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UNA INVOLUCIÓN PELIGROSA: LAS POLÍTICAS ILIBERALES

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     En medio de la actual tempestad de euroescepticismo y peligroso auge de diversas derechas populistas radicales, algunas de las cuales no tienen reparos en dejar patente sus afinidades con el fascismo, un nuevo escollo aparece en este agitado mar por el cual pretende navegar la Unión Europea (UE) sin encallar en ninguno de los arrecifes que ante ella se presentan: es el de lo que ha dado en llamarse “democracias iliberales”, también denominadas “parciales” o “de baja intensidad”, que son aquellas que se están abriendo paso de la mano  de los emergentes movimientos de derechas antiliberales.

   Un claro representante de lo que representa esta involución democrática, maquillada con la denominación de “democracia iliberal”, es el caso de la política que lleva a cabo Viktor Orbán y su partido, el Fidesz, en Hungría. De este modo, Orbán, siguiendo el modelo de sus políticos de referencia, que por lo que a su creciente autoritarismo se refiere no son otros que Vladimir Putin o Recep Tayyip Erdogán, se ha convertido en un defensor entusiasta de esta “democracia iliberal”, la cual, según Madeleine Albrigh, “se centra en las hipotéticas necesidades” de la comunidad nacional, “antes que en los derechos inalienables del individuo” y, por ello, “es democrática porque respeta la voluntad de la mayoría”, pero es iliberal tanto en cuanto “ignora las inquietudes de las minorías”.  De este modo, mientras para un demócrata el proceso político es más importante que la ideología, y le preocupa más que haya elecciones libres, justas y transparentes, por encima de quien las gane, para los políticos iliberales, como Orbán y otros similares, el problema surge cuando éstos intentan acrecentar su poder sin importarles que los medios para lograrlo causen daños permanentes, y en ocasiones irreparables, en las instituciones democráticas de sus respectivos países.

    Todos los políticos iliberales, aquellos que debilitan la democracia aunque no acaben con ella como harían los políticos de signo abiertamente fascista que se sitúan a su ya próxima extrema derecha, tienden a desequilibrar el equilibrio e independencia de poderes sobre los que se sustentan los sistemas democráticos y, por ello, maniobran para reforzar el poder ejecutivo, el suyo, a costa del poder legislativo que debería ser su contrapeso, pretenden igualmente controlar al poder judicial, tal y como se pretende por parte del actual Gobierno de Mateusz Morawiecki en Polonia, limitar todo lo que les sea posible el campo de acción de la oposición política y social, así como controlar la mayor parte de los medios de comunicación a su servicio, en la misma medida que neutralizan a los que les son adversos.

     Estas políticas iliberales, no sólo están dejando un rastro patente de degradación de la democracia en la Hungría regida por Orbán, sino que algo similar ocurre en Polonia en donde desde que en el 2015 ganó las elecciones el Partido Ley y Justicia (PiS) de Jaroslaw Kaczynski, se observa un claro deterioro de la democracia, o en el caso de la República Checa, en donde su presidente Milos Zeman se vanagloria de definirse como “el Trump checo” o en las políticas llevadas a cabo por Janez Jansa en Eslovenia. De nada han servido las recriminaciones de la UE ante determinadas y muy cuestionables actuaciones de estos dirigentes políticos, como ocurre por ejemplo en materia de la puesta en práctica de políticas migratorias comunitarias, las cuales ha sido desoídas de forma reiterada por estos políticos cada vez más iliberales, que es tanto como decir cada vez menos demócratas y que explotan con habilidad políticas populistas que, hoy por hoy, les resultan muy rentables electoralmente: no han más que ver el antipatriótico papel que están desempañando las derechas españolas, por muy envueltas que vayan en banderas de España, ante la grave crisis actual causada por la pandemia del Covid-19.

     Las políticas populistas de signo iliberal pueden abrir un camino de no retorno que, en el peor de los casos podría situar a estos países en la antesala de un ambiente todavía peor cual sería el nuevo fascismo emergente. En este punto crítico, la involución democrática no se produce de una forma violenta sino de formas más sutiles, aunque igualmente peligrosas cual son la manipulación de la información, el control de la justicia o defendiendo una nostalgia de un idealizado pasado en el cual el orden social no era cuestionado. Todos estos riesgos se amplifican en tiempos de crisis e incertidumbres como los actuales y, por ello, ante este asalto (gradual) a los valores democráticos que pretenden estos políticos iliberales, Madeleine Albright nos recordaba que Bill Clinton decía que “cuando la gente se siente insegura, es más probable que tenga líderes fuertes y poco acertados que líderes débiles pero atinados”, porque “a lo largo de la historia, los demagogos han demostrado que generan mucho más fervor popular que los demócratas, y en buen medida es porque parecen más decididos y seguros de sí mismos” y ello, vistas sus acciones y pensamientos, resultan muy peligrosos y se convierten en un riesgo cierto para nuestras democracias, pues hemos de ser conscientes que tras ellos se oculta un asalto a los valores democráticos tal y como ahora está ocurriendo en muchos países de nuestro entorno europeo e incluso en la sociedad norteamericana tras la irrupción en la Casa Blanca de un político tan atípico  y peligroso como es Donald Trump. Lo mismo podemos decir en el caso de España, donde los acerados y reaccionarios mensajes políticos de Vox están hiriendo nuestra democracia, máxime cuando el Partido Popular parece ser incapaz de diferenciarse discursivamente de las propuestas antiliberales y autoritarias de la emergente extrema derecha, un riesgo serio que hay que evitar pues nos va en ello buena parte de nuestro futuro.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 14 abril 2021)

 

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14/04/2021 18:55 kyriathadassa Enlace permanente. Política internacional No hay comentarios. Comentar.

EN RECUERDO DE IBN GABIROL

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     En el año 1021, hace ahora un milenio, nacía en Málaga Shlomo ben Yehudah Ibn Gabirol, a quien los cristianos llamaron Avicebrón, el gran poeta y filósofo judío, que tan profunda influencia ejerció en el pensamiento medieval europeo y cuya trayectoria vital estuvo muy vinculada a la Zaragoza musulmana del s. XI. Hagamos un poco de historia.

    En la convulsa época del medievo hispano, la ciudad de Córdoba, capital del emirato musulmán independiente regido por los omeyas, alcanzó un gran florecimiento cultural por lo que llegó a definirse como “la capital intelectual del mundo”, en gran medida ante el impulso del visir judío Hasday ben Isaac Ibn Shaprut. No obstante, el esplendor de Córdoba se apagó tras la muerte de Almanzor y las revueltas internas que pusieron fin al califato dando lugar a que éste se fragmentase en multitud de reinos de taifas independientes.

     Tras el final del califato, se sucedió un período de inestabilidad política y, con ella, la situación para la minoría judía en Al-Andalus se hizo peligrosa, razón por la cual muchos de ellos abandonaron Córdoba. Este fue el caso de Yehuda Ibn Gabirol el cual se refugió en Málaga y allí nació su hijo Shlomo en el año 1021. No obstante, poco tiempo después se trasladó a la taifa de Zaragoza, lugar de refugio para muchos judíos que huían del fanatismo islamista, hecho que destacaba el profesor Millás Vallicrosa al señalar que, “si todos aquellos reyezuelos de taifas se esforzaron en emular a los califas cordobeses en el fausto de la corte y en la protección dispensada a los sabios y literatos, quizás ninguno de ellos eclipsó en este respecto a la corte de Zaragoza, donde la hábil política de Mundir I aseguró para su reino bellos días de paz, y Zaragoza se hizo una gran ciudad que eclipsaba a la decadente y asolada Córdoba”. Es por ello que Zaragoza se convirtió, en aquellos años, en la más importante de las taifas que sustituyeron al antiguo esplendor de la Córdoba califal.

     De este modo, en opinión de Sor Mary Testemalle, religiosa de la Congregación de Nuestra Señora de Sión, orden dedicada al diálogo judeo-cristiano, en Saraqusta, la Zaragoza musulmana del s. XI, fue todo un ejemplo de tolerancia,  pues en ella hallaron refugio filólogos, poetas, talmudistas y filósofos judíos huidos de Córdoba, Málaga y Granada, y en donde “reanudaron los estudios, traducciones y comentarios que tanto brillo habían proporcionado a las escuelas de Córdoba”, un lugar donde, además, los judíos a ella llegados, “pudieron gozar de la posibilidad de vivir en paz su fe religiosa”.

     En aquella Saraqusta musulmana, tolerante y culta, se formó Ibn Gabirol en la importante escuela rabínica que allí existía y en esta ciudad fue donde vivirá los años más fecundos de su actividad creativa, en donde maravilló por sus dotes poéticas, razón por la cual Bahya  Ibn Paquda alude a él como “otro gran hijo de Zaragoza”. No obstante, en torno a los 25 años abandonó la ciudad tras los tumultos ocurridos que supusieron el asesinato de Mundir II y el fin de la dinastía de los tuyibíes. Por entonces, Ibn Gabirol ya gozaba de gran fama en el mundo literario musulmán y judío. Según Moshe Ibn Ezra, que pertenecía a la generación posterior a Ibn Gabirol, refiriéndose a éste, señalaba que, “todos los ojos inteligentes estaban vueltos hacia él y aún los envidiosos le señalaban con gestos de admiración”. Fue entonces cuando emprendió una serie de viajes que le llevaron a residir un tiempo en Granada, pretendió trasladarse a la Tierra de Israel, y, aunque se conoce escasamente este último período de su vida, parece ser que murió en Valencia hacia 1058 con apenas 30 años de edad.

    La figura y la importancia de Ibn Gabirol ha sido ampliamente ensalzada por su profundo legado. Así, la citada Sor Mary Testemalle dice de él que “fue una de las mayores glorias del judaísmo español y esta gloria se debe en parte a los maestros geniales que encontró en la capital de Aragón, que supieron desarrollar sus dones excepcionales”. Por su parte, David Maeso lo define como “altísimo poeta, extraordinario filósofo, insigne científico, místico y moralista”, mientras que Heine dijo que Ibn Gabirol fue “poeta entre los filósofos y filósofo entre los poetas” y, Menéndez Pelayo lo llegó a comparar con Dante y Milton “por la elevación de sus pensamientos, la belleza de las imágenes y la elegancia del estilo”.  Por todo lo dicho, Ibn Gabirol simboliza el esplendor de la cultura judeo-española de la primera mitad del s, XI y su influencia se extendió hasta la escolástica de santo Tomás de Aquino y también hasta el pensamiento de Abraham Abulafia, cabalista judío nacido en Zaragoza.

     Entre las obras de Ibn Gabirol, todas ellas escritas en lengua árabe, el idioma culto de la época, son destacables sus poesías religiosas recogidas en Corona del reino, una síntesis entre las creencias tradicionales judías y la filosofía neoplatónica, cuyos versículos todavía se cantan en la liturgia sefardita; las máximas morales de su Selección de perlas y, sobre todo, La Fuente de la Vida, una obra de profundo contenido filosófico, cuya importancia destacaba la filóloga Natalia Muñoz Molina y que en opinión del medievalista Luis Suárez Fernández, desempeñó un papel esencial en la historia de Europa. Uno de los aspectos más destacables de La Fuente de la Vida es que, con ella, Ibn Gabirol pretendió crear una filosofía universal que, por encima de las diferencias religiosas, pudiera reunir a toda la humanidad en torno a la verdad ya que pensaba que, si la religión había llegado a ser un signo de división, la filosofía podía ser el instrumento para lograr la unidad perdida. Para buscar el acercamiento entre las tres religiones monoteístas, en aquellos tiempos tan convulsos como violentos, la filosofía de Ibn Gabirol se hizo impersonal, aconfesional, dado su convencimiento de que todos los pueblos adoran bajo diversos nombres al mismo Dios.

     Pero Ibn Gabirol no lograría su proyecto de unidad interreligiosa ya que La Fuente de la Vida trascendió durante poco tiempo en la filosofía judía o árabe en España. No obstante, en el s. XII la Escuela de Traductores de Toledo tradujo La Fuente de la Vida al latín y, así, Ibn Gabirol, razón por la cual se dijo de él que “hizo su entrada triunfal entre los cristianos occidentales”, aunque ello fuera a costa de su nombre ya que pasó a ser conocido como Avicebrón, como así lo llamaron los escolásticos creyendo que era cristiano, y no fue hasta el año 1846 en que Salomon Munk dio a conocer la identidad judía de Ibn Gabirol.

    No obstante, sorprende la falta de conocimiento generalizado sobre la vida y la obra de Ibn Gabirol, de su legado poético y filosófico, en España y también en Aragón. Por ello, ahora que se cumple el milenio de su nacimiento, es el momento oportuno para reivindicar su figura más allá de ser judío, dada la transcendencia universal de su poesía y filosofía y un primer paso sería incluir su estudio en los diversos currículos educativos. Además, diversas actividades culturales recordarán a Ibn Gabirol en todas aquellas ciudades vinculadas con su trayectoria vital como fueron Córdoba, Málaga, Granada, Valencia, y, también debería de serlo Zaragoza, dado que sería el momento idóneo para dar a conocer la importancia y transcendencia de la figura de Ibn Gabirol y, por extensión, del legado cultural sefardí.

    Tal vez, ahora que se cumple el milenario del nacimiento de Ibn Gabirol, bien merece un recuerdo, máxime en su Zaragoza de adopción y, en estos tiempos inciertos que nos está tocando vivir, tiempos en que, como en la Zaragoza musulmana del s. XI en la que vivió Ibn Gabirol, resulta más necesario que nunca destacar el valor de la tolerancia y de la multiculturalidad, de la cultura de la paz y el respeto a la diversidad en definitiva, pues, como decía Ibn Gabirol en una de sus máximas, “la paciencia cosecha la paz y la prisa, la pierde”.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 28 marzo 2021)

 

 

 

 

 

 

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29/03/2021 08:25 kyriathadassa Enlace permanente. Mundo Judío No hay comentarios. Comentar.

LA UTOPÍA HUMANISTA

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     Asistimos a un tiempo sembrado de incertidumbres y pesimismo propiciado por una crisis sanitaria de magnitud planetaria, por un virus que ha parado el mundo y de consecuencias dramáticas tanto en el ámbito personal, como social y, desde luego, económico.

     Releyendo estos días a Erich Fromm, psicólogo social que sintetizó con lucidez el método psicoanalista de Freud y el análisis marxista, resultan de candente actualidad sus opiniones plasmadas en su libro “¿Tener o ser?” (1976), el que reivindica el valor del “ser” persona por encima del mero afán de “tener” a que nos aboca la sociedad de consumo y que nos aleja de la auténtica felicidad ya que, como señalaba Fromm, “tener mucho no produce bienestar”.

    No es casual que Fromm inicie su libro analizando lo que él denomina “el fin de una ilusión”, esto es, de “la Gran Promesa de un Progreso Ilimitado” que, convertida en la “nueva religión” de nuestro tiempo, se basaba en ideas tales como el dominio de la naturaleza y la explotación ilimitada de sus recursos, la abundancia material, la felicidad social y la libertad personal sin límites ni amenazas. Pero, esta “ilusión”, surgida tras la revolución industrial, ha fracasado y Fromm nos apunta las causas: el consumismo no produce felicidad; no somos plenamente libres, sino que nos hemos convertido en meros engranajes de una superestructura social que nos manipula; el progreso económico se ha limitado a las naciones ricas generándose un abismo creciente en relación a los países pobres y, finalmente, el progreso técnico ha generado innegables peligros ecológicos y riesgos nucleares.

     En consecuencia, ante una sociedad que ha sacralizado el “tener” en vez de los valores del “ser” personal y de la ética tanto personal como colectiva, dado que el capitalismo “separó la conducta económica de los valores humanos de la ética”, Fromm considera que resulta imprescindible reaccionar. Partidario de lo que él denomina “un socialismo humanista y democrático”, nos insta a retomar los valores que el materialismo ha ido arrumbando en nuestras conciencias para construir una sociedad nueva más justa e igualitaria. Fromm, convertido en abanderado de la que él llama “protesta humanista” que, como ocurrió con el cristianismo primitivo, la Ilustración y el pensamiento marxista, intentó liberar al ser humano del egoísmo y la codicia, considera que sólo un cambio profundo de nuestra actitud vital puede salvarnos de lo que él define como “catástrofe psicológica y económica”.

     Es por ello que en su obra nos ofrece un planteamiento de gran interés sobre cuales deberían de ser las características de la “Sociedad nueva” con la que sueña. El primer paso, y ello está en nuestra mano, debería de ser el orientar la producción en beneficio de un “consumo sano” contrapuesto al consumismo que él califica de “patológico”. Muy interesante resulta su defensa de las “huelgas de consumidores” las cuales considera como una poderosa palanca para introducir cambios en los sistemas productivos, llegando incluso a proponer una huelga de automovilistas en los EE.UU. para hacer frente a la subida de los carburantes y al poder económico de las multinacionales petroleras. En el fondo, lo que Fromm pretende es combatir el consumismo mediante formas de “democracia genuina” (como lo es la organización de los consumidores) para hacer frente a lo que él denomina “fascismo tecnológico”.

     La defensa de una sociedad plenamente democrática y participativa le lleva también a reivindicar un ideal de la izquierda sindical un tanto olvidado últimamente cual es el de la “democracia industrial”, esto es, la participación de los trabajadores en la toma efectiva de decisiones en sus respectivas empresas. No podía olvidar, en esta misma línea, la necesidad de avanzar por el camino de una democracia política participativa basada en dos requisitos esenciales en la que los ciudadanos, para formarse una opinión fundada y libre, cual son el contar con una información adecuada, esto es, libre de toda manipulación interesada y, a la vez, percibir que sus decisiones cuentan, tienen efecto en la sociedad en la que les ha tocado vivir. Defiende igualmente una “descentralización máxima” que fomente la participación activa en la vida política, así como la prohibición de todos los métodos de lavado de cerebro en la publicidad tanto industrial como política.

     La Nueva Sociedad basada en los valores del humanismo no puede lograrse, nos recuerda Fromm, si no se elimina el creciente abismo entre naciones ricas y pobres, si no se introduce “un ingreso anual garantizado” que, convertido en derecho universal apoye a los sectores más desfavorecidos de la sociedad, así como que se logre la plena liberación de la mujer o, también, su muy novedosa propuesta de establecer un llamado Supremo Consejo Cultural encargado de aconsejar a gobiernos, políticos y ciudadanos “en todas las materias en que sea necesario el conocimiento”, idea tras la cual parece subyacer el ideal del papel reservado a los sabios en la República platónica.

    Finalmente, la Nueva Sociedad debe fomentar el desarme nuclear y una investigación científica desvinculada, como nos recuerda Fromm, “de los intereses de la industria y de los militares”.

     La Nueva Sociedad, como ideal utópico, como alternativa humanista frente al consumismo y la pérdida de valores, debe abrirse paso aún siendo conscientes de las muchas dificultades que se encontrará por delante: ahí están los intereses económicos de las empresas, la apatía e impotencia de amplios sectores de la población, los dirigentes políticos “inadecuados” y las latentes amenazas nucleares, ecológicas y climáticas. De hecho, Fromm ya apuntaba, con años de antelación, sobre los riesgos que la sobreexplotación de los recursos y el cambio climático suponen para el futuro de la Humanidad. Y es que, resulta imprescindible “una nueva ética, una nueva actitud ante la naturaleza, la solidaridad y la cooperación humanas” como base de una sociedad humanista.

    Por todo ello, el mensaje final de Fromm, en estos tiempos de incertidumbre, desencanto y pesimismo, resulta más actual que nunca: “La creación de una nueva sociedad y de un nuevo Hombre sólo es posible si los antiguos estímulos de lucro, el poder y el intelecto son reemplazados por otros nuevos: ser, compartir, comprender; si el carácter mercantil es reemplazado por un nuevo espíritu radical y humanista”. Todo un reto, toda una utopía…necesaria.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 1 marzo 2021)

 

 

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03/03/2021 16:10 kyriathadassa Enlace permanente. Economía global No hay comentarios. Comentar.

LA MIGRACIÓN, UN DERECHO

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       En el interesante libro de Yuval Noah Harari titulado 21 lecciones para el siglo XXI (2020) dedica su 9ª lección a tratar el tema de la inmigración, una cuestión de diversas aristas que genera un intenso debate en las sociedades contemporáneas. Ciertamente, como señala este historiador israelí, aunque la globalización ha reducido mucho las diferencias culturales en todo el planeta, a la vez ha hecho a nuestras sociedades mucho más multiculturales, independientemente de la actitud tolerante o de rechazo que, hacia los movimientos migratorios, pueda tener la ciudadanía en cada uno de los países receptores.

   El fenómeno de la migración, entendido como el movimiento de población consistente en dejar el lugar de residencia para establecerse en otro país o región, bien sea de forma temporal o permanente, generalmente debido a causas económicas o sociales tales como la búsqueda de trabajo, seguridad y de un futuro mejor, pone en tensión los sistemas políticos y las identidades colectivas de las opulentas y, en demasiadas ocasiones, excesivamente insolidarias sociedades occidentales.  Ejemplo de ello es el caso de Europa, donde los movimientos migratorios, además de alentar el auge de los movimientos xenófobos y racistas de extrema derecha y cuyos ejemplos nos son sobradamente conocidos, plantea un serio reto para el futuro de las instituciones de la Unión Europea, las cuales, como advierte Harari, “podrían desmoronarse debido a su incapacidad para contener las diferencias culturales entre europeos e inmigrantes” lo cual significaría un dramático punto final, “al gran éxito de Europa en la creación de un sistema multicultural próspero”.

      Es en este contexto en el que se plantea la necesidad de asumir el pacto o debate sobre la migración, el cual, debería plantearse sobre tres condiciones o términos básicos que nos sugiere Harari. En primer lugar, el país anfitrión debe permitir la entrada de inmigrantes en su territorio, máxime cuando las circunstancias humanitarias así lo requieren, tal y como ocurrió con los casos de Alemania o Canadá durante la crisis de los refugiados de 2015 o los constantes naufragios y dramas humanos que se producen en aguas del Mediterráneo. En esta situación, dos posturas se confrontan: las de las posiciones pro-inmigración que, basadas en un profundo sentido humanista, consideran que, en un mundo globalizado, todos los seres humanos tienen obligaciones morales hacia los demás seres humanos, razón por la cual conciben la inmigración como un derecho. En contraposición esta actitud positiva, se encuentran los partidarios de rechazar los movimientos migratorios, entre los cuales algunos de estos detractores no ocultan sus posiciones de abierta xenofobia y racismo, los mismos que piensan que hay que emplear todos los medios necesarios para hacer frente a lo que consideran una nueva “invasión”, los mismos que miran con abierto rechazo al migrante, a quien ven como un delincuente en potencia. Por otra parte, hay que reconocer, desde un punto de vista realista, que los movimientos migratorios de tantas personas que desesperadamente huyen de las guerras, la represión y la miseria que azota a sus países de origen, resulta imposible de frenar y, por ello, es preferible legalizarla como mejor forma de evitar lacras tales como el tráfico de seres humanos en las rutas migratorias o la explotación de los trabajadores ilegales en los países de destino.

     En segundo lugar, el pacto requiere que los migrantes adopten al menos las normas y valores fundamentales del país anfitrión, aunque ello implique abandonar algunas de sus normas o valores tradicionales. Ello comporta, en muchas ocasiones, confrontar las mentalidades patriarcales de sus sociedades de origen con actitudes liberales de las sociedades receptoras, entre los valores religiosos arraigados y el laicismo del mundo desarrollado, o los distintos hábitos de vestimenta o dieta con los imperantes en Occidente. Es aquí cuando la tolerancia adquiere un valor universal y las posiciones pro-migración, defensoras de la diversidad de Europa, son partidarias de que los colectivos inmigrantes tengan tanta libertad como sea posible para que sigan sus propias tradiciones, siempre y cuando éstas no perjudiquen los derechos y libertades de las sociedades que los acogen, obviando, eso sí, todo tipo de actitudes intolerantes, misóginas, homófobas o antisemitas.

    Obviamente, y, en tercer lugar, el pacto debe contemplar el hecho de que, si los migrantes realizan un esfuerzo sincero de integración, en particular adoptando el valor de la tolerancia, el país anfitrión está obligado a tratarles como ciudadanos de primera, esto es, como miembros de pleno derecho de la sociedad. No obstante, como bien señala Harari, cuando se evalúa el pacto de la inmigración, “ambas partes conceden mucho más peso a las infracciones que al cumplimiento” y, por ello, por desgracia, se ve más entre la población migrante a un supuesto terrorista o delincuente antes que a un millón de respetuosos ciudadanos que han arribado a los países occidentales.

    Así las cosas, el debate europeo sobre la migración está abierto y se halla lejos de ser “una batalla bien delimitada entre el bien y el mal” ya que los que están a favor de la inmigración se equivocan al presentar a todos sus rivales como “racistas inmorales”, mientras que los que se oponen se equivocan al retratar a sus oponentes como “traidores irracionales”. Por ello es tan importante defender los valores de la tolerancia hacia la multiculturalidad dado que, en las agitadas aguas en las que se halla inmersa la política internacional, si el proyecto de la Unión Europea fracasa, ello sería tanto como reconocer que “la creencia en los valores liberales de la libertad y la tolerancia no bastan para resolver los problemas culturales del mundo” y para unir a la humanidad ante los graves problemas globales que la amenazan en su conjunto y que reiteradamente recuerda Harari en su libro, cuales son el riesgo de guerra nuclear, el colapso ecológico y la disrupción tecnológica. Y ello sería un fracaso de enorme magnitud que, lamentablemente, todos sufriríamos.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 15 febrero 2021)

 

 

 

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15/02/2021 10:42 kyriathadassa Enlace permanente. Derechos civiles No hay comentarios. Comentar.

EL PODER DE LA FARMACOCRACIA

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      La actuación de las grandes empresas farmacéuticas, fabricantes de las vacunas con las que combatir la pandemia del Covid-19, ha puesto de manifiesto el poder, no sólo económico, sino también de presión sobre los gobiernos, que están demostrando tener, una “farmacocracia” que, en ocasiones, se impone sobre las decisiones soberanas de los estados, sobre la misma democracia.

      Esta situación no es nueva, pues ya por el año 2009, denunció esta situación, con motivo de la campaña de vacunación contra la gripe A la doctora Teresa Forcades que es, también, monja benedictina y teóloga progresista. Entre otras cosas, la Hermana Teresa advertía, en medio del excesivo alarmismo generado en torno a aquella pandemia, de que se desconocían sus efectos secundarios, así como de los grandes intereses económicos que tenían las industrias farmacéuticas en este tema, como era el caso de la comercialización del célebre Tamiflú de la empresa Roche.

    No era la primera vez que la Hna. Teresa Forcades advertía sobre los oscuros intereses que mueven a las grandes corporaciones farmacéuticas mundiales y los inmensos beneficios obtenidos por éstas. Así, en su documentada obra Los crímenes de las grandes compañías farmacéuticas (Edicions Cristianisme i Justícia, 2006), nos ofrece una imagen demoledora de las presiones y negocios de la industria farmacéutica a nivel mundial, hasta el punto de que ésta ha sido capaz de imponerse a las decisiones de los gobiernos, pudiéndose por ello hablar de una “farmacocracia” en determinados sectores de la política y la economía internacional que sufren, sobre todo, los países del Tercer Mundo y que en el caso de los Estados Unidos, el poder de las grandes compañías farmacéuticas las ha convertido en un sector tan estratégico para la economía americana como lo es el petrolífero.

   El extraordinario poder político y económico de las grandes compañías farmacéuticas se incrementó tras la aprobación por el Gobierno Reagan de la Ley de Extensión de Patentes (1984), también conocida como Ley Hatch-Waxman, y la posterior creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) (1994) que, como señala la Hna. Teresa, tenía por objetivo “asegurar que la globalización no atentara contra los intereses del gran capital”.

     Pese a que Médicos Sin Fronteras (MSF) lanzó una campaña internacional para el acceso a las medicinas esenciales a precios asequibles mediante la cual se permitía a determinados países como India, Brasil o Sudáfrica producir genéricos a precios muy bajos para combatir el SIDA en los países del Tercer Mundo, las presiones de la industria farmacéutica, que no estaba dispuesta a renunciar a los inmensos beneficios de sus patentes, truncaron el proceso. De hecho, en los últimos años se ha aumentado la protección sobre las patentes farmacéuticas mediante el Acuerdo sobre Derechos de Propiedad Intelectual vinculados al Comercio (ADPIC) (1995), lo cual ha producido un brutal impacto en la comercialización de los antirretrovirales para combatir el SIDA, enfermedad que causa 3 millones de muertes/año en África. En consecuencia, y por imperativo de los acuerdos de la OMC, se obliga a que, desde 2005,  la comercialización de todos los medicamentos esté sometida al sistema de patentes (aunque sus precios sean abusivos en el Tercer Mundo), impidiendo de éste modo la producción legal de genéricos mucho más baratos: en este sentido, Teresa Forcades alude a que los genéricos producidos en Brasil habían reducido su coste un 79 % o que un producto como el Fluconazol, destinado a combatir el SIDA, elaborado por la farmacéutica Pfizer costaba entre 14-25 euros, mientras que su genérico valía solamente 0,75 euros. Por si esto fuera poco, las grandes compañías se negaron a comercializar en los países pobres los medicamentos que no les aportaban suficientes beneficios (sus márgenes brutos oscilan entre el 70-90 %): este fue el caso del retroviral Kaletra, que no necesitaba refrigeración lo cual lo hacía idóneo en los países del África Subsahariana,  y que dejó de comercializarse porque la empresa Abbott lo consideró “poco rentable”.

    La Hna. Teresa Forcades, que trabajó tres años como médico residente en el Hospital de Buffalo, la segunda ciudad más importante del Estado de Nueva York, era valiente al afirmar que el actual sistema de patentes farmacéuticas favorece los abusivos intereses de la industria a expensas del bien común, siendo especialmente injusto con los países subdesarrollados, los cuales deberían de estar exentos de las obligaciones ligadas a la propiedad intelectual, especialmente en el caso de los medicamentos esenciales, por todo lo cual  resulta cada día más urgente avanzar hacia un nuevo y más justo sistema mundial de patentes.

    Otro de los aspectos importantes denunciados por la Hna. Teresa era cómo la investigación farmacéutica se guía exclusivamente en función del beneficio económico potencial a obtener. Tal es así que en un informe de MSF titulado Desequilibrio fatal (2001) para el estudio de las enfermedades olvidadas, se concluye que “las enfermedades que afectan principalmente a los pobres se investigan poco y las que afectan sólo a los pobres no se investigan nada”. Es lo que se ha denominado “desequilibrio 10/90”, esto es, que sólo el 10 % de la investigación sanitaria mundial está dedicada a enfermedades que afectan al 90 % de los enfermos del mundo (malaria, tuberculosis, enfermedad del sueño (tripanosomiasis africana), enfermedad de Chagas, enfermedad de Buruli, dengue, leishmaniosis, lepra, filariasis, esquistosomiasis). Por el contrario, el 90 % de las investigaciones se dedican a otras “prioridades” mucho más rentables como los tratamientos de impotencia, obesidad e insomnio que afectan al 10 % de la población, esto es, al Primer Mundo. En este sentido, sólo con la píldora Viagra, comercializada por Pfizer, la principal compañía farmacéutica americana, ya en el año 2001 obtuvo unos beneficios anuales superiores a los 1.500 millones de dólares, cantidad que ha seguido aumentando y que convierte a la Viagra en el principal “blockbuster” (medicamento con un volumen de ventas superior a los 1.000 millones dólares/año) del mercado en Occidente.

    Por todo lo dicho, la estrategia farmacéutica de las grandes compañías se basaría en comercializar y hacer propaganda intensa de medicamentos inútiles, nocivos e incluso mortales como el antidepresivo Zoloft (de Pfizer), o los productos anticolesterol Lipoday, Chostat, Staltor (de Bayer) o los antiinflamatorios Vioxx (de Merck) o Bextra y Celebrex (de Pfizer), algunos de ellos ya retirados del mercado por sus nocivos efectos ; explotar al máximo los medicamentos (incluidos los esenciales) en forma de monopolio y en condiciones abusivas que no tienen en cuenta las necesidades objetivas de los enfermos ni su capacidad adquisitiva; reducir las investigaciones de las enfermedades que afectan principalmente a los pobres porque no les resultan rentables y concentrarse en los problemas de las poblaciones de alto poder adquisitivo, aunque no se trate de “enfermedades”, como es el caso de los medicamentos antienvejecimiento y, finalmente,  forzar las legislaciones nacionales e internacionales a que favorezcan sus intereses, aunque sea a costa de la vida de miles de personas. En este sentido el lobby farmacéutico americano, agrupado en PhRMA, que controla el 60 % de las patentes de medicinas mundiales y los 50 medicamentos más vendidos, tiene un papel determinante y se convierte así en una auténtica “farmacocracia”.

    Ante este panorama, la conclusión de Teresa Forcades supone todo un reto para la política y la defensa de una sanidad pública mundial verdaderamente solidaria con las necesidades del Tercer Mundo. Por ello, la industria farmacéutica y sus intereses económicos requieren de una urgente y más justa regulación política que priorice el bien común, esto es, el derecho universal a la salud y no sólo la búsqueda de una rentabilidad económica de unas compañías.

    Al igual que ocurrió en 2009 con la pandemia de la gripe A, la situación ha vuelto a plantearse en la actualidad con la misma crudeza e intensidad a la hora de hacer frente al Covid-19 y, por ello, como entonces nos recordaba Teresa Forcades, una monja benedictina, una doctora comprometida y valiente, resulta un deber moral y político el exigir un mayor control democrático y legislativo internacional que ponga fin a los abusos de la industria farmacéutica.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en Nueva Tribuna, 7 febrero 2021)

 

 

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10/02/2021 10:20 kyriathadassa Enlace permanente. Economía global No hay comentarios. Comentar.

¿QUÉ HACEMOS CON LAS NACIONES?

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He tomado el título de este artículo de un apartado del interesante libro de Daniel Inneratity titulado Política para perplejos (2018) en el cual analiza la cuestión del debate nacionalista, de tan candente actualidad y en el que plantea ideas y cuestiones que bien merecen una reflexión.

     En primer lugar, y sin duda teniendo en mente la cuestión catalana como telón de fondo, nos advierte de diversas actitudes que hacen que estos problemas puedan convertirse en irresolubles y que, por ello, habría que evitar, tales como que éste tema caiga en manos de “quienes los definen de manera tosca y simplificada”, tal y como evidencian las actitudes de la derecha más radicalmente españolista o los sectores más exaltados del independentismo catalán); que el problema se reduzca a cuestiones de “legalidad” y “orden público”; cuando “aparece una idea de legalidad que invita a los jueces a hacerse cargo del asunto”, así como cuando la cuestión se plantea como un enfrentamiento entre un “nosotros” y un “contra ellos”, momento en el cual “se ha eliminado cualquier atisbo de pluralidad”.

     Ante esta problemática Innerarity es rotundo al afirmar que “no tiene la solución al problema territorial del Estado español”, para, acto seguido, dejar constancia de que “las descripciones dominantes son de una simpleza tal que no debemos sorprendernos de que todo se atasque después”. Ante este simplismo, que obvia la complejidad política del problema territorial, tanto en España como en cualquier otro territorio en que existan demandas de nacionalismos periféricos, se impone, por pura lógica, la necesidad de pactos negociados entre las partes en litigio ya que  “lo de las naciones es un verdadero dilema y no tiene solución lógica sino pragmática, es decir, una síntesis pactada para favorecer la convivencia, porque la alternativa es la imposición de unos sobre otros, el conflicto abierto en sus diversas formas”.

    Llegados a este punto, Innerarity demanda una actitud favorable al diálogo y la negociación ya que “debe haber procedimientos para renovar o modificar el pacto que constituye nuestra convivencia política” y es que, descartada por inútil la política de imposiciones de una parte sobre otra, “la única salida democrática es el pacto”. En consecuencia, asumiendo la voluntad (y necesidad) del espíritu pactista tras el cual parece intuirse el eco del pensamiento de Francesc Pi y Margall, lo que Innerarity llama “eje de la confrontación” pasaría de ser entre unos nacionalistas frente a otros, a entre quienes quieren soluciones pactadas frente a los que prefieren la imposición y, por ello, los términos del problema, siempre con la imagen de Cataluña en  perspectiva, ya no sería tanto “elegir entre una nación u otra”, sino “entre el encuentro y la confrontación”, actitudes estas últimas que cuentan con partidarios en ambos bandos. Además, la necesidad del pacto resulta evidente cuando en un mismo territorio “conviven sentimientos de identificación nacional diferentes” y entonces el problema prioritario a resolver no es tanto quién logrará la mayoría social (o electoral) sino cómo garantizar la convivencia para lo cual, como advierte oportunamente a los nacionalistas de ambas orillas, “el criterio mayoritario es de escasa utilidad”. A partir de la voluntad de diálogo y negociación, el pacto se hace imprescindible para encauzar cuestiones claves, vitales para garantizar la convivencia democrática en aspectos tales como el modo de distribuir el poder, qué fórmula de convivencia es la más apropiada, qué niveles competenciales sirven mejor a los intereses públicos o cómo dar cauce a la voluntad mayoritaria sin dañar los derechos de quienes son minoría.

   Y, así las cosas, acto seguido aborda un tema de profundo calado político y emocional cual es la cuestión de la soberanía nacional ya que, en su opinión, “eso de que la soberanía nacional no se discute es un error” en el cual, como apunta, “están sospechosamente de acuerdo los más radicales de todas las naciones”. Y, frente a una visión sacrosanta y monolítica de este concepto, apuesta de forma decidida y valiente por las “soberanías compartidas” argumentando, como la realidad de los hechos demuestran, que las “soberanías exclusivas” son cada vez más una excepción en nuestro mundo globalizado donde son habituales las “ciudadanías múltiples” y ahí tenemos el ejemplo de la Unión Europea, donde se aúnan el sentimiento nacional de cada uno de los países miembros con el de la soberanía compartida que implica el sentirnos, también, ciudadanos europeos.

   Consecuentemente, resulta indispensable “explorar y reformular obligaciones y derechos de manera constructiva”, de lo cual deberían tomar buena nota nuestros dirigentes políticos tales como: ser conscientes de asumir autolimitaciones mutuas en algunos de sus planteamientos maximalistas, entender que el derecho a decidir viene acompañado del deber de pactar y, sobre todo, asumir también lo que él llama “binomio no imponer/no impedir”, por lo que un Estado se compromete a posibilitar todo aquello que haya sido previamente pactado. Es por ello que hay que buscar soluciones “tan imaginativas como dolorosas” y, de este modo propone “hacer un referéndum en toda España preguntando por el derecho de autodeterminación de los catalanes” ya que, como afirma acto seguido, “una pregunta de este tipo da una parte de razón a todos: se acepta que sobre Cataluña puedan decidir todos los españoles, pero se rompe el dogma de que la soberanía española sea incuestionable”.

   Las propuestas de Innerarity demuestran que siempre es “mejor el pacto que la victoria”, máxime cuando se trata de cuestiones básicas de nuestra convivencia y más teniendo en cuenta que los partidarios de una y otra posición “no son abrumadores ni despreciables” en número, tal y como queda patente en Cataluña, donde la ciudadanía se halla fragmentada prácticamente por la mitad entre los partidarios del procés independentista y quienes se identifican con el actual marco constitucional y estatutario. En este sentido, José Andrés Torres Mora afirmaba que lo razonable a la hora de construir un marco de convivencia en una sociedad plural “no es acordar una votación, sino votar un acuerdo”. Y, por todo ello, Innerarity interpela una vez más a los políticos frentistas al recordarles que “contentarse con una victoria cuando podríamos tener un pacto demuestra muy poca ambición política” pero, claro, para eso necesitamos políticos con talla de estadistas y… ¿los tenemos?.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 30 enero 2021)

 

 

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03/02/2021 16:26 kyriathadassa Enlace permanente. Política-España No hay comentarios. Comentar.

EN TORNO AL AUTÉNTICO PATRIOTISMO

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     En estos últimos años en los que las derechas españolistas, aprovechando la tensa situación generada por el conflicto catalán primero, la llegada al poder ejecutivo del gobierno progresista de coalición PSOE-Unidas Podemos en enero de 2020, así como las enormes dificultades generadas para el Gobierno de Pedro Sánchez a la hora de gestionar la devastadora crisis generada a todos los niveles por la Covid19  como telón de fondo, están intentando  monopolizar el sentimiento patriótico de una manera excluyente y como ariete frente a sus adversarios políticos. Es por todo ello que, una vez más, estamos asistiendo a un airear de banderas y voceríos patrioteros que a nada conducen excepto a crispar hasta extremos inaceptables la convivencia cívica y a cuestionar los valores sobre los que se sustenta nuestra democracia.

    He vuelto a releer estos días el libro del añorado político vasco Mario Onaindía Natxiondo (1948-2003) titulado La construcción de la nación española. Republicanismo y nacionalismo en la Ilustración (2002) puesto que en él se nos ofrecen algunas claves, de plena actualidad, para distinguir el verdadero significado de ambos conceptos, tan manidos como instrumentalizados, como son los de “patriotismo” y “nacionalismo”.

    Tal y como nos señala José María Portillo en el Prólogo de dicha obra, Onaindía  nos propone una relectura inédita del período de la Ilustración y por ello nos sumerge de lleno en el s. XVIII y, analizando el pensamiento que subyacía tras ella, “se trata de proponer que la nación puede entenderse como república de personas, de sus libertades y sus derechos, sin reválidas de raza, lengua o historia”[1], algo de lo que deberían de tomar buena nota los exclusivismos nacionalistas, como estamos saturados de comprobar tras el conflicto generado por el “procés” en Cataluña,  bien sean éstos de signo españolista o el que defienden tras las esteladas secesionistas catalanas.

    De entrada, la obra de Onaindía, que es una ampliación de su tesis doctoral titulada La tragedia de la Ilustración española, nos recordaba que la idea de “patria” procede del latín “terra patria”, término que constituye “uno de los conceptos fundamentales de la tradición republicana”, concepto éste que, nos advierte, será tomado por el nacionalismo para otorgarle un sentido muy distinto, ya que aunque el lenguaje corriente considera sinónimos “amor a la patria”, “lealtad a la nación”, “patriotismo” y “nacionalismo”, éstos deben de diferenciarse ya que,

“para los patriotas de inspiración republicana, el valor principal es la República y la forma libre que ésta permite, en cambio, los nacionalistas consideran que los valores primordiales son la unidad espiritual y cultural del pueblo, dejando en segundo término u olvidando totalmente la lealtad hacia las instituciones que garantizan las libertades”[2].

    En consecuencia, esto supone la existencia de actitudes personales bien distintas en ambos casos ya que, como vuelve a señalar Onaindía,

“El patriotismo trata de producir un tipo de ciudadano libre que tiene su esfera de seguridad garantizada por las leyes y por tanto trata de defenderlas porque constituyen una barrera que salvaguarda la seguridad individual, de forma que se establece un equilibrio entre los individuos de la sociedad y los miembros de la comunidad. La cohesión social que busca todo género de nacionalismo, en cambio, genera un individuo que trata de fundirse con la comunidad, de manera acrítica y renunciando a su esfera de autonomía individual”[3].

    Consecuentemente, como recordaba Onaindía, “una buena República” entendiendo por ello la aspiración al bien común, a la “res pública” romana, “no necesita unidad cultural, moral o religiosa; exige otro tipo de unidad, la unidad política, sustentada por el nexo con la idea de República, que consiste en la defensa de la ley, que garantiza la libertad”[4]. De este modo, el concepto de “patria” sería sinónimo de “república” (res pública) y esta, de “bien común”.

    En esta misma línea, Cicerón, en su Tratado de las leyes, ya diferenciaba entre la atracción que se siente hacia la tierra nativa, por ejemplo, la que mueve a Ulises a volver a su añorada Ítaca, del sentimiento que experimenta el ciudadano hacia su patria, entendida ésta como las instituciones que garantizan su libertad, haya nacido o no en ella. Es por ello que, por encima de bandera o símbolos, como señalaba Milton, la patria sería el lugar en donde una persona se siente libre. Esa misma idea de asociar el concepto de “patria” y de “libertad” lo hallamos también en Diderot, para quien “el patriotismo es el afecto que el pueblo siente por su patria”, entendida ésta no como la tierra natal, sino como una comunidad de hombres libres que viven juntos por el bien común.

    En fechas más recientes, estos mismos planteamientos son los que articulan el llamado “patriotismo constitucional” de Jünger Habermas, esto es, el considerar la patria no como el lugar de nacimiento, sino allí donde el ciudadano goza de libertad, allí donde existen unas instituciones y un marco legal que la garantizan. Ello excluye, de facto, todo tipo de patrioterismo propio de mentes e ideologías reaccionarias o abiertamente fascistas, tan proclives a apropiarse en exclusiva del concepto de “patria”, eso sí, vaciándolo de todos los valores de libertad, justicia y convivencia pacífica en la diversidad que le son propios al auténtico ideal patriótico.

     Por todo lo dicho, Onaindía recordaba que, a la altura del s. XVIII, que es el ámbito de estudio de su obra, existía un concepto de “republicanismo”, de defensa de la “res pública”, mucho antes de que surgieran los partidos con esta denominación ideológica. Es por ello que el “republicanismo” del cual habla Onaindía quedaría claramente de manifiesto en su estudio sobre el teatro de la Ilustración dado que en el mismo aparecen ideas tales como la libertad, el amor a la patria, la resistencia a la tiranía o la limitación del poder real. Consecuentemente, en el s. XVIII, el concepto de “república” se asociaba al de un auténtico patriotismo y no tanto con una forma concreta de gobierno como ocurriría posteriormente, y por ello se exalta la defensa del valor de la libertad, de la ausencia de dominación, o el amor a la patria, la cual, insistimos de nuevo en ello, no significaba el lugar de nacimiento sino donde una persona vive en libertad gracias a la ley que se la garantiza.

     De este modo, Onaindía contrapone dos conceptos: el de “patriotismo republicano” que concibe a la nación como un espacio de libertades, de amparo y seguridad de derechos y de participación ciudadana en la política, con el de “nacionalismo”, entendiendo éste como “exaltación estatal de la raza, la lengua y la historia”, esta última siempre concebida (y mitificada) a la medida de intereses políticos concretos. Es por ello, que esta pugna entre el verdadero significado del patriotismo frente al nacionalismo excluyente, le hacía decir a Onaindía, en relación al por aquellos años del sangrante conflicto de convivencia y terrorismo que padecía por aquel entonces la sociedad vasca que,

“el problema de Euskadi no es el enfrentamiento entre dos naciones, vascos y españoles, sino entre dos ideas, de nación o nacionalidad… […]… Para una, la nacionalista, Euskadi y España resultan incompatibles, al igual que el euskera y el castellano o las traineras y los toros. Para otra, en cambio, en la medida que la patria es la ley, la lealtad hacia el Estatuto y el desarrollo de todas sus potencialidades se puede compaginar con la lealtad a la Constitución española y, por supuesto, con el proyecto de construcción europea y la pluralidad”.

    Como vemos, si cambiamos Euskadi por Cataluña, esta misma confrontación resulta evidente que se refleja de nuevo, y por desgracia, en el conflicto secesionista generado desde el independentismo catalán y que ha sido avivado por las torpezas y falta de respuestas imaginativas por parte del Gobierno Central, fundamentalmente, durante el período del Gobierno del Partido Popular.

    Nunca podrá ser un auténtico patriota quien pretenda imponer su supuesto “patriotismo” a costa de derrotar verbal, política o incluso militarmente a una parte del colectivo social de su propia nación. Por ello resulta rechazable y peligrosos ese patriotismo ultramontano y reaccionario de quienes enarbolan banderas del pasado, que se sienten herederos de quienes pretendieron edificar “su España” matando españoles, una reflexión que resulta especialmente oportuna traer a colación en estos días en que se han conocido mensajes de diversos militares en la reserva que tienen a gala su anacrónico patriotismo, aunque para ello preciso fuera fusilar a 26 millones de españoles, a 26 millones de compatriotas, con lo cual vuelven a dar tristemente la razón a Antonio Machado cuando aludía con pesar a cómo recorría las tierras de España “la sombra errante de Caín”, cuya expresión gráfica la plasmó, más de un siglo antes, Francisco de Goya en su grabado “A garrotazos”, ejemplo dramático y flagrante, del endémico cainismo hispano.

    Tampoco responde a un auténtico espíritu patriótico abierto e integrador la posición de quienes reafirman la identidad monolítica de España a costa de negar la aportación a nuestra secular historia colectiva de las comunidades musulmanas o judías a las que la cultura hispánica tanto debe, así como a las que tampoco aceptan los valores positivos derivados de la inmigración y de la riqueza que ello supone para nuestra sociedad, cada vez más multicultural y multiétnica. Consecuentemente, resultan rechazables las alusiones nostálgicas a “Covadonga” o a la “Reconquista de España”, evocaciones de un innegable sesgo reaccionario, sin olvidar tampoco  los brotes xenófobos que, con ocasión de la llegada desesperada de inmigrantes a las costas españolas huyendo de la miseria o de las guerras que azotan a sus países, que son alentados de forma demagógica por partidos reaccionarios, como es el caso de Vox, algo fuera de lugar en el marco del necesario patriotismo constitucional y democrático que precisa nuestra sociedad.

   Los que nos sentimos hastiados por el permanente enfrentamiento entre el nacionalismo españolista, siempre incapaz de comprender la realidad plurinacional de España, y el nacionalismo catalanista, insolidario y excluyente, seguimos pensando que no hay más camino ni solución que el diálogo permanente, un diálogo que debe mantenerse, contra viento y marea, hasta que se alumbre una solución democrática pactada y aceptable, con concesiones por ambas partes, que sea asumible por la mayoría de la ciudadanía, tanto en Cataluña, como en el resto de España. Es difícil, pero tiene que ser posible y, para ello, un buen gesto sería el empezar amnistiando a los políticos actualmente en prisión como consecuencia de su actuación, ciertamente ilegal, durante los sucesos del proceso independentista ocurridos en el año 2017. Y es que la democracia, como el verdadero patriotismo, siempre tiene una dosis de generosidad y tolerancia que la dignifica frente a sus adversarios, esos patrioteros de diverso signo, que siempre están atrapados en las redes del rencor y la intolerancia.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: Nueva Tribuna, 19 enero 2021)

 

 

 



[1] PORTILLO, José María, en el Prólogo de ONAINDÍA, Mario, La construcción de la nación española. Republicanismo y nacionalismo en la Ilustración, Barcelona, Ediciones B, 2002, p. 11.

[2] ONAINDÍA, Mario, La construcción de la nación española. Republicanismo y nacionalismo en la Ilustración, Barcelona, Ediciones B, 2002, p. 101.

[3] Ibídem, pp. 101-102.

[4] Ibídem, p. 102.

 

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20/01/2021 07:42 kyriathadassa Enlace permanente. Política-España No hay comentarios. Comentar.

EL VIRUS TRUMPISTA

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     Los recientes sucesos ocurridos en Washington donde un tropel de simpatizantes con las ideas supremacistas y fascistoides, las mismas que tanto ha alentado sin ningún rubor Donald Trump, asaltaron el capitolio, la sede de la democracia norteamericana, son la prueba patente de la deriva reaccionaria en la que se ha sumido buena parte de la sociedad de aquel país.

    Primo Levi decía que “cada época tiene su fascismo” y es lo que ahora está ocurriendo con el trumpismo. De esta deriva antidemocrática ya nos advirtió Madeleine Albright en su libro Fascismo. Una advertencia (2018) y, en el capítulo titulado “Una doctrina de ira y de miedo”, analizaba con preocupación el riesgo cierto que supone el auge y expansión del fascismo en el mundo en estos últimos años, incluidos los Estados Unidos. Es por ello que nos advierte, tal y como señala la asociación Freedom House que, en la actualidad, “la democracia está asediada y en franco retroceso” en muchos países. Tan contundente afirmación le hace preguntarse “¿por qué en pleno siglo XXI volvemos a hablar de fascismo?”, y su respuesta es igual de contundente: “Lo diré sin tapujos: una de las razones en Donald Trump”, dado que sus actos y declaraciones están “tan en desacuerdo con los ideales democráticos”, y es que, como la actuación durante su mandato presidencial ha demostrado que no ha concedido ninguna importancia, “a la cooperación internacional ni a los valores democráticos” y a ello hay que sumar que Trump ha propiciado un aliento inesperado para las diversas derechas autoritarias, para los fascismos  que emergen en diversos países y que, como una enredadera rebelde, están trepando social y electoralmente.

    Trump ha convertido el desaliento, el temor y los efectos negativos causados por la globalización sobre amplios sectores de la sociedad norteamericana, en un arma de destrucción masiva dirigida contra los pilares de la democracia, utilizando, además, las redes sociales de una forma totalmente demagógica, convertidas éstas, de la mano del trumpismo, en cajas de resonancia a “teorías conspiratorias, a relatos falsos y a visiones ignorantes sobre la religión o la raza”. Así las cosas, la desinformación de noticias falsas, al igual que los twitter de Trump, han contribuido a debilitar la democracia “mediante falacias que llegan por oleadas y azotan nuestros sentidos del mismo modo que las olas marinas se abaten sobre la playa”: baste recordar la sarta de teorías conspirativas y negacionistas sobre la actual pandemia o el empecinamiento de Trump en negarse a reconocer su derrota electoral en la misma medida que cuestionaba la validez del escrutinio de los comicios que lo han desalojado del poder o sus delirantes elucubraciones sobre los supuestos planes “¡comunistas!” que atribuye al presidente electo Joe Biden.

    En este contexto, ya en el 2017, el Índice de Democracia elaborado por el diario The Economist, mostraba “cierto deterioro en la salud democrática de sesenta países” tras evaluar una serie de criterios tales como: el respeto a las garantías procesales, la libertad religiosa y el espacio concedido a la sociedad civil. Y en aquel momento, cuando Trump apenas llevaba un año como inquilino de la Casa Blanca, es cuando ya Albright alertaba de que los EE.UU. no eran una “democracia plena”, sino una “democracia imperfecta” zarandeada por el trumpismo. Por aquel entonces, los estudios de opinión señalaban que cada vez había mayor interés en las sociedades occidentales y, desde luego en la norteamericana, por lo que se calificaba como “alternativas potenciales”, como el hecho de que una de cada cuatro personas tenía “una buena opinión de un sistema en el que un dirigente puede gobernar sin interferencias del parlamento ni los tribunales” o lo que es todavía peor, el que uno de cada cinco ciudadanos “se declara atraído por la idea de un gobierno militar”.

    Hay que evitar que, tras la infección del virus trumpista, se abra la puerta hacia la escalofriante profecía de Oswald Spengler que ya se cumplió en la negra época de los fascismos del s. XX, según la cual “la era del individualismo, el liberalismo y la democracia, del humanitarismo y la libertad está llegando a su fin. Las masas aceptarán con resignación la victoria de los césares, de los hombres fuertes, y los obedecerán”. Y es que, en diversos movimientos de la ultraderecha emergente alentados por el trumpismo, incluido el caso de Vox en España, como señalaba Robert Paxton en su libro Anatomía del fascismo (2005), “se percibe el eco de temas fascistas clásicos” tales como “el miedo a la decadencia y a la descomposición de la identidad nacional y cultural”, el temor a lo que consideran la “amenaza” de los “extranjeros no asimilables” para la nación y para el “buen orden social”, así como la demanda de una mayor autoridad para “resolver” todos estos problemas, todo lo cual hace que en estos partidos, al igual que ocurre con el trumpismo, se perciba lo que el citado Paxton definía como “el penetrante hedor del fascismo”.

    Este es el sustrato ideológico en el que asentó su nefasta presidencia Donald Trump, un demagogo cuyos análisis y actuación política los ha calificado Albright como “preñados de irritación y de tonterías sin sentido, y en sus argumentaciones trata de explotar las inseguridades y de suscitar indignación”. A modo de balance, Albright define  a Trump de forma contundente como “el primer presidente antiamericano que tiene Estados Unidos en su historia moderna” dado que, desde el inicio de su mandato “ha hecho gala de su desdén por las instituciones democráticas, por las ideas de igualdad y de justicia social, por las virtudes cívicas, por el debate con la ciudadanía y, en definitiva, por el país en general”, razón por la cual, añade, “si estuviera en una nación con pocas garantías democráticas, sería un dictador, que es justamente lo que por instinto él desea ser”.

    El próximo 20 de enero se va Trump de la Casa Blanca, pero mucho me temo que continuará su fatal legado por mucho tiempo dado que el trumpismo ha fracturado a la sociedad y la convivencia en los EE.UU. y ese desgarro ha socavado los cimientos de la democracia, un desgarro y unas heridas que serán difíciles de sanar. Y es que, ciertamente, el virus trumpista ha infectado la democracia norteamericana… y alguna más, también.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en El Periódico de Aragón, 16 enero 2021)

 

 

 

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16/01/2021 15:42 kyriathadassa Enlace permanente. Política-EE.UU. No hay comentarios. Comentar.

EL PACIFISMO EN ISRAEL

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     Resulta indudable que, en los últimos años, el proceso de paz en Oriente Medio se halla en una situación agónica, para desgracia de cuantos confiamos en alcanzar, algún día, una paz justa y  para el conflicto árabe-israelí que durante tantas décadas lleva ensangrentando las tierras de Oriente Medio.

    A esta situación se ha llegado por un cúmulo de factores, entre ellos, la reaccionaria política del Gobierno de Israel liderado desde 2009 por Binyamin (“Bibi”) Netanyahu, apoyado por los partidos ultranacionalistas judíos y con el inestimable respaldo de la afortunadamente concluida presidencia norteamericana de Donald Trump, todo lo cual ha dinamitado los tímidos puentes a la esperanza que se empezaron a tender tras la firma de los Acuerdos de Paz de Oslo de 1993 entre Israel y la Autoridad Palestina (ANP), proceso además agravado con la abierta pretensión de Netanyahu de anexionarse ilegalmente buena parte de Cisjordania y la construcción de asentamientos ilegales no sólo en esta zona, sino también en Jerusalem Este.

   En este sombrío panorama, se suma la desaparición de figuras que siempre laboraron por la paz como fue el caso del escritor israelí Amos Oz, destacado miembro de la izquierda pacifista israelí fallecido el 28 de diciembre de 2018, todo un referente ético y, por ello, necesario, para abrir caminos de diálogo y negociación, única forma de encontrar una salida digna y justa a tan espinoso y enquistado conflicto.

    Muy preocupante resulta en este contexto el debilitamiento de movimiento pacifista israelí, como es el caso de la asociación Shalom Ajshav (Paz Ahora), de la que fue fundador Amos Oz en 1978 la cual, como él mismo recordaba, defendía la necesidad de avanzar hacia “zonas de acuerdo”, siquiera sean “de acuerdo parcial”, que permitan llegar a “compromisos dolorosos”, pues éstos supondrán renuncias tanto para israelíes como para palestinos. Amos Oz tenía claro que no existen fórmulas milagrosas para resolver este conflicto, pero el camino es claro: existencia legal e internacionalmente reconocida de dos Estados, Israel y Palestina, ambos con la capital compartida en Jerusalem, la eliminación de todos los asentamientos judíos en territorio palestino, las modificaciones fronterizas consiguiente. y disposiciones especiales para los casos de Jerusalem y los Santos Lugares, como se apuntan en los Acuerdos de Ginebra de 2003.

   El legado ético y político de Amos Oz lo continúa Meretz, el partido de la izquierda pacifista israelí, al cual se hallaba vinculado, firme defensor del establecimiento del Estado Palestino y, por supuesto, contrario a los asentamientos judíos ilegales en Cisjordania. Por su parte, Meir Margalit, prestigioso pacifista israelí, miembro del Center of Advancement of Peace Institute, y militante también de Meretz, definía la situación actual señalando que “el pacifismo israelí está desarticulado por el binomio Netanyahu-Trump, la impotencia europea y la falta de liderazgo de la izquierda europea”. Consecuentemente, Margalit no dudaba en reconocer que, “si al efecto destructor del factor Bibi-Trump, agregamos la impotencia europea, la falta de liderazgo alternativo en la llamada “izquierda israelí”, y la debilidad palestina, producto del conflicto interno entre Fatah y el Hamas, podemos entender el motivo por el cual el pacifismo israelí esté tan desarticulado”. Y es que, como señalaba Álvarez-Ossorio, “el principal éxito de Netanyahu es haber convencido a la sociedad israelí de que, hoy, por hoy, no se dan las condiciones para alcanzar un acuerdo definitivo con los palestinos”. De hecho, según el Israel Democracy Institute, tan sólo un 7% de los israelíes consideran actualmente como prioritarias las negociaciones de paz, un dato que resulta desolador.

    Y, pese a ello, siendo el panorama tan adverso con real, Meir Margalit recordaba recientemente que la función del pacifismo israelí debe centrarse en varias cuestiones esenciales cual son: socavar los fundamentos del sistema que mantiene la ocupación de territorios palestinos; seguir demostrando que la ocupación atenta contra los intereses de Israel; no tolerar que la voz oficial sea la única que prevalezca y, por último, como un reto ético, no consentir que la ciudadanía israelí se evada de la responsabilidad por las atrocidades que su Gobierno está realizando en su nombre. En consecuencia, Margalit concluye planteando un reto al debilitado movimiento pacifista en Israel: “Nuestra función es demostrar que la teoría derechista está basada en una premisa falsa, que por la fuerza no se puede vivir en paz y nuestra función es romper este círculo vicioso y estéril de las políticas nacionalistas, destrocar la dialéctica perversa del nacionalismo”.

   No obstante, resulta todo un rayo de esperanza el movimiento denominado “Banderas Negras” que se moviliza en Israel desde el pasado mes de marzo y en el cual tiene un papel destacado la cantante Noa, para reclamar la dimisión de Netanyahu, no sólo por los procesos judiciales abiertos contra él por fraude, cohecho y abuso de confianza, sino también por su nefasta gestión del Covid19 y, lo que es más importante,  por ser un riesgo para la democracia israelí y para la paz en la región.

   Mucho tendrán de cambiar las cosas con la nueva Administración norteamericana de Joe Biden, con una decidida implicación de la Unión Europea y con una voluntad sincera por parte de los políticos israelíes y de la ANP para retomar el camino de la paz, para dejar atrás tanto luto y decepción que se han ido generando en tan tortuoso camino. Pues ya lo dijo Yitzhak Rabin su discurso en la Plaza de los Reyes de Israel momentos antes de ser asesinado el 4 de noviembre de 1995: “La paz lleva intrínseca dolores y dificultades para poder ser conseguida, pero no hay camino sin esos dolores”. Y ese sigue siendo el reto del, aunque debilitado, pacifismo israelí.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 2 enero 2021)

 

 

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02/01/2021 07:41 kyriathadassa Enlace permanente. Oriente Medio No hay comentarios. Comentar.

SOS DEL CENTRO ARAGONÉS DE BARCELONA

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    Desde siempre, Aragón ha tenido una especial vinculación histórica y emocional con Cataluña. De este modo, a principios del s. XX la emigración aragonesa hacia Barcelona convirtió a la capital catalana en “la segunda ciudad de Aragón después de Zaragoza”, dado que en ella residían, aproximadamente, 50.000 aragoneses, cifra que, en el conjunto de Cataluña, se elevaría a la de 120.000 paisanos nuestros que allí recalaron buscando unas oportunidades laborales que su Aragón natal no les ofrecía.

   En aquella Barcelona de principios del s. XX, con un floreciente desarrollo económico no exento de conflictos sociales y una intensa actividad cultural alentada por el Modernismo y las nuevas vanguardias artísticas, desde Gaudí a Rusiñol, desde un joven Picasso al maellano Pablo Gargallo, un grupo de aragoneses decidió fundar, como nexo de unión de todos ellos, el Centro Aragonés de Barcelona. Era el 3 de enero de 1909 y su éxito fue inmediato pues, a finales de dicho año, el Centro contaba ya con 1.300 socios.

    El Centro Aragonés, que ya ha cumplido la meritoria edad de 111 años, tiene su sede en un espléndido edificio, un “suntuoso caserón”, como señalaba Antón Castro en su obra Cien años del Centro Aragonés de Barcelona publicada en 2009 con motivo de la celebración del centenario de dicha entidad. El citado edificio, de clara inspiración en la arquitectura renacentista aragonesa, fue obra del prestigioso arquitecto Miguel Ángel Navarro (1883-1956), hijo del también arquitecto Félix Navarro Pérez, éste último autor, entre otras obras, del Mercado Central de Zaragoza. Emotivo y multitudinario resultó el acto del 31 de mayo de 1914, fecha en la cual se colocó la primera piedra del edificio del Centro Aragonés, o mejor dicho, de las tres primeras piedras del mismo, puesto que, con un simbolismo especial, se pretendió edificarlo sobre sólidos cimientos y, por ello, se coloraron tres sillares traídos expresamente, uno de cada provincia aragonesa: el del Zaragoza, procedía de la muralla romana junto al Convento del Santo Sepulcro; el de Huesca, de la vieja muralla en la Ronda de Montearagón y el de Teruel fue traído del Torreón de la Andaquilla de la ciudad de los Amantes. Las obras concluyeron el 7 de septiembre de 1916, fecha en la que el magnífico edificio abrió sus puertas como principal punto de encuentro de la emigración aragonesa en la capital catalana. En la actualidad, tan imponente y centenario edificio tiene la catalogación de Bien de Interés Local, cuando lo deseable sería que lograse la de Bien de Interés Cultural, que sobradamente merece.

    Durante el primer tercio del s. XX el Centro Aragonés fue foco de las polémicas en la agitada sociedad en que estaba inmerso. En su seno, como señalaba el historiador Carlos Serrano, “empezaron a germinar otros ideales, más sociales, más populares, o menos elitistas si se quiere”, las cuales darían lugar a la fundación del Centro Obrero de Barcelona en marzo de 1914. La pugna entre ambos centros se hizo patente, de forma especial, durante el período de la Segunda República, fechas en las cuales, mientras el más conservador Centro Aragonés se redujo a 700 socios, el Centro Obrero contaba con más de 3.000 miembros. Finalmente, después de llevar vidas paralelas, la ansiada unión entre ambos centros surgidos de la emigración aragonesa en Barcelona se logró en 1998, ahora ya con la denominación de Casa de Aragón.

    Por otra parte, hay que destacar también que en el Centro Aragonés empezó a surgir un aragonesismo nuevo y, de este modo, bajo el impulso de Gaspar Torrente y de la revista El Ebro, surgió en 1917 la Unión Regionalista Aragonesa (URA), que más tarde pasaría a denominarse Unión Aragonesista, el primer grupo político en enarbolar la bandera del nacionalismo aragonés contemporáneo.

    El Centro Aragonés ha sido, desde siempre un intenso foco de actividad cultural. Especialmente destacable en este sentido fue el que en la planta baja del edificio se instalase el Teatro Goya, obra también de Miguel Ángel Navarro, “precioso en sus líneas, alegre y cómodo en todos los departamentos”, tal y como se dijo en su apertura, el cual contaba con una capacidad para 1.000 personas. De la actividad escénica del Teatro Goya podemos señalar que en 1917 programó la obra Campo de Armiño de Jacinto Benavente, que en 1925 actuó un todavía desconocido Carlos Gardel, que en él la turiasonense Raquel Meller presentó la película Ronda de Noche o que Margarita Xirgú estrenó en 1931 La corona, obra del eminente político republicano Manuel Azaña, el cual visitó el Centro Aragonés coincidiendo con el estreno de dicha función.

    En el año 1935 el Teatro Goya fue objeto de una importante remodelación y, tras los avatares de la Guerra de España de 1936-1939, en que el edificio fue incautado por el Sindicato Único de Espectáculos Públicos de la CNT, y el inicio de la dictadura franquista posterior, se arrendó en 1945 al empresario Enrique Marcé el cual, a cambio, financiaba las obras de remodelación y de reforma del edificio, como las llevadas a cabo en 1957. Posteriormente, y después de diversos avatares, la gestión del mismo correría a cargo del Grupo Focus, con quien existe un contrato de arrendamiento por 25 años, siendo nuevamente reformado con ayudas del Gobierno de España y del de Aragón, de las instituciones catalanas (Generalitat, Ayuntamiento y Diputación de Barcelona) y de Ibercaja.

   Además del Teatro Goya, resulta igualmente destacable la actividad cultural desarrollada por su Sala Goya, por la cual han pasado destacadas figuras de la intelectualidad y en ella, como filial de la Institución Fernando el Católico desde 1957, se han ofrecido múltiples y diversas conferencias, ciclos de cine, festivales de música, exposiciones de todo tipo, etc.

    En 2009, en los momentos previos al inicio del procés independentista de Cataluña, el Centro Aragonés celebró su primer centenario. Con tal motivo, se publicó el libro de Antón Castro antes citado, coeditado por el Centro Aragonés y el Gobierno de Aragón y en el que se glosaba la tan dilatada como importante labor llevada a cabo por éste, tanto en el ámbito de la emigración aragonesa como, también, en el conjunto de la sociedad catalana.

    Pero este venerable edificio, buque insignia de la emigración aragonesa, que navega en medio de un mar de incertidumbres, necesita en la actualidad el apoyo de las instituciones aragonesas. Ya lo tuvo en el momento de su inauguración en que contó con una ayuda económica del Ayuntamiento de Zaragoza de 8.000 pesetas de aquella época (de 1916),  aportación que se mantuvo durante los 8 años siguientes, al igual que las recibió del Gobierno de Aragón o de la Obra Social y Cultural de Ibercaja con motivo de su primer centenario o mediante las convocatorias anuales de ayudas a las Casas de Aragón, todo lo cual permitió la rehabilitación del Teatro Goya, la reforma de su valiosa biblioteca (que alberga más de 14.000 libros) o diversas obras de mejora del edificio. Este apoyo institucional sigue siendo, en la actualidad, tan urgente como necesario pues resulta preciso la reforma integral de las cubiertas del centenario edificio y como forma de evitar que la rapiña de la especulación inmobiliaria ponga en un futuro sus ojos (o sus garras) sobre él poniendo fin a toda una travesía más que centenaria de historia, cultura y convivencia aragonesa en Barcelona. Es por ello que, ahora y en lo sucesivo, el Centro Aragonés de Barcelona-Casa de Aragón debe seguir siendo el principal referente de Aragón en el exterior, en la querida tierra de Cataluña, integrado plenamente en la sociedad catalana, siendo por todo ello un espacio de cultura, de sueños compartidos y de proyección de futuro que, esperemos, lo sea por muchos años.

    En la actualidad, el Centro requiere de cuantiosas inversiones, entre ellas, y de forma prioritaria, la reparación de su cubierta, la supresión de sus goteras o la reparación de su cornisa externa, reformas que resultan imposibles de acometer con el presupuesto de dicha entidad (procedente de las cuotas de sus 850 socios, del arrendamiento tanto del Teatro Goya como del Café restaurante y de las salas) y así como de las esporádicas ayudas procedentes del Gobierno de Aragón o de diversas instituciones catalanas (Ayuntamiento y  Diputación de Barcelona y de la Generalitat). Por esta razón, el camino para garantizar el legado y también el futuro de tan emblemática entidad pasa, como propone su Junta Directiva, presidida por el alcorisano Jesús Félez Bono, por trasladar a las instituciones aragonesas y a la sociedad aragonesa en su conjunto, no sólo su importancia histórica, a la cual ya nos hemos referido, sino idear los medios adecuados para garantizar su futuro, dando sentido y utilidad a la misma. Y, en este sentido, la opción más idónea sería que el Centro Aragonés de Barcelona – Casa de Aragón,  pasase a ser patrimonio del Gobierno de Aragón, al cual se le cedería la propiedad del histórico edificio y, de este modo, se garantizaría su pervivencia y convirtiéndolo, al igual que ocurre con el Centro Blanquerna de la Generalitat de Catalunya en Madrid, en un potente foco de proyección exterior cultural de Aragón, dándole usos diversos, desde punto de encuentro para empresarios y proyectos de promoción turística o gastronómica relacionados con Aragón, todo ello siendo conscientes de que, de este modo, se reforzaría y garantizaría su presencia, más que centenaria, tan necesaria como honrosa, en la sociedad barcelonesa a la que tantos vínculos le unen. Por todo ello, el Centro Aragonés de Barcelona – Casa de Aragón bien merece una apuesta decidida del Gobierno de Aragón para que la firmeza de los tres sillares que sustentan sus cimientos, sea, además de simbólica, efectiva.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 7 diciembre 2020)

 

 

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07/12/2020 09:24 kyriathadassa Enlace permanente. Historia de Aragón No hay comentarios. Comentar.

SAHARA LIBRE

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      En estos últimos días, el latente conflicto del Sahara ha vuelto a ser noticia, tras los incidentes ocurridos en el paso fronterizo de Guerguerat, un territorio saharaui que Marruecos considera “tierra de nadie” y que forma parte indisoluble de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), en donde ya hubo incidentes en el año 2017. Estos incidentes han supuesto la ruptura del alto el fuego firmado en 1991 entre la autocrática monarquía marroquí de Mohammed VI y la RASD, un conflicto, plagado de violaciones de los derechos humanos y de injusticias por parte del ocupante marroquí que, desde hace 40 décadas, están impidiendo la plena autodeterminación del pueblo saharaui.

      Hay que recordar que ya desde que en 1967 la ONU propuso la descolonización del Sahara, precisamente para evitar las ambiciones territoriales de Marruecos y Mauritania: todos los informes jurídicos y resoluciones de la ONU han avalado los derechos del pueblo saharaui y, consecuentemente, rechazado las ambiciones marroquíes sobre este territorio. Especialmente reveladora resulta la atenta lectura del Dictamen del Tribunal Internacional de Justicia (TIJ) de La Haya de 16 de octubre de 1975. Éste, elaborado a petición de la Asamblea General de la ONU, reconocía con rotundidad que la población autóctona era el poder soberano del Sahara Occidental puesto que, en el momento del inicio de la colonización española (1885), este territorio no pertenecía ni a Marruecos y a Mauritania, sino a las poblaciones nómadas que “estaban social y políticamente organizadas en tribus y bajo jefes competentes para representarles”. De igual modo, dicho informe rechazaba con argumentos jurídicos los cuatro puntos en los que se basaban las reivindicaciones marroquíes, a saber: que existía una “posesión inmemorial” marroquí sobre el Sahara desde la conquista del Islam del norte de África hacía 1.300 años; que había una “continuidad geográfica” entre Marruecos y el Sahara Occidental; que existía un ejercicio de la soberanía interna del Marruecos pre colonial  (el Estado jerifiano) que incluiría no sólo a las tierras bajo control del sultán, sino también a aquellas en que su autoridad espiritual era reconocida ( en su caso, algunas tribus saharauis) y, finalmente, que existía un reconocimiento internacional (“o externo”) de la soberanía marroquí sobre el territorio. Consecuentemente, el TIJ, en su conclusión final reconocía que no había “ningún vínculo jurídico de soberanía territorial entre el Sahara Occidental y el Estado Marroquí”, a la vez que se ratificaba en la necesidad de celebrar de forma inmediata un referéndum de autodeterminación.

     Tras el dictamen del TIJ, y pese a las promesas del régimen franquista de conceder una autonomía limitada (1974), los hechos se precipitaron cuando el 16 de octubre de 1975 Marruecos inició la Marcha Verde y el régimen franquista, en plena agonía del dictador, se estremecía y firmaba los Acuerdos Tripartitos de Madrid del 14 de noviembre de 1975, los cuales supusieron el abandono vergonzante del Sahara y la cesión de su administración (que no de su soberanía) a Marruecos y Mauritania. Nadie contó con la opinión del pueblo saharaui, el cual quedó abandonado a su suerte. Esta ocupación, ratificada por el posterior Acuerdo de Rabat (14 abril 1976) supuso el reparto del Sahara entre sus dos codiciosos vecinos: Marruecos se hacía con los 2/3 del territorio, mientras que Mauritania, se anexionaba el 1/3 restante. A cambio, España recibió determinadas compensaciones económicas, recogidas en los acuerdos complementarios (derechos pesqueros y participación en la explotación de los fosfatos de Bucráa). Estos acuerdos infamantes, declarados ilegales por la ONU, entraron en vigor el 19 de noviembre, la víspera de la muerte del dictador, fecha en la cual el BOE publicó la Ley de Descolonización del Sahara.

    Así las cosas, el Frente Polisario inició una guerra de liberación contra los dos países que se había repartido el Sahara Occidental, la cual hizo que Mauritania renunciase al territorio que le había sido adjudicado (Acuerdo de Argel, 1979), lo que hizo que Marruecos se apropiase de la totalidad del territorio, proclamando acto seguido su supuesta soberanía sobre el mismo.

    Durante la ocupación y la guerra consiguiente, los saharauis abandonaron las ciudades (noviembre 1975 – febrero 1976) y se instalaron en el desierto. Pero, tras los brutales bombardeos marroquíes con napalm sobre Tifirati, Guelda Zemur y Umbreiga, gran parte de la población saharaui se exilió en Argelia: este es el origen de los campos de refugiados de Tinduf.

    Si algo simboliza la ocupación militar del Sahara, es sin duda la construcción por parte de Marruecos (desde 1980) de un muro defensivo de 2.720 kms. que divide el territorio de norte a sur, y que, con sus 140.000 soldados y sus sofisticadas armas, pretendía evitar incursiones del Polisario y, según Rabat, para “proteger” no sólo las ciudades de El Aaiún y Smara, sino también los ricos (y codiciados) yacimientos de fosfatos de Bucraa.

    Pendiente queda la resolución política, que no militar, del conflicto. Desde que en 1991 Marruecos y el Frente Polisario aceptaron el plan de paz de la ONU que contemplaba la aceptación de un alto el fuego como paso previo a la celebración de un referéndum de autodeterminación, poco se ha avanzado: mientras que Marruecos proponía la autonomía (2000), el Plan Baker II (2003) planteaba un período autonómico de 4 años como fase previa al referéndum. A fecha de hoy, no se ha llegado a ninguna solución...y ya van cuatro décadas de espera para hacer justicia al pueblo saharaui.

    Tras unos años de tregua, los últimos acontecimientos en Guerguerat pueden ser el preludio de una escalada armada de consecuencias imprevisibles, así como del incremento de las acciones represivas por parte de Marruecos. Así las cosas, nunca debemos de aceptar que el pragmatismo político que condiciona, con excesiva frecuencia, las relaciones entre España y Marruecos, se imponga sobre la dignidad, la justicia y la defensa del pueblo saharaui, al que nos unen profundos compromisos morales. Su futuro no debe canjearse nunca por un pretendido deseo de mantener una relación amistosa y fluida con el reino de Marruecos. La dignidad de los pueblos se halla en la convicción y firmeza con que se defienden los principios y los valores éticos. En consecuencia, la libertad del Sahara no puede ser moneda de cambio ante criterios mercantiles (acuerdos pesqueros y comerciales) o políticos (control inmigración ilegal, lucha contra el terrorismo islámico, contencioso de Ceuta y Melilla, etc.) en el siempre complejo diálogo hispano-marroquí. Por ello, la justa causa saharaui nos exige a todos, y en especial al Gobierno de España, un compromiso no sólo humanitario sino también de firmeza política para que, también en este caso, prevalezca el derecho internacional y las resoluciones de la ONU sobre las ambiciones territoriales de Marruecos y los intereses geoestratégicos y económicos de los aliados de Rabat (EE.UU. y Francia). Ello ha permitido a Marruecos realizar una violación continuada y flagrante el orden internacional al expandir su territorio por la fuerza y negar deliberadamente a los saharauis su derecho a la autodeterminación. Frente a ello, la RASD han mantenido viva la reivindicación de la causa saharaui y, tras la guerra de 1975-1991 y el posterior cese el fuego, se optó por la solución política del conflicto que, esperemos, los sangrientos acontecimientos de estos últimos días, no malogren pues el estallido abierto de nuevo del conflicto armado podría producirse en cualquier momento.

    Dado que la cuestión central es la soberanía del Sahara, considero de gran interés la opinión de Jacob Mundy, del Institute of Arab and Islamic Studies de la Universidad británica de Exeter, el cual destaca que el sumario de TIJ de 1967 anteriormente citado, deja totalmente claro que el poder soberano en el Sahara Occidental era y es el pueblo saharaui. Por ello, como enfatiza Mundy, “el propósito del referéndum de autodeterminación en el Sahara Occidental no es decidir entre soberanías compitiendo entre si, bien marroquí o bien saharaui, sino encuestar a los saharauis si desean o no retener, modificar o renunciar a su soberanía. Necesitamos dejar de hablar sobre autodeterminación como un acto que constituye la soberanía en el Sahara Occidental. La soberanía ya está constituida en el Sahara Occidental”.

    La soberanía saharaui es, pues, incuestionable. Pero para poderla ejercer, resulta imprescindible hacer frente a problemas tan complejos como el cambio de actitud de la política de EE.UU. y de Francia, para los cuales la estabilidad de Marruecos es considerada como de “alta prioridad estratégica para Occidente” y ello estos países han aceptado, de facto, la anexión del Sahara y la violación permanente de los derechos humanos en ese territorio ocupado ilegalmente por parte de Marruecos. También España debe implicarse con firmeza en defensa del pueblo saharaui pues, en este caso, el silencio no es hijo de la prudencia, sino de la cobardía y la complicidad, amargo, fruto de los Acuerdos Tripartitos de Madrid de 1975, el último y envenenado legado del franquismo agónico que la democracia española ha sido incapaz de resolver desde la justicia y el derecho que merece la causa saharaui, acuerdos de los que en estas fechas se cumple su 45 aniversario.

    Los últimos sucesos ocurridos en el Sahara Occidental, han vuelto a poner de actualidad la justa demanda del pueblo saharaui, único dueño de su destino y de su tierra, lo cual nos obliga a adoptar una posición de solidaridad y de apoyo activo. Es evidente que sólo hay una solución: la celebración del referéndum de autodeterminación, tantas veces pospuesto, con garantías adecuadas y supervisión de la ONU, en el que el censo legal de la población saharaui, decida libremente su futuro.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en Compromiso y Cultura, nº 72, diciembre 2020)

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04/12/2020 15:24 kyriathadassa Enlace permanente. Sahara Libre No hay comentarios. Comentar.

20 AÑOS SIN ERNEST LLUCH

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     El 21 de noviembre de 2000 era asesinado por la banda criminal ETA Ernest Lluch i Martín, uno de los políticos más destacado del socialismo democrático y, por extensión de nuestra democracia. Por ello, hoy, recordando su memoria, quisiera hacerme eco de algunos de los testimonios que, en torno a su figura se recogen en el libro Ernest Lluch. El esfuerzo por construir un país, editado por la Generalitat de Catalunya en 2007.

     De entrada, digamos que Lluch estuvo involucrado desde su juventud en la lucha antifranquista desde postulados socialistas y catalanistas, lo cual le supuso varias detenciones y su expulsión como docente de la Universidad de Barcelona en 1966.

   Fue sin duda un político peculiar, atípico, siempre dialogante, defensor del federalismo, de la España plural, que también fue uno de los artífices de la integración en 1977 del socialismo catalán, “con una fórmula federativa original”, como dijo Enrique Barón, en las siglas históricas del PSOE. Su actitud tolerante y abierta le hizo defender, frente a los partidarios del “frentismo”, la necesidad de colaboración entre el nacionalismo democrático vasco para que, como recordaba Odón Elorza, por ser esta una “vía que facilitara la búsqueda de acuerdos de largo alcance” mediante los cuales lograr el doble objetivo de profundizar el autogobierno vasco y, también, para garantizar un futuro de convivencia en libertad y sin amenazas. Es por ello que, junto a Herrero de Miñón, fue el autor del libro Derechos históricos y constitucionalismo útil con propuestas concretas para abordar el conflicto vasco. Ello implicaba, entonces como ahora, una lectura abierta y flexible de la Constitución, para pensar primero y lograr después, una adecuada vertebración de nuestra España plural. En consecuencia, defendió, frente a incomprensiones varias, también en las filas del PSOE, el desarrollar la Disposición Adicional Primera de la Constitución que permitiera un Pacto de Estado sobre un marco jurídico político nuevo que contara con el mayor consenso posible en Euskadi.  A buen seguro, tal vez de tenerlo ahora entre nosotros, Lluch pondría toda su lucidez política e intelectual para abordar la actual maraña del procès catalán actual y plantear, como ya hizo con Euskadi, propuestas para llegar a esos “acuerdos de largo alcance”, para un “acuerdo inclusivo” de Cataluña en España. Por todo ello, Lluìs Foix dijo de él que era “un gran patriota catalán, un español que conocía las dificultades para mantener una relación normal con España”

     Pero como político valiente y progresista que era, asumió un decidido compromiso en favor de lograr la paz en las tierras vascas a las que tanto amaba. Y es que, como recordaba Lluìs Bassat, Lluch “nos enseñó que la paz se construye con los enemigos, no con los amigos que están para disfrutar” y, por esta razón, tenía claro que había que hablar con todo el mundo, sin ningún tipo de exclusiones, sin que ello supusiera ningún tipo de claudicación ante los violentos.

     De su legado político quedará, para siempre, su labor como ministro de Sanidad y Consumo (1982-1986). Ahí está la Ley General para la Defensa de Consumidores y Usuarios (1984), el Plan General sobre Drogas (1985) y, sobre todo, la Ley General de Sanidad (1986) mediante la cual se hizo efectivo el ideal de lograr la sanidad universal, de manera equitativa y sin límites a su acceso por razones socioeconómicas.

     No menos destacable fue su legado como intelectual. Lluch, premio extraordinario de final de carrera en 1961 como licenciado en Ciencias Políticas, Económicas y Comerciales, fue el autor de más de 300 artículos y 29 libros, fruto de su curiosidad insaciable, razón por la cual John Elliott, con quien coincidió  en 1989 durante su estancia como profesor visitante en la Escuela de Estudios Históricos  del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, lo definió como un “hombre de la Ilustración”, un ilustrado del s. XX, dado que concedía una “importancia suprema de las ideas y de su exposición racional”. Como ejemplo de su personalidad polifacética, de su curiosidad insaciable, fueron sus múltiples inquietudes culturales y sociales: desde el deporte a la música, pasando por la literatura, la filosofía, el arte o la sociología.  Por ello, en su brillante etapa como rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo asumió como lema la expresión de Emmanuel Kant “Sapere aude”, esto es, “Atrévete a pensar”.

     Por ello, ahora que se cumplen 20 años de su asesinato, recordamos con emoción su figura, la de un político valiente y honesto, un intelectual comprometido, un ejemplo que tanto precisamos en estos momentos inciertos, en unos tiempos en que se ciernen serias amenazas hacia la Sanidad Pública procedentes desde los vendavales privatizadores del neoliberalismo, en unos tiempos en que el conflicto territorial, ahora en Cataluña, ha supuesto una grave fractura que también requiere los antes citados “acuerdos de largo recorrido” que recompongan tantos desgarros, esos que, alientan los “frentismos” desde uno y otro lado, tan crispantes como suicidas, esos “frentismos” que siempre rechazó Lluch. Por todo lo dicho, el legado y la figura de Lluch lo resumió un emocionado Pasqual Maragall con una frase tan veraz como contundente: “Lluch estuvo con todas las causas nobles”. Y es verdad.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 21 noviembre 2020)

 

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22/11/2020 12:53 kyriathadassa Enlace permanente. Política-España No hay comentarios. Comentar.

EN MEMORIA DE MANUEL AZAÑA

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   Si hay una figura política que personifica lo que supuso la experiencia democratizadora y progresista de la Segunda República es, sin duda, Manuel Azaña Díaz (1880-1940) de cuyo fallecimiento se cumplen ahora 80 años. De él dijo Salvador de Madariaga que fue “el español de más talla que reveló la breve etapa republicana” y ello le lleva a definirlo como “el hombre de más valor en el nuevo régimen, sencillamente por su superioridad intelectual y moral”.

     Por su parte, Paul Preston destacaba los tres objetivos principales que inspiraron la acción política azañista: la modernización de las relaciones entre la Iglesia y el Estado republicano mediante el impulso de una política laicista; la modernización del ejército, no sólo en sus aspectos técnicos sino, sobre todo, subordinándolo al poder civil del Gobierno para evitar el endémico (y nefasto) intervencionismo de los militares en la vida política y, por último, la necesidad de introducir la racionalidad y el diálogo en la vida política y parlamentaria, un anhelo del cual deberían tomar buena nota, también, nuestra actual clase política.

     Manuel Azaña, siendo Presidente del Consejo de Ministros durante el “bienio social-azañista” (1931-1933) impulsó importantes reformas educativas, militares y de profundo contenido social o estructural como la reforma agraria o el Estatuto de Cataluña, todo lo cual le granjeó tres poderosos (y peligrosos) enemigos: la Iglesia, unas derechas cada vez más fascistizadas y buena parte del Ejército.

    Durante el período de gobierno de derechas conocido como “Bienio Negro” (noviembre 1933 – febrero 1936), alejado momentáneamente del poder, Azaña volvió a la vida política de la mano de Izquierda Republicana, partido fundado en 1934 y que más tarde se integraría en el Frente Popular. Tras la histórica victoria electoral de éste del 16 de febrero de 1936, Azaña volvió de nuevo a la primera línea política, primero como Presidente de Gobierno y después como Presidente de la República. Para entonces, la crispación social y la radicalización política eran evidentes y, pese a ello, asumió el cargo “con el deseo de que haya sonado la hora de que los españoles dejen de fusilarse los unos a los otros”, lo cual como los hechos demostraron pocos meses después, era una vana esperanza ante el endémico cainismo hispano del cual se lamentaba Antonio Machado.

     Así las cosas, el golpe de Estado militar del 18 de julio de 1936 y la violencia desatada tras el inicio de la contienda, tanto por los rebeldes como por los revolucionarios, sobrecogieron a Azaña. Para evitar esta delirante sangría, Azaña, realizó desesperados intentos para encontrar una solución conciliadora y negociada, confiando en la mediación de Francia y Gran Bretaña que pusiera fin a la guerra, pero todo fue en vano ante el bramido de las armas que desangraron a las tierras y a los hijos de España. La actitud de Azaña, al igual que le ocurrió a Indalecio Prieto, fue cada vez más pesimista ante el desarrollo de la contienda para las fuerzas leales, y contrastaba con la resolución y firmeza combativa del nuevo presidente de Gobierno, el socialista Juan Negrín, que optó por mantener   hasta el final su consigna de resistencia a ultranza por parte de la acosada República. Azaña se fue sumiendo en el desánimo y aun así, con una grandeza política que le honra, en su célebre y emotivo discurso pronunciado en Barcelona el 18 de julio de 1938, siendo consciente de que “nadie vence sobre compatriotas”, invocó la reconciliación entre las dos España enfrentadas y en la que, tras la previsible victoria de los rebeldes y la derrota de los leales, imploraba a todos los españoles enfrentados,  “el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad, perdón”, emotivo ruego que fue desoído tras la victoria franquista.

     Azaña cumplió con su obligación institucional como Presidente de una República agonizante declarando que ello significaba “la continuidad del Estado legítimo republicano, que encuentra en el presidente de la República, en el Gobierno responsable en funciones y en las Cortes los órganos supremos de su expresión representativa y de mando”. Siendo consciente de que la guerra estaba perdida, siguió intentando hasta el último momento la mediación franco-británica con el triple objetivo, como señala Santos Juliá, de lograr, una vez más de forma infructuosa,  una tregua inmediata que pusiera fin a las hostilidades, la designación de negociadores para la toma de posesión de todo el territorio nacional por el Gobierno franquista y la garantía de un trato humanitario para los vencidos, permitiéndose la evacuación de todas las personas y familias cuyas vidas corriesen peligro por “no ser toleradas por el nuevo régimen”, esto es, una paz sin represalias. No obstante, tras el avance de las fuerzas franquistas en Cataluña, el 6 de febrero de 1939 Azaña cruzó la frontera francesa y el 27 de ese mes, un día más tarde de que Francia y Gran Bretaña reconocieran al gobierno de Franco, dimitió como Presidente de la República.

     Pocos meses después se iniciaba la II Guerra Mundial, continuación en Europa de la misma lucha contra el fascismo que se había librado en España por parte de la República. Para entonces, su periplo por tierras francesas, acosado por los agentes franquistas que pretendían su detención y posterior traslado a España para ser juzgado y condenado como les ocurrió a otros dirigentes republicanos como Julián Zugazagoitia o Lluís Companys, concluyó en la ciudad de Montauban, donde pudo evitar la deportación al contar con la protección diplomática de Luis Rodríguez, el embajador de México ante el régimen de Vichy.

    Manuel Azaña murió en Montauban el 3 de noviembre de 1940. El mariscal Pétain prohibió que fuera enterrado con honores de Jefe de Estado así como que su féretro fuera cubierto con la bandera republicana, ante lo cual el embajador mexicano decidió que fuera enterrado con la bandera del país azteca y así se lo manifestó a las autoridades pétainistas señalando que a Azaña “lo cubrirá con orgullo la bandera de México. Para nosotros será un privilegio; para los republicanos una esperanza, y para ustedes, una dolorosa lección”. Ahora, 80 años después, Manuel Azaña sigue reposando en tierras francesas, al igual que Juan Negrín o Antonio Machado: los tres representan lo mejor del ideal transformador y cultural que supuso la II República española, tres ejemplos de compromiso político y lucidez intelectual, siempre presentes en nuestra historia y memoria democrática.

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 3 noviembre 2020)

 

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03/11/2020 11:49 kyriathadassa Enlace permanente. Memoria histórica No hay comentarios. Comentar.

EL GRAN DICTADOR CUMPLE 80 AÑOS

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     El 15 de octubre de 1940, hace ahora 80 años, se estrenaba en Nueva York la película El Gran Dictador de Charles Chaplin (1889-1977), la cual, sin duda, puede ser considerada, en expresión de Alberto Sánchez Millán, como “una obra decisiva en la historia del cine”, en la cual el cineasta, mediante esta genial comedia, ridiculizaba la figura de Adolf Hitler a la vez que denunciaba públicamente al fascismo y a las políticas antisemitas del nazismo.

     La gestación de la película no estuvo exenta de dificultades desde que en 1938 empezase Chaplin a preparar el guion de la misma. Y es que este proyecto levantó sospechas desde el primer momento, a la vez que movilizó a los agentes y políticos alemanes, así como a las organizaciones fascistas en su contra, todos ellos empeñados en boicotear el rodaje e impedir que la película pudiera realizarse. Durante 1939 empezó el rodaje a pesar de las presiones, amenazas y anónimos que recibió Chaplin hasta el punto de que en agosto de dicho año el genial creador del personaje de Charlot fue denunciado por la Comisión de Actividades Antiamericanas, ante lo cual Chaplin no se amedrentó decidido como estaba a continuar con su proyecto, y afirmó que “proyectaré la película al público, aunque tenga que comprar o construir un teatro y aunque el único espectador de la sala sea yo”.

     Finalmente, la película se estrenó el 15 de octubre de 1940, con el fragor de la II Guerra Mundial en Europa como telón de fondo, en un clima de inquietud, razón por la cual Chaplin fue admirado por unos y rechazado por otros ante una película tan firmemente militante y de inequívoco signo antifascista. Esto hizo que El Gran Dictador fuera prohibida en muchos estados de la Unión y, obviamente, en todos los países gobernados por el fascismo, incluida España, en donde incluso se llegó a prohibir hablar de Chaplin, acusándolo de “judío filocomunista”. En cambio, la película se estrenó en Inglaterra (1941), en EE.UU. tuvo lugar su segundo estreno en 1943, cuando el país ya había entrado en la II Guerra Mundial frente a las potencias del Eje, mientras que en Francia lo hizo en 1944 y en Italia en 1947 y en España no se proyectó legalmente hasta 1976, una vez muerto el general Franco y 36 años después de su estreno inicial.

    El proceso de gestación y realización de la película coincide con momentos convulsos y dramáticos de la historia reciente de Europa, cual fueron el auge del nazismo con la anexión de Austria y la Conferencia de Munich, ambos en 1938, así como la victoria franquista en la Guerra de España y el estallido de la II Guerra Mundial, hechos estos ocurridos en abril y septiembre de 1939. Todos estos acontecimientos dividieron a la opinión pública norteamericana, en algunos de cuyos sectores no se ocultaban simpatías filofascistas, también en Hollywood, donde actores como John Wayne evidenciaron su apoyo a la sublevación franquista en España y sus posiciones visceralmente anticomunistas.

     En este contexto, el estreno de El Gran Dictador adquiere una mayor relevancia pues supuso un firme compromiso de Chaplin por hacer frente a la marea fascista que se extendía de forma imparable. Por ello, esta obra maestra de la historia del cine supuso una contundente acusación contra el totalitarismo mediante un inteligente empleo de la sátira y del humor como instrumentos. Así lo vemos en el personaje que evoca a Hitler (Anstolfo Hynkel, dictador de Tomania) y el que representa a Mussolini (Bencino Napoloni, dictador de Bacteria), mientras que Chaplin está presente por medio de la figura del humilde barbero judío, mediante el cual se trasluce ya la persecución y sufrimiento del pueblo judío, al cual también pertenecía Chaplin, por parte del delirio criminal nazi, aunque en el momento del estreno de la película, la humanidad todavía no tuviera conocimiento de lo que poco más tarde supuso la  barbarie de la “Solución Final” y del Holocausto.

     La película tiene secuencias magistrales, algunas de las cuales quedarán para siempre grabadas en la memoria de la historia del cine como es el caso de Hynkel jugando con la bola del mundo y, sobre todo, el discurso final pronunciado por el barbero judío (Chaplin) suplantando al dictador Hynkel, En esos tres minutos, rodados en plano fijo, Chaplin parece hablarnos a cada uno de los espectadores interpelando a nuestra conciencia, con un texto que no ha perdido un ápice de su vigencia en los tiempos actuales, contundente y necesario como lo fue en 1940. En dicho discurso, convertido en el legado ideológico y político de Chaplin, como señalaba Alberto Sánchez Millán, su autor toma partido en la “lucha abierta en defensa de la humanidad contra la barbarie y contra la opresión”, además de ser un hermoso canto a la solidaridad, la hermandad y la unidad universal por encima de credos y fronteras. De igual modo, en su discurso denuncia Chaplin “la codicia que ha envenenado el alma de los hombres y ha construido barricadas de odio en el mundo”, lo cual nos evoca los efectos actuales del neoliberalismo y de los muros de se han ido levantando en estos últimos años por parte de las sociedades opulentas, insolidarias con la miseria de las personas que huyen de la pobreza y la guerra en sus países de origen. Y, pese a todo, Chaplin transmite un mensaje de optimismo y esperanza en aquellos tiempos tenebrosos: “el odio de los hombres pasará y las dictaduras morirán, y el poder que arrebataron al pueblo volverá al pueblo”. Y, para finalizar, cito una parte de su célebre discurso que emociona especialmente por su actualidad, porque parece escrita en este año 2020 y no  80 años atrás cuando se estrenó la película, en la cual, tras afirmar que confía en la democracia  para hacer que la vida, nuestras vidas, sean libres y bellas, nos interpela directamente al decirnos que,  “En nombre de la democracia, usemos ese poder. Unámonos. Luchemos por un nuevo mundo, un mundo decente que dará a los hombres una oportunidad de trabajar; que dará a la juventud un futuro y a la ancianidad una seguridad”. Unos anhelos, una lucha, sin duda tan digna como vigente y necesaria.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 15 octubre 2020)

 

 

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15/10/2020 16:14 kyriathadassa Enlace permanente. Cultura No hay comentarios. Comentar.

EL 12 DE OCTUBRE, UNA FIESTA NACIONAL CUESTIONADA

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     En la España democrática actual, sigue siendo una cuestión pendiente el encontrar símbolos integradores que aúnen y con los que se identifiquen todos los ciudadanos de esta nuestra España plural, y uno de ellos es el de la fecha de la fiesta nacional.

    Si hacemos un poco de historia recordaremos que, como señalaba Carsten Mumlebaek en su estudio «La nación española conmemora. La fiesta nacional de España después de Franco», durante los primeros años de la Transición se evitó abrir una discusión sobre los símbolos nacionales como la bandera, el himno, la fiesta nacional y el escudo. No obstante, por lo que a la fiesta nacional se refiere, se retiró el oprobioso recuerdo del “18 de julio” y, de forma tácita, se optó por el “12 de octubre” sin que hubiera elección ni debate al respecto, tal y como recogió el Real Decreto 1358/1976, fecha que mantenía un evidente contenido ideológico pues suponía una continuidad con el discurso franquista de la Hispanidad con alusiones a la “comunidad de sangre” y al “destino histórico”, los cuales tienen su origen en la historiografía conservadora y providencialista, todo ello unido a un sentido religioso (defensa de la fe católica en el mundo) así como de exaltación del espíritu colonizador hispano.

    Mientras esto ocurría, se produjo la institucionalización de las fiestas nacionales en algunas comunidades autónomas como la Diada del 11 de septiembre en Cataluña (junio 1980) o el Aberri Eguna, Día de la Patria Vasca (abril 1981), lo cual coincidía con un proceso de construcción nacional muy intenso tanto en Cataluña como en Euskadi. Por el contrario, debido a la estigmatización del nacionalismo español tras la pesada herencia del franquismo, como señalaba el citado Mumlebaek, “el lado español de este conflicto simbólico se encontraba en una relativa desventaja respecto a las nacionalidades históricas”. Tras el funesto episodio del golpe del 23 de febrero de 1981, el entonces Gobierno de la UCD fue consciente de la necesidad de actualizar los símbolos nacionales y así se aprobaron sucesivamente la Ley de la Bandera y la Ley del Escudo en octubre de 1981, a la vez que se inició un interesante debate sobre la Fiesta Nacional.

    Fue el PSOE el que incluso antes del 23-F ya había propuesto como fiesta nacional, en una proposición fechada en noviembre de 1980, el declarar como tal el “6 de Diciembre”, aniversario del referéndum constitucional. A partir de este momento, se generó un intenso debate entre elegir el 12 de octubre (como sostenía la UCD) y el 6 de diciembre, como propugnaba el PSOE , debate que tenía un hondo calado político ya que “elegir el 12 de octubre significaba ratificar la situación de facto y dejar mayoritariamente intacta la idea de la nación española heredada del régimen franquista, mientras que elegir el 6 de diciembre significaba apostar por una concepción nacional diferente centrada en los valores de la democracia y del consenso” (Mumlebaek). De este modo, la propuesta del PSOE, que no llegó a discutirse hasta después del 23-F, consideraba que el referéndum del 6-D supuso un “cambio de época” que simbolizaba la fundación de la nueva democracia española y se consideraba a la Constitución de 1978 como el inicio de una nueva identidad española, todo ello imbuido del espíritu de la idea del patriotismo constitucional de Jürgen Habermas.

    No obstante, y por desgracia, esta propuesta contó con el rechazo de la UCD para el cual la Constitución “no era más que una expresión de la ya existente identidad nacional que tenía sus propias festividades, cuya continua celebración importaba más que instituir otra celebración dedicada a la Constitución”. Este desacuerdo fundamental, tras el cual subyacía la lucha por definir la Transición en términos de “ruptura” o “reforma”, hizo que la mayoría gubernamental de UCD, mediante el Real Decreto 3217/1981, ratificara el 12 de octubre denominándolo “Fiesta Nacional de España y Día de la Hispanidad”, aprobación en parte acelerada por el hecho de que la Generalitat de Catalunya había declarado el 12-O como día laborable en 1981.

    Pero con la llegada al poder del PSOE tras la histórica victoria electoral de octubre de 1982, se produjeron cambios significativos en la posición hasta entonces defendida por el partido de Felipe González. En primer lugar, por Orden 1982/31135 (BOE nº285, de 27 de noviembre de 1982), se declaró el 6-D como “Día dedicado a la enseñanza del contenido de la Constitución”, pero el PSOE ya no promovió contando con una holgada mayoría parlamentaria su anterior propuesta de convertir al 6-D en la Fiesta Nacional. En cambio, el Gobierno del PSOE estableció dicha fecha como “Día de la Constitución (RD 2964/1983, BOE nº 287, de 1 de diciembre) y posteriormente lo declararía como día festivo de carácter cívico en diciembre de 1989.

     El cambio de actitud del PSOE se plasmó en la aprobación de la Ley 18/1987, que declaraba el 12 de octubre como día de la Fiesta Nacional de España (BOE nº 241, de 8 de octubre), ley que contó con un amplio apoyo parlamentario (243 votos a favor), la abstención de la Minoría Catalana y del PNV, mientras que la votaron en contra ERC e IU, los cuales plantearon una enmienda a la totalidad). No obstante, en la nueva ley desapareció la denominación de “Día de la Hispanidad” porque tenía connotaciones incómodas tales como nostalgias neocolonialistas de corte paternalista, razón por la cual se pretendió despojar al 12-O de cualquier referencia histórica heredada del franquismo.

    Las razones de este cambio de actitud del PSOE, que fue muy criticado, se pretendió justificar por la pugna interna en las filas socialistas entre “constitucionalistas” (partidarios del 6-D) y los “historicistas” (partidarios del 12-O), los cuales preferían una fecha que tuviera relevancia histórica, aunque supusiera olvidar el significado del 6-D como momento histórico de fundación simbólica de la nueva democracia española. También se quiso argumentar que este cambio de posición del PSOE se debió a su intento de búsqueda de un amplio apoyo parlamentario, todo ello en el ambiente de los preliminares de la conmemoración del V Centenario del Descubrimiento de América.

    El desarrollo posterior del 12-O como Fiesta Nacional recibió críticas, no sólo las previsibles desde el ámbito del nacionalismo vasco o catalán, sino también desde la izquierda y desde distintos sectores ciudadanos que le reprochaban su carácter excesivamente militar y su escaso arraigo en los valores cívicos y democráticos como hubiera ocurrido de celebrarse el 6-D.

   Finalmente, como señalaba Jaume Vernet i Jovet en su trabajo «El debate parlamentario sobre el 12 de octubre, Fiesta Nacional de España», a fecha de hoy, seguimos ante la dificultad de “encontrar una fecha indiscutida para la realidad compleja que hoy representa España que contenga el suficiente carácter simbólico e integrador. Por ello, el no haber declarado como Fiesta Nacional el 6-D, como demandó en su momento tanto Izquierda Unida como ERC, y como recordaban Sebastián Balfour y Alejandro Quiroga en su libro España reinventada: nación e identidad desde la transición (2007), ha tenido una consecuencia tan importante como negativa cual es que “los españoles no pueden celebrar a día de hoy la transición a la democracia, su mito fundacional en tanto que nación moderna, como su principal fiesta patriótica”. Y, lamentablemente, es cierto.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 11 octubre 2020)

 

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13/10/2020 06:38 kyriathadassa Enlace permanente. Política-España No hay comentarios. Comentar.

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