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Kiryat Hadassa: el blog de José Ramón Villanueva Herrero

NECESITAMOS AL JUEZ GARZÓN

NECESITAMOS AL JUEZ GARZÓN

 

     En estas fechas en que el caso Bárcenas y las finanzas bajo sospecha del PP acaparan titulares de prensa y colman la indignación ciudadana, se ha cumplido un año desde aquel 9 de febrero de 2012 en que fue inhabilitado el juez Baltasar Garzón tras los juicios a los que fue sometido por el Tribunal Supremo por considerar “aparentemente delictivas” algunas de las resoluciones adoptadas por el magistrado en el caso Gürtel y en las investigaciones por los crímenes del franquismo.

     Traigo a colación este hecho ya que, ante la gravedad de los sucesos que salpican a toda la cúpula del PP, a la ministra Mato y al mismo Rajoy, en su doble condición de presidente del PP y del Gobierno de España, es cuando más necesaria resulta una acción judicial implacable y contundente que acabe con ese cáncer de la corrupción que está pudriendo nuestra democracia y en este sentido, la memoria y la labor del juez Garzón resultan un ejemplo permanente. Recordemos que fue él quien en febrero de 2009 inició el sumario del caso Gürtel que destapó las oscuras y cenagosas tramas de corrupción política y financiación irregular del PP y quien ordenó las detenciones de los principales cabecillas de la trama, entre ellos, Francisco Correa, cuyo apellido en alemán (Gürtel), dio nombre a este sumario bajo las acusaciones de blanqueo de capitales, fraude fiscal, cohecho y tráfico de influencias.

     Tras destaparse el escándalo y la implicación en el mismo de altos cargos del PP, como señala María Garzón, la hija del magistrado en su libro Suprema injusticia, “desde la cúpula de dicho partido dejó la veda abierta a la auténtica persecución y acoso a mi padre, instrumentalizados por la caverna mediática y alentados por cargos politicos de relevancia”. De este modo,  Rajoy llegó a declarar en TV que “Garzón es socialista y, como tal, debería de abstenerse de juzgar un caso en el que hubiere implicados del Partido Popular” y el 9 de diciembre de 2009, se presentó una  querella contra Garzón en la que Ignacio Peláez, el abogado de los inculpados del caso Gürtel, acusaba al juez de prevaricación y de un delito contra las garantías de intimidad por ordenar grabar las conversaciones, ciertamente comprometedoras, de los inculpados de la trama.

     La insistente campaña de la derecha política, mediática (y judicial) pidiendo la cabeza de Garzón culminó con el procesamiento del juez y, al igual que le ocurrió por la querella que le fue interpuesta por su investigación de los crímenes del franquismo,  se evidenció un decidido intento de acabar con su carrera judicial: se pusieron dificultades para su defensa, se le sometió a una investigación inquisitiva, se rechazaron pruebas fundamentales que demostraban la racionalidad, proporción, legalidad y necesidad de la medida de intervención de las comunicaciones de los inculpados en la trama Gürtel. Los hechos posteriores son conocidos: el 14 de  mayo de 2010 Garzón fue suspendido en sus funciones jurisdiccionales y, finalmente, el 9 de febrero de 2012, el Tribunal Supremo lo condenó a la desproporcionada pena de 11 años de inhabilitación con lo cual acababan de forma indigna con la brillante carrera judicial de Garzón.

     Recordando estos hechos, y teniendo muy presentes las circunstancias actuales, resulta preocupante pensar la fuerza que sigue teniendo la derecha para neutralizar a jueces como Garzón, comprometidos  firmemente y hasta las últimas consecuencias  con la justicia igualitaria y la defensa del Estado de Derecho, lo mismo que ya hicieron estos contrapoderes al conseguir archivar las investigaciones del juez Manglano sobre el caso Naseiro (otro ejemplo de financiación ilegal del PP por parte de otro tesorero corrupto del partido conservador en la década de 1990) al alegarse irregularidades en la instrucción del sumario pese a la evidencia de las pruebas inculpatorias.

     La condena de Garzón supuso un descrédito interno (y externo) para la Justicia española al acabar con un modelo de juez que incomodaba a muchos y que le granjeó  poderosos adversarios, los cuales, por ahora, van ganando la partida. María Garzón lo expresaba de forma contundente al señalar que “España no se puede permitir más casos como los que acabaron con el juez Garzón. Su condena es nuestra vergüenza; su inocencia negada, la piedra que no nos deja avanzar; su inhabilitación, el ejemplo de una arbitrariedad; su expulsión, la ausencia de justicia”

    En las situación actual, con el caso Bárcenas socavando la credibilidad de nuestro sistema representativo, es  cuando la Justicia española tiene la ocasión de redimirse  de aquel oprobio asumiendo el reto de esclarecer por completo las tramas de corrupción  que salpican al PP y a sus principales dirigentes, como está haciendo el juez Pablo Ruz o también el juez José Castro con el no menos grave e indignante “caso Urdangarín” y los turbios manejos del Instituto Nóos. Y, en este contexto, sería necesaria la rehabilitación de Garzón y su vuelta a la carrera judicial, pues sus 30 años de intensa dedicación a combatir las lacras de nuestra sociedad (narcotráfico, corrupción, terrorismo, crímenes contra la humanidad…) le hacen digno merecedor de ello. El Gobierno, y especialmente el ministro Gallardón, en vez de indultar a conductores kamikaces homicidas, haría bien en contemplar medidas de gracia para Garzón, ejemplo de juez honesto e incorruptible,  tal y como propuso la asociación Magistrados Europeos  por la Libertad y la Democracia. Y es que, sin duda, la ciudadanía y el Estado de Derecho, necesitan, necesitamos al juez Baltasar Garzón.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 10 febrero 2013)

 

 

RECUPERAR LA UTOPÍA

RECUPERAR LA UTOPÍA

 

     En estos tiempos aciagos en que las adversidades nos acosan, necesitamos recuperar la fuerza y la esperanza, retomar una dosis de utopía necesaria para hacer frente a las adversidades y avanzar hacia un futuro mejor y más justo, ese futuro que los poderes económicos dominantes nos niegan. Es por ello que resulta recomendable la lectura de los utopistas clásicos, no desde la nostalgia, sino desde una perspectiva actual y aplicada a nuestra realidad inmediata.

     El término “utopía”, divulgado por Tomás Moro en su célebre obra de idéntico nombre,  hace referencia a “un lugar que no existe”, a algo que no es real, pero que sin embargo debiera de serlo porque se imagina como una meta deseable en la búsqueda de un modelo de sociedad ideal.  Por esta razón, las utopías siempre han sido subversivas pues, al contrastar la realidad con el ideal utópico, ponen en evidencia las injusticias del presente. En consecuencia, como señalaba Luís Gómez Llorente, recientemente fallecido, las utopías son el “escalón previo” de proyectos ideológicos progresistas y, por ello, la esperanza de los oprimidos de que un futuro mejor es posible rompiendo así el férreo dogal que en todo tiempo y lugar nos imponen los poderes económicos dominantes.

     En medio de la tempestad desatada por la actuación de  Luis Bárcenas y sus efectos “sobre-cogedores”, es  necesaria la utopía de unos gobernantes que, como señalaba Platón en La República, sean sobrios, austeros, sin otro interés que el bien común y limpios de comportamientos corruptos. Necesitamos la utopía de un nuevo modelo económico que ponga fin al desmedido afán de riqueza, tan inmoral como nefasto, que ha sido el causante de la actual crisis global, a esa “diabólica serpiente” de la codicia a la que se refería Moro, el cual realizó un certero análisis de los males sociales de su época, los cuales arrancaban de una organización económica injusta, de la acumulación de la riqueza en manos de unos pocos, razón que explica sus críticas a la nobleza ociosa y a los banqueros y exalta a los trabajadores, a las clases humildes, que son el sustento real de la sociedad y del Estado. Como advertía en el s. XIX  el socialista fabiano británico William Clarke, el “capitalismo salvaje” tiende “a la crueldad y a la opresión con tanta seguridad como el feudalismo o la esclavitud”, y no podemos permitir que el reloj de la historia retroceda a tiempos tan nefastos para la dignidad del ser humano. Por ello, otro ideal utópico sería el de recuperar el papel del Estado, actualmente convertido en mero títere de “los mercados”, para que, como señalaba Marx y  nos recuerda Sousa Santos, sea un elemento decisivo en la transformación más justa de la sociedad.

     Frente a los derechos constitucionales que, como es el caso del trabajo, la vivienda o los derechos sociales están siendo constantemente vulnerados, también necesitamos recuperar la utopía. Fue la Federación Socialdemócrata británica la que reivindicó en el s. XIX el derecho a un trabajo digno y cuya garantía era exigible a los poderes públicos. Este es un derecho más necesario  que nunca, ahora que la crisis la están soportando con una intensidad brutal las rentas del trabajo, mientras que, por el contrario,  las rentas del capital se están lucrando en medio de la actual recesión y fiasco económico-financiero. En cuanto a las constantes reducciones salariales, tanto en el sector público como en el privado, sería necesario aplicar la Ley contra el envilecimiento de los salarios propugnada por el Frente Popular español en 1936 mediante la cual no sólo se pretendía evitar la depreciación de éstos por parte de los patronos, sino que instaba a las instancias judiciales a actuar de oficio para evitarlo.

     Y qué decir del acoso al que se somete a la educación y  la sanidad pública, elementos esenciales y vertebradores de toda sociedad avanzada y progresista, los cuales están siendo desmantelados en aras a descarados intereses económicos. Deberíamos recordar a Étienne Cabet quien en su obra Viaje a Icaria (1842), su modelo de sociedad ideal,  ponía especial énfasis en la existencia de un servicio sanitario para todos. Por su parte, Tomás Moro señalaba cómo “los utópicos tienen una especial consideración para sus enfermos, a los que cuidan en hospitales públicos […] por lo que los enfermos, aunque sean muchos, nunca tienen que sufrir  escaseces ni privaciones” y, en cuanto al trato que éstos reciben, Moro indicaba que, en aquella sociedad ideal, “no se ahorra nada de lo que pueda ser bueno para lograr su curación, sean alimentos o medicinas”. Ciertamente, la Utopía de Moro no parece ser el libro de lectura de los gobernantes-privatizadores del PP como es el caso de Dolores Cospedal o de Fernández-Lasquetty, el polémico Consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid.

     En esta crisis global existen serios riesgos de que repunten peligrosos populismos demagógicos derechistas, desde el berlusconismo hasta los diversos (y siniestros) rostros de la xenofobia y el fascismo: ahí está  la grave amenaza que supone el partido neonazi Amanecer Dorado para el futuro político de Grecia. Frente a estos riesgos que pueden hacer tambalear los cimientos de las democracias occidentales, es cuando más necesaria resulta la defensa de los ideales de la justicia social y la solidaridad, esa solidaridad que Rigoberta Menchú definió poéticamente como “la ternura de los pueblos”. Y, por ello, es necesario recuperar los ideales, la utopía, para hacer frente a un adverso presente y aunar la fuerza necesaria para conquistar un futuro que se nos adivina incierto. Sólo así mantendremos vivo el anhelo recogido en la frase final de la Utopía de Tomás Moro, obra que el próximo año 2018 cumplirá el quinto centenario de su publicación: “Confesaré con sinceridad que en la república de Utopía hay muchas cosas que deseamos, más que confiamos, ver en nuestras ciudades”. Y por ello, hemos de esforzarnos por hacerlas posibles.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 28 enero 2013)

 

TAL VEZ ESTA SEA LA HORA DEL CANFRANC

TAL VEZ ESTA SEA LA HORA DEL CANFRANC

 

La importancia de un eje de comunicaciones transpirenaico resulta capital para Aragón. Este anhelo histórico por permeabilizar la cordillera, por articular las comunicaciones entre las regiones vecinas (y hermanas) de Aragón y el Béarn francés preservando el medio natural de los valles, supone también, una puerta abierta a Europa y, consecuentemente, la consolidación efectiva de un eje norte-sur que enlace las regiones del sur de Francia con el Levante mediterráneo a través de Aragón.

La idea de perforar  el Pirineo se remonta al siglo XIX. Así se constata en el periódico progresista zaragozano Eco de Aragón dirigido por el político y escritor turolense (de Fórnoles) Braulio Foz. En dicha publicación, en julio de 1841, se aludía ya a la necesidad de trazar una carretera a Francia y, consiguientemente, “determinar por dónde atravesará el Pirineo”. Esta idea coincidía con un momento en el cual Francia parecía retomar una idea de Napoleón, el cual, en pleno apogeo de su poder imperial,  pensó en trazar “una carretera de Bruselas a Lisboa por los Pirineos de Aragón” (alusión en Eco de Aragón, 5 julio 1841). De este modo, desde 1840, se constata que el Gobierno francés “ha resucitado este proyecto” y, por ello, algunas gestiones se llevaron a cabo entre ingenieros de ambos países, aunque éstas no tuvieron ningún resultado práctico. Lo novedoso del proyecto napoleónico era que, rechazando los trazados tradicionales por Jaca y Sallent, proponía que dicha carretera transeuropea Bruselas-Lisboa, debería de ir por Torla y, como señala el periódico de Braulio Foz, “no pasará por el Pirineo, sino debajo del Pirineo, taladrándolo de parte a parte”: he ahí la primera mención histórica a la necesidad de un túnel internacional que atravesase la cordillera.

Lógicamente, los intereses geopolíticos de Napoleón fueron los que le impulsaron a plantearse este proyecto. Pero, en torno a 1840-1841, los liberales progresistas españoles como Braulio Foz soñaban con abrir comunicaciones con Francia “fuese por donde fuese”: además de un componente económico, había una motivación política cual era acercar España a los aires de libertad y progreso que soplaban en Europa y cuyo modelo más cercano era Francia.

Pero la idea básica para hacer permeable el Pirineo fue el proyecto del ferrocarril de Canfranc, cuyos primeros esbozos se remontan a 1853. Sin embargo, éste tuvo que hacer frente a numerosas dificultades: no fue hasta 1882 cuando Alfonso XII puso la primera piedra y, de igual modo, aunque en el Tratado hispano-francés de 1904 ambos países se comprometieron a realizar la obra en 10 años, y que el 18 de octubre de 1912 se unieron las galerías de avance españolas y francesas, hecho del cual ahora se ha recordado su centenario, debido a la I Guerra Mundial, las obras no se inauguraron hasta el 18 de julio de 1928, esto es, 14 años más tarde de lo previsto.

Desde el cierre en 1970 por parte de Francia tras el hundimiento del túnel de l’Estanguet de este importante trazado ferroviario internacional, que unía las ciudades hermanas de Pau y Zaragoza, capitales de las regiones vecinas del Béarn y Aragón, tan vinculadas por una historia común, pese a la demanda de su reapertura y las declaraciones oficiales y solemnes de las autoridades de ambos países, han sido tantos los retrasos y dilaciones que siempre hay un halo de escepticismo cuando los políticos, ponen una fecha a la ansiada reapertura del Canfranc: la última, según declaraciones  de Alain Rousset y Luisa Fernanda Rudi, está fijada en torno al año 2020 ¿será ésta la definitiva?.

En la demanda de las necesarias comunicaciones transpirenaicas también se alude al proyecto de la Travesía Central del Pirineo (TCP)  mediante la cual se perforaría la cordillera con un túnel de baja cota y gran longitud. Esta magna obra de ingeniería cuenta, no obstante, con serias dificultades dado el elevado coste económico y medioambiental que conlleva, unido al hecho de que la Comisión de Transportes del Parlamento Europeo rechazó el pasado mes de diciembre el incluir a la TCP en la lista de proyectos prioritarios de la Unión Europea (UE). No parece ser el tiempo de proyectos faraónicos sino el de otros más modestos y efectivos, y, por ello, tal vez esta sea, de verdad, la hora del Canfranc.

En las circunstancias actuales, con una recesión económica golpeando con fuerza a la UE en su conjunto y a España en particular, resulta más realista apostar de forma decidida por la reapertura (y modernización) de la línea del Canfranc dado su menor coste de ejecución y su escaso impacto ambiental en los paisajes pirenaicos. El momento es oportuno, máxime ahora que este trazado ha vuelto a recuperar la consideración de línea de interés internacional tras el reciente acuerdo en este sentido adoptado por Hollande y Rajoy, ahora que en el lado francés se pretende que el tren llegue de Oloron a Bedous antes del 2015. Con todo ello, después de años de inacción, Francia parece retomar el espíritu del citado tratado de 1904 mediante el cual ambos países se comprometían a mantener el eje ferroviario y, de este modo, acabar con décadas de deterioro y abandono que hicieron languidecer a esa “gran dama” que es la estación internacional de Canfranc y  a esa extraordinaria obra de ingeniería ferroviaria.

Por todo ello, resulta imprescindible permeabilizar el Pirineo Central de forma efectiva, como en su día proyectó Napoleón, como soñó el progresista turolense Braulio Foz, como pretendieron los primeros impulsores del Canfranc, como anhela en la actualidad la ciudadanía aragonesa. Y es que, el futuro de nuestra región, de sus potencialidades presentes y futuras, depende en gran medida de unas adecuadas comunicaciones transpirenaicas y, sin duda, ello pasa por la reapertura y modernización del Canfranc.

 

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en El Periódico de Aragón, 14 enero 2013)

 

 

 

CHAPLIN, SIEMPRE

CHAPLIN, SIEMPRE

 

     El 25 de diciembre de 1977, hace ahora 35 años, moría Charles Spencer Chaplin, el genial Charlot, sin duda la figura más famosa de toda la historia del cine. Sus películas son un legado permanente para la cultura occidental ya que, como señaló Alberto Sánchez Millán, Chaplin “puso su arte y su vida no sólo para divertir y emocionar, sino también al servicio de la lucha por la justicia y la libertad”.

     En estos tiempos en que son tan necesarios los referentes éticos, el asumir compromisos políticos y sociales para transformar la realidad, bueno resulta recordar, a modo de homenaje, la actitud de Chaplin tal y como quedó patente en algunas de sus películas más inolvidables. Este es el caso de Armas al hombro (1917), una obra que, en medio de la sangría de la I Guerra Mundial, defendía una posición pacifista y, consecuentemente, contraria a todo belicismo militarista.

     El compromiso político de Chaplin y su antifascismo militante quedó plasmado en El Gran Dictador (1940), otra de sus películas indispensables. La barbarie hitleriana impulsó a Chaplin, judío de origen, a realizar una película  contra de las dictaduras fascistas, la cual se convirtió en un alegato permanente frente a la barbarie y la opresión totalitaria y, en consecuencia,  una ardiente  defensa de la sociedad democrática. La valiente actitud de Chaplin le supuso numerosos problemas: recibió amenazas e intentos de boicot, fue denunciado ante el Comité de Actividades Antiamericanas, enfureció a  dirigentes fascistas como Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda nazi, aquel que decía que “cuando oigo hablar de cultura, enseguida echo mano a mi pistola”, y que calificó a Chaplin como “un pequeño judío despreciable”, a aquel Chaplin que tan brillantemente había ridiculizado  a Hitler en esta memorable película. Esta joya del cine fue prohibida no sólo en muchos Estados de la Unión, sino, por supuesto, en todos los países fascistas, incluida la España de Franco, en donde no se pudo estrenar hasta la muerte del dictador, de aquel nefasto general superlativo gallego.

     Recordamos igualmente otras obras de Chaplin en las que aparece una fuerte crítica social como es el caso de Charlot en el balneario (1917), en la que ridiculiza a la alta sociedad norteamericana, El Chico (1921), un testimonio social que evoca las penurias de su infancia, película por la que los bienpensantes le acusaron de “disolvente” y “anarquista”, y, sobre todo, Tiempos Modernos (1932), en la que denuncia  la explotación alienante  de la clase trabajadora en la sociedad industrial y que supuso un nítido retrato de las deplorables condiciones  de empleo que la clase obrera tuvo que soportar en la época de la Gran Depresión. Por ello, Chaplin entonces, como Ken Loach o Costa-Gavras ahora, ponía su genio cinematográfico al lado de las ideas de la izquierda y en defensa de la lucha de los trabajadores y de la justicia social. Chaplin, consagrado ya como una figura relevante e influyente del séptimo arte, toma partido, se compromete y politiza en defensa de los desfavorecidos. Su crítica social por medio del cine de las injusticias de la sociedad capitalista se fueron agudizando con los años y así aparece otra de sus películas memorables: Monsieur Verdoux (1947), obra que fue boicoteada por la  ultraconservadora Comisión de la Decencia. 

     Pero todo compromiso tiene un precio a pagar. De este modo, la crítica social de Chaplin le enfrentó cada vez de forma más frontal con los poderes económicos y moralizantes de la sociedad: si en 1942 se le acusó desde estos sectores de “comunista”, todo un insulto desde el punto de vista de la mentalidad norteamericana, a partir de 1947 empezó a ser perseguido por el funesto Comité de Actividades Antiamericanas presidido por el senador Mc Carthy, hasta el punto que, desde la Fiscalía, pidió su deportación (Chaplin era británico) alegando que “su vida en Hollywood contribuye a destruir la fibra moral de América”. El acoso fue en aumento y, en 1952, el Fiscal General de los EE.UU. ordenó detenerlo acusado, falsamente,  de pertenecer al Partido Comunista y de “delitos contra la moralidad”. Por todo ello, en dicho año, Chaplin decide abandonar EE.UU. y se establece con su familia en Suiza donde residirá el resto de su vida.

     Chaplin fue mucho más que el tierno personaje de Charlot, fue un “genial poeta de la imagen”, como lo definió con acierto Alberto Sánchez Millán, un artista comprometido que soñó un mundo mejor para el conjunto de la humanidad. En estos tiempos aciagos, emociona volver a ver el discurso final de El Gran Dictador, un emocionado alegato a favor de la solidaridad humana, de la lucha contra la guerra, a opresión y la codicia, pero también es un canto a la esperanza de que un futuro mejor es posible. Enlazando con la angustiosa situación actual en la que las instituciones democráticas representativas se hallan secuestradas por los poderes económicos,  en el referido discurso final, Chaplin  confía en que “el poder que arrebataron al pueblo volverá al pueblo”. Además, hay una frase  que no puede tener más vigencia en esta convulsa época que padecemos: “Unámonos, luchemos por un nuevo mundo, un mundo decente que dará a los hombres una oportunidad de trabajar, que dará a la juventud un futuro y a la ancianidad una seguridad”.

     Evocando aquel verso de Gabriel Celaya cuando nos decía que la palabra es un arma cargada de futuro, también lo es el mensaje fílmico de Chaplin pues su legado y su recuerdo, siguen y seguirán siempre vivos en nuestra memoria colectiva. Y ese es el mejor homenaje que podemos brindarle al mayor genio de la historia del cine.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 16 diciembre 2012)

 

 

LA SENTINA (FINANCIERA) SUIZA

LA SENTINA (FINANCIERA) SUIZA

 

     El Diccionario de la Real Academia Española define “sentina” como “un lugar lleno de inmundicias y mal olor”,  allí “donde abundan o se propagan los vicios”. Traigo a colación este término porque quiero asociarlo a Suiza, ese idílico país alpino que, convertido en el mayor paraíso fiscal del mundo, acumula en sus bancos el dinero (inmundo) de multitud de defraudadores, evasores de impuestos, así como los bienes expoliados por tiranos y dictadores diversos, además del dinero procedente del crimen organizado y, especialmente,  del narcotráfico.

     La tradición de Suiza como “lavadora” mundial del dinero negro de tan diversas procedencias  viene de lejos. Recordemos, por ejemplo, el indigno papel desempeñado por el país helvético durante la II Guerra Mundial al “blanquear” el inmenso botín obtenido por los nazis en su saqueo de los países de la Europa ocupada y del expolio al que fue sometido el pueblo judío condenado al holocausto. La lectura de los excelentes libros de Jonathan Díaz y de Ramón J. Campo sobre el tránsito del oro nazi por la estación de Canfranc durante los años de la contienda, resulta reveladora. Gracias a ellos no sólo se conoce una página oculta de nuestra historia, sino, también el papel destacado que en el mismo tuvo el franquismo. En consecuencia, Suiza proporcionó a Alemania ingentes cantidades de francos suizos a cambio del oro expoliado por los nazis a para la compra de las materias primas necesarias para el esfuerzo de guerra hitleriano, entre ellas,   el wolframio que le proporcionaba Franco, vital para el blindaje de sus tanques. A cambio, Suiza obtuvo toneladas de oro que, para ocultar su oprobiosa procedencia, refundió en nuevos lingotes y los blanqueó añadiéndoles las iniciales CH de la Confederación Helvética. Finalmente, los francos suizos que Alemania entregó a los países abastecedores de suministros y materias primas, fueron recomprados de nuevo por Suiza a cambio de los lingotes de oro “lavados” con las siglas CH, un oro que acabó en Sudamérica, Portugal y, también en España, cuyo régimen participó en tan perverso mecanismo financiero por medio del Instituto Español de Moneda Extranjera (IEME).

     Acabada la guerra, se juzgó a los criminales nazis, pero nunca se tomaron  medidas  contra Suiza, que fue un soporte financiero vital para la barbarie nazi que, de este modo, pudo prolongar la guerra con los efectos devastadores y la puesta en marcha del holocausto judío. Por ello, y enlazando con el presente, Suiza merece el calificativo de sentina, al ser un refugio del dinero negro, conectado con el sistema financiero internacional, razón por la cual Ignacio Escolar lo calificaba como “un estado criminal” ya que “vive de estafarnos a los demás, pero no recibe castigo alguno porque son nuestros gobiernos y las élites financieras de nuestros países quienes se lucran de este negocio inmoral” ,sin que este “idílico” país haya sido denunciado por ello ante la Corte Penal Internacional.

     Recientemente, Vicenç Navarro se hacía eco de una noticia que publicó The New York Times relativa a una lista de 569 españoles que contaban con cuentas ocultas en el banco suizo HSBC. Todos ellos, con su actitud, dan un ejemplo deplorable en estos momentos en que se nos pide a todos “arrimar el hombro” (fiscalmente) para salir de la actual crisis económica. Todos ellos, se hallan muy lejos de aquellos otros empresarios que, como ocurre en Alemania, Francia o Estados Unidos, piden a sus gobernantes que les suban los impuestos a ellos, a los más ricos, por un elemental sentido de responsabilidad o, si se quiere, de verdadero patriotismo.

     Pero el poder de Suiza es grande y presiona para que su privilegiado status bancario se mantenga inalterado. Recordemos el caso de Hervé Falciani, el empleado del banco HSBC que desveló los datos de miles de defraudadores de dicha entidad y que, refugiado en España, se halla encarcelado pendiente de extradición al país helvético acusado de “vulneración del secreto bancario”, un delinto que no existe en el ordenamiento jurídico español, o el procesamiento del periodista griego Kostas Vaxevanis por desvelar los nombres de 2.059 delincuentes con cuentas en Suiza para evadir impuestos. Tampoco debe pasarnos desapercibidas las gestiones de Didier Burkhalter, ministro de Asuntos Exteriores suizo quien, en su visita del pasado 8 de octubre, ofreció al Gobierno de Rajoy una oferta para garantizar la privacidad de los españoles que disponen de cuentas en su país: es el llamado Acuerdo Rubik, mediante el cual el Estado cobraría una cantidad de dinero a cambio del silencio y tranquilidad de sus clientes, cuyos nombres no serían revelados. De este modo Suiza pretende impulsar acuerdos bilaterales como los firmados con Austria, Reino Unido y Alemania, con los Gobiernos de la Europa del Sur (Grecia, Portugal y España), aquellos que precisamente están sufriendo con mayor intensidad el azote de la crisis y que padecen un enorme fraude y evasión fiscal.

     Mientras estas cosas sucedan y se consientan, Suiza seguirá siendo una sentina financiera que acoge a todo tipo de defraudadores, al dinero negro de la más diversa procedencia. Y es que, ya lo dijo Aznar, uno de estos patriotas-defraudadores,  al reconocer que “los ricos no pagan impuestos en España”. Y, ciertamente, con la ayuda impagable de Suiza, esta afirmación es una triste y dolorosa verdad.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 3 diciembre 2012)

EN RECUERDO DE HANNAH SZENES

EN RECUERDO DE HANNAH SZENES

 

     Siempre he admirado a los intelectuales y poetas que tuvieron (y tienen) el coraje de bajar de sus torres de marfil e implicarse, comprometerse, con la realidad política y social de su tiempo, por muy adversos que soplasen los vientos. Esto me ocurrió al conocer la historia de Hannah Szennes (1921-1944), una joven poetisa judía húngara, heroína de la lucha antifascista y, por ello, víctima de la barbarie hitleriana. Para mí, fue una historia tan desconocida como emotiva, un testimonio de valor y sacrificio del cual en estas fechas se ha cumplido el 68º aniversario de su asesinato.

     Hannah Szenes había nacido en Budapest en 1921, un año después de la llegada al poder del dictador  Miklós Horthy, que, entre 1920 y 1944 estableció en Hungría un régimen ultranacionalista, antisemita y profundamente anticomunista, en el seno de una familia judía asimilada, culta y de clase media. Estudió en un colegio protestante en el cual los católicos tenían que pagar el doble del coste de los estudios y los judíos, el triple. No fue hasta los 17 años cuando se reafirmó en su olvidada identidad judía y empezó a estudiar hebreo, momento que coincide con los sangrientos sucesos de la Kristallnacht en la Alemania nazi (1938).

     Bien pronto sintió la discriminación a la que eran sometidos los judíos y, ante el auge del antisemitismo en Hungría, se convirtió en una joven sionista y, por ello, estaba firmemente convencida que la emigración a la tierra de Israel, entonces la Palestina bajo Mandato británico, era la única solución de futuro para su pueblo. De este modo, en septiembre de 1939, unos días después de que estallase la II Guerra Mundial, emigró a Palestina (“Estoy en casa”, escribirá en su Diario). Allí estudia y trabaja  en la Escuela Agrícola de Nahalal y en el kibutz Sdot Iam en Cesarea, tiempo en el que inició su poemario en hebreo en el que plasmó su profundo amor por las tierras y paisajes de Palestina.

     Pero el Próximo Oriente no era ajeno a la tempestad bélica que incendiaba toda Europa a pesar de que el avance nazi-fascista había de las tropas de Rommel había sido frenado en las tierras egipcias de El Alamein. Los judíos residentes en Palestina eran conscientes del riesgo cierto de aniquilamiento que pesaba sobre sus hermanos atrapados en la Europa ocupada por la barbarie hitleriana. En consecuencia, un grupo de ellos se ofrecieron como voluntarios a las autoridades británicas para ser entrenados con objeto de ser lanzados en paracaídas sobre Italia, Rumanía, Eslovaquia, Yugoslavia y Hungría y así infiltrarse tras las líneas enemigas, ayudar a la Resistencia, organizar sabotajes y proporcionar información a los aliados. Y la joven Hannah fue una de las voluntarias, su compromiso personal los resumía así en su Diario: “somos los únicos que podemos ayudar y no tenemos siquiera el derecho de dudar […] Es mejor morir con la conciencia tranquila que volver a casa sabiendo que no intentamos nada”. La joven poetisa, solidaria con el holocausto que estaba sufriendo su pueblo, no dudó en dar un paso adelante para combatir de frente al nazismo, encarnación del mal absoluto. En una carta dirigida a Yehuda Braminski, le confiesa: “Me voy con alegría, por mi libre voluntad y siendo totalmente consciente de las dificultades. Veo mi partida como un privilegio y también como un deber”.

     Finalmente, en marzo de 1944, Hannah y su grupo de combatientes judíos fueron lanzados en paracaídas sobre los bosques de Yugoslavia. Allí se unieron a los partisanos de Tito y combatieron a las tropas nazis de ocupación. Durante esta época, en los bosques de Srebrenica trágico lugar donde ocurrieron las matanzas de varios miles de bosnios musulmanes en 1995 durante la reciente guerra de la exYugoslavia,  Hannah escribió uno de sus más combativos poemas, “Bendita la llama”, en el que animaba a los judíos de la Europa ocupada a rebelarse contra los opresores nazis.

     En junio de 1944, desoyendo las advertencias de sus amigos guerrilleros, Hannah decidió pasar a su Hungría natal con la intención de salvar al mayor número posible de judíos, entre ellos, a su madre y a su hermano. Pero, tras ser traicionada por un informador, fue detenida y torturada por la policía fascista húngara y por la Gestapo nazi, a pesar de lo cual nunca obtuvieron de ella ninguna información relevante. Tras un simulacro de juicio en el que se negó a pedir clemencia, el 7 de noviembre de 1944 fue fusilada en su Budapest natal: como señala Jordi Font, que ha estudiado su vida y su obra, se negó a que le vendaran los ojos y prefirió ver la cara de sus asesinos hasta el último momento. Tenía 23 años.

     Hannah, poetisa y combatiente, murió al igual que 700.000 judíos húngaros deportados al campo de exterminio de Auchswitz. Su madre y su hermano se salvaron, al igual que los cinco millares de judíos que deben la vida a la valiente actitud de Ángel Sanz Briz, aquel joven diplomático zaragozano, entonces destinado en la embajada española de Budapest. Hannah asumió su fatal destino con coraje y, durante su encarcelamiento, escribió un poema que emociona: “Ahora, en julio, cumpliría ventitrés años/Escogía número en un juego arriesgado/ El dado rodó. He perdido”.

     Ahora, en estas fechas en que se ha cumplido el aniversario de su asesinato, su ejemplo de compromiso y valor tiene un especial significado, ahora que la amenaza sombría y negra del fascismo pretende resurgir en Hungría, en donde avanza el partido fascista Jobbik y la derecha autoritaria magiar pretende rehabilitar el legado político del dictador Horthy. El sacrificio de Hannah Szennes nos recuerda a todos una lección, la misma que plasmó en otro de sus poemas: “Y sabed que el precio del camino/ de la justicia y el valor/ no es bajo”. Y es cierto, siempre es duro defender la justicia y la dignidad ante enemigos tan poderosos y brutales. Pero es imprescindible, ayer, hoy y siempre.

 

José Ramón Villanueva Herrero

AUSTERICIDIO

AUSTERICIDIO

 

     La dimensión y calado de la actual crisis global, no sólo está deteriorando nuestro modelo social y la esencia de nuestra democracia, sino que también nos está cambiando a nosotros, a los ciudadanos de a pie: percibimos que hemos retrocedido en nuestro nivel de vida, que la realidad presente nos está empobreciendo, y sentimos un fundado temor ante lo que un incierto futuro nos pueda deparar. Hemos cambiado (a peor) nuestra percepción de la clase política, convertida en un mero instrumento ejecutor de los dictados de lo que ahora se llama “los mercados”, y que son las fuerzas del capital de siempre, nos hemos indignado con la nefasta gestión de la crisis, con la degradación de nuestra democracia, con la voladura controlada de nuestro Estado de Bienestar. También nuestro lenguaje ha ido cambiando y se ha ido llenando de términos nuevos: descubrimos que la “prima de riesgo” nada tenía que ver con una pariente conflictiva, que el “rescate” financiero no significa la salvación de un país como bien saben los sufridos ciudadanos griegos, que las agencias de calificación de riesgos se descalifican por sí solas dadas sus inmorales y delictivas maniobras especulativas, y empezamos a hablar de “terrorismo y genocidio financiero” y ahí está el escándalo de los desahucios, un auténtico oprobio para el supuesto Estado Social y Democrático de Derecho que consagra nuestra Constitución.

     Entre estos nuevos términos, vinculados a la economía que todo lo envuelve, ha aparecido también el de “austericidio” el cual hace referencia, y bien lo saben los ciudadanos griegos, portugueses o españoles, a los destructivos efectos ocasionados por la aplicación estricta  de las políticas de ajuste y recortes, la letal punta de lanza  de las imperantes políticas neoliberales, unas políticas que, como señalaba Jean Ziegler, vicepresidente de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, nos quieren hacer creer que son “ la única política posible”, una política destructora que, los hechos lo demuestran,  “sólo se aplica a la clase trabajadora y nunca a los banqueros”.

   El austericidio, que exigió (y consiguió) incluso reformas constitucionales (recordemos la modificación del artículo 135 de nuestra Carta Magna en un nefasto pacto PSOE-PP), está suponiendo unos costes sociales y un cúmulo de sufrimientos que resultan inaceptables en aquellos países donde están siendo aplicados siguiendo los férreos dictados de la Troika (Banco Mundial, FMI y Comisión Europea) y, especialmente, de la canciller Merkel que es la que marca el rumbo económico a una Unión Europea que parece renunciar a construir una auténtica Europa Social. Frente al austericidio se han alzado las voces y los argumentos de Susan George, presidenta de ATTAC, y de diversos economistas críticos con la actual dictadura económica neoliberal como Juan Torres, Vicenç Navarro o Alberto Garzón, todos los cuales han expresado repetidamente cómo el empecinamiento en mantener las actuales políticas de austeridad, sólo están sirviendo para empeorar la ya de por sí grave situación económica y social.

     A estas voces críticas se une Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía quien también ha manifestado repetidamente su rechazo a las políticas de austeridad y de recortes que es aplican en la Eurozona al considerar que conducen a una reducción de la actividad económica (caída del consumo interno, incremento del paro) y ello ahonda la depresión económica. Stiglitz, como Paul Krugman y otros economistas que han recuperado las propuestas de Keynes que sirvieron para salir de la Gran Depresión posterior a 1929,  recuerdan a los gobernantes, hasta ahora sin éxito, que nunca se debe de recortar el gasto público en tiempos de recesión puesto que ello produce efectos letales en los sectores sociales más vulnerables a los embates de la crisis y, como alternativa, proponen políticas de crecimiento basadas en la inversión pública, el incremento del salario mínimo, las prestaciones sociales, la búsqueda del pleno empleo y la lucha contra la desindustrialización. De lo contrario, de mantenerse las políticas de austeridad a ultranza, un negro futuro nos espera y, como advertía Stiglitz, las consecuencias de la crisis serán “largas y severas” , ésta se extenderá a otros países y, para el caso de España,  vaticina “muchos años de crisis” de seguir de forma contumaz con los ajustes.

     Por todo lo dicho, el austericidio, dados los nefastos efectos sociales que ocasiona, puede considerarse como un “crimen económico contra la humanidad”, delito que la Corte Penal Internacional (CPI) define como “cualquier acto inhumano que causa graves sufrimientos o atenta contra la salud mental o física de quien lo sufre, cometido como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil”. Este concepto, reactivado como consecuencia de  la actual crisis, ha hecho que las economistas  Lourdes Benería y Carmen Sarasúa reclamen con toda justicia y razón su denuncia  penal ante los tribunales internacionales. En esta misma línea, se ha manifestado igualmente Jean Ziegler al señalar que  los “especuladores financieros deben ser juzgados y condenados, reeditando una especie de Tribunal de Nüremberg”, pues son ellos, los culpables de esta crisis sistémica y de los crímenes económicos contra la humanidad que han ocasionado. Y, precisamente por ello, el pasado 24 de julio, un grupo de ciudadanos griegos acudió a la CPI para presentar cargos contra los líderes de la Eurozona y el FMI por “genocidio económico y social”, todo un ejemplo a seguir puesto que, de no hacer frente al austericidio y la violencia estructural que genera, habremos perdido toda esperanza de alcanzar un futuro más justo y solidario.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 18 noviembre 2012)

 

AÑORANDO EL CONSENSO

AÑORANDO EL CONSENSO

 

     Somos muchos los ciudadanos que sufrimos las catastróficas consecuencias de esta crisis que todo lo anega, que lamentamos el empobrecimiento de amplios sectores sociales, los retrocesos en derechos sociales y laborales, el incierto futuro que espera a nuestra juventud. Somos un país triste, navegamos en un barco sin rumbo, en el que crujen todas sus cuadernas ante los embates de semejante tempestad, y a cuyo mando se encuentra una clase política que no está a la altura de las circunstancias, sin capacidad de liderazgo ni de ofrecer soluciones justas ante tantas dificultades, ante tanto desánimo. Y, sin embargo, no podemos caer en ese pesimismo al que se refería Jaime Gil de Biedma cuando decía que, “de todas las historias de la Historia, la más triste es la de España, porque termina mal”, o en aquella lastimosa imagen de la “España sin pulso” de Francisco Silvela.

     Tiempos difíciles ha habido muchos en nuestra historia, y ahí está el recuerdo de la Transición que, si bien ha sido excesivamente idealizada en determinados ámbitos obviando así sus deficiencias, nos ofrece un buen ejemplo sobre la necesidad del consenso político como forma de hacer frente de forma colectiva a los problemas de la sociedad.

     En estos días, en que se recordaba el 35º aniversario de la firma de los Pactos de la Moncloa   (25 octubre 1977), bueno sería recordar lo que significaron en aquella España que se hallaba en la difícil coyuntura de avanzar hacia la democracia y de hacer frente a una gravísima crisis económica. Aunque la España actual, como miembro de la Unión Europea, ha realizado importantes cesiones de soberanía política y económica a favor de las instituciones comunitarias, no deja de seguir siendo un modelo válido la firma de tan importante acuerdo económico y político, suscrito, bajo el impulso de Adolfo Suárez,  por las principales fuerzas políticas, desde la UCD en el Gobierno minoritario, hasta el PSOE, PCE, PSP, los grupos socialistas catalanes de Triginer y Raventós, y los nacionalistas del PNV y CiU, así como AP, aunque Fraga se negase a suscribir los acuerdos económicos de los Pactos de la Moncloa que, entre otras cosas, sirvieron para frenar la inflación (que en aquel año era del 47 %), la progresividad fiscal, el mantenimiento del poder adquisitivo de los salarios, la lucha contra el paro mediante el aumento de la inversión pública, diversas reformas económicas y el logro de derechos para los trabajadores. Además, estos Pactos, fueron igualmente suscritos por los sindicatos CC.OO. y UGT, así como por las organizaciones empresariales.

     Ante una situación crítica como la actual, no menos grave que la de aquella España de 1977, ¿sería posible un gran acuerdo nacional de estas características que abarcase  a los principales partidos de la oposición y a las fuerzas nacionalistas?.  Ciertamente lo dudo, pero ello sí que daría confianza a la ciudadanía que vería (y necesita ver) cómo nuestra desacreditada clase política se unía en defensa de aspectos esenciales del interés colectivo. Santiago Carrillo definió los Pactos de la Moncloa en la sesión parlamentaria del 27 de octubre de 1977 en que éstos fueron ratificados  por el Congreso de los Diputados como “un acto de responsabilidad nacional, de cara a la tarea de desarrollar y estabilizar la democracia y de sacar al país de una situación económica grave que podría devenir en ruinosa”, frases y espíritu que resuenan con contundente actualidad por lo que ahora, con la agudización de la crisis económica y la quiebra del modelo territorial, sería absolutamente necesario recuperar el espíritu del consenso para salir, todos juntos, de la profunda sima en la que está atrapada la sociedad española. No hay que idealizar los Pactos de la Moncloa (hubo incumplimientos y algunos aspectos se aplicaron con excesiva lentitud) pero sí su espíritu, su voluntad de acuerdo, que es el verdadero significado de aquel pacto multipartidista.

     Releyendo el  libro de Carrillo “El año de la Constitución”, aquel año tan difícil en que se elaboraba el texto de la Carta Magna y se ponían en marcha los Pactos de La Moncloa, también proponía la formación de un Gobierno de concentración democrática, algo también impensable en la actualidad pues resulta difícil imaginar al PP y a su mayoría absoluta,  compartiendo de forma generosa las tareas de Gobierno. Ciertamente ello supondría un compromiso entre el mayor número posible de fuerzas políticas y sociales como alternativa a la imposición de los postulados ideológicos de una derecha cada vez más agresiva ante la debilidad de los sindicatos de clase y el desconcierto de la socialdemocracia. Sólo así, con un gran acuerdo nacional, se frenaría, si hubiese generosidad histórica de unos y otros, el gradual deterioro la calidad democrática de nuestra sociedad y el que los poderes económicos  se impongan sobre los gobiernos y los ciudadanos y el deterioro de nuestros derechos laborales y sociales. Ahora, que muchos preceptos constitucionales como el derecho al trabajo, a la vivienda, a la educación o la sanidad se están quedando en una mera declaración de intenciones, ahora que el sufrimiento y la adversidad azota con fuerza, hoy más que nunca el Estado tiene el deber de poner las condiciones materiales y los recursos necesarios para hacerlos efectivos. Eso es lo que realmente daría fuerza moral y legitimidad a nuestras instituciones  y políticos….y buena falta les hace.

      Para concluir, y como homenaje al papel desempeñado por Carrillo en aquel difícil período de la Transición, el político comunista, recientemente fallecido, señalaba cómo lo que irritaba a la ciudadanía era que “los partidos democráticos no se pongan de acuerdo para resolver con la mayor eficacia y celeridad posible los problemas” que día tras día agobian a los ciudadanos como “el paro, la amenaza del paro, las injusticias corrientes, la sanidad y la enseñanza” ya que, “si el consenso se hace para abordar esos problemas el pueblo saludará el consenso como algo necesario y saludable”. Y advertía algo que ahora debemos de tener  muy presente: “La situación es tan seria  que ningún partido político, por muchos diputados que tenga, puede resolverla por sí solo. Hace falta un gran esfuerzo de solidaridad para que la situación no se degrade y empeore aún más”. Y tenía razón.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 4 noviembre 2012)