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MAHMOUD AHMADINEJAD, EL ASCENSO POLÍTICO DE UN FUNDAMENTALISTA ISLÁMICO (y II).

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      Ahmadinejad, aprovechando la popularidad que había alcanzado como alcalde de Teherán, decidió presentarse a las elecciones presidenciales del 2005. Era éste un momento de claro avance del neofundamentalismo islamista y de movilización del electorado pobre, coincidiendo con una fase de desmotivación del electorado reformista y, en las que Ahmadinejad, convertido ya en el abanderado de los sectores fundamentalistas, se enfrentó a Alí Akbar Hashemi Rafsanyani, un conservador pragmático partidario de introducir algunas reformas en la República Islámica.

      Contra todo pronóstico y, ante la sorpresa general, venció Ahmadinejad en la segunda vuelta el 24 de junio de 2005, logrando el 61,7 % de los votos. En estas elecciones, en la cual la participación fue del 59,6 % del censo, se denunciaron numerosas irregularidades hasta el punto que el Ministerio del Interior intentó suspender las votaciones, pero, como acaba de ocurrir en los comicios del 12 de junio de 2009, el Consejo de los Guardianes de la Revolución lo impidió favoreciendo, en ambos casos, las aspiraciones políticas de Ahmadinejad y del fundamentalismo.

      El el programa electoral con el que venció Ahmadinejad, junto a medidas tendentes a crear empleo para los jóvenes o reducir las tasas del paro, apuntaba una política internacional de liderazgo en el conjunto del fundamentalismo defensor de los valores islámicos y revolucionarios jomeinistas. En su discurso de toma de posesión, ya dejó claros los tres objetivos básicos de su programa político : desarrollo de un programa nuclear iraní, oposición frontal a la « invasión cultural » de Occidente en el mundo musulmán y lucha contra el liberalismo económico.

      El programa político de Ahmadinejad creó de inmediato inquietud no sólo en Oriente Medio sino en el conjunto del mundo occidental pues optaba por apoyar a diversos movimientos terroristas chiítas en Iraq, Líbano o Palestina como Hizbullah o Hamas. Junto a esto, y, lo que es todavía más peligroso, Ahmadinejad optó por impulsar un ambicioso programa para dotar de armas nucleares al régimen de los ayatollahs, desoyendo las presiones contrarias en este sentido que le hicieron la Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA), la ONU, la Unión Europea o los mismos Estados Unidos. Por esta razón, Ahmadinejad dejó sin efecto el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNPN) del cual Irán era firmante, ha incumplido la resolunción 1.737 de la ONU y ha iniciado un programa nuclear propio en las instalaciones de Isfahan y Natanz (protegidas con baterías antiaéreas) y en la planta de producción de agua pesada de Arak con la intención última de producir plutonio que, aunque se alegaba que era « para usos civiles », podía servir para cargar, también, bombas logísticas. De este modo, Ahmadinejad ha popularizado un nuevo lema de su régimen : « la energía nuclear es nuestro derecho indiscutible », el cual es coreado con entusiasmo por sus seguidores.

      Pero si el programa nucelar iraní ya era de por sí una seria preocupación internacional, Ahmadinejad volvió a desatar una nueva tormenta política cuando el 26 de octubre de 2005 pronunció, con un lenguaje virulento y agresivo, una polémica conferencia titulada « El mundo sin el sionismo ». Si la tensión política era alta con el Irán de Ahmadinejad, todavía subió unos cuantos grados más por sus encendidas afirmaciones contra Israel que en dicho acto fueron vertidas tales como que « Israel debe ser borrado del mapa », « Si Dios quiere, seremos testigos de un mundo sin Estados Unidos y sin la entidad sionista » o « la comunidad de fieles no permitirá a su enemigo histórico vivir en su corazón ». Las incendiarias declaraciones de Ahmadinejad originaron diversas reacciones de repulsa en Occidente, además de abrir un riesgo cierto de una futura respuesta militar israelí pero, también, hizo que el dirigente iraní se granjease el apoyo entusiasta del fundamentalismo radical de todo el mundo musulmán.

      A todo lo anterior habría que añadir los frecuentes alusiones de Ahmadinejad en las que, contra toda evidencia histórica, se empecina en negar el Holocausto judío a manos del nazismo. Estas afirmaciones movidas por su odio antijudío e idénticas a las posiciones defendidas por el neofascismo, recogen ideas tales como las expuestas en su discurso en la ciudad de Zahedan el pasado 14 de diciembre de 2005 en las que el líder fundamentalista llegó a afirmar que « Ellos [las democracias occidentales] se han inventado una leyenda en la cual los judíos fueron masacrados y les pusieron por encima de Dios, las religiones y los profetas ». De este modo, sus frecuentes comentarios antijudíos y alusiones contrarias al Estado de Israel han logrado reforzar la posición de Irán en el resto del mundo islámico, un régimen que, por cierto, se halla implicado en el sangriento atentado a la sede de la Asociación Mutual Israelita de Argentina (AMIA) ocurrido en 1994 y que ocasionó 84 muertos.

      Si las razones del éxito político de Ahmadinejad en las presidenciales de 2005 fueron su populismo y su radicalismo islámico que le granjearon el apoyo de las clases pobres, algo similar ha vuelto a ocurrir en las elecciones del pasado 12 de junio de este año. Pese a la innegable existencia de un fraude electoral a su favor, pese al despertar gradual de la oposición reformista como está quedando patente estos días en las calles de Teherán y otras ciudades iraníes, lo cierto es que, mal que nos pese, la mayoría social de la República Islámica parece que se ha mantenido fiel (por convicción o por temor a las fuerzas represivas) a la línea política fundamentalista que Ahmadinejad representa con todo lo que supone de inmovilismo en materia de política interna y de factor desestabilizador en las relaciones internacionales y, sobre todo, de la geopolítica de Oriente Medio.

      No es casualidad que ya en la victoria electoral de Ahmadinejad de 2005, éste popularizase un lema similar al que, recientemente, tan buen resultado le dió a Barack Obama para llegar a la Casa Blanca : « Es posible y nosotros lo podemos hacer ». Lo preocupante de este reto político enarbolado por el dirigente fundamentalista iraní durante estos años, no es sólo lo que haga con su rígida y represiva política interna, sino, como decíamos antes, el factor de tensión internacional que genera (y seguirá generando) el régimen de Ahmadinejad. Por ello, tampoco debemos olvidar otra afirmación, frecuentemente empleada por el pensamiento reaccionario que mueve la acción política de Ahmadinejad : « Esta revolución [islámica] trata de alcanzar un gobierno mundial ». Toda una preocupante amenaza para los valores y principios políticos sobre los que se sustenta nuestro modelo de sociedad libre y pluralista.

 

      José Ramón Villanueva Herrero

 

       (La Comarca, 10 julio 2009)

14/07/2009 17:12 Autor: kyriathadassa. Enlace permanente. Tema: Política internacional No hay comentarios. Comentar.

MAHMOUD AHMADINEJAD, EL ASCENSO POLÍTICO DE UN FUNDAMENTALISTA ISLÁMICO (I).

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      En los últimos días está siendo triste actualidad la tensa situación interna de la República Islámica de Irán tras la celebración de las elecciones presidenciales del pasado 12 de junio en las que Mahmoud Ahmadinejad ha revalidado su cargo con el estimable apoyo del aparato del régimen así como de las numerosas irregularidades cometidas frente al moderado Mir Hossein Mussavi, el candidato en el que los sectores aperturistas iraníes y las democracias occidentales habían depositado sus esperanzas de cambio político.

      La realidad es dura y amarga : la victoria de Ahmadinejad supone la continuidad y el enrocamiento del régimen islámico iraní, una teocracia a punto de convertirse en potencia nuclear, soporte e instigadora de los partidos fundamentalistas de Líbano (Hizbullah) y de Palestina (Hamas) y, por ello, un elemento de desestabilización en la convulsa zona de Oriente Medio.

      En estos días, en que tanto se ha hablado de Irán y del candidato Mussavi, quisiera recordar algunos datos sobre la enigmática y fuerte personalidad de Ahmadinejad, el reelegido presidente de Irán, tan idolatrado por los sectores populares islamistas de su país como odiado en la todavía débil oposición aperturista y democrática interna y que tan mala imagen y temor produce en el mundo libre.

      Mahmoud Ahmadinejad, nacido en 1956 en Aradan, provincia de Garmsar, es el cuarto hijo de siete hermanos de una familia de origen humilde. Pese a ello, consiguió realizar estudios superiores titulándose como ingeniero civil en la Universidad de Ciencia y Tecnología de Irán.

      Su militancia política islamista se inicia, siendo un joven universitario, en las jornadas revolucionarias de 1979 que supusieron la caída de la monarquía dictatorial del sha Mohammad Reza Pahlevi y la instauración de la República Islámica de Irán liderada por el ayatollah Ruhollah Jomeini. Es por entonces cuando Ahmadinejad, miembro de la Asociación de Estudiantes Islámicos, participó en el asalto a la embajada de los Estados Unidos en Teheran (4 noviembre 1979) que generó la « crisis de los rehenes », la cual se prolongó durante 444 días y de la cual ahora se van a cumplir 30 años. Durante estos sucesos, Ahmadinejad propuso asaltar, también, la embajada de la URSS, aunque finalmente, los estudiantes islamistas no se decidieron a llevarla a cabo.

      Ahmadinejad, como miembro fundador de la ultraconservadora Oficina para el Reforzamiento de la Unidad (DTV) (Daftar-e Tahkim-e Vahdat) entre los estudiantes universitarios y los seminarios de teología integristas, desempeñó un importante papel en la campaña de purgas de elementos liberales y secularizados en las universidades iraníes iniciadas en 1980 siendo, durante ellas, delator, comisario político, interrogador y torturador. En este mismo año de 1980 se integró en las milicias de los Guardianes de la Revolución (Pasdarán), las tropas de élite jomeinistas, encargados de la represión interna y de la vigilancia de la moral y las costumbres en la rígida sociedad islamista iraní.

      En 1986, ingresó como voluntario en las fuerzas especiales de los Pasdarán, la llamada Fuerza Qods (Jerusalem), encargada de realizar acciones de comando y sabotaje durante la guerra que enfrentó a Irán contra el régimen iraquí de Saddam Hussein (1980-1988) y del asesinato de disidentes en el extranjero : determinadas fuentes lo consideran implicado en el asesinato de Abdul Rahman Ghassemlou, secretario general del Partido Democrático del Kurdistán (PDK) iraní y dos de sus colaboradores ocurrido en Viena en julio de 1989.

      Al año siguiente, como ingeniero de planificación de tráfico y transporte, va a desempeñar diversos cargos como funcionario de rango intermedio tales como los de gobernador de las ciudades de Maku y Joy, asesor del Ministerio de Cultura y Orientación Islámica y gobernador de la provincia de Azarbayján-e-Sharqui hasta que dimitió de dicho cargo como consecuencia de la llegada al poder de Muhammad Jatami y los reformistas moderados.

      Durante los años en que ocupó Jatami la presidencia de la República Islámica de Irán (1997-2005), Ahmadinejad fue radicalizando sus posiciones políticas y, tras doctorarse en Ingeniería del Transporte, se vinculó a la organización « Seguidores del Partido de Dios » (Ansar-i- Hizbullah) que mantenía estricta fidelidad a la autoridad de los ayatollahs más fundamentalistas y que estaba liderada por Seyyed Ali Hoseyni Jamenei, el sucesor de Jomeini como líder espiritual de la República Islámica. Desde allí, Ahmadinejad realizó una intensa labor de oposición a la política reformista de Jatami, impulsó la formación de una nueva derecha fundamentalista de la cual surgió la Alianza de los Constructores del Irán Islámico (2003), cuyos mensajes se centraban en la recuperación de los ideales y de las políticas del jomeinismo posrevolucionario de principios de los años ochenta.

      El ascenso político de Ahmadinejad se puso de manifiesto tras su elección como alcalde de Teherán (mayo 2003) a pesar de que el porcentaje de participación electoral fue de un irrisorio 12 %. Durante sus dos años de alcalde de la capital iraní, llevó a la práctica su rigorismo fundamentalista y, pese a ser laico, superó en celo moralista y religioso a muchos clérigos chiitas. Entre las medidas que adoptó durante este tiempo, podemos citar : el cierre de los restaurantes de comida rápida, el expurgar los programas culturales de eventos « no islámicos », convertir las galerías de arte en salas de oración o establecer en los lugares de trabajo ascensores diferentes para cada sexo. Sin embargo, fracasó en su intento de convertir los parques públicos en mausoleos militares y en la extensión del velo islámico (chador) a las mujeres.

      Como alcalde de Teherán, Ahmadinejad se ganó el apoyo de los sectores humildes mediante la concesión de créditos sin intereses a las parejas recién casadas y por la distribución de sopa caliente en las barriadas pobres. De igual modo, se cimentó su imagen de alcalde incorruptuble y de austeridad espartana que rechazaba el sueldo y el coche oficial y que seguía viviendo en su modesto apartamento.

      Con este vagaje político, se presentó a las elecciones presidenciales de junio de 2005 y, contra todo pronóstico, venció al hodjatoleslam Ali Akbar Hashemi Rafsanyani. A su período como nuevo presidente de la República Islámica de Irán dedicaremos el próximo artículo.

 

      José Ramón Villanueva Herrero

      (La Comarca, 7 julio 2009)

14/07/2009 17:09 Autor: kyriathadassa. Enlace permanente. Tema: Política internacional No hay comentarios. Comentar.

TURQUÍA EN LA UNIÓN EUROPEA (y II). EL DIFÍCIL CAMINO DE LA INTEGRACIÓN

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Coincidiendo con la Cumbre Unión Europea (UE)- Estados Unidos (Praga, 5 abril 2009), Barack Obama, con talla de estadista, que es tanto como decir político con visión de futuro, manifestó abiertamente lo que muchos ciudadanos europeos pensamos: “Turquía debe estar en la UE”. Esta frase, convertida en un importante reto político, no sólo responde al deseo del actual gobierno turco de Recep Tayip Erdogan, sino que cuenta con el apoyo mayoritario de la sociedad turca que está convencida de que la modernidad y el progreso para su país sólo pueden venir desde la UE. Y es que, el camino para la  integración de Turquía, aún siendo consciente de todas las dificultades que comporta, es sin duda una oportunidad y un reto histórico que no se debe minusvalorar ni mucho menos rechazar de forma visceral.

Haciendo un poco de historia, hay que recordar que la solicitud y petición formal de Turquía en la UE se remontan a la lejana fecha de julio de 1959. Más tarde, se firmó un acuerdo de asociación entre la entonces Comunidad Económica Europea (CEE) y Turquía el 12 de diciembre de 1963. Sin embargo, las complejas negociaciones quedaron congeladas como consecuencia del golpe de estado y la dictadura militar turca (1980-1983). Ello hizo que, en 1987, se realizase una nueva solicitud de ingreso que sería rechazada en 1990 por la CEE. Posteriormente, tras varias iniciativas, el Consejo Europeo celebrado en Bruselas en diciembre de 2004, decidió iniciar formalmente las negociaciones de adhesión a partir del 3 de octubre de 2005. Se iniciaba así un largo proceso cuyo final no se adivina en el horizonte y que deberá concluir  con Turquía como miembro de pleno derecho de la UE, una vez que esta nación haya realizado todas las reformas que, como requisito previo, le exige la UE.

Entre las reformas exigidas a Turquía, se halla la cuestión de los avances en los derechos humanos: pese a que se han producido importantes logros como la supresión de la pena de muerte, el polémico artículo 301 del Código Penal turco sigue siendo un escollo en el proceso de integración. Este artículo, que limita la libertad de expresión y castiga con penas de cárcel “el insulto a la identidad turca” ha sido utilizado para procesar a intelectuales y periodistas, como es el caso del premio Nobel de literatura Orhan Pamuk. Por ello, la UE ha solicitado la derogación del llamado “artículo infame”, para continuar el proceso de adhesión que, como ocurre con otros países aspirantes, se ha ralentizado, además, como consecuencia de la crisis económica global.

Otras cuestiones a resolver por Turquía son complejas como el caso del contencioso de Chipre, desde la ocupación militar del norte de la isla por el ejército turco en 1974, el no menos complejo problema del Kurdistán, o el excesivo peso que, en la vida política tiene el ejército como garante de las conquistas logradas por el reformismo inspirado en el pensamiento de Atatürk.

La integración turca hay que analizarla desde una perspectiva positiva, desde los beneficios mutuos que para ambas partes comportaría y no desde el rechazo visceral motivado por prejuicios anacrónicos. De hecho, Turquía ocupa un lugar geográfico vital en el centro de Eurasia, esto es, en la confluencia del Mediterráneo Oriental, los Balcanes, el Caúcaso, Asia Central y el Próximo Oriente, por lo que su integración contribuiría de forma decisiva a la paz y la seguridad de Europa, además de servir para extender los valores democráticos, las libertades civiles y el progreso social en una región tan convulsa como importante desde el punto de vista geoestratégico.

Por otra parte, su integración supondrá una importante aportación a la UE, pues Turquía es una economía dinámica (la 20º del mundo) y con una población joven (en dos décadas llegará a los 85 millones de habitantes). Esto tendrá importantes consecuencias  pues cambiará la estructura geográfica de una Europa envejecida y fortalecerá nuestro dinamismo económico (más de 80.000 empresas turcas tienen relaciones comerciales con la UE). Tampoco hay que olvidar que, con Turquía en la UE, se garantizaría el vital transporte de recursos energéticos por medio del oleoducto  Bakú-Ceyhan, evitando de este modo que, como se ha comprobado el pasado invierno, Europa quede a merced de las veleidades de Rusia y su control energético sobre buena parte de nuestro continente.

Pero si todas estas cuestiones de tipo económico son importantes, más lo son en mi opinión las motivaciones de tipo político, cuestión que, como el Presidente Zapatero ha manifestado en la Reunión de Alto Nivel España-Turquía (Estambul, 5 abril 2009), en la que ha respaldado plenamente la aspiración turca de integración, la cual pretende impulsar durante la presidencia española de la UE durante el primer semestre de 2010. Por ello, resulta  gran transcendencia política la aceptación por parte de Turquía de los valores enunciados en el apartado 1 del art. 6 del Tratado de la  UE en el que se señala que “la Unión se basa en los principios de libertad, democracia, respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales y el Estado de Derecho, principios que son comunes a los Estados miembros”. Ello supone la extensión de estos valores que, al ser universales, pueden lógicamente ser compartidos por países de distintas culturas y confesiones religiosas. De ahí la importancia y la valentía política de apostar por integrar plenamente a Turquía en la UE. Y es que, los valores de la democracia, los derechos humanos, las libertades fundamentales, el Estado de Derecho, el pluralismo, la justicia, la no-discriminación y la tolerancia, pueden también aplicarse a un país laico y moderno de población musulmana, como es el caso de Turquía. De este modo, la funesta profecía que algunos agoreros del “choque de civilizaciones” predican, se disiparía como un mal sueño ya que, al ofrecer la UE   libertades y calidad de vida a Turquía, esto se convertiría en un ejemplo de libertad y progreso para todo Oriente Medio y podría ser seguido por otros países.

Consecuentemente, la integración de Turquía en la UE debe suponer, una alianza estratégica de futuro. Esta decisión política, valiente y decidida, es un buen paso en el camino  para construir un mundo más justo, respetuoso, tolerante y de progreso, unas  ideas que debemos hacer realidad, uniendo los esfuerzos y voluntades de la UE con los de un dinámico país de tradición musulmana como es la Turquía heredera del espíritu de Kemal Atatürk.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(La Comarca, 26 mayo 2009 , Diario de Teruel, 28 mayo 2009)

 

 

27/05/2009 08:20 Autor: kyriathadassa. Enlace permanente. Tema: Política internacional No hay comentarios. Comentar.

TURQUÍA EN LA UNIÓN EUROPEA (I). UN SUEÑO DE MODERNIDAD.

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           Cuando en 1453 los ejércitos turcos otomanos conquistaron Constantinopla, la actual Estambul, poniendo fin al Imperio bizantino, hacía ya un siglo que el Imperio Turco y controlaba amplias zonas de los Balcanes y de la Península Egea, esto es, ya estaba establecido sobre territorio europeo. Consecuentemente, desde la caída de Bizancio, se puede considerar con toda propiedad al Imperio Otomano como una potencia europea. No es casualidad que el sultán Mehmet II Fatih, tras conquistar Constantinopla,  se autoproclamase  “Kayzer-i-Rum” (César de Roma) al considerarse continuador de la labor civilizadora desempeñada durante siglos por el Imperio Romano de Oriente (Bizancio) en esta región en donde convergen Asia y la Europa mediterránea oriental.

Pese a que es una cuestión que levanta polémica en diversos países como Francia, Alemania o Austria, así como en sectores políticos, sociales y hasta religiosos, lo cierto es que Turquía, desde hace más de cinco siglos, forma parte indisoluble de la historia de Europa. De hecho, conviene recordar que, el Tratado de París de 1856 ya admitió al Imperio Turco en el llamado “sistema europeo de Estados”, además, Turquía forma parte en la actualidad de los principales organismos internacionales vinculados a Europa, como es el caso del Consejo de Europa, del cual es miembro desde 1949 (España se integró en 1977), de la OTAN (desde 1952), de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) (desde 1960), y ello le legitima para aspirar a integrarse en un futuro en la Unión Europea (UE).

Si resulta innegable que la historia de Turquía y Europa se entrecruzan, también lo es que el que en la actualidad se hable de la integración de Turquía en la UE supone una decisión política de un enorme calado político y de una gran transcendencia histórica que, por ello, pienso que hay que apoyar decididamente. Ello debe significar tener una visión abierta y plural de Europa, alejada de todo tipo de prejuicios y firme defensora (y difusora) de los valores cívicos y democráticos sobre los que se sustenta la UE. Sin duda, la integración turca es un proceso complejo, no exento de dificultades, que requerirá su tiempo y que, por lo que respecta a Turquía, significará un paso decisivo en el camino hacia la modernidad, una aspiración constante desde que la revolución liderada por Mustafá Kemal Atatürk pusiese fin en 1923 a un decrépito sultanato y sentase las bases de la Turquía moderna.

          Atatürk proclamo la República con dos objetivos básicos: crear una nación no definida por la raza o la religión sino por el concepto moderno de ciudadanía y, en segundo lugar, conseguir para Turquía un lugar entre las naciones más civilizadas de Europa. Para lograr estos objetivos, impulsó toda una serie de medidas secularizadoras lo cual supuso entonces todo un hecho revolucionario en el mundo musulmán, lo cual resulta ahora especialmente destacable cuando el fundamentalismo islámico se halla en auge en muchos países. Conviene recordar que, en un país mayoritariamente musulmán como Turquía, Atatürk unificó y secularizó el sistema educativo (laico, gratuito y obligatorio para ambos sexos) (1925), suprimió la ley islámica (sharia) y el Islam dejó de ser la religión oficial del Estado (1928), así como que también permitió el derecho de voto y elección para las mujeres (1934). Por otra parte, pretendió “europeizar” a Turquía adoptando el calendario gregoriano, nuestro sistema de pesas y medidas e, incluso cambió la tradicional grafía árabe por el alfabeto latino, caso único en un país de cultura musulmana (1928).

Todas estas reformas se articulaban sobre la base de los principios ideológicos del pensamiento político de Atatürk tales como su nacionalismo (entendido como elemento unificador de las 18 etnias que existen en Turquía), o su republicanismo (basados en el principio de soberanía nacional, base de la sociedad igualitaria tras la abolición de los títulos y privilegios del Imperio). A ello hay que añadir su profundo secularismo: muy influido por el modelo de Francia, tenía por objeto la separación de la religión y la política en un país de tan profundas raíces musulmanas. De hecho, el laicismo ha tenido un papel fundamental en el proceso de modernización de Turquía, lo cual ha generado una sociedad más abierta y tolerante en comparación con la situación que se vive en otros países musulmanes de su área geográfica, especialmente en el caso de Irán, su vecino oriental. A todo lo anterior, habría que añadir una potenciación del papel del Estado, al cual Atatürk le confirió atribuciones para intervenir y modernizar la hasta entonces anacrónica economía turca.

El espíritu reformista de Atatürk ha prevalecido desde la revolución de 1923 con el anhelo constante de crear una nación moderna, libre de dogmas religiosos y, de este modo, merecer un lugar entre las otras naciones de Europa. De hecho, debemos destacar en este sentido el activo papel que Turquía está desempeñando como elemento moderador en el eterno conflicto palestino-israelí o, más recientemente, en la Alianza de Civilizaciones, de la cual es copatrocinadora junto con España. El ambicioso objetivo de la Alianza de Civilizaciones, no siempre valorado en su justa medida, es el de definir los problemas de entendimiento, convivencia y percepción entre diferentes civilizaciones y buscar remedios para superar los problemas con el fin de construir un mundo más justo y tolerante. Supone, por ello, el proyecto político de mayor calado a nivel planetario de los últimos años y, en el que el papel de Turquía, al igual que el de España, resulta muy destacable.

El sueño de Atatürk y de su revolución secularizadora y europeísta, tiene su continuación en el deseo de la sociedad turca actual de integrarse en un futuro en la UE. Turquía es sin duda una democracia laica que, con sus imperfecciones, tiene como referente político y económico a la UE: frente a quienes en otros tiempos han tomado como ejemplo y aliado futuro de Turquía a Rusia e incluso al Irán islámico, el sentir mayoritario de la población turca es optar por la integración en la UE y marcar distancias con su poderoso vecino del norte (Rusia) o con el abanderado del islamismo (Irán), modelos poco homologables de democracia y respeto a los derechos humanos.

Ciertamente se trata de todo un reto que, una vez superado, será positivo para ambas partes pero que, en su camino encontrará, todavía, complejos problemas y reticencias diversas que habrá que ir venciendo.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(La Comarca, 12 mayo 2009 ; Diario de Teruel, 27 mayo 2009)

 

 

 

14/05/2009 14:52 Autor: kyriathadassa. Enlace permanente. Tema: Política internacional No hay comentarios. Comentar.

UNA NUEVA TRAGEDIA EN EL CONGO

         En estos días estamos asistiendo a un nuevo conflicto armado en la ensangrentada tierra de la República Democrática del Congo (RDC). Por ello, los combates entre las guerrillas rebeldes del Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo (CNDP) liderados por Laurent Nkunda y las tropas gubernamentales del presidente Joseph Kabila, están produciendo un nuevo éxodo de refugiados desde la región del Kivu, el cual dadas las precarias condiciones en que se está desarrollando, puede ocasionar una auténtica catásfrofe humanitaria.

La aparente causa de este conflicto, que ha alineado a la vecina Ruanda junto a los rebeldes del CNDP, es que dicho país acusa al gobierno de la RDC de permitir la presencia en su territorio de grupos armados hutus responsables del genocidio ocurrido en 1994. Sin embargo, esa causa, sólo aparente, oculta los importantes intereses que se mueven en la esfera internacional para controlar la rica región del Kivu, con inmensas reservas en recursos mineros.

Tal vez, dado que en nuestro mundo occidental estamos ahora muy preocupados por los zarpazos de la crisis financiera y económica internacional, nos hemos olvidado, una vez más, de esta nueva tragedia que sacude al continente africano. Es por ello que la lectura del comunicado hecho público el pasado día 29 de octubre por la Federación de Comités de Solidaridad con África Negra « Umoya », resulta de sumo interés.

En primer lugar, el referido comunicado, que lleva el título de « ¿A quién beneficia la nueva guerra del Congo ? » nos ofrece algunas claves para comprender este conflicto. Recordemos que, tras la caída de la corrupta dictadura de de Mobutu Sese Seko (1997), se estableció la RDC bajo la presidencia de Laurent-Désiré Kabila. Tras el asesinato de éste en el año 2001, le sucedió en la presidencia congoleña su hijo Joseph Kabila, quien revalidó su cargo en las elecciones presidenciales del 2006, calificadas de « libres, democráticas y transparentes ». Sin embargo, ha tenido que hacer frente a la violencia y la inestabilidad política de las provincias del este del Congo (Kivu-Norte y Kivu-Sur), una zona « sumida por décadas en la pobreza y la inseguridad », una inestabilidad alentadada por el CNDP de Nkunda, que cuenta con el apoyo de la vecina Ruanda.

Lo preocupante es que Nkunda y, por extensión Ruanda, están siendo utilizados por los los EE.UU., Reino Unido, Bélgica y Holanda, interesados como están en controlar las reservas minerales de la región del Kivu (coltán, casiterita, diamantes, wolframita, etc), los cuales salen en camiones y helicópteros (vía Ruanda) y terminan en las manos de las empresas multinacionales.

El conflicto en Kivu se ha agravado en estos últimos días como consecuencia de la intervención directa del ejército ruandés, el cual ha llegado hasta las puertas de la ciudad de Goma, capital de Kivu-Norte. La agresión ruandesa, denunciada por la RDC ante la ONU y ante la Asociación de Países del Cono Sur Africano (SADC), no ha detenido los planes expansionistas de Ruanda: bien al contrario, si se produjera una nueva ofensiva militar ruandesa, existe el serio riesgo de que ésta tuviese « devastadoras consecuencias » para la población civil.

A la complicada situación militar y humanitaria, se une el hecho, no conocido por la opinión pública occidental, de las numerosas denuncias dirigidas hacia la Misión de la Organización de las Naciones Unidas en el Congo (MONUC) de incumplir la misión de paz que le estaba encomendada. De hecho, esta fuerza de 17.000 « cascos azules » desplegados en la zona, ha sido objeto de graves acusaciones como las de trasladar soldados ruandeses en sus helicópteros, entregarles uniformes de la MONUC, permitir el paso de la frontera a tropas ruandesas y trasladarlos a donde están las guerrillas de Nkunda, de permanecer inactivos cuando ataca el CNDP o de no dar apoyo al ejército gubernamental cuando éste más lo necesita. Por todo ello, la población congoleña acusa a la MONUC de « apoyar al enemigo » y, consecuentemente, piden su salida de la RDC y su sustitución por una « fuerza europea de disuasión » o, al menos, por « una fuerza policial compuesta de observadores neutrales».

Tal vez esta situación explicaría, como apunta el comunicado, la dimisión (aunque se alegaron motivos personales) del jefe de la MONUC, el general español Vicente Díaz de Villegas tras permanecer apenas dos meses en el cargo, al constatar « la incapacidad o falta de voluntad política de la MONUC para cumplir su mandato originario en el Kivu ».

Esta nueva guerra de agresión y saqueo, que está asolando el este de la RDC, en el fondo, responde a los intereses políticos y económicos de los EE.UU., dada su intención de controlar los importantes recursos mineros del Kivu. El comunicado interpela a nuestras conciencias al denunciar el desinterés de los países de Occidente por esta nueva tragedia que padece África al señalar que « lo que les ocurra a más de un millón de refugiados que ya se agolpan sin medios para sobrevivir les parece « lamentable », pero siguen apoyando o no ponen obstáculos a Ruanda en su afán por anexionarse esa riquísima zona del Congo. ¿Qué le está pasando a la Comunidad Internacional ? ¿Cuántos muertos más serán necesarios para que actúe ? ». Una pregunta ética que requiere una respuesta inmediata de las democracias occidentales.

 

(Diario de Teruel, 9 noviembre 2008)

 

 

 

09/11/2008 14:25 Autor: kyriathadassa. Enlace permanente. Tema: Política internacional No hay comentarios. Comentar.

NUEVO LIDERAZGO MUNDIAL

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          Cuando el pasado mes de junio se reunió en la ciudad alemana de Heiligendamm el G-8, asistimos a la mayor concentración de poder político y económico de las potencias que rigen nuestro planeta. Allí se trataron temas tan importantes como el comercio mundial, el cambio climático o la ayuda al desarrollo del Tercer Mundo. Ante todas estas cuestiones y por encima de los intereses económicos nacionales, se suscita en la ciudadanía de muchos países, una cuestión capital cual es si el liderazgo ejercido por el G-8 se ajusta a unos objetivos éticos al servicio de la Humanidad en su conjunto. Por ello, resulta muy interesante la lectura del análisis  que, sobre este tema, elaboró Antoni Comín i Oliveres, político catalán y profesor de Ciencias Sociales de la Universidad Ramón Llull, titulado Autoridad mundial. Para un liderazgo planetario legítimo (Barcelona, Cristianisme i Justícia, 2005), al cual nos referiremos seguidamente.Comín, partiendo de lo que supuso la invasión de Irak y la posterior guerra (“ilegal, imperial e inmoral”) que ello suscitó, analiza lo que define como la “deriva imperial del gobierno americano” ante la cual han ido emergiendo nuevos actores políticos y sociales en la escena internacional como la Unión Europea y, también, y ello es lo novedoso, la sociedad civil, los ciudadanos del mundo. De este modo, frente al imperialismo americano, parece estar intentando construirse un incipiente (y alternativo) “liderazgo planetario legítimo” el cual, como apunta Comín, “cumple los principios de justicia política, económica y cultural y que está a la altura de los derechos humanos”.

Acto seguido, Comín plantea cuatro grandes objetivos para este nuevo liderazgo planetario, de los cuales se derivan toda una serie de medidas concretas de sumo interés. En primer lugar, este liderazgo debe de estar al servicio del desarrollo económico de los países en vías de desarrollo para acabar con las brutales desigualdades existentes entre el Norte desarrollado y el Sur, esto es, el Tercer Mundo. Para ello, se apuntan toda una serie de propuestas valientes y progresistas tales como la creación de un Fondo Mundial contra la Pobreza que garantice las cuatro necesidades básicas  (agua potable, alimentación suficiente, sanidad y educación básicas)  para todo el Tercer Mundo y, sobre todo, la condonación de la deuda externa de los países pobres. Igualmente, Comín defiende la democratización de la Organización Mundial del Comercio (OMC) para favorecer el comercio justo mediante la apertura de los mercados de los países ricos a los productos del Sur, la eliminación de los subsidios agrarios en los países ricos, la democratización del Fondo Monetario Internacional (FMI) y la supresión de los paraísos fiscales. Tampoco olvida el tema de las patentes farmacéuticas para permitir que los países pobres puedan comprar y producir genéricos baratos para combatir el SIDA, la tuberculosis o la malaria.

          En segundo lugar, este nuevo liderazgo mundial debe estar al servicio de la justicia y del diálogo de civilizaciones, siempre en pie de igualdad. Es importante encontrar el difícil equilibrio entre la defensa de la identidad cultural de cada civilización, los derechos humanos y el derecho, también, a no dejarse arrastrar por el huracán de la cultural occidental con lo que ello supone de modelo estandarizado de gustos y de estilos de vida.

          En tercer lugar, este liderazgo debe estar al servicio de la democratización de (todas) las sociedades. No obstante, ello no se logra mediante una imposición exterior, y menos con manu militari, sino que esta expansión de la democracia hay que hacerla “desde la amistad y la cooperación y no desde la arrogancia prepotente del imperialismo”, para lo cual hay que llevar a cabo previamente las reformas antes indicadas en la economía mundial. De lo contrario, repetiríamos fiascos como los ocurridos en Irak. Por todo ello, Comín nos recuerda con todo acierto que “no hay democracia sin clases medias, y no hay clases medias sin desarrollo económico”.

          En cuarto y último lugar, este liderazgo debe estar al servicio de la paz mundial, rechazando todo tipo de “guerras preventivas” dado que “hoy sólo es posible defender la seguridad mundial a base de mayor legitimidad y no de mayor fuerza”. Por ello, propone la reforma y democratización del Consejo de Seguridad de la ONU con la entrada en el mismo de países del Sur como miembros permanentes así, como la potenciación del Tribunal Penal Internacional.

          Como vemos, Comín nos ofrece toda una serie de reflexiones y propuestas para articular lo que ha dado en llamar liderazgo planetario legítimo. Dado que el modelo imperial americano no permite construir un futuro de paz y justicia mundial, este reto debe ser asumido cada vez con mayor firmeza y convicción por otros protagonistas como la ONU, la Unión Europea o una futura Alianza de Civilizaciones. De su acción depende el que  un mundo mejor para toda la Humanidad sea posible, lo cual supone todo un gran reto para este siglo XXI que ahora iniciamos. 

José Ramón Villanueva Herrero

(Diario de Teruel, 9 julio 2007) 

01/02/2008 10:23 Autor: kyriathadassa. Enlace permanente. Tema: Política internacional No hay comentarios. Comentar.
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