que ésta controle el flujo de refugiados, la Unión Europea (UE) ha ido tomando otra serie de medidas con objeto de reducir la inmigración irregular, garantizar el control de fronteras, desarrollar vías de migración legal y conseguir un Sistema Europeo Común de Asilo (SECA). Si hasta entonces el conocido como Sistema Dublín, asignaba la responsabilidad de tramitar las soluciones de asilo al primer país europea al que llegaban los refugiados y en el cual debían de permanecer, la crisis migratoria de 2015 evidenció que ello imponía una desproporción e injusta presión para Grecia e Italia, lo cual hizo necesarios los Acuerdos de Reubicación y Reasentamiento impulsados por la Comisión Europea en septiembre de 2015. Estos acuerdos tenían el ambicioso objetivo de reubicar a 160.000 refugiados desde Italia y Grecia en los distintos países de la UE según cupos estatales, además de reasentar a 20.000 persona desde campos de refugiados existentes en países vecinos a los conflictos como Turquía y Jordania.

     Pese al rotundo fracaso de los Acuerdos de Reubicación y Reasentamiento, como señalaba Cristina Manzanedo, con ellos se pretendía, por vez primera, gestionar de forma común a nivel europeo un sistema de distribución equitativa de los refugiados entre los distintos países de la UE. No obstante, cuando el pasado 26 de septiembre expiró el plazo bienal de los mismos, resulta obvio que no se han cumplido sus objetivos y se ha evidenciado una grave falta de voluntad política en el seno de la UEpara hacer frente a esta crisis humanitaria, hasta el punto de que Hungría se ha negado a recibir refugiados y el resto de los países, tras negociar a la baja los cupos propuestos, han incumplido, todos, el número de refugiados asignados. El caso de España es revelador puesto que, durante 2016-2017 acogió tan sólo al 11,4% de las 17.300 personas que le correspondían según dichos Acuerdos. Esta situación ha hecho que Intermon-Oxfam denunciase ante la Comisión Europea estos flagrantes incumplimiento y que la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) calificase de “estrepitoso fracaso” el proceso de reubicación y reasentamiento.

     Significativo resulta el caso de Alemania que en agosto de 2015 declaró una política de puertas abiertas y, por ello, en dicho año acogió a 441.800 refugiados, hecho que supuso un agrio debate político así como un preocupante ascenso de las fuerzas políticas de corte xenófobo no sólo en el país germano sino también en otros Estados de la UE, así como el cierre progresivo de fronteras en algunos de ellos. Así las cosas, tuvo lugar la Cumbre de Malta (noviembre 2015) la cual intentó dar respuesta (y control) a los movimientos migratorios como una responsabilidad compartida por parte de los países de origen, tránsito y destino. No obstante, el Plan de Actuación aprobado en La Valetta suponía un chantaje inmoral ya que la UE supeditaba la cooperación al desarrollo y la ayuda a los países del Sur al control por parte de éstos de los movimientos migratorios: así se creó el Fondo Fiduciario de Emergencia para áfrica dotado de 1.880 millones de euros.

    Más adelante, el Nuevo Marco de Asociación en Materia de Migración de la Comisión Europea (7 junio 2016) pretendió mejorar la Declaración de La Valetta y así buscar resultados concretos en el control de los flujos migratorios a cambio de poner “todos los instrumentos posibles a su servicio: ayuda al desarrollo, comercio e inversiones”, a la vez que propiciaba pactos migratorios a medida que permitían deportaciones ilimitadas tal y como contempla el Acuerdo UE-Afganistán (octubre 2016).

     A modo de balance, las políticas migratorias de la UE han sido criticadas con dureza por CEAR pues son el lamentable reflejo de una Europa “seriamente enferma”, que evidencia un profundo déficit democrático, consecuencia de una ausencia de valores. Es por ello que, ante este “profundo viraje hacia la deshumanización”, en expresión de Estrella Galán, resunta patente la necesidad de “refundar Europa” para que recupere su alma y sus valores fundacionales de solidaridad y defensa de los derechos humanos, esos valores que ahora parecen naufragar en las instituciones europeas.

     Por todo ello resulta imprescindible un cambio de rumbo en la nave de la UE el cual suponga un impulso a políticas estructurales (y no cortoplacistas como es el fracasado modelo del cierre de fronteras), que aborde las auténticas causas que han motivado la crisis migratoria de los refugiados, así como junto la imperiosa necesidad de tomar medidas concretas y urgentes: En primer lugar, la de reforzar las operaciones de rescate marítimo para salvar vidas de refugiados, un imperativo moral básico y, desde luego, instar al cumplimiento de los Acuerdos de Reubicación y Reasentamiento. Y, junto a ellas, tampoco debemos olvidar otras importantes cuestiones como: reforzar las vías de acceso legal a Europa acabando con el peligroso e inmoral negocio de los traficantes de personas, facilitar la reagrupación familiar y la posibilidad de solicitar asilo o visados humanitarios ; impulsar la ayuda humanitaria y la cooperación internacional (recordemos que, en el caso de España, la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) se ha reducido del 0,4% del PIB en 2009 al 0,14% en el 2014); abordar las causas por medio de la Agenda de Desarrollo Sostenible 2030 y la defensa de la solidaridad internacional y los derechos humanos de todas las personas, sin olvidar tampoco el apostar por una sociedad inclusiva, abierta y tolerante que sirva de freno al auge de las tendencias xenófobas y racistas que nos amenazan.

     Si Europa es capaz de asumir estas medidas recuperará su alma perdida, anegada en estos últimos tiempos por el vendaval del individualismo insolidario y así se evitará el naufragio de los valores que dan razón de ser a la UE, un naufragio que ya ha acabado  de forma trágica con las vidas de demasiadas personas que añoraban llegar a Europa soñando con un futuro digno y en libertad.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 5 noviembre 2017)

 

 

 

EL NAUFRAGIO DE EUROPA (I)

EL NAUFRAGIO DE EUROPA (I)

 

     Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) hay en el mundo 65 millones de personas desplazadas (1 cada 25 minutos) por causa de los conflictos armados, cambio climático, pobreza, persecuciones por diversas razones o violaciones de los derechos humanos fundamentales. Ello ha hecho que, tan sólo en el año 2015 llegasen a Europa casi 1,2 millones de personas refugiadas lo cual, según Mariano Aguirre, ha supuesto “la crisis más seria que ha sufrido la Unión Europea (UE) desde su creación” y, más aún, como decía Zygmunt Bauman, estamos asistiendo “no a una crisis de refugiados, sino a una crisis de la humanidad”.

    Ante esta situación, la respuesta de la Unión Europea (UE) ha sido decepcionante tanto por  la descoordinación entre los Estados miembros, como por sus planteamientos cortoplacistas. De este modo, como denunciaba de forma contundente Estrella Galán, secretaria general de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), este capítulo de la historia “ha puesto en evidencia el gran fracaso colectivo de Europa”, la cual no ha estado a la altura de las circunstancias dado que no fue capaz de hacer frente a las verdaderas causas de la crisis de refugiados ni tampoco puso en marcha soluciones estables con visión humanitaria para garantizar el cumplimiento de los compromisos jurídicos con el derecho de asilo y las personas refugiadas derivados del Estatuto de Refugiados de 1951 que todos los Estados de la UE habían firmado. Especialmente preocupante resulta que todas las medidas adoptadas por la UE iban enfocadas desde una perspectiva de “seguridad” y no desde el ámbito de los derechos humanos, razón por la cual Human Right Watch advertía de que “el miedo a ataques terroristas y a los flujos masivos de refugiados están llevando a muchos Gobiernos occidentales a reducir la protección de los derechos humanos”. Y es que, con la excusa de la seguridad y el control migratorio, la UE está violando impunemente los tratados internacionales, olvidando, con grave dejación de responsabilidad, que el derecho de asilo para las personas refugiadas es un derecho inalienable y no un gesto de gracia o generosidad sino que responde al cumplimiento de la legalidad y los compromisos firmados por los Estados miembros.

    Y, junto a este abandono de la defensa de los derechos humanos, también ha naufragado Europa al aplicar otras medidas tendentes a frenar el flujo migratorio mediante barreras  en Hungría, Bulgaria…o Ceuta y Melilla y, sobre todo, al externalizar la vigilancia y control de las fronteras exteriores de la UE a socios que no son precisamente un ejemplo de respeto de los derechos humanos y de sensibilidad democrática. Este es el caso del Acuerdo UE-Turquía de marzo de 2015 cuyo objetivo principal era la devolución a suelo turco de los migrantes y refugiados que llegaban a territorio europeo a través de Grecia. Por esta labor, Turquía, convertida en una nueva guardia pretoriana de las fronteras de la UE, recibió 3.300 millones de euros durante el período 2016-2017, además de otras concesiones políticas  como la anulación de los visados para los turcos que entrasen en territorio comunitario o la reanudación de las negociaciones de adhesión  de Turquía a la UE, siempre lentas y complejas y paralizadas en estos últimos años por la preocupante involución autoritaria del país otomano de la mano de su presidente Recep Tayip Erdogan. Dicho Acuerdo, como bien sabemos, ha contado con una fuerte y justificada oposición pues, con su firma, la UE, como denunciaba CEAR,  “ha dejado naufragar el derecho de asilo, un derecho fundamental básico”, a la vez que nos recordaba que se trata de un acuerdo ilegal por múltiples razones, entre ellas, que las expulsiones colectivas están expresamente prohibidas por el art. 4º del Protocolo 4 del Convenio Europeo de Derechos Humanos; que toda expulsión de un extranjero debe ser individual y necesita garantías legales según los arts. 12 y 13 de la Directiva de Retorno; que el Acuerdo vulnera el principio de no devolución del art. 33 de la Convención de Ginebra, que establece que nadie podrá ser devuelto a un país donde su vida corra peligro, a un país no seguro; que Turquía no está incluida en la lista de países seguros reconocidos por la UE, así como que dicho Acuerdo incumple el principio de no discriminación por país de origen, según el art. 3 de la Convención de Ginebra.

     Por todo ello, resulta indignante que, mientras Europa se empeña en convertirse en una fortaleza que cierra sus fronteras exteriores a los refugiados, se enorgullece de la libertad plena de circulación de capitales y mercancías, una hipocresía que delata con crudeza la injusticia que subyace en materia de política migratoria de la UE. Ciertamente, el Acuerdo con Turquía ha supuesto una reducción de la llegada de refugiados a Europa (364.000 en el año 2016) pero ello ha supuesto un cambio de las rutas de llegada, mucho más peligrosas y mortales y con un mayor coste económico para los refugiados.  De este modo, la anterior ruta de la costa turca a la isla griega de Lesbos, de tan sólo 9 km., mayoritariamente utilizada durante los años 2014-2015, ha sido reemplazada por la  del Mediterráneo Central (desde Libia a Italia) que, en su tramo más corto hasta la isla de Lampedusa tiene una distancia de 300 km.  El peligro de esta ruta es evidente y, de hecho, las muertes por naufragio en esta zona han aumentado en + 34% y, según la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) y,  en el pasado año 2016, 1 de cada 23 personas que emprendían esa ruta ha muerto en el Mediterráneo.

    Por todo lo dicho, resulta lamentable que Europa, la civilizada Europa, esté naufragando en materia de derechos humanos, algo que remueve las conciencias de  todos aquellos ciudadanos que, como Bauman, pensamos que nos hallamos ante una auténtica crisis de la humanidad.

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 29 octubre 2017)

 

 

 

 

ACECHA LA NUEVA DERECHA

ACECHA LA NUEVA DERECHA

 

     Asistimos con preocupación al auge de partidos que, con es el caso del Frente Nacional francés, el Bloque Flamenco belga, el FPÖ austríaco o la AfD alemán, se definen como la Nueva Derecha, eufemismo tras el cual maquillan sus posiciones políticas de extrema derecha autoritaria, xenófoba y racista. Entre las causas de su avance electoral y social, Hans Schelkshorn, estudioso de este fenómeno emergente, señala el vacío de la ideología neoliberal, aplicada en la práctica tanto por los partidos de derechas como por los socialdemócratas y por ello señala que, “así como el fascismo fue una reacción al liberalismo desenfrenado”, la Nueva Derecha sería una “respuesta”, ciertamente reaccionaria y movida por el miedo, frente la globalización impulsada por el neoliberalismo rampante. A ello habría que añadir la llegada masiva a Europa en los últimos años de refugiados que huyen de zonas de conflicto o de miseria, detonante éste que ha supuesto un  auge electoral y un aumento de la base social de las ideas xenófobas: ahí está el caso de Alternativa por Alemania (AfD) que, en los comicios del pasado día 24 de septiembre, ha logrado un preocupante apoyo del 12,6 %  del electorado.

    Todas estas formaciones políticas tienen características comunes aunque adaptadas a las peculiaridades concretas de cada país. En este sentido, el citado Hans Schelkshorn señala que es un error definir a estos partidos como  “populistas”, afirmación que parece indicar que tras ellos se halla una política desideologizada, que se adapta a las opiniones y deseos del “pueblo”, lo cual supondría que los partidos de la Nueva Derecha carecen de una ideología concreta y definida. Bien al contrario, según dicho autor, ello supone “una peligrosa minimización” de lo que representan estos grupos puesto que claro que tienen ideología, y esta es tan acechante como peligrosa. Es por ello que, en opinión de Jan Werner Muller, tras estos partidos se oculta una ideología “que mina peligrosamente los principios y valores de las democracias del Estado de derecho, tal y como se han construido en Europa después de la II Guerra Mundial”. De este modo, la ideología de la Nueva Derecha se sustentaría sobre dos ideas esenciales: su cuestionamiento de la actual democracia liberal y el rechazo al proyecto de paz y progreso social que da razón de ser a la Unión Europea (UE).

     Por otra parte, la Nueva Derecha pese a asumir abiertamente postulados propios de la derecha autoritaria, ha intentado, con desigual fortuna, distanciarse de los aspectos más repulsivos  de los movimientos fascistas de la Europa de entreguerras del s. XX., de aquellos partidos antidemocráticos que enarbolaban entre sus objetivos el recurso a la violencia para alcanzar el poder y que exaltaban el racismo, todo lo cual, bien lo sabemos, tuvo trágicas consecuencias en nuestra historia reciente. Frente a los fascismos clásicos, los partidos de la Nueva Derecha afirman renunciar a la violencia para alcanzar el Gobierno y, en consecuencia, aceptan los resultados salidos de las elecciones democráticas. Por otra parte, inspirados por el pensamiento de Alain de Benoist, pretenden sustituir el antiguo racismo del fascismo clásico por un “etnopluralismo”, con la idea de promover el reconocimiento de diversas etnias y culturas, pero cada una en su correspondiente territorio, lo cual les lleva a defender la “unión étnica” de una nación. Todo ello tiene graves consecuencias puesto que al priorizar la interpretación étnica del concepto de “nación” y de “pueblo” por encima de los derechos humanos, cuestionan la universalidad de los mismos y se arrogan  el poder de designar quién pertenece (o no) al pueblo o nación y, de facto, excluir de la comunidad nacional a diversos colectivos tales como migrantes, gitanos, judíos, homosexuales, ateos, militantes de izquierda u otros sectores progresistas, de sus respectivas (e idealizadas) sociedades.

     Especialmente preocupante resulta el que esta Nueva Derecha acechante en estos últimos años ha ido abandonando la marginalidad política aupada por su ascenso electoral en varios países europeos. De hecho, tal y como ha ocurrido con el zarpazo electoral de la AfD que ha irrumpido en el Bundestag con 95 diputados que, aunque no llevan las camisas pardas de las milicias hitlerianas, sus ideas son tan sucias y pardas como las de aquellos. Y no sólo eso, sino que también resulta grave el hecho de que algunos de los postulados ideológicos de la Nueva Derecha han ido calando en la mentalidad y en los programas de partidos de la derecha democrática clásica y, de modo especial, en la ideología democristiana. Este sería  el caso de Víktor Orbán,  líder del partido Fidesz en Hungría,  quien con sus éxitos electorales pretende legitimar su creciente autoritarismo, a la vez que defiende lo que él llama “Estado aliberal”, el cual elude el cumplimiento los derechos humanos reconocidos por Hungría en diversos acuerdos internacionales y así justificar lo injustificable: su rechazo a acoger refugiados asignados por la UE, hecho éste que confirma los vientos de involución que soplan con fuerza en otros países del Este de Europa como Polonia, Eslovaquia, Bulgaria o Eslovenia, vientos que están arrasando los derechos humanos en esta Europa que creíamos civilizada, progresista y solidaria.

     También en España estamos asistiendo a un preocupante rebrote de estas ideas intolerantes, cuando no abiertamente fascistas: la grave situación generada por el problema político de Cataluña les ofrece el ambiente propicio  como por desgracia hemos constatado en los lamentables sucesos ocurridos al intentar boicotear la Asamblea de cargos públicos por la libertad, la fraternidad y la convivencia celebrada en Zaragoza el pasado domingo 24 de septiembre a propuesta de Unidos Podemos, llegando incluso a agredir a Violeta Barba, presidenta de las Cortes de Aragón.

     Este es el panorama actual de la Nueva Derecha que, con sus ideas e intenciones, unas abiertas, otras ocultas, acecha (y amenaza) nuestra convivencia, nuestros valores y nuestra democracia. Alerta.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 1 octubre 2017)

 

LOS MITOS DE LA GLOBALIZACION NEOLIBERAL

LOS MITOS DE LA GLOBALIZACION NEOLIBERAL

 

     Vivimos en un mundo de contrastes económicos  brutales y los datos, fríos e implacables, lo demuestran.  A modo de ejemplo, en el año 2008, momento del estallido de la crisis financiera mundial, el desembolso para salvar los bancos privados en el conjunto de los países occidentales se elevó a la exorbitante cifra de 8.150.000 millones de dólares, esto es, 8,15 trillones de dólares. Ese mismo año, según  la FAO, para acabar con el hambre en el mundo se necesitaban 30.000 millones de dólares. Estos datos son estremecedores pues, como señalaba Manfred Max-Neef en  estudio titulado El mundo en ruta de colisión,  esos 8,15 trillones de dólares destinados a salvar a la banca privada hubieran permitido “generar 270 años de un mundo sin hambre”.

     Este es el mundo en el que vivimos, un mundo en el que nunca hay suficiente para los que no tienen nada pero en el que siempre hay suficiente para los que lo tienen todo. Un mundo que, como nos recordaba el Manifiesto del Foro Internacional de la Globalización de 2007, está abocado a una crisis de dimensiones planetarias con riesgo de colapso. A esta situación se ha llegado como consecuencia  de un modelo económico dominante que se basa en el crecimiento ilimitado a cualquier coste, el uso incontrolado de combustibles fósiles, la exaltación del consumismo desmedido y que ha traído como consecuencia la amenaza real del cambio climático y la disminución de los recursos esenciales para la vida en nuestro planeta (aguas, bosques, suelos, biodiversidad).

     Este es el panorama en que nos hallamos tras el galopar del sistema económico neoliberal, que,  cual si de un nuevo Atila se tratara, arrasa por donde pasa. Y, sin embargo, los poderes económicos dominantes nos lo presentan como un modelo ideal y sin alternativa posible. Por ello, resulta preciso, como señalaba  Max-Neff,  desenmascarar los 6 mitos sobre los que se sustenta la globalización neoliberal, tan cuestionables como falsos todos ellos. Veámoslos seguidamente.

     Mito 1º.- “La globalización es el único camino efectivo para el desarrollo”. Pero…la realidad de los hechos pone de manifiesto los negativos efectos de la desregulación de los mercados, las privatizaciones y la eliminación de las barreras comerciales internacionales.

     Mito 2º.- “Una mayor integración en la economía global es buena para los países pobres”. Pero… ello ha supuesto que estos países deban acomodarse a las reglas y restricciones de la economía globalizada y ello les obliga a postergar actuaciones más urgentes en educación, salud o desarrollo. De hecho, la globalización ha generado mayor desigualdad y, en la actualidad, 80 países tienen menos renta per cápita que hace dos décadas tras integrarse  en la economía global. Otro dato: si en 1965 el ingreso medio per cápita de los países del G-7 era 20 veces mayor que el de los 7 países más pobres del mundo, en el año 2008 era ya 50 veces mayor…y esa brecha sigue creciendo cada año.

    Mito 3º.- “Las ventajas comparativas son la mejor manera de asegurar la prosperidad”. Esta idea, basada en el dogma del libre comercio global, ha tenido efectos muy negativos ya que cuando el capital tiene plena movilidad transnacional, éste busca  “ventajas absolutas” en aquellos países que impliquen menores salarios, menores impuestos y menores exigencias medioambientales.

     Mito 4º.- “Más globalización significa más empleo”. Pero… la realidad demuestra que, por ejemplo, la deslocalización industrial ha producido el fenómeno del “outsorcing”, el cual genera desempleo en los países de origen y subempleo y peores condiciones laborales en los países que reciben las inversiones de las industrias deslocalizadas.

     Mito 5º.- “La Organización Mundial del Comercio (OMC) es un organismo democrático y transparente”.  Pero… la realidad es que la OMC está dirigida por un grupo no electo de burócratas que toman decisiones que imponen a los gobiernos de las naciones. De hecho, el mayor empeño de la OMC es lograr la abolición  o reforma de cuantas normativas estatales  resulten perjudiciales para los intereses de las multinacionales.  Además, resulta significativo el  que la OMC no tenga reglas sobre cuestiones tan importantes como la prohibición del trabajo infantil o la garantía de los derechos laborales. En consecuencia, como señala Max-Neef, el “propósito fundamental” de la OMC es “lograr que las corporaciones gobiernen el mundo” y en esa línea se orienta el polémico Tratado Transatlántico de Libre Comercio entre la Unión Europea y los Estados Unidos, el TTIP.

      Mito 6º.- “La Globalización es inevitable”. Si Margaret Thatcher dijo en su día que “no existe alternativa” frente al modelo neoliberal,  Renato Ruggiero, exDirector General de la OMC, llegó a afirmar que “tratar de detener la globalización es equivalente a tratar de detener la rotación de la tierra” y, por ello, este fundamentalismo económico, lo ha convertido casi en una pseudoreligión que no debe ser cuestionada en sus dogmas, pero cuyos mitos,  a los cuales hemos hecho referencia, están basados en falsedades.

     A esta situación se ha llegado porque la globalización neoliberal nos ha ganado la partida en parte por la renuncia sistemática de muchos países a su derecho a controlar los procesos económicos en beneficio propio. Así las cosas, resulta vital apostar por una economía alternativa, por una economía más justa y solidaria, que suponga una transición efectiva del actual modelo sustentado en la codicia, la competencia y la acumulación a otro alternativo que priorice la solidaridad y la cooperación  como valores para lograr un mayor nivel de felicidad social y que sea medioambientalmente sostenible. Es por ello que el cambio de modelo económico resulta imprescindible pues nos va en ello nuestro futuro y el de nuestro planeta.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 10 septiembre 2017)