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Kiryat Hadassa: el blog de José Ramón Villanueva Herrero

Memoria histórica

RECORDANDO A JUAN NEGRÍN LÓPEZ

RECORDANDO A JUAN NEGRÍN LÓPEZ

 

     El 12 de noviembre de 1956, hace ahora 60 años, moría en París Juan Negrín López, una de las figuras políticas más relevantes y controvertidas de nuestra reciente historia. Criticado por unos e injustamente olvidado por otros, el “socialista silenciado”, como lo definió Ricardo Miralles, ha ido recuperando en estos últimos años el lugar que, como estadista y patriota, en justicia merece.

     Negrín fue un  brillante médico formado en las universidades alemanas Kiel y Leipzig y a los 22 años ya era catedrático de fisiología en la Universidad Central de Madrid. Discípulo de Ramón y Cajal y maestro a su vez de Severo Ochoa o Grande Covián, simboliza la vanguardia de la ciencia médica española del primer tercio del s. XX.

      Afiliado al PSOE en 1929, se integró en su ala centrista liderada por Indalecio Prieto y fue diputado entre 1931-1936. Durante la guerra de 1936-1939 tuvo un papel destacado: fue ministro de Hacienda en el Gobierno de Largo Caballero y  reemplazó a éste en la presidencia del Ejecutivo en mayo de 1937 desde donde desplegó toda su energía en defensa de la República. Por ello, el presidente Negrín se dedicó con tenacidad a lograr tres objetivos que consideraba vitales. En primer lugar, el  mantenimiento de la legalidad constitucional y el robustecimiento del Gobierno republicano. En segundo lugar,  impulsó una nueva política internacional, intentando que se levantara la No Intervención en la Sociedad de Naciones y así lograr el cambio de la posición británica, y, sobre todo, de Francia a favor de la República Española. Además, realizó una intensa labor diplomática personal durante la segunda mitad de 1938 con objeto de convencer a las potencias europeas de que apoyaran la mediación internacional para poner fin a la guerra.

     Su tercer objetivo era la resistencia militar a ultranza, idea ésta que le acercó al PCE y le alejó de Azaña y Prieto. Negrín era consciente de que no existía la más mínima posibilidad de negociar con Franco a menos que la República mantuviese una defensa militar firme y eficaz.  Pero, el creciente derrotismo de Prieto hizo que Negrín lo cesase, asumiendo él personalmente la dirección del Ministerio de Defensa. Conocido es su lema  "Resistir es vencer", puesto que, como decía el presidente Negrín, "Resistir, ¿por qué? Pues sencillamente porque sabíamos cuál sería el final de la capitulación". Y no se equivocó, puesto que la “resistencia estratégica” era crucial para lograr unas mínimas condiciones de paz. Sin embargo, tras la ofensiva sobre Aragón y la batalla del Ebro, estaba claro que Franco, convencido de su victoria militar,  no quería negociar nada,  sólo deseaba la rendición incondicional de la República. Tras la caída de Cataluña (febrero 1939),  Negrín  aún pretendió resistir, al menos, en la zona Centro-Sur todavía bajo control del Gobierno leal, hasta que la guerra mundial, que ya se intuía, estallase y las democracias europeas unieran finalmente sus fuerzas a las de la exhausta República Española.

     Por si quedaba alguna duda sobre las  intenciones de Franco, el 9 de febrero de 1939, se promulgó la Ley de Responsabilidades Políticas, que con su ensañamiento represivo, suponía la negación absoluta de la última condición ofrecida por Negrín para lograr un alto el fuego: el que no hubiese represalias contra la población republicana derrotada. Este tema era una auténtica obsesión para Negrín quien ya el 7 de agosto de 1938 le escribió a Juan Simeón Vidarte: “La paz negociada, siempre, la rendición sin condiciones para que fusilen a medio millón de españoles, eso nunca”.

     Finalmente, la política de  resistencia de Negrín, tras el golpe de Casado (5 marzo 1939) se hundió  y la República, agotada, se rendía sin condiciones. La derrota, no trajo la paz, trajo la victoria militar que, cerrando todas las puertas a la reconciliación, desoyendo el mensaje de "paz, piedad y perdón" lanzado por Manuel Azaña, prolongó durante largos años la represión sobre los vencidos. Un detalle poco conocido es que, en los últimos instantes de la guerra, Negrín hizo saber a los representantes diplomáticos de Francia y Gran Bretaña, países que reconocieron al régimen  franquista el 28 de febrero de 1939, que se entregaría a los rebeldes para ser fusilado si, a cambio,   Franco aceptaba  salvar  la vida de la masa de civiles republicanos inocentes, ofrecimiento del que hizo caso omiso Franco, empeñado como estaba en llevar a cabo una represión masiva de los vencidos para, como señalaba Ángel Viñas, “romper de una vez para siempre, la espina dorsal de la izquierda española”.

    Negrín murió en el exilio, criticado y olvidado. Sobre la memoria del Presidente Negrín, aquel médico socialista que soñó con una España democrática y social, habían pesado un cúmulo de tendenciosas acusaciones y perversas calumnias procedentes tanto de los apologistas del franquismo, como del sector del PSOE afín a Prieto en un intento de ajustar cuentas y responsabilidades tras la amarga derrota de 1939. A ellos se unieron, en plena Guerra Fría, los que acusaron a Negrín de “procomunista” en un contexto en el cual tal calificativo era sinónimo de anatema político. Todas estas circunstancias ennegrecieron la figura y la memoria de Negrín, haciendo que una penumbra intencionada oscureciese su trayectoria política. Sin embargo, ha sido la labor de historiadores como Ricardo Miralles o Ángel Viñas quienes, desde el rigor metodológico, han logrado recuperado la figura de Negrín, como estadista y patriota, despojándola de acusaciones y mitos descalificadores carentes de toda veracidad histórica. Hoy, a los 60 años de su muerte, dignificar su memoria y  legado político es un acto de justicia democrática.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 12 noviembre 2016)

 

 

LUIS ROYO IBÁÑEZ, IN MEMORIAM

LUIS ROYO IBÁÑEZ, IN MEMORIAM

 

     El pasado 23 de agosto fallecía en el Hospital de Villejuif de Paris Luis Royo Ibáñez, el penúltimo superviviente de aquel mítico grupo de combatientes republicanos españoles encuadrados en la Novena Compañía de la Segunda División Blindada (2ª DB) del general Leclerc, la conocida como “La Nueve”, que tan destacado papel tuvo en los combates por la liberación de Paris  de la barbarie nazi el 24 de agosto de 1944. Ya sólo nos queda vivo el almeriense Rafael Gómez, el último miembro de los soldados republicanos españoles que formaron parte de La Nueve.

     Luis Royo, como relata Evelyn Mesquida en su excelente libro La Nueve. Los españoles que liberaron Paris (2015),  nació en Barcelona en 1920, hijo de padres aragoneses emigrados a Cataluña. Allí, siendo obrero de Artes Graficas afiliado a la UGT, durante la guerra de España formó parte de la “quinta del biberón” republicana, combatió en los frentes de Balaguer y en la batalla del Ebro, y alcanzó el grado de sargento. En febrero de 1939 cruzó la frontera francesa junto al medio millón de soldados y civiles republicanos ante la ocupación franquista de Cataluña. En Francia, tras pasar por el campo de Adge, se enroló en la Legión Extranjera.

      Iniciada ya la II Guerra Mundial, se unió a las Fueras Francesas Libres (FFL), con el que lucharía en los frentes de Libia y Túnez contra las tropas mussolinianas y contra el Afrika Korps de Rommel, destacando en el ataque al bastión nazi-fascista de la Linea Mareth (marzo 1943). Tras la formación de la 2ª DB en Marruecos (agosto 1943), los republicanos españoles  se agruparon en La Nueve, una de las unidades blindadas del Tercer Batallon, “la más veterana de todas las fuerzas de Leclerc y la más prestigiosa”, como recuerda Mesquida, compañía de la que de sus 160 componentes, 146 eran republicanos españoles, entre ellos, los aragoneses Antonio Navarro y el sargento-jefe Martin Bernal. Como decía Jorge Semprún, los republicanos españoles eran algo más que un puñado de hombres luchando contra el fascismo, puesto que “aportaron mucho a la lucha: su experiencia de combate y su preparación militar y política por lo que se caracterizaron por ser los más politizados, más enérgicos y más combativos”, lo cual quedaría demostrado repetidamente por los hechos.

     Acabada la campaña del norte de África con la derrota de las tropas germano-italianas, la 2ª DB fue enviada a Inglaterra (abril 1944), quedando integrada en el Tercer Ejército de los EE.UU. del general Patton. Posteriormente desembarcarían en la costa normanda (1 agosto 1944) donde La Nueve, como fuerza de choque de la 2ª DB, avanzó hacia Le Mans, Alençon y destacó en la batalla de Ecouché, una de las más duras de Normandía y una de las más importantes victorias de La Nueve contra los nazis, combate en el que murieron bastantes miembros  de la que ya era conocida como “la compañía española”. A partir de ese momento, la 2ª DB, lanzó sus fuerzas hacia Paris y, al atardecer del 24 de agosto, La Nueve llegó a la Plaza del Ayuntamiento parisino con sus blindados semiorugas renombrados como “Guadalajara”, “Teruel” o “Madrid”, este último conducido por Luis Royo, recibiendo los abrazos de los habitantes de la capital francesa, que descubrían, sorprendidos, que sus liberadores eran republicanos españoles. Al día siguiente, 25 de agosto, La Nueve asaltó el Hotel Meurice, donde el general von Choltitz, el gobernador militar alemán, rindió ante los españoles, la ciudad de Paris. Un día memorable fue el 26 de agosto en el cual, en un emotivo desfile, el general De Gaulle rindió honores a La Nueve, como reconocimiento a las primeras fuerzas militares que habían entrado en la capital. La Nueve, al mando de Amado Granell, y entre ellos, Luis Royo, lucían orgullosos en sus uniformes, además de la cruz de Lorena, símbolo de la Francia Libre, los colores de la tricolor bandera republicana española.

    Tras la liberación de Paris, La Nueve continuó combatiendo a los nazis en el Alto Marne, en Alsacia, ocupó Estrasburgo y, tras cruzar el Rhin y entrar en Alemania, su última batalla tuvo lugar en Berschtesgaden, « el nido del águila », el refugio alpino de Hitler. Allí acabó para ellos  la guerra y la epopeya de La Nueve: para entonces sólo quedaban con vida 16 de nuestros compatriotas, entre ellos, Luis Royo, el cual no obstante,  había sido herido en los combates de Vaxoncoult.

    Como señalaba Luis Royo, a modo de balance de su activa participación en la guerra, « la verdad es que nunca pensé que luchaba por liberar a Francia sino que estaba luchando por la libertad. Para nosotros aquella lucha significaba la continuación de la Guerra Civil contra el franquismo ». Y, la historia, a veces tan ingrata, hizo que su lucha heroica fuese ignorada de forma deliberada   durante años por la Francia gaullista, ocultando así la gesta, el sacrificio y la sangre derramada por los republicanos españoles, y en concreto por La Nueve y su papel clave en la liberación de Paris : los libros de texto oficiales ocultaron esta realidad histórica y ello fue debido a que De Gaulle, como señala de nuevo Mesquida, manipuló la historia presentando la liberación de Francia, y por supuesto de Paris, como obra de los mismos franceses, una mentira para despertar el sentimiento de orgullo nacional y, de paso, esconder una página negra de la historia gala cual fue colaboracionismo de una parte importante de la población francesa y del régimen pétainista de Vichy.

     No fue hasta bastantes años después cuando se empezó a hacer justicia : Luis Royo, como miembro de La Nueve, recibió en el 2004 el primer homenaje oficial de la alcaldía de Paris y del Gobierno español y en el 2005 la Legión de Honor de la Republica Francesa. El 24 de agosto de 2015, estando ya delicado de salud, no pudo asistir a la inauguración en las cercanías del Ayuntamiento parisino, de un parque en memoria de los combatientes de La Nueve con motivo del 80 aniversario de la liberación de Paris, promovido por Anne Hidalgo, su alcaldesa, nieta de republicanos españoles, y con la polémica presencia de los reyes Felipe VI y Letizia.

    Con la muerte de Luis Royo se nos ha ido  el penúltimo testigo de una  gesta heroica,  de la lucha de La Nueve contra el fascismo, de su lucha por la libertad de Europa, lo cual no debemos nunca olvidar en nuestra historia y memoria democrática.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 11 septiembre 2016)

 

 

UNA GUERRA Y DOS DENOMINACIONES INAPROPIADAS

UNA GUERRA Y DOS DENOMINACIONES INAPROPIADAS

     Mucho se ha hablado y escrito en estos pasados días con motivo del 80º aniversario del inicio de la guerra de 1936-1939, una tragedia colectiva que ha marcado la historia, la memoria y la conciencia de varias generaciones de españoles. Se han recordado personas y sucesos relacionados con este triste aniversario, algo que sigue siendo necesario, pues se trata de una deuda pendiente de nuestra democracia para con las víctimas del régimen genocida que fue el franquismo.

     Hoy quisiera recordar las reflexiones que Charles y Henry Farreny plantearon en su conferencia titulada «El uso de las denominaciones “Guerra Civil Española” y “nacionales”: examen crítico a través de las posguerras española y europea» que tuvo lugar el 4 de abril de 2014, organizada por el Seminario Complutense Historia, Cultura y Memoria, en colaboración con la Fundación Pablo Iglesias. Y es que, estas denominaciones tienen una innegable carga ideológica y, por ello, son partidarias, no son objetivas, algo que resulta necesario desvelar para poder hablar de estas cuestiones con exactitud, lo cual es un deber cívico, político y pedagógico. Se trata, pues, para dichos autores, de expresiones “insatisfactorias”, que han prosperado en la sociedad española dado que “los vencedores de la guerra y sus herederos han dominado fuertemente y marcado duramente la educación y la cultura tanto como la política”.

     En primer lugar, sobre la denominación “guerra civil”, resulta obvio que nuestra contienda lo fue si nos atenemos a la definición de la Real Academia Española de la Lengua (“la que tienen entre sí los habitantes de un mismo pueblo o nación”) pero, también resulta innegable que la presencia de numerosas fuerzas extranjeras la convirtió, desde el inicio, en una “guerra internacional”. Así lo evidencia la participación, en las filas de los rebeldes,  de 90.000 combatientes marroquíes de las tropas coloniales, 16.000 soldados de la Legión Cóndor hitleriana, los 120.000 italianos de la CTV enviados por Mussolini o los 20.000 viriatos que aportó la dictadura portuguesa de Oliveira de  Salazar, mientras que las fuerzas leales a la República contaron con  el apoyo de dos millares de asesores soviéticos y de los 35.000 brigadistas internacionales llegados de más de 50 países con objeto de combatir al fascismo. Por ello, como señalaba el historiador H. R. Southworth, “la guerra civil de España fue, desde la primera semana, una guerra internacional”. En consecuencia, la denominación “guerra civil” elude una parte importante de la realidad: la guerra desarrollada contra militares extranjeros en suelo español y, con ello, se oculta el importante papel de las tropas extranjeras nazi-fascistas para derrocar a la República, lo cual supone una “representación truncada de la realidad” por parte de los vencedores que, al enfatizar la dimensión fratricida de la guerra, pretendían, de forma intencionada, ocultar el carácter internacional de la misma.

     Además de lo dicho, en el extranjero, sobre todo en Francia, se divulgó la denominación “guerra civil” dado que ésta convenía a los partidarios de la No Intervención para justificarla, para disimular sus propias responsabilidades en la derrota de la República, esto es, el vergonzante abandono por parte de las democracias de la causa legítima de la República española acosada por los fascismos.

      Por lo que se refiere a la denominación “nacionales” o “nacionalistas”, tampoco caracterizan correctamente a los partidarios de la sublevación dado que, como hemos indicado, hubo muchos extranjeros que no eran “nacionales” (ciudadanos españoles) y resulta insuficiente a la hora de distinguir entre partidarios y adversarios del golpe militar pues olvida que la gran mayoría de los republicanos eran nacionales, esto es, ciudadanos de España, y tenían fuertes sentimientos patrióticos inspirados por los ideales de la libertad y la justicia social. Además, el uso intencionado de la denominación “nacionales” por parte del régimen y de la historiografía conservadora o filofascista les ha servido para encubrir los objetivos y actos antirrepublicanos de los rebeldes, razón por la cual, cuando éstos se llamaban en sus actos y proclamas “nacionales”, condición que negaban a los republicanos que también amaban a España, los facciosos no por ello eran “patriotas”, como se empeñaban en proclamar hasta  la saciedad, sino, simplemente, “enemigos de la democracia” republicana. Así, los defensores del término “nacionales” pretendían dar a los vencedores una “respetabilidad patriótica” a expensas de los republicanos a la vez que ocultaban los objetivos dictatoriales del franquismo. Además, en el extranjero, su empleo sirvió a los partidarios de la No Intervención para “ignorar” la política liberticida de inspiración fascista de los sublevados.

     Además de lo dicho, tampoco resulta adecuada la denominación “nacionalista” puesto que obvia el hecho de que amplios sectores políticos y sociales de Cataluña y Euskadi, que también defendieron la causa republicana,  se sentían “nacionalistas”, al margen del monopolio excluyente que de este término hicieron uso  los rebeldes.

    A modo de conclusión, las denominaciones “Guerra Civil Española” y “nacionales”, independientemente de sus orígenes, distorsionan la realidad histórica pues son ideológicamente tendenciosas. Pese a reconocer los autores que “la propaganda ha sido tan intensa durante tres generaciones que se ha vuelto difícil abandonar los términos tradicionales”, consideran que lo correcto sería reemplazar la denominación “Guerra Civil Española” por la de “Guerra de España de 1936 -1939” y la de “nacionales” por la de “antirrepublicanos”, “opositores a la República” y, por mi parte, también considero que serían de uso correcto otras alternativas como “sublevados”, “rebeldes”, “fascistas” o “liberticidas”. Por todo lo dicho, es necesario nombrar correctamente la guerra de España de 1936-1939 y a las fuerzas involucradas y por ello, es conveniente el uso de las denominaciones alternativas propuestas,  pues ellas, además de correctas, estimulan en pensamiento crítico de nuestro pasado traumático.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en El Periódico de Aragón, 2 agosto 2016)

 

 

EL ESPECTRO DE CUELGAMUROS

EL ESPECTRO DE CUELGAMUROS

 

La reciente sentencia del Juzgado nº 2 del San Lorenzo de El Escorial  para exhumar los restos de los hermanos bilbilitanos  Manuel y Antonio Lapeña Altabás  ha vuelto a poner de actualidad la historia del Valle de los Caídos, del espectro de Cuelgamuros, una exaltación ostentosa del franquismo, una pesada losa que sigue pesando sobre nuestra historia y memoria democrática.

El 1º de abril de 1940, cuando se cumplía un año del final de la guerra civil, el “día de la Victoria” en la terminología de la dictadura, tuvo lugar el acto inaugural de las obras de construcción del más tarde conocido como Valle de los Caídos. Ante los embajadores de la Alemania nazi, la Italia fascista y el Portugal salazarista, el general Franco detonó la primera carga de dinamita para perforar la roca granítica en lo alto del valle de Cuelgamuros, en las estribaciones de la Sierra de Guadarrama.

Desde su origen, este proyecto tuvo un claro significado político, cargado de ideología fascista como se refleja  en el Decreto de 1º de abril de 1940 por el que se disponía “se alcen Basílica, Monasterio y Cuartel de Juventudes” con objeto de “perpetuar la memoria de los caídos en nuestra Gloriosa Cruzada”, la cual debía perdurar en el tiempo razón por la cual  se pretendía que “las piedras que se levanten tengan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y al olvido” y, de este modo, convertirse en “un templo grandioso de nuestros muertos en que por los siglos se ruegue por los que cayeron en el camino de Dios y de la Patria”.

El significado político e intemporal quedaba claro en la voluntad del régimen el cual se empeñó con ahínco en su pronta realización. Según Pedro Muguruza, el entonces Director General de Arquitectura  y responsable del proyecto, Franco tenía “vehementes deseos” de que las obras de la cripta, se terminasen  en el plazo de un año, para inaugurarla el 1º de abril de 1941, estimando que el resto del conjunto monumental se concluiría  en el transcurso de otros 5 años. Sin embargo, la magnitud del proyecto hizo que las obras  se prolongasen durante 20 años a pesar de que en ellas trabajaron,  un total de 20.000 obreros, muchos de ellos presos políticos republicanos, explotados como mano de obra esclava, como recordaba Julián Casanova,  por empresas como Banús, Huarte o Agromán. En consecuencia, el conjunto monumental  no se inauguraría hasta el 1º de abril de 1959, coincidiendo con el “XX aniversario de la Victoria”.

Por entonces se decidió trasladar a “la gran obra” los restos no sólo de los “héroes y mártires” del bando rebelde, sino también, los de soldados y civiles  a los que las autoridades franquistas calificaban como “rojos”. La razón de este cambio, ocurrida a mediados de la década de los años cincuenta, como señalaba Belén Moreno, se debió a un intento propagandístico del régimen de transmitir una falsa imagen de “reconciliación” para ganarse la simpatía de las democracias occidentales y, para ello, Cuelgamuros tenía que convertirse en un lugar que aceptase “caídos” sin distinción del bando en el que habían combatido. Así, en el Decreto-Ley de 23 de agosto de 1957 de creación de la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos se decía cínicamente que ésta pretendía impulsar “una política guiada por el más elevado sentido de unidad y hermandad”, una reconciliación que pretendía simbolizar “la robusta horizontalidad de los brazos de la cruz monumental que ampara por igual a todos los españoles”.

 El Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares conserva. algunas actas del Consejo de Obras del Monumento a los Caídos, creado en 1941 y que funcionó hasta 1967 en las que se recogen detalles sobre los traslados de los restos a dicho lugar. Así, sabemos que se encomendó a la Guardia Civil  realizar listados de los muertos y asesinados en las distintas localidades, así como “un informe referente a los deseos de los familiares” acerca del posible traslado de dichos restos a Cuelgamuros (Acta nº 85, 30 diciembre 1957). Esto último, si bien fue aplicado de forma escrupulosa para el caso de los muertos “nacionales”, (la familia de Calvo Sotelo se negó al traslado), la voluntad de los familiares de las víctimas republicanas nunca fue tenida en cuenta, nunca se pidió su autorización, ni tan siquiera fueron informados, por lo que el hecho de llevar sus restos a Cuelgamuros y enterrados donde en 1975 lo sería el dictador, como señalaba Baltasar Garzón, suponía para ellas “una nueva revictimización.

Por su parte, Camilo Alonso Vega, entonces ministro de la Gobernación, dictó diversas instrucciones de cómo debían de efectuarse los traslados de los restos, entre ellas, hasta las medidas de las cajas donde debían depositarse (60x30x30 cm. para los restos individuales identificados y 120x60x60 cm. para los restos colectivos sin posible identificación), a la vez que ordenaba se realizase un mapa por cada provincia en la que se debían de indicar todas las poblaciones con enterramientos y fosas así como el números de éstas. De este modo, los traslados contabilizados fueron 491, desde finales de 1958 hasta 1983. Según documentación oficial, el número de restos registrados sería de 33.833 personas, de ellos, 21.423 son víctimas identificadas y 12.410 pertenecen a personas desconocidas. Dichos datos, posiblemente incompletos, aluden a los restos procedentes de las provincias aragonesas: Huesca (532), Zaragoza (3.430) y Teruel (4.590). No obstante, a fecha de hoy, la situación de las galerías que los albergan es tan mala que la humedad ha deshecho las cajas que los ordenaban y los huesos se han mezclado haciendo difícil, casi imposible, su identificación, como advertía el antropólogo forense Francisco Etxeberría.

Por todo ello, a fecha de hoy resulta inaplazable contextualizar el  auténtico significado de Cuelgamuros,  limpiarlo de todo vestigio franquista para  convertirlo en un Lugar de la Memoria, lo  cual supone, por supuesto, la salida de la basílica de los cuerpos de Franco y José Antonio además de  arbitrar las medidas precisas para la exhumación e identificación de las víctimas que así lo deseen. Sólo así se disipará este espectro del pasado, por un elemental sentido de justicia democrática, y  por la reparación debida a la memoria de las víctimas del franquismo.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 24 mayo 2016)

 

 

RECORDEMOS GURS

RECORDEMOS GURS

 

     La hecatombe humanitaria que supone la llegada de miles de inmigrantes a Europa en su desesperado intento de huir de las guerras y la represión que azotan sus países de origen, en su anhelo por construir un futuro, una nueva vida en esta Europa, tan próspera como en ocasiones insolidaria, nos trae a la memoria, inevitablemente, la historia de lo que supuso el exilio republicano español, aquel drama de derrota y sufrimiento, muchas de cuyas páginas se escribieron en tierras de Francia, como fue la historia del Campo de Gurs.

     Tras la caída de Cataluña en poder de las tropas franquistas en febrero de 1939, una marea humana de miles de republicanos españoles buscó refugio en Francia, donde nuestros compatriotas quedaron hacinados en improvisados campos en la costa del Rosellón como Argèles, Barcarès o Saint-Cyprien. Ante  la desastrosa situación sanitaria en la que se hallaban los exiliados allí retenidos, las autoridades francesas decidieron crear 6 nuevos “Campos de Acogida”, siendo uno de ellos el de Gurs, situado en este pequeño pueblo del Béarn, cercano a la frontera pirenaica aragonesa.

     El Campo de Gurs,  construido sobre una landa cenagosa estaba formado por 428 barracones de madera agrupados en 13 manzanas (“ilôts”). Cada barracón medía 24 x 6 m. y albergaba a 60 refugiados por lo que su capacidad total era de 18.500 internos, razón por la que, en 1939 se convirtió en la tercera mayor población del Departamento de Bajos Pirineos (actualmente, Pirineos Atlánticos) después de Pau, la capital, y de la ciudad de Bayona.

     Los primeros internados llegaron a Gurs en abril de 1939 y, durante ese año pasaron por él un total de 24.530 combatientes republicanos, cifra que el historiador Claude Laharie desglosa así: gudaris vascos (6.555), aviadores republicanos (5.397), brigadistas internacionales de 53 países distintos (6.808) y otros soldados republicanos (5.770), de ellos una buena parte de origen aragonés.

     Los “gursiens”, los internados en este campo, entre el barro y las alambradas, dada su condición de “rojos españoles”, fueron vistos con recelo y hostilidad por buena parte de la población bearnesa. No obstante,  en agosto-septiembre de 1939, la mayoría de los republicanos habían dejado Gurs por diversas razones: unos 6.000 fueron repatriados a España, donde la mayoría padecieron consejos de guerra, siendo ejecutados o condenados a largos años de cárcel.  Otros  encontraron trabajo en empresas y granjas del  Béarn pero, la mayor parte, tras estallar la guerra entre Francia y Alemania (3 septiembre 1939), se integraron en las Compagnies de Travalleurs Étrangères (CTE) como personal auxiliar para la realización de obras de fortificación. Otros muchos, se alistaron en el ejército francés para combatir al nazismo: tanto unos como otros, caerían prisioneros de las tropas hitlerianas tras la rápida ocupación de Francia, siendo deportados al campo de exterminio nazi de Mauthausen. Finalmente, otros  se integraron en el maquis: para estos guerrilleros la guerra mundial había empezado en realidad en 1936 y no cesaría hasta la caída del nazismo y de la dictadura franquista.

     Tras la rendición de Francia (22 junio 1940), el país galo fue dividido en una zona ocupada por Alemania y otra, llamada “zona libre”, en la que se estableció el régimen fascista de Vichy, aliado de los nazis y presidido por el mariscal Pétain. De este modo, Gurs pasó a depender de Vichy y se convirtió en un campo de prisioneros donde el régimen petainista internó a quienes consideraba la “anti-Francia”: resistentes, militantes de izquierda y judíos. Así, entre 1940-1943 pasaron por Gurs 18.185 judíos (entre ellos, la filósofa Hannah Arendt) y, de ellos, 3.907 fueron enviados al campo de exterminio de Auschwitz y, el resto, transferidos a otros campos para su posterior deportación.

     Tras la liberación del Béarn en agosto de 1944 y hasta su cierre definitivo en 1945, Gurs pasó a tener nuevos inquilinos pero esta vez eran prisioneros alemanes, colaboracionistas  y miembros del pronazi Partido Popular Francés (PPF).

    En la actualidad, Gurs es un Memorial nacional de la República Francesa en homenaje a las víctimas de las persecuciones racistas y antisemitas y de los crímenes contra la Humanidad cometidos por el régimen de Vichy. Emociona de forma especial la visita al cementerio judío de Gurs, donde 1.073 tumbas idénticas hermanan a todos los que allí sufrieron y murieron. En uno de sus lados, un memorial honra a los republicanos españoles y a los brigadistas internacionales de los cuales una lápida conmemorativa nos recuerda que, “Pagaron con su vida su combate por la libertad y la democracia”. Todas sus tumbas están adornadas con cintas tricolores y una flor, junto al silencioso respeto de los que las visitamos. Entre ellas, se hallan las de algunos aragoneses, como la del zaragozano Gregorio Luna Fernández o la del ansotano Francisco Pérez-Cativiela.

    Rememorando la historia  de Gurs, resulta muy oportuna la frase de Artur London cuando decía que “se recuerda para preparar un futuro más justo, más fraternal y sin guerras”. Ahora, cuando el germen de la xenofobia y el fascismo se incuba de nuevo en Europa, cuando el Frente Nacional amenaza los valores de la República Francesa, la memoria de Gurs y el recuerdo de tanto sufrimiento debe impulsarnos a ser más solidarios con quienes ahora, como ocurrió en 1939, se ven obligados a abandonar su país en busca de un futuro mejor. Gurs es un lugar que apela a nuestra memoria y a nuestra conciencia, al deber moral de recordar lo allí sucedido, especialmente a las jóvenes generaciones,  para inmunizarnos ante cualquier actitud intolerante, xenófoba o racista, las cuales, por desgracia, se están extendiendo peligrosamente en estos tiempos  de profunda crisis global.

     La lección y el recuerdo de Gurs, a un lado y otro del Pirineo, sigue siendo un legado moral que nos insta a evitar que surjan nuevas alambradas y odios que vuelvan a aprisionar y oprimir a cualquier persona por razones políticas, de raza, religión, condición social o económica.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en El Periódico de Aragón, 7 febrero 2016)

 

 

MEMORIA DEMOCRÁTICA

MEMORIA DEMOCRÁTICA

 

     En estas últimas fechas han tenido lugar diversas efemérides que nos recuerdan la importancia y el valor que debe tener  la memoria democrática en la sociedad actual. Así, el 5 de mayo se recordaba el 70º aniversario de la liberación del campo de concentración nazi de Mauthausen por el que pasaron y murieron varios miles de compatriotas nuestros y, el día 8 se conmemoraban los 70 años del final de la II Guerra Mundial en Europa con  la derrota de la Alemania hitleriana.

     Ante estos hechos, se han celebrado actos de memoria y homenajes, todos ellos llenos de profunda emoción por el recuerdo de lo que aquellos hechos históricos significan. Previamente, el pasado mes de marzo, el Gobierno de Francia había decidido otorgar la Legión de Honor, la más alta distinción del Estado, a los republicanos españoles supervivientes de los campos de concentración nazis. Era todo un ejemplo de cómo las instituciones deben impulsar políticas públicas de memoria democrática y, por ello, Francia, ha vuelto a dar una lección de dignidad y de justicia reparadora al conceder dicho reconocimiento a los cada vez más escasos testigos de aquel drama histórico fruto del delirio criminal nazi el cual, no lo olvidemos, contó con el entusiasta apoyo de la dictadura franquista.

    Lo sucedido en Francia debería sonrojar a los dirigentes políticos españoles del PSOE y del PP, pues ambos partidos han tenido responsabilidades de Gobierno y jamás han tratado con dignidad y justicia el tema del exilio y la deportación de los republicanos españoles, una deuda que se arrastra desde nuestra ¿modélica? Transición.  Y, en vez de sonrojo, o tal vez por ello, han optado por el oportunismo político, máxime en el actual período electoral en el que nos encontramos. De este modo, asistimos a hechos tan curiosos como criticables: el PSOE, que nada hizo durante los decisivos  años del Gobierno de Felipe González (1982-1996) por la reparación de la memoria de la deportación republicana, que olvidó a las víctimas y que por ello tiene una innegable responsabilidad política y moral, el PSOE que, pese a la escasamente efectiva Ley de la Memoria Histórica de 2007 del Gobierno Zapatero y hoy derogada en la práctica por el Gobierno de Rajoy, el PSOE que no tuvo el coraje político de impulsar una Comisión de la Verdad sobre los crímenes franquistas como demandaba Baltasar Garzón, al amparo de lo sucedido en Francia, ha intentado sacar un rédito político de estos hechos. De este modo, el 28 de abril propuso en la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados la concesión de una condecoración oficial a los republicanos españoles deportados a los campos de concentración del III Reich, algo que nunca hizo cuando estuvo en el Gobierno.

    Hasta el PP, tan desmemoriado siempre en esta materia, ha tenido un “gesto” para con los deportados republicanos al asistir el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García Margallo,  a los actos que tuvieron lugar en Mauthausen el pasado 10 de mayo: era la primera vez que un dirigente del PP se dignaba a honrar, siquiera verbalmente, a los republicanos deportados que, excepto la visita de Zapatero en 2005, nunca contaron con apoyo institucional en las ceremonias que tenían lugar en el que fue llamado “el campo de los españoles”.  

   Pero todos estos gestos oportunistas no eran sino un espejismo y pronto las aguas de la memoria democrática volvieron a ser “encauzadas” por los dos partidos mayoritarios. Así ocurrió el pasado 13 de mayo cuando el Congreso de los Diputados rechazó, con los votos de PP, PSOE y UPyD, la moción de Joan Tardà (ERC), el más activo diputado en materia de recuperación de la memoria democrática, para que Felipe VI pidiera perdón en nombre de España por los 7. 532 republicanos que sufrieron la barbarie de los campos de concentración nazis, una petición de perdón que, por cierto, ya hicieron otras democracias europeas asumiendo, de este modo, su responsabilidad en aquellos trágicos episodios de la II Guerra Mundial. Ahí está, a modo de ejemplo, la emotiva petición de perdón que, en febrero de 2000, realizó Johannes Rau, el Presidente de Alemania, ante el Knesset, el Parlamento de Israel, por el holocausto judío: la democracia alemana pedía perdón por los crímenes cometidos por la Alemania nazi.  ¿No debería hacer lo mismo el rey de España por la innegable connivencia de las dictaduras franquista y hitleriana por los crímenes contra la humanidad cometidos tanto durante nuestra guerra civil como en la posterior contienda mundial?. Como señalaba Carlos Hernández, autor del libro Los últimos españoles de Mauthausen, “España debe asumir, de una vez por todas, su pasado y reconocer, sencillamente, su culpabilidad, junto con la Alemania nazi o la Francia pétainista, en la deportación a los campos de concentración de nuestros compatriotas republicanos”.

   Esta negativa a pedir perdón va unida al rechazo del PP y del PSOE al reconocimiento jurídico  de las víctimas de los campos de concentración nazis, con lo cual España sigue siendo, como denuncia dicho autor  una “anomalía democrática en Europa en materia de políticas públicas de la memoria” El hispanista francés Jean Ortiz, hijo del exilio republicano, es aún más demoledor al señalar, con tanto acierto como amargura que, en esta materia, España se ha comportado como un “delincuente internacional” pues ha incumplido sistemáticamente la legislación penal internacional con arreglo a los crímenes contra la humanidad cometidos por el franquismo. Y, si alguna duda quedaba, ahí está el permanente obstruccionismo a la orden internacional de detención cursada por la Justicia de Argentina contra 20 altos cargos y policías de la dictadura franquista.

    Así las cosas, al margen de actos puntuales sin trascendencia política o jurídica, al margen de los gestos, queda el reto de que la sociedad civil y los  partidos que asuman un compromiso firme en defensa de la memoria democrática,  pongan fin a esta injusticia histórica y se logre la plena rehabilitación política y jurídica de las víctimas de los crímenes franquistas  y del nazismo.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 17 mayo 2015)

 

 

 

LECCIONES REPUBLICANAS

LECCIONES REPUBLICANAS

 

    Los pasados días 12-14 de septiembre participé en los IV Encuentros Transfronterizos de Memoria Histórica celebrados en Pamplona y organizados por la Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra (AFFNA) que preside Olga Alcega y que contaron con la presencia de asociaciones memorialistas republicanas españolas y francesas. Este Encuentro supuso un cúmulo de emociones para todos nosotros, personas y colectivos unidos en el afán de reivindicar el valor de la memoria histórica republicana.

    En primer lugar, hay que decirlo, nos sorprendió que, frente al habitual memoricidio de la derecha española, en este caso, las instituciones navarras (de mayoría conservadora) estuvieron a la altura. Así,  fuimos objeto de un recibimiento oficial en el Parlamento de Navarra (con discursos de su Presidente y del Defensor del Pueblo de la Comunidad Foral incluidos),  y en cuya sede se instaló la exposición “Desenterrando el silencio. Verdad, Justicia y Reparación”. Lo mismo ocurrió en el Ayuntamiento de Pamplona por parte de su alcalde, Enrique Maya (UPN), y en donde realizamos una ofrenda floral  en la placa colocada en el atrio del consistorio y que recuerda a los concejales asesinados tras la sublevación fascista de 1936. De todo ello deberían tomar nota muchos ayuntamientos aragoneses, sobre todo el de Zaragoza, pues también aquí hay que honrar a los regidores muertos por su compromiso político con la República, entre ellos, Bernardo Aladrén al cual, por cierto, el Ayuntamiento de la capital de Aragón se comprometió formalmente a dedicarle una calle…hace 7 años…y todavía la seguimos esperando.

     El Encuentro fue una lección de emociones, pues tuvimos ocasión de compartir los testimonios de hijos y nietos de víctimas del franquismo. Fue una lección de humanidad, reflejo de sufrimientos y dolores lacerantes, de silencios forzados y de humillaciones infringidas por parte de los “vencedores”. Y, sin embargo, ni una sola palabra de odio o revancha salió de los labios de las víctimas, sólo reclamaban su anhelo por recuperar los restos de sus seres queridos que siguen yaciendo en las fosas del oprobio. Estas mismas emociones se repitieron en las ponencias de Morgane Dubos y de Gregorio Armañanzas en torno al análisis del duelo y el perdón por parte de las víctimas o durante la visita al Parque de la Memoria de Sartaguda, “el pueblo de las viudas”como es tristemente conocido,  o en el recorrido por el fuerte-prisión de San Cristóbal de Pamplona, del cual nos habló Koldo Plá en una excelente conferencia.

     Fue también una lección de verdad histórica gracias a la participación de diversos historiadores como José Luis Gutiérrez Molina (Andalucía), Emilio Majuelo (director del Proyecto “Recuperar Memoria” surgido del acuerdo entre el Parlamento foral y la Universidad Pública de Navarra) o Queralt Solé (Cataluña). Interesente fue la perspectiva del exilio republicano expuesta por la prestigiosa historiadora Geneviève Dreyfus-Armand, o la intervención de Iosu Chueca, un emotivo homenaje a algunos de los miles de anónimos republicanos difuminados por el exilio y, también, la de Raymond Villalba, luchador infatigable,  quien nos recordó las lecciones de coraje y dignidad recibidas de sus padres a la vez que nos instaba, ante la amenaza creciente de rebrotes neofascistas,  a la defensa de  los valores republicanos de la libertad, igualdad y fraternidad.

     Fue también una lección de justicia gracias a la participación de los juristas Roldán Jimeno, Jacinto Lara (presidente de la Asociación Pro Derechos Humanos de España) y José Antonio Martín Pallín en torno a la imprescriptibilidad y la jurisdicción penal universal aplicable a los crímenes del franquismo, tema de total actualidad tras el varapalo que ha supuesto para España el demoledor informe de Pablo de Greiff, el relator especial de la ONU para investigar estos  crímenes. Especialmente incisivo y contundente fue Martín Pallín el cual, tras reconocer que, en esta materia, “España es una anomalía jurídica internacional”, exigió al Gobierno de Rajoy la aplicación de una vez por todas de los principios de la jurisdicción universal a los crímenes franquistas dado que éstos tienen la categoría de crímenes de lesa humanidad y, por ello, son imprescriptibles y no amnistiables. En consecuencia, la Ley de Amnistía de 1977 resulta “absolutamente inconstitucional”, un peaje pagado en aquella Transición presentada como modélica cuando en realidad fue una “transacción” entre los herederos políticos del franquismo y los partidos democráticos y, por ello, debe ser derogada tal y como ha demandado la ONU y al igual que ha hecho recientemente Chile con el decreto-ley de amnistía aprobado en su día por la dictadura de Pinochet.

     Excelente fue también la ponencia sobre “Arqueología de la verdad” en la que participaron Emilio Silva, Jimi Jiménez y los miembros del Equipo de Investigación Aranzadi, Paco Etxeberría y Lourdes Errasti, los cuales centraron sus intervenciones en la cuestión de las  fosas del franquismo desde diversas perspectivas (derechos humanos, política, judicial,  histórica y simbólica), no olvidando denunciar el constante obstruccionismo de las autoridades locales, autonómicas y estatales de la derecha para llevar a cabo las exhumaciones de las víctimas.

    Para finalizar, un extenso Manifiesto conjunto recogía las demandas de las asociaciones memorialistas para que España llegue a ser un Estado de Derecho pleno y, para ello, hay que superar déficits democráticos, de memoria y de justicia reparadora que, tras casi cuatro décadas desde la muerte del general Franco y el fin nominal de su dictadura, siguen siendo, todavía, unas deudas pendientes en nuestra sociedad. Estas son  las lecciones, el legado y el valor de la memoria histórica y de la democracia republicana.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 21 septiembre 2014)

 

 

ORADOUR-SUR-GLANE, MEMORIA Y CONCIENCIA

ORADOUR-SUR-GLANE, MEMORIA Y CONCIENCIA

 

     Desde la victoria soviética en la batalla de Stalingrado (febrero 1943) y el posterior desembarco aliado en Normandía el 6 de junio de 1944, el histórico “día D”,  nadie tenía dudas sobre que en la II Guerra Mundial el fascismo sería derrotado, como tampoco se tenían sobre que la bestia nazi caería matando hasta el final.

     Tras el desembarco, en la Francia ocupada, la Resistencia multiplicó sus acciones de hostigamiento contra las tropas nazis, especialmente en la región de Lemousin. Las represalias de las fuerzas hitlerianas fueron, como siempre, crueles e implacables. Si 9 de junio la división blindada de las Waffen SS “Das Reich” ahorcó en Tulle a 99 de sus vecinos, al día siguiente, esta unidad de élite nazi, que había destacado en el frente ruso por haber llevado a cabo tareas de exterminio de población civil, se ensañó con Oradour-sur-Glane, un pueblo cercano a Limoges.

     Nadie podía presagiar la tragedia que allí tuvo lugar la tarde del 10 de junio de 1944, hace ahora 70 años. Tras rodear el pueblo, la población fue reunida en la Plaza del Mercado, incluidos los niños que fueron sacados de la escuela con el pretexto de verificar su identidad. Posteriormente, se separó a los hombres, que fueron asesinados en 6 lugares distintos del pueblo, mientras que a las mujeres y los niños se les encerró en la iglesia, la cual fue seguidamente incendiada. El balance de la represalia fue estremecedor: aquel fatídico día fueron asesinados en Oradour 642 personas, de ellas, 240 eran mujeres y 213 niños. Entre las víctimas, hubo 21 refugiados republicanos españoles y sus hijos, entre ellos la familia Gil Espinosa, originaria de Alcañiz, pues allí encontraron la muerte los padres, una pariente y dos hijas, Francisca y Pilar,  gemelas de 14 años, como nos recordaba recientemente el historiador Juan Manuel Calvo Gascón, especialista en el exilio y la deportación republicana. Hoy, una placa erigida en 1945 por el Gobierno de la República Española en el exilio recuerda “A nuestros Mártires de Oradour”, único y sencillo homenaje para con ellos ya que la democracia española nunca los ha honrado de forma institucional.

     Tras la liberación de Francia, el general De Gaulle decidió que Oradour no fuese reconstruido “para que se convierta en memoria al dolor de Francia durante la ocupación” y, desde entonces,  el lugar es un monumento histórico, un emotivo monumento a la memoria, y en 1999 fue nombrada “Villa Mártir” por el entonces presidente Jacques Chirac.

     Recientemente tuve ocasión de visitar las ruinas de Oradour. Todo se conserva tal y como quedó aquella trágica tarde: las casas incendiadas, al igual que los coches que había por sus calles; allí, una vieja bicicleta, allá, una máquina de coser, las ruinas de la cantina donde se reunían los republicanos españoles, la escuela de donde fueron sacados los niños para asesinarlos poco después. Impresionan los lugares del martirio, especialmente las ruinas de la iglesia, donde perecieron todas las mujeres y los niños y, donde el elevado calor fundió la puerta metálica del templo, la cual aparece ante nuestros ojos como un amasijo informe que nos recuerda la magnitud de la tragedia que allí tuvo lugar.

     Impresiona igualmente el recorrido por el magnífico Centro de la Memoria construido al lado de las ruinas de la villa mártir, una gran instalación permanente que contextualiza y prepara al visitante para una visita en la que la historia trágica de Oradour se hermana con la emoción y el sentimiento que produce el transitar por las calles de lo que fue un hermoso pueblo de la campiña francesa hasta la llegada de las tropas nazis de las SS mandadas por el comandante Adolf Diekmann, responsables de tan bárbaro crimen contra una población civil indefensa, un crimen que sería juzgado por el Tribunal de Burdeos en 1953 y en el que se condenó a algunos de sus responsables. Y, para que tomen nota las autoridades políticas y judiciales españolas reacias a aplicar los principios de la justicia universal, todavía hoy, 70 años después, están siendo investigados y pendientes de juicio por el tribunal alemán de Dortmund  algunos soldados nazis que participaron en la masacre de Oradour.

    En un artículo reciente, Juan Manuel Aragüés destacaba con acierto la importancia y la presencia de la memoria histórica antifascista en Francia. Sin embargo, también allí, en la República Francesa, en el país que alumbró los derechos del hombre y del ciudadano tras su revolución, se está extendiendo la negra sombra que supone el auge de las ideas extremistas de derechas. Lo acabamos de comprobar con  la victoria del Frente Nacional (FN) en los recientes comicios al Parlamento Europeo, todo un cataclismo electoral para la democracia y las instituciones galas. Tras el FN subyace una ideología mimética de los fascismos que asolaron Europa en los años 30 y que condujeron a la II Guerra Mundial. La amenaza es real y, en estos días hemos podido asistir a una sucesión de comentarios xenófobos y antisemitas de mal gusto y peor intención: así, Jean-Marie Le Pen, el histórico dirigente del FN, el que tiempo atrás calificó la existencia de cámaras de gas como “un detalle insignificante” de la guerra mundial, el que confiaba en el mortífero virus del Ébora para poner acabar con la inmigración, ahora ha respondido a las críticas de varios artistas judíos franceses diciéndoles que  habría que hacer “una hornada” con ellos. Y su hija, Marine, la política de moda en Francia, la nueva imagen del neofascismo galo, no dudó en comparar a los inmigrantes con los topos  pues según ella, a ambos hay que darles un mazazo cuando asoman la cabeza: este es  su programa político para “ilusionar” a la sociedad francesa.

     En momentos así resulta obligado el recordar las lecciones de la historia, como lo fue la tragedia de Oradour para que la memoria y la conciencia cívica se conviertan en una barrera infranqueable ante las amenazas totalitarias que están surgiendo en la sociedad europea. Las ruinas de Oradour nos lo advierten y nos lo recuerdan permanentemente.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en El Periódico de Aragón, 18 junio 2014)