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¿HEMOS LLEGADO TARDE?

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     He pasado unos días por tierras de Gerona en donde pude percibir los desgarros políticos y emocionales que está produciendo el “procés” independentista. Y no es casualidad que, en la hermosa capital catalana, unos días antes, su Ayuntamiento había aprobado el cambio de nombre de la Plaza de la Constitución por el de “Plaza del 1º de octubre”, todo un símbolo del estado de ánimo que allí se vivía, un gesto más de apoyo a las posiciones independentistas que, al igual que con las pancartas, pintadas y lazos amarillos, cubrían casas, árboles, farolas y hasta los lugares más insospechados del paisaje catalán.

     Al margen de la siempre mentada “mayoría silenciosa” contraria a la independencia, en ocasiones tan silenciosa como imperceptible, siento que buena parte de Cataluña ha abandonado emocionalmente, tal vez de forma definitiva, todo sentimiento colectivo hacia España. Y es que no hemos comprendido, sobre todo nuestros representantes políticos, el sentir profundo del pueblo catalán y su necesidad, ya inaplazable, de su reclamación al “derecho a decidir”, algo que no debería de asustar a ningún demócrata de verdad. Es triste reconocer que media Cataluña se ha ido ya, aunque no de forma política dado que la secesión de la República Catalana no se ha producido, ya nada será igual tras el cuestionado referéndum del 1 de octubre de 2017, seguido por la Declaración de Independencia del Parlament de Catalunya del 26 de octubre de dicho año y la posterior aplicación del artículo 155 de la Constitución Española con las consecuencias de todos conocidas.

     El primer paso para “ser” es la voluntad de “querer ser” y de ello dan pruebas patentes un número creciente de la sociedad catalana, un proceso aparentemente imparable que ha decidido optar por el camino de la independencia, para constituir una añorada, y  en exceso idealizada, República Catalana. Este proceso, al margen de la dinámica política interna catalana, también ha sido propiciado por toda una serie de errores e inacciones del Gobierno Central ya que los ejecutivos presididos tanto por el PSOE como por el PP, en sus distintas etapas, han sido incapaces de plantear una alternativa atractiva que frenase un proceso de desafección hacia España que viene de lejos pero que se aceleró de forma exponencial en los últimos años, un fenómeno que se observa a lo largo de toda Cataluña, tanto en el medio rural como en el urbano, en todos los segmentos sociales, en todos los tramos de edades. De este modo, ha quedado patente la imposibilidad de articular de una forma efectiva un modelo federal que, como tal, partiese de la idea esencial del pactismo sinalagmático inspirado en Francesc Pi y Margall, esto es la libre federación de territorios por la también libre voluntad de las partes federadas. Esta idea, la expresaba con sencillas palabras Víctor Pruneda, el histórico republicano-federal turolense del s. XIX, al definir la federación como “el suave lazo que a todos une y a ninguno ata”. Lamentablemente, no ha sido posible lograrlo, como tampoco lo ha sido plantear desde Madrid, como ocurrió por parte del premier británico David Cameron con el referéndum celebrado en Escocia del 18 de septiembre de 2014, un programa político alternativo y sugerente para conciliar los anhelos de Cataluña con los del resto de España, un proyecto aceptable y común para ambos y, a ello, también hemos llegado tarde.

     Así las cosas, la derecha españolista ha hecho su papel de siempre: incomprensión, autismo político, anhelos represivos y actitudes recentralizadoras para solventar “el problema catalán”. Pero tampoco la izquierda ha sido capaz de contraponer al discurso nacionalista y, en muchas ocasiones, insolidario, debido a que, como señalaba Joan Coscubiella, ha abandonado el tema social como eje de la política al reemplazarlo por el conflicto territorial y de este modo, pasar de convertir la lucha de clases como motor de la historia por el manido mensaje secesionista del agravio territorial, todo lo cual tampoco está ayudando a reconducir la situación de esta aguda crisis política.

     Cataluña es, innegablemente, una nación con todas las señas de identidad que la hacen digna de tal nombre bien claras y nítidas. La duda es si esa nación que es Cataluña cabe, todavía, en esa “nación de naciones” que, para nosotros, los federalistas, es España. Así las cosas, la judicialización de este enorme problema político al cual se enfrenta la democracia española no hace sino agravar el conflicto y aumentar la creciente desconexión hacia España y todo lo español, además de abrir el riesgo de fomentar actitudes violentas y de fractura social en la sociedad catalana. Y ello es especialmente grave pues, como decía Carl Schmidt, “la política no tiene nada que ganar y la justicia puede perderlo todo”. Si este problema político no se arregla por la vía judicial, menos todavía lo será por medio de la represión policial, con actuaciones tan ridículas como la de incautar a los hinchas del Barça camisetas amarillas con motivo de la final de la Copa del Rey del pasado 21 de abril.

     Tal vez por ello, los partidarios del diálogo sincero y la negociación abierta, estamos percibiendo una imagen de una democracia decaída, instrumentalizada por poderes políticos conservadores y con una cada vez más indisimulada tendencia recentralizadora, un camino que resulta nefasto para un futuro inmediato. Los lenguajes patrioteros de uno y otro lado, las banderas que los sustentan y que el tiempo desteñirá, sólo sirven para exacerbar la situación y dinamitar los puentes que tan trabajosamente habrá que volver a construir. Por ello, tampoco es bueno que haya políticos huidos ni tampoco presos, máxime cuando en un futuro próximo van a ser, queramos o no, interlocutores necesarios para llegar a una solución política, democrática y negociada.

     Una conclusión final que considero evidente: un problema político sólo puede tener una solución política si realmente lo queremos abordar con nobleza y valentía. Por ello, tenemos derecho a saber lo que la mayoría de los catalanes quiere y para ello sólo hay un camino: el que se pacte la celebración de un referéndum vinculante y con plenas garantías democráticas para que el pueblo catalán, exprese de forma clara y nítida hacia dónde quiere encaminar su futuro. Y eso es democracia plena, algo que hoy más que nunca resulta necesario, más aún, imprescindible.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 6 mayo 2018)

 

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07/05/2018 08:11 kyriathadassa Enlace permanente. Política-España No hay comentarios. Comentar.

UNA LEY POLACA

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     En fechas recientes, el Senado de Polonia ha aprobado una polémica Ley sobre el Holocausto la cual prohíbe cualquier afirmación, aunque sea cierta y documentada, relativa a considerar a la población o autoridades polacas como responsables o cómplices de los crímenes de lesa humanidad, del genocidio cometido por los nazis contra la población judía en su territorio durante la II Guerra Mundial, hecho éste que puede comportar penas de 3 años de prisión para sus infractores. En consecuencia, dicha ley ha generado una oleada de protestas de los supervivientes de dicho genocidio y sus descendientes, así como de países como Ucrania, Estados Unidos y, sobre todo, de Israel, pues se considera que dicha ley es un “intento de desafiar la verdad histórica” al pretender encubrir la complicidad, directa o indirecta, de sectores de la sociedad polaca en los crímenes cometidos durante el Holocausto, durante la Shoá.

    Esta ley polaca ha supuesto, también, una fuerte crítica por parte de los historiadores puesto que no sólo limita la libertad de expresión a la hora de investigar estos acontecimientos, sino que es un claro intento de falsificar hechos históricos evidentes y, por ello, pretende borrar de la historia de Polonia la negra página que, durante el período de la ocupación nazi del país, supuso la complicidad y el colaboracionismo criminal con las autoridades germanas. Ciertamente, Polonia fue derrotada y ocupada por la Alemania hitleriana, lo que supuso una tragedia de dolor y sufrimiento innegable como lo testimonia la muerte de 6 millones de polacos, de los cuales 3 millones, pertenecían a la comunidad judía. Pero también es cierto que una parte de la población, profundamente antisemita, colaboró con el ocupante nazi durante el Holocausto, tema que cual un espectro que siempre retorna, martillea las conciencias y la historia polaca con una pregunta incómoda: ¿cómo fue posible semejante monstruosidad sin cierta complicidad de la población?, algo de lo que, por otra parte, existen numerosas pruebas y que ningún historiador riguroso pone en duda. Primo Levi, superviviente de la Shoá, decía que “los monstruos existen, pero son poco numerosos para ser verdaderamente peligrosos, los realmente peligrosos son los hombres comunes”, aquellos que fueron los cómplices necesarios, aquellos que, tanto ayer como hoy, olvidan y banalizan de nuevo ese Mal Absoluto que fue el Holocausto, esa “barbarie única, sin precedentes en la historia de Occidente”, como la calificó Bejla Rubin.

    Por todas estas razones, el Yad Vashem, el Museo del Holocausto de Jerusalem, refiriéndose a esta polémica ley incidía en que “puede difuminar verdades históricas por los límites que impone en expresiones sobre la complicidad de segmentos de población polaca en crímenes contra judíos cometidos en suelo polaco por su propio pueblo, directa o indirectamente, durante el Holocausto”. Por su parte, como señalaba Heather Nauert, en relación a este tema, “todos debemos de tener cuidado de no inhibir la discusión y el comentario sobre el Holocausto. Creemos que el debate abierto, la escolaridad y la educación, son los mejores medios contra el discurso inexacto e hiriente”.

    Esta nueva ley, impulsada por el gobierno derechista y ultranacionalista del Partido Ley y Justicia (PiS), tiene la evidente intención de minimizar la responsabilidad de los polacos en el genocidio judío, un “revisionismo de Estado”, lo cual supone una innegable adulteración de la verdad histórica, con el propósito por parte de la derecha nacionalista, como afirma Adam Michnik, de mandar un mensaje de orgullo a la nación, de superación de las humillaciones históricas sufridas en tiempos recientes por Polonia, una nación siempre aplastada, dominada y cercenada, por parte de sus dos poderosos vecinos: Alemania y Rusia y, de este modo, esconder bajo la alfombra de la “historia oficial” las profundas raíces del antisemitismo polaco y sucesos tan dramáticos como la masacre ocurrida en el pueblo de Jedwabne el 10 de julio de 1941, donde 1.683 judíos fueron quemados vivos, una matanza llevada a cabo por sus propios vecinos católicos polacos.

    Pese al deliberado intento de las autoridades de Polonia por maquillar la historia, como advertía el diplomático israelí Emmanuel Nahshon, “ninguna ley cambiará los hechos”, por muy trágicos que estos sean, a la vez que resulta preocupante el hecho que la tramitación de tan polémica ley, ha provocado un aumento de la intolerancia, xenofobia y el antisemitismo en la sociedad polaca, país donde junto a su deriva autoritaria, parece orientarse, como advertía Antonio Claret, hacia un nacionalismo agresivo que quiere quitarse de encima las culpas del pasado. Y así, por ejemplo, sobre el levantamiento del guetto de Varsovia (abril-mayo 1943) y el asesinato de sus defensores, el primer ministro polaco Mateusz Morawiecki, repartió la responsabilidad de la matanza no sólo en “la nación alemana”, sino, también, de forma tendenciosa y sorprendente, “en los que no vinieron a ayudar, es decir, en los aliados” (¡!).

    Lo que ocurre en Polonia no resulta nada extraño ya que los síntomas de la adulteración histórica no son exclusivos de este país, sino que se extienden por toda Europa impulsados por sectores revisionistas, reaccionarios y negacionistas, algo de lo que España no está exenta dado que la larga sombra del franquismo (y sus profundas raíces) siguen muy presentes en nuestra sociedad. Asistimos, pues, a una expansión de lo que ha dado en llamarse “posverdad”, concepto que la RAE ha incorporado a nuestro Diccionario de la Lengua y que define como “distorsión deliberada de la realidad, mediante la manipulación de creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en las actitudes sociales”, esto es, el empleo de la manipulación interesada y la mentira a la hora de referirse a determinados hechos o períodos históricos. Visto lo que subyace tras esta ley polaca, debemos tener muy presente que ninguna sociedad democrática, debe consentir la propagación de planteamientos negacionistas y de ideas racistas y xenófobas, alentadas por el preocupante auge de los grupos de la extrema derecha a lo largo de toda Europa.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 22 abril 2018)

 

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24/04/2018 08:31 kyriathadassa Enlace permanente. Memoria histórica No hay comentarios. Comentar.

¿AMNISTÍA O IMPUNIDAD?

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    El pasado día 20 de marzo el Congreso de los Diputados, rechazaba la posibilidad, planteada por Podemos y sus confluencias, junto con ERC, PNV, Bildu, Compromís, PDeCAT y Nueva Canarias, de reformar la Ley 46/1977 de Amnistía para que se pudieran juzgar en España los crímenes del franquismo, con la consiguiente indignación de las asociaciones memorialistas y de las familias de las víctimas de la dictadura. Si bien era previsible que la derecha (PP y C´s) se opusiera a ello, ha causado una vez más decepción el alineamiento del PSOE con dichas fuerzas y, de este modo, impedir que se incorporase al artículo 9 de tan polémica ley un nuevo e impecable párrafo que aludía a que las disposiciones contenidas en dicha norma “no impedirán que los juzgados y los tribunales investiguen, enjuicien e impongan las penas correspondientes a las personas responsables de haber cometido delito de genocidio, lesa humanidad, delitos de guerra y otras graves violaciones de Derechos Humanos”. De igual manera, dichos partidos impidieron que saliera adelante una Proposición de ley complementaria para la reforma del Código Penal con objeto de añadir un nuevo artículo que reforzase la figura de la imprescriptibilidad de los crímenes contra la humanidad, conforme al Derecho Internacional y a los distintos tratados suscritos por España.

    La cuestión de fondo es la exigencia, tantas veces requerida, de aplicar en España, con todas sus consecuencias, la legislación penal internacional y el principio de justicia universal, pero la derecha se aferra al manido mensaje de mitificar la Transición y la Ley de Amnistía, con la que se evitó que los crímenes del franquismo pudieran ser juzgados. Ciertamente, la Transición fue lo que fue y se hizo como se pudo según las circunstancias del momento para no soliviantar a los poderes fácticos vinculados al régimen franquista y, por ello, Joseba Agirretxea (PNV), recordaba oportunamente que la Ley de Amnistía no se hizo “en total libertad” por los legisladores dadas las “amenazas veladas” del ruido de sables, del riesgo de involución golpista. Y es que la Transición tuvo sus luces (indudables), pero también sus sombras, algunas muy sangrantes y dolorosas para los demócratas…y la aceptación de la impunidad que supuso la Ley de Amnistía fue una de ellas. Está claro que la derecha se opone frontalmente a tratar el tema de la controvertida Ley de Amnistía, la cual considera “intocable”, mientras que la izquierda debe mantener una postura clara, firme y coherente, algo que resulta especialmente exigible a la tibia posición que en este tema ha dejado patente el PSOE  a nivel federal, máxime cuando hay casos como ocurre con el Proyecto de Ley de Memoria Democrática de Aragón donde el tema de la Ley de Amnistía se afronta de  una forma más decidida y valiente.

    El debate sobre la memoria histórica ha puesto de actualidad el espinoso tema de la Ley de Amnistía de 1977, cuestionada cada vez más por sectores más amplios de la sociedad española y también por las organizaciones internacionales de derechos humanos. En esta cuestión debemos recordar que tanto la ONU como la jurisprudencia internacional y los organismos de derechos humanos tales como Amnistía Internacional o Human Rights Watch, han rechazado repetidamente las “autoamnistías” y, por ello, el Gobierno de Raúl Alfonsín tuvo la valentía de derogar la Ley de Autoamnistía nº 22.924 de 1983, con la cual la dictadura argentina pretendió lograr la impunidad para sus crímenes.  No es este el caso de España puesto que el 5 de enero de 2009, el Comité de Derechos Humanos de la ONU amonestó a España “por el mantenimiento en vigor de la Ley de Amnistía” a la vez que pedía su derogación y la toma de “medidas legislativas necesarias para garantizar el reconocimiento de la imprescriptibilidad de los crímenes de lesa humanidad por los tribunales nacionales”.

    Así las cosas, considero que el debate hay que centrarlo en el cumplimiento sin dilaciones ni excusas de los compromisos que, en materia de legislación penal internacional tiene asumidos España. De hecho, la aplicación de la Convención Internacional para la Protección de todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas de 2007 (ratificada por España el 24 de septiembre de 2009), debería implicar modificaciones, todavía pendientes, en nuestra legislación interna, concretamente en el Código Penal y en la citada Ley de Amnistía de 1977. Según dicha Convención, “la práctica generalizada y sistemática de la desaparición forzada constituye un crimen de lesa humanidad” (art. 5º), crímenes que son imprescriptibles y no amnistiables. Teniendo en cuenta que, tras la apertura por Baltasar Garzón del Sumario 53/2008 se presentaron 152.237 denuncias, con nombres y apellidos, de personas desaparecidas durante el franquismo ante el Juzgado Central de Instrucción nº 5 de la Audiencia Nacional del cual era titular el propio Garzón, podemos hacernos una idea de la magnitud “generalizada” y “sistemática” que tuvo la represión franquista. En consecuencia, la condición de crímenes contra la humanidad cometidos por el franquismo hace que éstos no puedan ser amnistiados dado que la legislación internacional, como es el caso de la Convención sobre desapariciones forzadas a la cual estamos aludiendo, prevalece sobre las leyes nacionales. Más aún, en la Convención de Viena sobre Derechos de los Tratados entre Estados y Organizaciones Internacionales de 1969, se señala expresamente que “un [Estado] parte no podrá invocar las disposiciones de su derecho interno como justificación del incumplimiento de un Tratado”. De igual modo, con arreglo al Convenio Europeo para la Protección de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales de 1950 (ratificado por España en 1979), se señala en su artículo 7.2 que “no se impedirá el juicio o condena de una persona culpable de una acción o de una omisión que, en el momento de su comisión, constituía delito según los principios generales del derecho reconocidos por las naciones civilizadas”.  Por todo lo dicho, más pronto que tarde la preconstitucional Ley de Amnistía de 1977 deberá modificarse en cuestiones como las anteriormente indicadas para adecuarla al marco jurídico internacional. Hasta entonces, este tema seguirá siendo un tema pendiente de nuestra democracia.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 1 abril 2018)

 

 

 

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02/04/2018 08:36 kyriathadassa Enlace permanente. Memoria histórica No hay comentarios. Comentar.

EL NEGOCIO (SANGRIENTO) DE ARMAS

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     En el siempre polémico tema del mercado internacional de armas convergen múltiples intereses, tanto económicos de las industrias fabricantes como geoestratégicos de los Estados que los impulsan. Además, si bien es cierto que, como señalaba Tica Font, directora del Instituto Catalán Internacional para la Paz, el comercio de armas descendió tras el final de la Guerra Fría, también es verdad que, aunque con altibajos como consecuencia de la crisis económica, este suculento mercado se ha reactivado como consecuencia de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la posterior lucha contra el terrorismo internacional.

     En el conjunto de los países productores de armas, aunque EE.UU., la Unión Europea y Rusia acaparan el 85% de la producción mundial y que estas armas son cada vez más tecnológicamente sofisticadas, hay que tener presente que España tiene un importante papel dado que, según datos de 2015, figura como el 7º país en el ranking mundial de exportadores de armas tras EE.UU., Rusia, Alemania, Francia, China y Reino Unido. Además, en este mercado, siempre cuestionable, todos los Gobiernos de España del período democrático, como de nuevo señalaba Tica Font, han evidenciado “un importante grado de secretismo y opacidad” tanto ante el Parlamento como ante la ciudadanía y la opinión pública. Y esta lamentable situación se produce a pesar de que la Junta Interministerial de Material de Defensa y Doble Uso (JIMDDU) es la responsable de autorizar las exportaciones de armas, incluidas las destinadas a algunos países que, como es el caso de Arabia Saudí, Egipto, Turquía o Irak están inmersos en conflictos armados. De este modo, según un informe de Armament Research Services (ARES) de agosto de 2016, se tenía constancia de la presencia en la guerra del Yemen de armas españolas, entre ellas las fabricadas por la empresa zaragozana Instalaza tales como lanzacohetes C-90CR y granadas de mano, así como del empleo de vehículos tácticos todoterreno «Uro Vamtac» fabricados en Santiago de Compostela por la empresa UROVESA.

     Especialmente significativo es el caso de Arabia Saudí con quien España mantiene unos muy cuestionados Acuerdos de Cooperación Militar, país que se ha convertido en los últimos años en el mayor comprador de armas de todo Oriente Medio como lo prueba el hecho de que, entre 2011-2015 ha incrementado en un 275% la adquisición de suministros militares. Dado el carácter represivo de la monarquía saudí, la falta de derechos fundamentales que impone su visión rigorista del islam wahabita, unido a su intervención militar en el conflicto de Yemen, han hecho que, desde distintas instancias, entre ellas, diversas ONGs como Amnistía Internacional, Greenpeace, Intermon Oxfam o Fundipace, se haya pedido la suspensión de las exportaciones de armas a Arabia Saudí, así como a otros países del Golfo Pérsico. Así lo han reclamado, también, el pasado mes de septiembre de 2017 los grupos parlamentarios de Unidos Podemos, ERC y PDeCAT en la Comisión de Defensa del Congreso de los Diputados alegando que en dichos países existía una represión interna e “indicios racionales de violaciones de los derechos humanos”, propuesta que fue rechazada por el PP, C´s y, sorprendentemente, también por parte del PSOE.

    Hay razones de sobra para considerar la ilegalidad de estas exportaciones con arreglo a la legislación española y europea en lo referente al comercio internacional de armas sobre todo, teniendo en cuenta aspectos tales como la inestabilidad existente en Oriente Medio, unida a la influencia de países como Arabia Saudí, Oman, Baréin o los emiratos Árabes Unidos por su apoyo a una de las partes en el conflicto de Siria o a su participación en la coalición suní que combate en Yemen, y no digamos en el caso de Irak, donde la prohibición resulta todavía más obvia dado que el país, continúa, pese los últimos éxitos del Gobierno de Bagdad, sumido en una guerra en su propio territorio.

      Aunque estos contratos de armas resultan suculentos económicamente hablando, como es el caso de las 5 fragatas encargadas por Arabia Saudí a la empresa Navantia, el cual garantizaría a sus astilleros de Cádiz 5 años de actividad y 10.000 empleos durante ese período, o las gestiones que en su día llevó a cabo en su día  la princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein, que estuvo tan íntimamente relacionada con el rey emérito como éste lo está con el régimen despótico de Riad, para la venta de entre 250 y 270 carros de combate Leopard de la empresa Santa Bárbara Sistemas-General Dinamics por un precio estimado  de 3.000 millones de euros, hay valores y principios superiores a los meramente mercantiles. Por ello, como señalaba Joan Olóriz, diputado de ERC, resulta lamentable comprobar que, aunque cambie el color político del Gobierno de España, todos ellos han priorizado la venta de armas “por encima de los derechos humanos y el derecho penal internacional”.

     Dado que ciertamente resulta utópico pensar en la abolición del mercado de armas a nivel global, aspiremos, al menos a lograr un cada vez un mayor control del mismo. Por ello, y en lo que al caso de España respecta, este control debería basarse en aspectos tales como la necesidad de mejorar la información ofrecida al Parlamento sobre las exportaciones de material de defensa, facilitar el control y seguimiento de estas ventas por parte del Poder Legislativo y, desde luego realizar en todos los casos un análisis riguroso del riesgo  que comportan estas exportaciones de desvío a terceros países o grupos armados  en relación a su destino para el cual fueron autorizadas.

     Por todo ello, el control de las exportaciones de armas no sólo es un reto ético y jurídico sino una forma efectiva de impedir que las armas de fabricación española provoquen daños, especialmente entre la población civil, tal y como por desgracia ahora ocurre en las actuales guerras del Yemen y Siria o en cualquier otro conflicto armado de los que ensangrientan tantas vidas y conciencias.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 18 marzo 2018)

 

 

 

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18/03/2018 18:29 kyriathadassa Enlace permanente. Política internacional No hay comentarios. Comentar.

RUSIA Y CHINA EN ORIENTE MEDIO

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     En el siempre inquietante avispero geopolítico de Oriente Medio, azuzado por el eterno conflicto árabe-israelí, la amenaza expansiva del yihadismo y la tragedia de la guerra de Siria, se ha ido abriendo un espacio cada vez mayor la Rusia de Vladimir Putin. Así ha quedado patente, sobre todo, en el decisivo papel que están desempeñando las fuerzas armadas rusas en apoyo del régimen del Bashar Al Assad en Siria. Así, la intervención militar rusa se produjo en respuesta a la petición de ayuda por parte del Gobierno de Damasco en su lucha contra el Estado Islámico y otros grupos de oposición. De este modo, iniciada ésta el 30 de septiembre de 2015, con el decidido apoyo de Putin y su ministro de Defensa, Serguéi Shoigu, para proteger la vital base naval de Tartus, convertida ahora en el pivote de la creciente presencia de la Armada rusa en el Mediterráneo, como señalaba Miguel Ángel Ballesteros,  ha producido un cambio radical en el panorama militar del conflicto sirio dado que la balanza se ha ido inclinando a favor del régimen de Al Assad y en detrimento del Estado Islámico y demás grupos opositores, que actualmente se hallan a la defensiva y perdiendo, uno a uno, sus bastiones y enclaves que habían controlado en los primeros instantes de la guerra en Siria, la cual ya se prolonga por espacio de siete largos años.

     Por todo lo dicho, se ha producido un  significativo vuelco de la situación militar, a costa también de un inmenso coste en vidas humanas de civiles no combatientes (recordemos la masacre que estos días se está produciendo en el enclave de Guta), todo ello, no lo olvidemos, en beneficio del dictador Al Assad que, por otra parte, parece ser visto en Occidente como “el mal menor” frente al riesgo cierto que supone tanto la expansión del yihadismo radical como la desestabilización o desmembración de Siria, país decisivo en el mapa político de Oriente Medio.

    El apoyo diplomático y militar ruso a Damasco, como aceradamente indicaba Natividad Fernández Sola, se debe a una serie de motivos geopolíticos y estratégicos tales como evitar la expansión del Estado Islámico hacia el Cáucaso Sur y Asia Central, el deseo de lograr un acceso al Mediterráneo por parte de Rusia que permita su presencia en el Mare Nostrum,  sin olvidar tampoco el interés ruso por probar equipamientos militares en el campo de batalla y el aspecto no menos importante de realzar el prestigio y proyección internacional de sus fuerzas armadas.

      Pero no sólo en Siria se constata el afianzamiento de Rusia en el ámbito del mundo musulmán ya que lo mismo podemos decir de su creciente influencia en otros países como Argelia, Libia, Egipto o la Turquía de Erdogan, cada vez más islamizada y menos respetuosa con los derechos humanos, que busca el apoyo de Moscú para mantener su papel de potencia regional en la zona, al igual que ocurre en el acercamiento de Rusia a la República Islámica de Irán. Y es que, a diferencia de lo que ocurre con la Unión Europea o los EE.UU., el apoyo que ofrece Rusia a todos estos países, autocráticos y dictatoriales, no tiene como contrapeso la exigencia de gestos significativos en defensa de los derechos humanos y de impulso a procesos de democratización interna.

     Lo mismo podemos decir de China, la otra superpotencia mundial que también está logrando una presencia significativa en Oriente Medio:  la activa política exterior desarrollada por el líder chino Xi Jinping pretende, debido al imparable crecimiento económico del gigante asiático, garantizar de forma estable el abastecimiento de sus crecientes necesidades energéticas, al igual que hace con su presencia, cada vez mayor, en África y América Latina, continentes que le proveen de las materias primas esenciales para su industria.

    Por otra parte, al igual que el caso de Rusia, este interés también responde a intereses geopolíticos concretos. En primer lugar, a la preocupación de Pekín porque el rayo de esperanza que supuso la efímera “Primavera Árabe” tenga un efecto contagio en su territorio. Y, junto a esta preocupación, con el recuerdo de la masacre de la Plaza de Tiananmen de 1989 en la mente, hay que tener presente también la inquietud que en el régimen chino suscita la expansión del nacionalismo islamista promovido por los separatistas uigures de la región turco-musulmana de Xinjiang, situada al sudeste de China. Por esta razón, desde 2016 el Ejército Popular Chino está presente en Siria entrenando a las fuerzas armadas de Damasco, así como dedicado a tareas de inteligencia militar y logística. Además, a finales de 2017 Pekín envió a Siria una fuerza especial, una de sus mejores unidades de élite, conocida como “Los Tigres Nocturnos”, con objeto de luchar contra los milicianos uigures que combaten en las filas rebeldes contra el régimen de al Assad. De este modo, China intenta evitar el regreso de éstos guerreros chino-musulmanes (se estima, según Jacques Neriah que hay 5.000 uigures en territorio sirio) a la provincia separatista de Xinjianj, en la que han prometido “derramar ríos de sangre” para lograr sus propósitos.

    Por todo lo dicho, ante las torpezas diplomáticas (y estratégicas) de la Administración Trump y la lamentable ineficacia de la política exterior de la Unión Europea a cuyo frente se encuentra Federica Mogherini, tanto Rusia como China están proyectando, en su condición de superpotencias, su influencia política y su poderío militar en Oriente Medio, una región que, como el resto del tablero internacional, es cada vez más multipolar y con un futuro más inestable e incierto.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 3 marzo 2018)

 

 

 

 

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06/03/2018 11:14 kyriathadassa Enlace permanente. Oriente Medio No hay comentarios. Comentar.

BANALIZAR EL HOLOCAUSTO

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     El pasado 27 de enero, con motivo del Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, António Guterres, Secretario General de la ONU, en un emotivo discurso alertaba sobre el preocupante auge de los grupos neonazis y también, y ello resulta especialmente grave, de la creciente influencia de sus mensajes xenófobos y autoritarios en los partidos políticos tradicionales, razón por la cual se lamentaba de que “algunos partidos, necesitados de votos, están felices de dar un barniz de respetabilidad a ideas viles”. Es por ello que Guterres advertía del peligro que supone la “simbiosis” entre ideas y propuestas de signo claramente ultraderechista con las de partidos “respetables” del arco parlamentario en su búsqueda de réditos electorales. Así hemos de entender las posiciones que han ido adoptando diversos partidos de la derecha conservadora  en temas tales como la inmigración o la seguridad ciudadana, como es el caso de la derecha sarkoziana francesa, o de otros partidos del centro y este de Europa, algunos de ellos adscritos al Partido Popular Europeo (PPE), como es el caso de Hungría, Polonia, Eslovaquia o Austria y, también, las posiciones que, por ejemplo en España, defiende en dichos temas Xavier García Albiol, el principal dirigente del Partido Popular de Cataluña (PPC).

Ante esta amenaza que se perfila en el horizonte de muchos países, Guterres pedía unidad para hacer frente a los mensajes que, como señalaba con acierto, pretenden “la normalización del odio”, unos mensajes que tanto la extrema derecha como los supremacistas blancos, expanden impunemente a través de Internet y las redes sociales. Estas actitudes reaccionarias son incapaces de comprender, y mucho menos de aceptar que, en nuestro tiempo, las sociedades son cada vez más multiétnicas, multirreligiosas y multiculturales, y que esa diversidad es un valor, una riqueza social y no una pretendida amenaza. Por ello, estos grupos a la par que expanden sus mensajes de odio, fomentan en la misma medida los incidentes antisemitas y los ataques violentos contra musulmanes e inmigrantes.

     Ante esta situación, y recordando lo que supuso el Holocausto en la conciencia y en la memoria de la Humanidad, el discurso de Guterres nos instaba a no olvidar estos hechos, encarnación del mal absoluto, “dado que hoy el odio y el desprecio por las vidas humanas es rampante, debemos protegernos contra la xenofobia todos los días y en todas partes” ya que “nunca podemos ser expectantes cuando las vidas y los valores están en juego”.

    En un acto similar que tuvo lugar en el Parlamento de Alemania, Anita Lasker-Wallfish, superviviente del campo de exterminio nazi de Auschwitz, instó a los diputados alemanes a “no tolerar el negacionismo del Holocausto”, a la vez que alertaba del “virus” del antisemitismo, que tiene más de 2.000 años y que, “al parecer es incurable”.

    Traigo a colación estas declaraciones de Guterres y de Anita Lasker-Wallfish en un momento en el que, por ejemplo, Edouard Philippe, el primer ministro de Francia,  reconocía que en el país galo “hay una nueva forma de antisemitismo, violento y brutal, que emerge cada vez más abiertamente”, lo cual ocurre en la comunidad judía más grande de la Europa occidental, como lo prueban la oleada de ataques que está sufriendo en estos últimos años, el último, ocurrido hace unos días en el barrio parisino de Sarcelles contra un niño de tan sólo 8 años.

     Esta lucha para evitar la banalización del Holocausto está a la orden del día, como lo ha puesto de manifiesto el caso de Udo Landbauer, líder regional del partido de la ultraderecha austríaca FPÖ, grupo político que, desde el pasado mes de diciembre, forma parte del Gobierno Central de Viena, junto al Partido Popular de Austria (ÖVP). Hace unos días se supo que la cofradía pangermanista y ultranacionalista “Germania”, una de las muchas que existen en el país alpino y de la cual era presidente Udo Landbauer, había editado un cancionero en el cual se glorificaba el Holocausto nazi con letras tan macabras como la que decía “Metan gas, viejos germanos, que llegamos a los siete millones”, razón por la cual se generó una gran polémica y el político ultraderechista se vio forzado a presentar su dimisión.

     En esta misma oleada de ascenso de la extrema derecha en el seno de la civilizada Europa, que ya ha empezado a hacerse hueco en los gobiernos de algunos de estos países, podemos encontrar también otro ejemplo significativo en Bélgica. Allí, Jan Jambon, el ministro del Interior del Gobierno belga por el partido independentista flamenco N-VA (Alianza Neo-Flamenca), que cuenta con un importante sector afín a la ultraderecha, el partido que tanto está apoyando el supuesto “exilio” de Carles Puigdemont, manifestó recientemente su “comprensión” hacia los fascistas belgas que militaron en el Partido Rexista y que colaboraron con el ocupante nazi alemán durante la II Guerra Mundial, y cuyo líder, por cierto, Leon Degrelle, fue acogido y protegido, al igual que otros criminales nazis, por la dictadura franquista hasta su muerte en Málaga en 1994 sin que nunca fuera extraditado ni juzgado por los tribunales de su país por crímenes de guerra.

     Por todo ello, este tipo de gestos impulsados por partidos reaccionarios no sólo pretenden la banalización de la inmensa tragedia que supuso el Holocausto, sino que también suponen, no lo olvidemos, un oprobio para la memoria de las víctimas, y entre ellas, también,  la de varios miles de  republicanos españoles asesinados por el nazismo, olvidados de forma deliberada por la derecha española, la misma que tan comprensiva se muestra con determinadas actuaciones de esa negra página de nuestra historia que supuso el franquismo, algo que resulta inadmisible para cualquier demócrata.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 18 febrero 2018)

 

 

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19/02/2018 13:02 kyriathadassa Enlace permanente. Memoria histórica No hay comentarios. Comentar.

LA SEGURIDAD HUMANA, UN VALOR A REIVINDICAR

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     Vivimos en un mundo cada vez más obsesionado por la seguridad y, por ello, se habla de “seguridad nacional”, esto es, de las precauciones que se deben tomar para proteger un país, de “seguridad ciudadana”, aún a riesgo de renunciar a cotas de libertad y, en los últimos tiempos, se alude con frecuencia a la “ciberseguridad” como forma de hacer frente a las injerencias intencionadas que se producen en las nuevas tecnologías tanto por parte de particulares (hackers) como por potencias extranjeras con objetivos muy variados.

     Frente a esta obsesión por la seguridad, se habla menos, y no por ello es menos importante, del concepto de “seguridad humana”, término que acuñó el Informe para el Desarrollo Humano de la ONU de 1994 y que hace referencia a la necesaria defensa que merecemos todos los seres humanos ante cualquier aspecto que atente contra nuestra dignidad, libertad o derechos, tales como la pobreza, la marginación o cualquier otra violación de los derechos humanos. En consecuencia, son las personas, antes que los intereses de los Estados o de los poderes económicos, los deben ser el objetivo prioritario de cualquier concepto de “seguridad”, tal y como recogía el Informe de Kofi Annan, ex secretario general de la ONU titulado La función de las Naciones Unidas en el siglo XXI del año 2006. De este modo, la seguridad humana, como señalaba Jesús Jiménez Olmos, es “aquella que es capaz de garantizar al individuo la posibilidad de desarrollarse como persona, es decir, gozar de libertad y bienestar suficiente para cubrir sus necesidades fundamentales y desarrollar sus capacidades”. De ello se derivan tres ideas básicas: que la seguridad humana se halla por encima de los intereses de los Estados ; que implica un compromiso permanente de preservar en todo tiempo y lugar los derechos fundamentales y la dignidad de las personas y, también, no lo olvidemos, la lucha por la consecución de la justicia social que permita a toda persona disponer de un nivel adecuado de recursos y bienestar para desarrollarse plenamente, idea ésta última que enlazaría con la necesidad de implantación de una Renta Social Básica para que los sectores sociales más desfavorecidos puedan lograr dichos objetivos.

     Tan importante y de justicia es la seguridad humana que, para hacerla efectiva, se alude al término de “injerencia humanitaria”, el cual tiene por objeto proteger a la población civil cuando su propio Estado no es capaz de hacerlo ante situaciones de catástrofes naturales, hambrunas, éxodos masivos o violencia extrema desencadenada contra una parte u etnia concreta de su población. Dicha injerencia humanitaria, lógicamente, debe ponerse en práctica tras la aprobación previa de la correspondiente resolución de la ONU, algo que debería de haberse hecho de forma efectiva en casos tan dramáticos como las recientes crisis humanitarias de refugiados o la situación producida en Birmania ante la persecución de la minoría rohingya.

     Pero para defender la seguridad humana como valor esencial, resulta prioritario, en este mundo cada vez más desigual e injusto, el garantizar la seguridad alimentaria de las personas.  Por ello, la I Cumbre Mundial de la Alimentación de 1996 suscribió una Declaración sobre Seguridad Alimentaria Mundial en la que, como recordaba José María Medina Rey, “se reafirmaba el derecho de toda persona a una alimentación adecuada y a estar protegido contra el hambre”. En consecuencia, se pretendía, como objetivo, que el sistema alimentario mundial, además de sostenible, garantizase la seguridad alimentaria y la nutrición para todas las personas, tanto en el momento presente, como para las generaciones futuras. No obstante, la seguridad alimentaria se halla en la actualidad amenazada por varios factores, entre ellos,

- en primer lugar, una importante pérdida y desperdicios de alimentos, especialmente en el mundo desarrollado, esto es, de productos comestibles destinados al consumo humano que se pierden o descartan en algún punto de la cadena alimentaria.

- en segundo lugar, por los subsidios a los agrocombustibles en los países desarrollados, pues como denunciaba el citado Medina Rey, el impacto de estas políticas sobre la seguridad alimentaria mundial “puede ser letal, porque, sencillamente, no es compatible alimentar el mundo y producir tal cantidad de agrocombustibles”. Además, debemos tener presente que la creciente expansión de su cultivo resulta cuestionable desde diversos puntos de vista tales como el impacto social que causa en los países en vías de desarrollo, su dudosa rentabilidad energética y económica, sus escasos beneficios medioambientales, así como su dudosa capacidad para ser una alternativa real frente al petróleo.

- en tercer lugar, los efectos del cambio climático, el cual está afectando de manera drástica a los productores agroalimentarios con sus nefastos efectos sobre las cosechas y sus consiguientes hambrunas, especialmente en zonas como el África subsahariana, lo cual a su vez, ante la imposibilidad de garantizar la seguridad alimentaria de estas poblaciones, obliga a éxodos masivos como a los que estamos asistiendo en estos últimos años, un proceso que irá en aumento si no se producen cambios drásticos y rápidos en la política económica y energética mundial que frene la contaminación y, con ello, los negativos efectos de este cambio climático que nos amenaza tales como la desertificación, la falta de agua o la escasez de alimentos en amplias zonas de nuestro planeta.

     A modo de conclusión, en estos tiempos inciertos, resulta fundamental reivindicar el valor de la seguridad humana, por encima de todos los intereses económicos o geoestratégicos que confrontan a los Estados en la política internacional. Para ello, es esencial partir de la idea, que tantas veces se dice de forma retórica, pero con escasa convicción, que, por encima de ideologías, intereses materiales o confesiones religiosas, está el valor de los derechos humanos, la dignidad y la libertad de las personas, esto es, la seguridad humana. Defendiendo ésta tendremos en nuestras manos la mejor garantía, la mejor y más justa forma para combatir el fanatismo, la pobreza y la opresión.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 4 febrero 2018)

 

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05/02/2018 11:18 kyriathadassa Enlace permanente. Derechos civiles No hay comentarios. Comentar.

EL CONDE DE BALLOBAR, EN JERUSALEM

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     En estos días, en que tantas noticias hablan sobre Jerusalem, como consecuencia de una nueva torpeza diplomática de Donald Trump que ha encendido, de nuevo, la tensión en la disputada ciudad, nos viene a la memoria la figura de un diplomático vinculado a Aragón llamado Antonio de La Cierva Lewita, Conde de Ballobar. Gracias a las anotaciones recogidas en su Diario de Jerusalem, 1914-1919, nos podemos aproximar a la compleja realidad de la Palestina turca, durante los años de la I Guerra Mundial (1914-1918), coincidentes con el fin de la ocupación otomana de la zona.

     Antonio de La Cierva Lewita (Viena, 1885- Madrid, 1971), era hijo del agregado militar Plácido de La Cierva y de María Luisa Lewita, una judía austríaca convertida al catolicismo. Fallecida tempranamente ésta, su padre se casó de nuevo con María Luisa de las Heras, condesa de Ballobar, pasando así buena parte de su infancia en Zaragoza, lugar donde residía su madrastra. En 1911 ingresó en la carrera diplomática, siendo a partir de entonces vicecónsul en La Habana, cónsul en Jerusalem (1914-1919) y en Tánger (1920-1921), Primer Secretario ante el Vaticano (1938-1939) y, nuevamente cónsul en Jerusalem (1949-1952) ya que el general Franco, a pesar de que nunca reconoció al Estado de Israel, mantuvo siempre abierta la legación diplomática española en la ciudad jerosolimitana.

     El Diario del conde de Ballobar, pleno de datos de interés histórico y diplomático, comenzó a escribirlo en 1914 al hacerse cargo del consulado español en Jerusalem. Por entonces, la I Guerra Mundial acababa de iniciarse ensangrentando las tierras de Europa y se extendía igualmente a las colonias de las respectivas potencias beligerantes. Recordemos que, en estos momentos, Palestina para los árabes, la Tierra de Israel (Eretz Israel) para los judíos, formaba parte del Imperio Turco, el cual estaba aliado militarmente con los imperios centrales (Alemania y Austria-Hungría) frente al bloque formado por Francia, Inglaterra, Rusia, Italia y, más tarde, Estados Unidos. Por su parte, España, país de segundo orden en el ámbito internacional, mantuvo, afortunadamente, una posición de neutralidad. Como consecuencia del conflicto, las potencias occidentales enfrentadas a Turquía, delegaron sus intereses diplomáticos en el Consulado de España en Jerusalem a cuyo frente estaba el conde de Ballobar. Por ello, éste asumió una importante labor pues, a medida que la guerra avanzaba, debió de hacerse cargo ante las autoridades turcas de Palestina de las legaciones de Francia, Italia, Montenegro, Rumanía, Rusia, Gran Bretaña y Estados Unidos. A todas estas potencias aliadas habría que añadir que, a partir de noviembre de 1917 se encargó también de los intereses diplomáticos de Alemania y Austria-Hungría, razón por la cual Ballobar era conocido con el calificativo de “el cónsul universal”.

Durante la guerra, su labor diplomática fue incesante: defendió ante las autoridades turcas todos los edificios religiosos católicos hasta entonces bajo protección de Francia, gestionó un canon especial para los templos protestantes que los salvaguardase de las rapiñas otomanas, realizó diversas gestiones para liberar a religiosos y personalidades judías que habían sido deportadas a Siria, etc.

     El conde de Ballobar no oculta en sus Diarios su profundo desprecio hacia el dominio turco sobre Palestina, así como la cuestionable capacidad militar otomana durante la contienda. Por ejemplo, destaca el estrepitoso fracaso militar de los turcos y sus aliados alemanes y austro-húngaros ante el canal de Suez, a la vez que, con cierta sorna de raíz aragonesa, se burla del ejército turco anotando cómo “se batieron brillantemente… desde la retaguardia”. Pero el acontecimiento más destacable para Ballobar fue, sin duda, la ocupación por los británicos de Jerusalem el 9 de diciembre de 1917, razón por la cual describe el recibimiento entusiasta que cristianos y judíos ofrecieron a las tropas del general Allenby. De este modo, se ponía fin a cuatro siglos de dominación turca sobre Tierra Santa y se abría la puerta al futuro Mandato británico sobre Palestina que se prolongó hasta el establecimiento del Estado de Israel en 1948.

     En el complejo y agitado mapa del Oriente Medio de aquellos años, Ballobar destaca las claves políticas y geoestratégicas que movían los intereses de las grandes potencias en Tierra Santa en la fase final del desmoronamiento del imperio turco. El dilema era que, tras el fin de la dominación otomana, había dos opciones posibles (y contrapuestas): o se constituía una “gran nación árabe”, o se fragmentaba el Oriente Medio sobre la base de los intereses coloniales de Francia y de Inglaterra. Se optó por esta última solución en la Conferencia de San Remo (1920), pasando Francia a ocupar Siria y Líbano e Inglaterra se posesionó de Palestina e Iraq. De este modo, no sólo se generaba un sentimiento nacionalista panárabe contra dichas potencias europeas, sino que se obviaba la creación de un Hogar Nacional Judío en la Tierra de Israel, tal y como había propuesto la Declaración Balfour de 1917.

      Sobre el futuro de Jerusalem, ciudad por todos disputada, Ballobar defiende la idea del general Storss, Gobernador Militar británico de Palestina, para quien la mejor solución sería “entregársela a los americanos”, si bien, acto seguido, se apresura a señalar que ello “no haría buena impresión entre cristianos y musulmanes”. De este modo, se esbozaba por primera vez la idea de crear un status político especial para Jerusalem, antecedente de ulteriores propuestas de internacionalización de la Ciudad Santa, así como también de la deseable opción de ser la capital compartida tanto de Israel como del Estado Palestino, uno de las ideas esenciales para lograr, actualmente, una paz justa en la zona.

     A través del Diario del conde de Ballobar, a pesar de los condicionantes ideológicos y religiosos propios de su época y su contexto social, se ofrece una aproximación a un período tan interesante como desconocido de la historia de Palestina-Eretz Israel. Por ello, el Diario de aquel joven diplomático cuya infancia transcurrió en Zaragoza, evoca con emoción y nostalgia a aquella tierra, tan santa como disputada y sangrienta, en la cual “se ha desarrollado la historia más interesante de la humanidad”. Una tierra que a nadie nos deja indiferentes.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 9 enero 2018)

 

 

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09/01/2018 12:50 kyriathadassa Enlace permanente. Oriente Medio No hay comentarios. Comentar.

PROCESOS SOCIALES LIBERADORES

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     En este año que está a punto de concluir, se han recordado dos acontecimientos de transcendental importancia para el devenir de la historia mundial: el quinto centenario de la reforma protestante iniciada por Martín Lutero en 1517, y el centenario de la Revolución Rusa de octubre de 1917. Junto a ellos, también es digno de mencionar el centenario del nacimiento de Oscar Arnulfo Romero (1917-1980), obispo de San Salvador, decidido defensor de los derechos humanos y de la justicia social, razón por la  que  fue asesinado el 24 de marzo de 1980 por los Escuadrones de la Muerte de la extrema derecha salvadoreña.

     El obispo Oscar Romero solía decir que “una Iglesia que no se une a los pobres, a fin de hablar desde el lado de los pobres, en contra de las injusticias que se cometen con ellos, no es una verdadera Iglesia de Jesucristo”, en plena coherencia con el verdadero mensaje cristiano, por lo que se granjeó el odio de la oligarquía reaccionaria de El Salvador, la misma que había saqueado vidas y haciendas, la misma que había monopolizado el poder desde siempre en su país. Por estas razones  Romero criticaba con firmeza “la idolatría de la violencia y de un tipo de justicia absolutizada, dentro del sistema capitalista, de la propiedad privada, que justifica el poder político de los regímenes de seguridad nacional”, críticas éstas que propiciaron su posterior asesinato.  De igual modo, Óscar Romero, nos recordaba la necesidad de dignificar la política (“la gran política”, decía) para luchar por el bien común, para “escuchar el clamor de los oprimidos”, sin olvidar tampoco la defensa de modelos de producción más justos y sostenibles.

     Romero, como Ignacio Ellacuría, que sería asesinado junto a otros 5 jesuitas y dos mujeres el 16 de noviembre de 1989 en la Universidad Centroamericana de San Salvador, son el testimonio de todos aquellos cristianos que, en América Latina “luchan por la verdad, la paz y la justicia” y que murieron asesinados por su compromiso social cristiano. Nos vienen a la memoria de forma especial el recuerdo de estos crímenes en estos días en que el juez de la Audiencia Nacional Manuel García Castelló ha iniciado el procesamiento del excoronel salvadoreño Inocente Montano, responsable de dichos asesinatos tras ser extraditado a España desde los EE.UU.

     Por otra parte, mucho se ha hablado de los cambios políticos y de los movimientos progresistas que en estos últimos años se han producido en América Latina, dentro de lo que ha dado en llamarse “Socialismo del siglo XXI”, cuya pujanza y aires de renovación de la izquierda contrasta con el grave declive de la socialdemocracia en Europa. No obstante, en fechas recientes asistimos a retrocesos en lo que había sido un exitoso ciclo progresista en América Latina como los ocurridos tras la muerte de Hugo Chávez, reemplazado con escasa fortuna por Nicolás Maduro, la defenestración del Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil  tras los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Rousseff, o la reciente derrota de la izquierda en las elecciones presidenciales de Chile y, pese a ello, siguen siendo modelos que han propiciado importantes cambios y transformaciones sociales que no siempre han sido valorados en su justa medida desde este lado del Atlántico

     En este “Socialismo del siglo XXI” es destacable el hecho de que cuenta con el apoyo de los sectores cristianos progresistas vinculados a la Teología de la Liberación. Como señala el teólogo brasileño  Marcelo Barros, “en este camino a un nuevo tipo de Socialismo, un elemento característico es la participación de grupos espirituales, cristianos y de otras tradiciones religiosas, comprometidos con la transformación social del mundo”. En este sentido, hay que recordar la participación, desde los años 60, de los cristianos progresistas en lo que ha dado en llamarse “procesos sociales liberadores”: ahí está el ejemplo de Helder Cámara, Pedro Casaldáliga, Jon Sobrino, Leonardo Boff o los ya citados Oscar Romero e Ignacio Ellacuría, compromiso social que éstos dos últimos pagaron con su vida. Tampoco olvidamos a Frey Betto, dominico brasileño que ejerció una importante influencia en las políticas sociales desarrolladas por Lula, así como diversos ecos  de la teología de la liberación que se perciben en algunos aspectos de la acción política desarrollada por Evo Morales en Bolivia, Fernando Lugo en Paraguay, Rafael Correa en Ecuador o el mismo Hugo Chávez en Venezuela.

     Como señalaba el sociólogo marxista Lucien Goldman, las ideas socialistas y el cristianismo que defiende la Teología de la Liberación en América Latina tienen en común “su rechazo al individualismo  y la superación de la cultura burguesa, así como la búsqueda de valores transindividuales”. En esta misma línea, Michael Lowly señalaba que, desde los orígenes del cristianismo, muchos creyentes comprendieron que el mensaje evangélico exigía “el combate histórico en pro de una comunidad humana más libre, igualitaria y fraterna”. Por ello, a partir del s. XIX muchos cristianos entendieron, entendemos, que ese futuro comunitario era el socialismo. Por lo dicho, el citado Marco Barros alude a “una espiritualidad socialista para el s. XXI”, retomando las ideas de Ignacio Ellacuría en defensa de los humildes, de los explotados, de lo que él llamaba  “el pueblo crucificado”. Esta teología se fundamenta pues en asociar la imagen del Cristo crucificado a la del pueblo crucificado, metáfora central de la teología de la liberación: la un pueblo sufriente, golpeado por las injusticias y la opresión de los poderosos, como lo recuerda la historia de la trágica matanza  ocurrida en la localidad chilena de Santa María de Iquique en 1907 y que inmortalizó en una célebre Cantata la música del grupo Quilapayún.

     A modo de conclusión, el Socialismo del Siglo XXI y los movimientos cristianos progresistas de América Latina afines a la  Teología de la Liberación parecen unir sus fuerzas para hacer realidad el noble ideal de Simón Bolívar, el cual soñaba con “unir a todos los pueblos de esta inmensa patria grande y poder hacer bien al mundo todo”.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 24 diciembre 2017)

 

 

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26/12/2017 16:42 kyriathadassa Enlace permanente. Religión No hay comentarios. Comentar.

UNA GUERRA CIVIL EN EL ISLAM

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      Entre las numerosas “líneas de conflicto” que fracturan el ya de por sí convulso panorama de Oriente Medio, Marc Lynch destaca de forma especial “el enfrentamiento geopolítico y de concepciones del Islam” entre Irán, de mayoría chiita y Arabia Saudí, de confesión sunita. Es por ello que estamos asistiendo a una despiadada y cruel lucha por el liderazgo político y religioso en Oriente Medio, a una sangrienta guerra civil en el seno del mundo musulmán.

     Este conflicto tiene diversas motivaciones y, entre ellas, en primer lugar, las de signo religioso, cual es la secular pugna entre suníes, apoyados por la monarquía saudita y los chiitas, que cuentan con el respaldo de la República Islámica de Irán, enfrentamiento que se ha agudizado en estos últimos años. Junto a estas motivaciones religiosas, esta guerra abierta entre musulmanes se explica, como señalaba Álvarez Osorio, por motivos geopolíticos y por el antagonismo ideológico existente entre ambos países en su búsqueda por lograr el predominio político-religioso en Oriente Medio, tal y como nos recuerda la politóloga Fátima Dazy-Héni.

     El conflicto se ha agudizado debido a la creciente influencia de Irán en la zona, favorecida como consecuencia de la invasión de EE.UU. y sus aliados de Irak y el posterior derrocamiento del dictador Saddam Hussein en 2003, lo cual hizo que Teherán y los grupos chiíes que le eran afines lograran una mayor implantación en Irak. A ello habría que añadir el efecto que tuvo el Acuerdo sobre el Programa Nuclear iraní con EE.UU., lo cual generó un profundo malestar  y fuertes críticas por parte de Arabia Saudita y las monarquías del golfo Pérsico, países que constituyen el “bloque suní” liderado por la monarquía saudí, hacia los EE.UU. y en particular hacia el expresidente Obama.

     Como reacción al creciente poderío de Irán, la decrépita y anacrónica monarquía de Riad, ha optado por intensificar el sectarismo religioso, esto es, el fundamentalismo islámico de signo wahabita, no sólo en su reino, sino en el conjunto de Oriente Medio. De este modo, se ha producido una división de la población saudí, “subrayando la brecha confesional” entre la mayoría suní y la minoría chií, a los cuales se les acusa, además, de ser una especie de “quinta columna” desestabilizadora del reino, llegando al punto de ejecutar el clérigo Sheik Nimr al Nimr, líder de la minoría chií en Arabia Saudí. El odio visceral a los chiíes, a los que se denominan despectivamente como “rafidíes”,  queda patente en palabras de Abu Musab al Zarqawi, máximo dirigente yihadista de Al Qaeda en Mesopotamia, según el cual “los chiíes son el obstáculo insuperable, la serpiente al acecho, el escorpión astuto y malicioso, el enemigo espía y el veneno penetrante… son el peligro que se avecina y el verdadero desafío. Ellos son el enemigo. Cuidado con ellos. Luchad contra ellos”.

     Pero donde con mayor nitidez se observa esta guerra que convulsiona al mundo musulmán es en los conflictos de Siria y Yemen tras los cuales se halla la larga mano y los intereses geoestratégicos contrapuestos de Irán y Arabia Saudí. De este modo, en el caso de Siria, el régimen de Bachar al Asad, además de la ayuda militar rusa, cuenta con el decisivo apoyo de Irán y de los diversos grupos chiitas afines a Teherán como es el caso de las milicias libanesas de Hezbolláh o de los combatientes iraquíes entrenados por la Guardia Revolucionaria iraní. Frente a ellos, Arabia Saudí respalda a los grupos rebeldes contrarios a Damasco, especialmente aquellos que son de orientación salafista. Este apoyo a los rebeldes responde al interés prioritario de la política exterior saudí: el contener la expansión de Irán y, por ello, del chiismo, en la zona. Por ello, los grupos salafistas y yihadistas se han movilizado en Siria, con el apoyo saudí, en opinión de Álvarez Osorio, por “la necesidad de hacer frente a una supuesta conspiración iraní para hacerse con el control de Oriente Medio y establecer un Estado que abarque los actuales Irán, Irak, Siria y Líbano”. Además, el conflicto sirio tiene lugar en un momento en el cual Irán ha normalizado sus relaciones diplomáticas internacionales y ha retornado a la geopolítica regional como “gran potencia chií” mientras que Arabia Saudí aparece ante la opinión pública mundial, en palabras de Natividad Fernández Sola, como una “monarquía absolutista y cerrada” que, además, apoya el terrorismo fundamentalista.

     La otra línea de conflicto irano/saudí, como señalaba Jorge Dezcallar, es la guerra del Yemen en la que la coalición suní liderada por Riad ha intervenido apoyando a los yihadistas que combaten a las milicias chiíes para hacer frente a la revuelta de los huzíes, tras la cual está “la larga mano de Irán”, conflicto que se ha agudizado tras el reciente asesinato del expresidente Ali Abdala Saleh.

     En consecuencia, los conflictos de Siria y Yemen evidencian de forma dramática lo que Kristina Kausch considera “un vigoroso resurgimiento de la rivalidad irano-saudí”.  A modo de conclusión, a los ya endémicos enfrentamientos que ensangrientan desde hace décadas a Oriente Medio, la actual guerra civil en el seno del mundo musulmán, alentada por rivalidades religiosas y geoestratégicas entre Irán y Arabia Saudí, nos ofrece un panorama muy preocupante ya que, según indicaba Fernando Martín, “es en la actualidad muy complejo, desilusionante y violento, con tendencia a perpetuarse, si no a empeorar, en un proceso de colapso regional”. Pese a todo, esperemos que tan negro vaticinio no llegue a cumplirse.

 

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 10 diciembre 2017)

 

 

 

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11/12/2017 18:42 kyriathadassa Enlace permanente. Oriente Medio No hay comentarios. Comentar.

DESINFORMACION

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     En estas últimas fechas han aparecido con frecuencia noticias sobre la posible ingerencia rusa en relación a temas que afectan a los países occidentales. Ahí está el caso de los ataques cibernéticos atribuidos a Rusia durante la campaña presidencial de los EE.UU. de noviembre de 2016 con objeto de facilitar la victoria de Donald Trump, desprestigiar a Hillary Clinton y desacreditar el sistema político norteamericano. Casos similares de interferencias por parte de Rusia han sido denunciados también por Reino Unido o Alemania y España tampoco ha sido ajena a esta situación: prueba de ello han sido diversas manipulaciones informativas en relación a la crisis política de Cataluña seguidas atentamente por parte del Centro Criptográfico Nacional dependiente del CNI, así como el intento de penetración en los ordenadores del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación (MAEC) atribuido al BSUR, los servicios secretos de la Federación Rusa, “uno de los más agresivos” según Fernando Rueda, de los que actúan en nuestro mundo globalizado.

     Estas son las prácticas de lo que se ha dado en llamar “desinformación”, término éste que la Real Academia de la Lengua define como “dar información intencionadamente manipulada al servicio de ciertos fines” y también como “dar información insuficiente u omitirla”. De hecho, la desinformación es la práctica utilizada por Moscú como táctica de lo que Mira Milosevich-Juaristi define como “método militar asimétrico e indirecto de la guerra híbrida que Rusia libra en Europa y EE.UU.” para mediante ella “engañar y desorientar al oponente, influir en sus decisiones y socavar su eficiente política, económica y militar”.

     La desinformación se ha convertido en  uno de los instrumentos principales  de la estrategia rusa de influencia política en Occidente. Es por ello que se trata de una de las “medidas activas” heredadas por Rusia de la estrategia militar de la antigua URSS durante la Guerra Fría, la cual tenía por objeto “desacreditar o debilitar a los oponentes y distorsionar su percepción de la realidad”. En consecuencia, ello supone según el citado Mira Milosevich, una “militarización de la información”, algo habitual en la estrategia militar rusa desde siempre, esto es, desde el zarismo, el posterior régimen soviético y la actual autocracia, maquillada de democracia, de Vladimir Putin. Todo ello recuerda aquella frase de Lenin que decía que “la información es un arma no muy diferente de las bombas”.

     La Rusia actual, en lo que a la desinformación se refiere, se basa en la doctrina de la llamada “Guerra de Nueva Generación” (NGW) consistente en una “estrategia de influencia, no de fuerza bruta”, dado que su objetivo es “romper la coherencia interna del sistema del enemigo, y no de aniquilarle”. En consecuencia, según la Visión Conceptual del Ministerio de Defensa de Rusia de 2011, los objetivos de esta guerra informativa serían: “socavar el sistema político, económico y social, adoctrinar a la población  para desestabilizar la sociedad y el Estado y forzar a los Estados a tomar decisiones favorables a los intereses de sus oponentes”. Por ello, la esencia de la desinformación, tengámoslo claro, es engañar, pero es muy difícil demostrar esta “intención” de mensajes concretos, así como identificar la desinformación si previamente no se hace un análisis contrastado de las fuentes de donde proceden dichos mensajes.

     Dicho esto, la táctica de la desinformación rusa tiene tres tipos y objetivos diferentes: la doméstica (orientada a los ciudadanos de Rusia), la dirigida a los vecinos (compatriotas y ex ciudadanos de las ex repúblicas soviéticas) y la que se presenta como “punto de vista alternativo” destinada a los ciudadanos de la Unión Europea (UE) y de los EE.UU. En este último caso, que es el que nos afecta directamente, se canalizan mensajes por distintas vías los cuales pretenden subrayar tres ideas básicas: la disfuncionalidad el sistema político, económico y social de la democracia liberal, propiciando así una visión distorsionada de las realidad de los países occidentales ; desacreditar las instituciones democráticas y la alianza transatlántica euro-americana y, por último, profundizar en la desunión y en los problemas internos de los países de la UE, tema al cual la cuestión de Cataluña no es ajeno.

     En este contexto hay que situar los ataques cibernéticos denunciados por diversos países tras los cuales se intuye la larga mano de Rusia. Por ello, Ivan Krastev alude al “factor Putin”, al cual considera “un riesgo para la UE” dada su pretensión por debilitar y desunir a Europa. Ante este riesgo potencial se han activado diversas medidas defensivas, entre ellas, el acuerdo UE-OTAN (diciembre 2016) que incluye 40 medidas para avanzar conjuntamente en la lucha contra la desinformación, los ataques cibernéticos y otras causas de desestabilización.

     A modo de conclusión, el factor distorsionante que supone la desinformación intencionada, de lo que también ha dado en llamarse la “posverdad”, tanto en cuento tras ella se halla una dosis de  mentira o falsedad, es un problema de creciente gravedad. En este mundo globalizado, donde la “verdad” es siempre discutible y su búsqueda siempre azarosa y difícil, es lógico que existan distintas “percepciones” de la misma y todas ellas merecen un respeto, también en el caso de los “puntos de vista alternativos” que subyacen tras los mensajes de la desinformación rusa, aunque éstos cuestionen constantemente nuestros valores y los cimientos de nuestra democracia. Pero, pese a este respeto y defensa de la pluralidad informativa, debemos estar alerta ante unas tácticas de desinformación como las descritas que, con la labor de determinados hackers a su servicio, han convertido a éstos en actores invisibles e importantes que pueden influir en los procesos electorales y en las decisiones políticas. Todo ello plantea la cuestión del uso ético, honesto y veraz de la información a través de las nuevas tecnologías,  un reto  que no debemos de obviar.

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 26 noviembre 2017)

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29/11/2017 08:12 kyriathadassa Enlace permanente. Política internacional No hay comentarios. Comentar.

EN RECUERDO DE HANNAH SZENES

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     Siempre he admirado a los intelectuales y poetas que tuvieron (y tienen) el coraje de bajar de sus torres de marfil e implicarse, comprometerse, con la realidad política y social de su tiempo, por muy adversos que éstos sean, por muy fuertes que soplen los vientos. Esto me ocurrió al conocer la historia de Hannah Szennes (1921-1944), una joven poetisa judía húngara, heroína de la lucha antifascista y, por ello, víctima de la barbarie hitleriana. Para mí, fue una historia tan desconocida como emotiva, un testimonio de valor y sacrificio del cual en estas fechas se ha cumplido el 73º aniversario de su asesinato.

     Hannah Szenes había nacido en Budapest en 1921, en el seno de una familia judía asimilada, culta y de clase media, un año después de la llegada al poder del dictador  Miklós Horthy, que, entre 1920 y 1944 estableció en Hungría un régimen ultranacionalista, antisemita y profundamente anticomunista. Estudió en un colegio protestante en el cual los católicos tenían que pagar el doble del coste de los estudios y los judíos, el triple. No fue hasta los 17 años cuando se reafirmó en su olvidada identidad judía y empezó a estudiar hebreo, momento que coincide con los sangrientos sucesos de la Kristallnacht en la Alemania nazi (1938).

     Bien pronto sintió la discriminación a la que eran sometidos los judíos y, ante el auge del antisemitismo en Hungría, se convirtió en una joven sionista y, por ello, estaba firmemente convencida que la emigración a la tierra de Israel, entonces la Palestina bajo Mandato británico, era la única solución de futuro para su pueblo amenazado en Europa por la negra y sangrienta sombra del fascismo. De este modo, en septiembre de 1939, unos días después de que estallase la II Guerra Mundial, emigró a Palestina (“Estoy en casa”, escribirá en su Diario). Allí estudia y trabaja  en la Escuela Agrícola de Nahalal y en el kibutz Sdot Iam en Cesarea, tiempo en el que inició su poemario en hebreo en el que plasmó su profundo amor por las tierras y paisajes de Palestina.

     Pero el Próximo Oriente no era ajeno a la tempestad bélica que incendiaba toda Europa a pesar de que el avance nazi-fascista de las tropas de Rommel había sido frenado en las tierras egipcias de El Alamein. Los judíos residentes en Palestina eran conscientes del riesgo cierto de aniquilamiento que pesaba sobre sus hermanos atrapados en la Europa ocupada por la barbarie hitleriana. En consecuencia, un grupo de ellos se ofrecieron como voluntarios a las autoridades británicas para ser entrenados con objeto de ser lanzados en paracaídas sobre Italia, Rumanía, Eslovaquia, Yugoslavia y Hungría y así infiltrarse tras las líneas enemigas, ayudar a la Resistencia, organizar sabotajes y proporcionar información a los aliados. Y la joven Hannah fue una de las voluntarias, su compromiso personal los resumía así en su Diario: “somos los únicos que podemos ayudar y no tenemos siquiera el derecho de dudar […] Es mejor morir con la conciencia tranquila que volver a casa sabiendo que no intentamos nada”. La joven poetisa, solidaria con el holocausto que estaba sufriendo su pueblo, no dudó en dar un paso adelante para combatir de frente al nazismo, encarnación del mal absoluto. En una carta dirigida a Yehuda Braminski, le confiesa: “Me voy con alegría, por mi libre voluntad y siendo totalmente consciente de las dificultades. Veo mi partida como un privilegio y también como un deber”.

     Finalmente, en marzo de 1944, Hannah y su grupo de combatientes judíos fueron lanzados en paracaídas sobre los bosques de Yugoslavia. Allí se unieron a los partisanos de Tito y combatieron a las tropas nazis de ocupación. Durante esta época, en los bosques de Srebrenica trágico lugar donde ocurrieron las matanzas de varios miles de bosnios musulmanes en 1995 durante la reciente guerra de la exYugoslavia,  Hannah escribió uno de sus más combativos poemas, “Bendita la llama”, en el que animaba a los judíos de la Europa ocupada a rebelarse contra los opresores nazis.

     En junio de 1944, desoyendo las advertencias de sus amigos guerrilleros, Hannah decidió pasar a su Hungría natal con la intención de salvar al mayor número posible de judíos, entre ellos, a su madre y a su hermano. Pero, tras ser traicionada por un informador, fue detenida y torturada por la policía fascista húngara y por la Gestapo nazi, a pesar de lo cual nunca obtuvieron de ella ninguna información relevante. Tras un simulacro de juicio en el que se negó a pedir clemencia, el 7 de noviembre de 1944 fue fusilada en su Budapest natal: como señala Jordi Font, que ha estudiado su vida y su obra, se negó a que le vendaran los ojos y prefirió ver la cara de sus asesinos hasta el último momento. Tenía 23 años.

     Hannah, poetisa y combatiente, murió al igual que 700.000 judíos húngaros deportados al campo de exterminio de Auschwitz. Su madre y su hermano se salvaron, al igual que los cinco millares de judíos que deben la vida a la valiente actitud de Ángel Sanz Briz, aquel joven diplomático zaragozano, entonces destinado en la embajada española de Budapest. Hannah asumió su fatal destino con coraje y, durante su encarcelamiento, escribió un poema que emociona: “Ahora, en julio, cumpliría veintitrés años / Escogía número en un juego arriesgado / El dado rodó. He perdido”.

     En estos días en que se ha cumplido el aniversario de su asesinato, su ejemplo de compromiso y valor tiene un especial significado, ahora que la amenaza sombría y negra del fascismo pretende resurgir en Hungría, en donde avanza el partido fascista Jobbik y la derecha autoritaria magiar pretende rehabilitar el legado político del dictador Horthy, cuando el Gobierno de Viktor Orbán y su partido Fidesz, impulsar políticas de claro signo reaccionario y xenófobo.. El sacrificio de Hannah Szennes nos recuerda a todos una lección, la misma que plasmó en otro de sus poemas: “Y sabed que el precio del camino / de la justicia y el valor / no es bajo”. Y es cierto, siempre es duro defender la justicia y la dignidad ante enemigos tan poderosos y brutales. Pero es imprescindible, ayer, hoy y siempre.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 12 noviembre 2017)

 

 

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12/11/2017 19:05 kyriathadassa Enlace permanente. Mundo Judío No hay comentarios. Comentar.

EL NAUFRAGIO DE EUROPA (y II)

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     Una vez desplazada la frontera europea a Turquía para que ésta controle el flujo de refugiados, la Unión Europea (UE) ha ido tomando otra serie de medidas con objeto de reducir la inmigración irregular, garantizar el control de fronteras, desarrollar vías de migración legal y conseguir un Sistema Europeo Común de Asilo (SECA). Si hasta entonces el conocido como Sistema Dublín, asignaba la responsabilidad de tramitar las soluciones de asilo al primer país europea al que llegaban los refugiados y en el cual debían de permanecer, la crisis migratoria de 2015 evidenció que ello imponía una desproporción e injusta presión para Grecia e Italia, lo cual hizo necesarios los Acuerdos de Reubicación y Reasentamiento impulsados por la Comisión Europea en septiembre de 2015. Estos acuerdos tenían el ambicioso objetivo de reubicar a 160.000 refugiados desde Italia y Grecia en los distintos países de la UE según cupos estatales, además de reasentar a 20.000 persona desde campos de refugiados existentes en países vecinos a los conflictos como Turquía y Jordania.

     Pese al rotundo fracaso de los Acuerdos de Reubicación y Reasentamiento, como señalaba Cristina Manzanedo, con ellos se pretendía, por vez primera, gestionar de forma común a nivel europeo un sistema de distribución equitativa de los refugiados entre los distintos países de la UE. No obstante, cuando el pasado 26 de septiembre expiró el plazo bienal de los mismos, resulta obvio que no se han cumplido sus objetivos y se ha evidenciado una grave falta de voluntad política en el seno de la UEpara hacer frente a esta crisis humanitaria, hasta el punto de que Hungría se ha negado a recibir refugiados y el resto de los países, tras negociar a la baja los cupos propuestos, han incumplido, todos, el número de refugiados asignados. El caso de España es revelador puesto que, durante 2016-2017 acogió tan sólo al 11,4% de las 17.300 personas que le correspondían según dichos Acuerdos. Esta situación ha hecho que Intermon-Oxfam denunciase ante la Comisión Europea estos flagrantes incumplimiento y que la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) calificase de “estrepitoso fracaso” el proceso de reubicación y reasentamiento.

     Significativo resulta el caso de Alemania que en agosto de 2015 declaró una política de puertas abiertas y, por ello, en dicho año acogió a 441.800 refugiados, hecho que supuso un agrio debate político así como un preocupante ascenso de las fuerzas políticas de corte xenófobo no sólo en el país germano sino también en otros Estados de la UE, así como el cierre progresivo de fronteras en algunos de ellos. Así las cosas, tuvo lugar la Cumbre de Malta (noviembre 2015) la cual intentó dar respuesta (y control) a los movimientos migratorios como una responsabilidad compartida por parte de los países de origen, tránsito y destino. No obstante, el Plan de Actuación aprobado en La Valetta suponía un chantaje inmoral ya que la UE supeditaba la cooperación al desarrollo y la ayuda a los países del Sur al control por parte de éstos de los movimientos migratorios: así se creó el Fondo Fiduciario de Emergencia para áfrica dotado de 1.880 millones de euros.

    Más adelante, el Nuevo Marco de Asociación en Materia de Migración de la Comisión Europea (7 junio 2016) pretendió mejorar la Declaración de La Valetta y así buscar resultados concretos en el control de los flujos migratorios a cambio de poner “todos los instrumentos posibles a su servicio: ayuda al desarrollo, comercio e inversiones”, a la vez que propiciaba pactos migratorios a medida que permitían deportaciones ilimitadas tal y como contempla el Acuerdo UE-Afganistán (octubre 2016).

     A modo de balance, las políticas migratorias de la UE han sido criticadas con dureza por CEAR pues son el lamentable reflejo de una Europa “seriamente enferma”, que evidencia un profundo déficit democrático, consecuencia de una ausencia de valores. Es por ello que, ante este “profundo viraje hacia la deshumanización”, en expresión de Estrella Galán, resunta patente la necesidad de “refundar Europa” para que recupere su alma y sus valores fundacionales de solidaridad y defensa de los derechos humanos, esos valores que ahora parecen naufragar en las instituciones europeas.

     Por todo ello resulta imprescindible un cambio de rumbo en la nave de la UE el cual suponga un impulso a políticas estructurales (y no cortoplacistas como es el fracasado modelo del cierre de fronteras), que aborde las auténticas causas que han motivado la crisis migratoria de los refugiados, así como junto la imperiosa necesidad de tomar medidas concretas y urgentes: En primer lugar, la de reforzar las operaciones de rescate marítimo para salvar vidas de refugiados, un imperativo moral básico y, desde luego, instar al cumplimiento de los Acuerdos de Reubicación y Reasentamiento. Y, junto a ellas, tampoco debemos olvidar otras importantes cuestiones como: reforzar las vías de acceso legal a Europa acabando con el peligroso e inmoral negocio de los traficantes de personas, facilitar la reagrupación familiar y la posibilidad de solicitar asilo o visados humanitarios ; impulsar la ayuda humanitaria y la cooperación internacional (recordemos que, en el caso de España, la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) se ha reducido del 0,4% del PIB en 2009 al 0,14% en el 2014); abordar las causas por medio de la Agenda de Desarrollo Sostenible 2030 y la defensa de la solidaridad internacional y los derechos humanos de todas las personas, sin olvidar tampoco el apostar por una sociedad inclusiva, abierta y tolerante que sirva de freno al auge de las tendencias xenófobas y racistas que nos amenazan.

     Si Europa es capaz de asumir estas medidas recuperará su alma perdida, anegada en estos últimos tiempos por el vendaval del individualismo insolidario y así se evitará el naufragio de los valores que dan razón de ser a la UE, un naufragio que ya ha acabado  de forma trágica con las vidas de demasiadas personas que añoraban llegar a Europa soñando con un futuro digno y en libertad.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 5 noviembre 2017)

 

 

 

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05/11/2017 20:52 kyriathadassa Enlace permanente. Política internacional No hay comentarios. Comentar.

EL NAUFRAGIO DE EUROPA (I)

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     Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) hay en el mundo 65 millones de personas desplazadas (1 cada 25 minutos) por causa de los conflictos armados, cambio climático, pobreza, persecuciones por diversas razones o violaciones de los derechos humanos fundamentales. Ello ha hecho que, tan sólo en el año 2015 llegasen a Europa casi 1,2 millones de personas refugiadas lo cual, según Mariano Aguirre, ha supuesto “la crisis más seria que ha sufrido la Unión Europea (UE) desde su creación” y, más aún, como decía Zygmunt Bauman, estamos asistiendo “no a una crisis de refugiados, sino a una crisis de la humanidad”.

    Ante esta situación, la respuesta de la Unión Europea (UE) ha sido decepcionante tanto por  la descoordinación entre los Estados miembros, como por sus planteamientos cortoplacistas. De este modo, como denunciaba de forma contundente Estrella Galán, secretaria general de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), este capítulo de la historia “ha puesto en evidencia el gran fracaso colectivo de Europa”, la cual no ha estado a la altura de las circunstancias dado que no fue capaz de hacer frente a las verdaderas causas de la crisis de refugiados ni tampoco puso en marcha soluciones estables con visión humanitaria para garantizar el cumplimiento de los compromisos jurídicos con el derecho de asilo y las personas refugiadas derivados del Estatuto de Refugiados de 1951 que todos los Estados de la UE habían firmado. Especialmente preocupante resulta que todas las medidas adoptadas por la UE iban enfocadas desde una perspectiva de “seguridad” y no desde el ámbito de los derechos humanos, razón por la cual Human Right Watch advertía de que “el miedo a ataques terroristas y a los flujos masivos de refugiados están llevando a muchos Gobiernos occidentales a reducir la protección de los derechos humanos”. Y es que, con la excusa de la seguridad y el control migratorio, la UE está violando impunemente los tratados internacionales, olvidando, con grave dejación de responsabilidad, que el derecho de asilo para las personas refugiadas es un derecho inalienable y no un gesto de gracia o generosidad sino que responde al cumplimiento de la legalidad y los compromisos firmados por los Estados miembros.

    Y, junto a este abandono de la defensa de los derechos humanos, también ha naufragado Europa al aplicar otras medidas tendentes a frenar el flujo migratorio mediante barreras  en Hungría, Bulgaria…o Ceuta y Melilla y, sobre todo, al externalizar la vigilancia y control de las fronteras exteriores de la UE a socios que no son precisamente un ejemplo de respeto de los derechos humanos y de sensibilidad democrática. Este es el caso del Acuerdo UE-Turquía de marzo de 2015 cuyo objetivo principal era la devolución a suelo turco de los migrantes y refugiados que llegaban a territorio europeo a través de Grecia. Por esta labor, Turquía, convertida en una nueva guardia pretoriana de las fronteras de la UE, recibió 3.300 millones de euros durante el período 2016-2017, además de otras concesiones políticas  como la anulación de los visados para los turcos que entrasen en territorio comunitario o la reanudación de las negociaciones de adhesión  de Turquía a la UE, siempre lentas y complejas y paralizadas en estos últimos años por la preocupante involución autoritaria del país otomano de la mano de su presidente Recep Tayip Erdogan. Dicho Acuerdo, como bien sabemos, ha contado con una fuerte y justificada oposición pues, con su firma, la UE, como denunciaba CEAR,  “ha dejado naufragar el derecho de asilo, un derecho fundamental básico”, a la vez que nos recordaba que se trata de un acuerdo ilegal por múltiples razones, entre ellas, que las expulsiones colectivas están expresamente prohibidas por el art. 4º del Protocolo 4 del Convenio Europeo de Derechos Humanos; que toda expulsión de un extranjero debe ser individual y necesita garantías legales según los arts. 12 y 13 de la Directiva de Retorno; que el Acuerdo vulnera el principio de no devolución del art. 33 de la Convención de Ginebra, que establece que nadie podrá ser devuelto a un país donde su vida corra peligro, a un país no seguro; que Turquía no está incluida en la lista de países seguros reconocidos por la UE, así como que dicho Acuerdo incumple el principio de no discriminación por país de origen, según el art. 3 de la Convención de Ginebra.

     Por todo ello, resulta indignante que, mientras Europa se empeña en convertirse en una fortaleza que cierra sus fronteras exteriores a los refugiados, se enorgullece de la libertad plena de circulación de capitales y mercancías, una hipocresía que delata con crudeza la injusticia que subyace en materia de política migratoria de la UE. Ciertamente, el Acuerdo con Turquía ha supuesto una reducción de la llegada de refugiados a Europa (364.000 en el año 2016) pero ello ha supuesto un cambio de las rutas de llegada, mucho más peligrosas y mortales y con un mayor coste económico para los refugiados.  De este modo, la anterior ruta de la costa turca a la isla griega de Lesbos, de tan sólo 9 km., mayoritariamente utilizada durante los años 2014-2015, ha sido reemplazada por la  del Mediterráneo Central (desde Libia a Italia) que, en su tramo más corto hasta la isla de Lampedusa tiene una distancia de 300 km.  El peligro de esta ruta es evidente y, de hecho, las muertes por naufragio en esta zona han aumentado en + 34% y, según la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) y,  en el pasado año 2016, 1 de cada 23 personas que emprendían esa ruta ha muerto en el Mediterráneo.

    Por todo lo dicho, resulta lamentable que Europa, la civilizada Europa, esté naufragando en materia de derechos humanos, algo que remueve las conciencias de  todos aquellos ciudadanos que, como Bauman, pensamos que nos hallamos ante una auténtica crisis de la humanidad.

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 29 octubre 2017)

 

 

 

 

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30/10/2017 14:36 kyriathadassa Enlace permanente. Política internacional No hay comentarios. Comentar.

ACECHA LA NUEVA DERECHA

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     Asistimos con preocupación al auge de partidos que, con es el caso del Frente Nacional francés, el Bloque Flamenco belga, el FPÖ austríaco o la AfD alemán, se definen como la Nueva Derecha, eufemismo tras el cual maquillan sus posiciones políticas de extrema derecha autoritaria, xenófoba y racista. Entre las causas de su avance electoral y social, Hans Schelkshorn, estudioso de este fenómeno emergente, señala el vacío de la ideología neoliberal, aplicada en la práctica tanto por los partidos de derechas como por los socialdemócratas y por ello señala que, “así como el fascismo fue una reacción al liberalismo desenfrenado”, la Nueva Derecha sería una “respuesta”, ciertamente reaccionaria y movida por el miedo, frente la globalización impulsada por el neoliberalismo rampante. A ello habría que añadir la llegada masiva a Europa en los últimos años de refugiados que huyen de zonas de conflicto o de miseria, detonante éste que ha supuesto un  auge electoral y un aumento de la base social de las ideas xenófobas: ahí está el caso de Alternativa por Alemania (AfD) que, en los comicios del pasado día 24 de septiembre, ha logrado un preocupante apoyo del 12,6 %  del electorado.

    Todas estas formaciones políticas tienen características comunes aunque adaptadas a las peculiaridades concretas de cada país. En este sentido, el citado Hans Schelkshorn señala que es un error definir a estos partidos como  “populistas”, afirmación que parece indicar que tras ellos se halla una política desideologizada, que se adapta a las opiniones y deseos del “pueblo”, lo cual supondría que los partidos de la Nueva Derecha carecen de una ideología concreta y definida. Bien al contrario, según dicho autor, ello supone “una peligrosa minimización” de lo que representan estos grupos puesto que claro que tienen ideología, y esta es tan acechante como peligrosa. Es por ello que, en opinión de Jan Werner Muller, tras estos partidos se oculta una ideología “que mina peligrosamente los principios y valores de las democracias del Estado de derecho, tal y como se han construido en Europa después de la II Guerra Mundial”. De este modo, la ideología de la Nueva Derecha se sustentaría sobre dos ideas esenciales: su cuestionamiento de la actual democracia liberal y el rechazo al proyecto de paz y progreso social que da razón de ser a la Unión Europea (UE).

     Por otra parte, la Nueva Derecha pese a asumir abiertamente postulados propios de la derecha autoritaria, ha intentado, con desigual fortuna, distanciarse de los aspectos más repulsivos  de los movimientos fascistas de la Europa de entreguerras del s. XX., de aquellos partidos antidemocráticos que enarbolaban entre sus objetivos el recurso a la violencia para alcanzar el poder y que exaltaban el racismo, todo lo cual, bien lo sabemos, tuvo trágicas consecuencias en nuestra historia reciente. Frente a los fascismos clásicos, los partidos de la Nueva Derecha afirman renunciar a la violencia para alcanzar el Gobierno y, en consecuencia, aceptan los resultados salidos de las elecciones democráticas. Por otra parte, inspirados por el pensamiento de Alain de Benoist, pretenden sustituir el antiguo racismo del fascismo clásico por un “etnopluralismo”, con la idea de promover el reconocimiento de diversas etnias y culturas, pero cada una en su correspondiente territorio, lo cual les lleva a defender la “unión étnica” de una nación. Todo ello tiene graves consecuencias puesto que al priorizar la interpretación étnica del concepto de “nación” y de “pueblo” por encima de los derechos humanos, cuestionan la universalidad de los mismos y se arrogan  el poder de designar quién pertenece (o no) al pueblo o nación y, de facto, excluir de la comunidad nacional a diversos colectivos tales como migrantes, gitanos, judíos, homosexuales, ateos, militantes de izquierda u otros sectores progresistas, de sus respectivas (e idealizadas) sociedades.

     Especialmente preocupante resulta el que esta Nueva Derecha acechante en estos últimos años ha ido abandonando la marginalidad política aupada por su ascenso electoral en varios países europeos. De hecho, tal y como ha ocurrido con el zarpazo electoral de la AfD que ha irrumpido en el Bundestag con 95 diputados que, aunque no llevan las camisas pardas de las milicias hitlerianas, sus ideas son tan sucias y pardas como las de aquellos. Y no sólo eso, sino que también resulta grave el hecho de que algunos de los postulados ideológicos de la Nueva Derecha han ido calando en la mentalidad y en los programas de partidos de la derecha democrática clásica y, de modo especial, en la ideología democristiana. Este sería  el caso de Víktor Orbán,  líder del partido Fidesz en Hungría,  quien con sus éxitos electorales pretende legitimar su creciente autoritarismo, a la vez que defiende lo que él llama “Estado aliberal”, el cual elude el cumplimiento los derechos humanos reconocidos por Hungría en diversos acuerdos internacionales y así justificar lo injustificable: su rechazo a acoger refugiados asignados por la UE, hecho éste que confirma los vientos de involución que soplan con fuerza en otros países del Este de Europa como Polonia, Eslovaquia, Bulgaria o Eslovenia, vientos que están arrasando los derechos humanos en esta Europa que creíamos civilizada, progresista y solidaria.

     También en España estamos asistiendo a un preocupante rebrote de estas ideas intolerantes, cuando no abiertamente fascistas: la grave situación generada por el problema político de Cataluña les ofrece el ambiente propicio  como por desgracia hemos constatado en los lamentables sucesos ocurridos al intentar boicotear la Asamblea de cargos públicos por la libertad, la fraternidad y la convivencia celebrada en Zaragoza el pasado domingo 24 de septiembre a propuesta de Unidos Podemos, llegando incluso a agredir a Violeta Barba, presidenta de las Cortes de Aragón.

     Este es el panorama actual de la Nueva Derecha que, con sus ideas e intenciones, unas abiertas, otras ocultas, acecha (y amenaza) nuestra convivencia, nuestros valores y nuestra democracia. Alerta.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 1 octubre 2017)

 

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02/10/2017 08:26 kyriathadassa Enlace permanente. Política internacional No hay comentarios. Comentar.

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