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Kiryat Hadassa: el blog de José Ramón Villanueva Herrero

Oriente Medio

RABINOS Y DERECHOS HUMANOS

RABINOS Y DERECHOS HUMANOS

 

     Durante el pasado año 2010 hemos constatado el doloroso naufragio (¿definitivo?) del proceso de paz entre Israel y la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Prueba de ello han sido un cúmulo de noticias negativas que han ido arrumbando la tímida esperanza de paz cuya llama parece apagarse por momentos: brutal represión israelí contra la Flotilla de la Libertad que pretendió llegar a la bloqueada Gaza, política de construcciones por parte de Israel en Jerusalem Este tras el fin de la moratoria que, temporalmente las había paralizado, todo ello unido a la creciente derechización del Gobierno y la sociedad israelí, con un Partido Laborista (Avodá) desnortado, con Meretz, el partido de la izquierda pacifista israelí cada vez más débil y con la ausencia de la necesaria presión política y diplomática de los EE.UU. y de Obama para forzar a Israel a asumir con valentía el rumbo hacia la paz justa y definitiva mediante las concesiones políticas y territoriales que ello comporta.

     Por si fuera poco, en fechas recientes, se ha agitado en el siempre convulso Oriente Medio el espectro de los enfrentamientos religiosos como lo prueban los recientes atentados contra las comunidades cristianas de Irak y Egipto. Estos hechos nos plantean el papel ético que debe de tomar la religión, todas las religiones, a la hora de defender la paz y la justicia en estas tierras tantas veces ensangrentadas. Pienso por ello que sería deseable una mayor implicación y compromiso de la Iglesia Católica  para trabajar a favor de la paz y la reconciliación en Eretz Israel, Palestina y el conjunto de Oriente Medio, al igual que, en el ámbito del Islam,  también resulta indispensable que se dejen oír voces en esta misma dirección, que recojan lo mejor de la tradición musulmana y que frenen el creciente radicalismo islamista.

      En este contexto, el mayor compromiso moral a favor de la paz corresponde a la parte más poderosa, al lado israelí, no sólo desde el campo de la política, sino también del religioso. De hecho, en ocasiones, encontramos pequeños gestos, testimonios sencillos, muy minoritarios, pero que nos reavivan de tanto desánimo. Este es el caso de la labor desarrollada por la asociación Rabinos por los Derechos Humanos (Rabbis for Human Rights, RHR, sus siglas en inglés).

      Desde su fundación en 1988, RHR se ha convertido en la voz rabínica de la conciencia de Israel realizando campañas en apoyo de los derechos de las minorías drusas y beduinas existentes en Israel, y sobre todo en apoyo de los atropellos cometidos con la población palestina y los trabajadores extranjeros, promoviendo la igualdad de la mujer y otras actividades diversas, siempre con el objetivo de evitar la violación de los derechos humanos en Israel, denunciando éstos ante los tribunales y la opinión pública y presionando a las autoridades correspondientes para su reparación. De este modo, Rabinos por los Derechos Humanos (RHR), ha asumido un firme compromiso de denuncia de toda injusticia, rechazando cualquier “complicidad silenciosa” con la prepotencia de las autoridades israelíes y sobre todo de grupos ultraderechistas de colonos judíos  para con la población palestina.

     La labor de este grupo de rabinos procedentes de las distintas corrientes del judaísmo (conservadores, reformistas, liberales y restauracionistas), y que no se halla vinculado a ningún partido político, está impulsada por tres principios básicos: las obligaciones religiosas y éticas recogidas en las escrituras sagradas hebreas, su compromiso constitucional con los valores de la democracia y la justicia y, por último, porque, como judíos, saben muy bien lo que significa estar oprimidos a lo largo de la historia.

     Por todo lo dicho, este grupo de rabinos ha denunciado continuamente la construcción del Muro levantado por Israel en Cisjordania, el bloqueo de Gaza, ha promovido junto con otras  organizaciones israelíes y palestinas de Derechos Humanos campañas para suspender la expulsión de palestinos desde Cisjordania a Gaza, o la llevada a cabo junto con el partido Meretz, Voz Judía por la Paz y la Alianza para la Paz en Oriente Medio (ALLMEP) para poner fin a la destrucción por parte de la Administración de Tierras de Israel (ILA) de los poblados beduinos árabes existentes en la región de Neguev, cuyo momento álgido tuvo lugar en la aldea beduina de Al-Arakib, en julio del pasado año. De igual modo, RHR ha tenido una participación decidida en la defensa de las tierras palestinas de Cisjordania frente a las apropiaciones ilegales llevadas a cabo por los colonos judíos ultranacionalistas de los asentamientos allí existentes. En este sentido, el rabino Arik Ascherman, dirigente de los RHR, convertido en escudo humano para proteger a los palestinos, y por ello varias veces detenido y golpeado, fue quien promovió la recuperación de las tierras palestinas de la aldea de Qaryout a través de demandas legales interpuestas ante los tribunales de Israel.

     La labor de RHR le valió la concesión del Premio de la Calidad de Vida en el campo de la mejora del Estado de Derecho y los valores democráticos, la protección de los Derechos Humanos y el fomento de la tolerancia y el respeto mutuo concedido por el Knesset, el Parlamento de Israel en 1993, y el Premio Anual de la Paz concedido en Japón por el Comité del Premio Niwano en reconocimiento a sus esfuerzos para promover la paz en un contexto interreligioso (2006). Como dijo Gunnar Stalsett, obispo luterano emérito de Oslo y Presidente del Comité Niwano en el acto de entrega del citado premio: “los rabinos se las han arreglado para reconstruir los hogares de los palestinos que el ejército israelí destruyó, ayudaron a los palestinos a mantener sus tierras, a recoger la cosecha de aceituna, a plantar, a proporcionarles más de 10.000 árboles para las tierras palestinas, y se han unido a otras organizaciones que se oponen al “Muro de Separación” que expropia tierras palestinas, separa a las personas de sus tierras y divide y rodea las ciudades y pueblos”.

    Ciertamente, los Rabinos por los Derechos Humanos, con su labor y compromiso, son un gesto pequeño, pero que supone un rayo de esperanza para Eretz Israel y para Palestina. Como también tiene que ser esperanzador el compromiso asumido por varios países, entre ellos España, de reconocer oficialmente al Estado Palestino durante el presente 2011, un compromiso que resulta inaplazable después de tantos fracasos y decepciones acumulados a lo largo del nefasto año que acaba de concluir.

 

     José Ramón Villanueva Herrero

     (publicado en El Periódico de Aragón, 9 enero 2010)

 

EL CONDE DE BALLOBAR: UN DIPLOMÁTICO ESPAÑOL EN JERUSALEM

EL CONDE DE BALLOBAR: UN DIPLOMÁTICO ESPAÑOL EN JERUSALEM

     En los últimos años, se ha recuperado la memoria histórica de Ángel Sanz Briz (1910-1980), diplomático zaragozano que salvó la vida varios millares de judíos en Budapest en medio de la inmensa tragedia que supuso el Holocausto (Shoáh) durante la II Guerra Mundial. No obstante, menos conocida resulta la figura de otro diplomático, también vinculado a Aragón, llamado Antonio de La Cierva Lewita, Conde de Ballobar. Gracias a él, y a las anotaciones recogidas en su Diario, publicado hace unos años (Diario de Jerusalem, 1914-1919, Madrid, Nerea, 1996), nos podemos aproximar a la compleja realidad de la Tierra de Israel, de la Palestina turca, durante los años de la I Guerra Mundial (1914-1918), coincidentes con el fin  de la ocupación otomana de la zona y con los inicios del movimiento sionista.

      Antonio de La Cierva Lewita (Viena, 1885- Madrid, 1971), era hijo del agregado militar Plácido de La Cierva y de María Luisa Lewita, una judía austríaca convertida al catolicismo. Fallecida tempranamente ésta, su padre se casó de nuevo con María Luisa de las Heras y Mergelín, condesa de Ballobar, pasando así buena parte de su infancia en Zaragoza, lugar donde residía su madrastra. En 1911 ingresó en la carrera diplomática, ocupando a partir de entonces diversos cargos: vicecónsul en La Habana, cónsul en Jerusalem (1914-1919), cónsul en Tánger (1920-1921), Primer Secretario ante el Vaticano (1938-1939) y, nuevamente cónsul en Jerusalem (1949-1952) ya que el general Franco, a pesar de que nunca reconoció al Estado de Israel, mantuvo siempre abierta la legación diplomática española en la ciudad jerosolimitana.

     El Diario del conde de Ballobar, en el que  aparecen datos de interés histórico y diplomático, comenzó a escribirlo en 1914, cuando con 29 años, se hizo cargo del consulado español en Jerusalem. Por entonces, la I Guerra Mundial acababa de iniciarse ensangrentando las tierras de Europa y se extendía igualmente a las colonias de las respectivas potencias beligerantes. Recordemos que, en estos momentos, Palestina para los árabes, la Tierra de Israel (“Eretz Israel”), para los judíos, formaba parte del Imperio Turco, el cual estaba aliado militarmente con los imperios centrales (Alemania y Austria-Hungría) frente al bloque formado por Francia, Inglaterra, Rusia, Italia y, más tarde, Estados Unidos. Por su parte, España, país de segundo orden en el ámbito internacional, mantuvo, afortunadamente, una posición de neutralidad.

     Como consecuencia del conflicto, las potencias occidentales enfrentadas a Turquía, delegaron sus intereses diplomáticos en el Consulado de España en Jerusalem a cuyo frente estaba el conde de Ballobar. Por ello, éste asumió una importante labor pues, a medida que la guerra avanzaba, debió de hacerse cargo ante las autoridades turcas de Palestina de las legaciones de Francia, Italia, Montenegro, Rumanía, Rusia, Gran Bretaña y Estados Unidos. A todas estas potencias aliadas habría que añadir que, a partir de noviembre de 1917, en vísperas de la ocupación militar de Jerusalem por los británicos, se encargó también de los intereses diplomáticos de Alemania y Austria-Hungría, razón por la cual Ballobar era conocido con el calificativo de “cónsul universal”.

     En medio de la guerra, su labor diplomática fue  incesante: defendió ante las autoridades turcas todos los edificios religiosos católicos hasta entonces bajo protección de Francia, gestionó un canon especial para los templos protestantes que los salvaguardase de las rapiñas otomanas, realizó diversas gestiones para liberar a religiosos y personalidades judías que habían sido deportadas a Siria, etc.

     El conde de Ballobar no oculta en sus Diarios su profundo desprecio hacia el dominio turco sobre Palestina-Eretz Israel, así como la cuestionable capacidad militar otomana durante la contienda. Por ejemplo, destaca el estrepitoso fracaso militar de los turcos y sus aliados alemanes y austro-húngaros ante el canal de Suez, a la vez que, con cierta sorna de raíz aragonesa, se burla del ejército turco anotando cómo “se batieron brillantemente… desde la retaguardia”. Pero el acontecimiento más destacable para Ballobar fue, sin duda, la ocupación por los británicos de Jerusalem el 9 de diciembre de 1917, razón por la cual describe el recibimiento entusiasta que cristianos y judíos ofrecieron a las tropas del general Allenby. De este modo, se ponía fin  a cuatro siglos de dominación turca sobre Tierra Santa y se abría la puerta al futuro Mandato británico sobre Palestina que se prolongó hasta el establecimiento del Estado de Israel en 1948.

     En el complejo y agitado mapa del Oriente Medio de aquellos años, el conde de Ballobar nos destaca las principales claves políticas y geoestratégicas que movían los intereses de las grandes potencias en Tierra Santa en la fase final del desmoronamiento del imperio turco. El dilema era que, tras el fin de la dominación otomana,  había dos opciones posibles (y contrapuestas): o se constituía una “gran nación árabe”, o se fragmentaba el Oriente Medio sobre la base de los intereses coloniales de Francia y de Inglaterra. Se optó por esta última solución en la Conferencia de San Remo (1920), pasando Francia a ocupar Siria y Líbano e Inglaterra se posesionó de Palestina e Iraq. De este modo, no sólo se generaba un sentimiento nacionalista panárabe contra dichas potencias europeas, sino que se obviaba la creación de un Hogar Nacional Judío en Eretz Israel, tal y como había propuesto la Declaración Balfour de 1917.

     Ballobar alude igualmente al tema de la cuestión sionista, ante el que evidencia un cierto lastre, fruto de prejuicios inherentes a su carácter de católico tradicional y de su ideología marcadamente conservadora. No entiende los objetivos del movimiento sionista más allá de sus innegables logros agrícolas, anotando acertadas descripciones de los viveros, plantaciones y riegos que va descubriendo en sus visitas a Rishon-le-Tzion, Rehovot o Petah-Tikvá. Sin embargo, rechaza las prácticas religiosas del judaísmo a pesar de que su madre perteneció al pueblo de Israel y manifiesta un profundo escepticismo hacia el futuro del sionismo, sobre todo tras los primeros incidentes entre árabes y judíos ocurridos en Jerusalem  en 1918 con motivo del primer aniversario de la Declaración Balfour.

     Sobre el futuro de Jerusalem, ciudad por todos disputada, Ballobar defiende la idea del general Storss, Gobernador Militar británico de Palestina, para quien la mejor solución sería “entregársela a los americanos”, si bien, acto seguido, se apresura a señalar que ello “no haría buena impresión entre cristianos y musulmanes”. De este modo, se esbozaba por primera vez la idea de crear un status político especial para Jerusalem, antecedente de ulteriores propuestas de internacionalización de la Ciudad Santa.

     A través del Diario del conde de Ballobar, a pesar de los condicionantes ideológicos y religiosos propios de su época y su contexto social, se ofrece una aproximación a un período tan interesante como desconocido de la historia de Palestina-Eretz Israel. Por ello, el Diario de aquel joven diplomático cuya infancia transcurrió en Zaragoza, evoca con emoción y nostalgia a aquella tierra, tan santa como disputada y sangrienta, en la cual “se ha desarrollado la historia más interesante de la humanidad”. Una tierra, Palestina-Eretz Israel, que a nadie nos deja indiferentes.

 

     José Ramón Villanueva Herrero

     (Diario de Teruel, 12 septiembre 2010)

 

ESPERANZA EN JERUSALEM

ESPERANZA EN JERUSALEM

          

        Estamos acostumbrados por desgracia a recibir siempre malas noticias del enquistado y sangriento conflicto palestino-israelí, por ello, cualquier pequeño atisbo de entendimiento, cualquier gesto positivo entre las partes enfrentadas, supone un rayo, por tenue que sea, de esperanza hacia el camino de la paz en Oriente Medio. Algo así ha ocurrido con el acuerdo firmado por Israel, la Autoridad Nacional Palestina (ANP) y Jordania para preservar la Ciudad Vieja de Jerusalem,  alcanzado en la 34ª reunión del Comité del Patrimonio Mundial de la UNESCO reunida en Brasilia a finales del pasado mes de julio. Dicho acuerdo, calificado de “inédito” e “histórico”,  pretende,  mediante un plan de acción conjunta, preservar el cuantioso legado jerosolimitano, una ciudad considerada como Patrimonio Mundial de la Humanidad.

        Al recordar el reciente acuerdo de Brasilia, me viene a la memoria otro acuerdo, actualmente arrumbado por la dramática realidad de los hechos, pero que es de gran importancia para alcanzar una paz justa y definitiva en Oriente Medio: el Acuerdo de Paz de Ginebra de 1 de diciembre de 2003. Este, aunque nunca contó con el respaldo oficial del Gobierno de Israel, suponía un puente hacia la paz tendido entre una delegación israelí encabezada por Yossi Beilin (exministro de Justicia y dirigente del partido pacifista Meretz) y otro grupo de negociadores palestinos  liderado por Yasser Abed Rabo (exministro de Comunicaciones de la ANP).

        El Acuerdo de Ginebra, tal y como se dice en su preámbulo, es una vía para buscar una “reconciliación histórica” entre Israel y Palestina, a la vez que podría abrir el camino para el entendimiento futuro entre el Mundo Árabe e Israel. A lo largo de sus 17 artículos, ampliamente desarrollados, además de reconocer al Estado de Palestina, se intentaba dar respuesta a temas tan difíciles y espinosos como la cuestión de los territorios y las fronteras definitivas entre Israel y Palestina, el futuro de los asentamientos judíos, el retorno de los refugiados palestinos o la cuestión de Jerusalem. A este último tema me referiré seguidamente, al cual se dedica el muy amplio artículo 6º del Acuerdo de Ginebra.

        De entrada, se destaca la “importancia universal, histórica, religiosa, espiritual y cultural” de Jerusalem, así como su carácter sagrado para el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam. Seguidamente, se reconoce una reivindicación de la ANP de gran calado político y simbólico al considerar a Jerusalem como capital de los dos Estados (Israel y Palestina), al señalar que “las partes tendrán sus respectivas capitales, que reconocerán recíprocamente, en áreas de Jerusalem que estén bajo su soberanía” (art. 6.2).

        Por lo que se refiere al Monte del Templo (Al-Haram-al Sharif), el acuerdo contempla que se halle controlado por una Presencia Internacional, en la que además de los miembros del Grupo de Implementación y verificación (GIV), esto es, Estados Unidos, Rusia, la Unión Europea y la ONU, habría otros miembros designados por las partes, incluyendo también a representantes de la Organización de la Conferencia Islámica (OCI). De este modo la labor de la Presencia Internacional, sería la de responsabilizarse de la seguridad y conservación del Monte del Templo durante un período transitorio tras el cual, “el Estado de Palestina podrá declarar su soberanía sobre el recinto” (art. 6.5.III.A). También se contempla la polémica cuestión de las excavaciones arqueológicas en el Monte del Templo, tema éste que ha sido objeto de alegaciones por parte de Jordania en la citada reunión de la UNESCO celebrada en Brasilia. Pues bien, sobre este punto, el Acuerdo de Ginebra señala expresamente que “no podrán realizarse excavaciones o construcciones dentro de su perímetro a menos que sean aprobadas por ambas partes” (art. 6.5.II.A), con lo cual se evitarían las tensiones ocasionadas por las excavaciones israelíes en un recinto que, además de para el judaísmo, tiene un importante valor religioso para el Islam.

        En cuanto a la Ciudad Vieja, ambas partes reconocen que se trata de “un todo que reviste un carácter único”, comprometiéndose por ello a preservarla conforme a las disposiciones de la UNESCO. En materia de seguridad, se proponía la creación de una Unidad Policial, formada conjuntamente por destacamentos policiales tanto palestinos como israelíes, además de reconocer la “libre e ilimitada” circulación dentro de la Ciudad Vieja y señalar que quedarían bajo soberanía israelí lugares tan significativos para el judaísmo como el Muro de las Lamentaciones, la ciudadela de David o el cementerio del Monte de los Olivos.

        Igualmente, el Acuerdo de Ginebra contempla la cuestión de la coordinación municipal de las zonas de soberanía palestina e israelí. De este modo, las dos municipalidades constituirán un Comité de Coordinación y Desarrollo de Jerusalem (CCDJ) el cual tendría como competencias la coordinación de infraestructuras y servicios de la ciudad bicapital de dos Estados, además de “alentar el diálogo intercomunitario y la reconciliación” (art. 6.11.II). Ciertamente, de haberse aplicado de forma efectiva el Acuerdo de Ginebra y haberse reconocido oficialmente el Estado de Palestina, es posible que el CCDJ hubiese evitado la reciente crisis generada por el desmesurado proyecto de construcción de viviendas judías en los barrios de mayoría árabe del área de Jerusalem.

        Como vemos, una tenue luz se abre paso en Jerusalem frente a tanta intolerancia, fanatismo, odios y violencia. Es muy poco para resolver un problema de tan gran magnitud, pero se necesita infundir una nueva esperanza, dar una nueva oportunidad a la paz. La utopía todavía es posible y el Acuerdo de Ginebra, si se tiene el coraje político de retomarlo como forma de desbloquear las negociaciones de paz, puede ser un buen camino, siempre mejorable, en el intento de lograr una solución política y efectiva a un conflicto que ha costado demasiada sangre inocente. Y es que, como señalaba tiempo atrás con pragmatismo Shlomo Ben Ami, “la cuestión no es buscar el mejor acuerdo posible, sino el más cercano a la mejor solución”. Esa es precisamente la razón de ser del Acuerdo de Ginebra de 2003 y la necesidad de retomarlo en la actualidad.

 

        José Ramón Villanueva Herrero

        (publicado en Diario de Teruel, 4 agosto 2010 ; El Periódico de Aragón,

         7 agosto 2010)

 

JERUSALEM: VIVIENDAS CONTRA LA PAZ

JERUSALEM: VIVIENDAS CONTRA LA PAZ

    

     El pasado 9 de marzo, coincidiendo con la visita a Israel de Joe Biden, vicepresidente de los EE.UU., el Servicio de Planificación del distrito de Jerusalem anunciaba la construcción de 1.600 viviendas en el barrio de Ramat Shlomo, situado más allá de la Línea Verde, esto es, en el Jerusalem oriental árabe. Dos días más tarde, el diario Haaretz desvelaba los planes de la Municipalidad de Jerusalem para la construcción en años futuros de otras 50.000 viviendas ya que, ante la congelación de las edificaciones por parte de las autoridades hebreas en Cisjordania, había aumentado la presión para construir cada vez más viviendas en el distrito jerosolimitano. De hecho, la derecha política y los colonos judíos, contrarios al proceso de paz con los palestinos, no ocultan su intención de establecer un “Gran Jerusalem” a costa de expandirse hacia la zona este, esto es, hacia el sector árabe de la ciudad.

     Esta situación ha tenido inmediatas y muy negativas consecuencias en el complejo tablero político y diplomático de Oriente Medio. Tal es así que la Autoridad Nacional Palestina (ANP) ha suspendido las negociaciones de paz con Israel que ahora se reiniciaban de forma indirecta con el apoyo de los EE.UU. y de la Liga Árabe. Este hecho ha supuesto, además, un nuevo desprestigio internacional para Israel pues la polémica decisión urbanística ha sido repudiada no sólo por el mundo árabe sino también por la ONU, la Unión Europea y lo que es toda una novedad, por su incondicional aliado norteamericano.

     Resulta importante señalar que la condena de los EE.UU. supone un cambio significativo en la relación histórica y estratégica que une a ambos países. Además del duro comunicado de repulsa hecho público por el mismo Biden, éste, en una conferencia pronunciada en la Universidad de Tel Aviv el pasado 11 de marzo, equiparaba como obstáculos para la paz, además del terrorismo islamista de Hezbolá y Hamas, a los ilegales asentamientos judíos al señalar que “Israel debe ser responsable  y saber cuáles son sus obligaciones en el proceso de paz. EE.UU. debe de seguir criticando cualquier gesto de ambas partes que suponga un problema para la negociación” pues, “a veces, sólo un amigo puede decir la verdad aunque sea dolorosa”.

     A esta condena se ha sumado toda una ola de protestas e indignación por parte del ciertamente debilitado campo de la izquierda pacifista israelí. De todo ello se hacía eco  el diario Haaretz en su edición del 11 de marzo en donde varios artículos de opinión incidían en este tema. Un periodista tan comprometido con la paz como Ari Shavit no dudaba en denunciar estos proyectos constructivos a los que calificaba como “grave error” en un momento en que la “coyuntura crítica” que vive Israel ante la amenaza nuclear iraní “no tiene precedentes” y cuando era más urgente que nunca el favorecer la alianza con los EE.UU. A ello, añadía, habría que sumar dos “problemas fundamentales”: la debilidad del Gobierno Netanyahu, cada vez más escorado a la derecha y rehén de los partidos ultraortodoxos como el SHAS, y la continuidad de la ocupación de los territorios palestinos. La conclusión de Shavit es demoledora al señalar que, “el presidente iraní Mahmoud Admadinejad no tiene hoy mejor aliado que la derecha israelí. Nadie está ayudando a los fanáticos chiítas más que los fanáticos judíos. Día tras día, los asentamientos de la Ribera Occidental sirven a las centrifugadoras de Natanz. Si el Israel sensato no despierta, será derrotado por la metástasis de la ocupación y la falta de capacidad del Gobierno”.

     En esta misma línea incidía Gideon Levy, uno de los más prestigiosos periodistas de Israel, siempre comprometido con la paz y en la denuncia de la “ceguera moral” de la sociedad hebrea ante los actos de guerra y ocupación, tal y como lo puso de manifiesto con sus duras críticas a la intervención del ejército de Israel (Tzahal) en la pasada invasión de Gaza. Levy, que califica a los asentamientos como “la empresa más criminal en la historia de Israel”, culpabilizaba directamente de la decisión de construir las polémicas viviendas en Jerusalem a Eli Yishai, ministro del Interior y dirigente del partido ortodoxo sefardí SHAS, a los que responsabilizaba de truncar una vez más las esperanzas de alcanzar algún día la paz en un momento en que, tal vez con excesivo optimismo, señalaba que “las conversaciones indirectas con los palestinos estaban en el aire, la paz estaba llamando a la puerta, y la ocupación llegando a su fin". La conclusión de Levy es que, como consecuencia de la crisis de las viviendas de Jerusalem, “América finalmente comprenderá que no pasará nada si no ejerce una presión real sobre Israel”. Ciertamente, ahí está la única (y última ?) posibilidad de reconducir un proceso de paz agónico. Ante la debilidad de la izquierda pacifista israelí, ante un gobierno de coalición hebreo controlado por la derecha intransigente y sin una voluntad real de lograr “la paz de los valientes” con la que soñaba el malogrado Yitzhak Rabin,  sólo una firme y continuada presión de los EE.UU. sobre Israel puede hacer posible que se den pasos decisivos hacia la paz. Y el primer paso, como señalaban Avi Issacharoff y Amos Harel, también desde las páginas de Haaretz, es que ni Washington ni tampoco la comunidad internacional (la Unión Europea incluida) permitan los proyectos de expansión urbanística israelíes en el Jerusalem Oriental.

     Igual de contundentes han sido las declaraciones de la organización activista de izquierda Ir Amim (Ciudad de las Naciones) fundada en 2004 y que se esfuerza por buscar una solución política para Jerusalem, razón por la cual defiende que ésta se convierta en capital de las dos naciones que coexisten sobre un mismo territorio: Israel y Palestina. Es por ello que Orly Noy, portavoz de Ir Amim, ha sido claro en esta polémica: “si se aplican los planes de construcción en Jerusalem oriental, no será posible resolver el conflicto israelo-palestino”.

     Confiemos en que Obama siga siendo una esperanza real para construir un  futuro en paz en Oriente Medio, igual que confiamos en que ello pasa también por el fortalecimiento de la izquierda política israelí dispuesta a hacer concesiones históricas y de los sectores palestinos moderados que sirvan de dique ante la marea del fundamentalismo islamista. Sólo así algún día, los hijos de Abraham, judíos y árabes, podrán vivir en paz en una tierra sobre la que se ha vertido tanta sangre inocente.

 

     José Ramón Villanueva Herrero

     (Diario de Teruel, 21 marzo 2010)

 

ECOS DE LA GUERRA DE GAZA ( y II)

ECOS DE LA GUERRA DE GAZA ( y II)

       Si en un artículo anterior recordaba el debate moral generado en la sociedad israelí tras la brutalidad del ataque lanzado por las FDI contra Gaza, ahora querría aludir a algunas cuestiones sobre este conflicto que se han producido en el entorno del mundo árabe.

En primer lugar, durante los días de la guerra, ha resultado muy significativa la actitud de diversos países árabes de la zona. Y es que, al margen de la retórica panarabista habitual, no debemos olvidar que existe una pugna abierta entre los grupos y partidos islamistas emergentes (como es Hamas) y los regímenes árabes laicos y moderados afines a Occidente. En consecuencia, se ha puesto de manifiesto que, pese a la dureza del ataque israelí, en general, la reacción de los países árabes, salvo excepciones, ha sido “discreta”,  hecho éste que ha sorprendido negativamente a la dirección política de Hamas. Y es que los islamistas radicales no sólo son un peligro para la existencia de Israel, sino también para la estabilidad de otros países de la zona como Egipto, Jordania, Siria, Turquía e incluso Arabia Saudí. Tal vez por ello, Shimon Peres, Presidente de Israel, declaró días atrás que, “en privado, los árabes nos piden que acabemos con Hamas” como forma de frenar el auge de sus propios movimientos fundamentalistas.

Enlazando con la idea anterior, resulta un ejemplo evidente el caso de Egipto, especialmente interesado en frenar a Hamas para evitar el resurgimiento de los Hermanos Musulmanes, su equivalente político-religioso en el país del Nilo. De hecho, el presidente Hosni Mubarak declaró públicamente que “no se debe permitir a Hamas que gane su guerra con Israel”. Por su parte, Omar Suleiman, jefe de los servicios secretos egipcios, nada más iniciarse el ataque israelí a Gaza, hizo unas declaraciones a la prensa árabe de Londres en las que, significativamente, señalaba que “hay que darle una buena lección a Hamas”. Finalmente, no resulta casual que, en la página web oficial del Ministerio de Defensa de Egipto, se califique a Hamas como “enemigo nacional”.

Algo similar ocurre con Jordania, donde el islamismo integrista está en auge con el riesgo que ello supone para el trono del rey Abdallah II.

Consecuentemente, se percibe un entente tácito entre Israel, Egipto y Jordania, al que habría que unir el papel mediador desempeñado por Turquía en el conflicto de Gaza, para frenar en Oriente Medio la expansión del fundamentalismo islamista el cual, no lo olvidemos, está alentado por un Irán camino de convertirse en potencia nuclear, ya que el régimen de Mahmud Ahmadineyad está respaldando a partidos como Hezbolláh en Líbano, Hamas en Gaza o los Hermanos Musulmanes en Egipto.

El problema de Hamas es que, como otros grupos terroristas, tendrá que optar algún día por priorizar sus posiciones políticas sobre cualquier otro tipo de estrategia violenta para empezar a ser un interlocutor válido no sólo ante Israel (cuya existencia no reconoce y cuya destrucción proclama), sino también con la propia sociedad palestina, aceptando que una parte importante de la misma, rechaza el integrismo y prefiere un modelo social y político de corte nacionalista, laico y democrático.

Mientras tanto, cuando una frágil tregua intenta abrirse paso, Hamas ha iniciado en Gaza una serie de represalias y ejecuciones contra militantes de Al-Fatah, el partido liderado durante décadas por Yasser Arafat y que ahora rige el presidente Mahmud Abbas: se tiene constancia de que 35 de ellos han sido tiroteados en las piernas por los milicianos de Hamas y varios más han sido asesinados. Ciertamente, en el conflicto civil soterrado que desgarra al pueblo palestino, Hamas ha conseguido establecer en Gaza un régimen de terror el cual sufren, también, muchos veteranos e históricos militantes nacionalistas palestinos de Al-Fatah.

Ante una situación como la descrita, para el problema de Oriente Medio poco valen las soluciones militares, razón por cual la política debe recuperar su protagonismo a la hora de reconducir la situación. En este sentido, resulta prioritario el que la población palestina se libere de lo que se ha dado en llamar “la espiral suicida de Hamas” y, para ello,  es imprescindible reforzar el gobierno de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) del presidente Abbas el cual debería de recuperar el control efectivo sobre Gaza, el cual perdió de forma violenta a manos de Hamas en junio de 2007. Igualmente, habría que establecer mecanismos de supervisión internacional que se hiciesen cargo del control de la frontera de Gaza, especialmente en el caso de la llamada “franja Filadelfia” que separa este territorio de Egipto para evitar el contrabando de armas y el lanzamiento de cohetes Qassam y Grad sobre Israel.

El intelectual israelí Meir Shalev recordaba hace unos días que, en una manifestación celebrada en Tel Aviv contra la guerra en Gaza, se podía leer en una pancarta: “Si queréis acabar con Hamas, dad esperanza a los palestinos y no guerra”. Ciertamente, el único camino de futuro para ambos pueblos pasa por la reapertura de las negociaciones de paz entre una reforzada ANP y un gobierno de Israel que esté dispuesto a hacer concesiones históricas. Para ello, la actitud de la nueva Administración de Barack Obama puede ser determinante. Además, como reclamaba Eytan Bentsur, exdirector general del Ministerio de Relaciones de Exteriores de Israel, en su artículo “Volver a Madrid” (Haaretz, 26 enero 2009), una salida a la actual situación en Oriente Medio sería “reactivar  el Proceso de Madrid de 1991”, esto es, una nueva conferencia de paz que continuase la labor iniciada por la que tuvo lugar en aquel año en la capital de España y que generó la apertura de un diálogo sin precedentes que permitió dar los primeros pasos hacia la construcción de un nuevo Oriente Medio: inicio negociaciones directas palestino-israelíes, firma de la paz entre Jordania e Israel, primeras iniciativas de cooperación regional, etc.

Tal vez, en medio de tanta tragedia y dolor, la esperanza pueda abrirse paso. Tiempo al tiempo.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(Diario de Teruel, 1 de febrero de 2009)

 

 

 

 

 

 

ECOS DE LA GUERRA DE GAZA (I)

ECOS DE LA GUERRA DE GAZA (I)

         Tras la campaña “Plomo fundido” desencadenada por el Tzahal, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI),  y después de 22 días de un ataque de una potencia devastadora, una frágil tregua se mantiene en Gaza.

Todas las guerras, además de una tragedia en sí mismas, suponen un dilema moral. En este caso, el derecho legítimo a la defensa y seguridad de Israel ha quedado en un segundo plano ante la dureza y crueldad de la campaña  militar desencadenada por las FDI, una campaña desproporcionada, con un elevado número de víctimas civiles y contraria al derecho internacional.

De la tragedia de Gaza se pueden extraer algunas reflexiones. La primera de ellas es que al margen del objetivo militar de acabar con Hamas, siglas del Movimiento de Resistencia Islámica, que domina Gaza desde junio de 2007 y que ataca al sur de Israel, la dureza de las imágenes de la guerra ha tenido un efecto indudable en la opinión pública mundial. De hecho, ha supuesto una victoria mediática para Hamas, que tras utilizar a la población civil como escudos humanos, ha instrumentalizado  en beneficio de sus intereses el dolor ocasionado por tantas víctimas inocentes por la brutalidad del ataque israelí.

En contraposición, la guerra ha supuesto para Israel no sólo el descrédito y la reprobación internacional, sino, también, una derrota moral para los sectores de la izquierda pacifista hebrea que siguen trabajando por lograr una solución política para el eterno conflicto palestino-israelí. A ello se une, además, el que la sociedad civil de Israel tiene el deber ético, como descendientes del Holocausto (Shoah) de, en memoria de las víctimas asesinadas por el nazismo,  no cometer jamás sobre otros pueblos los horrores y sufrimientos que ellos, como pueblo judío, sufrieron a lo largo de su atormentada historia. Ello hace todavía más inaceptable la magnitud y la dureza de la campaña militar lanzada contra Gaza a pesar de que sea éste un territorio gobernado por una entidad terrorista como es Hamas, que siempre ha proclamado abiertamente su intención de destruir a Israel.

Dicho todo esto, me ha resultado muy interesante la lectura durante los últimos días de la guerra de Gaza de la prensa israelí contraria a la campaña militar desatada por el gobierno de coalición de Ehud Olmert. En este sentido, el prestigioso diario Haaretz, cercano a la izquierda pacifista, publicó diversos artículos en los que manifestaba no sólo su oposición a la campaña de Gaza, sino en los que también incidía en las consecuencias morales que, para la democracia israelí, se derivaban de aquella. Este fue el caso de periodistas como Gideon Levy que, el 15 de enero denunciaba con dureza los ataques de las FDI contra las escuelas de la ONU y el hecho de que un tercio de las víctimas civiles fueran niños y “esto es una proporción demasiado grande para cualquier norma ética y humanitaria”, lo cual era el efecto de “un gran ejército luchando contra una población indefensa y débil”. Al día siguiente, el mismo Gideon Levy titulaba su crónica “Alguien tiene que parar la locura desenfrenada de Israel en Gaza” en el que, junto a la “arrogancia intolerable” del gobierno de Olmert al incumplir las resoluciones de la ONU y no acatar los acuerdos de su Consejo de Seguridad, escribía: “las calles de Gaza parecían campos de muerte”, frase tras la cual parecía subyacer el subconsciente colectivo judío de la Shoah. El balance de Levy sobre la campaña era rotundo y contundente: “No hemos logrado nada en la guerra, sólo la sed de sangre y el ansia de venganza”.

Por su parte, otro periodista tan prestigioso como Ari Shavit escribía en las páginas de Haaretz sobre la derrota moral que esta campaña significaba para Israel: “la operación de Gaza puede ser la destrucción de Hamas, pero es la destrucción del alma de Israel”  (17 enero). Recordando el elevado número de víctimas civiles y que Israel había violado toda la legalidad internacional, no dudaba en afirmar que, “un ataque de este tipo no es más que locura” ya que, “sin una sólida base moral, cualquier victoria de Israel resulta pírrica”.

A modo de balance, tras el inicio de la tregua, el ya citado Gideon Levy, señalaba en Haaretz el 22 de enero que “la guerra terminó con un completo fracaso para Israel” pues, al igual que ya había señalado Ari Shavit, había supuesto un “profundo fracaso moral”  para la democracia israelí. Además, el desprestigio de Israel por los efectos mediáticos de la campaña era evidente ya que como señalaba Levy, “el mundo entero vio las imágenes, que conmovieron a todas las personas que las vieron” ya que “esta guerra, además de cientos de muertos, heridos y mucha destrucción” ha supuesto “el deterioro de la imagen de Israel”. Por si todo ello fuera poco, para Levy la campaña no había logrado ninguno de los objetivos previstos, cuales eran: evitar el lanzamiento de cohetes Qassam y Grad sobre Israel, impedir el contrabando de armas a Gaza, desmantelar a Hamas, restaurar el prestigio de las FDI, debilitar el apoyo popular al fundamentalismo islamista y, finalmente, reforzar a la Autoridad Nacional Palestina (ANP) del presidente Mahmud Abbas y  a su partido Al-Fatah, de corte nacionalista y laico, como interlocutor político para retomar el estancado proceso de paz.

Por su parte, Aurora, un periódico israelí editado en castellano en Jerusalem, publicó un interesante editorial  el pasado 16 de enero en el que, bajo el título de “El fin y los medios”, recordaba la imperiosa necesidad de no perder la proporcionalidad y la justicia en la lucha contra el terrorismo de Hamas por parte de Israel ya que pese a todo, el Estado hebreo sigue siendo la único país democrático de la zona. De este modo, una vez más, se planteaba el eterno dilema moral entre los fines y los medios necesarios para alcanzarlos, un dilema que sigue abierto hasta la solución justa del conflicto palestino-israelí.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(Diario de Teruel, 31 de enero de 2009)

 

 

 

CONTRA EL FANATISMO

CONTRA EL FANATISMO

 

Si el texto del Manifiesto Comunista escrito por Marx y Engels en 1848 comenzaba con la conocida frase “Un espectro se cierne sobre Europa: el espectro del comunismo”, que tanto alarmaba al orden establecido de la época, hoy en día  se dibujan en el horizonte nuevos espectros, estos bien distintos al anhelo de transformación social marxista, como son el fundamentalismo y los fanatismos emergentes, aquellos  que atacan  nuestros valores de civilidad, respeto y convivencia democrática como a partir del 11-S quedó grabado para siempre en nuestras retinas y en nuestro corazón.

Sobre el tema del fanatismo resultan muy interesantes (y oportunas) las reflexiones de Amos Oz, escritor y relevante intelectual de la izquierda pacifista israelí recogidas en su libro Contra el fanatismo (Madrid, Siruela, 2003),  en el que reúne los textos de tres de sus conferencias (“Sobre la naturaleza del fanatismo”, “Sobre la necesidad de llegar  a un compromiso y su naturaleza” y “Sobre el goce de escribir y el compromiso”).

Amos Oz nos recuerda que “no es lo mismo perseguir a un puñado de fanáticos por las montañas de Afganistán que luchar contra el fanatismo”, razón por la cual intenta ofrecer una reflexión sobre la naturaleza de las distintas formas de este espectro amenazador. Para entender lo que significa la vieja lucha entre la civilidad y el fanatismo, hay que recordar que el germen de este mal no es patrimonio exclusivo de nadie y que puede brotar en cualquier lugar ya que, “el fanatismo es más viejo que el Islam, que el cristianismo, que el judaísmo. Es más viejo que cualquier ideología o credo del mundo”. Ello me recuerda que, Shlomo Ben Ami, historiador, destacado miembro del Partido Laborista de Israel (Avodá) y antiguo embajador de su país en España y actual vicepresidente del Centro Internacional de Toledo por la Paz (CIT), suele decir que toda persona llevamos dentro de nosotros, latente, a “un enano fundamentalista” que, en determinadas circunstancias, puede aflorar y apoderarse de nuestro pensamiento y conducta.

La semilla del fanatismo brota siempre que se adopta una actitud de superioridad sobre los demás, siempre que se exige la total adhesión a unas ideas o creencias determinadas.  De ello se derivan características (bien conocidas) comunes a todos los fanáticos cuales son:  el culto a la personalidad, la idealización de líderes políticos o religiosos y, también, “la adoración de individuos seductores”, los nuevos ídolos de la sociedad actual. Las consecuencias de todo ello resultan nefastas ya que propician, la aparición de “regímenes totalitarios, ideologías mortíferas, chovinismo agresivo, formas violentas de fundamentalismo religioso”  y lo que el escritor israelí llama “la idolatría universal”, la cual rinde culto a los nuevos ídolos musicales, deportivos, etc.

Oz, que se define como “experto en fanatismo comparado” dada su condición de judío nacido en Jerusalem, nos describe sus diversos tipos, que coexisten y se manifiestan diariamente a nuestro alrededor. El fanatismo no sólo son gritos histéricos y actitudes violentas, sino que también adquiere “modales más silenciosos”: con mordaz ironía, alude a algunos no fumadores que nos quemarían vivos, a algunos vegetarianos que nos comerían o a algunos pacifistas que matarían en caso de no aceptar sus posiciones, actitudes y modelos de vida cuando ésta adquiere tintes fundamentalistas.

La esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar sus modos de vida o pensamiento. En este sentido, el ejemplo de Bin Laden resulta revelador. En la mente del líder de Al-Qaeda su fanatismo parte de la idea de que los valores occidentales habían debilitado seriamente al Islam. Por ello, para defenderlo, Bin Laden considera que no sólo es necesario golpear fuerte a Occidente (ahí está la tragedia del 11-S para demostrarlo), sino que hay que “convertir” a nuestra sociedad secularizada y laica. Amos Oz resume con claridad el  objetivo final del islamismo radical: “Sólo prevalecerá la paz cuando el mundo se haya convertido no ya al Islam, sino a la verdad más rígida, feroz y fundamentalista del Islam. Será por nuestro bien, Bin Laden nos ama esencialmente. El 11 de septiembre fue un acto de amor. Lo hizo por nuestro bien, quiere cambiarnos, quiere redimirnos”.

Semejante afirmación no debe sorprendernos si pensamos que el fundamentalismo islámico del s. XXI no difiere en nada respecto al fanatismo cristiano del medievo europeo. La idea de “redención” esgrimida por Al-Qaeda es la misma que  la utilizada por la Inquisición, que, con sus prácticas bárbaras, consideraba que torturando o quemando en la hoguera a infieles y herejes, éstos, en caso de arrepentirse, lograrían la salvación eterna de sus almas.

Frente al espectro del fanatismo irracional, se hacen necesarias actitudes y soluciones sólidas y eficaces. Los conflictos internacionales que fomentan actitudes fanáticas sólo se resuelven con un profundo sentido de la justicia y la solidaridad, lejos de toda dominación económica o paternalismo político. Ciertamente, una forma de combatir el fanatismo es la capacidad para resolver con valentía y visión de futuro conflictos enquistados como el de Oriente Medio. Oz, que lleva defendiendo desde 1967 la existencia de un Estado Palestino, en un tiempo en que los pacifistas israelíes podían celebrar sus mítines y congresos “en una cabina telefónica”, plantea avanzar hacia “zonas de acuerdo”, siquiera sean “de acuerdo parcial”, que permitan llegar a “compromisos dolorosos”, pues supondrán renuncias por ambas partes. No existen fórmulas milagrosas para resolver este conflicto pero el camino es claro: existencia legal e internacionalmente reconocida de “Dos Estados para dos pueblos”, vuelta al mapa anterior a 1967 con la devolución de todos los territorios ocupados por Israel, y disposiciones especiales para los casos de Jerusalem y los Santos Lugares, como se apuntan en los Acuerdos de Ginebra  de 2003. En un futuro, Amos Oz plantea un horizonte de colaboración mutua con la creación de un Mercado Común de Oriente Medio, idea apuntada años atrás por Ben Ami quien defiende una posible Confederación entre Israel-Palestina y Jordania. En este sentido, la ONU, la Unión Europea y la naciente Alianza de Civilizaciones tienen mucho que decir…y que hacer.

Frente al fanatismo religioso, político, étnico o territorial, Amos Oz nos convoca a la imperiosa necesidad de combatir la injusticia, de intentar abrir tenazmente caminos a la esperanza para que la vida, la razón y la justicia prevalezcan frente a todo tipo de fanatismos.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(La Comarca, 20 junio 2008)

(Diario de Teruel, 22 junio 2008)

 

 

 

AMOS OZ, LITERATURA Y COMPROMISO

AMOS OZ, LITERATURA Y COMPROMISO

                

     Confieso que siempre me ha interesado la figura de Amós Oz, uno de los escritores israelíes más importantes de la narrativa hebrea contemporánea y, a la vez, uno de los intelectuales más comprometidos con el proceso de paz en Oriente Medio.

     Amós Oz (Jerusalem, 1939)  ingresó con 15 años en el kibutz Julda (1954) , momento desde el cual está vinculado a la izquierda política israelí. Tras participar en la Guerra de los Seis Días (1967) y la del Yom Kippur (1973), se convirtió en uno de los fundadores en 1978 del movimiento pacifista Shalom Ajshav (Paz Ahora). Enamorado del desierto del Néguev, en la actualidad es profesor de literatura en la Universidad Ben Gurión de Be’er Sheva.

     Su obra literaria, iniciada en los años 60, se concreta en 18 libros publicados, por lo que ha sido propuesto en varias ocasiones al Premio Nobel de Literatura, obteniendo entre otros, los premios Israel (1988), Goethe (2005) el Príncipe de Asturias (2007) o el Stefan Heym (2008), concedido en Alemania para honrar a escritores "valientes y críticos" y que se involucran en los debates sociales.

     Junto a su actividad literaria, me interesa destacar el importante papel desempeñado por Oz, siempre desde posiciones de izquierda y pacifistas, a favor de la resolución del dramático conflicto árabe-israelí. Su papel como intelectual comprometido le ha convertido en una voz crítica con todos los gobiernos que se han sucedido en Israel desde hace cuarenta años a los cuales siempre les ha reprochado su falta de valentía y visión política para lograr la paz definitiva con los palestinos y el mundo árabe. Oz, como muchos israelíes progresistas, defiende la existencia de dos estados, Israel y Palestina, conviviendo pacíficamente pese a los intentos de extremistas de una y otra parte para impedir este ideal. Considera que la paz definitiva hay que cimentarla sobre valores democráticos y la existencia de lo que él denomina "un núcleo de sociedad civilizada", una sólida clase media. Por ello, esta lenta labor de diálogo y convivencia, le hace rechazar cualquier intento de "imponer la democracia con pistolas", razón por la cual considera como un error "colosal" la invasión por los EE.UU. de Irak, la cual ha reactivado el radicalismo islámico a nivel planetario.

     Lejos de caer en el desánimo que en demasiadas ocasiones impone la realidad, Oz pasa a la acción y se compromete en la búsqueda de soluciones pues cree que la labor ética del intelectual de izquierdas resulta fundamental para concienciar a la ciudadanía. Es por ello que reprocha con dureza a la intelectualidad europea el que, con excesiva frecuencia, prefiere tomar partido por la causa palestina antes que aportar ideas constructivas para ambas partes en conflicto. Oz desea que Europa se implique de una forma cada vez más intensa en la búsqueda de soluciones para la explosiva situación de Oriente Medio. Además, Oz recuerda la deuda moral que en este tema tiene Europa, dado que fue ella la históricamente responsable del drama que se vive en esta zona: así lo recordaba en su hermoso discurso pronunciado en la concesión del Premio Príncipe de Asturias ya que, "árabes y judíos fueron víctimas de los europeos de maneras distintas" y ello hace que los dos "tienen algo en común: ambos han sufrido en el pasado bajo la pesada y violenta mano de Europa". Este duro reproche resulta bien cierto si recordamos que el mundo árabe ha sido víctima  del imperialismo, del colonialismo, la explotación y la humillación de Occidente, mientras que los judíos han sufrido persecuciones, discriminación, expulsiones y, "al final, el asesinato de un tercio del pueblo judío" durante la Shoá, el Holocausto. Es por ello por lo que Oz pide a Europa ayuda y no actitudes de condena, indignación o paternalismo que a nada conducen.

     Frente a quienes opinan que lo prioritario es lograr la confianza como paso previo a la consolidación de una paz estable, Oz tiene una visión radicalmente inversa: considera que lo primero es firmar un acuerdo  "con los dientes apretados" por ambas partes y, después, "construir la confianza" ya que, cuando ésta existe, ya no son necesarios tratados ni acuerdos de paz. Para hacer efectivo lo firmado y dada la lógica existencia de recelos mutuos, se necesita la garantía de mediación que un tercero debe ofrecer a las partes, una labor que, según Oz, puede desempeñar mejor Europa que los EE.UU., pues éstos últimos están desacreditados ante el mundo árabe dada su permanente alianza estratégica con Israel.

     Una solución de compromiso, la única viable a corto plazo,  exige concesiones y ello, Israel debe mantener una actitud valiente y generosa (la famosa "paz por territorios"), y apoyar al desarrollo económico de Palestina para evitar que la miseria sea fermento de radicalismos presentes o futuros. Frente a las posiciones de la derecha nacionalista israelí, Oz les recuerda que el precio de la paz será el "conformarse con un hogar reducido" . Ciertamente, no hay otra solución para dos estados, Israel y Palestina, que habitan sobre un mismo territorio en litigio.

     La acción cívica del movimiento Paz Ahora, que en estos días acaba de cumplir 30 años, ha colaborado a que Israel lograse la paz con Egipto y Jordania, y se  retirara de Líbano y Gaza, pero todavía queda llevar a la práctica efectiva la idea de "dos Estados para dos pueblos" consolidando el Estado Palestino, la evacuación de todos los asentamientos del Golán y Cisjordania y, desde luego, alcanzar la paz con Siria y Líbano.

     Tal vez algún día los ideales de Amós Oz, ese intelectual comprometido, esa voz que cual nuevo profeta clama desde su querido desierto del Néguev, ese activista de Paz Ahora, se vean cumplidos y la paz, cimentada sobre la justicia,  sea una sólida realidad entre palestinos e israelíes.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(Diario de Teruel, 4 mayo 2008)