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Kiryat Hadassa: el blog de José Ramón Villanueva Herrero

Memoria histórica

AUSCHWITZ EN LA MEMORIA

AUSCHWITZ EN LA MEMORIA

 

     El 27 de enero de 1945, hace hoy 75 años, el ejército soviético liberó el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, exponente máximo de la barbarie criminal nazi, lugar donde fueron asesinadas en torno a 1.100.000 personas. El recuerdo de lo que supuso la tragedia sufrida en Auschwitz hizo que, tras el final de la II Guerra Mundial se establecieran unas nociones claves en torno a la memoria tales como el concepto mismo de memoria, la noción de víctima, el desarrollo de los derechos humanos, la cuestión de la culpabilidad alemana, la dimensión legal del recuerdo, el impulso de la idea de la justicia reparadora ante los crímenes contra la humanidad, entre ellos los genocidios, así como el inicio de la aplicación de la Justicia Penal Universal.

    Para recordar y educar a las nuevas generaciones sobre lo que supuso el Holocausto, la Shoah en hebreo, la ONU instauró en el año 2005 que el 27 de enero fuera declarado como Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, como un llamamiento al “deber de memoria”, asumiendo así el sagrado compromiso de recordar aquella inmensa tragedia, como una reflexión de lo que supuso aquel pasado trágico y, también, como una lección permanente para el futuro de toda sociedad que pretenda regirse por los valores de la democracia, la tolerancia y el respeto a la diversidad de las personas que la conforman.

     En este deber de memoria resulta fundamental hacer frente a cualquier tipo de negacionismo, esa hidra venenosa de indisimuladas simpatías neofascistas que, frente a las aplastantes evidencias históricas, pretende minimizar, negar e incluso justificar el Holocausto, máxime en unos momentos en que el auge de la extrema derecha está convirtiéndose en una seria amenaza para nuestros valores y convivencia democrática, aupada por su perversa manipulación de temas tales como la migración o la xenofobia. Y es que, las sociedades democráticas debemos defendernos, desde la legalidad, contra la expansión de este tipo de actitudes indeseables y ello exige hacerles frente en todos los terrenos, la justicia y la educación incluidas.

     En materia legislativa, la Ley 1/2015, de 30 de marzo, por la que se modifica la Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código Penal y en concreto de su artículo 607.2, aunque penaliza la incitación al genocidio, ha despenalizado la negación del mismo como consecuencia de la sentencia del 235/2007 del Tribunal Constitucional, lo cual, ciertamente, resulta un grave retroceso en estos tiempos de resurgir de los fascismos. De hecho, dicha sentencia, en opinión del magistrado del Tribunal Constitucional Pascual Sala, que en su momento emitió un voto particular, se fundamenta en la creencia errónea de que puede existir una negación “aséptica” del Holocausto, cuando la realidad demuestra que quien lo niega, continuará justificándolo o haciendo apología del mismo. Y es que, este negacionismo no es nunca un ejercicio académico fundado en la libertad de investigación histórica y expresión, es habitualmente un instrumento que sirve al fascismo y al antisemitismo puesto que quienes propagan la patraña de que el Holocausto no fue lo que dicen los historiadores y determinados tribunales, persiguen un propósito político y tienen una intención puramente racista que nada tiene que ver con las libertades públicas. Y es por ello que el negacionismo no debe ampararse en la libertad de expresión puesto que, como señala Alejandro Martínez Rodríguez, “hay interpretaciones de la historia que no se limitan a proponer otro punto de vista sobre los acontecimientos, sino que inciden en un ejercicio de olvido, son proyectos de negación y no sencillas relecturas subjetivas del pasado”. Y ello vale para analizar objetivamente todo tipo de genocidios, desde el sufrido por el pueblo armenio en 1915, el de los españoles leales a la República durante la Guerra de España de 1936-1939 y la posterior dictadura franquista, o la dramática situación del pueblo palestino en la actualidad.

     La mejor forma de combatir el negacionismo es contar la verdad y, para ello, el papel de la educación resulta fundamental. En este sentido, tanto la Unión Europea, como la OSCE o la ONU insisten en la necesidad de realizar programas de educación sobre el Holocausto “para transmitir a las nuevas generaciones la necesidad de combatir el odio y la intolerancia en todas sus formas” ya que no hay que trivializar el crecimiento de la xenofobia y el racismo en detalles tales como la encuesta elaborada en un ya lejano año 2008 por el Movimiento contra la Intolerancia según la cual el 15% de los adolescentes “echaría a los judíos de España”… aunque nunca hayan visto o conocido a ninguno, por puro prejuicio, o como las recientes postales navideñas enviadas por Vox Cádiz en las que ya no aparecía el rey (negro) Baltasar y todo ello nos recuerda, una vez más,  la necesidad de establecer una asignatura de Educación para la Ciudadanía en nuestro sistema educativo como eficaz dique contra estos prejuicios y actitudes.

     Por todo lo dicho, el Papa Juan Pablo II, natural de Polonia en donde tuvieron lugar los crímenes de Auschwitz, recordando estos hechos dijo: “Nadie puede pasar de largo ante la tragedia de la Shoah, aquel intento de acabar programadamente con todo pueblo se extiende como una sombra sobre Europa y el mundo entero; es un crimen que mancha para siempre la historia de la humanidad. Que sirva de advertencia para nuestros días y para el futuro: no hay que ceder ante las ideologías que justifican la posibilidad de pisotear la dignidad humana, basándose en la diversidad de raza, del color de la piel, de lengua o de religión”.  Todo un reto en estos tiempos convulsos pues, recordando a Marlene Dietrich cuando le preguntaron por qué era antifascista, ella declaró “simplemente, por decencia”.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 27 enero 2020

 

EL ESPECTRO DEL REVISIONISMO HISTÓRICO

EL ESPECTRO DEL REVISIONISMO HISTÓRICO

 

     Las recientes declaraciones del dirigente de Vox Javier Ortega Smith vejatorias contra la memoria de “Las 13 rosas”, llenas de perverso cinismo, son un ejemplo más de esa extrema derecha arrogante que agita con descaro el espectro del revisionismo histórico para ofrecernos una visión sesgada y falsa de nuestra historia.

    El revisionismo histórico, siempre vinculado a posiciones políticas de la ultraderecha, se inició en la Europa de posguerra y se caracteriza por una visión exculpatoria de la que supuso el nazismo, así como por minimizar la magnitud criminal del Holocausto, cuya misma existencia llega incluso a poner en cuestión: recordemos, por ejemplo, cuando hace unos años Jean Marie Le Pen aludió a las cámaras de gas como una “anécdota” de la II Guerra Mundial sin mayor importancia.  

     En el caso de España, el revisionismo histórico, como señalaba Jordi García Soler, se caracteriza por una abierta reivindicación del franquismo. De este modo, algunos historiadores, o mejor sería decir pseudohistoriadores, pretenden presentar al franquismo como un régimen autoritario, que no dictatorial, ocultando así el carácter fascista del mismo, un maquillaje intencionado de la dictadura mediante el cual ocultar los lados más negros, perversos y represivos del franquismo en la línea de los planteamientos expuestos en su día por el sociólogo Juan Linz. En este sentido, esta imagen “dulcificada” del régimen enlazaría con la idea de “apacible placidez” con la que se refería al franquismo Jaime Mayor Oreja, o la tan aireada “paz de Franco” de la que sienten nostalgia los sectores de la ultraderecha emergente de Vox o los contenidos de la página web de la Fundación Nacional Francisco Franco, tan contrarios a los valores democráticos y constitucionales.

     Otra de las ideas motrices del revisionismo militante y combativo es la de la visceral descalificación de lo que supuso la lucha antifranquista llevada a cabo desde posiciones políticas progresistas y de izquierdas. Y no sólo eso, sino que desde este revisionismo del que repetidamente han hecho gala, entre otros,  Pío Moa, César Vidal o Ricardo de la Cierva, pretende, además, cargar la responsabilidad de la Guerra de España de 1936-1939 no en quienes fueron sus inductores, los rebeldes golpistas, sino quienes fueron leales a la República, de ahí su empeño en considerar el inicio de la contienda en octubre de 1934, y no en el golpe militar de julio de 1936 auspiciado por militares felones contra la legalidad constitucional de la II República. Obviamente, el tema de la implacable represión franquista,  el régimen de terror instaurado por los rebeldes y que se prolongaría no sólo durante la guerra sino durante las cuatro largas décadas de la dictadura,  no figura en las páginas y en las prioridades de los revisionistas y, cuando lo hace, se alude a ella de forma tan hiriente como ofensiva: Ortega Smith declaró el 12 de abril pasado en Collado de Segura (Alicante) que los fusilamientos a que fueron sometidos los antifranquistas se realizaron “con amor”, mientras que el general retirado Manuel Fernández-Monzón se refirió a que el régimen condenó a muerte “a aquellos que se lo merecían”, minimizando tanto el volumen de las víctimas que  cuantificó “en no más de 3.000”,  Sin comentarios.

     En consecuencia, el revisionismo histórico hispano se basa no sólo en la aludida descalificación global del antifranquismo progresista y de izquierdas, sino, también en esa imagen dulcificada del franquismo, en una banalización de la dictadura de claro signo ideológico, a la vez que obvia cualquier crítica a los sectores políticos, económicos, culturales, religiosos o sociales que dieron apoyo a la dictadura o que, como mínimo, fueron muy complacientes con el régimen y del cual se beneficiaron.

     En este sentido, el resurgir de este revisionismo histórico en España es, en cierta medida, consecuencia de un grave error de nuestra democracia ya que, la tan excesivamente alabada y casi sacralizada Transición de la dictadura a la democracia, se basó en una amnistía política y en un ejercicio colectivo de desmemoria y amnesia ya que, pese a haber muerto el dictador, mucho de lo que política y sociológicamente supuso la larga dictadura franquista siguió latente, y lo sigue estando, en nuestra democracia y ello explica la arrogancia de este revisionismo filofranquista, el cual entraña, además,  un grave riesgo de intoxicación ideológica y de ahí el papel que estos temas están cobrando, tras la irrupción de Vox, en el tablero político español, o como está quedando patente por las campañas tendentes a impedir la exhumación del general Franco del Valle de los Caídos, toda una provocación para nuestra democracia y para el correcto cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica.

     Este es el panorama que pretenden presentar los revisionistas y sus entusiastas partidarios de la ultraderecha, aficionados últimamente al empleo de un lenguaje cada vez más bronco y ofensivo. Y es que este revisionismo histórico, demostrada su nula voluntad para plantear un enfoque crítico, honesto y veraz de la historia, nos ofrece a cambio una visión tendenciosa y sectaria de la misma, en la línea de lo que el historiador Alberto Reig Tapia calificaba, con acierto y de forma despectiva, como “historietografía”, un espectro perverso que, como demócratas, debemos siempre rechazar.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 14 octubre 2019)

 

 

UN DICTADOR, DOS GENOCIDIOS

UN DICTADOR, DOS GENOCIDIOS

 

     Hasta ahora siempre se decía que el general Franco fue cómplice pasivo de la deportación de los republicanos españoles a los campos de exterminio nazis, pero Carlos Hernández de Miguel en su libro Los últimos españoles de Mauthausen. La Historia de nuestros deportados, sus verdugos y sus cómplices (2015), demuestra con pruebas documentales que “Franco fue el principal responsable de lo ocurrido. No fue un cómplice necesario, fue el instigador de todo”. Y es que su “relación privilegiada” con el Reich hitleriano la aprovechó para eliminar, como ya estaba haciendo en España de forma sistemática, a los que consideraba como “rojos peligrosos”, aquellos que habían sido capturados por el ejército alemán tras la invasión de Francia en 1940, los cuales, tras desposeerlos de la nacionalidad española, serían posteriormente deportados en condición de apátridas, sellando así su fatal destino con la mirada complaciente del dictador, la mayor parte de ellos en Mauthausen-Gusen. Según Carlos Hernández, la responsabilidad de Franco fue evidente puesto que “Hitler jamás habría deportado a un solo ciudadano español sin antes consultarlo con Franco”.

     Además de Franco, esta tragedia tiene otros culpables y verdugos y como tales deben pasar a la historia, en unos momentos en que en plena II Guerra Mundial, el régimen no ocultaba sus delirios filonazis. Este es el caso de Ramón Serrano Suñer, ministro de Asuntos Exteriores que, tras su visita a Berlín en octubre de 1940, permitió a los nazis la deportación de los republicanos españoles a los campos de la muerte, labor que continuaría Francisco Gómez Jordana, su sucesor al frente de la diplomacia franquista durante 1942-1944, ambos con la colaboración de destacadas figuras del régimen como el general Eugenio Espinosa de los Monteros, embajador en Berlín entre 1940-1941, el mismo que había firmado las sentencias de muerte de “Las Trece Rosas” en agosto de 1939,  o José María Doussinague Teixidor, Director General de Política Exterior del Ministerio de Asuntos Exteriores.

      Además del genocidio al que fueron sometidos los republicanos, dentro y fuera de España, Franco fue culpable del que se cometió contra la población judía sefardí, a la cual se negó a salvar de la barbarie nazi. Asì, Eduardo Martín de Pozuelo en su libro El Franquismo, cómplice del holocausto (2015), documenta algunos episodios desconocidos de la dictadura tales como que Franco recibió por parte de Alemania reiteradas ofertas para entregarle a los judíos de nacionalidad española durante los años 1942-1943, propuesta que les hubiera salvado de los campos de exterminio, la cual se mantuvo, incluso, tras la siniestra Conferencia de Wansee (20 enero 1942) en la que los jerarcas nazis acordaron la “Solución final del problema judío” que daría inicio al Holocausto. Martín de Pozuelo señala que, ante esta oferta ilimitada y continua en el tiempo, los nazis se sorprendieron de las continuas negativas del Gobierno franquista, el cual mostró una absoluta frialdad e indiferencia ante estos grupos de judíos que estaba en su mano salvar. Tal es así que el régimen, por medio de José María Doussinague, el principal interlocutor en esta materia entre franquistas y nazis, haciendo gala de un filonazismo rebosante y de un rabioso antisemitismo, le manifestó a Hans-Adolf von Moltke, el embajador alemán en Madrid, que “si los judíos son enemigos de Alemania, los judíos son por tanto enemigos de España”, remachando su negativa diciendo que, en caso de autorizarse la repatriación de estos judíos, “una vez en España, se pondrían al lado de los aliados, de las democracias y por lo tanto en contra de nuestro régimen”, lo cual suponía, como recordaba Martín de Pozuelo, “un claro alineamiento” del franquismo con las potencias del Eje, al margen de su pretendida neutralidad. En consecuencia, el embajador von Moltke informó el 23 de febrero de 1943 a Berlín de su conversación con Doussinague en la que éste le dijo claramente que “El Gobierno español ha decidido no permitir en ningún caso la vuelta a España a los españoles de raza judía que viven en territorios bajo jurisdicción alemana”.

     Pero la mezquindad del régimen fue todavía mayor si tenemos presente que, tras abandonarlos a su suerte, el franquismo pretendió apropiarse de los bienes de los judíos sefardíes españoles. Así, el 25 de marzo de 1943, el ministro Gómez Jordana remitió un Oficio al Ministerio de Asuntos Exteriores alemán solicitando su intervención ante las de ocupación germanas en Francia, Bélgica y Holanda para pedirles que “los bienes de los judíos españoles dejados atrás al salir de éstos países”, deberán “ser administrados por los cónsules españoles o representantes de España y tienen que quedarse en su posesión por tratarse de bienes de súbditos españoles y por lo tanto ser un bien nacional de España”.

    Posteriormente, la responsabilidad moral, política y criminal de Franco y su régimen con el Holocausto intentó ser maquillada por la meritoria labor humanitaria llevada a cabo por algunos diplomáticos españoles, siempre por iniciativa propia y contradiciendo las directrices oficiales que les instaban a “no interferir” en el genocidio judío, como fue el caso de los aragoneses Ángel Sanz Briz en Budapest, Sebastián Romero Radigales en Atenas, o el caso de Juan Palencia en Bulgaria, siendo éste último represaliado posteriormente por el régimen por conceder visados a judíos sin tener en cuenta su origen, actitud que justificó  “porque los estaban matando”.

     De lo que no cabe duda es que este es el trágico relato de cómo el franquismo fue el culpable y actor necesario de dos genocidios, el cometido contra los republicanos, dentro y fuera de España, y el del pueblo judío, dos hechos que le llenarán para siempre de oprobio y que siguen sin ser juzgados con arreglo a la legislación penal internacional.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 27 agosto 2019)

 

 

 

 

 

PRIMO LEVI, EN SU CENTENARIO

PRIMO LEVI, EN SU CENTENARIO

 

     Hoy, 11 de julio de 2019, se recuerda el centenario del nacimiento de Primo Levi (1919-1987), escritor y pensador italiano, judío de origen sefardí, considerado el precursor de la literatura y la memoria histórica del Holocausto (“Shoah”, en hebreo).

      La vida de Levi, un joven químico de Turín integrado durante la II Guerra Mundial en el grupo partisano “Justicia y Libertad”, quedó marcada para siempre tras su paso por los campos de exterminio nazis. Capturado por la Milicia Fascista mussoliniana en diciembre de 1943, tras permanecer detenido en el campo de concentración para judíos italianos de Fossoli para ser posteriormente deportado a Auschwitz, el más siniestro de los campos de exterminio hitlerianos, donde permaneció hasta la liberación del mismo por el Ejército soviético en enero de 1945. De los 650 judíos italianos (“piezas”, en la terminología nazi) que fueron deportados en el mismo convoy que Levi, sólo sobrevivieron cuatro personas.

    El inmenso drama de barbarie que supusieron los campos del exterminio del nazismo, vividos y sufridos por Levi en primera persona, lo plasmó en su libro Si esto es un hombre (1947), al cual seguirían La tregua (1963) y Los hundidos y los salvados (1987), obras éstas que conforman una excepcional trilogía para recordar y dignificar a las víctimas de la barbarie nazi. Es por ello que su libro Si esto es un hombre es una obra fundamental de la literatura contemporánea, una de las publicaciones más importantes del s. XX, la cual ha tenido múltiples ediciones en diversos idiomas y ha sido objeto de varias versiones radiofónicas y teatrales.

     Ciertamente, en estos momentos donde se observa con preocupación, también en España, el auge de movimientos xenófobos, racistas de signo inequívocamente fascista, resulta una lectura recomendable. Debemos de señalar, de entrada, que el libro en el que relata su período como deportado en Auschwitz, y que Matías Bausa calificó como “descarnado, honesto y conmovedor”, no añade nada nuevo en lo referente a los detalles atroces que caracterizaban a los campos de exterminio nazis sino que, como Levi indica, el objeto de su obra era “proporcionar documentación para el estudio sereno de algunos aspectos del alma humana” en situaciones límite como las que existían en Auschwitz. Y es que no había palabras para expresar lo que Levi denomina como “la destrucción del hombre”, el trato brutal al cual eran sometidos las prisioneros considerados como “infrahumanos” por los nazis (judíos, gitanos, eslavos), su explotación sistemática y cruel, su muerte programada con una frialdad y metódica precisión (Levi nos recuerda que, Auschwitz logró la “horrenda primacía” entre todos los campos de exterminio al lograr la enorme cifra de “24.000 muertos en un solo día en agosto de 1944”. Una frase del libro resume la destrucción física y anímica del ser humano a manos del nazismo: “hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse: una condición humana más miserable no existe, y no puede imaginarse”.

     A lo largo del libro se alude a diversos personajes y grupos de deportados: habla con emoción de los judíos griegos deportados de Salónica (admirables, tenaces y solidarios), muchos de ellos con seculares raíces que se remontaban a los judíos expulsados de Aragón en 1492; recuerda la llegada masiva de deportados húngaros durante la primavera de 1944, momento en el cual el diplomático zaragozano Ángel Sanz Briz intentaba desesperadamente salvar a la comunidad sefardí de Budapest. Con profunda emoción alude Levi a algunos presos que, en medio de aquel infierno, supieron mantener la dignidad humana, sobreponiéndose a tanta depravada deshumanización. Este fue el caso de “Lorenzo”, que salvó la vida de Levi y que “con su manera tan llana y fácil de ser bueno, que todavía había un mundo justo y fuera del nuestro, algo y alguien todavía puro y entero, no corrompido ni salvaje, ajeno al odio y al miedo”.

     Y, sin embargo, en este libro no hay ningún poso de odio, Primo no es rehén de un rencor que lo atenace, tampoco de un espíritu de venganza, pero, en cambio, deja clara su decidida voluntad de contar lo sucedido, de transmitirlo. Primo Levi se erige en testigo, no quiere olvidar, porque siente el profundo deber moral de dar voz a los que ya no lo pueden contar. Alguien dijo de esta obra que es un libro imprescindible para entender un tiempo inentendible, un tiempo feroz y sin lógica y por ello que se trata de una obra maestra de la literatura y, también de la ética y la memoria, todo ello escrito con un lenguaje natural pues, como decía Levi, “no había necesidad de subrayar el horror. El horror estaba allí”.

      Es importante señalar que Si esto es un hombre es un libro incluido desde hace años en los contenidos didácticos del sistema educativo de Italia, destinado a la educación cívica de los escolares. Por esta razón, en 1976 Levi le incorporó un apéndice en el cual recogía las preguntas y respuestas más habituales que los estudiantes le fueron haciendo durante años en relación a la tragedia de la Shoah. En dicho apéndice trata temas como su rechazo a odiar a Alemania y los alemanes por sus crímenes, lo cual no supone que conceda un “perdón indiscriminado” hacia los culpables. Frente a los que maquillan la tragedia en base a teorías negacionistas y revisionistas afines al neofascismo, afirma que el pueblo alemán sabía que se estaba perpetrando un genocidio de inmensas proporciones y, por ello, lo considera “plenamente culpable” ya que, “quien sabía no hablaba, quien no sabía no preguntaba, quien preguntaba no obtenía respuesta”. Alude también a la dificultad de huir y de efectuar rebeliones masivas en los campos de exterminio (pese a que las hubo en Treblinka, Sobibor, Birkenau o el “ejemplo de extraordinaria fuerza moral” del levantamiento del guetto de Varsovia); analiza el odio fanático del nazismo para con los judíos, o el eterno dilema de los supervivientes entre olvidar la tragedia o recordarla para mantener viva su memoria. En este sentido, Levi no quiere venganza ni tampoco olvido, sino tan sólo justicia y memoria y por ello, es claro y contundente ya que nos recuerda que “meditar sobre lo que pasó es deber de todos”.

     Tras reconocer que sin la dramática experiencia de Auschwitz el químico Levi es muy probable que nunca se hubiese dedicado a la literatura (que le hizo merecedor de varios premios y ser candidato al Nobel) y a la defensa de la memoria histórica, admite que sobrevivió porque tuvo suerte y voluntad, ya que pudo sustraerse a aquella “total humillación y desmoralización que condujo a muchos al naufragio espiritual” y pudo seguir siendo un hombre, mantuvo su dignidad y valores.

     La gran obsesión de Levi fue combatir el fantasma del olvido, la perversa intención de olvidar aquella página negra de la historia de la Humanidad. Por ello su permanente insistencia en transmitir su experiencia, recuperarla para la conciencia colectiva de las nuevas generaciones, para que nadie olvide, para que, en nuestra agitada Europa de este incierto comienzo del S, XXI ,no vuelvan a resurgir aquellos funestos fantasmas que propiciaron el mal absoluto que fue el nazismo.

     Levi no fue un historiador, ni lo pretendió ser, fue un testigo que relata los hechos para que la memoria permanezca viva en las generaciones futuras. Por ello, sentó las bases del testimonio, ya que fue un pensador a partir del cual se empezaron a elaborar las teorías filosóficas y educativas en relación a la Shoah, el papel y la necesidad del testigo en la historia para que el lector tome conciencia de la barbarie fascista, lo condene y actúe cimentando la sociedad sobre los valores del respeto y la libertad. Es por ello que, como indica en el libro, utilizó “el lenguaje mesurado y sobrio del testigo; no el lamentoso lenguaje de la víctima ni el iracundo lenguaje del vengador: pensé que mi palabra resultaría tanto más creíble cuanto más objetiva y menos apasionada fuese; sólo así el testigo en un juicio cumple su función, que es la de preparar el terreno para los jueces: los jueces sois vosotros”.

     Esa es la fuerza moral, el impulso ético y la necesidad de mantener siempre viva la memoria histórica. Por ello este libro lo siguen estudiando los escolares italianos porque, como pensaba Levi, sólo la educación cívica de la juventud será la mejor garantía para salvaguardar los valores democráticos y evitar en un futuro tragedias como la Shoah, Gernika, Sarajevo, Rwanda o tantas otras.

    Por ello, 32 años después de su muerte y en esta fecha en las que se recuerda el centenario de su nacimiento, Primo Levi sigue vivo en la memoria y la lectura de Si esto es un hombre (y el estremecedor poema que da título al libro), es un buen homenaje para aquel judío italiano de origen sefardí que nos compromete en el permanente deber ético de la defensa de la memoria democráticay la dignidad humana frente a todo tipo de fascismo.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 12 julio 2019)

 

 

 

 

 

 

 

EL 8 DE MAYO, UNA FECHA A RECORDAR

EL 8 DE MAYO, UNA FECHA A RECORDAR

 

     El día 8 de Mayo se celebra en varios países europeos el Día de la Victoria en recuerdo del triunfo de las fuerzas aliadas frente a las potencias nazi-fascistas en la II Guerra Mundial. Este mismo hecho, que en la Rusia heredera de la  URSS y en otros países del antiguo bloque soviético se conmemora el día 9, responde al sagrado deber de recordar el significado de la victoria frente al Eje liderado por la Alemania nazi, la encarnación del mal absoluto, la barbarie uniformada, la culpable de conducir a la Humanidad a la más devastadora guerra conocida, la cual ocasionó una inmensa secuela de destrucción y casi 62 millones de muertos.

     El el combate contra el fascismo, los exiliados republicanos españoles escribieron páginas memorables, reanudando la misma lucha que habían iniciado unos años antes en defensa de la República contra el brutal embate de los militares insurrectos. Los llamados « rojos españoles » combatieron en todos los frentes y bajo todas las banderas, sumándose a grupos guerrilleros antifascistas o bien alistándose en los ejércitos aliados. Desde Narvik (Noruega) a Camerún y Níger ; desde Chad hasta los desiertos africanos de Egipto, Libia, Túnez o Argelia en donde lucharon en las unidades del VIII Ejército británico de Montgomery, en la Legión Extranjera de la Francia Libre y hasta en las fuerzas de los EE.UU; desde las playas de Normandía (en donde desembarcaron encuadrados en la División Leclerc) hasta la inmensa URSS, combatiendo en los frentes de Leningrado, Moscú, Stalingrado o el Caúcaso, los españoles lucharon con coraje, enarbolando la bandera republicana, la bandera de la libertad frente al fascismo.

     Pese a todo lo dicho, fue en la vecina Francia, en la Francia derrotada por la máquina militar hitleriana en 1940, donde la actuación de los combatientes republicanos españoles fue más destacada. De hecho, más de 20.000 compatriotas nuestros participaron en la liberación de Francia encuadrados en las Forces Françaises de l’Intérieur (FFI), a través de la Agrupación de Guerrilleros Españoles (AGE) afín al PCE o de los combatientes de la Agrupación Democrática Española (ADE), mayoritariamente anarquistas y socialistas. Además, se estima en unos 60.000 los españoles que participaron de forma activa en la Resistencia : sólo en la ciudad de París, se cifraban en torno a 4.000 el número de los resistentes republicanos antifascistas. Recordemos que los primeros blindados de la famosa IX Compañía del Regimiento del Chad, « la Nueve », mayoritariamente compuesta por españoles, de la II Divisón Leclerc que liberaron París, llevaban las banderas tricolores en sus torretas y los nombres de batallas de nuestra guerra civil pintados en sus blindados como «Teruel », « Belchite », « Madrid », « Jarama », « Ebro », « Gernika », « Guadalajara », « Brunete » o « Don Quijote », este último llamado asi, según Federico Moreno, jefe de sección de « la Nueve », como era conocida popularmente esta unidad militar, « por ser el papel que estamos desempeñando nosotros [los republicanos] desde que salimos de nuestra tierra ».

    Además de la participación de nuestros compatriotas en los combates para la liberación de París, Toulouse, Burdeos, Nantes, Rennes, Saint-Étienne, Lyon, Grenoble o Marsella, debemos recordar el decisivo papel desempeñado por los antifascistas españoles en la liberación del sur de Francia durante el verano de 1944. Fueron ellos los que arrebataron a los nazis toda la zona pirenaica francesa sin necesidad de intervención militar aliada : republicanos españoles fueron los liberadores de multitud de ciudades y pueblos del sur de Francia, en ocasiones, tras derrotar a importantes contingentes de tropas nazis, tal y como ocurrió en la batalla de La Madelaine (22 agosto 1944).

     A modo de ejemplo, aludamos a lo ocurrido en el valle francés de Aspe, que se extiende desde el puerto del Somport hasta la ciudad de Oloron-Sainte Marie. Aunque incialmente se hallaba en el territorio del État Français, el régimen pronazi de Vichy, fue invadido en noviembre de 1942 por las tropas hitlerianas, por lo que quedó integrado en la llamada « área vedada » que discurría a lo largo de la frontera franco-española. En el valle de Aspe, los combates entre petainistas y nazis frente a los maquis españoles fueron constantes durante estos años, logrando de éste modo los republicanos, no sólo liberar las principales poblaciones del valle como Bedous, sino obtener la rendición de la guarnición nazi del Fort du Portalet, en las cercanías de Urdos.

    El heroísmo de los republicanos regó con su sangre la libertad de los valles pirenaicos franceses limítrofes con Aragón. Testigos de todo ello son los monumentos que en honor de los españoles muertos por la libertad de Francia se levantan en Lhées-Athás, Etsaut u Oloron. En esta última población, el Monumento a la Resistencia y a la Deportación está plagado de mártires de la libertad con apellidos españoles como Arbués, Duaso, Galarza, Larraz, Regueiro, Sánchez, Soguero, Fontán o Herrer. Lo mismo podemos decir de los aragoneses que yacen en el cercano cementerio republicano del Campo de Concentración de Gurs, en el de Lurbe-Saint Christau,  o los 17 españoles asesinados por los nazis en Buziet, en el cercano valle de Ossau en julio de 1944, en cuyo memorial tiene lugar todos los años una ceremonia de recuerdo y homenaje. Son sólo unos ejemplos, no todos, del testimonio dejado por nuestros compatriotas en la lucha contra el fascismo en un valle pirenaico francés, al igual que ocurrió a lo largo de todo el territorio galo durante la II Guerra Mundial. Como recordaba Roy-Tanguy, dirigente del PCF, exbrigadista en la Guerra de España y jefe de la insurrección parisina contra la ocupación nazi, en más de 50 departamentos, « los combatientes españoles formaron valerosas unidades de la Resistencia francesa », razón por la cual, añadía, « no hay una gran ciudad en esos departamentos, y en primer lugar en París,  que no tenga una deuda de reconocimiento hacia esos hijos y esas hijas de España ».

      A todos ellos, en estos días en que la fiesta del 8 de Mayo celebra la victoria aliada, debemos también recordarlos pues ello, es otro capítulo más de nuestra memoria histórica colectiva que debemos no sólo recuperar sino, también, dignificar por su ejemplo y sacrificio para las generaciones futuras. A estos combatientes republicanos que lucharon, murieron y yacen en tantos países distintos, José María Valente los recordaba así : « No reivindicaron más privilegio que el de morir, para que el aire fuera más libre en las alturas, y más libres los hombres ». Por ello, en memoria de aquel 8 de Mayo de 1945 que liberó a Europa (que no a España) del fascismo, debemos recordar siempre con emoción, orgullo y dignidad a nuestros compatriotas, a nuestros combatientes republicanos españoles.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en : El Periódico de Aragón, 10 mayo 2019)

 

 

 

 

 

VERDAD Y MEMORIA FRENTE A VISCERALIDAD

VERDAD Y MEMORIA FRENTE A VISCERALIDAD

 

     En los momentos actuales, ante la irrupción en el panorama político de peligrosos populismos derechistas de corte autoritario, cuando no abiertamente fascistas que apelan a las pasiones y a la visceralidad en sus mensajes políticos, resulta más necesario que nunca que los sectores progresistas reafirmen su defensa de los valores de la memoria democrática que, a fecha de hoy, sigue siendo una deuda pendiente para la sociedad española.

    Estamos en unos momentos de especial intensidad política, con un denso calendario electoral en el horizonte inmediato y ante el cual resulta vital hacer frente una creciente ola de involución derechista, como está dejando patente el caso de Vox, que se ha ido rearmando ideológicamente en diversas fuentes doctrinales tales como un autoritarismo de raíces (mal disimuladas) franquistas y también, no lo olvidemos, a través de un revisionismo histórico carente de metodología y objetividad, con el cual pretende inculcar su peculiar, parcial e interesada visión del mundo.

   No es ajena a esta ofensiva neoconservadora la aparición de una tendenciosa reinterpretación de la historia reciente, una descarada tergiversación de la realidad histórica con una carga ideológica profundamente conservadora, por no decir reaccionaria, puesta al servicio, como siempre, de los intereses materiales e ideológicos de los poderosos. Los ejemplos son abundantes: desde el revisionismo histórico enarbolado en su día por historiadores como Luis Suarez, Ricardo de la Cierva o César Vidal, hasta el más recientemente caso de Stanley G. Payne con su última obra titulada La revolución española 1936-1939. Estudio sobre la singularidad de la guerra civil (2019), donde hace una muy cuestionable interpretación de los hechos ocurridos en aquellos años trágicos de nuestra historia reciente, comenzando por negar la condición de golpe de Estado a la rebelión facciosa del 18 de julio de 1936. Y qué decir de otros aprendices de historiador como el polémico Pío Moa o el de Fernando Paz, defensor del negacionismo ante la tragedia del Holocausto, algo que en otros países como Alemania sería un delito, ejemplo último de ese tropel de escritores y polemistas que, como diría el prestigioso politólogo e historiador Alberto Reig Tapia, se dedican a hacer lo que él denomina una “historietografía” de indudable aroma reaccionario.

     En este sentido, la ofensiva de los activistas del revisionismo histórico transciende del ámbito histórico para ir calando en el campo de la clase política conservadora española como es el caso de Pablo Casado cuando desdeña la voluntad del Gobierno de exhumar al general Franco del Valle de los Caídos, o las desafortunadas y ofensivas declaraciones de la senadora del PP Esther Muñoz al criticar el que el Gobierno dedicase fondos para “desenterrar unos huesos”, en alusión a las víctimas del franquismo que yacen, todavía, en las fosas de la infamia, lo cual retrata el interés que suscita en gran parte de la derecha española la cuestión de la memoria democrática. Ante actitudes como las de Casado o Muñoz, me viene a la memoria aquella afirmación de Manuel Azaña que decía que en España arraigaban con mayor fuerza las estupideces que las acacias.

    La carga ideológica que conferimos a las palabras puede, pues, articular el diálogo y la convivencia entre modelos políticos y sociales distintos, pero, cuando se llenan de tendenciosidad y engaño, se convierten en barreras infranqueables, en simas profundas que alejan a las personas, los territorios y los modelos de convivencia social. Por ello es tan importante mantener una actitud abierta, honesta, dialogante y objetiva a la hora de analizar nuestra historia y la necesidad de extraer lecciones positivas que nos sirvan, a todos, para cimentar una sociedad basada en el diálogo cívico, el respeto a la diversidad y no en odios atávicos o en mentiras y falsedades interesadas, especialmente en temas tan sensibles como es el caso de la memoria democrática, una cuestión que, a fecha de hoy, todavía no ha aceptado plenamente la derecha política española y que, por ello, sigue estando bastante descentrada, más aún tras la irrupción y la competencia electoral de Vox, opción política cargada de mensajes reaccionarios y revisionistas desempolvados de un pasado que creíamos superado.

    Por todo ello, el debate profundo de ideas que debe caracterizar a toda sociedad democráticamente madura, no puede quedar desvirtuado por la utilización perversa del lenguaje y de la historia colectiva máxime cuando ello es alentado desde una pasional y demagógica visceralidad y, en consecuencia, hacerle frente supone todo un reto para historiadores, políticos y, desde luego, para el conjunto de todos nosotros, los ciudadanos de esta nuestra España plural.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 26 marzo 2019)

 

 

 

 

 

 

EL VERDADERO SIGNIFICADO DE CUELGAMUROS

EL VERDADERO SIGNIFICADO DE CUELGAMUROS

 

     Nos hallamos en pleno debate político y ciudadano en torno a la exhumación del general Franco de la Basílica del Valle de los Caídos, del panteón de Cuelgamuros, edificio del Patrimonio Nacional en el que por espacio de más de 4 décadas se ha seguido honrando la memoria del dictador, un lugar de exaltación ostentosa del franquismo. Por ello debemos manifestar nuestro total rechazo a todos los intentos que, desde diversos ámbitos, han pretendido (y siguen pretendiendo) maquillar el mausoleo del dictador como “un lugar de reconciliación, unidad, paz y hermandad de todos los españoles”, algo tan dañino y falso para nuestros valores democráticos como los intentos de políticos de la vieja y nueva derecha, Pablo Casado o Albert Rivera, que insisten en “pasar página” sobre este tema, un tema de tanta importancia, simbolismo y justicia, por lo que resulta relevante el hecho de que el Gobierno de Pedro Sánchez se decidiera a exhumar (por fin)  los restos del general genocida.

     Pero si queremos conocer el verdadero significado, la auténtica razón de ser de Cuelgamuros, debemos leer con detalle el discurso pronunciado por Franco en la inauguración de tan faraónica obra, inauguración que, simbólicamente, tuvo lugar el 1º de abril de 1959, el “día de la Victoria”, en la terminología del régimen. Pese a haber pasado ya 20 años desde el final de la guerra, el discurso estuvo plagado de toda la retórica fascistoide de la dictadura. Varias ideas aparecen de forma repetitiva de aquel discurso que Franco calificó como lleno de “fuerza” y de “emotividad”.

    En primer lugar, Franco dejaba claro, por si quedaba alguna duda, que la construcción de Cuelgamuros era un homenaje a la memoria permanente de “nuestros Caídos” (con “C” mayúscula), expresión que se repite en varias ocasiones. En consecuencia, el general  tuvo un recuerdo para los combatientes del bando rebelde que murieron “con la sonrisa en los labios”, para los miembros de la Guardia Civil, para los caídos en “las cruentas batallas libradas contra las Brigadas Internacionales”, a las cuales, añade seguidamente, los rebeldes les hicieron “morder el polvo de la derrota”, mencionando igualmente a sus soldados, a aquellos que “sucumbieron a los rigores de los durísimos inviernos” o que “se vieron mutilados al helarse sus extremidades bajo los hielos de Teruel”. Tampoco olvidaba Franco a aquellos otros “caídos” civiles, recordando la “serenidad estoica de los mártires frente al fatídico paredón”, y esto lo decía el dictador obviando que el franquismo llevaba 23 años fusilando sin compasión y con mentalidad genocida, a todos sus adversarios políticos.

     Y junto a los “caídos por la Patria”, Franco aprovechó acto seguido para exaltar la memoria de los “mártires” de la persecución religiosa desatada durante la contienda: a los “sacerdotes martirizados”, a “tantísimas mujeres piadosas que sólo por serlo atrajeron las iras y la muerte de las turbas desenfrenadas” o la zozobra de los perseguidos “arrancados del reposo de sus hogares en los amaneceres lívidos por cuadrillas de forajidos para ser fusilados”. Como vemos, ni una sola mención, 20 años después del final de la guerra, a la reconciliación con la otra mitad de España, la que fue leal a la República, la que fue vencida, reprimida y humillada.

     La segunda idea esencial del discurso de Franco era la de la reafirmación de “la Victoria” (con “V” mayúscula) y la calificación de ésta como “Cruzada”, por lo que la guerra era, para el dictador, un ejemplo de “heroísmo” y “santidad”. Y más aún, Franco, instrumentalizando la religión al servicio del régimen, algo a lo que se sumó la Iglesia con fervoroso entusiasmo, llega a afirmar que sus victorias en el campo de batalla tuvieron mucho de “providencial” y “milagroso”.

    Estas dos ideas (homenaje y memoria a “nuestros Caídos” y rememorar la victoriosa “Cruzada”), son las razones que arguye para dar razón de ser a Cuelgamuros ya que todo ello “justificaría esta obra de levantar en este valle ubicado en el centro de nuestra Patria un gran templo al Señor, que expresase nuestra gratitud y acogiese dignamente los restos de quienes nos legaron aquellas gestas de santidad y de heroísmo”. 

    Como vemos, en el espíritu del dictador no tenía cabida la idea de la reconciliación, máxime cuando el odio acervo hacia los vencidos, hacia los que seguía calificando de la “anti España”, seguía tan intenso como siempre, como si todavía los estuviese combatiendo en los campos de batalla de aquella España cainita que desoyó la petición de “Paz, piedad y perdón” lanzada por el presidente Manuel Azaña en los momentos finales de la agonía de la República. Y más aún, advierte a aquellos que seguían sus consignas con la consabida “adhesión inquebrantable” de que “la anti España fue vencida y derrotada, pero no está muerta” que “la lucha del bien con el mal no termina por grande que sea la victoria”, y ese “mal”, ese “enemigo que no descansa”, llega a ser equiparado con el “diablo”.

    Este fue, en su origen y en el tiempo el verdadero espíritu de Cuelgamuros, el mismo que quieren perpetuar los nostálgicos del franquismo en nuestros días. Este espíritu fascista ni siquiera pudo ser maquillado por el Decreto Ley de 23 de agosto de 1957, mediante el cual se creó la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos y que hizo que fueran llevados a Cuelgamuros los restos de víctimas republicanas (sin el conocimiento ni autorización de sus familias) como símbolo de una pretendida “reconciliación” que nunca fue. Y es que, como señalaba Belén Moreno, esto no fue más que un intento propagandístico del régimen para transmitir una falsa imagen de reconciliación con la cual ganarse la simpatía de las democracias occidentales.

     Por todo lo dicho, nada mejor que recordar este discurso inaugural de Franco para dejar claro que Cuelgamuros, desde su origen, tuvo un claro significado político, cargado de ideología fascista y espíritu revanchista y por ello resulta inaceptable para cualquier democracia que se precie de serlo.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 26 agosto 2018)

 

 

EL ESPIRITU SAMURAI DE MILLÁN-ASTRAY

EL ESPIRITU SAMURAI DE MILLÁN-ASTRAY

 

     La figura del general José Millán Astray (1879-1954) ha sido noticia en estas últimas fechas por dos noticias relacionadas con este militar franquista y que han puesto de actualidad, cual, si del retorno de un espectro del pasado se tratara, a quien fue el fundador de la Legion española.

    La primera de ellas se refiere a la denuncia presentada por la Plataforma Patriótica Millán Astray que agrupa a exmiembros de la Legión, y la posterior sentencia del pasado 31 de mayo del Juzgado de lo Contencioso Administrativo nº 7 de Madrid que obligaba al Ayuntamiento de Madrid presidido por Manuela Carmena a mantener la denominación de la calle que recordaba a dicho general y que había sido suprimida por la corporación madrileña con arreglo a la correcta aplicación de la vigente Ley de Memoria Histórica. Dicha Plataforma llegó hasta el punto de presentar una denuncia policial contra la retirada de la placa de dicha calle, hecho éste que calificaba como “un delito de odio” y de “prevaricación”. Sin comentarios.

     La segunda noticia tiene que ver con las amenazas vertidas por la citada Plataforma Patriótica contra Alejandro Amenábar por el rodaje de su película Mientras dure la guerra, en la cual relata los últimos 6 meses de la vida de Miguel de Unamuno, desde el triunfo del golpe militar del 18 de julio de 1936, que inicialmente apoyó, hasta su muerte el 31 de diciembre de aquel trágico año. En dicho período se hace referencia al célebre encontronazo habido entre el intelectual vasco y el general Millán Astray en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de aquel  sangriento “I Año Triunfal” de los rebeldes y en el que, ante el grito de Millán Astray de  “¡Viva la muerte!, ¡Abajo la inteligencia!”, Unamuno, tras definir ese bramido de “necrófilo e insensato grito”, respondió con un premonitorio “Venceréis pero no convenceréis”, incidente éste al que la asociación de ex legionarios no sólo niega su veracidad sino que califica como producto de una “burda propaganda frentepopulista” (¡!),  a la vez que dejaban patente su preocupación de que Amenábar “persista en los viejos topicazos contra el fundador de la Legión”: una vez más, la libertad de expresión se ve amenazada por las presiones y la agresividad verbal de los grupos intolerantes.

     La figura de Millán Astray no cabe duda que está siendo de actualidad, al igual que otros personajes vinculados a la dictadura franquista siguen pesando, como una losa, sobre la memoria y la normalidad democrática española: recordemos la Querella 4591/2010 interpuesta ante los tribunales de justicia de la República Argentina con objeto de investigar los crímenes franquistas y sus responsables sean sancionados penalmente o el caso del torturador Antonio González Pacheco, más conocido como “Billy el Niño”.

     Dicho esto, quisiera hacer mención a un aspecto poco conocido de la biografía de Millán Astray cuál era su admiración por el militarismo japonés. Eran los años en que, tras la victoria militar de los rebeldes franquistas en los campos de batalla y con el mundo sumido en el fragor de la II Guerra Mundial, la euforia delirante del régimen ante las victorias de las potencias del Eje en Europa y más tarde en el Pacífico, le hicieron soñar con seguir la estela triunfal de las potencias fascistas. Y es que la dictadura franquista, y de un modo especial Millán Astray, no sólo admiraban a la Alemania de Hitler y a la Italia de Mussolini, sino, también, al expansionismo nipón en Extremo Oriente. De este modo, tal y como recordaba el historiador Florentino Rodao en su libro Franco y el imperio japonés. Imágenes y propaganda en tiempos de guerra (2002), en el discurso pronunciado por Millán Astray el 1 de enero de 1938 en Salamanca, éste proclamó a los cuatro vientos que no había “camino de salvación” sino en “el despertar de los grandes pueblos donde se yerguen sus Caudillos, los grandes Caudillos de la hora presente”, para nombrar acto seguido, y por este orden, a Mussolini, Hitler, Hiro-Hito, Oliveira Salazar, y el mismo Franco.

     Pero la admiración de Millán Astray por el Japón y su espíritu guerrero le venía de lejos. Cuando se reeditó en España en 1941 el libro de Inazo Nitobe Bushido. El alma de Japon, compendio del código ético de los samuráis que exigía devoción al deber, lealtad y honor hasta la muerte, éste fue prologado por el mismo Millán Astray, que pretendió con ello exaltar la figura del samurai como ejemplo de “entrega a la patria” y, por ello, reconocer que el modelo del mítico guerrero nipón le sirvió de inspiración no sólo en su carrera militar sino también a la hora de fundar la Legión en 1920, razón por la cual escribió en dicho prólogo: “En el Bushido inspiré gran parte de mis enseñanzas morales a los cadetes de infantería en el Alcázar de Toledo […] y también en el Bushido apoyé el credo de la Legión, con su espíritu legionario de combate y muerte, de disciplina y compañerismo, de amistad, de sufrimiento y de dureza, de acudir al fuego”. Y cierto es que el espíritu samurái fue calando en el fundador de la Legión, fuerza de choque que, tanto en la contienda colonial de Marruecos como en la posterior guerra de España de 1936-1939, se caracterizó por su extrema violencia y crueldad, como lo ponen de manifiesto la aceptación de algunas de las ideas del bushido, palabra japonesa que significa “el camino del guerrero”, entre ellas, el entusiasta culto a la muerte  (“el camino del samurái se encuentra en la muerte” recordaba el texto del Bushido). Estas ideas enlazan con la mitificación del “novio de la muerte” legionario, título adoptado como su himno, el mismo que cantaron a coro en la pasada Semana Santa de Málaga, tres de los entonces ministros del Gobierno del Partido Popular: Rafael Catalá, Juan Ignacio Zoido y hasta Íñigo Méndez de Vigo, hecho éste que, cuando menos, resulta una imagen esperpéntica.

     Los espectros del pasado retornan con demasiada frecuencia en nuestra historia de España. Millán Astray y su espíritu samurái es uno de ellos, pero no el único: ahí está, todavía, el faraónico panteón del Valle de los Caídos honrando, después de 40 años de democracia, a un general genocida.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 18 junio 2018)