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Kiryat Hadassa: el blog de José Ramón Villanueva Herrero

EL ESPECTRO DE CUELGAMUROS

EL ESPECTRO DE CUELGAMUROS

 

La reciente sentencia del Juzgado nº 2 del San Lorenzo de El Escorial  para exhumar los restos de los hermanos bilbilitanos  Manuel y Antonio Lapeña Altabás  ha vuelto a poner de actualidad la historia del Valle de los Caídos, del espectro de Cuelgamuros, una exaltación ostentosa del franquismo, una pesada losa que sigue pesando sobre nuestra historia y memoria democrática.

El 1º de abril de 1940, cuando se cumplía un año del final de la guerra civil, el “día de la Victoria” en la terminología de la dictadura, tuvo lugar el acto inaugural de las obras de construcción del más tarde conocido como Valle de los Caídos. Ante los embajadores de la Alemania nazi, la Italia fascista y el Portugal salazarista, el general Franco detonó la primera carga de dinamita para perforar la roca granítica en lo alto del valle de Cuelgamuros, en las estribaciones de la Sierra de Guadarrama.

Desde su origen, este proyecto tuvo un claro significado político, cargado de ideología fascista como se refleja  en el Decreto de 1º de abril de 1940 por el que se disponía “se alcen Basílica, Monasterio y Cuartel de Juventudes” con objeto de “perpetuar la memoria de los caídos en nuestra Gloriosa Cruzada”, la cual debía perdurar en el tiempo razón por la cual  se pretendía que “las piedras que se levanten tengan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y al olvido” y, de este modo, convertirse en “un templo grandioso de nuestros muertos en que por los siglos se ruegue por los que cayeron en el camino de Dios y de la Patria”.

El significado político e intemporal quedaba claro en la voluntad del régimen el cual se empeñó con ahínco en su pronta realización. Según Pedro Muguruza, el entonces Director General de Arquitectura  y responsable del proyecto, Franco tenía “vehementes deseos” de que las obras de la cripta, se terminasen  en el plazo de un año, para inaugurarla el 1º de abril de 1941, estimando que el resto del conjunto monumental se concluiría  en el transcurso de otros 5 años. Sin embargo, la magnitud del proyecto hizo que las obras  se prolongasen durante 20 años a pesar de que en ellas trabajaron,  un total de 20.000 obreros, muchos de ellos presos políticos republicanos, explotados como mano de obra esclava, como recordaba Julián Casanova,  por empresas como Banús, Huarte o Agromán. En consecuencia, el conjunto monumental  no se inauguraría hasta el 1º de abril de 1959, coincidiendo con el “XX aniversario de la Victoria”.

Por entonces se decidió trasladar a “la gran obra” los restos no sólo de los “héroes y mártires” del bando rebelde, sino también, los de soldados y civiles  a los que las autoridades franquistas calificaban como “rojos”. La razón de este cambio, ocurrida a mediados de la década de los años cincuenta, como señalaba Belén Moreno, se debió a un intento propagandístico del régimen de transmitir una falsa imagen de “reconciliación” para ganarse la simpatía de las democracias occidentales y, para ello, Cuelgamuros tenía que convertirse en un lugar que aceptase “caídos” sin distinción del bando en el que habían combatido. Así, en el Decreto-Ley de 23 de agosto de 1957 de creación de la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos se decía cínicamente que ésta pretendía impulsar “una política guiada por el más elevado sentido de unidad y hermandad”, una reconciliación que pretendía simbolizar “la robusta horizontalidad de los brazos de la cruz monumental que ampara por igual a todos los españoles”.

 El Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares conserva. algunas actas del Consejo de Obras del Monumento a los Caídos, creado en 1941 y que funcionó hasta 1967 en las que se recogen detalles sobre los traslados de los restos a dicho lugar. Así, sabemos que se encomendó a la Guardia Civil  realizar listados de los muertos y asesinados en las distintas localidades, así como “un informe referente a los deseos de los familiares” acerca del posible traslado de dichos restos a Cuelgamuros (Acta nº 85, 30 diciembre 1957). Esto último, si bien fue aplicado de forma escrupulosa para el caso de los muertos “nacionales”, (la familia de Calvo Sotelo se negó al traslado), la voluntad de los familiares de las víctimas republicanas nunca fue tenida en cuenta, nunca se pidió su autorización, ni tan siquiera fueron informados, por lo que el hecho de llevar sus restos a Cuelgamuros y enterrados donde en 1975 lo sería el dictador, como señalaba Baltasar Garzón, suponía para ellas “una nueva revictimización.

Por su parte, Camilo Alonso Vega, entonces ministro de la Gobernación, dictó diversas instrucciones de cómo debían de efectuarse los traslados de los restos, entre ellas, hasta las medidas de las cajas donde debían depositarse (60x30x30 cm. para los restos individuales identificados y 120x60x60 cm. para los restos colectivos sin posible identificación), a la vez que ordenaba se realizase un mapa por cada provincia en la que se debían de indicar todas las poblaciones con enterramientos y fosas así como el números de éstas. De este modo, los traslados contabilizados fueron 491, desde finales de 1958 hasta 1983. Según documentación oficial, el número de restos registrados sería de 33.833 personas, de ellos, 21.423 son víctimas identificadas y 12.410 pertenecen a personas desconocidas. Dichos datos, posiblemente incompletos, aluden a los restos procedentes de las provincias aragonesas: Huesca (532), Zaragoza (3.430) y Teruel (4.590). No obstante, a fecha de hoy, la situación de las galerías que los albergan es tan mala que la humedad ha deshecho las cajas que los ordenaban y los huesos se han mezclado haciendo difícil, casi imposible, su identificación, como advertía el antropólogo forense Francisco Etxeberría.

Por todo ello, a fecha de hoy resulta inaplazable contextualizar el  auténtico significado de Cuelgamuros,  limpiarlo de todo vestigio franquista para  convertirlo en un Lugar de la Memoria, lo  cual supone, por supuesto, la salida de la basílica de los cuerpos de Franco y José Antonio además de  arbitrar las medidas precisas para la exhumación e identificación de las víctimas que así lo deseen. Sólo así se disipará este espectro del pasado, por un elemental sentido de justicia democrática, y  por la reparación debida a la memoria de las víctimas del franquismo.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 24 mayo 2016)

 

 

EL PENSAMIENTO DE ROVIRA I VIRGILI

EL PENSAMIENTO DE ROVIRA I VIRGILI

 

     Resulta evidente el auge en estos últimos años del movimiento independentista en Cataluña, una opción política legítima y defendida por cauces democráticos que, no obstante supone un desgarro político y emocional, una desconexión, en  lo que ha sido una historia colectiva centenaria con relación al resto de España.

   El proceso tiene profundas raíces, variados motivos y razones, pero resulta evidente que ha recibido un impulso añadido como consecuencia de las torpezas y la ausencia de una respuesta alternativa y sugerente por parte de la derecha españolista. Así, durante el último gobierno del Partido Popular,  la abúlica pasividad de Rajoy con respecto a la cuestión catalana, no ha hecho sino agudizar la gravedad y magnitud del problema. El desafecto e incomprensión de esta vieja derecha hacia realidad de Cataluña ha sido tan constante como temerario. Desde aquellas oportunistas declaraciones de José María Aznar diciendo que “hablaba catalán en la intimidad”, al recurso de inconstitucionalidad presentado por el PP contra la reforma del Estatuto de Cataluña de 2006, a la falta de diálogo constructivo con la Generalitat o a los improperios vertidos contra alguien tampoco sospechoso de separatista como Albert Rivera el pasado 2 de marzo por hablar en catalán durante el frustrado debate de investidura del candidato Pedro Sánchez, todo ha sido un cúmulo de despropósitos que evidenciaban una nula voluntad por resolver de forma dialogada el embate soberanista.

    Así las cosas, bueno sería que nuestra clase política, especialmente el PP y el PSOE, releyeran las ideas que el político y escritor catalán Antoni Rovira i Virgili (1882-1949), formuló sobre este tema. Rovira, desde una perspectiva catalanista con un fuerte componente federalista dada la influencia que recibió del pensamiento de Francesc Pí i Margall, intentó unir ambos ideales en una sola causa como solución política idónea para lograr el armonioso engarce de Cataluña en el conjunto de una regenerada España, republicana y federal, la única forma de evitar el desgarro catalán.

     En consecuencia, el federalismo resulta una de las ideas básicas en el ideario de Rovira i Virgili, al cual define como “el régimen de libertad colectiva” y, por ello, resulta “incompatible con las unidades solemnes e intangibles” de los nacionalismos unitarios. Bien al contrario, y en ello la influencia de Pí emerge de nuevo,  el federalismo debe basarse en el libre “consentimiento de los pueblos que se unen”, esto es, en la idea del pactismo, en la voluntad libre y voluntaria de los pueblos a la hora de optar por un proyecto político y colectivo común. Por ello, diría Rovira que “Si los pueblos de la península quieren unirse y aceptan las condiciones de la unión, ésta nace libremente […] Un auténtico federal sólo puede querer la unión federativa de Cataluña y España si esa unión tiene el libre consentimiento de la mayoría de los catalanes”. A partir de estas palabras, una conclusión resulta obvia: para saber la voluntad de los catalanes, habrá que tener en cuenta su opinión, habrá que consultarles y ello implica el reconocimiento del derecho a decidir, una cuestión de elemental sentido democrático.

     Del pensamiento de Rovira diría Jaume Sobrequés que fue el político catalán que más reiteradamente se refirió al federalismo como la solución óptima para resolver el problema de la plurinacionalidad del Estado Español. Y es cierto puesto que Rovira, que nunca fue independentista, consideraba que el pacto entre los pueblos peninsulares evitaría la radicalización insolidaria que subyace tras todo movimiento secesionista.

     No es casualidad que la obra clave de Rovira lleve el título de Nacionalismo y federalismo (1917), escrita hace un siglo y que sin embargo resulta de plena actualidad. En ella nos recuerda  que todo movimiento nacionalista tiene dos opciones: la creación de un Estado independiente o la de ser parte de un Estado federal, pero  ambos casos implican la reivindicación del reconocimiento de su realidad nacional. En cuanto al tema de la división de competencias o soberanías entre los Estados federados y el Estado central, consideraba que todas la constituciones federalistas señalan las facultades del Estado Central y la que “no son atribuidas a este quedan a cargo de los Estados particulares”, tal y como ocurre en los casos de EE.UU., Suiza o Alemania.

     Otra obra esencial de Rovira, muy marcada por el contexto político del momento es Catalunya i la República (1931) en la cual se reafirma en que había llegado la hora del federalismo aunque el pragmatismo político del momento hizo que el nuevo modelo territorial republicano se quedase en un modesto proyecto autonomista. Pese a ello, Rovira defendía un federalismo potestativo, esto es, el que se debía ofrecer a todos los territorios peninsulares, pero que bajo ningún concepto debía ser impuesto dado que era consciente de la distinta intensidad del sentimiento identitario que existía entre las llamadas nacionalidades históricas y el resto de las regiones españolas.  A modo de conclusión, también válida en la actualidad, Rovira reafirmaba su convicción de que el federalismo era además de una opción más solidaria y progresista,  “la única alternativa válida al separatismo”.

      En conclusión, la vigencia del pensamiento de Rovira i Virgili supone una nítida reivindicación del modelo federal para España puesto que además suponía un camino de europeización y modernización de nuestra estructura territorial. Por estas razones, como señalaba Jaume Sobrequés, las ideas de Rovira i Virgili, “constituyen un buen material teórico y de reflexión política”. Un material y unas reflexiones de las que, esperemos, salga algún día una solución para el eterno problema de la articulación justa y pactada por la libre voluntad de las partes, del modelo territorial español, de estas viejas tierras  que en otros tiempos se llamaban “las Españas”, de esta realidad plurinacional nuestra que tanto les cuesta a algunos reconocer.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 8 mayo 2016)

 

 

UN PACIFISTA LLAMADO EINSTEIN

UN PACIFISTA LLAMADO EINSTEIN

 

     El 16 de abril de 1955, hace ahora 61 años, Albert Einstein, el más importante y popular científico de nuestro tiempo, sufría un aneurisma de aorta del cual fallecería dos días después. La memoria de Einstein, al cual dediqué un reciente artículo sobre su emotiva visita a Zaragoza en marzo de 1923, además de por su inteligencia fuera de lo común, resulta destacable desde otros muchos puntos de vista. Por ello, hoy quisiera recordar sus ideales pacifistas en medio de los convulsos años que jalonaron su vida.

    Nacido en 1879 en Ulm, en tiempos del  II Imperio Alemán en el seno de  una familia judía asimilada, nunca aceptó el agresivo militarismo germano de tan funestas consecuencias en la historia reciente de Europa.  De hecho, tras el estallido de la I Guerra Mundial en 1914, Einstein, por aquel entonces militante del Partido Democrático Alemán (DDP), ya dejó patente su antimilitarismo.

    Años después, durante el período de entreguerras en el cual la débil República alemana de Weimar se vio acosada por el imparable auge del nazismo, se fueron reafirmando estas ideas en el pensamiento del eminente científico que había obtenido el Premio Nobel de Física en 1921. De este modo, en su célebre discurso pronunciado en el Congreso de Estudiantes Alemanes para el Desarme de 1930, abogó de forma decidida por la supresión en todos los países del servicio militar obligatorio al cual consideraba como “el síntoma más vergonzoso de la falta de dignidad personal que padece hoy la humanidad”. Además, se mostró partidario del desarme total a la vez que instaba a los jóvenes alemanes a impulsar un pacifismo “que ataque activamente el armamentismo de los Estados”. En consecuencia, frente al auge de los fascismos, el antimilitarismo de Einstein le hace denostar los ejércitos  a los que define “el peor engendro que haya salido del espíritu de las masas” y como “una mancha de la civilización”, los cuales deberían desaparecer para garantizar la paz mundial.

     En su lucha contra el militarismo y las guerras, ya desde los años 30 destacará la responsabilidad moral de los científicos en el desarrollo de “instrumentos militares de destrucción masiva”, razón por la cual propuso la fundación de una Sociedad de Responsabilidad Social en la Ciencia. Además, en aquellos agitados años del período de entreguerras y de fascismos emergentes, el consolidar la paz mundial requería, según Einstein, la participación activa de la ciudadanía, “una responsabilidad moral que ningún hombre consciente puede dejar de lado”, a la vez que nos recordaba que “el sistema democrático y la conciencia activa de los ciudadanos deben de frenar los interesas de los grupos industriales armamentísticos”, algo fundamental pues,  como recientemente recordaba el Papa Francisco, poder frenar a quienes de forma perversa, activan los conflictos bélicos para lucrarse por medio de las industrias y los intereses armamentísticos.

    En 1932 Einstein participó en la Conferencia para el Desarme en la cual criticó duramente la ineficacia de la Sociedad de Naciones, algo que quedaría patente poco después tras el estallido de nuestra guerra civil en 1936,  a la vez que proponía limitar la soberanía de los Estados para que éstos se sometieran a las resoluciones de un Tribunal Internacional de Arbitraje y defendía, una vez más, el desarme ya que sin él “no habrá verdadera paz” advirtiendo que la continuación de la carrera armamentística “conducirá sin duda a nuevas catástrofes” y, ciertamente, así fue.

    Convertido Hitler en canciller de Alemania en 1933, Einstein, judío y antifascista, que calificaba al nazismo de “enfermedad psíquica de las masas”, decide abandonar su país natal y se exilia en los EE.UU.  A su vez, la rearmada Alemania nazi caminaba a paso firme hacia una nueva contienda de magnitudes planetarias: la II Guerra Mundial. Avistando la tormenta, Einstein,  en agosto de 1939, firmó la famosa carta dirigida al presidente Roosevelt instándole a incrementar las investigaciones del llamado Proyecto Manhattan en el que trabajaban ya, entre otros científicos Robert Oppenheimer y Enrico Fermi, para que los EE.UU. lograsen la bomba atómica antes de que lo hicieran los  nazis. Ello hizo que Einstein, pacifista convencido y admirador de Ghandi al que definió  como “el mayor genio político de nuestra historia”, tuvo que hacer frente a un profundo dilema moral y, aun siendo consciente del “horrendo peligro” que el arma nuclear significaba, reconoció que no le quedó otra salida pues la posibilidad de que los nazis, a los que consideraba como “enemigos de la humanidad”,  lograsen la bomba atómica antes con el Proyecto Uranio en el que trabajaban los científicos hitlerianos Otto Hahn y Lis Meitner, le empujó a dar el paso alegando el peligro cierto de que, como le escribió a Roosevelt, dada la mentalidad de los nazis, de disponer éstos de la bomba, “habrían consumado la destrucción y la esclavitud del resto del mundo”. Es por ello que Einstein ha sido considerado “el padre de la bomba atómica”, proyecto que  culminaría con el lanzamiento de sendos artefactos nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945.

   Esta decisión pesó siempre sobre su conciencia y, tras la derrota de los fascismos, el mundo entró en una nueva y convulsa etapa: la Guerra Fría entre EE.UU. y la URSS con la amenaza nuclear  entre las dos superpotencias como telón de fondo, algo que podía significar el riesgo cierto de la destrucción de nuestro planeta. Einstein, consciente de ello, en 1955, el año de su fallecimiento, impulsó el conocido como Manifiesto Russell-Einstein que instaba a los científicos a comprometerse en la desaparición de las armas nucleares. A modo de legado, la utopía pacifista de Einstein la resumía el célebre científico con estas palabras: “¡Ojalá que la conciencia y el buen sentido de los pueblos despierte, para llegar a un estadio de la civilización en la cual la guerra pase a ser sólo una inconcebible locura de los antepasados!”. Una utopía que sigue siendo un reto para la Humanidad.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 16 abril 2016)

 

 

 

 

LAS LÁGRIMAS DE EUROPA

LAS LÁGRIMAS DE EUROPA



     En estos días en que la Unión Europea (UE) parece haber vendido su alma a Turquía al precio de su nefasta, inhumana e ilegal política ante la desesperada llegada de migrantes a su territorio huyendo de las tragedias que asolan sus países de origen, un nuevo y brutal atentado yihadista ha dejado su zarpazo de barbarie en Bruselas, en pleno corazón de Europa.
     Nuestra historia se ha construido sobre un pasado trágico (ahí está el recuerdo de las dos guerras mundiales que asolaron Europa en el pasado siglo XX), pero tras años de un decidido empeño de reconciliación y de construir un futuro en común, estos ideales se plasmaron en la actual UE, cimentada sobre los valores democráticos de la libertad, los derechos humanos y el progreso solidario, que la han convertido en un referente no sólo político, sino también ético para la comunidad internacional. Se habla de valores europeos, esos valores que han quedado en entredicho ante la insolidaridad, por no decir rechazo, de la UE ante la hecatombe humanitaria a la que estamos asistiendo. Y, por ello, hoy, en que la brutalidad yihadista nos plantea un auténtico conflicto global entre civilización frente a la barbarie, es cuando más necesario resulta reafirmar y defender nuestros valores, tan devaluados por muchos de nuestros dirigentes políticos.
     Este es un conflicto de muy difícil solución político-militar, máxime tras las intervenciones en Somalia, Irak, Libia o Afganistán, lanzadas bajo la bandera de combatir el terrorismo y que han dado, lugar a un mundo más inseguro, a una geopolítica más inestable. Y las consecuencias son obvias, entre ellas, la expansión global del yihadismo radical, tal y como refleja el libro de Eduardo Martín de Pozuelo, Jordi Bordas y Eduard Yitzhak que lleva el inequívoco título de Objetivo: Califato Universal. Claves para comprender el yihadismo (2015).
     Esta radicalización yihadista ha llegado al punto de que, de los 1.900 millones de musulmanes existentes en la actualidad en el mundo, se estima que unos 75 millones se consideran yihadistas o apoyan, de un modo u otro, la guerra santa, la yihad. Y una parte de ellos se hallan en la vieja Europa, son musulmanes de 2ª o 3ª generación, nacidos entre nosotros, que han sufrido un proceso de radicalización en mezquitas o redes sociales.
     Resulta una evidencia la creciente influencia de la tendencia del wahabismo saudita como impulsara de la tendencia más rigorista del Islam. De este modo, el dictatorial régimen de Arabia Saudí, ante cuyos crímenes y violaciones de los derechos humanos muchos gobiernos europeos, también España, pretenden ignorar para salvaguardar proyectos e inversiones millonarias, es el que impone a los imanes y financia las mezquitas de muchas ciudades europeas, desde que el determinados casos se lanzan soflamas incendiarias contra nuestros valores y modelo de sociedad libre y tolerante. De este modo, no deben extrañarnos casos como el del portavoz de la mezquita de La Haya el cual, tiempo atrás, se opuso a la Declaración Universal de los Derechos Humanos alegando que se trataba de “una fundación ajena a Dios”.
     Demás de las necesarias medidas policiales, de seguridad, debiéramos de analizar otros temas como es el de la educación. Así, por ejemplo, tras los atentados de París del pasado 13 de noviembre, como señalaba Federico Gaon, las autoridades francesas comenzaron a “poner la lupa en la educación que se imparte dentro de las escuelas musulmanas, hasta entonces ajenas al escrutinio del Estado”. En este sentido, la educación islámica que ofrecen determinados currículums escolares, por un cierto complejo a “no ofender”, de no ser tachados de islamófobos, no han favorecido una lectura más racional y crítica de las fuentes religiosas musulmanas. Otros ejemplos de esta voluntad de “no ofender” sería el caso de Alemania, donde el pasado año diversos diputados alemanes del lander de Baviera rechazaron la propuesta de que todos los alumnos de Secundaria visitasen lugares del holocausto nazi como parte del currículo escolar.
     Otra consideración es relativizar, lo que Federico Gaon considera un “mito”, el de que el radicalismo prospera entre los musulmanes europeos cuando el Estado falla en su labor integradora, “asumiendo axiomáticamente que el desempleo y la marginalización son el saldo de la mala planificación de las políticas públicas”, dado que, aún siendo cierto, habría otras razones que explicarían esta radicalización y que no responden a motivos socioeconómicos. En este sentido, estaría la búsqueda de un sentido nuevo a unas vidas que estos jóvenes musulmanes consideran frívolas y materialistas y que, por ello, les acerca a identificarse como mensajes radicales, totalitarios, imbuidos de aparente legitimidad religiosa, lo que con acierto José Luis Trasobares a calificado como “islamofascismo”. De este modo, Maajid Nawaz, un británico de ascendencia pakistaní, antes extremista islámico, ahora político liberal, recuerda que los terroristas nos provienen solamente de los barrios pobres, y apunta el dato de que un considerable número de yihadistas globales tienen formación universitaria como lo prueba el hecho de que, en el 2011, el 45 % de los condenados en Gran Bretaña por vínculos con Al-Queda, tenía estudios superiores. Y ahí tenemos el conocido ejemplo de Yihadi John (Mohammed Emwazi), el tristemente célebre verdugo de los rehenes occidentales del EI, que tenía el grado en Tecnología por la Universidad británica de Westminster.
     Ciertamente, la Vieja Europa, esa vieja dama azotada por los avatares de la historia, vive tiempos de incertidumbre. La sociedad europea es vulnerable frente al azote del terrorismo yihadista pero esa debilidad es, a la vez, nuestra fortaleza, porque defendemos valores, porque creemos en el respeto a la diversidad, porque somos herederos de los principios enarbolados por la Revolución francesa hace más de dos siglos de libertad, igualdad y fraternidad y que cimentan nuestra convivencia social. Esa es nuestra fuerza para hacer frente a la barbarie.

José Ramón Villanueva Herrero
(publicado en: El Periódico de Aragón, 27 de marzo de 2016)





ALBERT EINSTEIN EN ZARAGOZA

ALBERT EINSTEIN EN ZARAGOZA

 

     En estas fechas en que ha sido noticia la comprobación de la existencia de las ondas gravitacionales, como predijo Albert Einstein en su Teoría General de la Relatividad, es buen momento para recordar la relación este científico, sin duda el más conocido y popular de los últimos tiempos, con la ciudad de Zaragoza.

    A principios de 1923 el sabio alemán realizó un viaje a España que le llevó, sucesivamente,  a Barcelona y Madrid. Al regreso de esta última, y por iniciativa del Jerónimo Vecino, físico de la Universidad zaragozana, Einstein,  el brillante Premio Nobel de Física de 1921,  accedió a desplazarse a ella para pronunciar dos conferencias en la Facultad de Medicina y Ciencias, actual Edifico Paraninfo, de la Universidad de Zaragoza, por las que cobró 575 pesetas por cada una de ellas,  además de otras 250 pesetas para gastos.

    La visita de Einstein, que tuvo lugar entre los días 12 y 14 de marzo, fue todo un acontecimiento que revolucionó la vida cultural de la capital aragonesa: de ella se hizo amplio eco  la prensa local (Heraldo de Aragón, El Noticiero, El Día)  y Thomas F. Glick, en su libro Einstein y los españoles. Ciencia y sociedad en la España de Entreguerras, le dedicó su capítulo 5º titulado “Einstein en Zaragoza”.

    Durante las 50 horas en que el eminente científico permaneció en la capital aragonesa, como recordaba Antón Castro, Einstein quedó gratamente impresionado por la gran acogida, tanto intelectual como afectiva, de que fue objeto. Por su parte,  Zaragoza se sintió muy honrada con la presencia del ilustre invitado y por ello,  Gonzalo Calamita aludió a la presencia de Einstein en la Universidad zaragozana como un “espléndido regalo científico” a la ciudad. Por aquel entonces Zaragoza era una capital provinciana, pero no era un yermo cultural: allí había dejado su impronta Ramón y Cajal y era destacable el trabajo científico que Antonio Gregorio de Rocasolano estaba llevando a cabo en su laboratorio de investigaciones bioquímicas, tema que interesó a Einstein, por lo que aprovecharía su estancia en la ciudad para visitarlo.

    De este modo, el lunes 12 de marzo de 1923, a las 6 de la tarde, a las dos horas escasas de su llegada a Zaragoza, Einstein pronunció en francés su primera conferencia que trató sobre su teoría de la relatividad. Con una expectación enorme y la sala abarrotada por escuchar al sabio, expuso sus teorías en un acto de gran relieve académico pues estuvo presidido por Ricardo Royo Villanova (rector de la Universidad), el general Mayandía (futuro ministro en la ya inminente dictadura del general Primo de Rivera), Gonzalo Calamita (decano de la Facultad de Medicina), Antonio Gregorio de Rocasolano y Manuel Lorenzo Pardo que clausuró el acto en su condición de Secretario de la Academia de Ciencias Exactas, Físico-Químicas y Naturales de Zaragoza, entidad que aprovecharía la visita de Einstein para nombrarlo miembro de la misma y que, fundada el 27 de marzo de  1916, cumplirá en unos días su primer centenario.

     La segunda conferencia se celebró al día siguiente, el martes 13 de marzo, en el mismo lugar que la anterior y en esta ocasión trató sobre “La estructura del Espacio”. Durante ella Einstein realizo diversas ecuaciones y dibujos en una pizarra. Este hecho hizo que el rector Royo Villanova propusiese que dicha pizarra se conservase intacta, tal y como la dejó el eminente científico  “para que quede algo perenne y constante del paso de Einstein por la Universidad […] a fin de poder mostrarlos a las generaciones venideras, como reliquias de la fecha de hoy” (Heraldo de Aragón, 14 marzo 1923). Ignoro si la famosa pizarra se conserva en la actualidad.

    El elevado nivel científico de dichas  conferencias sólo era comprensible para un reducido número de personas, aunque no por ello mermaba la fascinación del auditorio por Einstein: como señalaba Antón Castro, el diario El Día dejó constancia de su “veneración admirada” por el sabio mientras que  otro testimonio, con noble sinceridad reconocía: “No lo entiendo, pero es una eminencia”.

    Por su parte, la comunidad científica agasajó al ilustre invitado con una comida en el Casino Mercantil. Le dio la bienvenida, con un discurso en alemán, el filólogo Domingo Miral y, en su respuesta, Einstein hizo una mención a su patria, a aquella República de Weimar que, tras la derrota alemana en la I Guerra Mundial, se debatía en una profunda crisis económica y social, señalando, como apuntaba El Noticiero, “su confianza de que se llegue a salvar la crisis de Alemania para hacer posible la urgentemente necesaria reconstitución de Europa”. Ciertamente, el clarividente científico erró en su vaticinio pues la crisis de Weimar, no sólo socavó la democracia alemana, sino que fue el fermento del nazismo, de aquella bestia parda, que, tras llegar al poder en 1933, obligaría a Einstein, judío y antifascista, a exiliarse en Estados Unidos.

    La estancia de Einstein en Zaragoza, sus 50 horas en la capital aragonesa, de la que partió el 14 de marzo, el día de su cumpleaños, en el tren rápido de la tarde con destino a Bilbao, fue todo un hito destacable y recordado en la vida social y cultural de la ciudad. De este modo, en la Memoria de la Academia de Ciencias de 1923, redactada por Lorenzo Pardo, el ilustre ingeniero dejó constancia de ello al indicar  que, “Para la comunidad científica la visita de Einstein fue realmente significativa. No sólo su presencia honró a la ciencia aragonesa, sino que, además, el nombre de Zaragoza se vincularía en lo sucesivo a su prestigio”. Ahora, 93 años después, aquella  visita  de Einstein sigue siendo un recuerdo que perdura en la historia de la ciudad y, desde luego, también,  en  la de la Universidad de Zaragoza.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 14 marzo 2016)

 

EL SUEÑO DE UN PACIFISTA

EL SUEÑO DE UN PACIFISTA

 

 

 

    Todas las noticias que nos llegan de Oriente Medio están teñidas de sangre, odio y violencia: la guerra en Siria, la brutalidad del Estado Islámico en los territorios que domina, el eterno conflicto entre Israel y Palestina nos lo recuerdan cada día. Por ello, en estos tiempos de desesperanza se necesita, más que nunca, la luz que irradian el ejemplo y los ideales de determinadas personas. Este era el caso del pacifista israelí Abraham Jacob (“Abie”) Nathan (1927-2008).

    Nuestro protagonista había nacido en la ciudad iraní de Abadán, en el seno de una familia judía tradicional que más tarde se trasladaría a residir a Bombay, en la entonces India británica. Siendo un joven piloto de líneas aéreas, al estallar del guerra de Independencia de Israel en 1948, se unió a la defensa del joven Estado judío como piloto de combate en el frente de Galilea y participó en el bombardeo de  las aldeas árabes de Sa’sa y Tarshina, hecho éste que le provocó una profunda depresión y, ello hizo que, a partir de ese momento se convirtiese en un firme partidario del diálogo y la paz entre dos pueblos enfrentados: el palestino y el israelí.

    Años después, intentó poner en práctica las ideas pacifistas que había ido madurando gradualmente. Así, en 1965 se presentó como candidato al Knesset, el Parlamento de Israel con la promesa de intentar hablar de paz con Gamal Abdel Nasser, presidente de Egipto, y por aquel entonces principal enemigo de Israel. No salió elegido pero se reafirmó en que era necesario demostrar con su ejemplo que con el adversario se puede y se debe intentar dialogar. Fue por ello que el 28 de febrero de 1966 voló a Egipto en un avión pintado de blanco y en el que estaba escrita la palabra “paz” en hebreo, árabe e inglés. Nada consiguió pues, tras aterrizar en Port Said, se le negó la entrevista con Nasser y fue devuelto a Israel. Lo volvió a intentar al año siguiente con el mismo resultado infructuoso. Pese a estos fracasos y las burlas y críticas  de que fue objeto, Ben Gurión calificó la acción de Abie Nathan como “un acontecimiento de importancia moral y política, despertando respeto y no el ridículo” puesto que el vuelo a Egipto dio un nuevo rumbo a su vida y, a partir de entonces dedicó todas sus energías y recursos a lo que se convirtió en su razón de ser: el impulso del diálogo judeo-árabe, la promoción de la paz y la defensa de los derechos humanos.

     El hecho por el cual el compromiso pacifista de Abie es más conocido fue cuando, tras comprar un navío al que bautizó con el nombre de “Barco de la Paz”, instaló en él una emisora clandestina de radio que emitía desde aguas del Mediterráneo: había nacido “La Voz de la Paz”, cuya primera emisión tuvo lugar el 19 de mayo de 1973, unos meses antes del estallido de la guerra del Yom Kippur. Las emisiones del emblemático barco, anclado  en aguas internacionales, a 25 km. de la costa de Israel, fueron financiadas con la venta de las propiedades personales de Abie y con diversas donaciones internacionales, entre ellas de John Lennon, pues a ambos les unía un “Imagine” de la que debería ser un Oriente Medio en paz. Tal vez por este compromiso pacifista que siempre caracterizó a Lennon, éste tuvo prohibido durante años actuar en Israel.

    “La Voz de la Paz”, transmitió a lo largo de dos décadas, desde 1973 hasta 1993, sus emisiones para  todo el Oriente Medio (según la prensa inglesa tenía una audiencia de 23 millones de oyentes) y su programación, emitida durante las 24 horas del día, consistía en música (pop y rock) y, sobre todo, mensajes a favor de la paz, la concordia, la cooperación internacional. y temas de actualidad en hebreo y árabe. Los ingresos obtenidos por publicidad eran destinados a programas de ayuda humanitaria.

    Un rayo de esperanza para Abie  fue la firma del tratado de paz con Egipto (26 marzo 1979) pero no por ello cejó en su ideal pacifista y, coincidiendo con la guerra del Líbano de 1982, se entrevistó por primera vez  con Yasser Arafat, el carismático líder de la OLP, al igual que haría en un nuevo encuentro con el dirigente palestino refugiado en Túnez en septiembre de 1989. En ambas entrevistas, Abie intentó convencer a Arafat de la necesidad de que cesasen las acciones terroristas y que la OLP comenzase a negociar con Israel un acuerdo de paz. Este encuentro, que produjo una enorme polémica en la sociedad israelí, le supondría su detención al regreso a su país.

    A lo largo de sus campañas pacifistas, también realizó varias huelgas de hambre, entre ellas, la  de 1978, motivada por su rechazo a la construcción de asentamientos judíos en Cisjordania y Gaza,  o la que protagonizó en 1991 como protesta contra la ley israelí que prohibía reunirse con miembros de la OLP, por lo que fue condenado a 18 meses de cárcel. Curiosamente, estos hechos coincidieron con  la celebración de la Conferencia de Madrid (octubre 1991),  las primeras negociaciones directas  entre Israel y la OLP y en la que se empezó a vislumbrar una tenue esperanza de paz para tan enquistado conflicto.

    Tras los acuerdos de paz de Oslo de 1993, Abie decidió cesar las emisiones de “La Voz de la Paz” y el 28 de noviembre de ese año hundió simbólicamente el barco frente a las costas de Israel.  Sin embargo, desde entonces, tras los acontecimientos sangrientos que cada día tienen lugar, esta esperanza de paz justa y duradera parece haberse hundido más profundamente que aquel barco con el que Abie y Lennon soñaron empezar a imaginar la paz en el Próximo Oriente.

    Pese a sus fracasos, pese a su impulsiva ingenuidad, Abie fue un digno merecedor del Premio Nobel de la Paz, que nunca recibió. De Abie, al igual que Yossi Sarid, histórico dirigente de la izquierda israelí fallecido el pasado  4 de diciembre y cuya desaparición deja aún más huérfano si cabe al campo del pacifismo hebreo, nos queda su sueño pacifista y su quijotesco esfuerzo en defensa de los valores universales de la paz y la justicia como única forma de resolver los conflictos entre los pueblos enfrentados por el odio y la violencia.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 6 marzo 2016)

 

 

RECORDEMOS GURS

RECORDEMOS GURS

 

     La hecatombe humanitaria que supone la llegada de miles de inmigrantes a Europa en su desesperado intento de huir de las guerras y la represión que azotan sus países de origen, en su anhelo por construir un futuro, una nueva vida en esta Europa, tan próspera como en ocasiones insolidaria, nos trae a la memoria, inevitablemente, la historia de lo que supuso el exilio republicano español, aquel drama de derrota y sufrimiento, muchas de cuyas páginas se escribieron en tierras de Francia, como fue la historia del Campo de Gurs.

     Tras la caída de Cataluña en poder de las tropas franquistas en febrero de 1939, una marea humana de miles de republicanos españoles buscó refugio en Francia, donde nuestros compatriotas quedaron hacinados en improvisados campos en la costa del Rosellón como Argèles, Barcarès o Saint-Cyprien. Ante  la desastrosa situación sanitaria en la que se hallaban los exiliados allí retenidos, las autoridades francesas decidieron crear 6 nuevos “Campos de Acogida”, siendo uno de ellos el de Gurs, situado en este pequeño pueblo del Béarn, cercano a la frontera pirenaica aragonesa.

     El Campo de Gurs,  construido sobre una landa cenagosa estaba formado por 428 barracones de madera agrupados en 13 manzanas (“ilôts”). Cada barracón medía 24 x 6 m. y albergaba a 60 refugiados por lo que su capacidad total era de 18.500 internos, razón por la que, en 1939 se convirtió en la tercera mayor población del Departamento de Bajos Pirineos (actualmente, Pirineos Atlánticos) después de Pau, la capital, y de la ciudad de Bayona.

     Los primeros internados llegaron a Gurs en abril de 1939 y, durante ese año pasaron por él un total de 24.530 combatientes republicanos, cifra que el historiador Claude Laharie desglosa así: gudaris vascos (6.555), aviadores republicanos (5.397), brigadistas internacionales de 53 países distintos (6.808) y otros soldados republicanos (5.770), de ellos una buena parte de origen aragonés.

     Los “gursiens”, los internados en este campo, entre el barro y las alambradas, dada su condición de “rojos españoles”, fueron vistos con recelo y hostilidad por buena parte de la población bearnesa. No obstante,  en agosto-septiembre de 1939, la mayoría de los republicanos habían dejado Gurs por diversas razones: unos 6.000 fueron repatriados a España, donde la mayoría padecieron consejos de guerra, siendo ejecutados o condenados a largos años de cárcel.  Otros  encontraron trabajo en empresas y granjas del  Béarn pero, la mayor parte, tras estallar la guerra entre Francia y Alemania (3 septiembre 1939), se integraron en las Compagnies de Travalleurs Étrangères (CTE) como personal auxiliar para la realización de obras de fortificación. Otros muchos, se alistaron en el ejército francés para combatir al nazismo: tanto unos como otros, caerían prisioneros de las tropas hitlerianas tras la rápida ocupación de Francia, siendo deportados al campo de exterminio nazi de Mauthausen. Finalmente, otros  se integraron en el maquis: para estos guerrilleros la guerra mundial había empezado en realidad en 1936 y no cesaría hasta la caída del nazismo y de la dictadura franquista.

     Tras la rendición de Francia (22 junio 1940), el país galo fue dividido en una zona ocupada por Alemania y otra, llamada “zona libre”, en la que se estableció el régimen fascista de Vichy, aliado de los nazis y presidido por el mariscal Pétain. De este modo, Gurs pasó a depender de Vichy y se convirtió en un campo de prisioneros donde el régimen petainista internó a quienes consideraba la “anti-Francia”: resistentes, militantes de izquierda y judíos. Así, entre 1940-1943 pasaron por Gurs 18.185 judíos (entre ellos, la filósofa Hannah Arendt) y, de ellos, 3.907 fueron enviados al campo de exterminio de Auschwitz y, el resto, transferidos a otros campos para su posterior deportación.

     Tras la liberación del Béarn en agosto de 1944 y hasta su cierre definitivo en 1945, Gurs pasó a tener nuevos inquilinos pero esta vez eran prisioneros alemanes, colaboracionistas  y miembros del pronazi Partido Popular Francés (PPF).

    En la actualidad, Gurs es un Memorial nacional de la República Francesa en homenaje a las víctimas de las persecuciones racistas y antisemitas y de los crímenes contra la Humanidad cometidos por el régimen de Vichy. Emociona de forma especial la visita al cementerio judío de Gurs, donde 1.073 tumbas idénticas hermanan a todos los que allí sufrieron y murieron. En uno de sus lados, un memorial honra a los republicanos españoles y a los brigadistas internacionales de los cuales una lápida conmemorativa nos recuerda que, “Pagaron con su vida su combate por la libertad y la democracia”. Todas sus tumbas están adornadas con cintas tricolores y una flor, junto al silencioso respeto de los que las visitamos. Entre ellas, se hallan las de algunos aragoneses, como la del zaragozano Gregorio Luna Fernández o la del ansotano Francisco Pérez-Cativiela.

    Rememorando la historia  de Gurs, resulta muy oportuna la frase de Artur London cuando decía que “se recuerda para preparar un futuro más justo, más fraternal y sin guerras”. Ahora, cuando el germen de la xenofobia y el fascismo se incuba de nuevo en Europa, cuando el Frente Nacional amenaza los valores de la República Francesa, la memoria de Gurs y el recuerdo de tanto sufrimiento debe impulsarnos a ser más solidarios con quienes ahora, como ocurrió en 1939, se ven obligados a abandonar su país en busca de un futuro mejor. Gurs es un lugar que apela a nuestra memoria y a nuestra conciencia, al deber moral de recordar lo allí sucedido, especialmente a las jóvenes generaciones,  para inmunizarnos ante cualquier actitud intolerante, xenófoba o racista, las cuales, por desgracia, se están extendiendo peligrosamente en estos tiempos  de profunda crisis global.

     La lección y el recuerdo de Gurs, a un lado y otro del Pirineo, sigue siendo un legado moral que nos insta a evitar que surjan nuevas alambradas y odios que vuelvan a aprisionar y oprimir a cualquier persona por razones políticas, de raza, religión, condición social o económica.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en El Periódico de Aragón, 7 febrero 2016)

 

 

SILENCIOS, MENTIRAS E HIPOCRESÍAS

SILENCIOS, MENTIRAS E HIPOCRESÍAS

 

     Los hechos históricos, así como la interpretación de los mismos han sido con frecuencia instrumentalizados desde el poder,  en todo tiempo y lugar, en su propio beneficio pues, como decía Luis Algorri, las manipulaciones de la historia constituyen uno de los delitos intelectuales más viejos del mundo. Los ejemplos de ello son tan numerosos con diversos.

     En ocasiones, hay una historia que se silencia. Así,  40 años después de la muerte de Franco, el dictador genocida de  vidas y libertades, siguen pendientes tantas losas, pesadas y dolorosas, tantos silencios, sobre la magnitud criminal de lo que supuso el franquismo, de esa amnesia deliberada impuesta en la Transición y que atenta contra los mismos cimientos y valores de una sociedad que se precia de ser democrática. Ahí están, todavía, los centenares de fosas de víctimas de la represión que salpican nuestra geografía y nuestras conciencias, el, todavía pendiente reconocimiento jurídico de las mismas. Aún está pendiente la aplicación decidida de políticas públicas de la memoria democrática iniciada tímidamente por la Ley de Memoria Histórica de 2007 impulsada por el ejecutivo de Rodríguez Zapatero y que paralizó el anterior gobierno de Rajoy; la reparación debida a quienes sufrieron la represión no sólo física, sino también económica, durante el dictadura; la aplicación de la legislación penal universal y el principio de justicia universal  a los responsables de estos crímenes; la supresión definitiva de la simbología y nomenclátor franquista  de nuestros pueblos y ciudades; la cuestión de los niños robados, la inclusión de estos temas en el currículum educativo, etc.

     En otras ocasiones, hay otra historia que se manipula, que se mitifica,  con mayor o menor descaro. Este es el caso de la construcción de historias “nacionales” con una finalidad de exaltación política. Lo hizo el nacionalcatolicismo en el pasado, lo hacen los nacionalismos secesionistas en la actualidad. En este sentido el caso de la instrumentalización  interesada de la historia de Cataluña resulta un claro ejemplo. Como ha puesto en evidencia  el historiador José Luis Corral en su libro La Corona de Aragón. Manipulación, mito e historia (2014), en el cual desmonta esta manipulación histórica que pretende presentar a Cataluña como lo que nunca fue, entre otras cosas, como un “reino” cabeza de una supuesta “corona catalano-aragonesa”. Estos delirios nacionalistas  también los hallamos en otros períodos de la historia previamente “catalanizada”, como los de Enric Guillot en su libro Descoberta i conquista catalana de América (2012) en el que se alude al descubridor “Cristófor Colom” como un “miembro de la Casa Real catalana”,  infundio que también “avala” Catalonia Tours al señalar  que “Sólo la constante voluntad de aniquilar la memoria histórica catalana por parte de los españoles  explica la nacionalidad de Cristóbal Colon haciendo creer que era genovés”. En este misma línea de apropiaciones indebidas hallamos las “investigaciones” de Jordi Alsina y del Institut de la Nova Historia, panfletario difusor de una “historia” tan nueva que no existe, en las cuales se defiende la catalanidad de, además de Colón, de figuras como Cervantes, Teresa de Jesús, Hernán Cortés o los aragoneses Miguel Servet, Pablo Gargallo y Segundo de Chomón. Sin comentarios.

     También hay otra historia que se desvirtúa con una evidente hipocresía. Este es el caso de algunos actos de recuerdo y memoria de determinados hechos históricos cuya celebración contradice el auténtico sentido de los mismos. Citaré tan sólo dos ocurridos el pasado año. El primero de ellos tuvo lugar en París el 3 de junio y en el cual los reyes de España homenajearon a los 146 soldados republicanos españoles de “La Nueve”, la 9º Compañía  de la 2ª División Blindada  de la Francia Libre, la División Leclerc, que tan destacado papel tuvieron en la liberación de la capital gala frente al nazismo durante la II Guerra Mundial. Durante dicho acto, Felipe VI, definió este homenaje como un “símbolo de la libertad y la tolerancia”, destacando, también el heroísmo de La Nueve  “en la lucha contra el totalitarismo”. No obstante, fue un acto que resultó hiriente e hipócrita para los sectores republicanos, tanto de España como entre  los descendientes del exilio, dado que la monarquía restaurada tras la muerte de Franco, nunca ha tenido ningún gesto, ninguna palabra, ningún homenaje, ni durante el reinado de Juan Carlos I ni ahora con su hijo Felipe VI, para las víctimas del franquismo en territorio español, para con los 114.226 compatriotas nuestros que, según Emilio Silva, están a fecha de hoy, todavía, desparecidos  como consecuencia de la represión de la dictadura y yacen en las fosas de la infamia a lo largo de tantas cunetas y cementerios de nuestra España.

    Otro ejemplo sería la ofrenda floral realizada por Pedro Sánchez, secretario general del PSOE el pasado 29 de agosto al monumento al presidente de México Lázaro Cárdenas en la capital azteca. Este monumento, erigido en 1974 según un proyecto  del arquitecto socialista turolense Francisco Azorín Izquierdo, en colaboración con su hijo Ángel y su nieto Telmo, también arquitectos, fue erigido por los colectivos del exilio republicano español en homenaje y agradecimiento al presidente Cárdenas,  que a tantos miles de republicanos españoles acogió (en torno a 25.000 entre 1939 y 1942)  tras el final de nuestra guerra civil. En dicho acto, la corona de flores bicolor que depositó Pedro Sánchez no resultaba adecuada en un monumento proyectado y financiado por el exilio republicano y mejor hubiera sido ofrendar una corona tricolor o, también, una de solamente flores rojas, más adecuada a la identidad auténtica de los ideales socialistas.

    Ante ejemplos como los citados, no resulta ni ético ni  aceptable todos estos usos interesados de la historia y, frente a los que así actúan, les recordaría, como dice Joan Manuel Serrat en una de sus canciones que, “no es amarga la verdad, lo que no tiene es remedio”.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 18 enero 2016)