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Kiryat Hadassa: el blog de José Ramón Villanueva Herrero

RIESGOS A LA IGUALDAD EN LA ERA DIGITAL

RIESGOS A LA IGUALDAD EN LA ERA DIGITAL

 

     El anhelado ideal de la igualdad, emblema de la Revolución Francesa de 1789 y demanda de todos los movimientos políticos y sociales progresistas que por él lucharon a lo largo de los pasados siglos XIX y XX, parece hallarse hoy en día en retroceso, derrotado ante el imparable proceso de globalización que ha transformado radicalmente nuestras sociedades y nuestras vidas.

     El ideal de la igualdad parece cada vez más difuso en las nuevas sociedades tecnológicas. Se habla con frecuencia de la existencia de una “brecha digital” en relación al mayor o menor conocimiento y acceso a las nuevas tecnologías, pero todavía es más grave, la brecha social que estas han generado. En este sentido, Yuval Noah Harari, en su libro 21 lecciones para el siglo XXI (2018), analiza esta cuestión y afirma que “la globalización no ha traído la igualdad” ya que, frente a lo que ocurrió  en el siglo XX, tiempo que “se centró en gran medida en la reducción de la desigualdad entre clases, razas y géneros”, tarea en la cual las políticas socialdemócratas y el Estado del Bienestar desempeñaron un papel relevante, en el siglo XXI, “podrían surgir las sociedades más desiguales de la historia”, lo cual “amenaza con agrandar la brecha entre clases”.

     Hararí, de forma premonitoria, nos advierte de los riesgos que, contra la igualdad está generando la biotecnología, ya que ésta en un futuro no muy lejano podría crear lo que él llama “castas biológicas” y, de este modo, las personas con mayores recursos, los ricos, podrían conseguir mediante el uso de la biotecnología, estar mejor dotados físicamente, ser más creativos y más inteligentes que las personas de escasos medios económicos. Y, sin que estas afirmaciones parezcan ciencia-ficción, la denuncia de Harari apunta a los poderosos, a aquellos que con su dinero, podrían comprarse “un cuerpo y un cerebro mejorado” y, por ello, dividir a la humanidad entre “una pequeña clase de superhumanos y una subclase enorme de Homo Sapiens inútiles”.

     Pero si esto es un riesgo en un futuro impreciso, peor sería que, una perversa utilización de la biotecnología produjera un riesgo mayor:  que el Estado perdiera algunos de sus incentivos para invertir en salud, educación o en favor de los sectores más desfavorecidos de la sociedad, algo que sería tanto como tener la tentación de desmantelar completamente el Estado del Bienestar por considerar “improductivas” y no rentables las inversiones en recursos sociales en estos colectivos, degradados a una calificación de subclase inútil e irrelevante.

     Como una forma posible de detener este proceso amenazante, la propuesta de Harari es evitar a toda costa “la concentración de toda la riqueza y el poder en manos de una pequeña élite” y, por ello, recalca que “la clave es regular la propiedad de los datos”. Y es cierto, pues en la actualidad los poderes hegemónicos se articulan cada vez más en torno a los que poseen y controlan los medios de comunicación y las redes digitales, en una trepidante carrera por poseer los datos, nuestros datos, todos los datos, como evidencia cada día Google o Facebook.

     Así las cosas, la propuesta que lanza Harari es valiente, arriesgada y no exenta de riesgos ya que afirma que “si los gobiernos nacionalizan los datos, se frenará el poder de las grandes empresas”, pero también podrá desembocar en lo que no duda en calificar como “espeluznantes dictaduras digitales”, ya que podría revivirse el espectro del “Gran Hermano” que todo lo ve y todo lo controla, tal y como expuso George Orwell en su obra 1984.  Y esto es un riesgo cierto pues estas amenazantes dictaduras digitales que pudieran surgir en un futuro, no sólo acabarían de facto con las libertades democráticas, sino también con la igualdad al concentrar todo el poder en una pequeña élite al mismo tiempo que terminarían reduciendo a la mayoría de la población, no ya a la explotación y a la alienación, que también, sino a la “irrelavancia” social e histórica.

     Por todo lo dicho, la conclusión final que plantea Harari es obvia: resulta vital para garantizar la democracia y la igualdad en nuestra sociedad presente y futura, el regular la propiedad de los datos, algo que considera “la pregunta más importante de nuestra era”,  un reto que todavía no somos capaces de calibrar en toda su magnitud, Y es que, como él mismo señala, en un mundo inundado de información irrelevante, la claridad es poder.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 8 febrero 2022)

MUJERES JUDÍAS FRENTE AL NAZISMO

MUJERES JUDÍAS FRENTE AL NAZISMO

 

    Conocida es la imagen de los 6 millones de judíos asesinados por el nazismo durante la II Guerra Mundial, pero no lo es tanto la resistencia del pueblo hebreo ante la barbarie nazi. Tal vez el ejemplo más recordado sea el levantamiento del guetto judío de Varsovia (19 abril-16 mayo 1943) hasta el total exterminio del mismo por parte de las tropas hitlerianas. Emociona pensar que una de los lemas de sus defensores fuera “¡Pamietajcie Saragosiee! (Recordad Zaragoza)”, queriendo así emular la defensa de la capital aragonesa durante los Sitios de 1808-1809.

     Pero además de Varsovia, miles de judíos combatieron al nazismo en los países ocupados. Pero, como señalaba Steven Bowman, las mujeres que participaron activamente en los grupos de resistencia, “rara vez han sido mencionadas en la literatura histórica sobre la Segunda Guerra Mundial”, y sólo hasta fechas recientes se ha empezado a estudiar con cierto rigor su papel en la resistencia armada contra el nazismo. Este es el caso de Emily Landau que, a sus 17 años, fue la primera judía muerta en combate en el guetto de Varsovia, o Hannah Szenes (1921-1944), una joven poeta y luchadora judía húngara asesinada en Budapest, pero hubo otras muchas, algunas de las cuales recordamos hoy.

     Violeta Yosifova Yakova (1923-1944) (a) “Ivanka”, una partisana judía búlgara de origen sefardí, militante comunista, que formó parte de un escuadrón de la resistencia que asesinó a varios militares nazis y colaboracionistas, entre ellos, al jefe de la policía búlgara. Tras ser capturada, fue violada y torturada hasta la muerte y tras la liberación, fue declarada “Heroína de Bulgaria”.

    También murió en combate Rita Rosani (1920-1944), judía italiana, que se unió a la resistencia y fundó el Grupo “Aquila”. En el lugar donde fue asesinada se celebra cada año un acto en su memoria y en la sinagoga de Verona, una placa la recuerda con una cita bíblica: “Muchas mujeres han realizado proezas, pero tú las superas a todas” (Proverbios, 31:29).

    Otras jóvenes tuvieron mejor suerte, como fue el caso de Sara Yehoshua Fortis, judía griega de origen sefardí que se convirtió en “andarte”, esto es, en luchadora de la Resistencia griega y, a los 16 años, pasó a integrarse en el Ejército Popular de Liberación de Grecia (ELAS). Sara Fortis lideró un grupo compuesto exclusivamente por mujeres, el cual se convirtió en un valioso aliado para los combatientes masculinos del ELAS: junto a ellos participaron en numerosas misiones, tanto de combate y ataques a objetivos militares, como en la ejecución de colaboracionistas nazis. Tal fue así que los “andartes” masculinos se apropiaron de muchas acciones llevadas a cabo por las partisanas de Sara Fortis puesto que a muchos griegos les resultaba impensable que aquel grupo de aguerridas jóvenes mujeres pudiera llevarlas a cabo. Pese a ello, Sara Fortis, con apenas 18 años, era ya conocida como “kapetenissa (capitana) Sarika” y continuó luchando contra los ocupantes nazis hasta la liberación de Grecia a finales de 1944.

     También podemos citar a Roza Papo (1914-1984), una judía bosnia de Sarajevo de origen sefardí, que, tras la invasión nazi de Yugoslavia, se unió en 1941 a los partisanos de Tito. Médica de profesión, dirigió y coordinó todos los hospitales de campaña de los partisanos, pero también participó en la lucha, adscrita al Batallón de Ataque de Bosnia, siendo herida en combate. Durante la guerra, perdió a sus padres, hermanos y la mayor parte de su familia en la represión llevada a cabo por las milicias fascistas croatas aliadas de los nazis. Tras la liberación, le cabe el honor de haber sido la primera mujer ascendida al rango de generala en el conjunto de los países de la Península Balcánica.

    Un caso especial fue el de Hedy Lamarr (1914-2000), judía de origen checo, que, además de famosa actriz de Hollywood, fue la inventora durante la II Guerra Mundial de un sistema de comunicaciones inalámbricas a larga distancia que permitía guiar por radio los torpedos de los submarinos aliados y que evitaba las interferencias nazis, descubrimiento que sería el antecedente del actual Bluetooth y del WIFI.

     En estos días en los que se cumple el 80º aniversario de la infame Conferencia de Wansee (20 enero 1942) en la que los jerarcas nazis acordaron la “solución final” para el pueblo judío, su exterminio, todas estas heroicas jóvenes judías merecen ocupar un lugar destacado en la historia del antifascismo.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 21 enero 2022)

 

EL FUTURO DE LA UNION EUROPEA

EL FUTURO DE LA UNION EUROPEA

 

     En el actual panorama geoestratégico mundial en el cual la hegemonía de los Estados Unidos (EE.UU.) está siendo disputada por China, la Unión Europea (UE), debe encontrar su propio espacio. En este sentido, Carlos Alonso Zaldívar opina con acierto que la UE deberá acomodar su discurso a las nuevas realidades y decidir “hasta qué punto permanece en el área de influencia de EE.UU. como socio subalterno, o si va definiendo y asentando un especio de influencia propio en el nuevo contexto multipolar”. Y, por ello, en materia de política exterior, tras los pasados desgarros y desprecios producidos por Donald Trump para con la tradicional entente de EE.UU. con sus aliados europeos, la UE debe ofrecer “respuestas propias a los problemas más graves del mundo”. Así lo entendió en su momento Angela Merkel y con visión de estadista europeísta afirmaba que “la UE ya no puede depender completamente de otros, debemos tomar nuestro futuro en nuestras manos”.

     Por otra parte, la UE ha quedado debilitada tras el duro golpe que ha supuesto la salida de la misma de Gran Bretaña como consecuencia del Brexit, proceso al que una acertada definición alude como “una negociación para repartir daños en la que ambas partes perderán”. Pero, para garantizar un futuro viable y coherente a la UE hay una serie de caminos, sobradamente conocidos y reclamados reiteradamente. En este sentido, resulta esencial adoptar medidas que relancen la convergencia económica y social de los Estados miembros y un paso en la buena dirección ha sido la puesta en marcha, desde la solidaridad comunitaria, del potente Plan de Recuperación de Europa, toda una serie de acciones y recursos para paliar los efectos devastadores causados por la pandemia del Covid-19 en cada uno de los Estados miembros. También resulta importante asegurar la viabilidad del euro a largo plazo, como elemento de estabilidad económica en la Zona Euro.

    Pero junto a las medidas económicas, la UE debe regirse por los valores de la solidaridad y, en estos tiempos, es más necesario que nunca, aplicar políticas viables de asilo y migración, consecuentes con los ideales en torno a los cuales se cimenta la UE y que, al mismo tiempo, frenen el auge de los movimientos xenófobos y racistas que están rebrotando en su seno. Es por ello que la UE debe de tomarse en serie estos temas, evitando lo sucedido en la crisis de refugiados de 2016 en la que, como señalaba Carlos Alonso Zaldívar, tras la cual, se  “ha renacionalizado la política en el seno de la UE y reactivado la división entre países del Este y del Oeste”.

    Igualmente, en este mundo multipolar, resulta también necesario que la UE sea capaz de generar una política exterior, de seguridad y defensa propia, hablando con una sola voz y sin estar supeditada a los intereses geoestratégicos de los Estados Unidos. Cada vez resulta más evidente, con casos como el conflicto de Ucrania, la crisis nuclear de Irán o Corea del Norte, o la reciente y catastrófica retirada de Afganistán, que la UE no debe ser un peón bajo el área de influencia americana, sino que, dejando claro sus propios planteamientos y tomando la iniciativa, es cuando la política exterior comunitaria, empezará a definir un espacio de influencia propio en el nuevo contexto internacional multipolar. Y, ante el hecho positivo de una UE “a quien nadie teme militarmente”, debe convertir esa debilidad en un potencial en la línea de ser “un centro de iniciativas dirigidas a moderar los ímpetus bélicos de las grandes potencias militares”.

    Aunque durante el pasado mandato de Donald Trump se socavaron los vínculos del tradicional atlantismo que había caracterizado las relaciones entre Estados Unidos y la UE, ahora parece que Joe Biden intenta reconstruir los puentes con sus aliados europeos, pese a la crisis suscitada por la reciente creación de su nueva alianza militar en el Pacífico con Australia y Reino Unido (AUKUS) que tan negativos efectos ha tenido en la UE, especialmente en el caso de Francia.

    Así las cosas, Tony Judt, en su libro Sobre el olvidado siglo XX, consideraba que era esencial reactivar el entente entre ambas orillas del Atlántico, de potenciar lo que él llamaba “euroatlantismo” y daba razones para ello al señalar que, “Occidente debería dejar de lado sus disputas y tratar una forma de trabajar juntos por el bien común antes de que China (y después India) se convierta en una gran potencia y las pequeñas diferencias narcisistas entre Europa y Estados Unidos se vuelvan irrelevantes”. En esta misma línea, Garton Ash, aludiendo a Occidente, advertía que, “en perspectiva histórica, ésta puede ser nuestra última oportunidad de fijar la agenda de la política mundial”. Por su parte, como señalaba Eliseo Oliveras, el objetivo último de este euroatlantismo es “mantener la primacía económica y comercial de Occidente frente a China y evitar que la creciente influencia de Pekin pueda determinar las estándares y reglas tecnológica y comerciales futuras” dado que, en expresión de Valdis Dombrovskis, vicepresidente de la Comisión Europea, “la pugna tecnológica será el nuevo campo de batalla de la geopolítica”.

    La UE, pese al desgarro que supuso el Brexit y el actual desafío provocado por las derivas autoritarias de Polonia y Hungría, debe de mantenerse fiel a sus valores, recogidos en el artículo 2º del Tratado de la Unión Europea y que son: “el respeto a la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías”. Sólo así se tendrá un futuro digno la UE, y eso es lo que deseamos.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en El Periódico de Aragón, 3 enero 2022)

 

VIRUS ANTIDEMOCRÁTICOS

VIRUS ANTIDEMOCRÁTICOS

 

     En 2016 los servicios de inteligencia de Estados Unidos (EE.UU.) revelaron que Rusia había utilizado herramientas virtuales para influir en las elecciones norteamericanas y de este modo ayudar a Donald Trump, el candidato favorito de Putin, a entrar en la Casa Blanca. A partir de ese momento, perturbaciones similares tuvieron lugar, como mínimo, en los comicios celebrados en Francia, Italia, Gran Bretaña, los Países Bajos, las repúblicas bálticas, la República Checa, Ucrania, Georgía, y también, en España.

     Estos sucesos han supuesto la irrupción con fuerza de un nuevo virus: el de la desinformación y de las noticias falsas (“fake news”) con intenciones desestabilizadoras en el desarrollo normal y en la práctica política de nuestras democracias. Para lograr estos objetivos, las técnicas utilizadas por la desinformación y el empleo de noticias falsas son diversas, tales como el robo y revelación de correos electrónicos durante las campañas electorales: la elaboración de documentos falsos; el uso en Facebook de identidades encubiertas; la difusión de reportajes “noticiosos” ficticios y a veces hasta difamatorios.

   Todos estos hechos han evidenciado que la ciberseguridad es una nueva herramienta de poder, máxime si tenemos en cuenta el enorme impacto que el virus de la desinformación y las noticias falsas tienen en nuestra sociedad global, donde el público objetivo es más accesible y mucho más amplio: tengamos presente que, en la actualidad, Facebook cuenta con más de 2.000 millones de usuarios activos.

    La desinformación, como señalaba Elena Alfageme, responsable de género de Intered, no es un fenómeno espontáneo y las redes sociales son el entorno perfecto para que suceda ya que se ampara en muchos casos en el anonimato mediante el cual lanzar bulos en las redes, bien sea por motivos económicos o también políticos y sociales, mediante los cuales generar miedo y polarizar la sociedad, como por ejemplo, con discursos de odio o negacionistas, con respecto al covid-19, a la violencia de género o al cambio climático. En expresión de Madeleine Albright, “hoy en día se debilita la democracia mediante falacias que llegan por oleadas y azotan nuestros sentidos del mismo modo que las olas marinas se abaten sobre la playa”.

     Así las cosas, resulta importante contar con herramientas de análisis crítico, con la necesidad de llevar a cabo una labor periodística y de verificación de noticias falsas, que permitan identificar y desmantelar los bulos interesados que proliferan en las redes sociales y así frenar las campañas de desinformación, de las noticias no contrastadas mediante el empleo de los llamados “fact-chequers”.

     A los perversos efectos del virus de la desinformación y las noticias falsas hay que añadir otros que también socavan nuestras democracias: el del autoritarismo y la intolerancia. De este modo, ya en el año 2017 el Índice de Democracia elaborado por The Economist, mostraba un cierto deterioro en la salud democrática de 70 países y se empezó a hablar de que, en ellos, más que en una “democracia plena”, se hallaban en una “democracia imperfecta”. Este fenómeno, que se constató en EE.UU. bajo el mandato de Donald Trump, se hace extensivo a otros países de la UE como queda patente cada día en Hungría, Polonia o Eslovaquia y, no lo olvidemos, también en España, donde la politización de la Justicia parece querer condicionar a las propias instituciones democráticas surgidas de la voluntad de la soberanía nacional.

     Aunque hoy en día cerca de la mitad de los países del mundo pueden considerarse democráticos (sean imperfectos o no), tampoco debemos olvidar que la otra mitad tiende al autoritarismo, algo que está siendo rentabilizado electoralmente por grupos de dudosa o nula calidad democrática. Ello nos advierte, también en nuestra civilizada Europa, del riesgo que supone el cada vez mayor interés en sectores de la ciudadanía en optar por alternativas políticamente autoritarias. De este modo, el anteriormente citado informe señala que una de cada cuatro personas tiene “una buena opinión” de aquellos sistemas en los cuales un dirigente puede gobernar “sin interferencias del Parlamento ni de los tribunales de Justicia” y lo que todavía es más preocupante: uno de cada cinco “se declara atraído por la idea de un gobierno militar”.

    Estos son los virus antidemocráticos a los que hacer frente en la actualidad: el de la proliferación de la desinformación y las noticias falsas, y también el de la creciente ola de autoritarismo e intolerancia que minan nuestros valores democráticos. Como decía Tomás Masaryk, presidente de Checoslovaquia en 1918, “la democracia no es sólo una forma de Estado, no es algo simplemente inscrito en una Constitución; la democracia es una visión de la vida, exige creer en los seres humanos, en la Humanidad”.  Y, por ello resulta imprescindible hacer frente a los virus antidemocráticos.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 16 diciembre 2021)

 

 

 

LA SOMBRA ACECHANTE DE TRUMP

LA SOMBRA ACECHANTE DE TRUMP

 

    En la campaña electoral a la gobernación al Estado norteamericano de Virginia del pasado 2 de noviembre se produjo la irrupción política de Donald Trump, el cual ha dejado patente su intención de presentarse a las presidenciales previstas para 2024. A pesar de que se niega a reconocer la victoria de Joe Biden que lo desalojó de la Casa Blanca el año pasado, Trump sigue siendo un espectro amenazante en el panorama político dado que mantiene el control sobre el Partido Republicano, unido a su continuo (y perverso) uso de las redes sociales, ahora mediante el lanzamiento de la plataforma Truth Social, creada por su empresa Trump Media Technology Group (TMTG) con la que pretende azuzar el bulo de, según él, “la gran mentira” electoral que lo desalojó de la Presidencia de los Estados Unidos y que puso fin a su nefasto mandato.

    La victoria republicana en Virginia ha supuesto un serio revés para el Partido Demócrata de Joe Biden, otro más, para el inquilino de la Casa Blanca que se halla en caída (electoral) libre sobre todo tras la desastrosa retirada de EE.UU. de Afganistan, tras la cual parece haber dilapidado la esperanza y el crédito político que había generado su victoria electoral demócrata en noviembre del pasado año.

    Recordemos que la victoria de Trump en noviembre de 2016 fue una inesperada y desagradable sorpresa que agitó no sólo el tablero de la política norteamericana, sino que también tuvo muy negativos efectos en las relaciones internacionales durante sus cuatro años de mandato. Y es que Trump, como dijo Nassim Taleb, fue como un “cisne negro”, entendiendo por tal “un acontecimiento de baja probabilidad que no cabía esperar dentro del ámbito de las expectativas regulares, porque nada en el pasado indicaba que era posible, pero que tiene un gran impacto, y que tras suceder tratamos de racionalizarlo para explicarlo y hacerlo predecible”.  Y la explicación de la victoria de Trump se buscó en factores de tipo económico, así como en el descontento de un importante sector de la población y en la búsqueda de candidatos fuera del sistema como consecuencia del rechazo al establishment, a la clase dirigente americana tradicional. A todo ello contribuyó en gran medida el deterioro de las condiciones de vida de la clase trabajadora blanca, la “White working class” (WWC), la cual, tras la crisis económica, la reconversión industrial y la globalización, se estaba convirtiendo en una clase económica marginal y que se halla fuertemente arraigada en la América rural. Así las cosas, Trump supo capitalizar el descontento, miedo y resentimiento de la WWC, actitudes éstas que resultan muy peligrosas a la hora de canalizarlas social y políticamente. El balance de su mandato fue definido de forma rotunda por Madeleine Albright como el de “el primer presidente antidemocrático que tiene Estados Unidos en su historia moderna” ya que, “si estuviera en una nación con pocas garantías democráticas, sería un dictador, que es justamente lo que por instinto él desea ser”.

    El desembarco político de un demagogo como Trump coincidió con una evidente crisis del Partido Demócrata, el cual ha pasado con el tiempo de ser el representante de las clases trabajadoras en la época de Roosevelt a convertirse, tras una creciente desideologización, especialmente desde el mandato de Bill Clinton, en una máquina electoral y un partido de las élites, tal y como señalaba George Packer. Prueba de ello es que el Partido Demócrata no ha desarrollado un programa político coherente a pesar de las alentadoras declaraciones de Joe Biden tras su victoria electoral.

    Por todo lo dicho, ante la reaparición política de peligrosos demagogos como Trump y otros líderes populistas en distintos países, algunos de los cuales que coquetean abiertamente como posiciones y actitudes propias de la extrema derecha, el Partido Demócrata norteamericano y los partidos de izquierda en general se deberían, según Sebastián Royo, dedicarse a “desarrollar un programa económico que se enfoque en la equidad”, dado que “es imprescindible mantener la cohesión social´” y para ello es fundamental seguir invirtiendo en educación, sanidad, servicios sociales y todo los que representa el garantizar la solidez del Estado de Bienestar. Consecuentemente, según este autor, “la izquierda tiene que convencer a sus votantes de que tiene las propuestas para solucionar sus problemas y para crear oportunidades laborales que abran perspectivas de futuro y al mismo tiempo, que va a proporcionar el colchón social que necesitan para protegerles y conseguir más igualdad”, aspectos estos que todavía resultan más importantes en estos tiempos como consecuencia de la crisis derivada de los efectos sanitarios, económicos y sociales causados por el Covid-19.

    Si el triunfo de Trump en 2016 supuso la victoria del miedo, y del revanchismo en contraste con el optimismo con el que se abrió ocho años antes el mandato de Barack Obama, esperemos que esta situación no se repita de nuevo en 2024 porque el posible retorno de Trump produce escalofríos por las consecuencias que ello tendría, no sólo para Estados Unidos, sino para el panorama político y económico de nuestro mundo global.

 

    José Ramón Villanueva Herrero

    (publicado en: El Periódico de Aragón, 30 noviembre 2021)

 

 

 

 

EL LEGADO DE TONY BLAIR

EL LEGADO DE TONY BLAIR

 

      El 7 de junio de 2001, hace ya 20 años, el Nuevo Laborismo de Tony Blair obtuvo una victoria aplastante en las elecciones británicas frente al conservador William Hague. Se iniciaban así los años en los que el blairismo, un intento de “Tercera Vía” entre el capitalismo y el socialismo clásico, rigió la política de la Gran Bretaña y tuvo una clara impronta en otros partidos socialistas y socialdemócratas, como fue el caso del PSOE o del SPD alemán.

     El historiador Tony Judt, muy crítico con lo que supuso el blairismo, afirma en su libro Sobre el olvidado siglo XX, que la victoria del político británico en las urnas fue posible gracias a la “triple herencia” recibida de los anteriores y nefastos mandatos de Margaret Thatcher, ya que ésta “normalizó el desmantelamiento radical del sector público en la industria y los servicios”, política de la cual Blair cantó “entusiásticas loas”. Además, Thatcher consiguió destruir (políticamente) el antiguo Partido Laborista, facilitando así la tarea de los que luchaban por reformarlo y hacerlo virar hacia el centro, tal y como hizo acto seguido Blair y, finalmente, la “aspereza e intolerancia” de Thatcher  con los críticos de su propio Partido Conservador, dejando a este “en unas condiciones que no le hacen elegible” y ello allanó la rotunda victoria electoral laborista en 2001.

     Dicho esto, Judt reprochaba a Blair su falta de “autenticidad”, algo que consideraba “irritante” y que quedaba de manifiesto en su falta de oposición a las privatizaciones “porque le gustan los ricos”, algo que sería inaceptable en la ideología del laborismo clásico. Era pues evidente el contraste entre las políticas de Blair y el “Viejo Laborismo”, representante de la clase trabajadora, de los sindicatos, la propiedad estatal y las ideas socialistas.

      Blair optó por apoyar su política en las ideas expuestas por Anthony Giddens en su “Tercera Vía”, la cual suponía “un compromiso cuidadosamente elaborado entre la iniciativa privada angloestadounidense y la compasión social de estilo continental”, dejando patente la obsesión de Blair por llevar a cabo un pragmatismo que fusiona el sector público y el beneficio privado. Es por ello que impulsó lo que ha dado en llamarse una “sociedad pospolítica” o “posideológica”, que es aquella que rechaza los debates doctrinales, que sólo quiere lo que funciona y en la que han desaparecido las distinciones entre izquierda/derecha o entre Estado/mercado. Por todo ello, Judt no dudó en reconocer que tenía una “baja valoración” de Blair y de su “legado”.

     Blair defendía el “centrismo radical” dado que su política se basaba, en palabras de nuevo de Judt, en “el exitoso desplazamiento” de la antigua izquierda laborista “por lo que podría denominarse el centro bien-sentant, en el que una economía thatcherista retocada se combina con unos ajustes sociales apropiadamente bienintencionados, tomados de la tradición liberal”, una solución “tentadora”, pero errónea desde posiciones de una izquierda consecuente.

     Así las cosas, las críticas hacia el blairismo no se hicieron esperar. Un ejemplo de las posiciones de la izquierda británica era, y es, el cineasta Ken Loach, el cual denunciaba las políticas llevadas a cabo por el Nuevo Laborismo en contraste con la tradición histórica del laborismo clásico. De este modo, en su película “El espíritu del 45” destacaba lo que supuso, tras el fin de la II Guerra Mundial, la victoria del laborista Clement Attlee sobre el conservador Winston Churchill, tras la cual “se inició una transformación del país, física y psicológicamente, que devolvió a los ciudadanos el timón de sus vidas” y ejemplo de ello fueron la creación del Servicio Nacional de Salud, la colocación de los cimientos del Estado de Bienestar, la nacionalización del transporte, el gas, los muelles, la electricidad o el agua, así como la puesta en marcha de un ambicioso Plan de Vivienda. Pero, todo ello se truncó con el triunfo electoral de Margaret Thatcher en 1979 y, a partir de entonces, su agresivo neoliberalismo hizo que el sector público pasase otra vez a manos privadas, política ésta que continuaría Blair y su “Nuevo Laborismo”. Tal vez por ello, Ken Loach, ya en 2013, clamaba que en Gran Bretaña “necesitamos desesperadamente un partido de izquierdas”.

    Tras Blair, y el período de Jeremy Corbyn, que intentó retomar las posiciones clásicas del laborismo de izquierdas, su actual líder, Keir Starmer, parece querer retornar a la línea centrista que caracterizó al blairismo con el riesgo cierto de cometer los mismos errores políticos que caracterizaron a éste. De todo ello debería tomar buena nota la izquierda europea y, de forma especial Pedro Sánchez, investido con su hiperliderazgo como abanderado de la socialdemocracia, para evitar caer, como ya hizo el PSOE en el pasado, en las redes de un social-liberalismo, tal y como le ocurrió a Tony Blair y su desacreditada “Tercera Vía”, si realmente quiere ser fiel a los valores e ideales del socialismo democrático de Pablo Iglesias.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 12 de noviembre de 2021)

 

DOS DICTADORES EN HENDAYA

DOS DICTADORES EN HENDAYA

 

     El 23 de octubre de 1940 el tren blindado de Hitler llegó a la estación francesa de Hendaya para reunirse con el general Franco y negociar la entrada de España en la II Guerra Mundial al lado de las potencias fascistas del Eje. Del encuentro de Hendaya se han dado visiones contrapuestas que han perdurado hasta nuestros días.

   Franco ambicionaba lograr un “imperio” para España uniéndose a la estela vencedora de la Alemania nazi que, tras derrotar a Polonia, Noruega, Dinamarca, Bélgica, Holanda, Luxemburgo y Francia, había hecho de Hitler el amo de Europa. Este sueño imperial, recogido en el libro Reivindicaciones de España de José María de Areilza, pretendía recuperar Gibraltar y la Cataluña francesa, así como anexionarse amplios territorios en el norte de África, todo ello sin un excesivo esfuerzo militar tras la esperada victoria del Eje. Pero, derrotadas las potencias fascistas al final de la II Guerra Mundial, el encuentro de Hendaya fue interpretado por el franquismo como “uno de los grandes logros de Franco al evitar que España entrara en la guerra” al exigirle a Hitler unas compensaciones territoriales y económicas excesivas y Luis Suárez, en su obra Franco y el III Reich. Las relaciones de España con la Alemania de Hitler, nos presenta a un Franco capaz de oponerse a las exigencias y presiones de Hitler para embarcar a España en la guerra, aún a cambio de promesas de concesiones territoriales.

    Esta visión, exaltadora del papel de Franco en Hendaya, se ha ido desmoronando con el paso del tiempo, y Paul Preston, en su trabajo Franco y Hitler. El mito de Hendaya, señala que Hitler no quería que España entrara en la guerra de inmediato, pues tenía otras prioridades como la de lograr la cooperación de la Francia de Vichy en su lucha contra Gran Bretaña, lo cual vetaba la posibilidad de acceder a las demandas territoriales planteadas por el franquismo. La actitud de Hitler en Hendaya se debió a  los informes que recibió del Reichführer de la SS Heinrich Himmler tras su visita a España para comprobar sobre el terreno la aportación que la España franquista podía prestar a la causa hitleriana. Según Ramón Garriga, en su obra La España de Franco, Himmler “se marchó de España con una idea pesimista dado la situación caótica en la que se encontraba la economía nacional y la gravedad del problema derivado de la guerra civil”, razón por la cual “no podía informar favorablemente a Hitler” y ello “pesó en el ánimo” del dictador alemán, al igual que lo hicieron las opiniones contrarias de otros mandos de la Wehrmacht. Así, como señala Paul Preston, Hitler llegó a declarar que la aportación de la España franquista “costaría más de lo que vale” y, por ello, no supondría una ventaja para los intereses del Eje. En consecuencia, en Hendaya no hubo ninguna presión directa para forzar a Franco para entrar en la guerra y Ludger Mees afirmaba que en Hendaya “Franco no convenció a Hitler de que España debía de abstenerse de entrar en la II Guerra Mundial”, sino que “fue el Führer quien creyó que su colaboración podía ser un lastre”. Se diluye así el mito construido por los apologistas del franquismo sobre la “astucia” y “hábil prudencia del Caudillo” que le permitió resistir las “presiones” de Hitler, evitando así la catástrofe que hubiera supuesto el embarcar a España, recién salida de una guerra fratricida, en una nueva contienda bélica. Este mito, pese a las evidencias históricas, continúa vivo entre los nostálgicos de la dictadura franquista.

    La realidad de los hechos fue bien distinta: Franco, además de soportar los bostezos de Hitler cuando le relataba sus tiempos y experiencia militar en Marruecos, dejó patente su servilismo ante el dictador alemán desde el mismo momento de su saludo inicial en el andén de la estación cuando le dijo balbuceando “Soy feliz de verle, Führer”. En la despedida, según relata César Vidal, Franco aferró con sus dos manos la que le tendía Hitler y le dijo: “A pesar de cuanto he dicho, si llegara un día en que Alemania de verdad me necesitara, me tendría incondicionalmente a su lado y sin ninguna exigencia”, una frase reveladora y que, sin embargo, parece ser que no se le tradujo a Hitler. Acto seguido, César Vidal añade una anécdota significativa sobre la “firmeza” de Franco en Hendaya, el cual, “quizá en un último intento de causar buena impresión a los alemanes, se quedó de pie en la plataforma del vagón, cuadrado militarmente, con la portezuela abierta y saludando a Hitler. Y a punto estuvo de caer cuando arrancó el tren de no haberlo sujetado el general Moscardó, el Jefe de su Casa Militar”. Franco no cayó del tren, como tampoco lo hizo su dictadura tras la derrota de las potencias fascistas al final de la II Guerra Mundial, hecho imputable, en gran parte, a la actitud contemporizadora de las democracias occidentales.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 24 octubre 2021)

 

 

UN MUNDO MULTICENTRICO

UN MUNDO MULTICENTRICO

 

     Como señala Heinrich Kreft, en su estudio titulado Alemania, Europa y el auge de las nuevas potencias emergentes: los desafíos de un mundo multicéntrico, en los últimos años la globalización está modificando de forma paulatina pero inexorable el statu quo geopolítico y económico imperante desde el final de la II Guerra Mundial, desplazándose el centro de gravedad del Norte al Sur y de Occidente a Oriente. Es por ello que vivimos una época de cambios acelerados caracterizado por el ascenso de nuevas potencias emergentes y el relativo declive de Estados Unidos (EE.UU.), Europa y Japón y, en contraposición está surgiendo lo que ha dado en llamarse “un nuevo mundo multicéntrico”.

    La creciente implantación de este multicentrismo en el panorama internacional tiene varios perfiles: por un lado se habla de la “bipolaridad” entre EE.UU. y China, otros autores aluden al “siglo asiático” dado el auge de China e India, a los que habría que añadir, también, a Corea del Sur, Indonesia, Filipinas, Paquistán, Bangla-Desh o Vietnam, países estos últimos que resultan competitivos aunque ello se debe a sus muy bajos salarios y a sus penosas condiciones laborales y, sobre todo, se menciona cada vez más el creciente papel de los llamados “grandes países emergentes”, los llamados BRICS.

    La denominación BRICS es el acrónimo con el que se hace referencia, por este orden, a Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, los países emergentes de mayor pujanza económica y de creciente peso político en el panorama internacional ya que los referidos cinco países, suponen el 43% de la población mundial y el 20%, y subiendo, de la producción generada en nuestro planeta.

    Pero entre los BRICS, además del creciente auge de Rusia, impulsada por los sueños imperiales de Vladimir Putin, merece una mención especial el caso de China, dado que el gigante asiático puede convertirse en pocos años en la mayor economía mundial de un Estado no democrático, superando de este modo al liderazgo de Occidente, esto es, del eje EE.UU. – Unión Europea (UE). El imparable crecimiento de China logrado en estas últimas décadas, es fruto de un modelo de desarrollo y modernización de éxito, basado en su inamovible sistema de gobierno dictatorial y en un capitalismo de rígido control estatal, un modelo que combina el comunismo político con el capitalismo económico y que, los hechos lo demuestran, no tiene entre sus prioridades la democratización y la participación política de su ciudadanía.

     En este contexto cada vez más multicéntrico, la situación de la actual UE, liderada de forma destacada por Alemania, se ha reconfigurado. Y es que resulta indudable que, al igual que le ocurre a los EE.UU., a pesar de lo ocurrido con la reacción nacionalista durante los años del afortunadamente ya concluido mandato de Donald Trump (2016-2020), en el caso de Europa, y en concreto la UE, está perdiendo peso económico y político a nivel mundial, y de ello hay que ser consciente. Tal es así que, como indicaba el citado Heinrich Kreft, “entre las potencias en auge, Europa se percibe menos que nunca como modelo o socio fuerte sino como un continente ensimismado que va envejeciendo y perdiendo poder. Este hecho influye en socios tradicionales en África, América Latina y Asia Central, que se oriental cada vez más hacia China y otros países emergentes”.

    Así las cosas, Europa debe recuperar “sin demora” su capacidad de actuación y, por ello, tiene importantes tareas pendientes, de forma especial en lo que respecta a la UE tales como proseguir su integración política, acabar con sus déficits democráticos, impulsar la unión monetaria que se debe complementar con la unión económica y fiscal, culminar el mercado interior y lograr un mercado laboral más uniforme. En cuanto a la política exterior de la UE, si quiere continuar desempeñando en el futuro un papel configurador en el futuro mundo multicéntrico, necesita una fuerte política exterior y de seguridad común (PESC), una política común de seguridad y de defensa (PCSD) y un fortalecimiento del Servicio Europeo de Acción Exterior. Sólo de este modo, la UE será capaz de impulsar sus valores e ideales que, no lo olvidemos, siempre deben de ser el fomento de la democracia, el pluralismo, la buena gobernanza, el Estado de Derecho y el respeto permanente a los derechos humanos.

    Es verdad que, en la actualidad, nadie es capaz de saber si surgirá en un futuro inmediato un nuevo orden estable a nivel mundial, ni tampoco cuándo aparecerá ni cuáles serán sus características. Tampoco se puede aseverar que los BRICS se conviertan en “un nuevo bloque coherente”, puesto que siendo cierto que estos países emergentes contribuyen en su conjunto al declive del orden mundial surgido tras el final de la II Guerra Mundial y hasta ahora dominado por Occidente, por sus intereses contrapuestos no se hallan en situación, o tal vez no quieran participar de manera constructiva y coordinada, en la configuración del nuevo orden multicéntrico que se atisba en el horizonte.

    Frente a estas incertidumbres, sería deseable, a la vez que necesario, el reactivar el papel de la UE, bandera y garante de la libertad, seguridad y bienestar y su extensión y consolidación sin limitaciones fronterizas de signo nacionalista. Por ello, la política exterior de la UE debería de integrar estos valores en su relación con las nuevas potencias emergentes, valores que deben prevalecer por encima de intereses económicos y mercantilistas a la hora de regir la política exterior de nuestra Europa comunitaria.

 

   José Ramón Villanueva Herrero

   (publicado en: El Periódico de Aragón, 12 octubre 2021)