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EL FUTURO DE LA UNION EUROPEA

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     En el actual panorama geoestratégico mundial en el cual la hegemonía de los Estados Unidos (EE.UU.) está siendo disputada por China, la Unión Europea (UE), debe encontrar su propio espacio. En este sentido, Carlos Alonso Zaldívar opina con acierto que la UE deberá acomodar su discurso a las nuevas realidades y decidir “hasta qué punto permanece en el área de influencia de EE.UU. como socio subalterno, o si va definiendo y asentando un especio de influencia propio en el nuevo contexto multipolar”. Y, por ello, en materia de política exterior, tras los pasados desgarros y desprecios producidos por Donald Trump para con la tradicional entente de EE.UU. con sus aliados europeos, la UE debe ofrecer “respuestas propias a los problemas más graves del mundo”. Así lo entendió en su momento Angela Merkel y con visión de estadista europeísta afirmaba que “la UE ya no puede depender completamente de otros, debemos tomar nuestro futuro en nuestras manos”.

     Por otra parte, la UE ha quedado debilitada tras el duro golpe que ha supuesto la salida de la misma de Gran Bretaña como consecuencia del Brexit, proceso al que una acertada definición alude como “una negociación para repartir daños en la que ambas partes perderán”. Pero, para garantizar un futuro viable y coherente a la UE hay una serie de caminos, sobradamente conocidos y reclamados reiteradamente. En este sentido, resulta esencial adoptar medidas que relancen la convergencia económica y social de los Estados miembros y un paso en la buena dirección ha sido la puesta en marcha, desde la solidaridad comunitaria, del potente Plan de Recuperación de Europa, toda una serie de acciones y recursos para paliar los efectos devastadores causados por la pandemia del Covid-19 en cada uno de los Estados miembros. También resulta importante asegurar la viabilidad del euro a largo plazo, como elemento de estabilidad económica en la Zona Euro.

    Pero junto a las medidas económicas, la UE debe regirse por los valores de la solidaridad y, en estos tiempos, es más necesario que nunca, aplicar políticas viables de asilo y migración, consecuentes con los ideales en torno a los cuales se cimenta la UE y que, al mismo tiempo, frenen el auge de los movimientos xenófobos y racistas que están rebrotando en su seno. Es por ello que la UE debe de tomarse en serie estos temas, evitando lo sucedido en la crisis de refugiados de 2016 en la que, como señalaba Carlos Alonso Zaldívar, tras la cual, se  “ha renacionalizado la política en el seno de la UE y reactivado la división entre países del Este y del Oeste”.

    Igualmente, en este mundo multipolar, resulta también necesario que la UE sea capaz de generar una política exterior, de seguridad y defensa propia, hablando con una sola voz y sin estar supeditada a los intereses geoestratégicos de los Estados Unidos. Cada vez resulta más evidente, con casos como el conflicto de Ucrania, la crisis nuclear de Irán o Corea del Norte, o la reciente y catastrófica retirada de Afganistán, que la UE no debe ser un peón bajo el área de influencia americana, sino que, dejando claro sus propios planteamientos y tomando la iniciativa, es cuando la política exterior comunitaria, empezará a definir un espacio de influencia propio en el nuevo contexto internacional multipolar. Y, ante el hecho positivo de una UE “a quien nadie teme militarmente”, debe convertir esa debilidad en un potencial en la línea de ser “un centro de iniciativas dirigidas a moderar los ímpetus bélicos de las grandes potencias militares”.

    Aunque durante el pasado mandato de Donald Trump se socavaron los vínculos del tradicional atlantismo que había caracterizado las relaciones entre Estados Unidos y la UE, ahora parece que Joe Biden intenta reconstruir los puentes con sus aliados europeos, pese a la crisis suscitada por la reciente creación de su nueva alianza militar en el Pacífico con Australia y Reino Unido (AUKUS) que tan negativos efectos ha tenido en la UE, especialmente en el caso de Francia.

    Así las cosas, Tony Judt, en su libro Sobre el olvidado siglo XX, consideraba que era esencial reactivar el entente entre ambas orillas del Atlántico, de potenciar lo que él llamaba “euroatlantismo” y daba razones para ello al señalar que, “Occidente debería dejar de lado sus disputas y tratar una forma de trabajar juntos por el bien común antes de que China (y después India) se convierta en una gran potencia y las pequeñas diferencias narcisistas entre Europa y Estados Unidos se vuelvan irrelevantes”. En esta misma línea, Garton Ash, aludiendo a Occidente, advertía que, “en perspectiva histórica, ésta puede ser nuestra última oportunidad de fijar la agenda de la política mundial”. Por su parte, como señalaba Eliseo Oliveras, el objetivo último de este euroatlantismo es “mantener la primacía económica y comercial de Occidente frente a China y evitar que la creciente influencia de Pekin pueda determinar las estándares y reglas tecnológica y comerciales futuras” dado que, en expresión de Valdis Dombrovskis, vicepresidente de la Comisión Europea, “la pugna tecnológica será el nuevo campo de batalla de la geopolítica”.

    La UE, pese al desgarro que supuso el Brexit y el actual desafío provocado por las derivas autoritarias de Polonia y Hungría, debe de mantenerse fiel a sus valores, recogidos en el artículo 2º del Tratado de la Unión Europea y que son: “el respeto a la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías”. Sólo así se tendrá un futuro digno la UE, y eso es lo que deseamos.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en El Periódico de Aragón, 3 enero 2022)

 

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03/01/2022 09:05 kyriathadassa Enlace permanente. Política internacional No hay comentarios. Comentar.

VIRUS ANTIDEMOCRÁTICOS

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     En 2016 los servicios de inteligencia de Estados Unidos (EE.UU.) revelaron que Rusia había utilizado herramientas virtuales para influir en las elecciones norteamericanas y de este modo ayudar a Donald Trump, el candidato favorito de Putin, a entrar en la Casa Blanca. A partir de ese momento, perturbaciones similares tuvieron lugar, como mínimo, en los comicios celebrados en Francia, Italia, Gran Bretaña, los Países Bajos, las repúblicas bálticas, la República Checa, Ucrania, Georgía, y también, en España.

     Estos sucesos han supuesto la irrupción con fuerza de un nuevo virus: el de la desinformación y de las noticias falsas (“fake news”) con intenciones desestabilizadoras en el desarrollo normal y en la práctica política de nuestras democracias. Para lograr estos objetivos, las técnicas utilizadas por la desinformación y el empleo de noticias falsas son diversas, tales como el robo y revelación de correos electrónicos durante las campañas electorales: la elaboración de documentos falsos; el uso en Facebook de identidades encubiertas; la difusión de reportajes “noticiosos” ficticios y a veces hasta difamatorios.

   Todos estos hechos han evidenciado que la ciberseguridad es una nueva herramienta de poder, máxime si tenemos en cuenta el enorme impacto que el virus de la desinformación y las noticias falsas tienen en nuestra sociedad global, donde el público objetivo es más accesible y mucho más amplio: tengamos presente que, en la actualidad, Facebook cuenta con más de 2.000 millones de usuarios activos.

    La desinformación, como señalaba Elena Alfageme, responsable de género de Intered, no es un fenómeno espontáneo y las redes sociales son el entorno perfecto para que suceda ya que se ampara en muchos casos en el anonimato mediante el cual lanzar bulos en las redes, bien sea por motivos económicos o también políticos y sociales, mediante los cuales generar miedo y polarizar la sociedad, como por ejemplo, con discursos de odio o negacionistas, con respecto al covid-19, a la violencia de género o al cambio climático. En expresión de Madeleine Albright, “hoy en día se debilita la democracia mediante falacias que llegan por oleadas y azotan nuestros sentidos del mismo modo que las olas marinas se abaten sobre la playa”.

     Así las cosas, resulta importante contar con herramientas de análisis crítico, con la necesidad de llevar a cabo una labor periodística y de verificación de noticias falsas, que permitan identificar y desmantelar los bulos interesados que proliferan en las redes sociales y así frenar las campañas de desinformación, de las noticias no contrastadas mediante el empleo de los llamados “fact-chequers”.

     A los perversos efectos del virus de la desinformación y las noticias falsas hay que añadir otros que también socavan nuestras democracias: el del autoritarismo y la intolerancia. De este modo, ya en el año 2017 el Índice de Democracia elaborado por The Economist, mostraba un cierto deterioro en la salud democrática de 70 países y se empezó a hablar de que, en ellos, más que en una “democracia plena”, se hallaban en una “democracia imperfecta”. Este fenómeno, que se constató en EE.UU. bajo el mandato de Donald Trump, se hace extensivo a otros países de la UE como queda patente cada día en Hungría, Polonia o Eslovaquia y, no lo olvidemos, también en España, donde la politización de la Justicia parece querer condicionar a las propias instituciones democráticas surgidas de la voluntad de la soberanía nacional.

     Aunque hoy en día cerca de la mitad de los países del mundo pueden considerarse democráticos (sean imperfectos o no), tampoco debemos olvidar que la otra mitad tiende al autoritarismo, algo que está siendo rentabilizado electoralmente por grupos de dudosa o nula calidad democrática. Ello nos advierte, también en nuestra civilizada Europa, del riesgo que supone el cada vez mayor interés en sectores de la ciudadanía en optar por alternativas políticamente autoritarias. De este modo, el anteriormente citado informe señala que una de cada cuatro personas tiene “una buena opinión” de aquellos sistemas en los cuales un dirigente puede gobernar “sin interferencias del Parlamento ni de los tribunales de Justicia” y lo que todavía es más preocupante: uno de cada cinco “se declara atraído por la idea de un gobierno militar”.

    Estos son los virus antidemocráticos a los que hacer frente en la actualidad: el de la proliferación de la desinformación y las noticias falsas, y también el de la creciente ola de autoritarismo e intolerancia que minan nuestros valores democráticos. Como decía Tomás Masaryk, presidente de Checoslovaquia en 1918, “la democracia no es sólo una forma de Estado, no es algo simplemente inscrito en una Constitución; la democracia es una visión de la vida, exige creer en los seres humanos, en la Humanidad”.  Y, por ello resulta imprescindible hacer frente a los virus antidemocráticos.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 16 diciembre 2021)

 

 

 

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16/12/2021 20:57 kyriathadassa Enlace permanente. Política internacional No hay comentarios. Comentar.

LA SOMBRA ACECHANTE DE TRUMP

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    En la campaña electoral a la gobernación al Estado norteamericano de Virginia del pasado 2 de noviembre se produjo la irrupción política de Donald Trump, el cual ha dejado patente su intención de presentarse a las presidenciales previstas para 2024. A pesar de que se niega a reconocer la victoria de Joe Biden que lo desalojó de la Casa Blanca el año pasado, Trump sigue siendo un espectro amenazante en el panorama político dado que mantiene el control sobre el Partido Republicano, unido a su continuo (y perverso) uso de las redes sociales, ahora mediante el lanzamiento de la plataforma Truth Social, creada por su empresa Trump Media Technology Group (TMTG) con la que pretende azuzar el bulo de, según él, “la gran mentira” electoral que lo desalojó de la Presidencia de los Estados Unidos y que puso fin a su nefasto mandato.

    La victoria republicana en Virginia ha supuesto un serio revés para el Partido Demócrata de Joe Biden, otro más, para el inquilino de la Casa Blanca que se halla en caída (electoral) libre sobre todo tras la desastrosa retirada de EE.UU. de Afganistan, tras la cual parece haber dilapidado la esperanza y el crédito político que había generado su victoria electoral demócrata en noviembre del pasado año.

    Recordemos que la victoria de Trump en noviembre de 2016 fue una inesperada y desagradable sorpresa que agitó no sólo el tablero de la política norteamericana, sino que también tuvo muy negativos efectos en las relaciones internacionales durante sus cuatro años de mandato. Y es que Trump, como dijo Nassim Taleb, fue como un “cisne negro”, entendiendo por tal “un acontecimiento de baja probabilidad que no cabía esperar dentro del ámbito de las expectativas regulares, porque nada en el pasado indicaba que era posible, pero que tiene un gran impacto, y que tras suceder tratamos de racionalizarlo para explicarlo y hacerlo predecible”.  Y la explicación de la victoria de Trump se buscó en factores de tipo económico, así como en el descontento de un importante sector de la población y en la búsqueda de candidatos fuera del sistema como consecuencia del rechazo al establishment, a la clase dirigente americana tradicional. A todo ello contribuyó en gran medida el deterioro de las condiciones de vida de la clase trabajadora blanca, la “White working class” (WWC), la cual, tras la crisis económica, la reconversión industrial y la globalización, se estaba convirtiendo en una clase económica marginal y que se halla fuertemente arraigada en la América rural. Así las cosas, Trump supo capitalizar el descontento, miedo y resentimiento de la WWC, actitudes éstas que resultan muy peligrosas a la hora de canalizarlas social y políticamente. El balance de su mandato fue definido de forma rotunda por Madeleine Albright como el de “el primer presidente antidemocrático que tiene Estados Unidos en su historia moderna” ya que, “si estuviera en una nación con pocas garantías democráticas, sería un dictador, que es justamente lo que por instinto él desea ser”.

    El desembarco político de un demagogo como Trump coincidió con una evidente crisis del Partido Demócrata, el cual ha pasado con el tiempo de ser el representante de las clases trabajadoras en la época de Roosevelt a convertirse, tras una creciente desideologización, especialmente desde el mandato de Bill Clinton, en una máquina electoral y un partido de las élites, tal y como señalaba George Packer. Prueba de ello es que el Partido Demócrata no ha desarrollado un programa político coherente a pesar de las alentadoras declaraciones de Joe Biden tras su victoria electoral.

    Por todo lo dicho, ante la reaparición política de peligrosos demagogos como Trump y otros líderes populistas en distintos países, algunos de los cuales que coquetean abiertamente como posiciones y actitudes propias de la extrema derecha, el Partido Demócrata norteamericano y los partidos de izquierda en general se deberían, según Sebastián Royo, dedicarse a “desarrollar un programa económico que se enfoque en la equidad”, dado que “es imprescindible mantener la cohesión social´” y para ello es fundamental seguir invirtiendo en educación, sanidad, servicios sociales y todo los que representa el garantizar la solidez del Estado de Bienestar. Consecuentemente, según este autor, “la izquierda tiene que convencer a sus votantes de que tiene las propuestas para solucionar sus problemas y para crear oportunidades laborales que abran perspectivas de futuro y al mismo tiempo, que va a proporcionar el colchón social que necesitan para protegerles y conseguir más igualdad”, aspectos estos que todavía resultan más importantes en estos tiempos como consecuencia de la crisis derivada de los efectos sanitarios, económicos y sociales causados por el Covid-19.

    Si el triunfo de Trump en 2016 supuso la victoria del miedo, y del revanchismo en contraste con el optimismo con el que se abrió ocho años antes el mandato de Barack Obama, esperemos que esta situación no se repita de nuevo en 2024 porque el posible retorno de Trump produce escalofríos por las consecuencias que ello tendría, no sólo para Estados Unidos, sino para el panorama político y económico de nuestro mundo global.

 

    José Ramón Villanueva Herrero

    (publicado en: El Periódico de Aragón, 30 noviembre 2021)

 

 

 

 

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30/11/2021 17:33 kyriathadassa Enlace permanente. Política-EE.UU. No hay comentarios. Comentar.

EL LEGADO DE TONY BLAIR

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      El 7 de junio de 2001, hace ya 20 años, el Nuevo Laborismo de Tony Blair obtuvo una victoria aplastante en las elecciones británicas frente al conservador William Hague. Se iniciaban así los años en los que el blairismo, un intento de “Tercera Vía” entre el capitalismo y el socialismo clásico, rigió la política de la Gran Bretaña y tuvo una clara impronta en otros partidos socialistas y socialdemócratas, como fue el caso del PSOE o del SPD alemán.

     El historiador Tony Judt, muy crítico con lo que supuso el blairismo, afirma en su libro Sobre el olvidado siglo XX, que la victoria del político británico en las urnas fue posible gracias a la “triple herencia” recibida de los anteriores y nefastos mandatos de Margaret Thatcher, ya que ésta “normalizó el desmantelamiento radical del sector público en la industria y los servicios”, política de la cual Blair cantó “entusiásticas loas”. Además, Thatcher consiguió destruir (políticamente) el antiguo Partido Laborista, facilitando así la tarea de los que luchaban por reformarlo y hacerlo virar hacia el centro, tal y como hizo acto seguido Blair y, finalmente, la “aspereza e intolerancia” de Thatcher  con los críticos de su propio Partido Conservador, dejando a este “en unas condiciones que no le hacen elegible” y ello allanó la rotunda victoria electoral laborista en 2001.

     Dicho esto, Judt reprochaba a Blair su falta de “autenticidad”, algo que consideraba “irritante” y que quedaba de manifiesto en su falta de oposición a las privatizaciones “porque le gustan los ricos”, algo que sería inaceptable en la ideología del laborismo clásico. Era pues evidente el contraste entre las políticas de Blair y el “Viejo Laborismo”, representante de la clase trabajadora, de los sindicatos, la propiedad estatal y las ideas socialistas.

      Blair optó por apoyar su política en las ideas expuestas por Anthony Giddens en su “Tercera Vía”, la cual suponía “un compromiso cuidadosamente elaborado entre la iniciativa privada angloestadounidense y la compasión social de estilo continental”, dejando patente la obsesión de Blair por llevar a cabo un pragmatismo que fusiona el sector público y el beneficio privado. Es por ello que impulsó lo que ha dado en llamarse una “sociedad pospolítica” o “posideológica”, que es aquella que rechaza los debates doctrinales, que sólo quiere lo que funciona y en la que han desaparecido las distinciones entre izquierda/derecha o entre Estado/mercado. Por todo ello, Judt no dudó en reconocer que tenía una “baja valoración” de Blair y de su “legado”.

     Blair defendía el “centrismo radical” dado que su política se basaba, en palabras de nuevo de Judt, en “el exitoso desplazamiento” de la antigua izquierda laborista “por lo que podría denominarse el centro bien-sentant, en el que una economía thatcherista retocada se combina con unos ajustes sociales apropiadamente bienintencionados, tomados de la tradición liberal”, una solución “tentadora”, pero errónea desde posiciones de una izquierda consecuente.

     Así las cosas, las críticas hacia el blairismo no se hicieron esperar. Un ejemplo de las posiciones de la izquierda británica era, y es, el cineasta Ken Loach, el cual denunciaba las políticas llevadas a cabo por el Nuevo Laborismo en contraste con la tradición histórica del laborismo clásico. De este modo, en su película “El espíritu del 45” destacaba lo que supuso, tras el fin de la II Guerra Mundial, la victoria del laborista Clement Attlee sobre el conservador Winston Churchill, tras la cual “se inició una transformación del país, física y psicológicamente, que devolvió a los ciudadanos el timón de sus vidas” y ejemplo de ello fueron la creación del Servicio Nacional de Salud, la colocación de los cimientos del Estado de Bienestar, la nacionalización del transporte, el gas, los muelles, la electricidad o el agua, así como la puesta en marcha de un ambicioso Plan de Vivienda. Pero, todo ello se truncó con el triunfo electoral de Margaret Thatcher en 1979 y, a partir de entonces, su agresivo neoliberalismo hizo que el sector público pasase otra vez a manos privadas, política ésta que continuaría Blair y su “Nuevo Laborismo”. Tal vez por ello, Ken Loach, ya en 2013, clamaba que en Gran Bretaña “necesitamos desesperadamente un partido de izquierdas”.

    Tras Blair, y el período de Jeremy Corbyn, que intentó retomar las posiciones clásicas del laborismo de izquierdas, su actual líder, Keir Starmer, parece querer retornar a la línea centrista que caracterizó al blairismo con el riesgo cierto de cometer los mismos errores políticos que caracterizaron a éste. De todo ello debería tomar buena nota la izquierda europea y, de forma especial Pedro Sánchez, investido con su hiperliderazgo como abanderado de la socialdemocracia, para evitar caer, como ya hizo el PSOE en el pasado, en las redes de un social-liberalismo, tal y como le ocurrió a Tony Blair y su desacreditada “Tercera Vía”, si realmente quiere ser fiel a los valores e ideales del socialismo democrático de Pablo Iglesias.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 12 de noviembre de 2021)

 

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12/11/2021 10:57 kyriathadassa Enlace permanente. Socialismo No hay comentarios. Comentar.

DOS DICTADORES EN HENDAYA

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     El 23 de octubre de 1940 el tren blindado de Hitler llegó a la estación francesa de Hendaya para reunirse con el general Franco y negociar la entrada de España en la II Guerra Mundial al lado de las potencias fascistas del Eje. Del encuentro de Hendaya se han dado visiones contrapuestas que han perdurado hasta nuestros días.

   Franco ambicionaba lograr un “imperio” para España uniéndose a la estela vencedora de la Alemania nazi que, tras derrotar a Polonia, Noruega, Dinamarca, Bélgica, Holanda, Luxemburgo y Francia, había hecho de Hitler el amo de Europa. Este sueño imperial, recogido en el libro Reivindicaciones de España de José María de Areilza, pretendía recuperar Gibraltar y la Cataluña francesa, así como anexionarse amplios territorios en el norte de África, todo ello sin un excesivo esfuerzo militar tras la esperada victoria del Eje. Pero, derrotadas las potencias fascistas al final de la II Guerra Mundial, el encuentro de Hendaya fue interpretado por el franquismo como “uno de los grandes logros de Franco al evitar que España entrara en la guerra” al exigirle a Hitler unas compensaciones territoriales y económicas excesivas y Luis Suárez, en su obra Franco y el III Reich. Las relaciones de España con la Alemania de Hitler, nos presenta a un Franco capaz de oponerse a las exigencias y presiones de Hitler para embarcar a España en la guerra, aún a cambio de promesas de concesiones territoriales.

    Esta visión, exaltadora del papel de Franco en Hendaya, se ha ido desmoronando con el paso del tiempo, y Paul Preston, en su trabajo Franco y Hitler. El mito de Hendaya, señala que Hitler no quería que España entrara en la guerra de inmediato, pues tenía otras prioridades como la de lograr la cooperación de la Francia de Vichy en su lucha contra Gran Bretaña, lo cual vetaba la posibilidad de acceder a las demandas territoriales planteadas por el franquismo. La actitud de Hitler en Hendaya se debió a  los informes que recibió del Reichführer de la SS Heinrich Himmler tras su visita a España para comprobar sobre el terreno la aportación que la España franquista podía prestar a la causa hitleriana. Según Ramón Garriga, en su obra La España de Franco, Himmler “se marchó de España con una idea pesimista dado la situación caótica en la que se encontraba la economía nacional y la gravedad del problema derivado de la guerra civil”, razón por la cual “no podía informar favorablemente a Hitler” y ello “pesó en el ánimo” del dictador alemán, al igual que lo hicieron las opiniones contrarias de otros mandos de la Wehrmacht. Así, como señala Paul Preston, Hitler llegó a declarar que la aportación de la España franquista “costaría más de lo que vale” y, por ello, no supondría una ventaja para los intereses del Eje. En consecuencia, en Hendaya no hubo ninguna presión directa para forzar a Franco para entrar en la guerra y Ludger Mees afirmaba que en Hendaya “Franco no convenció a Hitler de que España debía de abstenerse de entrar en la II Guerra Mundial”, sino que “fue el Führer quien creyó que su colaboración podía ser un lastre”. Se diluye así el mito construido por los apologistas del franquismo sobre la “astucia” y “hábil prudencia del Caudillo” que le permitió resistir las “presiones” de Hitler, evitando así la catástrofe que hubiera supuesto el embarcar a España, recién salida de una guerra fratricida, en una nueva contienda bélica. Este mito, pese a las evidencias históricas, continúa vivo entre los nostálgicos de la dictadura franquista.

    La realidad de los hechos fue bien distinta: Franco, además de soportar los bostezos de Hitler cuando le relataba sus tiempos y experiencia militar en Marruecos, dejó patente su servilismo ante el dictador alemán desde el mismo momento de su saludo inicial en el andén de la estación cuando le dijo balbuceando “Soy feliz de verle, Führer”. En la despedida, según relata César Vidal, Franco aferró con sus dos manos la que le tendía Hitler y le dijo: “A pesar de cuanto he dicho, si llegara un día en que Alemania de verdad me necesitara, me tendría incondicionalmente a su lado y sin ninguna exigencia”, una frase reveladora y que, sin embargo, parece ser que no se le tradujo a Hitler. Acto seguido, César Vidal añade una anécdota significativa sobre la “firmeza” de Franco en Hendaya, el cual, “quizá en un último intento de causar buena impresión a los alemanes, se quedó de pie en la plataforma del vagón, cuadrado militarmente, con la portezuela abierta y saludando a Hitler. Y a punto estuvo de caer cuando arrancó el tren de no haberlo sujetado el general Moscardó, el Jefe de su Casa Militar”. Franco no cayó del tren, como tampoco lo hizo su dictadura tras la derrota de las potencias fascistas al final de la II Guerra Mundial, hecho imputable, en gran parte, a la actitud contemporizadora de las democracias occidentales.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 24 octubre 2021)

 

 

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24/10/2021 08:17 kyriathadassa Enlace permanente. Política-España No hay comentarios. Comentar.

UN MUNDO MULTICENTRICO

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     Como señala Heinrich Kreft, en su estudio titulado Alemania, Europa y el auge de las nuevas potencias emergentes: los desafíos de un mundo multicéntrico, en los últimos años la globalización está modificando de forma paulatina pero inexorable el statu quo geopolítico y económico imperante desde el final de la II Guerra Mundial, desplazándose el centro de gravedad del Norte al Sur y de Occidente a Oriente. Es por ello que vivimos una época de cambios acelerados caracterizado por el ascenso de nuevas potencias emergentes y el relativo declive de Estados Unidos (EE.UU.), Europa y Japón y, en contraposición está surgiendo lo que ha dado en llamarse “un nuevo mundo multicéntrico”.

    La creciente implantación de este multicentrismo en el panorama internacional tiene varios perfiles: por un lado se habla de la “bipolaridad” entre EE.UU. y China, otros autores aluden al “siglo asiático” dado el auge de China e India, a los que habría que añadir, también, a Corea del Sur, Indonesia, Filipinas, Paquistán, Bangla-Desh o Vietnam, países estos últimos que resultan competitivos aunque ello se debe a sus muy bajos salarios y a sus penosas condiciones laborales y, sobre todo, se menciona cada vez más el creciente papel de los llamados “grandes países emergentes”, los llamados BRICS.

    La denominación BRICS es el acrónimo con el que se hace referencia, por este orden, a Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, los países emergentes de mayor pujanza económica y de creciente peso político en el panorama internacional ya que los referidos cinco países, suponen el 43% de la población mundial y el 20%, y subiendo, de la producción generada en nuestro planeta.

    Pero entre los BRICS, además del creciente auge de Rusia, impulsada por los sueños imperiales de Vladimir Putin, merece una mención especial el caso de China, dado que el gigante asiático puede convertirse en pocos años en la mayor economía mundial de un Estado no democrático, superando de este modo al liderazgo de Occidente, esto es, del eje EE.UU. – Unión Europea (UE). El imparable crecimiento de China logrado en estas últimas décadas, es fruto de un modelo de desarrollo y modernización de éxito, basado en su inamovible sistema de gobierno dictatorial y en un capitalismo de rígido control estatal, un modelo que combina el comunismo político con el capitalismo económico y que, los hechos lo demuestran, no tiene entre sus prioridades la democratización y la participación política de su ciudadanía.

     En este contexto cada vez más multicéntrico, la situación de la actual UE, liderada de forma destacada por Alemania, se ha reconfigurado. Y es que resulta indudable que, al igual que le ocurre a los EE.UU., a pesar de lo ocurrido con la reacción nacionalista durante los años del afortunadamente ya concluido mandato de Donald Trump (2016-2020), en el caso de Europa, y en concreto la UE, está perdiendo peso económico y político a nivel mundial, y de ello hay que ser consciente. Tal es así que, como indicaba el citado Heinrich Kreft, “entre las potencias en auge, Europa se percibe menos que nunca como modelo o socio fuerte sino como un continente ensimismado que va envejeciendo y perdiendo poder. Este hecho influye en socios tradicionales en África, América Latina y Asia Central, que se oriental cada vez más hacia China y otros países emergentes”.

    Así las cosas, Europa debe recuperar “sin demora” su capacidad de actuación y, por ello, tiene importantes tareas pendientes, de forma especial en lo que respecta a la UE tales como proseguir su integración política, acabar con sus déficits democráticos, impulsar la unión monetaria que se debe complementar con la unión económica y fiscal, culminar el mercado interior y lograr un mercado laboral más uniforme. En cuanto a la política exterior de la UE, si quiere continuar desempeñando en el futuro un papel configurador en el futuro mundo multicéntrico, necesita una fuerte política exterior y de seguridad común (PESC), una política común de seguridad y de defensa (PCSD) y un fortalecimiento del Servicio Europeo de Acción Exterior. Sólo de este modo, la UE será capaz de impulsar sus valores e ideales que, no lo olvidemos, siempre deben de ser el fomento de la democracia, el pluralismo, la buena gobernanza, el Estado de Derecho y el respeto permanente a los derechos humanos.

    Es verdad que, en la actualidad, nadie es capaz de saber si surgirá en un futuro inmediato un nuevo orden estable a nivel mundial, ni tampoco cuándo aparecerá ni cuáles serán sus características. Tampoco se puede aseverar que los BRICS se conviertan en “un nuevo bloque coherente”, puesto que siendo cierto que estos países emergentes contribuyen en su conjunto al declive del orden mundial surgido tras el final de la II Guerra Mundial y hasta ahora dominado por Occidente, por sus intereses contrapuestos no se hallan en situación, o tal vez no quieran participar de manera constructiva y coordinada, en la configuración del nuevo orden multicéntrico que se atisba en el horizonte.

    Frente a estas incertidumbres, sería deseable, a la vez que necesario, el reactivar el papel de la UE, bandera y garante de la libertad, seguridad y bienestar y su extensión y consolidación sin limitaciones fronterizas de signo nacionalista. Por ello, la política exterior de la UE debería de integrar estos valores en su relación con las nuevas potencias emergentes, valores que deben prevalecer por encima de intereses económicos y mercantilistas a la hora de regir la política exterior de nuestra Europa comunitaria.

 

   José Ramón Villanueva Herrero

   (publicado en: El Periódico de Aragón, 12 octubre 2021)

 

 

 

 

 

 

 

 

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12/10/2021 09:02 kyriathadassa Enlace permanente. Política internacional No hay comentarios. Comentar.

TIEMPO DE INCERTIDUMBRES

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     Vivimos una época llena de incertidumbres, un tiempo en el cual, como señalaba Daniel Inerarity, estamos en “una situación propia de las sociedades en las que el horizonte de lo posible se ha abierto tanto que nuestros cálculos acerca del futuro son especialmente inciertos”. Y es verdad, pues, como este mismo autor señalaba en su libro Política para perplejos (2018), tras la indignación social producida por los efectos de la crisis económica del año 2008, se pasó a una decepción generalizada ante la situación general consecuencia de aquella y, posteriormente, a una fase actual de perplejidad, momento que coincide, como ahora ocurre, “cuando el malestar se vuelve difuso”. Por todo ello, es tan importante entender lo que pasa en estos tiempos convulsos e inciertos con los que hemos iniciado el presente siglo XXI y ello, en palabras de Inerarity, “es una tarea más revolucionaria que agitarse improductivamente, equivocarse en la crítica o tener expectativas poco razonables” hasta el punto en que “nunca fue más liberador el conocimiento, la reflexión, la orientación y el criterio”.

     Pero la realidad resulta bien distinta. De hecho, Tony Judt, en su libro Sobre el olvidado siglo XX (2020), señalaba que una de las características que han marcado el siglo pasado ha sido, precisamente, lo que él denomina el “agotamiento de las energías políticas”, la crisis de las ideas que, hasta entonces eran el motor que había movido la historia de Occidente. Y es que, “aunque no carece por completo de significado la terminología izquierda/derecha, ya no describe lealtades políticas de la mayoría de los ciudadanos”. A ello se une un evidente escepticismo ante objetivos políticos globales como pudieran ser los de “Nación”, “Historia” o “Progreso” mientras que los objetivos colectivos se reducen a términos exclusivamente económicos (prosperidad, crecimiento, PIB, eficacia, producción, tipos de interés, comportamiento del mercado de valores), “como si no fueran medios para alcanzar colectivamente unos fines sociales o políticos, sino fines suficientes y necesarios en sí mismos”.

Así las cosas, Judt considera que nos hallamos en una “época apolítica” y, por ello, nos advierte de forma premonitoria de los riesgos que ello comporta, ya que, “las democracias en las que no hay opciones políticas significativas, en las que la política económica es todo lo que realmente importa y en las que la política económica está en buena parte determinada por actores no políticos (bancos centrales, agencias internacionales o corporaciones transnacionales), o bien dejarán de ser democracias que funcionen o volverán a presenciar la política de la frustración, del resentimiento populista”.

    Pero este “apoliticismo” no es tal puesto que no hay nada más ideológico que los imperantes planteamientos de que “todos los asuntos y políticas, públicas o privadas, deban inclinarse ante la globalización económica, las leyes inevitables y sus insaciables demandas”. De hecho, las políticas, en opinión de Inerarity, “no saben con precisión qué deben hacer, pero cuando lo saben no se arriesgan a la pérdida de poder que eso implicaría”. Tal es así, que, ante el avasallador embate de la globalización neoliberal, este autor considera que muchas políticas evidencian “una mezcla fatal de negación de los problemas, postergación de las soluciones, falsas esperanzas, persistencia de las rutinas, vetos mutuos y cortoplacismo que termina reduciendo al mínimo su capacidad transformadora”.

     En este contexto de incertidumbre, también se abren paso las consecuencias de la “política del miedo”, la cual se ha ido convirtiendo en un ingrediente activo de la vida política en las democracias occidentales, y ello explica la aparición o revitalización de grupos, partidos y programas basados en el miedo, bien sea éste hacia los extranjeros, ante los cambios, ante las fronteras abiertas o frente a la diversidad social y la libertad de expresión. Ante este panorama, dado que “la política de la inseguridad es contagiosa” y que puede socavar nuestras democracias, la posición de Judt es clara y rotunda: resulta imprescindible lograr la cohesión pública y la confianza política necesaria para una prosperidad estable mediante la provisión colectiva de servicios sociales y una política fiscal progresiva, algo que sólo los Estados democráticos tienen los recursos y la autoridad necesarios para gestionarlos y hacerlos efectivos.

    Así las cosas, hoy más que nunca resulta obvio, y necesario, el papel de los Estados democráticos en estos tiempos de globalización puesto que, como señalaba Judt, “una democracia saludable, lejos de estar amenazada por el Estado regulador, en realidad depende de él” ya que, “en un mundo cada vez más polarizado entre individuos aislados e inseguros y fuerzas globales no reguladas, la autoridad legítima del Estado democrático puede ser la mejor institución intermedia concebible”.

     Por su parte Yuval Noah Harari en su libro 21 lecciones para el siglo XXI (2019) nos ofrece otra clave para hacer frente a estos tiempos de incertidumbres, para estos tiempos en los que, según sus palabras, la Humanidad “se enfrenta a revoluciones sin precedentes, todos nuestros relatos antiguos se desmoronan y hasta el momento no ha surgido ningún relato para sustituirlos”. Y, por ello, Harari opta por destacar el valor de la educación, por la enseñanza en las escuelas de “las cuatro ces” (pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad), en las cuales deberían formarse las nuevas generaciones para disipar tantas incertidumbres que nos acosan. Y es que, ya lo dijo Nelson Mandela, “La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo”.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 28 septiembre 2021)

 

 

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28/09/2021 06:29 kyriathadassa Enlace permanente. Política internacional No hay comentarios. Comentar.

LAS LECCIONES DE WEIMAR

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    En los actuales procesos de involución democrática alentados por grupos de extrema derecha, ya no se producen golpes de Estado como en otros tiempos, sino que la táctica del neofascismo es la de utilizar las instituciones democráticas para irlas socavando desde dentro. En este sentido, se pueden extraer lecciones (y reflexiones) sobre lo ocurrido en la Alemania de entreguerras, período que coincide con el momento del auge del nazismo hitleriano durante los años de la República de Weimar (1918-1933). Recordemos algunos datos.

     Tras la derrota de Alemania en la I Guerra Mundial y el derrocamiento del káiser Guillermo II, la nueva República alemana, conocida con el nombre de la ciudad de Weimar, lugar donde se reunió la Asamblea Nacional constituyente que elaboró una nueva constitución democrática, pretendió dejar atrás el imperialismo militarista germano, culpable en gran medida de la tragedia de la “Gran Guerra” de 1914-1918. Pese a las esperanzas que despertó, la joven República tuvo que hacer frente a una gravísima depresión económica y a una constante inestabilidad política y social. Por ello, como señalaba Madeleine Albright, el contexto de la República de Weimar no pudo ser más adverso, caracterizado por “una Europa rencorosa, una América indiferente y una ciudadanía herida”.

     A la altura de 1932, la población alemana sufría una brutal crisis económica y social agravada con el asfixiante pago de las reparaciones de guerra exigidas por las fuerzas aliadas vencedoras en la Gran Guerra, temas éstos que serían demagógicamente utilizadas por Hitler para captar un considerable apoyo popular. El semanario socialista zaragozano Vida Nueva se hizo eco por aquellas fechas en diversos artículos de la situación en Alemania, cuya democracia estaba cada vez más amenazada por el nazismo, a la vez que denunciaba con dureza las simpatías de las fascistizadas derechas españolas para con la emergente figura de Hitler y la admiración de éstas con el auge electoral del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP), el partido nazi.

      Por su parte, Hitler era consciente de que, tras el fracaso del golpe de Estado de 1923, si quería conquistar el poder tenía que hacerlo de forma gradual y por la vía legal. Así, en las elecciones federales del 14 de septiembre de 1930, supo canalizar el voto de los descontentos y logró un amplio apoyo entre pequeños empresarios, mujeres, campesinos y jóvenes, lo cual convirtió al NSDAP en el segundo partido del Reichtag, tras los socialdemócratas del SPD y seguido del comunista KPD. Especialmente destacable resulta el hecho de que, tras estos comicios, se diluyó el centro político y, a partir de este momento, la pugna electoral se trasladó al enfrentamiento entre la izquierda (SPD, KPD) contra la extrema derecha nazi (NSDAP) apoyada por otros grupos derechistas.

     El siguiente peldaño del ascenso al poder de Hitler tuvo lugar en las elecciones presidenciales celebradas a dos rondas los días 13 de marzo y 10 de abril de 1932. En ellas, Hitler, respaldado por el NSDAP y todos los grupos nacionalistas de derechas, se enfrentó al anciano mariscal Paul von Hindelburg, y aunque Hitler fue derrotado, logró 13 millones de votos (1/3 del electorado) gracias a su perversa utilización del revanchismo germano y de su negativa a que Alemania pagase las onerosas indemnizaciones de guerra que le habían sido impuestas. Otro factor que favoreció el creciente apoyo político y electoral a Hitler fue la involución política de la derecha parlamentaria alemana, cada vez más escorada hacia el nazismo, lo cual supuso un serio e irreversible debilitamiento de la democracia representada por la República de Weimar.

     En las siguientes elecciones federales del 31 de julio de 1932 se produjo un choque frontal entre el Bloque de la derecha, integrado por el NSDAP nazi y el Partido Popular Nacional Alemán (DNVP) que obtuvieron 267 escaños, frente al Bloque de la izquierda (SPD, KPD), al cual se unió el Zentrum católico (DZP), que logró 317 diputados. Ante una situación políticamente enquistada hubo que convocar nuevas elecciones federales para el 6 de noviembre de 1932, pero éstas dieron unos resultados similares a los de los comicios del pasado julio, pese a lo cual el NSDAP perdió 2 millones de votos, se produjo un auge del KPD y un retroceso del SPD, hecho éste último, consecuencia de la suicida rivalidad entre comunistas y socialistas, táctica alentada por Stalin y que dinamitó la imprescindible unidad de la izquierda para frenar al nazismo. Por su parte, el presidente Hindelburg, tenía un dilema: seguir convocando nuevas elecciones con muy pocas posibilidades de obtener un resultado concluyente, o encomendar la Cancillería a Hitler. Se decidió por esta última opción y el 30 de enero de 1933 Hitler, del que alguien dijo que era “un hombre enfurecido en una época enfurecida”, se convertía en canciller a pesar de no haber ganado una votación parlamentaria, aunque ciertamente lo hizo por medios constitucionales. Como recordaba Madeleine Albright, Hitler, un demagogo delirante caracterizado por “su ambición criminal, su racismo visceral y su absoluta inmoralidad” llegó al poder “tras haber logrado que millones de alemanes se sintieran atraídos por su figura y sus mensajes”.

    Este fue el triste epílogo de la República de Weimar, pues, como señalaba el semanario socialista zaragozano Vida Nueva el 13 de febrero de 1933, “la mayoría del país quiere vivir a la voz de mando del tirano, antes que colaborar como ciudadanos libres en la gran obra de la democracia”. La historia posterior es bien conocida y, tras acabar con la democrática República de Weimar, Hitler implantó una brutal dictadura totalitaria.  Y, para ello, a Hitler y al nazismo les resultó muy útil el empleo demagógico de los desastrosos efectos de la depresión económica, la connivencia y complicidad de las viejas derechas parlamentarias y la suicida división de las izquierdas, incapaces de articular un Frente Popular para contener los zarpazos de la bestia parda nazi. Estas son las lecciones de Weimar que hoy resulta oportuno recordar para estar alerta ante el preocupante auge de los populismos de extrema derecha y de los nuevos fascismos del siglo XXI.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 16 septiembre 2021)

 

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17/09/2021 11:57 kyriathadassa Enlace permanente. Política internacional No hay comentarios. Comentar.

DONDE LA HISTORIA SE AVERGÜENZA

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     Hay lugares y donde se tuvieron lugar páginas negras de la historia  y que como tales han quedado en la memoria colectiva. Tal vez el ejemplo más evidente (y sangrante) de ello sea Auschwitz, la encarnación del mal absoluto que supuso el nazismo, pero con distinta graduación y circunstancias hay otros muchos si repasamos la historia reciente de Europa.

    Este año he pasado las vacaciones en Francia, cerca de la localidad de Montoire-sur-le-Loir, población que evoca una página, también negra, de la historia francesa. Allí tuvo lugar, el 24 de octubre de 1940, la entrevista entre el mariscal Philippe Pétain y Adolf Hitler, el primero, representando a la Francia vencida por la entonces imparable maquinaria de guerra alemana, el otro, el todopoderoso dictador nazi. Hitler, que el día anterior se había reunido con el general Franco en la estación de Hendaya, pretendía con el encuentro de Montoire, sentar las bases de la relación entre el III Reich y la Francia pétainista, o lo que es lo mismo, lograr la completa sumisión de ésta a los dictados políticos, económicos y militares de Berlín.

     El apretón de manos entre Pétain y Hitler en la estación de Montoire ha quedado para la memoria de Francia como el símbolo del vergonzoso  y humillante colaboracionismo del régimen pro-nazi galo con la Alemania hitleriana. En dicha reunión Pétain aceptó colaborar con el III Reich pero no logró ninguna de sus demandas como la liberación de varias decenas de miles de prisioneros de guerra o la reinstalación del Gobierno pétainista ni en Versalles ni en París, por lo que éste fijó su sede definitiva en la ciudad de Vichy. Y ello a pesar de que Pétain ofreció su apoyo a la Alemania nazi para combatir a Gran Bretaña y no puso obstáculos para una mayor colaboración política y económica con Berlín. Pero Hitler se mostró intransigente y no aceptó ninguno de los ofrecimientos de Pétain pues sólo deseaba asegurar la colaboración política (incluida la represión de resistentes y la deportación de judíos) y la explotación económica de Francia en beneficio del esfuerzo de guerra germano. En el terreno militar, Hitler estaba interesado en que Pétain defendiera el imperio colonial francés de ataques británicos o de las Fuerzas Francesas Libres (FFL) del general De Gaulle, todo ello sin ninguna compensación a cambio que pudiera "justificar" la colaboración del régimen de Vichy con la Alemania nazi.

     Aún hoy en día, en la historia oficial de Francia,  aquella que presenta a nuestro país vecino como unido contra el nazismo bajo la bandera de la Resistencia y de la figura del general De Gaulle, el tema del colaboracionismo con la Alemania hitleriana sigue siendo una página polémica, un período asociado a las ciudades de Vichy y de Montoire, que todavía cargan con ese estigma.

      En la actualidad, del episodio vergonzoso de Montoire queda el edificio histórico de la vieja estación, convertida en un pequeño museo que recuerda el significado de aquel encuentro, considerado todo un oprobio para el orgullo chovinista galo. A modo de desagravio, en la fachada de la estación, una placa recuerda la liberación de Montoire por el Ejército de los Estados Unidos el 11 de agosto de 1944. Igualmente, en los jardines que se hallan frente a la estación, está plantado un "Árbol de la Libertad", evocando el legado de la Revolución Francesa y los valores republicanos de "Libertad-Igualdad-Fraternidad", que fueron aplastados tanto por la ocupación nazi  como por el régimen pétainista de Vichy.

    Otro vestigio relacionado con el encuentro de Montoire se encuentra en sus proximidades: se trata del túnel ferroviario de Saint-Rimay que estaba destinado a proteger a "Erika", el tren blindado de Hitler, en caso de ataque aéreo durante su entrevista con Pétain. Más tarde, en 1943, se convirtió en Cuartel del Alto Mando alemán y estaba cerrado por enormes puertas blindadas, protegido por búnkeres y baterías antiaéreas y que contaba con una guarnición permanente y una central eléctrica y telefónica que conectaba directamente con  Berlín. Curiosamente, estas instalaciones nunca fueron objeto de ningún ataque aéreo durante la guerra. Aunque el acceso al túnel está prohibido y un cartel advierte de que, en caso de hacerlo, se puede ser sancionado con una multa de 3.750 euros y una sanción de 6 meses de cárcel, dado que la vía férrea sigue siendo operativa, era  tentador adentrarse en el túnel y así lo hice, para contemplar sus impresionantes puertas blindadas que todavía se conservan en su interior, así como el techo del mismo, reforzado con planchas de acero y que, pese a ello, nunca llegó a ser utilizado como refugio para el tren de Hitler.

     Es evidente que Francia ha ajustado cuentas y memoria con su pasado, mientras que en España todavía tenemos muchas deudas pendientes con aquellos lugares vinculados al franquismo donde, también, la historia se avergüenza. Baste recordar las miles de fosas y tapias que nos recuerdan, en infinidad de lugares,  la represión genocida desatada por los sublevados aquel fatídico 18 de julio de 1936. También avergüenzan aquellos otros lugares donde, como señalaba Paul Preston, el general Franco firmaba las sentencias de muerte de los condenados "mientras comía", "tomando café antes de la sienta" o "viajando en coche", miles de sentencias que el dictador siempre firmó con la "E" de "Enterado", de forma fría, impasible y sin el menor remordimiento moral, pues como el mismo Franco dijo a su cuñado Ramón Serrano Suñer, eran "cosas de trámite". Estos hechos avergüenzan la historia de España, al igual que en la memoria francesa sigue siendo un hecho oprobioso el encuentro de Montoire, y como tal se estudia en los libros de texto, mientras que en España sigue habiendo profundas lagunas curriculares a la hora de analizar la dictadura franquista.

      Por todo ello, es tan importante la memoria democrática pues, como dejó escrito Luis Buñuel, "Una vida sin memoria no sería vida, como una inteligencia sin posibilidad de expresarse no sería inteligencia. Nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestra acción, nuestro sentimiento. Sin ella, no somos nada".

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 30 de agosto de 2021)

 

 

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30/08/2021 15:47 kyriathadassa Enlace permanente. Memoria histórica No hay comentarios. Comentar.

QUÉ FUE DE LA JUSTICIA UNIVERSAL

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    Cuando la entonces mayoría parlamentaria del Partido Popular aprobó la Ley Orgánica 1/2014, mediante la cual se modificaba la Ley orgánica 6/1985, del Poder Judicial, se consagraba, legalmente, la limitación a la jurisdicción universal, lo cual supuso un duro golpe al principio de justicia universal,  dado que se imposibilitaba el que los tribunales españoles pudieran investigar y enjuiciar delitos penados por el derecho internacional tan graves como el genocidio, los crímenes de guerra, las desapariciones forzadas o la tortura, quedando sobreseídos, de forma automática,  todas las causas de esta índole que estuvieran abiertas en la Audiencia Nacional. De este modo, el entonces Gobierno presidido por Mariano Rajoy, consagraba la impunidad de los crímenes contra la humanidad, todo un cínico ejercicio de utilitarismo frente a los valores de la ética y la justicia, impidiendo de este modo investigar y enjuiciar a genocidas y criminales de guerra tan repugnantes como Franco, Pinochet, George Bush o Jiang Zemin.

    Hay que tener en cuenta que la jurisdicción universal es uno de los mayores instrumentos con los que cuenta la justicia por poder juzgar crímenes de derecho internacional tales como el genocidio, crímenes de lesa humanidad, crímenes de guerra, tortura o desaparición forzada. Es por ello que esta herramienta permite a los jueces de todos los países del mundo poder abrir investigaciones sobre estas violaciones graves de derechos humanos, llevando ante los tribunales a los autores de estos crímenes.

   Tras la aprobación de la Ley Orgánica 1/2014, son muchos las causas e investigaciones abiertas en tribunales españoles que han quedado impunes tras su archivo “legal”. Este sería el caso de las diversas causas abiertas por genocidio como el cometido contra la población maya en Guatemala (1999), por el sufrido por el grupo religioso Falun Gong en China (2003) o los relativos al Tibet (2005), Ruanda (2005), los crímenes provocados por autoridades marroquíes en el Sahara Occidental ocupado (2006) o el cometido en los campos de concentración nazis (2008). Otras causas investigaban los crímenes de guerra cometidos por Israel en Gaza (2008) o en el ataque a la llamada “Flotilla de la Libertad” (2010) por unidades del Ejército israelí. También se archivarían las investigaciones abiertas en torno al asesinato de José Couso en Irak, la del jesuita Ignacio Ellacuría en El Salvador o la del diplomático Carmelo Soria durante la dictadura de Pinochet en Chile, así como las causa en torno a los vuelos clandestinos de la CIA o las torturas cometidas en la base de Guantánamo por militares norteamericanos.

     Dicho esto, resulta obvio que la puesta en práctica de la Ley Orgánica 1/2014, ha tenido importantes consecuencias negativas dado que ha supuesto un golpe devastador para la jurisdicción universal al permitir que tan graves crímenes queden impunes. Al mismo tiempo, supone una flagrante violación de las obligaciones y compromisos internacionales asumidos por España en esta materia, en concreto las Convenciones de Ginebra de 1949, la Convención contra la Tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes o la Convención internacional para la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas de 2007 (ratificado por España en 2009), dado que la legislación española no puede dejar sin efecto o derogar las obligaciones contraídas por España en materia de derecho internacional dado que éstas tienen supremacía sobre el derecho nacional.

    Además, según algunos juristas, la referida limitación legal a aplicar por parte de España la justicia universal podría exceder las facultades legislativas del Congreso de los Diputados, dado que estaría cerrando de manera generalizada todas las investigaciones relativas a estos graves crímenes, lo cual supone una clara interferencia que vulnera la independencia del poder judicial. Y, también, semejante involución legislativa no sólo daña la imagen internacional de España en materia de defensa de los derechos humanos e investigación y enjuiciamiento de los crímenes contra la humanidad, sino que incluso podría llevar a nuestro país ante la Corte Penal Internacional o ante los comités de la ONU contra la tortura o contra las desapariciones forzadas por incumplimiento de sus obligaciones en esta materia dado que el consenso de la comunidad internacional es claro: estos crímenes, que golpean a la conciencia de la humanidad, han de ser castigados y es deber de todo Estado investigar a sus responsables. Además, es importante señalar que ninguno de estos tratados menciona la posibilidad de limitar la persecución de graves crímenes de derecho internacional como ha pretendido la Ley Orgánica 1/2014 a cuya aprobación no fueron ajenas las presiones de Estados Unidos, China o Israel sobre el entonces gobierno de Mariano Rajoy.

    Cuando en el año 2014 se produjo tan grave involución legislativa, ante semejante golpe a la aplicación efectiva de la justicia universal, 91 asociaciones y colectivos vinculados a los derechos humanos, suscribieron un manifiesto en el cual instaban a España a que respetase y mantuviese sus compromisos y obligaciones internacionales suscritos al firmar los acuerdos antes indicados, así como a que se garantizase que cualquier reforma de las normas que regulan la jurisdicción universal esté acorde con el derecho internacional. Así las cosas, estas cuestiones siguen pendientes a fecha de hoy y, consecuentemente, esta situación debería ser subsanada cuanto antes para que España vuelva ser un adalid en la defensa de la justicia universal, aquel camino que inició el entonces juez Baltasar Garzón cuando el 16 de octubre de 1998 dictó la orden de detención contra el dictador Augusto Pinochet, todo un hito en la aplicación del principio de justicia universal, o cuando el mismo Garzón inició el sumario 53/2008 sobre las víctimas del franquismo y  en el que constan los nombres de 143.353 víctimas causadas por la represión fascista durante la guerra civil y la posterior dictadura, por lo que sigue habiendo 143.353 razones para que los demócratas españoles defendamos la aplicación de la legislación penal internacional. Por todo ello, la reactivación de la justicia universal, con todas sus consecuencias, debería de ser una tarea asumida sin dilación por el actual Gobierno de coalición progresista español.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón. 10 agosto 2021)

 

 

 

 

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26/08/2021 17:23 kyriathadassa Enlace permanente. Memoria histórica No hay comentarios. Comentar.

ANNUAL: EL CENTENARIO DE UN DESASTRE

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     Entre el 22 de julio y el 9 de agosto de 1921, hace ahora cien años, se produjo en Marruecos el conocido como “desastre de Annual”, sufrido por el ejército español, una tragedia causada no sólo por las tribus rifeñas lideradas por Abd-el-Krim, sino también por la ineptitud de los mandos, por un impropio afán de gloria y conquista colonial, así como por los intereses económicos de la clase política y militar que sustentaba la monarquía de Alfonso XIII.

    Tras la pérdida en 1898 de los últimos restos del imperio colonial hispano (Cuba, Puerto Rico y Filipinas), los políticos de la Restauración dirigieron su mirada hacia el indómito Marruecos, con la pretensión de revivir allí viejos sueños de potencia colonizadora. Es por ello que, tras la Conferencia de Algeciras (1906) y la posterior creación del Protectorado Franco-Español (1912), las tierras de Marruecos fueron repartidas entre Francia, que se llevó la mayor parte del territorio, y España, a la que le correspondió una pequeña franja, un territorio agreste, habitada por 66 cabilas o tribus, una zona indómita cuyos nativos, en expresión del sargento de Regulares Enrique Meneses, eran “gentes sin civilizar” y para los que “la guerra es su pasión, su diversión favorita”.

    Varias fueron las razones por las cuales los políticos y estamentos militares del momento fijaron su interés en Marruecos. En primer lugar, para intentar “restañar las heridas” ocasionadas por la pérdida de las colonias en 1898; por otra, el deseo del Ejército de dar salida a una oficialidad que, tras el desastre colonial, se había visto privada de 8.000 destinos. Además, la intervención en Marruecos, a la que se le quiso dar un tinte “civilizador”, pretendía en realidad recuperar el prestigio perdido por la clase política y el Ejército en aquella España decadente que, a duras penas, intentaba sobreponerse de las consecuencias del desastre de 1898. Y, a todo ello, habría que añadir los intereses económicos españoles en la zona, esto es, la explotación de los yacimientos de hierro y plomo marroquíes.

   Desde el primer momento, los sectores populares españoles se opusieron a la aventura colonial en Marruecos: recordemos que fue éste precisamente el motivo del estallido de la Semana Trágica de Barcelona en 1909, el mismo año en que se produjo el desastre del Barranco del Lobo cerca de Melilla. No obstante, los sucesivos gabinetes de la época, en gran medida alentados por Alfonso XIII, continuaron con sus pretensiones coloniales en Marruecos. De este modo, a partir de 1919, el Gobierno de Romanones reactivó la campaña militar para hacerse con el control efectivo del territorio del Protectorado asignado a España y que contaba con una población bereber hostil a cualquier dominación extranjera y que culminó con la conquista de Xauén en el otoño de 1920.

    Posteriormente, el protagonismo militar correspondió al general Manuel Fernández Silvestre, cuya impetuosa e insensata actitud, apoyado y protegido directamente por el rey Alfonso XIII, sería el detonante del desastre. Así, fue Fernández Silvestre el responsable del temerario avance hacia la bahía de Alhucemas, “excesivamente osado y falto de consistencia” como señaló el historiador Daniel Macías, lo cual ocasionó graves problemas de comunicación y la imposibilidad de abastecer de material y, sobre todo de agua en el abrasador verano marroquí, a los “blocaos” o posiciones españolas, por otra parte, escasamente dotadas de hombres y armamentos y débilmente fortificadas, tal es así que, Fermín Galán, entonces  un joven oficial destinado en la zona, definía con estas palabras la lamentable situación de los soldados en los blocaos: “Están famélicos, barbudos, no tienen fuerzas, se caen. Están destrozados”.

    El ataque de las cabilas rifeñas, unificadas bajo el mando de Abd-el-Krim, cercó a las tropas españolas de Fernández Silvestre e iniciada la retirada en medio de un caos total, se produjo el desastre: una insurrección general se abatió sobre los soldados, a los que no se les concedió cuartel y que causó la muerte de más de 10.000 militares españoles (entre ellos, el mismo general Fernández Silvestre), muchos de cuyos cadáveres fueron objeto de todo tipo de vejaciones, tal y como ocurrió tras la rendición de las tropas en Monte Arruit.

  El impacto social de la derrota militar fue grande y el gabinete de Manuel Allendesalazar se vio obligado a dimitir. La ciudadanía pidió la depuración de responsabilidades, se crearon comisiones parlamentarias, el general Picasso redactó el informe que lleva su nombre y es que, “el desastre de Annual” como empezó a ser denominado, puso en el punto de mira no sólo al sistema político de la Restauración, sino también la responsabilidad que en el mismo tuvo el rey, al que muchos hacían responsable de lo sucedido.

   Este triste aniversario nos recuerda cómo miles de cadáveres de soldados, la inmensa mayoría pertenecientes a familias humildes que, a diferencia de las más pudientes no pudieron eludir el servicio militar imperante en aquella tierra hostil, fueron el elevado precio que se pagó por trasnochadas e  ilusorias ambiciones coloniales y militaristas, unidas a los intereses de la carcomida clase política sobre la que se sustentaba el trono de Alfonso XIII, una monarquía que, pese al intento desesperado de apuntalarla mediante la dictadura del general Miguel Primo de Rivera durante 1923-1930, había entrado en su declive definitivo.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 19 julio 2021)

 

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19/07/2021 06:59 kyriathadassa Enlace permanente. Memoria histórica No hay comentarios. Comentar.

TIEMPOS POS-PANDÉMICOS

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    En un reciente artículo publicado por Antón Costas en este mismo periódico, titulado “Año 1 después del covid-19”. nos recordaba que la salida de la actual crisis generada por la pandemia universal sería un error plantearla solamente en términos económicos, dado que “no podemos olvidar que además de una recesión económica, estamos sufriendo una recesión social y una recesión democrática que viene del aumento del populismo autoritario”.  Así las cosas, Costas consideraba con acierto que había que dar prioridad a la recuperación social y, para ello, defendía la necesidad de impulsar la mejora de las políticas sociales, elemento esencial del Estado de bienestar tan acosado en la actualidad por las políticas neoliberales. A su vez, apuntaba la idea de que, para lograr la recuperación social se necesitaban políticas e instituciones nuevas que afronten la pobreza infantil y de los jóvenes tales como la universalización de la gratuidad de la enseñanza preescolar de o a 3 años, favorecer el acceso a la vivienda asequible, que se  experimenten nuevas políticas de empleo para que la digitalización y la automatización puedan crear más y mejores empleos de los que destruyen, así como que se actué de forma decidida en la regulación tecnológica y la fiscalidad de los robots y los algoritmos de las plataformas digitales.

    En esta misma línea, Rosa Duarte recordaba que la pandemia actual obligará a revisar el modelo económico y ello pasa, necesariamente, por tomar conciencia de la importancia del sector público (sistemas sanitarios, educativos, asistenciales y tecnológicos) y ello será imprescindible para que la recuperación sea plenamente inclusiva, para que nadie se quede atrás.

   En ese futuro post-pandémico que nos espera, Antón Costas aludía a que el principal reto que tenemos como sociedad es la falta de buenos empleos, por lo cual éste debería de ser el principal objetivo de la recuperación, tanto desde una perspectiva económica y social. Pero el tema del empleo va a ser tan incierto como cambiante y es por ello que Yuval Noah Harari en su célebre libro 21 lecciones para el siglo XXI (2020), afirma de forma rotunda que “No tenemos idea alguna de cómo será el mercado laboral en 2050”, debido a efectos de la automatización y de la inteligencia artificial (IA) sobre el empleo. Pero sí que nos advierte, de forma premonitoria, de que “ningún empleo humano quedará jamás a salvo de la automatización futura, porque el aprendizaje automático y la robotización continuarán mejorando”. Además, augura que, al igual que la industrialización creó la clase obrera, la IA hará emerger una “clase inútil”, laboralmente hablando, en un contexto en el que el beneficio del capital dependa cada vez menos del trabajo asalariado y más de la especulación financiera. Igualmente, ello podría generar una inestabilidad laboral ya que el auge de la automatización y de la IA, hará más difícil organizar sindicatos o conseguir mejoras laborales dado que los nuevos empleos en las economías avanzadas implicarán “trabajo temporal no protegido, trabajadores autónomos y trabajo ocasional, todo lo cual es muy difícil de sindicalizar”.

    Toda esta auténtica revolución del mercado laboral futuro consecuencia del proceso, por otra parte, imparable, de la robotización y de la IA, para reducir su impacto sobre el empleo, debe obligar a los gobiernos a realizar reajustes de sus modelos económicos y sociales. Es por ello que Harari asume el lema de los gobiernos nórdicos de “proteger a los obreros, no los empleos” con objeto de garantizar las necesidades básicas de la población, su nivel social y autoestima. Así, las cosas, si Antón Costas aludía a la implantación de un “Ingreso Mínimo Vital”, Harari propone la necesidad de una “Renta Básica Universal” (RBU) la cual se financiaría grabando a las grandes fortunas y a las empresas que controlan los algoritmos y los robots para utilizar ese dinero para pagar “a cada persona un salario generoso que cubra sus necesidades básicas”. En este sentido, la RBU debe responder a sus dos adjetivos: “básica”, tanto en cuanto debería satisfacer las necesidades humanas básicas, las condiciones objetivas de toda persona (alimentación, educación, sanidad e incluso el acceso a Internet en un mundo globalizado), como “universal”, ya que los impuestos de las grandes compañías, por ejemplo, Amazon o Google, deberían destinarse a personas desempleadas en cualquier lugar del mundo, de ahí el sentido global de la RBU.

     En el futuro post-pandémico, marcado por unos previsibles cambios radicales en lo que al mercado del empleo se refiere, Harari considera que lo deseable sería conseguir combinar “una red de seguridad económica universal con comunidades fuertes y una vida plena”, lo cual enlazaría con la prioridad que apuntaba Antón Costas a la hora de una recuperación social como objetivo prioritario. Y ello, aún contemplado en una perspectiva que no obvia ni minimiza el impacto indudable que va a tener, cada vez más, la automatización robótica y la IA en el mercado laboral tal y como ahora lo conocemos. Pese a este cambio radical, Harari, de forma premonitoria nos advierte de que, “a pesar del desempleo masivo, aquello que debería preocuparnos mucho más es el paso de la autoridad de los humanos a la de los algoritmos, lo que podría acabar con la poca fe que queda en el relato liberal y abrir el camino a la aparición de dictaduras digitales”. Toda una advertencia para los tiempos post-pandémicos que nos esperan en el futuro.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 8 de julio de 2021)

 

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08/07/2021 08:10 kyriathadassa Enlace permanente. Economía global No hay comentarios. Comentar.

PATRIOTISMO CONSTITUCIONAL RENOVADO

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     El franquismo hizo un enorme daño a la idea de España y de lo español al monopolizar estas ideas y sentimientos desde una perspectiva reaccionaria y excluyente, algo que, todavía está lastrando, tras varias décadas de democracia, el sentimiento identitario español, lamentable situación a la que poco ayudan recientes actitudes de las derechas, especialmente en el caso del sectarismo de que hace gala Vox. Y es que, como señalaba Paul Preston, el franquismo se basó en “el mito de la eterna lucha entre España y la anti-España, justificación última de la Guerra civil y única fuente de legitimación de la dictadura” y es por ello que el hispanista británico recordaba cómo Franco insistió “hasta el final de sus días en perpetuar la idea de una España dividida en vencedores y vencidos, Bien y Mal, cristianismo y comunismo, civilización y barbarie, catolicismo y laicismo”, rasgando durante décadas la convivencia y perpetuando la nefasta y cainita idea de  que había una “buena España”, la representada por el franquismo, y una “anti-España” en la cual se encuadraban todos los valores, ideales, ciudadanos y partidos contrarios a la dictadura a la cual había que destruir.

     Frente a esta visión visceral de raíz fascista que pretendió monopolizar el sentido patriótico, fue surgiendo, de forma gradual, otro tipo de nacionalismo español, de innegable carácter progresista y democrático, inspirado por el llamado “patriotismo constitucional”. Este concepto, acuñado a finales de los años 70 en Alemania por Dolf Sternberger y más tarde popularizado por Jürger Habermas, supuso una respuesta cívica al nacionalismo agresivo alemán, de tan fatales consecuencias en la historia reciente de Europa. Por su parte, Habermas sostenía que el patriotismo constitucional era el mejor medio para vertebrar las sociedades democráticas, para proporcionarles beneficios materiales y culturales, un grado de bienestar y cohesión social aceptable y, por ello, pensaba que el único mecanismo viable para la construcción de ese patriotismo constitucional necesario es, en la práctica, el Estado socialdemócrata europeo.

     En el caso de España, según Laborda Martín, fue a partir de los años 90 cuando fueron llegando estas ideas, “cuando los mitos nacionales de democratización, modernización y europeización se hubieron extendido y asentado”, momento que, como apunta Sebastián Balfour, se produjo una “reformulación del nacionalismo español de izquierda”, sobre todo en el ámbito socialista, momento en el cual se emprendió la creación de “un nuevo mito duradero”: esto es, el de la Constitución de 1978, como elemento unificador e integrador de los españoles. Este nuevo patriotismo constitucional partía de la idea de que España era una nación políticamente unida por un “contrato democrático” tal y como fue establecido en la Carta Magna de 1978 la cual sirvió de cimiento para la aparición de un novedoso nacionalismo de izquierdas en forma de patriotismo constitucional, el cual se articula en torno a las ideas de España como país moderno, democrático y europeo. Se trata pues de un patriotismo plenamente cívico, basado en el consenso y que vincula de forma nítida la españolidad con la democracia, todo lo contrario de lo que simbolizaban los nacionalismos étnicos decimonónicos o los patrioterismos de corte fascista.

     Ahora bien, en estos tiempos en que se cuestiona el llamado “régimen del 78”, resulta preciso e inaplazable debatir en torno a las ideas y los valores en que se debe sustentar este patriotismo constitucional para el siglo XXI, una reformulación que resulta inaplazable en las actuales circunstancias, en este tiempo de cambios, y también de incertidumbres, en que nos ha tocado vivir. Esto resulta especialmente urgente dado que el patriotismo constitucional reformado debe servir de dique de contención contra el riesgo de la deriva ideológica de una derecha cada vez más descentrada, que se contagia de ideas reaccionarias, que se alía sin pudor con la ultraderecha, lanzando de forma coordinada un peligroso embate contra los cimientos de nuestra convivencia democrática. Es por todo ello por lo que muchos ciudadanos vemos con pesar cómo, de nuevo, las derechas vuelven a apropiarse con descaro de la idea de España y del sentimiento patriótico, el mismo que también se alberga en muchos de nosotros, de los ciudadanos que creemos en los valores del patriotismo constitucional, en una sociedad tolerante y respetuosa con la diversidad, razón por la cual volvemos a ser calificados como en su día hizo la dictadura, de ser “la anti-España”.

     Así las cosas, frente a los que socavan desde posiciones de ultraderecha nuestros valores democráticos, frente al os que, desde posiciones independentistas, por otra parte, legítimas, consideran plenamente superado el marco constitucional de 1978, hoy más que nunca resulta necesario un patriotismo constitucional español renovado. Consecuentemente, hemos de ser conscientes de que ello implica, sin duda, una profunda reforma de la Constitución de 1978 la cual, inevitablemente debería afrontar cuestiones de gran calado político tales como el definir el modelo de Estado configurado en forma de monarquía o república mediante un referéndum que refleje la libre y soberana voluntad de la ciudadanía. También resulta inaplazable abordar la articulación territorial desde una perspectiva plenamente federalista y solidaria que, tal vez en un futuro, contemplase la unión con Portugal en una República Federal Ibérica como propone el hispanista Ian Gibson, y por último, declarar a todos los derechos económicos y sociales (trabajo, vivienda, educación, sanidad, pensiones y servicios sociales dignos, etc.), tan vulnerados en los últimos años como derechos inalienables garantizados de forma efectiva por la constitución con todas sus consecuencias. Así las cosas, y como señalaba Alejandro Balfour, la lealtad de los ciudadanos a una carta magna asumida y aceptada, “es lo que garantiza no sólo el consenso cívico necesario entre los españoles para convivir en el mismo Estado democrático, sino también la existencia de la patria española, independientemente del origen étnico de sus miembros”.

     Estos podrían ser unos buenos cimientos para asentar de forma sólida el necesario patriotismo constitucional español renovado, pues se lo debemos no sólo a la sociedad actual en la que vivimos, sino también a las generaciones futuras que nos sucederán.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 21 junio 2021)

 

 

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21/06/2021 09:45 kyriathadassa Enlace permanente. Política-España No hay comentarios. Comentar.

LENGUAJES PERVERSOS

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   Primo Levi dejó escrito que “cada época tiene un fascismo: sus señales premonitorias se evidencian por doquier” y esos síntomas son los que, de forma alarmante están apareciendo en la civilizada Europa como consecuencia del resurgir de los movimientos de extrema derecha en sus distintas acepciones. Son síntomas que, como decía Olga Merino, indican que “la democracia se resquebraja y que el mundo, tal y como lo conocíamos, se tambalea”. Sin duda, la impetuosa irrupción parlamentaria de una derecha desacomplejada, reaccionaria y en muchos casos abiertamente fascista, es una seria advertencia de los riesgos que amenazan el futuro de nuestra democracia.

     Estamos asistiendo a un ataque frontal a lo que de forma despectiva Vox califica como “consenso progre”, entendiendo por tal su rechazo al multiculturalismo, a la política de fronteras abiertas y a las ideologías de género, con lo cual pretenden desvirtuar el valor respetuoso y tolerante de la palabra “consenso” por parte de todos aquellos que vocean lenguajes reaccionarios.

    Si algo caracteriza a los fascismos es su apropiación descarada y excluyente del concepto y de la palabra “patria” ya que ellos se consideran los únicos dignos de portarla. Los demás, los que nos oponemos a sus actitudes prepotentes e intolerantes, somos calificados de “antipatriotas”, de ser “la anti-España”, a la que hay que combatir, a la que hay que destruir: y nuestra historia reciente está llena de lamentables ejemplos en este sentido. Este patriotismo reaccionario y excluyente nada tiene que ver con la que de este concepto tenía el P. Feijoo en el s. XVIII para el que esta idea, inspirada en el republicanismo de la antigua Roma, se asociaba al concepto de “amor justo, debido, noble y virtuoso” del ciudadano para con su patria, mientras que condenaba sin paliativos lo que  denominaba “la pasión nacional” y que Feijoo asociaba, negativamente, a la “vanidad” y a la “emulación”, estando por tanto desprovista de las virtudes cívicas del auténtico patriotismo de inspiración republicana. Es por ello que el verdadero patriotismo, y más en estos tiempos difíciles, se demuestra en el grado de honestidad con que cumplimentamos cada año nuestra declaración de la renta, con la transparencia en el pago de los impuestos que nos corresponden, y ello es algo que debe comprometer desde al rey emérito hasta a cualquier trabajador asalariado, empresario, trabajador autónomo o a las profesiones liberales.

    Esta misma utilización perversa del concepto de patriotismo se hace extensiva a esos grupos de militares nostálgicos del franquismo, esos que aparentan defender la democracia española, nunca amenazada por otra parte, y que acusan de forma perversa y demagógica al actual Gobierno de coalición progresista de pretender una “dictadura” asentada sobre el “pensamiento único”, temas éstos, de los cuales, estos militares franquistas tanto saben y tanto añoran.

    Estos grupos reaccionarios pretenden presentarse como adalides del “pueblo”, de ese pueblo puro e inmaculado al que reclaman su apoyo y al que enardecen presentando enemigos a batir, bien sea un Gobierno progresista, los inmigrantes, los nacionalismos periféricos, los grupos de distinta orientación sexual, los movimientos feministas e incluso a los sectores cristianos progresistas, a los que califican “catocomunistas”, ataque reaccionario este último del cual no se libra ni el mismo Papa Francisco. Estos son ejemplos de populismos autoritarios, que instrumentalizan a su favor la crisis sanitaria, la seguridad ciudadana o un creciente anti europeísmo. Así, partidos como Vox, dicen pretender “dar voz a los sin voz”, como si ello no fuera posible, per se, en una democracia avanzada y participativa en la que, por otra parte, no creen.

    También resulta perverso el lenguaje reaccionario cuando pretende defender al “pueblo autóctono”, rechazando la multiculturalidad consustancial a la realidad europea actual, incluso los valores del europeísmo, tal y como hace el Partido Popular danés (DF), o el nacionalismo excluyente de Verdaderos Finlandeses (PS), todos ellos caracterizados por un fuerte componente de populismo antiinmigración. Y es que la bandera del rechazo a la migración, tan demagógicamente utilizada por la extrema derecha, le está reportando a ésta unos preocupantes réditos electorales: ahí están los casos de la Liga Norte de Matteo Salvini, Alternativa por Alemania (AfD), el partido húngaro Fidesz de Víktor Orbán, Lo mismo podemos decir de los alegatos de un ultranacionalismo desacomplejado de Vox en España, el mismo que ha retomado el empleo del término “reconquista” no sólo para “frenar” una supuesta “invasión” de población migrante, sino, también, con la deliberada intención de “liberar” a España de toda “contaminación ideológica” de izquierdas, del separatismo o de los movimientos laicistas o feministas. Este es un nacionalismo excluyente, una actitud nítidamente fascista, que reclama la ilegalización de los partidos nacionalistas periféricos, tan legítimos como cualquier otro, en toda sociedad democrática que se precie de ello.

    Otra variante de este lenguaje perverso es su descarada manipulación de la historia y de la memoria. Como señalaba Christopher Clark en su libro Visiones de la historia. Desde la Guerra de los Treinta Años al Tercer Reich, “los populismos quieren sustituir nuestros futuros con nuevos pasados” y eso es, “falsificar el pasado”. Por eso es tan importante la defensa de la memoria democrática (y antifascista) porque, como señalaba este mismo autor, “si perdemos la memoria hay riesgo de resurgimiento de extremismos”, razón por la cual “hay que estar vigilante ante los que quieren romper el orden democrático”. Y es que, como decía Kierkegaard, “la vida hay que vivirla siempre hacia adelante, pero resulta imposible de entender si no se mira hacia atrás”.

    Así las cosas, y para evitar todos estos síntomas de deriva autoritaria, nuestras democracias deben reconstruir la cohesión social y corregir las desigualdades causadas no sólo por el vendaval neoliberal, sino también, por los devastadores efectos sociales causados por la actual pandemia, para así frenar los vientos ultras que azotan a Europa, para neutralizar, como decía Carles Planas Bou, ese virus que alienta a la extrema derecha, el de “la explotación del miedo al diferente y la obsesión por los culpables externos”.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 7 junio 2021)

 

 

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07/06/2021 07:17 kyriathadassa Enlace permanente. Política-España No hay comentarios. Comentar.

GENOCIDIO EN EL GUETTO DE GAZA

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     En el título de este artículo empleo, de forma deliberada, dos palabras de fuerte y dramático significado: la de “genocidio” y la de “guetto” como forma de hacer mención a las consecuencias de los inaceptables ataques que ha sufriendo la población gazatí por parte de la poderosa maquinaria bélica de Israel durante estos días.

    Lo que está sucediendo en Gaza se está convirtiendo en un auténtico genocidio, entendido por tal la “aniquilación o exterminio sistemático y deliberado de un grupo social por motivos raciales, políticos o religiosos”, algo que nos evoca una de las páginas más negras de la inmensa tragedia que tuvo lugar durante la II Guerra Mundial, con la diferencia de que las víctimas de entonces, la población judía, se han convertido ahora en los verdugos de la política criminal impulsada por el actual gobierno de Israel liderado por Binyamin Netanyahu. Lo que ha ocurrido en Gaza es una situación que se puede calificar de “crímenes de guerra”, razón por la cual la palabra “genocidio” para referirse a esta tragedia no resulta descabellada, con un componente de “limpieza étnica”, la misma que la derecha ultranacionalista y religiosa judía está llevando a cabo en el barrio de Sheikh Jarrah de Jerusalem o en ciudades mixtas como es el caso de Haifa.

     Empleo igualmente la palabra “guetto” para evocar que el sufrimiento de los dos millones de habitantes de Gaza, apiñados en apenas 360 kilómetros cuadrados, uno de los territorios con mayor densidad de población del mundo, se asemeja a los padecimientos de los guettos judíos durante la II Guerra Mundial, pero con la diferencia de los que entonces eran víctimas, parecen no haber aprendido nada de la historia y ahora asumen, sin remordimiento, el papel de verdugos.

    Así las cosas, parecen haberse desatado todas las maldiciones bíblicas sobre la Franja de Gaza. Tras 10 días infernales, el alto el fuego declarado unilateralmente por ambos bandos y que entró en vigor en la madrugada del 21 de mayo, ha dejado un panorama aterrador: los bombardeos israelíes han alcanzado más de 788 objetivos, destruyendo más de 450 edificios, causando 232 víctimas, entre ellas, 65 niños, además de 1.900 heridos, y el desplazamiento interno de 72.000 gazatíes. Además, se ha producido una total devastación causada por estos bombardeos indiscriminados sobre las, ya de por sí, precarias infraestructuras tras 15 años de bloqueo israelí, como lo evidencia la sistemática destrucción escuelas, carreteras, hospitales, incluido el único laboratorio que existía en Gaza para realizar las pruebas del covid-19, así como 33 centros de medios de comunicación, como es el caso de la Torre Al-Jalaa. Tal vez por ello, el intelectual palestino Refaat Alareer aludía con pesar a que “Israel nos está enviando 50 años atrás en el tiempo”.

 

 UNA NAKBA INFINITA

 

    Con la palabra “nakba” se evoca por parte del pueblo palestino a la “catástrofe” que supuso la creación del Estado de Israel en 1948 y la consiguiente expulsión de dicho territorio de la mitad de la población árabe existente en el antiguo Mandato Británico de Palestina y cuya cifra se estimaba en torno a las 700.000 personas.

    En ese mismo año, coincidiendo con los sucesos bélicos que tuvieron lugar como consecuencia de la proclamación del Estado de Israel, la franja de Gaza fue ocupada por el ejército de Egipto, la cual mantuvo bajo su control hasta que fue conquistada por Israel en la Guerra de los Seis Días (1967). Finalmente, tras la firma de los Acuerdos de Paz de Oslo de 1993, Israel entregó el 80% del territorio de la Franja de Gaza a la naciente Autoridad Nacional Palestina (ANP), a pesar de que el Estado hebreo mantuvo en la zona 21 asentamientos. Finalmente, en el año 2005 el entonces Gobierno israelí de Ariel Sharon decidió su retirada definitiva de Gaza mediante el llamado “Plan de Desconexión”, acabando de este modo la presencia hebrea en la franja.

    La agitada historia de Gaza posterior hizo que en 2006 el grupo islamista Hamás ganase las elecciones en la franja con una política que, a diferencia del talante negociador que caracterizaba a la ANP, se ha fundamentado desde entonces, en no reconocer la existencia del Estado de Israel, su rechazo de los Acuerdos de Paz de Oslo (1993) y por no renunciar al empleo de la violencia contra el Estado hebreo, como lo evidencia el lanzamiento de cohetes Qassam sobre Israel.

   Fue en este momento cuando el campo palestino tuvo un grave desgarro en la unidad que lo había caracterizado hasta entonces lo cual desencadenó una guerra civil entre los islamistas de Hamás y los afines a Al-Fatah, el principal grupo integrado en la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) liderada hasta su fallecimiento en el 2004 por Yassir Arafat. El 14 de junio de 2007 Hamás se hizo con el control total de la Franja de Gaza, estableciendo un gobierno de facto que rige en territorio con mano de hierro y que, desde entonces, ya no ha convocado elecciones en Gaza. Años más tarde, hubo intentos de reconciliar las dos formaciones palestinas más importantes, como el llamado “Acuerdo de Reconciliación” de 2017, pero las diferencias siguen siendo patentes y contrapuestas entre las autoridades islamistas de Hamas que controlan Gaza, aislada diplomática y económicamente, y la ANP liderada por Mahmoud Abbas que se mantiene en Cisjordania con el mayoritario apoyo de la comunidad internacional.

   Desde entonces, desgarrado el campo palestino y aislada Hamás en Gaza, convertida la organización islamista en el principal enemigo de Israel, se fue configurando cada vez de forma más asfixiante política y económicamente, el que hemos dado en llamar “guetto de Gaza”. En este contexto, las consecuencias del férreo bloqueo israelí existente desde el año 2006 son evidentes en elementos básicos como los suministros, combustibles y energía, todo lo cual ha ido sumiendo a la población gazatí en el caos y la desesperanza.

    Pese al innegable carácter de autoritario islamismo que caracteriza a Hamás, su prestigio en el campo palestino lo ha logrado por su posición beligerante frente a Israel lo cual, a su vez, ha tenido como consecuencia implacables actuaciones de represalia por parte del poderoso aparato militar hebreo como quedó patente en las sangrientas consecuencias las operaciones militares desencadenadas por las Fuerzas de Defensa de Israel como fue el caso de las denominadas “Plomo fundido” (2009), “Pilar defensivo” (noviembre 2012) y “Margen protector” (2014). Desde esta última, se ha mantenido una tensa tregua entre Hamas e Israel, la cual ha estallado por los aires con los sucesos de estos últimos días que han desencadenado una escalada bélica de consecuencias imprevisibles.

 UN CONFLICTO DIFERENTE

   La situación actual está generando un serio temor a que ésta se convierta en incontrolable, dado que alimenta y extremismo de ambos lados, tanto del palestino, como del ultranacionalismo judío.

    Lamentablemente, mucho deja que desear al ausencia de una eficaz actuación de la comunidad internacional para frenar el conflicto: la ONU ha evitado condenar a Israel gracias al bloqueo de los Estados Unidos que, en este tema, mantiene firmemente su tradicional alianza estratégica con el Estado hebreo en una zona tan convulsa como es el Oriente Próximo, mientras que la Unión Europea (UE) ha dejado patente, una vez más, su irrelevancia en el mapa político internacional, así como tampoco parece probable que la Corte Penal Internacional intervenga para procesar el “nuevo genocidio” que está padeciendo el pueblo palestino. Por su parte, la autoridad moral del Vaticano no ha dudado en calificar la violencia desatada como de “terrible e inaceptable”.

    Pero junto a la situación tan grave como lamentablemente repetitiva con lo ocurrido en otras ocasiones en años anteriores, hay otro aspecto que hace a este conflicto diferente y que resulta especialmente preocupante cual es el estallido de una violencia intracomunitaria en muchas ciudades mixtas de Israel con preocupantes rasgos de guerra civil. Tal es así que se están produciendo una tensión sin precedentes en las ciudades de población mixta (árabe y judía) de Haifa, Akko o Jaffa, que han desembocado en lamentables linchamientos y actos violentos entre vecinos que, hasta ahora, habían convivido sin especiales problemas, una tensión que se ha extendido a otros puntos de la Cisjordania ocupada como es el caso de Hebrón. Teniendo en cuenta que los árabes con ciudadanía israelí suponen el 20% de la población total del Estado hebreo, algunos políticos como Tzipi Livni están alertando del peligro real de que estalle una guerra civil en el interior de Israel, lo cual aumenta, y mucho, la gravedad del conflicto actual.

     UNA SITUACIÓN POLÍTICA ENDEMONIADA

     Para entender la escalada brutal del actual conflicto, hay que tener en perspectiva, el tempestuoso panorama político de Israel, en donde tras cuatro elecciones en apenas dos años, parecía posible que la “era Netanyahu”, caracterizado por su política reaccionaria y ultranacionalista, y pendiente como estaba de ser procesado por corrupción, llegaba a su fin. De hecho, Reuven Rivlin, el presidente de Israel, había encargado al centrista Yair Lapid la formación de un nuevo gobierno que pusiera fin a la actual parálisis política y, de paso, desbancase del poder a Netanyahu. Incluso existía la posibilidad de que, por primera vez, el partido árabe palestino liderado por Mansur Abás apoyase a Lapid si el nuevo gobierno asumía las demandas de la población árabe-israelí. Sin embargo, esta perspectiva política, novedosa y esperanzadora, se ha volatilizado con el estallido de la violencia y la consiguiente brutal reacción de Netanyahu, el cual ha forzado la crisis como forma de continuar en funciones como primer ministro y ganando con ello el respaldo de la cada vez más derechizada sociedad israelí. De hecho, tras 11 años de gobiernos de Netanyahu, como señalaba el prestigioso periodista Ramón Lobo, el país ha sufrido un giro reaccionario indudable, ya que el líder del derechista Likud, “ha conseguido desactivar a la izquierda israelí, moviendo su país hacia la extrema derecha, acabó con los interlocutores moderados al potenciar a Hamás” ya que su objetivo es, y sigue siendo, “impedir cualquier pacto” que avance por el camino de la paz entre palestinos e israelíes. Por todo ello, la escalada bélica alentada por Netanyahu y que incluso se planteó la reconquista militar de Gaza, ha sido utilizada por éste para seguir detentando el poder, ganar votos de cara a unas posibles quintas elecciones, y todo ello arropado por la impunidad que le supone el apoyo permanente de los Estados Unidos. La política genocida y reaccionaria de un Netanyahu resurgido de su declive político y eludiendo su enjuiciamiento, no sólo ha destrozado la más mínima esperanza de paz, sino que está despeñando al abismo a Israel, cada vez más dominado por la extrema derecha política y religiosa, y dinamitado la frágil convivencia social entre los árabes-israelíes y los judíos en el Estado hebreo. Tal vez por todo ello, el célebre director de orquesta Daniel Barenboim declaraba recientemente sentirse avergonzado de ser ciudadano de Israel o que el historiador y activista de los derechos humanos Isral Shahak declarara que “los nazis me hicieron tener miedo de ser judío y los israelíes me hacen tener vergüenza de ser judío”.

     El ultranacionalismo judío alentado durante los años de mandato de Netanyahu ha sido tan evidente como peligroso para la democracia en Israel y la paz en Oriente Medio: ha dinamitado cualquier intento de retomar las negociaciones de paz con la ANP y, por el contrario, ha impulsado la creación de los asentamientos judíos ilegales en los territorios ocupados, además de aspirar a la anexión de facto de una parte de Israel y la aprobación.

     El giro reaccionario de la política en Israel contrasta con el gradual y constante debilitamiento del llamado “campo de la paz” hebreo representado por la asociación Paz Ahora (Shalom Ajshav) así como por el Partido Laborista (Avodá) y el Meretz, el partido representante de la izquierda pacifista israelí. Especialmente significativo ha sido el declive de Avodá, el cual ha pasado de tener 56 diputados en el año 1969, a tan sólo 7 escaños en los comicios de 2021. Por otra parte, “el campo de la paz”, tras el asesinato de Yitzhak Rabin en 1995 o la muerte de Yossi Sarid en 2015, carece de líderes que impulsen de nuevo las negociaciones de paz. Tan sombrío panorama lo corrobora un dato demoledor: según el Israel Democracy Institute, tan sólo un 7% de los israelíes consideran actualmente como prioritarias las negociaciones de paz con los palestinos.

   Tampoco está mejor la situación política en el campo palestino, dividido y enfrentado entre el Gobierno islamista de Hamás que controla la franja de Gaza, y el de la ANP establecido en la ciudad cisjordana de Ramallah presidido por Mahmoud Abbas y su primer ministro Mohammad Shtayeeh, inoperante políticamente, máxime desde el fallecimiento el pasado año de Saeb Erekat, su más brillante y tenaz negociador, una pérdida irreparable para los que anhelamos una paz justa y definitiva entre Palestina e Israel.

 QUÉ FUE DE LOS ACUERDOS DE PAZ

    Lejos quedan en el recuerdo y en la agenda política los anteriores intentos de acordar una paz que pudiera fin a tan prolongado conflicto y, por ello, bueno es recapitular estos esfuerzos, ahora tan sepultados como tantos edificios de la Gaza bombardeada de forma implacable por Israel.

    Habría que recordar en primer lugar los Acuerdos de Oslo de 1993, a los que se llegó como consecuencia de la primera Intifada palestina (1987-1993), la cual forzó a Israel a reconocer y negociar con la OLP. De este modo, y tras aquel primer encuentro que tuvo lugar en la Conferencia de Madrid (octubre 1991), los Acuerdos de Oslo se firmaron en Washington el 13 de septiembre de 1993 por parte del primer ministro israelí Yitzhak Rabin y Yassir Arafat, el líder de la OLP, con su histórico apretón de manos ante la atenta mirada del presidente de los Estados Unidos Bill Clinton. Fue allí donde se empezó a vislumbrar una tenue esperanza de paz para tan enquistado conflicto, donde se produjo el reconocimiento mutuo entre Israel y la OLP, y donde se establecieron las bases de un gobierno palestino interino, la Autoridad Nacional Palestina (ANP), asentada en Gaza y Cisjordania para un período de transición de 5 años durante los cuales se negociaría un tratado de paz final, en el cual se debería dar solución a las cuestiones centrales del conflicto cual eran las fronteras, las colonias judías en territorio palestino ocupado, los refugiados palestinos, el status de Jerusalem y los temas relacionados con la seguridad.

     Los Acuerdos de Oslo, en los cuales desempeñó un importante papel Saeb Erekat, el entonces secretario general de la OLP y principal negociador palestino, generó una ola de optimismo alentado por los planes de Rabin bajo el principio de “tierra a cambio de paz”, a pesar de la oposición de la derecha israelí y de los colonos judíos, así como el rechazo de los islamistas de Hamás y otros grupos palestinos, contrarios a la solución de “dos Estados” conviviendo en paz con fronteras seguras e internacionalmente reconocidas. Por su parte, como señalaba Dan Rothem, es cierto que los Acuerdos de Oslo eran lo único que se podía conseguir en aquel momento, pero el problema fue que lo acordado, en lugar de ser un tránsito hacia un pacto final que nunca se logró, se convirtieron en “una imagen permanente del statu quo de la ocupación”. Es por ello que, lamentablemente, en el año 1999 no se llegó a ningún acuerdo final como contemplaban los Acuerdos de Oslo. Años después, fueron fracasando, una a una, todas las negociaciones posteriores como fueron las de Camp David (2000), Taba (2001), Annapolis (2007), así tampoco se consiguieron avances en el camino de la paz durante las gestiones llevada a cabo por Barak Obama en 2013-2014.

    A este bloqueo negociador se sumó el que, durante esos años, el número de colonos judíos en los territorios ocupados se triplicaba, alcanzando la cifra de los 650.000 y el denominado Plan de Paz impulsado por Donald Trump, totalmente volcado en su apoyo a la política de Israel, complicó más si cabe la situación. De hecho, el presidente norteamericano reconoció a Jerusalem como la capital exclusiva de Israel, lo cual imposibilitaba el que dicha condición fuera compartida por un futuro Estado Palestino y a ello se sumó la decisión de Trump de eliminar la aportación de Estados Unidos a los fondos que gestionar la Agencia de la ONU para los Refugiados (UNRWA), así como de cerrar la oficina de la OLP en Washingon.

     Por todo lo dicho, como señaló ya en el año 2018 el añorado Saeb Erekat, “EE.UU. e Israel quieren pasar de negociar a dictar ..[…]…Están destruyendo a los moderados en los dos lados y la solución de los Estados”…y, lamentablemente, así ha sido.

   También hay que recordar los llamados Acuerdos de Ginebra (1 diciembre 2003) negociados entre Yossi Beilin, ministro de Justicia de Israel, y Yasser Abed Rabbo, exministro de Información de la ANP. Se trataba de un plan de paz no oficial apoyado por políticos e intelectuales tanto palestinos como israelíes que retomaba las cuestiones esenciales pendientes desde los Acuerdos de Oslo: el principio de “paz por territorios” mediante el cual Israel debía devolver el 97,5% de los territorios ocupados en 1967 durante la Guerra de los Seis Días; el desmantelamiento de todos los asentamientos judíos de Cisjordania; el poner bajo soberanía palestina el Monte del Templo y la explanada de las mezquitas, lo cual suponía, de facto, convertir a Jerusalem en capital binacional de Israel y de Palestina y, finalmente, se contemplaba el retorno, siquiera fuera parcial,  de los refugiados palestinos. En ese momento, las propuestas de los Acuerdos de Ginebra contaron con un elevado apoyo ciudadano dado que el 55,6% de los palestinos y el 53% de los israelíes estaban de acuerdo con avanzar hacia la paz asumiendo dichos planteamientos. No obstante, tampoco tuvieron una aplicación y unos resultados en la práctica.

    Una nueva frustración se produjo tras los incumplimientos de la Conferencia de Annapolis (noviembre 2007) en la cual se fijó como objetivo la creación de un Estado Palestino independiente antes de finales del 2008.

     Es por ello que actualmente no queda rastro de las propuestas de dichos acuerdos puesto que las negociaciones están totalmente estancadas por parte de Israel desde 2004 como han evidenciado los sucesivos gobiernos de Ariel Sharon, Ehud Olmert y, sobre todo, Binyamin Netanyahu.

     UN FUTURO INCIERTO

     Hoy, como tantas veces en el pasado, la situación es grave, difícil, y los alegatos de violencia y odio, los programas maximalistas de unos y otros, siguen imposibilitando la ansiada paz. Sólo se abrirá una tenue esperanza a medio plazo si los políticos palestinos e israelíes asumen compromisos y renuncias mutuas, si la sociedad civil deja oír su voz, y si la comunidad internacional (ONU, EE.UU. y UE) desarrollan una auténtica labor de mediación y apoyo. Tal vez así, la paz sea posible.

   Siento con profundo dolor el inaceptable sufrimiento que padece el pueblo palestino, como también la triste realidad que supone el debilitamiento del pacifismo de izquierdas en Israel, movimiento con el cual me identifico, con su permanente esfuerzo en defensa de los valores universales de la paz y la justicia, que son la única forma de resolver los conflictos entre los pueblos enfrentados por la tierra, el odio y la violencia. Y es que la paz no pasa ni pasará nunca por la mano del fundamentalismo islamista ni tampoco por la de los ultranacionalistas judíos, sino por aquellos que tengan el coraje político de tender puentes al diálogo hacia el logro acuerdos negociados pues, como dijo Yitzhak Rabin, “la paz lleva intrínseca dolores y dificultades para poder ser conseguida, pero no hay camino sin esos dolores”.

   Se podrán lograr altos el fuego, treguas, pero el problema definitivo de la paz seguirá sin resolverse pues en la actualidad es triste constatar que no hay interlocutores implicados en desbloquear el conflicto, partiendo de la idea, apuntada por Josep Borrell, de que el fin de la violencia debe ir acompañado de un “horizonte político” que no puede ser otro que el cumplimiento de todas las propuestas pendientes de los acuerdos de paz antes reseñados, única forma de lograr, en expresión de Rabin,  la “paz de los valientes”, un empeño que le costaría la vida, precisamente a manos de un ultra judío contrario al proceso de paz que entonces se iniciaba.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: Compromiso y Cultura, nº 78 (junio 2021), pp. 43-47).

 

 

 

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03/06/2021 15:57 kyriathadassa Enlace permanente. Oriente Medio No hay comentarios. Comentar.

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